• Prólogo •
Si es sincero consigo mismo, no sabe qué está haciendo.
Irremediable e independientemente de la realidad que percibe (como una distorsionada y errática), no parece al tanto de los acontecimientos. Todavía originando conjeturas en su psique, hasta que atisba lo qué sea que crea ese peso en sus pies.
Gruñe, impotente, y se detesta por momentos. Pero opta a favor de la ignorancia, subiendo la visión hasta la nada implacable del bosque como primer paso, perdiendo el concepto temporal en el instante. Y eso, hasta que los efluvios naturales del céfiro transmutaron a unos fétidos por la putrefacción.
«¿Medianoche, tal vez?», se pregunta vagamente. Observa su reloj de mano roto, y lo confirma.
No manifiesta emociones, ni demuestra arrepentimientos en cuanto se aleja de la carne pestilente (no físicamente, al menos), caminando hacia la arboleda. Por supuesto, actuando como el desentendido a lo que está frente a sus ojos.
O al menos, en ese plan hasta que el intruso decide articular algo al llegar:
—Usualmente no inmiscuyo en asuntos ajenos, pero si esos "asuntos" involucran vidas inocentes... —inicia, medio jocoso, medio serio—, lo haré.
Y claro, él puede olvidar los problemas por un tris, sonriendo, y devolviendo el juego. No lo ha visto en un mes desde el viaje, después de todo.
—¿A sí? —inquiere, juguetón. Se le acerca—. Pues que mal, perdiste tu tiempo... —Observa el cadáver sin gran sentimiento ni emotividad—, porque él no era tan inocente, lo lamento, Espléndido.
Splendid arruga el entrecejo como reacción natural (algo que le divierte, en cierto modo), sin embargo, reanuda el temple divertido en breve, acercándose más, e indaga:
—¿Entonces...?
—Era un ladrón, y creo que asesino. —contesta, monótono. Carraspea—. Tampoco hubieras estado de acuerdo.
«Tal vez no lo hubiera estado.», quiere decir Splendid, no obstante, elige apartar las bromas por cinco minutos, y en su lugar proferir un:
—¿Estás bien?
«No.»
—Sí.
El peliazul se le aproxima, probablemente sin convicción por la respuesta, y ambos cuerpos chocan ligeramente, mientras él, petrificado, intenta comprender la situación.
Mas todo pensamiento se esfuma, sin medirlo ni premeditarlo.
(Porque no apartan las miradas, no dejan el roce de narices y respiraciones, y no preocupan por el tiempo.
Y sólo sabe que, en ese momento, Splendid le está abrazando con cariño, y le dedica una mirada tórrida que le genera un revoltijo estomacal.
Y es agradable ese sentimiento.)
—Te extrañé. —confiesa, quedo—. Lo siento...
—No importa. —dice Splendid. Agrega:—. Te quiero, Flippy.
Flippy suspira, ido.
—Yo también...
«Debo mostrarte que estoy creciendo.», piensa el sargento. Mientras, permite que la sensación mullida le abrigue.
Al menos por esa noche.
