Gracias a que tengo más o menos acabada la maleta antes de mis vacaciones, he sacado un poco de tiempo y he acabado este capítulo. Aunque estaré dos semanas sin poder utilizar mi ordenador porque estaré fuera de casa. Aunque iré apuntando ideas. Gracias por los comentarios que dejáis. Son la razón de que siga escriendo.

Disclaimer: Snk pertenece al cabronazo que ha decidido dejarnos a todos en vilo con un capítulo para luego tenernos no-se-cuántos capítulos en vilo hasta que sepamos que pasa.

.

.

.

No sabía cuantas veces había visto su rostro esos últimos meses. Le costaba acostumbrarse a aquel vendaje. Incómodo. Teniendo que cambiarlo continuamente. Había sido excesivamente tedioso. Tal vez hacía demasiadas semanas que no veía aquella cicatriz cruzando su ojo e impidiendole ver nada a través de él. Había olvidado el aspecto que tenía.

Sus dedos arañaron la superficie del espejo, acariciando el lado izquierdo de su cara. Que continuaba reflejando a alguien que le costaba reconocer. Sus manos bajaron hasta el lavabo. Aquellas vendas no cubrirían más su cara y ahora yacían enmarañadas debajo del grifo. Las observó con atención. Habían sido parte de su atuendo diario durante más de siete meses. Hasta que aquella herida dejó de estar abierta. Y permaneció curada.

Ahora otra nueva pieza de tela le ayudaría en su día a día. Realmente no le importaba no tener que cubrir aquella cicatriz, excesivamente parecida a otras que cubrían sus extremidades o su propio torso. Ocultarla le parecía una cobardía. Pero debía reconocer que era grotesca. Le asustaba su propia imagen. A pesar de que no sangraría más, no parecía una cicatriz, sino una herida.

Sentía pena por su propio reflejo. Una pobre tullida que miraba con rabia a través del único ojo que aún le funcionaba. Débil. Sin fuerza. Exhausta. Aquella cicatriz no le aportaba coraje, sino que se lo quitaba. Cualquiera que la viera no pensaría en aquello que podía hacer sino lo patética que resultaba al haber sido privada de la mitad de su vista.

Sus dedos comenzaron a peinar su cabello hacia atrás. Algo desarreglado pero recogido. Notaba algo de suavidad en sus dedos que cepillaban sus cabellos con paciencia. Suspiró y volvió a admirar a aquella mujer en el espejo. Era una mujer fuerte. Que había pasado por demasiadas cosas como para permitir que una herida la detuviese. Aún había demasiado que tenía que hacer. No podía permitirse que nadie intentase detenerla por sentir pena por ella.

Sus huellas dactilares recorrieron la cerámica con cuidado hasta encontrar la pieza de tela oscura que llevaba tiempo evitando. El tacto frío del cuero le resultaba sobrecogedor. La costura era delicada, cosida a mano por una persona cercana. Cada pequeña puntada parecía estar hecha a conciencia. Evitando cualquier tipo de daño en la piel de su párpado eternamente dormido.

Lo colocó con cuidado ajustándolo bajo el cabello que caía de su frente. Se ajustaba perfectamente a la ausencia de su ojo. Y, al contrario que aquellas vendas, parecía una segunda piel sobre su ojo, cómodo, sin dañarle. Acarició su nueva piel que ahora cubría su ojo inerte. El aspecto de la mujer que antes le miraba con lástima había cambiado. Ahora parecía llena de confianza y dispuesta a enfrentarse a cualquier cosa que pasase.

- ¿Me queda bien? - se giró hacia el pequeño hombre que la observaba desde hacía rato a través del resquicio de la puerta.

- Estás igual que siempre – sus ojos la recorrieron de abajo hacia arriba. Con la misma intensidad y paciencia que siempre, cómo si aquella nueva pieza que la cubría fuese invisible – La misma de siempre – repitió.

- Yo creo que es guay - despeinó varios de sus cabellos sobre el nuevo parche – Y elegante, ¿no crees?

- …... - solo la miraba en silencio sin apenas decir nada. Observándola a distancia.

- ¿Crees que será difícil combatir con él? Las vendas se resbalaban mucho cuando intentaba realizar maniobras. Pero parece que esto no se mueve nada y no parece que vaya a caerse.

- Te lo puedo coser a la cabeza si lo prefieres.

- Vayamos al muro Maria a hacer pruebas.

- Estamos a menos cuatro grados, Hanji.

- Perfecto, así podré probar si la fricción de la piel deja marcas por congelación.

- …... - sabía que dijera lo que dijese no la detendría así que desistió en su intento - ¿Qué hago con los mocosos?

- Les vendrá bien hacer algo de ejercicio al aire libre. Que vengan.

.

.

.

El irritante sonido de aquellas máquinas comenzaba a cesar. El invierno había traído consigo la primera helada, dejando un blanco manto sobre todo el horizonte. La ventisca no amainaba y sus pies no respondían a sus órdenes. Andar por aquellos muros de piedra en aquel momento era inútil. Ni siquiera podía atisbar a sus enemigos a través de toda aquella nieve que caía con fiereza.

Sus ojos pestañearon intentando avanzar, sin éxito. Sentía que aquellas esperas sólo le retrasaban. Si hubieran salido a combatir más a menudo habrían acabado con los titanes que invadían su territorio hacía bastante tiempo. Necesitaba llegar a aquella extensión de mar, el último obstáculo en el objetivo que se dibujaba en sus pupilas.

Y más allá de él. Sus auténticos enemigos. El último resquicio para alcanzar la libertad. El frío comenzó a arreciar más. Solo podía ver blanco a su alrededor. No tenía constancia de lo que había delante o detrás de él mismo. Tal vez si diese un paso en falso caería hacia la nada, sobre el manto blanquecino que cubria el terreno. Nueve meses, y la última de aquellas máquinas había dejado de sonar indicando que sus atacantes cesaban de aparecer.

Lento, demasiado lento. ¿De verás tendría que esperar a que el tiempo mejorase? Toda respuesta que oía era absurda. Colaborar con la repatriación de los exhiliados. Reincorporación en sus nuevos hogares. Reconstrucción. No había tiempo en esos momentos para la lucha. ¿Volverían a esperar a que sus atacantes aprovechasen ese momento de debilidad? Era el momento idóneo.

Era el momento de fortalecerse. De volverse invencibles. Permanecer allí, transportando cajas y ayudando a refugiados. De esa manera no lo conseguía. Aquellas paredes le retenían. Notaba que le faltaba el aire a cada día que pasaba, como si estuviese encerrado en una diminuta habitación que menguaba a cada día que pasaba. Otorgándole una sensación de claustrofobia abrumadora.

El viento ululaba entre las pequeñas piedras que yacían bajo él, amortiguando cualquier sonido. Incluido el de la persona que esperaba tras él. Soportando aquel frío con paciencia. Como cada día. Se escoró ligeramente a su pocisión. Sus ojos preocupados y su pocisión defensiva. Esperando que él se moviese.

En ocasiones esa actitud le molestaba. No necesitaba que ella estuviese siempre pendiente de sus pasos. Comenzaba a ser un lastre. Algo que arrastraba desde hacía demasiados años. ¿Por qué esperaba pacientemente? Como si no albergase capacidad de decisión. Si él no volvía en aquel momento ella moriría congelada esperando su vuelta.

- Volvamos al cuartel, Mikasa – sus dedos estaban congelados, ayudado de su otra mano, partió su muñeca hacia atrás, dejando caer al suelo una pieza de carne que comenzaba a ser inservible por la congelación. Un espeso humo blanco comenzó a nacer de la herida abierta – Tú no puedes regenerarte.

.

.

.

- Si cambiamos la proporción en esta batería externa podríamos combatir la obsolescencia programada – anotó en uno de los papeles que habían delante de ella – Cuando inventaron estos mecanismos querían que se destruyesen con el tiempo. Tal vez por si alguien osaba robarlos y utilizarlos en nuestra contra.

- ¿Cree que nuestros antepasados tenían reminiscencias de los enemigos? Por eso sabian que en las minas se encontraba el mineral para hacerlos funcionar. - Armin anotó aquello en el plano de su comandante – El combustible que obtenemos del mineral...

- Fue descubierto poco después de que se construyeran los muros.

- El primer rey. Quién bloqueó nuestras memorias, ¿podía modificarlas a plenitud? - cabeceó hacia el costado intentando esbozar alguna idea.

- Tal vez no pueda controlar el inconsciente. Ni nuestros instintos – su mano sujetaba con firmeza aquella pluma mientras arañaba el papel con la punta – Armin, quiero que vayas a buscar acero al almacén principal.

- ¿Para qué, comandante?

- La proporción es demasiado pesada. Cuando se inventó el equipo de maniobras tridimensional, por instinto se pensó que el motor debía estar en la espalda, para compensar el peso de las espadas al atacar – dibujó una larga línea mientras un pequeño figurín aparecía en el papel tiznado – Podríamos crear un exoesqueleto, para proteger del impacto de las lanzas trueno. Seguirían siendo mortíferas, pero no matarán a su portador al detonarlas al encontrarse cerca.

- ¿Funcionaría igualmente con armas de menor calibre? Tal vez algún tipo de escopeta de menor tamaño...

- Tendría que recalibrar el peso de los motores... Y crear un nuevo arnés para permitir la sujección – permaneció un instante callada mientras recordaba algo – Armin, ¿recuerdas si en Marley había algún tipo de armas de fuego que pudieran usar contra nosotros?

- Yo... No recuerdo nada específico. Algunas armas cortas... No se como funcionan...

- Si creo un exoesqueleto pero las balas de sus armas pueden penetrarlo no servirá para nada... - sus dedos masajearon su frente con esfuerzo – Cuando vuelvas del almacén de Central, quiero hacer un experimento.

- ¿Saldremos a Trost a crear otro muro con el titán? No estoy seguro de cuánto tardaría ni si mis poderes se verán afectados con la ventisca.

- No. - afirmó con seguridad – Se que conlleva un riesgo, pero vamos a ver a Annie.

.

.

.

El cañón de la escopeta presionaba fuertemente sus cabellos rubios mientras bajaban las escaleras. El sótano del cuartel era lo suficientemente profundo como para no alterar las plantas superiores. Allí solían almacenarse los objetos más peligrosos. Pólvora, armas, enemigos...

A cada paso que daba el cañón se hincaba más sobre su cráneo. Notaba que su acompañante no temblaba al apuntarle. Pero podía notar la ansiedad en su arma. Ni él mismo sabía que ocurriría tras aquel primer encuentro tras todos esos meses de pesadillas y sueños recurrentes. Annie, Annie, Annie...

La obsesión que había desarrollado Bertholdt por aquella chica era abrumadora. Habían tenido algún tipo de pasado juntos. Habían entrenado para convertirse en los portadores de aquellos poderes. Y Bertholdt pensaba morir junto a ella cuando acabase su tiempo. Y ni tan siquiera pudo despedirse de ella antes de que sus fauces lo devoraran.

Ante sí se divisó una puerta reconocida. Sólo la había visto una vez. Hacía ya demasiados meses. Jamás había tocado aquel picaporte. Tan sólo ayudó aquel día en su transporte. Y nunca más se le permitió volver. El chasquido reconocible del seguro del arma retirandose le hizo dubitar al sujetar aquel pomo.

- Perdona, Armin – susurró su comandante a través del cañón – Sabes que es necesario. No podemos arriesgarnos a que te transformes poseído por él.

- No se preocupe comandante – sus manos aún no parecían conformes mientras sujetaba el picaporte. ¿La bala llegaría lo suficientemente rápido a su cerebro antes de que se transformase? Necesitaba más seguridad que una escopeta – Capitán, por favor, proteja a la comandante. Preferiría que pudiesen salir ilesos si no puedo controlarlo. Con el equipo de maniobras podrían salir rápidamente.

- Tché.

Sin responder a su petición, su superior abrazó a su comandante desde atrás con sus pistones preparados para ser disparados en cualquier momento. La última comandante no merecía perder su vida de aquella manera para comprobar la letalidad de su primer encuentro. La puerta se estremeció mientras la abría. Notó que el abrazo de su capitán se volvía más fuerte, protegiéndola en caso de tener que huir de aquel sótano.

- Lentamente, Armin. Lentamente – repetía en voz baja su comandante – No olvides quién eres.

Dos soldados de la policía militar vigilaban el eterno cadáver enterrado en cristal. Se asombraron ante la extraña escena que ocurría ante sí.

- Marchad inmediatamente – reportó Hanji– Ya tomaré las medidas necesarias luego.

Ambos soldados marcharon mientras continuaban ponderándose acerca de aquella extraña escena. La comandante de las tropas de exploración era abrazada de manera defensiva por uno de los superiores de escuadrón mientras ella apuntaba a uno de los soldados que solía presentarse junto a ella en reuniones de campo. Sin duda, los rumores eran ciertos, las miles de muertes que habían vivido a lo largo de los años los habían vuelto locos.

Armin parpadeó con una leve sensación de asfixia. La leve iluminación de aquel sótano contrastaba con el reflejo del cristal, cuya luz tapaba varios rasgos de su cara. Si cabeceaba podría atisbar a ver algunos de sus rasgos aún presentes en su rostro. Eternamente dormida en un profundo sueño.

- ¿Sientes algo? ¿Alguna visión? - la voz leve y distante de Hanji continuaba tras él.

- Recuerdos... Una instrucción... - intentó buscar algún atisbo en sus expresiones faciales que le permitiese tener alguna alucinación que no hubiese tenido antes – Había más cómo él. Dos chicas, había otra aparte de Annie. Un chico... que no reconozco... Annie lo llamaba Marcel.

- Continúa.

- Marcel... era el poseedor del titán de Ymir – finalizó – Debería estar muerto, pero veo a otra persona similar a él en recuerdos recientes.

- ¿Algún familiar?

- Puede que sea el poseedor del poder de Ymir en la actualidad – y de nuevo más alusiones a su infancia. Nada importante podía salir de allí - ¿Puedo tocar el cristal?

- Despacio, Armin – enunció Hanji mientras su capitán la forzaba a separarse de él mediante su sujección.

Era frío y áspero. Pero al mismo tiempo suave. Las miles de vetas que recorrían aquel cristal dañaban sus propias manos. Pero no notaba nada. Sólo los sentimientos reprimidos de años y años de duración. Todos los que se entrenaban junto a ellos eran similares. Simples niños que aspiraban a ser el poseedor de una muerte prematura. Adornados con una banda en su brazo.

- Llevaban un símbolo. En su brazo – acarició el cristal sin comprender aquella distinción del resto, ¿clasificaban a la gente de Ymir? - Podría dibujarlo. He visto varios en mis visiones. De distintos colores. Supongo que varía según el tipo de ciudadano. El padre de Eren también mencionó algo en sus escritos.

- ¿Qué hay de las prácticas de tiro? ¿Hay algún tipo de arma que parezca potente?

- Lo lamento Hanji-san – bajó su mano cesando el contacto con el cristal pulido – Bertholdt era bastante malo en cuanto a puntería. Sólo me llegan visiones de combate cuerpo a cuerpo. Él no hacía mucho caso a las armas...

- Suficiente – el cañón de su arma que aún apuntaba hacia él comenzó a bajar lentamente – Creo que por hoy tenemos suficiente información. Volveremos a bajar dentro de unos días. Mientras siga nevando no podremos salir a campo abierto. Así que toda información que obtengamos es primordial.

Con paciencia Armin avanzó caminando hacia atrás mientras contemplaba el rostro dormido de una vieja amiga. En ocasiones se preguntaba porqué había decidido ese tipo de muerte en vida. Permanecer fosilizada hasta que su tiempo pasase. Tal vez fue un mero acto de desesperación. O de temor. Ellos sabían de que manera obtenían sus poderes. ¿Temía ser devorada?

En viejos recuerdos había podido admirar a la persona que Bertholdt devoró en su día. Alguien sin demasiada importancia en el ejército marleyano. Algunos poseedores del poder se limitaban a permanecer vivos los trece años que le tocaba. No llegaban ni a luchar. Elegidos al azar entre los ciudadanos.

Pero, tras comprobar que el poseedor del titán primigenio y la coordenada se encontraba tras los muros, decidió recompensarse a los suicidas que tomaban la decisión de presentarse voluntarios para dicho honor. Prometían comodidad y nombre a las familias de las personas que se sacrificaban. Ser hijo de Ymir en aquel mundo era completamente distinto que entre aquellos muros. En su hogar era un honor, allí significa ser un apestado. Alguien que no pertenecía a la sociedad. Un marginado. Un desecho social.

¿Qué clase de sentimientos golpearon a aquellos tres chicos tras observar que nadie los juzgaba por su procedencia? ¿Que no necesitaban llevar una banda en su brazo que los identificase como basura?. Que eran todos exactamente iguales. Con las mismas fortalezas y debilidades. Dirigió una última mirada al cristal mientras pensaba internamente. ¿Llegaste a encontrar un hogar aquí, Annie?

.

.

.

Se recostó en la silla mientras contemplaba como la ventisca continuaba mojando los cristales de aquel despacho. Copo a copo. Cubriéndolo todo. Aquel invierno se estaba haciendo excesivamente largo. Bajó la mirada hacia los papeles que yacían en sus manos sin apenas interés. Bostezó en voz alta sin intentar disimular tan siquiera.

Si se giraba encarando a aquel escritorio, sería lapidada entre miles de documentos por revisar y firmar. Era demasiado peligroso salir a explorar en aquellos momentos. Así que se dedicaban a ir y venir desde el muro Maria ayudando a los ciudadanos que poco a poco comenzaban a retomar sus vidas y a poblar el territorio de nuevo. Y eso sólo hacía que su trabajo se incrementase. En aquella oficina. Enterrada entre papel.

En momentos como ese sentía pena por su viejo comandante que había pasado años encerrado en aquel despacho batallando contra todo aquel papel blanquecino. Se apoyó sobre la ventana dejando que su mejilla se helase por el contacto. Si tan sólo pudiese coger un caballo y volver a salir al mundo exterior. Aquella tormenta tampoco era tan preocupante. Algún córcel bien entrenado podría aguantar varias horas entre aquellas montañas de nieve. Pensaba indulgentemente.

Volvió a suspirar y una figura saliendo del cuartel llamó su atención. Como siempre, no era consciente de que hora era. Miró hacia el cielo que pese a dejar un manto blanco a su alrededor era completamente oscuro. ¿Ya era de noche? Unos pasos entrando en su despacho le despertaron de su idilío. El olor de la cena en aquella bandeja le devolvió al mundo de los vivos.

- Tal vez deberíamos bajar con los chicos a comer. Creo que llevo demasiados días encerrada en este despacho … - admitió con seguridad.

- Los mocosos cenaron hace horas.

Impresionada volvió a girarse hacia el exterior. ¿Realmente era tan tarde? ¿Había superado el toque de queda?

- Ah... Si hubiese algún tipo de mecanismo que sonara y me avisara de que debo ir a algún lugar mi vida sería mucho menos complicada – tomó asiento junto a su viejo compañero mientras observaba los dos platos de comida - ¿No has cenado con ellos?

- Dudo mucho que hicieras caso a ese mecanismo ni aunque existiera.

- Si yo estoy ocupada, tú deberías comer con ellos. - ignoró su último comentario - Son adolescentes. Necesitan una figura adulta cerca de ellos.

- He estado cerca de ellos – le acercó su plato a Hanji que comenzaba a comer con desgana – Son horriblemente ruidosos mientras comen y no saben cerrar la boca mientras mastican. ¿Acaso prefieres cenar a solas mientras yo como con los cerdos de nuestros soldados?

- Mañana comeremos con ellos. Estar encerrada aquí todo el día me hace añorar pasar tiempo relajada con ellos. Sin luchas, sin batallas.

- Tché. Tendré que sacarte a patadas de aquí entonces...

- Por cierto, - comenzó a enunciar mientras partía el pan para los dos – Yo no le he dado permiso a Floch para salir, ¿se lo has dado tú?

- No, pero se perfectamente dónde va cada día cuando se escapa. Llevo siguiendolo toda la semana, comienzo a cansarme. Mientras tu te escabuyes en este despacho quién tiene que soportar a los mocosos soy yo. Y Floch es el peor de todos.

- ¿Ha vuelto a sacarte el tema? Hace una semana estuve reunida con él durante horas. Decidí que quería que me ayudara a arreglar los ascensores que se habían estropeado tras bajar algunos cañones del muro Sina. Estuvimos hablando.

- …...

- Floch es muy inmaduro aún. Hablaba de justicia como hablaría un niño de siete años – Hanji reclinó su cabeza hacia atrás como si evocase un recuerdo – Comenzó a divagar sobre lo que significaba ser realmente un soldado. Dijo que la auténtica lucha no había comenzado y que ayudando a los ciudadanos nos volvíamos débiles. Que debíamos obviar la ayuda en su traslado y entrenar más duro para hacernos más fuertes.

- ¿Y qué hiciste?

- Como parecía tan preocupado por que su musculatura pudiese disminuir al no poder ejercitarse en el invierno, decidí darle permiso para recorrer ventisiete veces el muro sina mientras comprobaba que mi caballo no había perdido velocidad. Y cuando terminó de recorrer el muro Sina, le dejé correr otras ventisiete por el muro Maria.

- Ahora comprendo porque últimamente Floch se ha vuelto extremadamente puntual cuando ayudamos con los traslados diarios – posiblemente asustado de tener que volver a acabar exhausto otro día más.

- ¿Adónde ha ido? Tengo entendido que sus padres murieron cuando sufrimos el primer ataque a las murallas - no creía que tuviese tampoco ningún amigo ni conocido en la ciudad.

- Es un mocoso. Ha ido dónde todos los mocosos de su edad van.

- ¿A bailar al pueblo? ¿A alguna taberna? - preguntó algo ignorante por el ocio de la juventud.

- Probablemente haya vuelto al burdel.

- Ah, ya veo. Supongo que está creciendo. Todos están creciendo.

- Ya me he dado cuenta de eso...

- Entonces, ¿le has seguido estos días a un burdel? – sin prestar mucha atención continuó comiendo - ¿Tiene algún tipo de relación o algo así?

- Dudo mucho que ninguna mujer quiera repetir con alguien como él. Es un mocoso insufrible y está en esa edad.

- Podría ser problemático. Todos tienen esa edad ahora mismo. ¿Deberíamos hablar con ellos respecto a esto?

- No. El resto de son lo suficientemente estúpidos como para ni tan siquiera intentarlo.

.

.

.

Había subido a aquel tejado decenas de veces. Pero jamás se había encontrado con él en ese sitio. Miraba hacia el cielo nocturno que por fin dejaba reflejar las estrellas tras tantos días en los que la nieve perpetua caía sin cesar.

Sabía que había notado su presencia cuando se acercó a él. Pero no se giró para comprobar su procedencia. Tan sólo se limitó a continuar sentado entre aquellas tejas mirando hacia algún punto que no podía describir. Se quedó callado en silencio mientras esperaba que dijese algo. Pero parecía ignorar su presencia. Emanaba un extraño aura. Cómo si se tratase de algo que no podía describir fácilmente con palabras.

- Eren, ¿por qué subes aquí tantas noches? ¿Qué se supone que ves en el cielo?

- ¿Qué haces aquí, Floch? Hanji-san no te permite deambular a tus anchas.

- No eres el único que sabe escabullirse del atento ojo vigilante del capitán – se sentó junto al chico mirando hacia el cielo - ¿Qué ves en las estrellas, Eren?

- ¿Cuál crees que es el enemigo? - se giró hacia su compañero de armas con actitud pasiva.

- ¿Enemigo? Está claro. Aquellos que nos han atacado ya demasiadas veces. Ellos son a quiénes hay que derrotar.

- No creo que sea algo tan banal. Ymir lo decía. El enemigo es... toda la humanidad. ¿Crees que tras derrotar a Marley acabará esta lucha?

- No entiendo...

- ¡¿Crees que volviendo a sacrificar a todos los soldados de estas murallas conseguiremos que acabe esta lucha?! - sus palabras se volvían más duras con cada sílaba pronunciada. - Dime, Floch, ¿acaso quieres vivir toda tu vida con miedo? ¿Con miedo a ser atacado de un flanco o de otro?

- Somos soldados, ¿no se supone que tenemos que sacrificarnos por el bien de la humanidad?

- Sacrificio. No se cuantas personas se han sacrificado por mí. ¿Cuántas más han de morir? - en su mente sólo resonaba un nombre. Si tan sólo ellos lo sabían, ella correría peligro. Otro sacrificio más por aquella sociedad corrompida. - ¿¡Te sacrificarás tu también por mí!? ¿¡Acaso no quieres vivir una vida larga y tranquila!?

- N-no lo sé... - frunció el ceño sin comprender su enfado – Ellos te llaman la esperanza de la humanidad... Pero yo sólo veo a un imbécil con problemas de somnolencia. ¿Por qué te alaban tanto? No eres nadie importante. Sólo eres uno más. Alguien que tuvo la desgracia de recibir ese poder. Cualquier otro haría tu papel mejor que tú.

- Te lo cedo entonces – bramó con furia – Quisiera que experimentases lo que supone revivir visiones de tí mismo devorando a tu propio padre una y otra vez. Una y otra vez. Matando a gente inocente a lo largo de décadas para proteger el poder que supone la esperanza de la humanidad. Devorar a tu tío, a tu madre, a tu hermano...

- Creo que te estás volviendo loco, Eren. - tensó sus nudillos mientras oía como crujían con fuerza – Tú al menos supones algo para esta gente. ¿Qué soy yo? Un soldado inútil a quién infravaloran continuamente. Estoy cansado de tener que atender a las absurdas órdenes de nuestra comandante. Revisar montacargas que no utilizamos. Comprobar la solidez de las piedras de los muros. Limpiar los establos cada día...

- ¿Por eso vas continuamente a encontrarte con prostitutas? - finalizó con despecho.

- ….. - Floch se giró asombrado de que pudiese tomar en cuenta aquella información. Pero dudaba que su eterno vigía lo hubiese comentado con ellos - ¿Cómo lo...?

- Todos lo saben. Ni siquiera disimulas cuando vas o vuelves. Eres un libro abierto. Un libro demasiado obvio y aburrido. – añadió sin compasión – No vas a encontrar tu razón de vivir entre las piernas de una mujer.

- No puedo tomarme en serio eso viniendo de alguien que jamás ha estado entre esas piernas – respondió con insolencia.

- No tengo interés en eso – sus ojos verdes bajaron hacia el suelo ponderando toda clase de preguntas sin responder, como si entre las leves muescas de la cerámica de aquellas tejas hubiese escrita una respuesta. - ¿De qué sirve dejarse llevar por los impulsos? Muchas personas han muerto intentando protegerme debido a mis impulsos.

- Eres un imbécil, Eren. Ya te lo he dicho. Te consideran la esperanza de la humanidad. Hagas lo que hagas te protegerán a toda cosa. Hasta que dejes de ser útil. Cuando estos trece años pasen, tendrás a tu sucesor con la boca bien abierta dispuesto a devorarte. Si lo piensas bien, es un final bastante patético. Alguien tendrá que soportar las visiones de tí mismo hablando conmigo en este tejado en un futuro. Siento lástima por esa persona.

- Estoy cansado de estar preso...

- En eso puedo compadecerte. También he estado encerrado en esos calabozos más de una vez.

- No pasarías tanto tiempo en las mazmorras si dejaras de cuestionar al capitán.

- Sabes tan bien cómo yo que nadie acaba preso entre esos barrotes si la razón de ello no tiene que ver con el sentimentalismo que últimamente reina en este ejército.

- …... – dirigió una mirada de duda a su compañero, sin duda era mucho más inútil de lo que pensaba. Aún parecía absorto en aquella escena ocasionada diez meses atrás – No son esos barrotes los que me preocupan – Sino aquellos que habían marcado su existencia desde que su padre le inyectó aquella sustancia que provocó su conversión. Desde ese momento, su propio juicio había sido anulado. Preso enternamente de sus decisiones.

- Cuando consigamos ir al mar, ¿qué haras, Eren? La comandante dijo que en dos meses podríamos realizar una misión de reconocimiento del terreno.

- Cumplir con lo que me fue encomendado.

Sin decir nada más volvió a alzar su cabeza hacia el cielo, como si pudiese hablar con alguien y aquellos reflejos luminosos fuesen la contestación a sus plegarias. Por primera vez desde que volvieron de Shinganshina, Eren comenzaba a parecer un auténtico foco de esperanza.

.

.

.

El eterno frío había menguado y la vegetación volvía a poblar poco a poco aquellas vastas llanuras. Si asomaba la cabeza hacia el patio exterior podía oler algunos brotes frescos que emergían de entre el pasto mojado por la lluvia. Aquellos libros eran terriblemente pesados. Pero era todo lo que había encontrado en la biblioteca central.

Habían sido meses de recolección entre estanterias polvorientas y en desuso. Pero finalmente había encontrado los suficientes para recabar suficientes datos para aquella misión en la que conseguirían ver el exterior tras seis años encerrados. De nuevo se volvió a encontrar en una situación vivida demasiados meses atrás. Aquella puerta permanecía cerrada y sus frágiles brazos apenas podían cargar con aquellos libros.

Dos pares de manos comenzaron a quitarle el peso que oprimía sus hombros en ese momento.

- Gracias, Jean, Connie – esbozó una sonrisa de agradecimiento mientras utilizaba sus nudillos para tocar a la puerta – Comandante, hemos llegado.

La voz del interior les dio acceso mientras les daba la espalda, aún garabateando en una vieja pizarra oscura. En el punto más alto había escrito una sola palabra: Mar. Y debajo de ella parecía estar descrito algún tipo de entrelazado de líneas que implicaban distintas tácticas en el caso de que alguna bestia intentase atacarles.

- Gracias por venir, por favor, sentaos – Borró algunas de las líneas y comenzó a escribir a la izquierda de la pizarra – No creo que encontremos ninguna amenaza. Hipotéticamente, todos los titanes con los que hemos sido atacados todos estos años pertenecían a esta isla.

- Hanji-san – alzó Eren la voz - ¿Hay alguna prueba que concluya eso?

- Hasta donde hemos averiguado, en el imperio de Marley, los ciudadanos eldianos son recluidos en guettos y transportados a esta isla para ser transformados en titanes. No obstante, en estos últimos meses no hemos recibido ningún ataque. Asi que podemos concluir que no somos las únicas personas con quiénes mantienen un conflicto abierto.

- Pero aún asi...- continuó.

- En la última batalla mermamos bastante sus defensas. Y al igual que nosotros, ellos también deben haber pasado un tiempo de reelaboración. No creo que decidan utilizar varios ciudadanos del guetto al azar para lanzarnos una emboscada. En base a las visiones que ambos me habéis comentado, su gobierno no juega sus cartas si no puede ganar. – se ajustó sus gafas con los dedos mientras continuaba escribiendo en la pizarra – Puede que dentro de unos meses manden a algún equipo de exploración. Por ello debemos instaurar una base cerca del océano para poder inteceptar cualquier ataque.

- ¿Y de qué nos van a servir estos libros con ilustraciones? - escupió Floch mientras abría el primero de ellos - ¿Hydrophiinae? ¿Una serpiente marina?

- Quiero que os toméis en serio el contenido de los libros que le he pedido a Armin que consiga. Tenéis un mes para leerlos y memorizarlos – continuó escribiendo en la pizarra – Hay algunas especies venenosas de animales y plantas marinas. Se que estos libros fueron traídos desde fuera de los muros y os costará comprenderlos. Pero forman parte de la poca información que tenemos.

- Hanji-san – esta vez fue Sasha quien levantó su mano - ¿Algunos de los peces que salen aquí son comestibles? Creo que sería importante que realizasemos pruebas de campo para asegurarnos de no darle a los ciudadanos pescado que pueda resultar venenoso. Me gustaría presentarme voluntaria para-

- Vale, en cuanto al puerto que mencionaba el padre de Eren – continuó esquivando la pregunta de la joven soldado – Podemos concluir que se encuentra al noroeste – dibujó una gran línea que parecía atravesar la isla – No tenemos demasiado tiempo así que quiero que elijáis a los caballos mejor entrenados para no tardar más de un par de horas en llegar. Una vez allí, exploraremos el terreno y-

- Hanji-san. - Connie comenzó a escribir en un papel sobrante que había encontrado - ¿Es cierto que el agua salada permite la flotabilidad? En este libro pone que algunos mares son tan salados que puedes dormir sobre ellos.

- Cállate Connie y dejad de interrumpir – replicó su capitán desde una esquina – Si tantas ganas tienes de ahogarte en el mar, cuando lleguemos os podéis tirar todos de cabeza.

- Ah, hablando de ahogamientos. Shadis debería haberos instruído en la maniobra rcp. ¿Correcto?

Sólo dos manos se levantaron entre todos aquellos adolescentes. Al parecer, aquel día sólo dos de ellos habían hecho caso a las lecciones. No le extrañaba que el actual poseedor del titán colosal y su mejor amiga fuesen los únicos que pensasen que aprender a reanimar a alguien que no podía respirar fuese importante.

Suspiró con desgana. Tal vez fuesen los mejores de su promocion. Pero la mayoría de ellos no habían superado demasiado bien sus exámenes. En los innumerables reportes que había tenido que leer de todos ellos figuraba más de una clase suspendida y teniendo que ser repetida. Sobretodo de los que permanecían allí sentados sin comprender lo que significaban aquellas siglas. Despejó el suelo a su alrededor intentando dejar espacio suficiente cómo para que alguien se tumbase sobre él.

- Bueno, pues daremos una lección rápida. Venga, Armin, ven aquí, os explicaré a todos cómo se hace.

Con una mano dio unas palmadas sobre la base del suelo indicando al chico que se acercase. Armin se puso en pie y obedeció a su comandante aproximándose. Una mano le impidió el paso y le obligó a retornar a su asiento.

- Vaya, Levi. ¿Te ofreces voluntario?

- Esto es una estupidez. Shadis debería enseñarle a los mocosos estas cosas y no dejar que nadie se gradúe si no saben hacer nada... - resopló mientras se quitaba la chaqueta y se sentaba junto a ella. Dirigió una mirada helada a los jóvenes soldados y se tumbó con resignación.

- Bueno, imaginemos que Levi acaba de ahogarse tras adentrarse por primera vez en el mar y es engullido por las corrientes marinas de las cuáles no tenemos datos todavía. - levantó uno de sus brazos sujetándole por la muñeca – Si presionamos índice y pulgar podremos comprobar si la persona tiene pulso o no – su mano se dirigió al cuello del hombre que miraba al techo con furia – En la base del cuello, justo en la base de la mandíbula también podemos tomar el pulso.

Sus dedos comenzaron a desabrochar varios botones de la camisa de Levi. Como si llevara haciendo aquella acción demasiados años, y hubiese demasiada confianza entre ellos, continuó desabotonando uno a uno. Cuando parte de su pecho estuvo al descubierto continuó hablando.

- A continuación tendríamos que tomar cuenta si sus vías respiratorias estan obstruidas – sujetó su cabeza con cuidado y la inclinó hacia atrás – De esta manera, la tráquea queda despejada permitiendo el paso del aire. Pero nuestro compañero sigue sin respirar.

- ¿Qué ocurre si la tráquea está obstruída?

- Buena pregunta, Armin. En tal caso, y con cuidado, podríamos intentar extraer la obstrucción con dos dedos. Pero sin provocar el vómito o nos enontraríamos ante la asfixia inmediata – con dos dedos abrió la boca de su compañero que seguía observando de reojo a los jóvenes soldados – A continuación, colocaremos las manos sobre el pecho en esta posición. Si nos colocamos justo encima podremos realizar más presión sobre el tórax. De esta manera, relajación, contracción. Por último, debemos insuflar aire a través de los pulmones para eso deberemos tomar aire y acercarnos a la boca del sujet-

- Sigo sin entender para que aprendemos esto – interrumpió Floch antes de que su comandante acercase sus labios a los de su capitán – Es evidente que jamás lo vamos a utilizar.

- ¿Qué quieres decir con eso Floch? No conocemos que peligros puede entrañar el mar. Con lo que este tipo de maniobras es esenciales que las dominéis.

- Es una completa estupidez. Todos aquí sabemos nadar. Nadie es tan inútil como para ahogarse en la primera misión que realicemos en el exterior.

- Floch, la asfixia no sólo se da en casos de ahogamiento. También habrá situaciones en las que un compañero salga herido y tengáis que reanimarle en medio del campo de batalla.

- ¿Para qué? - como si algún tipo de locura se hubiese apoderado de él comenzó a gesticular sin parar – ¡Ninguno de los que estamos aquí somos realmente imprescindibles salvo ello dos! – gritó mientras señalaba a los únicos portadores de titán de aquella sala. - Si yo, o Sasha o Jean morimos no importará. Estamos en guerra, comandante. En lugar de preocuparnos por salvar la vida de alguien que ya está perdido deberíamos entrenarnos para manejar mejor los rifles que realmente salvarán vidas.

- …... - Hanji pareció perder la paciencia y se acercó lentamente al chico que parecía cada vez más influenciado por sus propias palabras – Si tan preocupado estás por el estado de nuestras armas, no te preocupes. Cuando vayamos en partida al océano puedes quedarte vigilando todas ellas. Pero te recuerdo una cosa. Una pistola apuntando a tu cabeza es el arma de la que menos deberías preocuparte.

.

.

.

- ¿A qué ha venido eso?

- Yo también puedo perder la paciencia si se me cuestiona continuamente – balbuceó mientras terminaba de recoger las anotaciones que habia hecho esa misma tarde – No quiero saber que podría hacer Floch si se encontrase a alguno de sus compañeros malherido y sin tan siquiera saber hacer un torniquete.

- No me refiero a eso – entornó los ojos mientras miraba por la ventana. Los jóvenes reclutas se habían reunido en el patio central como si estuviesen en el colegio, mirando los libros y riéndose por el nombre de alguna especia que apareciese en él - ¿Por qué has decidido enseñarles maniobras de reanimación utilizando a los propios mocosos de ejemplo?

- Tú no levantaste la mano cuando pregunté, Levi – Hanji se quitó las gafas mientras le miraba con despecho – Tampoco asististe al entrenamiento. Así que debo suponer que tampoco sabes realizar dicha maniobra – se sentó sobre la madera del escritorio mientras sonreía con complacencia - ¿Por eso te ofreciste voluntario? ¿Querías disimular delante de unos niños que tampoco sabes hacerlo?

- …... - lentamente se acercó hacia ella con actitud ofensiva - ¿Quieres que te lo demuestre?

.

.

.

Gracias por leer hasta aquí. Espero que os haya gustado el capítulo. Nos vemos en un par de semanas. ¡Dejad algún comentario con vuestras opiniones de cómo se va desarrollando la historia!