Snk pertenece a Hajime Isayama.

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- ¿Hija?

Jean parpadeó sorprendido. Era consciente de aquellas dudas que le habían asaltado los últimos meses. Las había discutido en varias ocasiones con Mikasa. Pero eran meras pesquisas. Su fuero interno deseaba que fuesen sólo conjeturas. Tal vez una familiar lejana. O una casualidad en su parecido. Aquellas murallas eran pequeñas y no era tan improbable que algun lejano ascendiente hubiera tenido hijos y hubiera fallecido. Pero no, ninguna de aquellas teorías era la correcta. Ella permanecía impasible mientras le miraba con un ojo frío y sin sentimientos. Incapaz de pestañear, Jean se dejó caer sobre un asiento cercano. Recapacitando aquel torrente de información que llegaba a sus neuronas.

- Su hija – repitió.

- Disculpa si he sido demasiado brusca, Jean.

- No, no. Es sólo que no me esperaba esta contestación. S-supongo que inconscientemente pensaba que tal vez usted no...

- Oh... entiendo... - sonrió mientras parecía contar con los dedos de sus manos – Soy más de una década mayor que todos vosotros. He tenido bastante tiempo para interactuar con el sexo opuesto y obtener los beneficios de la cópula. Así como el conocimiento suficiente para la gestación uterina. Mi cuerpo se encuentra en la suficiente buena forma como para albergar a mi propia descendencia. No obstante, si tienes algún tipo de duda acerca del intercambio sexual, supongo que podría...

- No quería decir eso, comandante. C-comprendo que tiene plenos conocimientos. N-n-n-no necesito intrucción acerca de eso... – se sonrojó mientras intentaba evitar la mirada - Supongo que me ha sorprendido que tomase la decisión de tener hijos cuando...

- ¿Cuando lo único que puedo dejarle a mi hija es un pedazo de mi cuerpo que no ha sido devorado por un titán?

- No quería expresarlo así...

- Tranquilo. Entiendo que es una situación extraordinaria y poco común. Usualmente no es algo usual que los miembros del cuerpo de exploración decidan tener hijos – se ajustó sus gafas mientras volvía a penetrarle con la mirada – Supongo que tendrás muchas preguntas.

- Supongo que el padre...?- dubitó mientras seguía comprendiendo aquella situación.

- Un viejo amigo,nada relevante – finalizó al instante.

- Hanji – interrumpió su capitán.

- Hace bastantes años de aquello, una noche algo estresante tras una misión.

- Hanji – repitió.

- Supongo que fue la consecuencia de una noche de necesidad, y ambos tomamos la decisión.

- Hanji, deja el teatro. Mira su cara – escupió mientras se dirigía a su subordinado que no dejaba de mirarles a ambos confuso – No se lo cree.

- C-capitán, usted es...

- Yo soy el padre de esa criatura. Deja de poner esa mueca, no se porqué os sorpendéis tanto.

- N-no quería decir eso. Pero es complicado asimilar...

- ¿Asimilar el qué? - Hanji se levantó de su asiento y se aproximó hacia su subordinado que temblaba avergonzado – Levi y yo no hemos sido los únicos que han pasado alguna noche juntos. Debo decir que no esperaba que tras mi década unida a este destacamento no creería conocer a reclutas que no saliesen tan a menudo de sus habitaciones por la noche.

- Saldríamos más si la puerta en la que queremos entrar estuviese abierta... ¡Q-quiero decir...! - exclamó súbitamente mientras intentaba reconducir sus palabras.

- Ooooooh... ¿Así que tienes interés en alguien del destacamento? Interesante... - se mesó la barbilla mientras ajustaba sus gafas – Cuando volvamos a Paradis, podría autorizar que-

- Hanji, déjalo, estás avergonzando al mocoso. No quiere tus consejos.

El chico bajó la cabeza avergonzado mientras intentaba recabar el valor perdido. Aquel extraño interrogatorio que se había vuelto en su contra y comenzaba a ser una discusión entre sus dos superiores acerca de si él había podido obtener finalmente los placeres carnales solo accesibles para aquellos privilegiados que pudiesen tener una pareja estable.

¿Acaso ellos eran una pareja estable? ¿Por eso habían tenido relaciones con el fin de engendrar un hijo? De alguna manera, aquella imagen era más distante de lo que alcanzaba a discernir en su propia cabeza. Sin embargo, el clan Ackerman era algo complicado, arriesgar su vida por tener un hijo era algo impensable. Ambos miembros pertenecientes a aquel sector de la sociedad que menor pervivencia tenía. Volvió a alzar la vista, sus ojos cansados buscaban la mirada de su comandante, intentando leer su mente, siempre innacesible. No importaba los años que intentase comprenderla, tenía la sensación que siempre guardaba una parte lejos de ellos, tal vez por temor a asustarles de su auténtico ser. O tal vez por temor a mostrarse vulnerable.

No podía llegar a cuantificar cuán pesada era la carga de comandante, pero, sin duda, ella continuaba con su cabeza en alto mientras dicho peso intentaba arrastrarla al infierno.

- Tal vez deba aclararte, Jean – prosiguió su comandante como si leyese su mente – que no éramos conscientes de la sangre de Levi cuando me quedé embarazada.

- Pero, aún así... Sigo sin comprender porqué. - sus manos temblaban en su regazo – Yo quisiera tener una vida acomodada. Me gustaría casarme y tener hijos con una persona adecuada. Tal vez sea un presentimiento inexacto, pero a veces creo que pertenecer a esta rama del ejército nos aleja de ello.

- Oh, trabajaremos para que pueda llegar a realizarse tu sueño, Jean. Solo te pido algo de paciencia. Aún eres muy joven.

- ¿Y que hay de usted, comandante? ¿También desea ese futuro?

- Es distinto, Jean. La primera vez que me puse este uniforme sabía que sería mi mortaja. Haber sobrevivido 10 años no me hace inmortal. Soy consciente de ello. Puedo soñar con un futuro idílico e infantil, pero para mí será más complicado acceder a ese sueño que para tí. Tengo un deber.

- ¿Y qué hay del deber con su hijo? ¿No pensó que si no podía cumplirlo no debería...? - su boca calló de repente mientras agachaba la cabeza avergonzado, sus manos temblando en su regazo – L-lo siento. No quise decir eso...

- No te preocupes. Lo comprendo – su mente siempreparecía trabajar a un ritmo que no podía ser cuantificado por el ser humano, ella suspiró en voz baja y exhaló – Es más complicado de lo que puedo llegar a explicar. No quería que la primera sangre de un niño que manchase mis manos fuese mi propio hijo.

- ¿No pensaron en pedir a otra persona que solucionase el problema?

- Verás Jean, llevo mucho tiempo perteneciendo al ejército. Entregando mi vida por la humanidad. Una humanidad que ha rechazado al cuerpo de exploración en más de una ocasión. La cordura mental es algo que comienza a fallar cuando ves a tus propios camaradas entregar su vida por alguien que les desprecia. Puede que suene egoísta, pero saber que entregas tu vida por ayudar a que aquel futuro que intentas conseguir sea vivido por alguien a quien aprecias... Tal vez mi hija pueda ver el futuro que yo no llegue a ver. Me sentiría suficientemente recompensada si cuando mis huesos se conviertan en cenizas, ayude a que ella camine libremente sin muros rodeándola. Es...mi última motivación para entregar hasta el último aliento de vida.

- Pero, ella...

- Ella no sabe que nosotros somos sus padres. Como comprenderás, es demasiado peligroso tener hijos dentro de la legión. Desde que me puse este uniforme por primera vez, mi propia existencia ha sido cada vez más amenazada. No solamente por el enemigo que vivía fuera de nuestras murallas asediándonos años atrás. Sino por aquellos que habitan entre esas calles, Jean. Si quiero que mi hija llegue a vivir ese futuro que ansío, debo alejarla de todo lo que pueda dañarla.

- Entiendo.

- Se que no tengo derecho a pedirte esto. Me es indiferente si rumoréais acerca de Levi y sobre mí. Pero debo proteger a mi hija. Si su relación consaguínea con Levi o conmigo es verbalizada fuera de este despacho, seré yo misma quién me encargue de destruir tu sueño de tener descendecia, Jean – increpó mientras posaba su mano sobre el brazo del chico, sus dedos hundiéndose en su temblorosa piel, como si intentase atravesarlo.

- Hanji no te ha contado esto para satisfacer tu curiosidad – añadió Levi.

- No pretendo mostrarme ingenua y negar que nadie llegará a una conclusión similar a la tuya. Incluso ella misma podrá ser consciente de quién es su madre – se giró hacia su capitán, mientras parecía recriminarle en silencio. Aunque no sería tan consciente de quién es su padre si no fuera un maldito bocazas – Soy consciente de mi puesto y ella terminará descubriendo la verdad. Tarde... o temprano. Si no está preguntándoselo ya.

- Si tiene tu maldito cerebro no tardará demasiado – también tiene mis malditos rasgos. Tus ojos no son lo único que la relaciona con nosotros.

- Como sea, necesito que el entorno en el que está mi hija permanezca protegido. Cuando llegue el momento yo misma asumiré las consecuencias de su parentezco conmigo.

- Con nosotros – volvió a interrumpir su capitán.

- Hasta ese día. Ella debe estar protegida. Este puesto, este cargo, requiere de sacrificios. He sacrificado mi propia vida por su futuro. Mientras tanto, solo deseo su protección – su boca se torció en una mueca – Hasta el día en el que pueda continuar mi vida desde que se detuvo, hace más de diez años.

- ¿Por qué no renuncia, comandante? Cualquiera de nosotros podría continuar. Se que Eren es nuestra esperanza y está en paradero desconocido pero si...

- Eren puede ser una pesada carga, Jean. Una que no podéis soportar vosotros sólos.

- Tiene razón. Lo siento. Somos un equipo, no debemos dejar que uno sólo cargue con las decisiones de ese imbécil.

- Tiene razón, Hanji – los ojos de su capitán se encontraron con el de su comandante, una minúscula sonrisa que afloraba mientras intercambiaba miradas con ella – No te puedes conceder tú sola el honor de patear el culo a ese idiota.

- Je, je, je – rió en voz baja mientras sus pestañas se deslizaban hasta cerrarse – Me preguntó que cara pondrá mi hija cuando le cuente que pasé años pateando el culo de la esperanza de la humanidad.

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Aquel dolor de cabeza no desaparecía. Como si el oxígeno no pudiese alimentar suficientemente a sus neuronas. Sus manos apenas podían sostener el peso de su lánguido rostro que perecía en las yemas de sus dedos. Sus labios emitieron un pequeño gemido de angustia, clamando por un nombre del cual no obtendría respuesta.

Volvió a levantar sus ojos hacia el horizonte. Aquel remanso de agua que era capaz de observar desde aquel tejado. Era lo único que era capaz de trasladarla a su hogar. Su auténtico hogar. Aquella vieja mansión de la familia Azumabito. Aquella que llevaba parte de sus sangre corriendo por sus venas. Aquellos últimos años su linaje se había complicado cada vez más. Ackerman, Hizuru... ¿Acaso importaba? Solo había un nombre con el que se sentía identificada, aquel que era pronunciado por una persona importante. Mikasa, solo Mikasa. Era el único nombre con el que quería ser referida.

Lo que hubiese tras las duras láminas de su piel le era cada vez más indiferente. Aquella sangre le impedía obtener el mismo destino que sus dos mejores amigos. Atandola a una vida que le era cada vez más indiferente. ¿Qué sentido tendría aquella longevidad si no era capaz de vivirla junto a sus seres más queridos?

Unas risas le distrajeron en el patio. Sasha parecía estar jugando a algún absurdo juego con Connie. Posiblemente obviando sus responsabilidades aquellos días. Aunque comenzaba a olvidar dichas responsabilidades. ¿Realmente esperarían hasta que Eren les indicase su siguiente movimiento?

Cada día esperaba aquel trozo de papel impreso que indicaba el estado de la guerra en la que se había visto sumergido Eren. No sabía cómo había conseguido infiltrarse semanas atrás. Pero dudaba que pasase alejado de ellos más de un mes. Aquella interminable espera sería larga. Y aquella migraña no desaparecía, como si no volviese a verle jamás.

Sus ojos se tensaron intentando contener las lágrimas. Demasiado tiempo esperando poder volver al que realmente había considerado su hogar, y lo había perdido una vez más.

- Eren, por favor... vuelve a casa...

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La puerta del vagón se abrió con rapidez. El metal hizo un sonido tañido mientras visualizaba su interior en la distancia. Austero, sucio y sanguinoliento. Un simple vagón de transporte. Destinado a trasladar a eldianos a primera línea de batalla, solamente con el objetivo de servir como escudo efímero en la batalla. Trasladados como ganado. Eso eran ellos para el gobierno de Marley, cerdos que eran enviados al matadero.

Eren reprimió un gruñido de furia mientras avanzaba con el resto del batallón. Gente con el mismo origen que él mismo, y que parecía inerte a su presencia, sin ser capaces de reconocerlo. Si él lo decidiera podría acabar con todas sus vidas con su mera transformación, acortando aquella horrible pausa hasta su destino final. Suprimiendo aquella agonía que duraría eternamente. Muchos de aquellos soldados no volverían, otros carecerían de alguna de sus extremidades. Los que las conservasen, habrían perdido su cordura a cambio. Aquel uniforme blanquecino hacía palidecer su tez aún más. A lo largo de aquellos últimos años, había notado aún más que su rostro, usualmente tostado por el sol, se había tornado del color de la luz del sol. Como si de un fantasma se tratase, dedicándose solamente a vagar por aquel mundo.

Un golpe en su espalda le devolvió a aquel mundo. Detrás de él aquella extensa fila había parado. El resto de eldianos parecían confusos. Delante de él, continuaban entrando sin pausa.

- Avanza... - susurró un hombre detrás de él – O seremos azotados...

- …... - las esmeraldas que perlaban sus ojos se giraron hacia atrás. Temerosos ojos que lo confrontaban.

- Por favor... No deseo que los marleyanos entreguen mi cadáver azotado a mis hijos.

- ¿Acaso entregarán tu cadáver? - prosiguió Eren mientras avanzaba en la fila y el continuaba quieto.

- Ellos me lo prometieron. Que... aunque muriera en el campo de batalla, mi familia podría enterrar mi cuerpo...

- Cómo confiar en aquellos que han puesto esos grilletes en tus pies.

- Hablas como si tú no hubieses llevado jamás esos grilletes... - el hombre avanzó mientras observaba el rostro inexpresivo de Eren - ¿Quién...?

- ¡No os detengáis! - increpó una voz femenina algo distorsionada se acercaba – Si tanto deseáis morir, me encargaré de dispararos ahora mismo.

Eren giró su rostro con cuidado mientras miraba de costado. Aquel cabello rubio corto indiscutible. Una extraña barba pegada a su mandíbula. Un casco que se ceñía a su cabeza y ocultaba aquellos ojos determinados. Si no fuera porque la luz del sol le cegaba juraría que estaba sonriendo. Aquella era la señal. Intercambió una mirada rápida con Yelena mientras fingía caer al suelo agotado. Tosió con fuerza varias veces mientras llevaba su mano al pecho.

Yelena se acercó con cuidado y le agarró el cabello con fuerza mientras le levantaba del suelo.

- ¿Acaso intentas escaquearte de tu deber, eldiano? - musitó mientras continuaba fingiendo entre aquella marabunta de soldados armados – Te enseñaré a besar el suelo que pisan tus señores.

Unas pisadas apresuradas se dirigieron hacia la zona. Pesadas y con relativa prisa. Un hombre mayor que parecía enfurecido.

- Soldado, ¿qué está pasando?

- Este maldito eldiano ha desfallecido antes de entrar al vagón. No sirve ni cómo carnaza.

- Necesito suficientes eldianos para ser transformados. El ejército del oeste tiene demasiado armamento. Si no me sirven ni para eso... - increpó el superior.

- Descuide general Magath. Este eldiano no tendrá ese honor – bufó mientras agarraba a Eren del brazo alejándolo de allí – Lo llevaré junto al resto de primera línea de batalla. Será un buen escudo. Un cuerpo más evitando que nuestros enemigos avancen.

- Ya veo...

El general pareció fijar su mirada algo confuso en Eren. Éste agachó la cabeza como si tosiera, evitando levantar la mirada. Apenas llevaba semanas entre aquellos desconocidos, y aquella escueta barba no ocultaría tan fácilmente su identidad. Los ojos del hombre le ignoraron finalmente mientras se alejaba. Yelena cesó el agarre mientras le guiaba hacia un lejano vagón ya ocupado.

- Disculpe señor, si no actuaba así el general Magath sospecharía – susurró sin dejar de avanzar a su lado – La infiltración ha sido un éxito. Este vagón será destinado a primera línea de batalla. Te intentarán utilizar como escudo. No podré protegerte.

- No es necesario. Sabes perfectamente que no pueden matarme así de fácil.

- Yo permaneceré oculta, debo informar a Paradis acerca del plan.

- Me es indiferente. El plan debe seguir.

- Esperaré ansiosa tu regreso, Eren.

- …...

Aquel vagón olía a óxido y heces. Aquella no sería su mortaja, estaba seguro de ello. No podía morir. No aún. Sus pasos le guiaron hasta el interior. No había demasiado espacio, pero estaba seguro que el espacio crecería a su vuelta. Se sentó en el suelo junto al resto de hombres que morirían antes de que pudiese recordar sus nombres. Un hombre abrazaba una extraña medalla mientras lloraba sin consuelo. Si no actuaba este era el destino que le esperaba a aquellos que eran llamados hijos de Ymir.

Un destino que ya estaba escrito. Y que no sería cambiado. Lo intentase quien lo intentase. Cerró sus ojos mientras intentaba descansar. Aquella travesía sería larga.

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Jean agarró aquel saco y lo colocó sobre su hombro. La pesada carga amenazaba con destrozar su espina dorsal. Suspiró en voz baja y comenzó a andar hasta el interior de la bodega. Habían pasado ya varios días desde que se tomó aquella decisión. Eren había desaparecido. Solamente una carta había llegado desde él indicando que atacaría Marley en breve para hacerse con los poderes restantes que necesitaba, incluyendo al titán bestia.

Esta idea aterrorizaba a Jean por momentos, ¿cuántas personas quería asesinar para adquirir dichos poderes? Las bajas serían incontables. Había leído el periódico aquella mañana. El ejército marleyano se encontraba debatiendo una disputa con otro país. Tardarían meses en volver. Zeke no se encontraba allí. Así que probablemente Eren tampoco. Cómo si de perros leales los considerase, debían esperarle pacientemente como si fuera su amo, hasta que fuera dada la orden. Ni siquiera Yelena había asomado la cabeza en esas semanas. ¿Tal vez infiltrada también en aquella guerra?

Y no podían realizar aquella incursión futura con solamente 6 soldados. Necesitaban tener su propia tropa. Y debían buscar refuerzos. Aquel buque era inmenso. Sin duda, el dinero de los azumabito les proporcionaba armas y transporte, a cambio de ser ordeñados por ellos para aumentar su fortuna. Dentro de algunas semanas ese barco iría cargado con sus compañeros que esperaban en Paradis, dispuestos a manchar sus manos de sangre inocente para cumplir los ideales de Eren. Una vez más. ¿Sería acaso aquella la última vez que morirían inocentes por alcanzar su libertad? Tenía un mal presentimiento, que cada vez que compartía con el resto, solo obtenía silencio. Ninguno de ellos era capaz de rebatir su verdad.

La comandante hablaba con uno de los porteadores al fondo, asegurándose de que el vehículo marítimo llegase perfectamente a la isla y pudiese soportar a todos sus combatientes en él. Asimismo, que fuese lo suficientemente disimulado como para poder infiltrar a decenas de soldados en un enorme barco pesquero. Parecía cansada, y probablemente asustada aunque no lo expresara. Debía partir ella sola para convencer al resto de comandantes de prestar su apoyo para reanudar la nueva operación de rescate de Eren. La sola presión de esa situación, hacía que a Jean le temblasen las piernas, no sabía como podía soportarlo aquella mujer y aún bromear con los operarios.

Deslizó el saco por su hombro y lo colocó finalmente en el suelo, dejando descansar a su espalda. Jadeó unos instantes mientras inspeccionaba el área. Había provisiones de sobra para la ida y la vuelta. Sabía que debían evitar gasto de tiempo innecesario. Aquella guerra que libraba Marley podría acabar en cualquier momento y debían estar preparados cuanto antes. Su capitán contaba cajas al fondo y parecía estar organizándolas.

- Tsk... estos mocosos, lo dejan todo de cualquier manera... - masculló mientras colocaba todo de manera más ordenada.

- Deje que le ayude capitán.

- Recoge el saco que has dejado al lado de la escalera – bufó sin girarse hacia él – Si vas a ayudar, no sumes más desorden.

- L-lo siento... - se apresuró mientras comenzaba a arrastrar el saco hasta la zona indicada – Capitán, ¿que ocurrirá si se deniega la petición de refuerzos en Paradis?

- Que seremos nosotros 7 y el imbécil de Eren para confrontar a un ejército de millares.

- Qu-quería decir que-

- Hanji convencerá a esos cerdos burócratas – su voz sonaba firme, sin un hálito de duda – Ella puede hacerlo. Se perfectamente que es capaz. Erwin no era el único capaz de convencer a la gente de seguir sus pasos. Por eso se ha ofrecido a confrontarlos. Así que deberéis estar preparados a su vuelta. No sabemos cuando tendremos que llevar a cabo la operativa, pero si no dejáis de holgazanear mientras disfrutáis de los manjares de los Azumabito estaréis en mala forma en la batalla. Así que mañana os doblaré el entrenamiento.

- ¡Sí, señor! - su rostro dibujó una sonrisa nostálgica que le indicaba que pasasen los años que pasasen, aquel hombre seguiría siendo un modelo a seguir - ¿Cómo se dio cuenta, capitán?

- No necesito asomarme a la ventana para ver que pasáis gran parte del día tumbados en el jardín de esa mansión.

- No me refería a eso – se acercó más con intriga – Me refería a que... Me había dado cuenta antes, pero me daba vergüenza admitirlo. Hanji-san es una mujer hermosa. Es una lástima lo de su ojo...

- Los críos de hoy en día no sabéis apreciar algo cuando le sale un insignificante desperfecto. Un maldito diamante con una mísera grieta sigue siendo una joya. Mocosos consentidos... - su voz sonaba dura, como si le serrase lentamente la garganta - ¿Acaso tienes alguna clase de intención lasciva?

- N-no, ¡por supuesto que no! E-está claro que es un hombre afortunado, capitán. Ella es una mujer hermosa si la miras fijamente.

- Aún eres un mocoso, Jean. Aparta esos pensamientos de tu cabeza, no le interesas.

- ¡No es eso, capitán! - volvió a sonrojarse – E-es inevitable fijarse en una mujer hermosa. Así que me preguntaba cuando se dio cuenta que...

- Tengo ojos en la cara, idiota. Me da igual que haya perdido un ojo, dos o veinte – sus ojos azulados reflejaban una imagen pasada que parecía obviar la apariencia con la que todos la asociaban, una hermosura que solo era reflejada a través de sus ojos. Ni siquiera los cientos de cicatrices que cruzaban su cuerpo eran capaces de ensombrecer una mílesima de su belleza – Nada de eso importa.

- Entonces... - comenzó a enunciar Jean algo confuso.

- ¿Qué mierdas te ocurre ahora?

- ¿Cómo se dio cuenta de que se había enamorado de ella, capitán?

Cuando sus palabras salieron de su boca supo que había hecho la pregunta incorrecta. Su capitán abrió los ojos con sorpresa, unas milésimas anonadado ante aquella declaración pública, se giró hacia él y frunció el ceño con furia. Evadiendo cualquier rasgo que pudiese delatar su respuesta a la pregunta.

- Deja de escaquearte con preguntas que no están relacionadas con lo que estamos haciendo. Pon esa caja encima de esa otra – esquivó sus palabras mientras señalaba la parte del cargamento trasero.

- D-disculpe capitán, creía que tras tantos años junto a ella, ustedes dos estaban ena-...

- Eso a tí no te importa.

- ¿Pero lo están?

- No lo repetiré más, eso a tí no te importa.

- Pero han tenido una hija, así que pensaba que...

- Agh... malditos mocosos... - suspiró mientras se masajeaba las sienes, por un instante, dándole la impresión de que planeaba alguna manera de asesinarlo en aquella bodega y arrojar su cadáver al extenso océano – No se que clase de cuento ilusorio tienes en la cabeza para decir esas cosas y pretender salir ileso de estas paredes. Lo que quiera que sintamos nosotros es solamente cosa nuestra y a tí no te interesa.

- No pretendía ser intrusivo, capitán. Yo solo... quería pedirle consejo. Pensé que tal vez sería la única persona con quién podría hablar de esto.

- Me da igual dónde pretendas tirarte a Mikasa. Limpiad después.

- ¡Y-y-y-y-y-yo no pretendía decir e-eso! - su pensamiento se detuvo un momento mientras asimilaba lo que acababa de oír, girándose bruscamente hacia su interlocutor - ¿Cómo lo...?

- De entre todos vosotros, tú eres el que peor disimula. Serías un blanco muy fácil si tuvieses que fingir ser otro. La única persona que no se ha dado cuenta es ella, y porque parece demasiado ensimismada en ser la niñera del idiota de Eren.

- Aaahhhh... maldita sea... - agachó su cabeza mientras sus mejillas se tornaban cada vez más rojizas – Declararse a alguien es más difícil de lo que creía. Supongo que usted tuvo suerte, Hanji-san seguramente se lo puso fácil. Ella siempre es tan determinada y abierta...

- Te equivocas.

- ¿Cómo?

- Esa idiota no tiene más que mierda científica en la cabeza, por muchas indirectas que le mandes, no lo comprenderá. Y la mocosa es igual, sólo es capaz de pronunciar una maldita palabra en bucle.

- ¿Qué?

- Si tanto te interesa esa mocosa, díselo claramente. Tal vez eso ayude a que deje de estar centrada en cosas que no sirven para nada y madure de una vez. La atracción hacia los demás es el enemigo, si no lo confrontas, perderás la batalla.

- ¿Qué? - volvió a repetir aún más confuso.

- Sigo sin comprender porqué venís a hablar conmigo de éstas cosas. Deberíais preguntarle a otro – bajó la vista mientras la fijaba en las vetas de la madera, intentando rememorar viejas escenas dónde dos palabras salían de sus labios dirigidas hacia la que era ahora la comandante, demasiado lejanas desde la última vez que las había pronunciado – Si sientes esa mierda en el pecho, díselo. Pase lo que pase, te quitarás esa maldita carga de encima. Es una mochila excesivamente pesada. Cuando te la quitas, deja de dolerte la espalda. Es un peso que solo te frena en el campo de batalla. Resentimientos, dudas. Esa maldita mierda.

- ¿Se declaró usted a la comandante, capitán?

- ….. - de nuevo aquella mirada inquisitora en la que parecía tramar maneras de acortar su vida, Jean dubitaba mientras tragaba saliva con fuerza.

- O-olvídelo, capitán – se dirigió hacia la salida intentado evadir su inminente castigo.

- Sí.

- Creo que Connie debe haber acabado ya de empaquetar las últimas cajas – se detuvo en seco, girándose abruptamente, casi perdiendo el equilibrio ante aquella afirmación - ¡¿Q-qué?! ¡E-entonces! ¿¡Es cierto!? ¿¡Se declaró a ella!? L-le dijo que la quer-

- No hacen faltas palabras cuando realmente aprecias a alguien.

Su capitán desapareció por la puerta, reuniéndose de nuevo con su comandante mientras le explicaba la situación en la bodega. Jean sólo observaba en silencio. Sus ojos viraron hacia su compañera, una chica de cabello corto que estaba sentada en el borde, ausente. Mirando hacia el estenso océano, como si de un muñeco sin alma se trastase. Bajó por la rampa que se unía al barco y se sentó junto a ella.

Sus ojos habían perdido el brillo desde que Eren se había precipitado en una misión que podría costarle la vida. Y aquello sólo le esperaba como una agonía en su ausencia.

- El barco partirá en una hora – murmuró Jean mientras tomaba asiento a su lado – La comandante partirá sola y volverá con la tropa.

- ¿Cuanto tiempo crees que deberemos esperar más, Jean? - su voz se asemejaba a un suspiro, que apenas calentaba sus dañados labios, mordidos continuamente por la impaciencia de las últimas semanas.

- La comandante dijo que volvería en dos semanas como máximo. A partir de ahí...

- No creo que Eren vuelva en dos semanas. Has leído esos periódicos. Se realista, Jean – se giró hacia él, los ojos hundidos con pesar - ¿Cuánto?

- Tal vez unos meses más...

- Meses...

En la lejanía podía observar a su capitán hablando pesadamente con su comandante. Notaba la frustración en su mirada aunque no pudiese oír sus palabras. Sabía que él le había rebatido esa decisión de ir sola, insistiendo en acompañarla. Pero, desde hacía cuatro años, solamente ellos suponían la jerarquía en aquella desnutrida tropa. Era necesario que se quedase allí. Era su única esperanza si Eren volvía antes de declarar la guerra. El único capaz de detenerlo. Su última baza.

Él parecía resignado mientras ella argumentaba lo mismo una y otra vez. Agachaba la cabeza, en una despedida que no tenía palabras. No se abrazaban, ni se besaban. Sabía que eran conscientes de que les estaban mirando. Que no disponían de aquella intimidad que tanto ansiaban en aquel preciso instante. Pero, ¿realmente habrían recurrido al contacto físico para esa despedida?

Las palabras no son necesarias para demostrar tu afecto a alguien. La mano del capitán yacía junto a él, como si acariciase una imaginaria mano ajena, intentando agarrarla. Sostenerla y no dejarla huir. Jean trasladó su mirada hacia la mano de su comandante. Que parecía reaccionar a esa caricia imaginaria.

Esa escena, le trasladó una reflexión. La soledad. Durante los últimos cuatro años aquella mujer había ejercido como algo más que su comandante. Y ahora debía soportar aquella travesía intentando recabar una última esperanza para alcanzar un futuro al que ella misma había renunciado. Esforzándose porque su sueño de tener una familia junto a la compañera que seguía sentada en el puerto se cumpliera.

Se levantó de su sitio e interceptó a la comandante que comenzaba a subir la escalinata.

- ¿Jean? Ten cuidado, retirarán la escalinata en breve. Permaneced a varios metros del borde. Volveré en unas semanas. No seáis demasiado impertinentes con Levi.

- Hanji-san, quiero ir con usted.

- …... - sonrió de manera maternal mientras le confrontaba con la mirada – Debéis estar aquí para detener a Eren si él vuelve, Jean.

- Mikasa y el capitán pueden encargarse ellos solos – suspiró mientras adelantaba a su superior internándose en el barco – Somos un equipo, lo dijo días atrás, no tiene que soportar esta carga sola.

Hanji le miró en silencio mientras cerraba su ojo y asentía.

- Será un largo viaje. Será divertido poder hablar con alguien mientras tanto...

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Su mente estaba aletargada tras aquella incesante charla continuada. Horas en las que su comandante se frustraba ante cada negativa del gobierno. La decisión de Eren de abandonarles le costaría el puesto a Hanji Zoe. Quién había demostrado ser incapaz de proteger y retener a la esperanza de la humanidad. Incompetente, inútil... Palabras que habían resonado durante horas, como si de un juicio y acusado se tratase.

Pero ella era brillante. No cabía duda que su aspecto físico no era lo único que había cautivado a su capitán. Su mente trabajaba arduamente, más rápido que la de cualquier ser humano. Había sido capaz de demostrarles la eficacia de su restricción a lo largo de los últimos cuatro años. Cómo su mandato había conseguido traer a aquella isla nuevas armas que les protegerían de sus enemigos. Que si hubieran continuado bajo la antigua actitud de sus predecesores, jamás hubieran creado alianzas con el exterior, y aquellas murallas seguirían siendo una barrera.

Sus labios se movían con fiereza mientras jugaba con las mentes de todos ellos. Adormeciendolos hacia su encanto. Como si de un conjuro se tratase que los guiaba hacia su mano, hilos invisibles que hacían que se convertieran en su marioneta. Hanji sonrió por última vez mientras escuchaba su veredicto final.

- Comandante Zoe, reflexionaremos acerca de su propuesta... En cuatro días zarpará de la isla. Dispondremos de cuatro batallones. Solamente esperamos que vuelva más que con un puñado de cadáveres. No desperdicie nuestras unidades.

- Descuide, general Zackley. - una misteriosa sonrisa se dibujó en su rostro, aunque estaba seguro de que internamente suspiraba de alivio.

La sala se vació lentamente, su comandante aún ocupando su asiento con pasividad, mientras su mirada seguía fija hacia el frente. La única presencia en aquel tribunal que solamente se comportaba como un títere. Embarazada y ocupando su cargo sin demasiada satisfacción. Jean esperó pacientemente hasta encontrarse a solas. Ella parecía agotada, pero lo disimulaba perfectamente. No podía alcanzar a contar las horas que habían permanecido en aquella sala discutiendo constantemente acerca de la situación actual y cómo debían procurarles a los soldados necesarios para tomar Marley y rescatar a Eren una vez más.

Decenas de altos cargos habían ocupado aquellos asientos. Personas que apenas se habían dignado a aprenderse su nombre pese a ser uno de los héroes de Shinganshina. La mujer embarazada continuaba impasible mientras la sala se vaciaba. Sosteniendo la mirada con su comandante. Inflexible. Aquella hermosa mujer de cabellos dorados se giró hacia la ventana observando su propio reflejo. ¿O tal vez esperando por el último de sus subordinados por salir de aquella estancia?

- Te escoltaremos a la granja, Historia – finalizó Hanji mientras se levantaba de su asiento.

Ella asintió y se levantó de su asiento. Aquella escasa travesía apenas parecía finalizar. Subyugada al eterno atardecer debido a aquella mudez que parecía haber hecho presa de los tres ocupantes de aquel carruaje. Pero era consciente de la situación. No podían hablar de nada relacionado con alguien no autorizado. Y aquel joven muchacho que asía las riendas del córcel, no gozaba de dicho privilegio.

Las ruedas se detuvieron en la tierra humedecida. Un joven muchacho parecía estar hablando con unos niños. Posiblemente los ocupantes del orfanato que habían ido a visitar a la reina de las murallas para amenizar su larga estadía en aquella aislada zona.

- Jean, ¿podrías ayudarle? Ayudaré a Historia a bajar del carruaje.

- S-sí, claro, comandante.

Hanji barrió con la mirada aquel fértil pasto. El ganado parecía disfrutar del sol del atardecer. Y los niños jugaban con las herramientas de cultivo. Posiblemente sumando trabajo a aquel agricultor que se había convertido en la pareja y asimismo, en el eterno guardaespaldas de la reina. Parecía un hombre tranquilo y paciente, tal vez el más idóneo para la misión de paternidad que tendría a continuación en su vida. Uno de los niños se subió a su espalda de improvisto y perdió el equilibrio cayendo hacia el fango. Pero el sonreía. Tal vez aquellos desconocidos que no habían gozado de una infancia junto a sus padres fuesen todo lo que el ansiaba. Una esposa y una familia que le acompañarían junto al sol del atardecer. Hasta que el crepúsculo los obligase a recluirse en sus hogares. ¿Sería aquello la auténtica felicidad? ¿O solo un espejismo?

- No te entretendré mucho, Historia – comenzó a articular mientras no paraba de vigilar el comportamiento de los niños – No se ha dicho en la reunión, pero tras finalizar tu período de gestación, se te obligará igualmente a heredar el poder del titán bestia.

- Lo sé.

- Probablemente se decida tras volver de Marley. Se trasladará su poder a alguien preseleccionado. Pero no esperarán trece años antes de trasladar de nuevo ese poder a tí... O a tu hijo.

- Lo sé.

- Pareces excesivamente tranquila – alzó la ceja con preocupación.

- Lo he comprendido, y me he resignado.

- Aún tenemos la posibilidad de cambio. Si tan sólo tuvieramos una oportunidad de conversar con el ejército marleyano, conseguirían visualizar lo mismo que vemos ahora. Lo que veo yo. Lo que ves... tú.

- Lo comprendo. ¿Hay algo que yo pueda hacer para alcanzar ese futuro?

- No de momento, pero necesitaré tu colaboración en el futuro. Tal vez seas la única baza que pueda utilizar si quiero salvar a Eren.

- ¿Qué quiere decir?

- Tú misma debes haber oído los rumores, Historia. Son conscientes que no podemos controlar y vigilar a Eren por mucho que lo defendamos. Hace tiempo que comenzó a seguir su propia senda. Cuando volvamos a pisar esta tierra, Zeke no será el único sacrificado. Puedo ganar tiempo utilizándome a mí misma como escudo. Pero no demasiado.

- ¿Me está sugiriendo utilizar mi...estado para pausar el sacrificio de Eren?

- Ese maldito poder sólo les da trece años de vida. Eren aún es un crío. Si está en mi mano, haré lo que sea posible porque pueda pasar esos cuatro años restantes en paz. Solo le mantendrán vivo porque necesitan tener su poder asociado a un titán con sangre real. Y tú eres la única que puede favorecer esa situación. Te necesitan viva. No tocarán a Eren si pudiese haber cualquier complicación en tu parto.

- Desea que mienta acerca de mi sangre y su conexión con el fundador.

- Llevan pidiendome durante años que probemos las limitaciones de los eldianos que teneís peculiaridades especiales. Ackerman, Reiss... Ahora comprendes porque he decidido no trasladar dichos descubrimientos.

- Sabe perfectamente que mi sangre no es diferente de la de vosotros si no me convierto en titán. Una eldiana más.

- Pero ellos no lo saben. Si decidí trasladarte esta información, Historia, es porque necesito utilizarla cuando sea necesario.

- Eren no es el único que prolongará su vida si me utilizo a mí misma de arma, ¿cierto?

- Mi vida es insignificante en comparación a las miles de vidas que ocupan esta isla.

- No hablaba de usted comandante – sus manos se dirigieron hacia su regazo, acariciando suavemente su elevado vientre, cada vez más incipiente, anunciando un parto en los futuros meses - ¿Sería capaz de darle un futuro a mi hijo? Aunque yo no esté... Él no debe... heredar esta maldición... Seguiré sus indicaciones. A cambio del futuro de mis súbditos, y de mi hijo.

- Lo intentaré... - sonrió con ligereza, ¿a cuántos de sus subordinados les intentaría dar ese futuro que ella misma se había vetado?

- Traigale de vuelta, Hanji-san.

- Es mi trabajo – su mano agarró el picaporte del carruaje, mientras hacía señas a su subordinado que aún jugaba con los niños.

- Pero no olvide, de volver también. Nosotros no somos los únicos que merecemos un futuro, Hanji-san.

- Quién sabe. Tal vez algún día cambien las tornas, Historia – le guiñó un ojo – Cuida de nuestra isla, – su espalda se dobló hacia delante en una escueta reverencia – majestad.

- La corona en mi cabeza no me hace reina, comandante. Ni tan siquiera mi sangre. Es una vulgar estratagema para mantenerme aislada de la acción. Aún soy un soldado, si es necesario blandir una espada lo haré.

- Espero que no sea necesario pedirte eso, Historia.

La mujer embarazada se colocó frente a la comandante, su puño se alojó en su pecho siguiendo esa clásica muestra de lealtad. Hanji sonrió con tristeza y le devolvió el saludo. Cada vez que su mano se colocaba sobre su pecho de aquella manera, miles de recuerdos la asaltaban. Cada compañero sacrificado en aquella incesante carga de la que intentaba desprenderse. El peso del destino, que parecía acabar con la vida de todos aquellos que osasen seguir otro destino que no fuese el de su tumba.

Mientras su corazón se calentaba por la fuerza de su determinación se preguntó si llegaría a conocer a la criatura de la que estaba encinta. Si llegaría a vivir una vida apacible con sus seres queridos de los que se distanciaba cada día más. Si aquel puño que tocase su pecho, dejaría de ser el suyo propio. Si su vida supondría una diferencia. Por el futuro que llevaba una década luchando. Por el futuro, por el que entregaría su propio corazón.

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Jean entendió la orden mientras se alejaba del carruaje, dejando que su comandante hablase a solas con Historia. Conocía perfectamente el sentido de la conversación. Historia sería sacrificada tarde o temprano y forzada a heredar aquel poder que limitaría su vida una vez más. Y posteriormente la de sus futuros descendientes. Una espiral de la que sería imposible escapar.

¿Y él? Podría sacrificarse él por sus seres amados convirtiéndose en una bestia sin intelecto destinada a saciar su sed con su amigo. Aquel que pese a demostar cada día que era un imbécil, le provocaba cierta admiración y envidia al mismo tiempo. Y luego limitar su vida a trece años más. Solo trece años.

- Debe ser duro lidiar con ellos – se acercó hacia el granjero que intentaba bajar a uno de los niños de la valla del ganado.

- Debido al estado de Historia vienen a menudo. Así que estoy acostumbrado. Supongo que dentro de no mucho, seremos más aquí – comentó sonrojado.

Jean observaba a aquel hombre con cierto clamor de esperanza. Incluso pese a ser consciente de que su actual esposa era un mero títere, seguía manteniendo aquellos ideales de una familia estable y feliz.

Se sentó en el suelo mientras una niña se agarraba a su cuello.

- ¿Tú has salido de la isla? Dicen que has venido con la comandante para buscar soldados para que salgan también de la isla - articuló sonriente la niña - ¿Vais todos de visita al exterior?

- Algún día saldréis todos vosotros.

- Martha, no debes molestar a los soldados cuando vienen – prosiguió el granjero mientras sujetaba a la pequeña en sus brazos y la separaba de Jean.

- No te preocupes, no me molesta – acarició a otro de los pequeños – Dentro de poco, todos podremos salir de esta isla. Y probaréis cosas deliciosas. Hay un postre helado que seguro que os gustaría.

- ¿Helado? ¿Quieres decir frío? A mi me gusta la tarta de manzana de la señora Potts, la suele hacer en el orfanato. La hermana Historia también hace un pastel con el queso de las vacas delicioso.

- Cuando Historia se encuentre mejor, todos le ayudaremos a hacer un pastel, ¿de acuerdo? - interrumpió el granjero mientras continuaba intentando contener a los niños sin éxito, que continuaban agarrando el brazo del soldado con entusiasmo.

- ¡Yo lo he visto, yo lo he visto! - interrumpió otra voz dulce y femenina con un toque infantil, una niña con cabello negro se aproximó con fiereza – Había un libro de recetas que salía ese alimento.

- Lia, ¿dónde has leído eso? - un niño fruncía el ceño extrañado – En los libros del orfanato no salen postres fríos.

- Cuando fuimos a visitar el restaurante de los voluntarios. Había un libro en la cocina. El señor cocinero se enfadó cuando me pilló ojeándolo. Pero había cosas deliciosas. Y uno de ellos era un plato dulce y frío.

- Daré orden a Nicolo de que os prepare algún postre del exterior – no estaba seguro de si realmente tenía ese poder, pero su amistad con aquel exsoldado marleyano le daba la suficiente cortesía para solicitarselo.

- ¿Qué más cosas hay en el continente? - prosiguió la pequeña mientras uno de sus compañeros insistía junto a ella.

- Oh, pues... - se mesó la barbilla con orgullo, como si aquellas maravillas que había visto con sus propios ojos le convirtiesen en alguien especial – Hay unas máquinas parecidas a carruajes que son capaces de moverse sin necesidad de caballos.

- Alucinante – vociferó un niño.

- ¿Es verdad que hay pájaros de metal como el que hay en el puerto?

- Bueno, la verdad es que-

- Yo he oído que hay carruajes tan grandes como animales inmensos.

- Algo tan grande hundiría el suelo, idiota.

- El suelo del exterior es de piedra dura. Mucho más dura que la de las murallas.

- Esa piedra no existe.

- Si existe.

- Mentiroso.

- Chicos, chicos – finalizó el granjero mientra separaba a los dos niños – el señor Kirstein tiene que volver con la comandante. Ayudadme a poner el fuego en la chimenea, Historia debe descansar. Se os dio el permiso de acudir aquí cuando quisiérais si no molestábais.

- ¡Sí, señor! - respondieron al unísono.

Jean sonrió satisfecho mientras observaba a su comandante hacerle una señal para volver a su posición. Debían volver al puerto a preparar el barco para partir. Una pequeña mano tiró de su camisa obligándole a girarse.

Aquella niña de cabello negro que le era tan conocida. Si sus pesquisas no iban tan desencaminadas, ella era la hija del capitán y la comandante. Con ojos vibrantes. Uno de los niños permanecía junto a ella. Sabía que debía disimular aunque la reconociera, pero era imposible mentirle al reflejo de los ojos de su comandante.

- ¿Estás asustado? La hermana Historia está triste desde que os fuisteis todos a ese país... - articuló el niño mientras no paraba de mirarle con preocupación.

- N-no debéis preocuparos. Volveremos todos sanos y salvos. Y os llevaremos a conocer el mundo fuera de Paradis.

- ¿Lo prometes? – la niña alzó su dedo meñique hacia él.

- No debéis preocuparos.

- Prometelo. Volveréis todos sanos y salvos.

- Lo prometo... - su mirada se giró de nuevo hacia su comandante, quién no paraba de mirar a la niña a la que le hacía la promesa – Todos nosotros.

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Sus pequeños pies se movían con rápidez entre las numerosas cajas apiladas. Contuvo una risa y observó a su alrededor. Cientos de soldados a su alredor que ni siquiera habían percatado su presencia. Se giró hacia atrás. Pequeñas figuras le miraban con preocupación.

No lo hagas, Lia. Te meterás en un lío. La encargada te regañará cuando vuelvas. No lo conseguirás.

Pero sabía que ella era distinta. Ya había superado fácilmente los primeros obstáculos. Y había resultado insignificante aquella escolta que vigilaba el puerto. Un chico de cabello rojizo que parecía aburrido mirando al exterior, ni siquiera le había notificado. Y otro con un aspecto más somnoliento que posiblemente no hubiese pasado la noche en el barracón descansando junto al resto de sus camaradas. La pequeña sonrió de nuevo mientras pasaba la siguiente barrera. El grupo de operarios que se aseguraba que aquella nave estuviese en perfecta disposición para partir.

Quedaba la última barrera. Como cada vez que jugaba con sus compañeros del orfanato, sabía que siempre había uno de ellos que era especialmente agudo o sagaz, pero ella siempre conseguía burlarlo. Pero aquel último impedimento no sería tan fácil cómo engañar a niños de 6 años. Ella. La comandante del ejército de exploración.

Sabía que desde el momento en que había puesto el pie en el puerto ella la había percibido. Como si tuviese un radar. No en vano es la comandante, seguro que es especial, pensó para sí misma. Ella sonrió y recogió su largo cabello negro hacia atrás. Debía utilizar todas sus artimañas o no conseguiría su objetivo.

Primero, generar una distracción lo suficientemente fuerte como para que aquella mujer bajase la guardia. Visualizó una grúa sobre ella que comenzaba a introducir la carga lentamente. Simples mudas para los soldados que pasarían meses fuera. Nada importante, pero lo suficiente como para generar una cortina de humo sobre la que pasar. Sus ojos analizaron con rapidez la estructura de la grúa. Una de las pequeñas bisagras parecía ligeramente inestable. Aún funcionaba debido a la tracción continúa, pero si la detenía brevemente, el peso de la estructura rompería la polea.

Sus pequeños dedos buscaron una pequeña piedra. Debía acertar o su distracción le daría problemas y no sería capaz de alcanzar su objetivo. Sus ojos se concentraron en aquella diminuta diana. Como cuando jugaba con los niños en el prado cercano al orfanato, notaba que un extraño instinto se apoderaba de ella. Permitiéndole acertar. Su mano se alzó y la piedra abandonó sus dedos mientras hacía su recorrido en el aire. Y sabía que daría justo en el punto que había deseado.

Antes de que pudiera cerciorarse de su acierto, comenzó a correr a través de las cajas. Apenas tendría unos instantes de distracción. Y debía pasar al segundo punto. La grúa se quejó ante la interrupción y comenzó a balancearse poco a poco. La correa de ajuste se rompió y las pesadas cajas cayeron al suelo haciendo un ruido ensordecedor. La comandante se giró hacia el ruido extrañada y confusa. La madera se había abierto completamente y una humareda de livianas prendas y uniformes inundó la sala.

- Smith, Scott, ¡ayudadme aquí! - vociferó la comandante mientras se dirigía hacia la zona dañada – agh, sabía que esta máquina oxidada daría problemas. Jean, ven aquí, llevaremos estas cajas a mano. No podemos perder más tiempo.

- Enseguida, Hanji-san.

Lia aprovechó la distracción y comenzó a correr dentro hacia el barco. Los soldados continuaban distraídos arreglando aquel desastre. Sus pasos se apresuraron, ágiles y sin sonido, cómo si de un fantasma se tratase. Su sonrisa se dibujó en su rostro mientras se adentraba en uno de los pasillos. Tercera fase, encontrar un escondite. La bodega sería visitada frecuentemente. Al igual que la zona de habituallamiento de los soldados. La zona del motor sería vigilada y si permanecía en la cubierta sería descubierta fácilmente.

Pero había un lugar. Un sitio que no sería visitado en mucho tiempo. Tal vez en todo el trayecto. Un área de descanso especial. Los camarotes. Apenas se dejaba guiar por el instinto mientras buscaba un área para orientarse. Aquellas salas parecían todas iguales, pero sabía que su tamaño era distinto. Continuó vagando hasta que la distancia entre las puertas comenzaba a ser igual. Las habitaciones. Pero había uno en especial que sabía que sería el que menos probabilidad tenía de ser visitado.

La jerarquía en el ejército era algo que había encargado de estudiar a plena consciencia. Todos los niños del orfanato sentían fascinación por el ejército de exploración. Y los subordinados dejaban claro que el sitio más reservado y aislado debía ser designado al miembro de más alto rango. El comandante. Lia sonrió mientras abría la puerta del último camarote. Sobre el escritorio improvisado parecía que se habían colocado yacían unos papeles desordenados que parecía no tener mucho apego hacia ellos. De acuerdo al veredicto, Eren Jaeger será trasladado inmediatamente a... Leyó con desinterés. Por el estado en que se encontraban, la comandante del ejército de exploración no tenía ningún interés en las órdenes que estaban reflejadas en aquellos papeles.

Se sentó sobre la cama que no sería desecha en los días que durase aquel trayecto. El olor de las prendas que estaban dobladas en la cama le resultaba familiar. Y le hacía sentirse cómoda. Se acurrucó entre las sábanas mientras absorbía aquella fragancia anextesiante.

- Cuando vuelva al orfanato todos me envidiarán – sonrió mientras tapaba sus cuerpo entre aquellas sábanas – Voy a ser la primera niña de Paradis en probar el helado.

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Disculpad de antemano la tardanza. He pasado cuatro meses horribles con una avería en el techo de mi casa. Y recientemente han podido arreglarla y volver a colocarme el techo. Para que os hagáis una idea, tenía un agujero enorme en la cocina. Y el estrés podía conmigo. La situación económica no ayuda, algunas personas me han pedido comisiones de dibujo. Pero muy pocas para la situación económica que me confronto.

Así que lamento que hayáis tenido que esperar tanto. No se cuando subiré el próximo capítulo, depende de mis ánimos, mi economía y de que perciba interés en que vosotros queráis leerlo.

Un saludo.

¡Nos leemos!