Al volver a su palacio, el rey Barbatos entró tarareando alegremente y fue directo hacia su comedor personal, donde Alatus se encontraba terminando de alimentar a Ganyu con una papilla de batatas; el monarca se sentó contento y una criada se le acercó para preguntarle qué quería de cenar, luego ella se fijó en las manos de su soberano salpicadas con sangre, y le preguntó sin sorprenderse si deseaba que le trajera un cuenco y una toalla para lavarse las manos. Venti respondió que no, que estaba de maravilla de esa forma, así que ella no insistió y se retiró para traerle la comida.
Cuando la empleada regresó con el menú, Barbatos comenzó a comer con gran apetito, usando sus manos ensangrentadas para arrancar las piezas de pavo asado y llevarselas a la boca; lo que más disfrutaba era ver los vestigios de la tortura pegados a su piel. Pronto el principe de Khaenri'ah agacharía la cabeza por inercia ante su presencia, y sumisamente seguiría todas sus órdenes, hasta convertirse en un ser sin voluntad que viviría solo por él; si seguía rompiendolo, ese niño aceptaría cualquier "oferta" con tal de no ser herido físicamente.
De pronto, el rey empezó a toser compulsivamente, escupiendo los pequeños trozos de pavo que se habían quedado entre sus dientes; Alatus miró con una silenciosa preocupación a Venti, quien al dejar de toser se tocó el pecho, sintiéndose paranoico mientras pensaba que estaba enfermando gravemente. Entonces Venti miró a Alatus acusativo, pero tuvo que disimular para no mostrar su lado más oscuro ante su pequeño guardián, había mejores formas de sacar el tema.
-Alatus ¿Puedo hacerte una pregunta? - dijo el rey con un tono de voz melódico, y pasivo agresivo.
-Por supuesto - respondió el niño dejando de prestarle atención a Ganyu.
-De casualidad ¿No ha surgido alguna especie de enfermedad extraña en Liyue? ¿Algo que provoque tos? - preguntó ocultando su verdadera afirmación, pues creía que los hijos de Morax habían traído desde sus tierras una enfermedad que la gente de Mondstadt no estaba preparada para sobrellevar.
-No que yo recuerde.
-¿Estás seguro? Es que esto nunca me había pasado, resisto bien los resfriados, pero esto, no es para nada algo usual en Mondstadt - pronunció finalizando entre dientes, le estaba costando no acusar a Alatus y a su hermana de ser una fuente de enfermedades.
-Seguro - reafirmó el niño, Barbatos arañó su silla conteniendo su molestia por las respuestas cortas del príncipe de Liyue.
-Qué extraño… Bueno, tendré que llamar al mejor médico de Mondstadt, aunque probablemente se lo estén llevando al viñedo de los Ragnvindr. Cuando vuelva lo convocaré para que nos revise a mi, a ti y a tu hermanita - comentó Venti todavía culpando internamente a los herederos de Morax.
-Pero no nos sentimos mal.
-Es solo precaución, si esto es una enfermedad, podría habertela contagiado - se excusó el monarca, Alatus se mostró algo más preocupado.
-Tiene razón, es lo mejor.
-¿Si verdad? Así descartaremos cualquier inconveniente - pronunció cínico y escondiendo que si los hijos de Morax le traían un mínimo de problemas, sin remordimientos los enviaría a otro sitio al cuidado de cualquier soldado.
-¿Se siente mal? - preguntó el príncipe de Liyue, Venti sonrió de lado.
-Ahora estoy un poco mejor - respondió Barbatos, el niño se levantó con Ganyu en sus brazos y caminó hacia el rey para tocarle la frente.
-No tiene fiebre - comentó Alatus, el rostro del monarca se tornó más serio y esquivo.
-Pequeño, tal vez deberíamos dejar que el médico, un profesional de la salud, evalúe cómo estoy.
-Cuando Ganyu enferma, sé que medicinas traerle - dijo el príncipe de Liyue, Venti lo miró curioso.
-A veces me pregunto si tu tacaño padre abarata en costos y no contrata niñeras, si no es así, no me explico que te veas forzado a cuidar a una bebé tú solo.
-A mi me gusta cuidar de Ganyu - le respondió Alatus, Barbatos analizó la respuesta del pequeño, normalmente no podía creer nada bueno de nadie, sin embargo, si podía comprender un tipo de amor.
-He escuchado que generaciones de Liyue anteriores a la tuya se casaban entre hermanos para mantener la estirpe ¿Tú quieres eso? - preguntó Venti, Alatus agitó la cabeza descolocado.
-No quiero casarme con Ganyu - le dijo el príncipe de Liyue, Barbatos sonrió imaginando cosas que jamás se le pasarían por la mente al niño.
-Supongo que es una tradición obsoleta, a menos que tu como emperador quieras revivirla - comentó el rey, Alatus agachó la cabeza pensativo.
-No quiero ser emperador - reconoció Alatus sincerandose con Venti, cuyo rostro se tornó sinceramente sorprendido.
-¿No?
-No quiero serlo.
-Pero, si fueras emperador, podrías hacer lo que quieras, podrías tener lo que quieras, podrías ordenarle cualquier cosa a la gente y lo tendrían que cumplir sin cuestionar - decía Barbatos desconcertado por esa forma de pensar, posteriormente acarició la regordeta mejilla de la adormilada Ganyu - incluso podrías tener a quien tu quieras y nadie tendría derecho a impedírtelo.
-No quiero ser emperador, quiero ser un soldado - reafirmó Alatus, el rey seguía sin entender cómo podía rechazar el trono de Liyue teniendolo en la palma de su mano.
-¿Sabes que si rechazas ser emperador, Ganyu se quedaría con tu trono, verdad? - cuestionó Venti, pero a Alatus eso parecía darle igual.
-Eso me gustaría.
-¿Qué…?
-Quiero cuidar a Ganyu cuando sea emperatriz - dijo el niño con los ojos brillantes, Barbatos jadeó como si lo considerara una herejía.
-No puedo creerlo…
-¿Qué pasa?
-¿Realmente amas a tu hermana a ese nivel?
-Si ¿Por qué? - pronunció el príncipe de Liyue con curiosidad, Venti enmudeció, y apartó la mirada recordando con nostalgia algo que había ocurrido muchas décadas atrás.
-¿Lo darías todo por ella?
-Todo.
-Ya veo… - suspiró el rey, si miraba detenidamente a Alatus, podía jurar que hasta se parecía a la unica persona a la cual amó de verdad; luego de una gran pausa, el rey tomó un mechón de pelo del pequeño jugando suavemente con él - nuestro cabello se parece un poco.
-El suyo es mejor - comentó Alatus, dentro de Barbatos un sentimiento que despreciaba comenzó a manifestarse, aquello que llamaban dolor, mas también, las mariposas de antaño que le recordaban esos tiempos en que ni siquiera se le había cruzado por la mente que quería vivir para siempre.
-Alatus…
-¿Sí su majestad?
-Realmente… me agradas… - susurraba el monarca mirando hacia abajo, rápidamente Alatus corrió a dejar a su hermana a la silla donde le daba de comer, y volvió a la misma velocidad para abrazar con fuerza a Venti.
-Te quiero - confesó el príncipe de Liyue, Barbatos miró el cielo con melancolía, y acarició inseguro la nuca de ese niño, dejando que sus anhelos reprimidos le ganaran a la cautela y la desconfianza.
-Yo también, Alatus.
El médico traído por el cochero de la mansión Ragnvindr le hizo una revisión a Kaeya en su cuarto, el niño no se movió hasta que el doctor tomó sus manos envueltas en gasa ensangrentada, entonces el pequeño entró en pánico y Crepus tuvo que acercarse a él para tranquilizarlo mientras el médico examinaba sus manos sin uñas, con la carne expuesta y enrojecida. El doctor decidió utilizar suero en vez de un líquido desinfectante para reducir el dolor del pequeño, el príncipe lloraba asustado, y su padre adoptivo le abrazaba la cabeza mirando al cielo mientras lloraba también, silencioso para que su bebé no se percatara de como lo hacía sufrir verlo en ese estado.
Después de culminar todas las curaciones, el médico le indicó a Crepus y sus empleados la rutina que debían seguir para que el niño no contrajera una grave infección; luego el doctor tocó el hombro del señor Ragnvindr compadeciéndose de su dolor y el de su hijo, pues desde hacía años era conocedor del origen de ese niño y la fijación que el rey tenía con él. Después de darle su apoyo el médico se retiró para ser llevado a Mondstadt, y Crepus secó sus lágrimas para regresar al cuarto de Kaeya; su hijo tenía los párpados cerrados pero temblorosos, parecía sentir mucho dolor, el señor Ragnvindr no soportaba verlo así.
Crepus se sentó a un lado de la cama y tocó la frente de Kaeya, su fiebre había bajado, sin embargo él seguía poniéndose muy nervioso de que su temperatura subiera otra vez; el príncipe tomó la mano de su padre y la colocó en su mejilla, no abría el ojo por sentirlo irritado después de llorar, pero estaba despierto y consciente de lo que el señor Ragnvindr hacía, y al igual que cuando Diluc llegó a visitarlo, su afligido corazón se alivió un poco al sentirse querido por alguien. Su padre aguantó las ganas de llorar, y acarició suavemente el cuerpecito de Kaeya mientras se recostaba a su lado; el niño se movió un poco para acurrucarse en el pecho de Crepus, pero al apoyar instintivamente sus manos en el colchón, se quejó de dolor y volvió a su sitio; el señor Ragnvindr decidió acercarse por cuenta propia para que el príncipe sintiera su calidez y amor, eso los relajaba a ambos.
Los párpados de Crepus comenzaron a pesarle mientras acariciaba a su amado hijo menor, que ya dormía soltando pequeños sollozos entre cada respiración, era tal y como en los primeros días de su llegada a Liyue y el viaje de regreso a Mondstadt, cuando era prácticamente un bebé traumatizado y frágil que necesitaba dormir sobre el señor Ragnvindr para calmarse. Crepus recordó ese momento con tristeza, mas sentía un amor todavía más grande cuando pensaba que su pequeño seguía siendo el mismo bebé que se calmaba sintiendo sus abrazos, caricias y besos.
Con el pasar de los minutos ambos ya estaban profundamente dormidos, Diluc abrió la puerta y no se sorprendió de ver a su padre junto a Kaeya, ya podía entender que el príncipe necesitaba de su compañía más de lo que él lo necesitaba; sin hacer ruido se acercó a ambos y subió al colchón para mirarlos. De pronto tuvo una idea, sin embargo tenía muchísimo miedo de que Crepus despertara y lo descubriese haciendo algo, instintivamente sabía que si su padre descubriera sus sentimientos por Kaeya, lo castigaría de la manera más severa que podía imaginar.
Para comprobar que seguía dormido, Diluc movió la mano a centímetros de los ojos de Crepus, al no ver movimiento en sus globos oculares, respiró profundamente para tomar valor y acercar sus labios a los de Kaeya, besándolo por segunda vez en esa noche. Al terminar el beso, Diluc sonrió emocionado por esa peligrosa idea, y volvió a besar con más confianza al príncipe, recostandose junto a él para observarlo dormir y acariciarle el rostro, llevaba tiempo pensando que Kaeya era una belleza, pero a partir de ese dia aceptó que era su primer gran amor; no se detuvo a pensar en lo que dirian los demas si lo descubrían, en ese momento, solo fantaseaba con tomar las manos de Kaeya y besarlo frente al mar en un idílico escenario donde ambos vivían un amor prohibido, a escondidas de su padre y de todos los criados.
Tras unos días, luego de haberse disculpado infinitas veces con Crepus y que este tocara su hombro comprensivamente, Adelinde se armó de valor para ir rumbo a la habitación del pequeño Kaeya para disculparse también con él; ese niño llevaba tendido en la cama desde que fue torturado por el rey Barbatos, a veces lo escuchaba llorar en solitario y negarse a gritos cuando alguien lo invitaba a levantarse para tomar aire fresco. Las heridas en sus manos no le impedían salir a caminar, pero no era el dolor físico lo que amarraba al príncipe a su cuarto, todos tenían claro que algo malo estaba ocurriendo en su mente, y hasta el momento solo dejaba que el señor Ragnvindr y Diluc se acercaran a él por más de media hora.
Adelinde tenía mucho miedo y vergüenza de acercarsele y que este reaccionara mal, pero ya no podía evitarlo, era a él a quien le debía disculpas por haber causado sin saber que alguien lo lastimase; suavemente abrió la puerta y lo vio tratando de dormir, moviéndose incómodo sobre las sábanas, y pateando los libros y flores que Diluc dejaba a los costados de la cama que le estorbaban, no obstante, por más esfuerzo que ponía, no logró sentirse cómodo jamás, era muy frustrante no saber porque todo su ser dolía y se sentía tan molesto. La criada cerró la puerta y se acercó lentamente con el almuerzo para el pequeño, Kaeya abrió su ojo y se quedó inmovil al notar su presencia, luego resopló con histeria cuando ella dejó la bandeja en un mueble y comenzó a acercarse a él con la cabeza agachada y las manos frente a su delantal.
Entonces ella se arrodilló junto a la cama y sollozando le pidió perdón al príncipe, luego le explicó que nunca quiso hacerle daño, que no sabía que el rey lo maltrataba y que jamás hubiese pensado eso de él; el pecho de Kaeya se inflaba con rabia y tristeza, no estaba razonando en esos momentos, quería alejarse del peligro, o al menos morir para no volver a pasar por algo asi, por eso empezó a moverse erráticamente, pateando y lanzando manotazos mientras le gritaba a Adelinde que se fuera, que lo dejara en paz porque quería estar solo. La sirvienta esquivó la mano de Kaeya y se levantó para luego darse la vuelta y salir corriendo, llorando desconsolada porque había ocurrido lo que más temía; Crepus la detuvo en la salida y la abrazó para reconfortarla, ella seguía sintiéndose infeliz e impotente por no poder ayudarlo, así que el señor Ragnvindr le pidió que no se alejara, porque él hablaría con su hijo para hacerlo recapacitar.
Crepus entró al cuarto de Kaeya y lo encontró volteado con la cara enterrada en una almohada y sus manos vendadas reposando encima de las sábanas, estaba sufriendo otra vez, con tan poco control de sí mismo que a ratos comprimía sus manos sin querer, causandose más dolor. Su padre se sentó a su lado y acarició su espalda delicadamente, el príncipe levantó un poco la cabeza, su rostro estaba empapado en lágrimas y mucosidad, el señor Ragnvindr tomó un pañuelo de su bolsillo y le limpió la cara y la nariz, su bebé gateó para recostarse sobre sus piernas enroscado como un pequeño gato.
Después de tranquilizarlo un poco, Crepus trató de explicarle que Adelinde no quería hacerle daño, pero Kaeya se alteró una vez más pidiéndole que ella se fuera, el señor Ragnvidr le explicó que no podía hacer eso, que él tenía que mantenerla en el viñedo porque si Adelinde volvía a Mondstadt sin su protección, el rey le podría hacer daño para silenciarla. Antes de ser torturado el príncipe habría comprendido todo, pero ya no podía usar su cerebro como antes, porque estaba constantemente en estado de alerta.
Entonces Kaeya volvió a llorar y patalear, diciéndole que ella volvería a acusarlo ante Barbatos, que era igual a los caballeros que lo vigilaban todo el tiempo, y que no quería volver a ser visto por ellos porque "lo traerían de vuelta una vez más para que le arrancara su otro ojo o para que le cortara los dedos". Crepus se estremeció, su hijo estaba realmente mal psicológicamente, debía tomar cartas en el asunto y traer otro tipo de médico que le ayudara a mantener bajo control esos arranques de ira y pesimismo, ya no bastaba solo con su amor.
Para dejarlo tranquilo el señor Ragnvindr le aseguró que no lo dejaría solo con los caballeros, Kaeya se retorció una vez más y agarró las sábanas haciendo sangrar sus dedos, liberando su último chillido antes de caer rendido con un fuerte dolor de cabeza, el cual calmó volviendo a dormirse. Crepus suspiró y se dirigió al pasillo para dejarlo a solas, allí estaba Adelinde de rodillas, cubriéndose el rostro para llorar después de haberlo oído todo; Diluc estaba delante de ella, abrazando su cabeza mientras miraba hacia el cuarto de Kaeya con decepción, molestia y a la vez comprensión e impotencia, no le gustaba nada que el príncipe se hubiera vuelto tan irascible con los demás, pero tampoco podía juzgarlo considerando lo herido que estaba.
A la mañana siguiente Diluc llegó a la habitación de Kaeya como de costumbre para saludarlo y tratar de levantarle el ánimo, el príncipe lo recibió con una mirada vacía, mas no le dijo que se fuera, no se comportaría mal con él, sin embargo no podía ocultar que solo deseaba estar solo y escondido del resto del mundo; Diluc agachó la cabeza apenado y pensó en alguna forma de hacerlo sentir mejor. Despues de unos segundos se le ocurrió una idea, y fue hacia el armario del príncipe para traerle su violín; Kaeya seguía inexpresivo y ausente, perdido en un océano gigante de ideas donde todo acababa mal para él, donde su padre le daba la espalda, donde Diluc volvió a golpearlo sin compasión, donde Venti se lo llevaba para torturarlo hasta morir.
-Mira Kaeya ¿Quieres usarlo? Sé lo mucho que te gusta - dijo Diluc enseñándole el violín con ilusión, el príncipe ladeó la cabeza para mirarlo, y levantó las manos para enseñar sus vendas - ¿Estás seguro de que no puedes tomar cosas?
-Podría… pero me duele mucho.
-Entiendo… - murmuró Diluc avergonzado de no haber pensado en ello - ¿Quieres que te traiga un libro?
-También tengo que usar las manos para sostenerlo - comentó Kaeya fastidiado, Diluc agachó la cabeza.
-Entonces yo leeré uno por ti ¿Te gustaría? - le propuso, el príncipe titubeó confuso.
-No gracias, eres muy amable, pero… ahora tengo mucho sueño - dijo para que Diluc se fuera, mas este fue corriendo a tomar algún libro para volver junto a Kaeya.
-De acuerdo, voy a leerte un cuento para ayudarte a dormir mejor ¿Está bien?
-Bien… - susurró el príncipe con desgano.
-"Perdón, ¿hay alguien ahí?" dijo Veiga tímidamente. La puerta se cerró al pasar y, seguidamente, sonó la campana que colgaba de ella - relató Diluc leyendo el libro, Kaeya comenzó a actuar como si sus párpados pesaran, para hacerle creer a Diluc que estaba comenzando a dormirse de forma natural - Su nítido y claro sonido salió disparado como una flecha y rebotó en la tenuidad y el caos de la habitación…
Diluc leyó por otros dos minutos, entonces notó que el príncipe estaba aparentemente dormido, tan bello como un angel, como siempre; el niño hizo su ritual de cada oportunidad que veía cuando Kaeya dormía y ambos estaban solos en su cuarto, miró en todas direcciones, agudizó su audición para saber si no venía alguien, y luego movió su mano cerca de los ojos del príncipe para comprobar que no los abriría. Kaeya fingió a la perfeccion que estaba dormido, quizás era algo cruel querer alejar a Diluc, pero simplemente no soportaba estar siendo observado cuando no se sentía nada bien, le parecía humillante; cuando Diluc movió su mano cerca de sus párpados, Kaeya los mantuvo cerrados, creyendo que su "medio hermano" se iría en cuanto comprobara que no estaba despierto.
No obstante, Diluc no se comportó como lo esperaba, pues de pronto Kaeya sintió algo sobre sus labios, algo blando y suave que los presionaba, como dos almohadillas juntándose; instintivamente abrió los ojos y vio muy de cerca el rostro de su hermanastro, tenía los ojos cerrados y una expresión de paz mientras disfrutaba de ese beso. La presión del príncipe cayó por los suelos súbitamente y se sintió helado y con nauseas, reaccionó apartando la cara y mirando desconcertado a Diluc, quien terminó sintiéndose igual que él, incluso peor por el miedo de que alguien llegase y que Kaeya les dijera lo que acababa de pasar; el príncipe salió de su estado de shock y estuvo a punto de gritarle a Diluc, pero este rápidamente puso la palma de la mano en su boca para bloquear el sonido.
-Por favor no grites - le rogó Diluc, Kaeya arrugó el entrecejo y asintió para que su hermanastro lo soltara.
-¿Por qué hiciste eso? Los hermanos no tienen que hacer esas cosas, es raro - decía el príncipe muy enfadado, Diluc tragó saliva, quería decirle que no eran hermanos ni nada por el estilo, pero sabía que decirle la verdad a Kaeya lo haría ponerse en contra de su padre.
-Lo siento, creí que…
-¿Por qué lo hiciste? Besar a tu hermano en los labios es asqueroso.
-Pero tú besas a papá…
-Sí pero… - murmuró el príncipe, él sabía que había una gran diferencia entre los pequeños besitos que le daba a su padre cuando venía a mimarlo, y ese beso que le dio Diluc, pero no sabía explicar porque no era lo mismo.
-Si besas a papá ¿Por que no puedo besarte yo a ti?
-Es que… no se siente igual…
-¿Cómo se siente? - preguntó Diluc acercando otra vez su cara a la de Kaeya.
-Se siente muy raro… con nuestro padre no es igual…
-¿Por qué es raro? ¿Por qué es diferente? - preguntaba Diluc acercándose mucho, el príncipe estaba muy nervioso y algo atemorizado - ¿Acaso te hace sentir confundido?
-Diluc, por favor déjame… - le pidió Kaeya afligido, Diluc se acercó un poco más y volvió a darle un rápido beso - ¡No hagas eso!
-¿Por qué? ¿No se siente lindo? A mi me gusta mucho…
-Estás mal…
-Aún no me explicas porque es diferente a tus besos con mi padre - dijo Diluc volviendo a acercarse lentamente, el príncipe comenzó a llorar con temor.
-No quiero, por favor, déjame solo - le pidió Kaeya, pero Diluc no quería escucharlo - no quiero… - susurró angustiado, recibiendo un nuevo beso de su hermanastro que lo hizo llorar y sollozar más fuerte.
-¿Kaeya? - lo llamó Diluc cuando lo sintió llorar a mares - no llores por favor…
-No quiero… - repitió el príncipe, volviendo a soltar sus emociones con un explosivo llanto.
-Perdón… no quería hacerte llorar, por favor, perdóname… - le pidió Diluc tocando sus hombros.
-No lo hagas por favor… - le pidió Kaeya sollozando, verlo así destrozaba el corazón de Diluc, por eso lo abrazó suavemente acariciando su nuca.
-Lo siento… no lo volveré a hacer, pero por favor no llores…
-¿Por qué lo hiciste?... - preguntó el príncipe, Diluc quería decírselo, que no eran hermanos y que podían amarse como en los cuentos de hadas, pero no iba a traicionar a su padre de esa forma.
-Creí que te sentirías mejor si… - balbuceó Diluc, Kaeya miró hacia abajo con tristeza.
-No tienes que hacer eso para hacerme sentir mejor - le respondió el príncipe secándose una lagrima con el nudillo.
-Está bien, buscaré otras formas de hacerte sentir mejor - propuso Diluc, en el fondo se sentía decepcionado de que Kaeya no aceptara su amor, le dolía demasiado que para él, ambos eran hermanos sanguíneos, esa era una barrera que tal vez nunca podría cruzar.
-No hagas nada… lo único que quiero es tranquilidad - dijo Kaeya gimoteando, entonces Diluc se recostó a su lado.
-Ven - le pidió Diluc abriendo los brazos para invitarlo a recostarse, el príncipe secó sus lágrimas y apoyó su cabeza en el pecho de su hermanastro, suspirando al recibir sus caricias.
-¿No te aplasto?
-Estoy bien… - pronunció Diluc mirando el techo con melancolía - te amo… - le dijo sin pensar, Kaeya se sintió confuso, quería creer que ese te amo era igual a los te amo que le decía su padre, porque si tenía otro significado, no sabría qué hacer.
-Te amo Diluc…
Esa semana los dos niños no fueron a sus respectivas academias, Kaeya no tenía la voluntad de levantarse ni comer por sí mismo, Crepus y algunos empleados a excepción de Adelinde tenían que alimentarlo y removerlo de la cama para darle un baño y voltearlo, para evitar que se formasen escaras en su espalda por no moverse ni un centímetro de su posición; el señor Ragnvindr había conseguido un médico especializado en enfermedades psicológicas, aunque no lo convencía demasiado, pero no podía quejarse si era la única forma de salvar la cabecita de su pequeño hijo. Este profesional de la salud entró a hablar con Kaeya una vez y fue recibido con suma desconfianza por el niño, que sólo podía pensar que ese tipo fue enviado por el rey para mantenerlo vigilado, la sola idea de tener que contarle lo que pasaba por su mente lo ponía histérico; para que las cosas funcionaran, ese médico le pidió a Crepus que fuera su intermediario para conocer los sentimientos del príncipe, y le recetó unos fármacos para tranquilizarlo, algo que no le agradó mucho al señor Ragnvindr creyendo que su bebé estaría dopado todo el día.
Tal suposición se hizo realidad cuando comenzaron a darle esa medicina a Kaeya y este apenas podía sostener su mareada cabeza, quizá se sentía más aliviado y sin ese horrible dolor que afectaba todo su cuerpo, sin embargo su percepción de la realidad estaba nublada, como si su mente estuviera lejos de su cuerpo. Crepus desahogaba sus preocupaciones con Adelinde, contándole que el precio de que su amado hijo se sintiera mejor era drogarlo para que no siguiera entrando en pánico por cualquier cosa; ella abrazó su cabeza confortandolo, estaba en deuda con ese hombre por acogerla en su propiedad aun después de haber causado en parte el terrible desenlace del regreso al viñedo.
Kaeya estaba boca arriba en su cama, mareado y como si flotara lejos de todo, se sentía tranquilo después de muchos días, pero, de vez en cuando algo aparecía y desaparecía en su mente en menos de un segundo, al principio no lo distinguía bien, pero cuando se repitió varias veces, se dio cuenta de que era un recuerdo muy lejano que había guardado sin saber en su subconsciente. Simplemente era Barbatos quitándose una capucha sobre un caballo de color blanco, no era alguna de las torturas que le propició, ni las veces que aparecía para dañarlo, nada de eso, era la mejor imagen que tenía de él, de cuando no sabóa que tipo de persona era, pero que aun asi le infundia temor.
Se sentía muy pequeño en ese recuerdo, tan pequeño como en una segunda imagen que apareció en su mente, Venti haciendo su música y saltando a su alrededor mientras muchos niños seguían su ritmo con las palmas; Kaeya al principio los vio felices y dulces, admirando al rey como todos en Mondstadt, no obstante también veia como por segundos los rostros de los niños se deformaban en muecas de burla, muy inquietantes. A él lo miraban riéndose de lo inutil y pequeño que era, con Barbatos lo hacían de forma angelical y cálida; el príncipe lloró internamente preguntandose porqué lo odiaban a él y no al rey, era demasiado injusto.
Sus sollozos hacían eco en esa escena, donde ya no parecían haber más personas a su alrededor, la soledad era el sentimiento más descorazonador para Kaeya; afligido comenzó a buscar a los demás, caminando por las calles de Mondstadt sin darle importancia a los cadáveres repartidos en la acera, de la gente que vio morir pero que no podía recordar muy bien. Entonces divisó a los niños a lo lejos, estáticos y dándole la espalda, allí también estaban todos los habitantes del viñedo, incluyendo a Diluc y a su padre, que también le daban la espalda, y por mas que quisiera alcanzarlos a todos, sus piernas estaban tan débiles que no podía avanzar más de 5 pasos sin arrodillarse lentamente en el suelo por el peso de sus movimientos.
No quería estar solo, no quería ser despreciado, él quería tener a mucha gente a su alrededor, quería sentirse tan amado como Barbatos, ser aplaudido por sus talentos, ser abrazado, que sus amigos de la academia no se alejaran de él, que Lisa le diera un beso y que Diluc lo amase de la misma forma que su padre lo amaba. Venti podía tener el amor de todos en Mondstadt, podía cantar y tocar instrumentos, era bello y sería joven por siempre, aunque lo odiase, debía admitir que eso era lo que quería para sí mismo, ser amado, admirado, recibir aplausos y miradas cándidas llenas de ilusión.
De pronto esa alucinación se desvaneció de su mente y volvió a ver su habitación, confundido y sin saber si aún estaba soñando o si esa era la realidad; por impulso se volteó y se sentó a orillas del colchón, posando sus entumecidos pies en el piso, esperando unos minutos mientras el molesto hormigueo de su piel recuperando sensibilidad desaparecía. Cuando sus piernas ya no estuvieron adormiladas, el príncipe hizo el esfuerzo de ponerse de pie, caminando débilmente y tambaleándose, queriendo llegar a la ventana para observar el jardín que no disfrutaba desde hacía semanas.
Ni siquiera pretendiendo hacer algo por sí mismo quitaba al monstruo de su mente, todo el tiempo estaba allí para recordarle que aunque intentara ser feliz, siempre regresaría para destruirlo a él y a su amado padre; esa impunidad era increíble para Kaeya, el rey podía hacer lo que quisiera y nadie iba a impedírselo, incluso lo seguirían amando y le lloverían cumplidos por su habilidad musical y su rostro de ángel. Lo que más sorprendía al príncipe era que Barbatos tenía el poder de destruir todo lo que quisiera, y que no habría consecuencias, que seguiría todo igual de perfecto en su vida y que podría divertirse con todo lo que deseara; Kaeya lo detestaba, pero, al mismo tiempo también lo admiraba por eso.
Al llegar junto a la ventana se apoyó en ella para descansar, y luego la abrió lo suficiente para tocar las flores de los arbustos, pero sin hacer ruido para no llamar la atención de los empleados; había una fila de hormigas y una oruga desplazándose por el lado de la ventana que estaba frente al jardín, el príncipe los miró con indiferencia, solo eran insectos pequeños y sin cerebro que asustaban a algunos niños o por el contrario les fascinaban. Diluc era de los que le gustaban los bichitos, Kaeya no era ninguno de los dos, durante un tiempo cuando era más pequeño se divertía aplastándolos con sus dedos, ahora ya no le interesaban.
Por eso el hecho de verlos no lo distraía de sus pensamientos caóticos, sobre su vida injusta y dolorosa a causa de la persona con más poder en todo Mondstadt, aquel que lo tendría todo si solo lo pidiera, aquel que recibía ese amor que tanto quería para sí mismo, aquel que siendo pequeño en tamaño podía aplastar a cualquier persona como a insignificantes insectos sin sentir remordimiento por ello. Antes de darse cuenta de lo que hizo, el príncipe ya había aplastado a la oruga con los huesos carpianos de su mano empuñada, entonces miró la ventana embarrada con el cuerpo liquido de ese insecto, y su primera reacción fue limpiarse la mano para no sentir asco.
De pronto se le ocurrió hacer algo más, si ya había matado a una pobre oruga, nada le impedía hacer lo mismo con la fila de hormigas, a las cuales comenzó a aplastar con la yema de los dedos, presionandolos hasta hacer sangrar sus heridas y manchar de sangre las vendas, lastimando tanto a las hormigas como a él mismo. El dolor físico ya no le parecía para tanto, siempre tenía dolor en el pecho de todos modos, incluso le resultaba algo relajante ver su propia sangre saliendo porque él quería que saliera, no porque otros lo desearan; cuando ya no vio más hormigas, Kaeya miró sus vendas rojas y la fila de bichos aplastados sin una pizca de sorpresa, porque no podía sentir nada.
-¿Necesitas algo? - le preguntó Diluc al príncipe, Kaeya estaba muy serio e irritado, como si la presencia de su hermanastro le estorbara muchísimo.
-No necesito nada - respondió cortante, Diluc se rascó la cabeza incómodo.
-Entonces ¿Quieres que te lea un cuento?
-No - pronunció igual de seco, Diluc selló sus labios, no quería responderle mal al príncipe porque era consciente de que su estado emocional estaba por los suelos.
-Bien, de todos modos te traeré algunos juguetes para que los usemos juntos - dijo Diluc evitando decirle algo molesto, aun así Kaeya reaccionó como si lo hubiera hecho, rezongando rabioso.
-No quiero jugar ¿Puedes solamente irte? - respondió el príncipe fastidiado, Diluc no escondió la molestia en su rostro.
-Solo quiero ayudarte, llevas días encerrado y no juegas a nada, no quieres hacer nada de lo que hacías antes, lo único que haces es quedarte aquí sin moverte ni hablar con nadie ¿No te aburres?
-No - respondió sin agregados, su hermanastro se cruzó de brazos con enfado.
-No te creo, te he escuchado llorar todo este tiempo, eso no es diversión.
-¡No puedo divertirme!
-¿Por qué no? - preguntó Diluc, Kaeya enseñó sus manos, pero su hermano no pareció compadecerse esa vez - si puedes mover los dedos, te he visto hacerlo, ya no es excusa, y tus piernas no tienen nada.
-Bueno ¿Y que? Aunque pueda mover los dedos, no puedo divertirme.
-No quieres divertirte - replicó Diluc, Kaeya empezaba a enfurecerse.
-¡No puedo estar bien!
-Si puedes, solo tienes que dejarme divertirte y jugar conmigo a cualquier cosa, así estarás mejor - comentó su hermanastro, pero Kaeya se llevó las manos a la cara chillando con frustración.
-¡No lo entiendes! ¡Ya déjame! ¡Me molestas! - gritó el príncipe, Diluc se enfadó y por orgullo no se movió de su lugar.
-No me iré - le dijo Diluc, Kaeya lloró enrabiado.
-No quiero verte, solo estás estorbando como yo te estorbo a ti - pronunció Kaeya agarrándose la cara con sus dedos sin uñas, Diluc lo miró furioso y con los ojos húmedos.
-¡Ya te dije que no me estorbas! ¡No sigas sacando ese tema!
-Te estorbo porque crees que me robo a papá - pronunció Kaeya sollozando.
-No es cierto, ya no pienso así, es estupido que sigas enojado por eso.
-Si piensas así, cuando papá viene a verme sigues mirandome como si…
-¿Cuándo he hecho eso? ¿Estás loco? - preguntó Diluc, pero el príncipe seguía llorando sin consuelo - estás alucinando…
-Papá es el único que si me quiere… - dijo Kaeya, Diluc apretó el puño a punto de perder los estribos.
-Todo este tiempo te he dicho que te quiero ¿Por qué no me crees?
-No puedo…
-¡Ya deja de decir eso! - rugió Diluc, el príncipe se encogió con temor.
-¡Diluc! - gritó Crepus desde la puerta, Diluc cerró la boca y Kaeya miró con sorpresa a su padre entrando a su cuarto - no lo alteres, sabes que necesita su espacio.
-Pero él dice que lo odio y eso no es cierto, cada vez está más insoportable porque no quiere salir de aquí - respondió Diluc frustrado, el señor Ragnvindr lo miró con severidad.
-Espera afuera hijo, tendré que hablar seriamente contigo en un rato - le dijo Crepus, Diluc agachó la cabeza con resignación y asintió para retirarse, no sin antes ver como Kaeya sonreía satisfecho de que su padre lo pusiera en su lugar; Diluc lo miró de reojo, tenía sentimientos encontrados, por un lado entendía el estado de Kaeya, por otro empezaba a creer que se estaba volviendo una mala persona.
-Papá… - susurró el príncipe abriendo sus brazos, el señor Ragnvindr se acercó para que el pequeño lo abrazara a sus anchas, cuando Kaeya estaba cerca de él, se le notaba más tranquilo y dulce.
-¿Cómo te has sentido mi angelito? - preguntó Crepus, el príncipe se aferró al cuello de su padre y lo besó en la mejilla.
-Estoy… - murmuró, se encontraba mejor cada vez que estaba cerca del señor Ragnvindr, pero sabía que solo era temporal - estoy un poquito mejor…
-Me alegro mucho ¿Quieres ir a almorzar con nosotros? Todos quieren saber cómo te encuentras - lo alentó su padre, sin embargo Kaeya agachó la mirada contrariado.
-Prefiero quedarme aquí.
-Está bien, no te obligaré a salir si no quieres, pero, sabes que nosotros no te haremos daño, no pasará nada malo si estamos todos juntos - comentó Crepus, el príncipe no quiso mirarlo para que no se diera cuenta de su cara de incredulidad y sarcasmo, ya habían pasado muchas cosas malas aunque todos los del viñedo estuvieran cerca, ni siquiera su padre podía evitarlo.
-Hay muchos caballeros por la casa, no quiero…
-Lo entiendo… si quieres salir a comer, les pediré que esperen afuera ¿Te parece?
-No creo que se vayan.
-Tendrán que entenderlo, que ellos te hacen sentir incómodo y que no estás bien por eso, no creo que sean tan inhumanos - decía el señor Ragnvindr, Kaeya dejó escapar una pequeña y suave risa de resignación, claro que eran inhumanos, uno de ellos, no recordaba muy bien quien, lo había sujetado para que Barbatos le destrozara las uñas, no iban a compadecerse de él por ser un niño, nunca lo hacían.
-Prefiero quedarme aquí - reiteró el príncipe, Crepus suspiró y besó su frente amorosamente.
-Está bien mi amor, puedes comer aquí, si quieres, yo podría venir a comer contigo para que no estés solo - le sugirió, el príncipe lo besó todavía más, adoraba tanto a su padre cuando se preocupaba por él.
-Sí, por favor quédate conmigo papá - le pidió el príncipe dándole muchos besos en la cara, Crepus rió y lo abrazó tan amoroso y dulce como de costumbre.
-De acuerdo mi estrellita, estaré a tu lado - le dijo mientras ambos se abrazaban y besaban con ternura; de pronto se oyó a bajo volumen un suspiro de dulzura y alivio, Kaeya trató de asomarse para ver quien estaba en la puerta, y notó que alguien se había ocultado rápidamente - ¿Pasa algo hijito?
-¡¿Quién anda allí?! - exclamó el principe alterado, podia ver sobresaliendo por el marco de la puerta un delantal de color blanco - ¡¿Qué haces aqui todavia?! ¡Lárgate!
-Calmate hijo - le pidió Crepus, pero el príncipe estaba tenso y rabioso.
-¡¿Qué hace ella aquí?! ¡Que se vaya!
-Ya te he explicado eso, no podemos dejarla a su suerte - le dijo el señor Ragnvindr, mas Kaeya le tomó las manos y lo miró afligido y haciendo pucheros.
-Despidela por favor - le pidió el príncipe mirándolo a los ojos, Crepus tragó saliva con nerviosismo - nunca estaré bien si sigue aquí, por favor haz que se vaya…
-No puedo hacer eso, Adelinde no te lastimará, nunca fue su intención que ocurriera lo que ocurrió, tienes que entender que ella no quiere dañarte - le explicaba su padre, pero Kaeya comenzó a llorar restregando sus párpados con los nudillos, más dramático que de costumbre.
-Entonces no me quieres… - murmuró el príncipe, y el señor Ragnvindr suspiró armándose de paciencia.
-Sabes que te amo, pero no voy a despedirla solo porque tu lo pides, dejarla sola en Mondstadt puede ser letal para ella - dijo Crepus para luego apartarse un poco para no ser golpeado por Kaeya mientras hacía un berrinche chillando y moviendo las piernas.
-¡Que se muera, no me importa! - exclamó en medio de su berrinche, el señor Ragnvindr se puso de pie y lo miró seriamente.
-¡Kaeya! - gritó Crepus para llamar su atención, el príncipe se quedó quieto como por arte de magia, mirando encogido a su padre - no vuelvas a decir algo tan feo como eso, no está bien desearle la muerte a alguien, debes empezar a controlarte.
-¿Y Barbatos? ¿También está mal desearle la muerte? - preguntó Kaeya, el señor Ragnvindr agachó la vista con incomodidad.
-Sí, está mal, porque aunque sea una persona horrible, sigue siendo una persona.
-Pero tú lo has desafiado…
-Lo desafié no porque quisiera matarlo, sino porque quería protegerte.
-¿Cuál sería la diferencia si lo hubieras matado?
-Kaeya. Es muy diferente matar en un duelo por defender a alguien que amas, a matar por ensañamiento.
-¿Por qué? - preguntó el príncipe, pues realmente no podía ver la diferencia.
-Porque es más honorable proteger a un ser querido que simplemente buscar lastimar - dijo Crepus, pero su hijo seguía dubitativo.
-Entonces ¿Yo no podría…?
-¿Qué cosa?
-Nada… - respondió Kaeya, entonces se giró de costado dándole la espalda a Crepus - cambie de opinión, hoy prefiero comer solo.
-Kaeya… - susurró su padre dándole una caricia entre los omoplatos, que el príncipe evitó apartándose más - está bien amor, si eso es lo que quieres…
Tras ser ignorado por su hijo, el señor Ragnvindr salió de la habitación, Diluc y Adelinde estaban en el pasillo esperandolo, ella se veía muy triste y tocaba sus manos, pensando que tal vez lo mejor sería irse aunque fuese arriesgado para ella, porque después de todo, el pequeño no la perdonaría; Diluc por su parte se encontraba cruzado de brazos, muy serio y molesto con la actitud de Kaeya. Adelinde le planteó a Crepus la decisión de volver a Mondstadt y conseguir trabajo en otra parte, pero este la tomó de los hombros y la miró fijamente a los ojos, diciéndole que no iba a dejarla irse, y que si Kaeya seguía así de hostil, él tendría que ponerse firme hasta hacerle entender la situación.
Eso le agradó a Diluc, que su padre tomase la decisión de no hacerle caso a los berrinches de Kaeya para no perjudicar a otros; ella suspiró apenada e insegura, insistiendo en que su presencia no le era de ayuda al niño para recuperarse. Entonces el señor Ragnvindr la abrazó con dulzura y comprensión, reiterando que no la abandonaría mientras viviera; Adelinde tardó un momento en reaccionar, y luego, poco a poco fue subiendo las manos por la amplia espalda de Crepus, suspirando encantada por estar en los brazos de un hombre tan bueno y afectuoso como él.
Diluc cerró la boca ahogando una exclamación de sorpresa, su padre y Adelinde permanecieron abrazados por minutos, dándose mutuas caricias, con los ojos cerrados mientras se dejaban llevar por el cariño; el niño apartó la mirada y usó su mano como escudo para no ver eso, se estaba abochornando demasiado mientras ella y su padre se miraban a los ojos, olvidando que no estaban solos. Adelinde apoyó la oreja en el pecho del señor Ragnvindr, él sostuvo su cabeza relajado y sonriente, hasta que notó a su hijo de pie justo al lado de ambos, rojo como un tomate; por eso tosió y le indicó disimuladamente a la criada que mirara a Diluc, inmediatamente se separaron y actuaron como si nada hubiera pasado, tan nerviosos que salieron caminando rápido para evitar tener que dar explicaciones.
Tras otro día consumiendo los fármacos que le recetaron, Kaeya se levantó de su cama sin haberlo pensado claramente, movido por un deseo inconsciente de salir de su habitación y ver el resto de la mansión; caminó desorientado por los pasillos, tambaleándose y observando cómo los pasillos se distorcionaban; estaba tan confundido por la medicina, que caminó hacia un caballero de Favonius que custodiaba la entrada a la biblioteca. El hombre en cuestión lo miró extrañado mientras iba hacia él, para luego preguntarle si sabía donde estaba la oficina de su padre; el soldado se molestó por esa pregunta, y le dijo en voz alta si acaso quería burlarse de él.
El príncipe lo miró hacia arriba, su rostro se deformaba de formas grotescas que lo hicieron dar un paso atrás, en la mirada del niño sólo había cansancio y confusión, su cuerpo no reaccionó ante el peligro, pero su adormilada parte consciente le estaba rogando que saliera de allí de una vez. Mark apareció a espaldas de ese caballero más joven, y le agarró un hombro explicandole que Kaeya estaba atontado por unos fármacos que debía consumir; el niño sollozó asustado, con el cuerpo lánguido y sin poder mantener la cabeza fija, en ese estado cualquiera podría haberlo golpeado y él ni siquiera habría tenido la fuerza para gritar por ayuda.
Mark suspiró con lástima y tomó suavemente la mano del príncipe, diciendo que él lo guiaría hasta donde estaba la oficina de Crepus, la mente de Kaeya no estaba igual de alerta que en su estado natural, así que sonrió con los ojos cansados y le agradeció en voz baja al caballero. Sin soltar su mano Mark lo condujo hasta la oficina del señor Ragnvindr, Kaeya sonrió al reconocer ese lugar y le agradeció nuevamente al soldado, que se sintió feliz de haberle sido de ayuda a ese pequeño tan desdichado.
Kaeya abrió suavemente la puerta, pero decidió no entrar ni decir algo, pues se dio cuenta de que su padre no estaba solo; contrario a como recibía a las personas en su oficina, su padre estaba de pie a unos metros del escritorio, abrazando cálidamente a una mujer en delantal. En ese momento la mente del príncipe se alertó, e identificó a Adelinde como la mujer a la que abrazaba Crepus; no quiso seguir viendo nada más, así que en silencio dio media vuelta y se alejó, tocándose la cabeza consternado.
Esa tarde como de costumbre Diluc fue hacia la habitación de Kaeya para ver cómo se encontraba, aunque supiera que él lo echaría de allí gritandole que le estorbaba; si tenía suerte lo encontraría durmiendo y podría estar a su lado tranquilamente o besarlo sin miedo a que reaccionase mal. Con disimulo echó un vistazo en el cuarto, el príncipe no estaba en su cama, tampoco estaba en ninguna parte de la habitación; Diluc se preocupó y decidió ir a buscarlo, era extraño que Kaeya decidiera salir solo sin pedirle que le hiciera compañía, porque siempre tenía miedo de que los caballeros de Favonius le hicieran daño.
Para encontrarlo comenzó a pensar como él, probablemente estaría cerca de la oficina de su padre, o tenía sed o hambre después de mucho tiempo rechazando comer y beber sin ser vigilado, o quería mirar el jardín desde algún punto, o ir al baño. Sin embargo al registrar esos sitios no lo halló por ninguna parte, Diluc empezó a entrar en pánico, imaginando que el príncipe en un impulso decidió escapar, y eso solo causaría que los caballeros lo atrapasen y que Barbatos se enfureciera.
Suspiró con alivio cuando lo encontró en un salón solitario, mirando un jarrón con flores, las cuales tocaba sin sonreír, de todos modos esa imagen alivió a Diluc, le parecía tan lindo y dulce en ese instante, creía que estaba intentando distraerse observando algo bonito, a Kaeya siempre le gustaron las flores, los metales, los colores vivos o cualquier cosa brillante en general, tenía ciertos gustos más femeninos que Diluc, por eso a veces este lo imaginaba como su esposa. De pronto se distrajo de esa fantasía cuando el jarrón cayó al piso y se rompió, no estaba seguro de si Kaeya lo había tirado accidentalmente, pues el solo lo miraba hacia abajo en silencio, aunque de cualquier forma el primer impulso de Diluc fue dar la vuelta para ir a buscar ayuda; sin embargo tuvo una corazonada y giró a ver otra vez a Kaeya, siendo testigo de cómo estaba agachado delante de la cerámica rota, tomando un trozo afilado que acercó con decisión a su muñeca.
-¡Kaeya! - gritó Diluc al verlo lastimarse, luego corrió como nunca lo había hecho para socorrerlo - estás sangrando… ¿Por qué hiciste eso? - le preguntó tomando su muñeca, el príncipe lo miraba con desprecio.
-¿Por qué estás aquí? Se suponía que no debías estar aquí - murmuró Kaeya aguantando la ira, Diluc lo ignoró para colocar un trozo de tela en su muñeca para detener el sangrado.
-Kaeya, no vuelvas a hacer eso, es muy peligroso, podrías desangrarte - le explicó Diluc, el príncipe estaba demasiado irritado por el hecho de haber sido visto - ¿Por qué lo hiciste? Esto está muy mal.
-Lo echaste a perder - se quejó Kaeya sin pensar, a Diluc le pareció una respuesta sospechosa.
-¿Qué eché a perder? - le preguntó seriamente, comprimiendole la muñeca para detener el sangrado, el príncipe titubeó muy contrariado e irritado.
-¿Qué importa? Vete y déjame en paz - replicó Kaeya, Diluc lo miró directamente a los ojos, eso lo ponía muy incómodo - ¡Ya vete!
-¿Qué querías hacer? - preguntó Diluc leyendo sus intenciones, el príncipe palideció con miedo, acorralado por su hermanastro.
-Nada…
-No mientas - dijo firmemente, Kaeya se asustó por su tono de voz - ¿Por qué tiraste el jarrón y te lastimaste a ti mismo?
-Yo no…
-Responde. Tu no haces nada por azar, algo planeabas - afirmó Diluc apretando la herida de Kaeya tanto para evitar que sangrase como para mantenerlo controlado.
-¿Por qué yo haría…?
-No mientas - repitió Diluc igual de firme, Kaeya agachó la mirada, atrapado por él, entonces sonrió resignado para confesar.
-Quería culparla - respondió el príncipe, Diluc apretó más su muñeca, pero Kaeya ya no parecía asustado - ella y papá son más cercanos que antes, incluso después de lo que me pasó ¿Qué te dice eso?
-Nada, porque Adelinde es una buena persona, así que no tiene nada de malo que papá la quiera - respondió Diluc, el príncipe rió negando con la cabeza.
-Hizo que papá la prefiriera por sobre nosotros dos.
-No, lo que te molesta es que no seas el centro de todo - dijo Diluc, Kaeya lo miró de reojo.
-Lo que te molesta a ti es que papá me prefiera a mí - replicó el príncipe sonriendo maliciosamente, Diluc no se dejó provocar por él.
-No me importa, él nos quiere a ambos.
-Puede que ya no. Ahora la tiene a ella y no verá la verdad.
-¿De qué verdad estás hablando?
-Ella seguirá informando a Barbatos de todo lo que haga, seguirán viniendo a castigarme ¿Tú quieres que pase eso otra vez? - le preguntó Kaeya mirándolo frágil y haciendo un falso tono de angustia, pero su hermanastro no cayó en esa trampa.
-No volverá a hacer eso, entiéndelo de una vez.
-Bueno ¿Para qué me molesto? Tu nunca creerás en mí, tampoco vas a cuidarme, tu solo sabes golpear y usar espadas, no entenderías lo que siento.
-No puedo creer en ti si mientes de esta forma, querías perjudicar a Adelinde frente a mi padre, eso no está bien.
-¿Te sorprende? - cuestionó Kaeya sonriendo, Diluc se enfadó al ver que no había culpa en su rostro - yo soy malo, Barbatos lo piensa, los caballeros lo piensan, Rhinedottir lo piensa, incluso tu también lo piensas.
-¿Quién es esa tipa que mencionas?
-Nadie.
-Sigues mintiendo ¿Por qué lo haces? No ganas nada mintiéndole a los demás - comentó Diluc, Kaeya volvió a sonreír, malicioso pero al mismo tiempo muy dolido.
-Podría decirle a papá que tu me hiciste esta herida, y me creería porque siente lástima por mi - pronunció el príncipe, Diluc entonces soltó su muñeca para agarrarle el brazo con firmeza.
-No me importa lo que le digas - dijo Diluc mirándolo a los ojos, Kaeya sentía mucho miedo de él cuando lo trataba así - tampoco me importa si me castigan, aunque le digas miles de veces a mi padre que te lastimé, yo no te dejaré hacer estas cosas.
-Suéltame por favor… - le pidió el príncipe más pequeño y temeroso, pero Diluc no aflojó el agarre.
-No importa cuantas cosas intentes, yo no te permitiré lastimar a otros ni lastimarte a ti mismo, y si me castigan no me importará porque yo no te dejaré ser malo - decía Diluc, Kaeya lloró asustado y avergonzado, porque estaba convencido de que él era una mala persona y que debía comportarse como tal para defenderse.
-Te odio… - susurró el príncipe, Diluc se entristeció, sabía que eso no era verdad, pero no creyó que Kaeya se atrevería a seguir diciendo cosas hirientes y deshonestas como esas.
-No te creo.
-Nunca me crees… - dijo Kaeya sollozando, otra vez sus pensamientos le decían cosas horribles que le causaban mucho dolor - tu y ella me hicieron esto, tu me pegaste y ella se lo contó a Barbatos, casi rompiste mi nariz, y aun así, fue a mi a quien castigaron por defenderme. Es tu culpa… - murmuraba con un profundo rencor, Diluc aguantó las ganas de llorar.
-Lo sé, pero eso no tiene nada que ver con lo que estamos hablando, no te permitiré seguir mintiendo.
-¿Me golpearás si lo hago? - preguntó el príncipe, Diluc aparentemente seguía firme, pero su mano temblaba mientras agarraba el brazo de Kaeya.
-Voy a decirle a papá todo lo que planees, y si no me cree, entonces sí tendré que hacer algo para castigarte, no puedes salirte con la tuya solo porque estás triste todo el tiempo, eso no te da derecho a ser malo - afirmó Diluc, Kaeya lo miraba a los ojos mientras sus lágrimas salían a montones.
-¿Kaeya? - pronunció Crepus llegando a la habitación, en cuanto vio la muñeca sangrante de su pequeño y el jarrón roto, se sobresaltó y corrió hacia él para ayudarlo - ¡Kaeya! ¡¿Cómo te lastimaste?!
-Díselo - le ordenó Diluc, Kaeya tembló asustado y negando con la cabeza - si no se lo dices tu, lo haré yo - reafirmó Diluc, el príncipe se sentía mareado y frío, aterrorizado por la idea de que su padre lo odiara por ser malo.
-Mi amor… ¿Te duele mucho? Tenemos que revisarte, puede ser un corte profundo - decía el señor Ragnvindr tomando con delicadeza la mano de su amado pequeño, en ese momento entró Adelinde corriendo al salón y trayendo consigo vendas para curarlo.
-Permítame - le pidió Adelinde a Crepus, él le dejó espacio para que curara la muñeca de Kaeya, quien se sintió más frío y presionado al verla vendar su herida, como si le debiera algo; Diluc lo miró severo.
-Dilo - reiteró Diluc, el príncipe negaba con la cabeza pidiéndole piedad con su aterrada mirada - diles lo que pasó Kaeya.
-¿Qué fue lo que pasó hijo? - preguntó el señor Ragnvindr, Kaeya hizo un puchero rogando en su mente a Diluc que no lo hiciera confesar.
-Diluc…
-Diles la verdad - lo interrumpió su hermanastro, Kaeya gimoteó restregando su ojo con la mano sana.
-Diluc… - murmuró Crepus regañando a su hijo mayor.
-¿Quién tiró el jarrón, Kaeya? - preguntó Diluc ignorando a su padre.
-Yo…
-¿Fue un accidente? - insistió Diluc, Kaeya lloró con miedo, Adelinde terminó de vendarlo así que Crepus aprovechó para sentarlo en sus piernas y abrazarlo.
-Diluc por favor, no lo hagas llorar - dijo Crepus molesto.
-¿Fue un accidente?
-No… - respondió Kaeya, el señor Ragnvindr lo abrazó más, besando su frente y acariciando su tembloroso cuerpecito.
-Y tu herida ¿Fue un accidente?
-¡Diluc ya basta! ¡¿No ves su estado?! - exclamó Crepus.
-No fue un accidente… - respondió Kaeya, su padre volteó la cabeza para verlo, desconcertado y preocupado.
-¿Quién te hirió? - preguntó Diluc, Kaeya hiperventilo atemorizado.
-Yo lo hice… - confesó el niño, el señor Ragnvindr apretó los párpados y los labios, llorando mientras lo estrechaba contra su cuerpo.
-Mi bebé… - susurró Crepus llorando desconsolado, Adelinde cubrió sus labios con las dos manos, soportando el impulso de llorar con él - mi bebé… mi pobre bebé…
-¿Por qué lo hiciste Kaeya? - Diluc hizo la pregunta final, entonces Kaeya sollozó lleno de culpa por ser malo y por hacer llorar a su papá.
-Quería culparla a ella - dijo el príncipe apuntando débilmente a Adelinde, Crepus abrió los ojos sorprendido - quería culparla para que la echaran a la calle… porque soy malo… soy muy malo…
-Amor… ¿Por qué hiciste eso? No está bien que lastimes tu propio cuerpo bajo ningún motivo - le dijo su padre abrazándolo con el mismo amor, Kaeya abrió su ojito confundido por el hecho de que no lo estuviese regañando ni le dijera que era un monstruo.
-Soy malo… Ella no me ha hecho nada realmente, pero aun así… - susurró el príncipe, Adelinde se arrodilló frente a él y le tomó suavemente las manos.
-No eres malo pequeño, solo tienes miedo, después de lo que te ocurrió… es entendible que no confíes ni en mi ni en nadie - dijo ella tocando suavemente sus manos, Kaeya hizo un puchero sintiendo mucho remordimiento - nadie, y mucho menos alguien de tu edad, merece sufrir lo que has sufrido, tu corazón duele mucho ¿No es así? Cuando tu corazón duele y tienes miedo de que te hagan daño, es esperable que quieras hacer cualquier cosa para alejar al peligro, y que quieras aliviar tu dolor del corazón con dolor físico.
-Casi hago que te despidan… soy una persona horrible… - murmuró Kaeya gimoteando, Adelinde lo abrazó gentilmente acurrucandolo en su pecho.
-Lo importante es que no vuelvas a hacerte daño, si te duele mucho, dinoslo y te ayudaremos, no tienes que lastimarte otra vez - le pidió ella, Kaeya ya no le tenía miedo, se sentía cálida y reconfortante, pero él seguía llorando por el sentimiento de culpa que no lo abandonaba.
-Perdón… - dijo el príncipe antes de gimotear sin consuelo - perdón perdón perdón… - repitió restregando la frente en el pecho de Adelinde, ella lo abrazaba y acariciaba su cabeza peinandole el cabello.
-Amor… - susurró Crepus acercándose para unirse al abrazo - no tengas miedo de decirnos lo que sientes, nosotros siempre estaremos contigo, nunca te haremos daño, confía en nosotros - le pidió su padre, Kaeya asintió aguantando la respiración, hasta que estalló nuevamente en llanto.
-Llora si lo necesitas pequeño, no hay ningún problema con ello - comentó Adelinde besando posteriormente su frente, el señor Ragnvindr los abrazaba a ambos, ella sonreía suspirando con dulzura, Crepus también le sonreía mirando su rostro pacifico, luego le hizo una seña a Diluc para que se acercara también a unirse al abrazo, este dudó, pero se vio en la obligación de abrazar también al príncipe.
-Te amamos Kaeya - pronunció su padre, Kaeya abrió su ojo para mirarlos a todos, incluso Diluc lo abrazaba, eso le dio algo de esperanza, ellos realmente lo amaban a pesar de haber sido un mal niño. Adoraba la sensación de ser amado.
Rhinedottir estaba rondando por las calles de Mondstadt esa tarde, supervisando a su aprendiz, quien ocultándose de la vista de los demás colocaba pequeños artefactos en rincones estratégicos de la ciudad cercanos a la plaza donde se realizaría el Ludi Harpastum, la única que lograba divisar a esa personita era Rhinedottir, que asentía con aprobación por el sigilo de su ayudante, de momento no le estaba causando contratiempos en su plan. Tras finalizar esa labor, la alquimista se dirigió al palacio de Barbatos, su asistente le llevaba la delantera, escabulléndose al trepar las paredes para ingresar al castillo sin que nadie más que su maestra se enterara; Rhinedottir se detuvo un momento a vigilar si alguien estaba mirando, solo por precaución.
Lo único inusual que vio fue a una jovencita de no menos de 12 años que caminaba segura y decidida hacia la entrada principal, su sombrero morado era algo que la alquimista podría haber usado sin problemas, le parecía bastante bonito. La joven se presentó ante los guardias como Lisa Minci, les dijo que había fijado una audiencia con el rey para esa tarde, ellos no lo cuestionaron en ningún momento, pues era muy habitual que el rey invitara a jóvenes de un rango de edad similar a audiencias privadas.
Justo en ese momento Venti estaba llevando a cabo una de esas "reuniones" con el adolescente que había invitado dias atras, ningún empleado se acercaba a su oficina e ignoraban con indiferencia los ruidos que salían de allí, sin embargo una de las mucamas tuvo que tocar a la puerta para anunciar que una joven del clan Minci quería hablar con el rey. Luego de unos minutos de acelerar su ritmo, el rey salió de aquella habitación arreglando sus ropajes para estar más presentable, mientras su acompañante salió aún más desaliñado y desorientado a sus espaldas, un par de empleados lo guiaron a la salida trasera para que no comprometiera la reputación de Barbatos al ser visto así.
El monarca entró ya arreglado a la sala de espera donde se encontraba Lisa, esta sonreía educadamente, sentada como una dama de alta alcurnia; Venti la analizó de los pies a la cabeza, era muy guapa, tanto que aparentaba un par de años más de los que tenía. Barbatos relamió sus labios, sus "audiencias" con otros jóvenes no fueron idea de estos, a diferencia de la joven Minci que siguiendo todos los protocolos pidió poder charlar con él, tal vez era un asunto mercantil y ella era solo una vocera de su familia, pero en el fondo el rey fantaseaba con que esa adolescente le pidiera una reunión como una mera excusa para conocerlo.
-Vaya… - murmuró Venti caminando hacia ella para tomar su mano y besarla caballerosamente - dichosos los ojos que la ven señorita Minci ¿Cómo se encuentra?
-Buenas tardes mi señor, me encuentro bien ¿Usted cómo está?
-Bueno, últimamente algo resfriado, pero no es nada grave, espero - comentó Barbatos sin dejar de mirarla detenidamente con lascivia, tratándose de una joven de una familia rica tendría que ser muy cuidadoso con su cortejo - ¿A que debo esta maravillosa visita?
-Hmm ¿Cómo abordar el tema sin ir directo al grano? Porque quizá sea muy chocante para usted.
-Oh, ahora me intriga más la razón, usted parece tener un don natural para dejar interesadas a las personas - comentó el monarca sonriendo seductoramente, Lisa sonrió de vuelta con una actitud más astuta.
-Conozco a alguien que es igual, es una criaturita encantadora, si tuviera mi edad tal vez sería un excelente partido.
-¿Un niño? Bueno, todos los niños son un encanto, tan pequeños y honestos, llenos de energía, me gusta hacer música para ellos.
-Este niño en particular es más magnético, le gusta estar rodeado de gente y recibir atención por su inteligencia - agregó Lisa, tornándose más seria - lástima que hay alguien que le quita su luz.
-¿En serio? Qué terrible, alguien así debería brillar en todo su esplendor, así como usted brilla con la luz de esa ventana - comentó el rey desviando ligeramente el tema, pero Lisa no pretendía perder el hilo de la conversación.
-Es un caso horrible, la persona que lo acosa es mucho mayor, es un abuso de poder sin precedentes, como si pusieran a un gatito bebé a pelear con un león - le explicó la muchacha, Venti se enserió, por alguna razón se daba por aludido.
-¿Ah sí? Eso es muy grave ¿Por qué nadie me lo ha dicho? Saben que yo defiendo a todos los niños de Mondstadt - comentó Barbatos, Lisa permaneció callada mirándolo fijamente, el soberano se sentía incómodo, entendiendo a dónde iba dirigida esa conversación - tal vez no estamos hablando de un niño de Mondstadt.
-Su nombre es Kaeya Ragnvindr, es de la academia de Bellas Artes - reveló ella, Venti automáticamente sonrió con cinismo.
-Oh, definitivamente no es un niño de Mondstadt.
-Un adulto se divierte haciéndole daño, alguien debería hacer algo al respecto - comentó Lisa observando fijamente al rey, este seguía sonriendo dejando ver su verdadero yo.
-Los niños de Mondstadt son mi prioridad, no es el caso de ese pequeño ¿No sabe de dónde viene?
-Si es extranjero y fue adoptado por alguien de esta nación, entonces si pertenece aquí ¿Acaso usted quisiera hacer daño a todos los inmigrantes en Mondstadt? Eso no le gustaría a mi familia, algunos nacieron en Sumeru.
-Déjeme contarle un secreto, aunque debe prometerme que no le dirá nada a nadie.
-Lo prometo - dijo ella expectante, el rey la hizo esperar unos segundos antes de decirle la verdad de Kaeya.
-Hace unos 5 años, yo y el emperador Morax enviamos un escuadrón a Khaenri'ah, porque el rey Surya Alberich planeaba unir fuerzas con el ejército de Snezhnaya en contra de Mondstadt y Liyue, habríamos estado en inferioridad numérica si nuestro grupo no se hubiese llevado al principe heredero de Khaenri'ah de los brazos de sus padres - reveló el monarca, Lisa cerró la boca sorprendida, captando todo con facilidad.
-Entonces Kaeya…
-No es un Ragnvindr, es un Alberich, el hijo de nuestro enemigo - afirmó Venti, Lisa se miró los pies, enmudecida por esa información - comprenderá que siendo hijo del enemigo, no recibirá el mismo trato que sus pares de Mondstadt.
-Incluso si es un Alberich, Kaeya es solo un niño, ni siquiera debe ser consciente de su verdadero origen, cada vez que usted lo maltrata, el debe preguntarse qué hizo para merecerlo.
-Tarde o temprano se enterará de la verdad, así que de todos modos, tendrá rencor contra nuestra gente, y se comportará como el peligro que en verdad es.
-Si tan solo usted lo dejara en paz, tal vez Kaeya no sentiría tanto odio al saber… - murmuró ella sin llegar a terminar, haciendo una retrospectiva de lo que pensaba decir.
-Ni siquiera usted cree eso ¿Qué más podría sentir un muchacho al enterarse de que fue secuestrado y que su "padre" es en realidad solo un cómplice de ello?
-Crepus Ragnvindr ama de verdad a Kaeya, él nunca lo odiaría - dijo ella, mas el rey rió cínico y burlón.
-Se ve que usted es muy inocente todavía, eso me gusta - comentó Barbatos, Lisa volvió a estar firme, no se dejaría influenciar fácilmente.
-De cualquier forma, comprenderá que no puedo dejar que una criatura indefensa siga recibiendo esta clase de acoso hasta en nuestro lugar de estudio, por eso he venido a persuadirlo.
-¿Persuadirme de qué forma?
-El clan Minci no se dedica a la exportación de alimentos, pero si administramos el capital, no podemos dejar sin asesoramiento a las casas nobles, por eso, nuestra influencia sigue allí, quizás tanta como su propia influencia.
-¿A qué quiere llegar?
-Hay un rumor que usted ha intentado callar enviando amenazas a la casa Lawrence, no obstante y a pesar de que mi familia y otras casas nobles no han querido tocar el tema, tal rumor llegó a mis oídos - comentó Lisa, Venti abrió los ojos y luego miró al cielo conteniendo la frustración - es del tipo de rumores que odio, muy desagradable.
-Pero es solo eso, una calumnia nada más.
-Calumnia que parece confirmar mirándome como lo ha estado haciendo - dijo ella, Barbatos ya no sonreía, definitivamente ya no escondería su verdadero ser - que vergüenza devorar con los ojos a alguien tan joven.
-Me está malinterpretando por algo infundado, los Lawrence son la familia más ingrata y calculadora de Mondstadt, les tendí mi mano cuando estaban en una mala situación y luego quisieron difundir calumnias, no me quedó de otra más que ponerme firme.
-Diga lo que diga, usted no saldría perjudicado por ese rumor si dejara en paz a Kaeya, es lo único que tendría que hacer.
-Lamento decir que no puedo dejar en paz a ese niño en tiempo completo.
-¿Ah no? - cuestionó ella sonriendo, el rey empezaba a odiarla muchísimo.
-Un monstruito como ese puede descontrolarse si no lo hacemos cumplir ciertas reglas.
-A estas alturas dudo que Kaeya incumpla cualquier restricción, considerando al monstruo que no deja de asustarlo.
-Incluso si las cumple a voluntad, habrá ocasiones en las que el castigo será inevitable.
-¿Por ejemplo?
-Que quiera huir de Mondstadt.
-¿Realmente Kaeya querría huir sin Crepus Ragnvindr? Porque ambos se adoran.
-Corrijo, que intenten sacarlo de Mondstadt.
-¿Y qué culpa tendría Kaeya de ello? Después de todo, él no pertenece aquí.
-Aun así, estoy dispuesto a prometer que esa sea la gran excepción de nuestro trato - finiquitó el monarca, entonces Lisa le enseñó un papel que guardaba.
-Para hacerlo más legal, he preparado un contrato.
-Me hizo rememorar a alguien que ama esa clase de cosas.
-Redactaré las condiciones, usted tendrá que firmar aquí, y yo colocaré el sello de mi casa a modo de firma.
-Está bien, yo, Barbatos, juro no lastimar físicamente a Kaeya Alberich durante el periodo de su infancia, salvo algunas excepciones - pronunció Venti, Lisa lo miró de reojo con molestia.
-¿Qué excepciones?
-Intentos de huida y conducta agresiva.
-Podríamos negociar que no exista ningún castigo físico en ningún caso.
-O podría romper ese papel y dejar de seguirle el juego - dijo Barbatos sonriendo pero visiblemente furibundo - ¡Yo soy el rey!
-Y nosotros manejamos el dinero y las influencias - respondió ella con tranquilidad, en los ojos de Barbatos veía impotencia y desprecio.
Al firmar el contrato, Lisa se retiró con el papel en la mano, saliendo erguida y orgullosa de lo que había logrado; Venti se quedó solo en la habitación, sus párpados izquierdos temblaban por el estrés y la furia, era algo que ya no podía contener. Alatus pasaba por el pasillo cuando escuchó los gritos de ira del rey y muchos objetos rompiéndose, muebles cayendo al piso y papeles rompiéndose en varios trozos; asustado corrió en dirección al sonido, quizo abrir la puerta, pero Barbatos había lanzado algo que se estrelló contra ella antes de que girase el pomo.
Cuando ya no escuchó más ruidos fuertes, el príncipe de Liyue abrió la puerta ingresando lentamente, barriendo con ella los objetos desperdigados en el piso; Venti estaba de rodillas en el suelo, cubriéndose la cara con las manos mientras chillaba y lloraba de rabia, el pequeño se acercó cauteloso, compadecido por el dolor de su rey. Barbatos levantó la mirada, luego de ver a Alatus decidió ignorarlo y seguir llorando como un niño; el príncipe corrió a abrazarlo, no sabía qué decirle, pero esperaba que eso funcionara.
El monarca recordó la última vez que alguien le había consolado cuando lloraba, muchas decadas atras, demasiados años, cuando no le importaba verse débil frente a alguien, odiaba mucho que esa sensación se estuviese repitiendo, él ya no era débil, no era menos que los demás, detestaba con todas sus fuerzas cuando alguien quería ser más poderoso que él. Por un momento estuvo a punto de enfurecerse y empujar al príncipe de Liyue, sin embargo no concretó ese impulso poco inteligente al toser de forma compulsiva, su garganta sonaba dañada, no era algo que viniera de sus pulmones por el sonido, y no estaba seguro de que era, pero cuando Venti tosió un coágulo de sangre que cayó al piso, tanto él como Alatus se miraron igual de asustados.
Luego de desayunar juntos al dia siguiente, Crepus le propuso a sus dos hijos que pasaran una tarde en la playa del lago que estaba cercano a sus terrenos, Diluc aceptó entusiasmado, Kaeya por el contrario se miró los pies dudando, pues no se sentía feliz, y tampoco quería ir a ningún sitio para comprobar que ni siquiera cambiar de aires le ayudará a estar mejor. No obstante el señor Ragnvindr le tocó suavemente su mano vendada, y le preguntó con dulzura si quería ir a la playa o quedarse en casa, el niño miró a su padre, a su hermano y a Adelinde, todos ellos le sonreían comprensivamente, por lo que el príncipe se sintió culpable de arruinarles la experiencia, así que aceptó ir.
Adelinde preparó una cesta con alimentos y Crepus consiguió mantas y ropa de repuesto para sus hijos en caso de que decidieran bañarse en el lago, no tendrían que viajar mucho para llegar allí; Diluc correteaba inquieto e invitaba a Kaeya a atraparlo, este le siguió el juego por dos minutos, pero su cuerpo se cansó con facilidad. Mientras se dirigían al lago el príncipe dio unos pequeños jalones a la camisa de su padre para llamar su atención, luego extendió los brazos pidiendo ser cargado, al señor Ragnvindr se le dificultó llevar la canasta de las mantas y a Kaeya al mismo tiempo, así que Diluc se ofreció a llevar al príncipe en sus brazos.
Crepus rió y le dijo que lo mejor era entregarle la cesta en vez de a Kaeya, su hijo mayor se tragó su decepción y llevó la canasta mientras su padre cargaba al príncipe delicadamente en sus brazos, se había vuelto tan ligero que por un momento se arrepintió de dejarle a Diluc la carga más pesada; Kaeya abrazaba su cuello aferrado a él como un marsupial, era tan tierno que el señor Ragnvindr de vez en cuando lo besaba con dulzura. Al llegar a la playa depositó al príncipe de pie en la arena, Diluc corrió en dirección a la orilla y arrugó sus pantalones para meter los pies al agua, agachando la cabeza para buscar conchas de moluscos de agua dulce o algo bonito que le gustase a Kaeya.
Cuando encontró una linda selección de conchas, corrió de vuelta con los pies manchados de arena y le entregó su "tesoro" al príncipe, a Kaeya le parecieron un tanto aburridas, pero no dijo nada al respecto, solo sonrió y agradeció educadamente el regalo de su hermano; algo dentro de su cabeza le reprochó el no haberle contestado a Diluc que su regalo era horrible porque eran conchas opacas y algunas tenían algas verdes muy desagradables, mas el príncipe se deprimió por pensar eso, porque significaba que él era malo y cruel, y que ya no había esperanzas de cambiar. Diluc continuó trayendole todo aquello que le llamaba la atención, de pronto Kaeya agachó la cabeza con tristeza, pues su mente estaba siendo bombardeada con miles de frases horribles y malvadas contra sus seres queridos y contra sí mismo; Diluc notó que se sentía triste, por lo que muy suavemente tomó sus manos vendadas y lo miró a los ojos, preguntandole si quería formar castillos de arena con él.
Kaeya observó una vez más a sus acompañantes, todos lo veían con lástima y cariño, pero él sentía como si estuviesen esperando que dijera que si, que intentara estar mejor, así que tomó la decisión de ir con su hermano para construir un castillo; Diluc entonces lo tomó en sus brazos como había querido hacerlo, y lo llevó corriendo a la orilla. Por primera vez en muchos días el príncipe rió por la sorpresa y los nervios de ir en brazos de Diluc, Adelinde y Crepus sonrieron aliviados, les parecía alentador escuchar su hermosa risa.
Al depositar a Kaeya sobre la arena más humeda, Diluc se dispuso a tomar grandes puñados para crear la fortaleza del castillo, el príncipe se miró las manos, por un momento había olvidado que tenía vendas, ya no le dolían los dedos, ahora solo picaban, pero lo que le preocupaba era ensuciar las vendas y que algunos granos de arena se incrustaran en sus uñas en proceso de regeneración. Diluc vio el problema, y se fue corriendo a buscar algo, no tardó mucho en traer una pala de madera y una vara, con las cuales Kaeya podría colaborar con la creación del castillo sin ensuciar sus manos.
Diluc formaba estructuras con la arena y Kaeya las pulía con la pala, tambien dibujaba "ventanas" utilizando la vara, al principio se sentía feliz, después su energía fue apagándose, no pensaba en las cosas horribles que había pensado, pero se sentía sin fuerzas; de pronto Diluc gateó hacia él y se arrodilló delante, chasqueando los dedos para llamar su atención, el príncipe volvió en sí y recibió un beso en la nariz que lo hizo sonreír un poco más alegre. Adelinde y Crepus estaban sobre la arena cálida, ella de rodillas descansando mientras el señor Ragnvindr apoyaba la cabeza en su regazo, calmado y sonriente, con los ojos cerrados como si quisiera dormir; Adelinde jugaba con su cabello pelirrojo y deslizaba el dedo índice por los contornos de sus facciones, incluyendo los labios a los cuales les ponía especial atención.
Al mirar hacia atrás y notar distraído a su padre y a Adelinde, Diluc aprovechó el momento para darle otro beso a Kaeya, esta vez entre la mejilla y la comisura de sus labios, muy cerca de su boca, la cual Diluc fantaseaba con probar otra vez; el príncipe no tenía muchas ganas de increparlo, porque ya no quería discutir ni hacer nada que lo convirtiera en el monstruo que hacía daño con sus palabras. Luego de reflexionar un momento, Kaeya se levantó y miró el feo castillo que ambos improvisaron, y disimuladamente extendió el pie para derribar la base, silbando luego para fingir su inocencia; Diluc esperaba enfadarse por ello, pero en cambio le hizo gracia y rió sin rencores, al príncipe le extrañó que no le molestara, y su risa le parecía relajante, por lo que sonrió y se arrodilló delante de su hermano para abalanzarse sobre él y abrazarlo.
Diluc cayó de espaldas con Kaeya aferrado a su cuello, no pudo evitar mirar el cielo azul con unos brillantes ojos de emoción y enamoramiento, mientras abrazaba y besaba la frente del príncipe, susurrandole un "te amo" en voz baja para que los adultos no lo oyeran, Kaeya se preocupaba cada vez que Diluc le decía que lo amaba, por la sensación de que no tenía el mismo significado que las palabras de amor de su padre. Para tener una excusa que le permitiera alejarse momentáneamente de las conductas extrañas de Diluc, el príncipe le mencionó que se sentía cansado y que quería ir con Crepus, Diluc inmediatamente se levantó y lo tomó en sus brazos para llevarlo con los adultos.
En realidad Kaeya si se sentía cansado por haber perdido la costumbre de jugar y recrearse, como siempre algo de su mente ya no lo dejaba divertirse mucho, sentía un gran desgaste a pesar de no haberse movido mucho; Crepus se reincorporó del regazo de Adelinde y extendió sus brazos para tomar al príncipe, Diluc seguía con mucha energía y propuso hacer un agujero para cubrir de arena a Kaeya. El señor Ragnvindr le preguntó a su pequeño si quería ser cubierto por la arena, el príncipe aceptó con la condición de que Diluc no le ensuciara las manos cuando lo cubriera; mientras Diluc cavaba, Crepus sostuvo a Kaeya para besarlo y mimarlo dulcemente.
El príncipe no prestaba atención a su padre, pues le había surgido una nueva preocupación, un sentimiento de nostalgia y anhelo que odiaba y amaba al mismo tiempo, porque empezaba a extrañar muchísimo tocar instrumentos y estar en las clases de artes, por un lado tenía miedo de volver a Mondstadt y que todo saliera mal para él, pero por otro, una pequeña parte de sí mismo seguía buscando la felicidad. Como si leyera su mente, Crepus le preguntó si tenía ánimos de volver a la academia, Kaeya pensó un momento en la respuesta, y dijo que le preocupaba que Barbatos apareciera otra vez para molestarlo en la escuela.
El señor Ragnvindr le dijo que si tenía mucho miedo, podía contratar tutores de música y arte para enseñarle en casa, pero Kaeya se negó, pues no estar en un aula con muchos compañeros de clases era como privarse la mitad de la experiencia. Entonces Crepus le sugirió que volviera a la escuela, asegurandole que se mantendría cerca para cuidarlo cada vez que el rey intentara volver a acercarsele.
Un ruido caótico espantó a los cocineros del palacio de Barbatos, quienes salieron corriendo mientras el joven Alatus perseguía con su lanza a alguien que ellos no pudieron ver, pero que al parecer el príncipe de Liyue había detectado con su oído; los pasos acelerados de alguien de su edad se escabullían por los muebles de la cocina mientras él registraba cada rincón tirando violentamente las cosas al piso. Cuando supo la posición del intruso, Alatus tiró su lanza hacia una gran despensa con más de una compuerta para guardar la vajilla, el príncipe oyó el grito asustado de otro niño, que abrió la puertecilla más apartada de ese mueble y salió corriendo veloz, casi indetectable para él.
Sin demora corrió a buscar su lanza para seguir persiguiendo al intruso, saliendo luego de la cocina para meterse a las bodegas donde se almacenaban las cantidades innecesarias de comida y vino de calidad promedio para invitados, porque Venti se quedaba con las reservas de mejor calidad. El príncipe de Liyue corría de un lado a otro buscando a su pequeño enemigo, pero este silenciosamente gateaba entre las cajas y barriles, tenso pero concentrado en no llamar su atención.
El joven Alatus de pronto escuchó como esa sabandija huía corriendo al encontrar la salida, quiso seguirlo, pero al haber escapado por las calles de Mondstadt, le sería mucho más difícil encontrarlo; se rindió luego de un rato y volvió reprendiendose a sí mismo por haber fallado, mas al menos su descubrimiento confirmaba la hipótesis que le había mencionado Barbatos luego de haber tosido sangre. Cuando llegó a los aposentos del rey, Alatus abrió los ojos con desconcierto y dio un paso atrás en posición defensiva con su lanza, entonces escuchó la voz del monarca diciéndole: "no te preocupes, soy yo".
El aprendiz de Rhinedottir se ocultaba en los alrededores del castillo, sabía que era muy arriesgado para él, pero tenía que hacer algo para proteger a su maestra, por lo cual debía esperar a que volviera al palacio después de su tiempo de recreación. Apenas la vio aparecer a dos cuadras del castillo, salió rápidamente a su encuentro y la tomó de la mano arrastrándola hacia los callejones.
-¿Qué pasa? - le preguntó ella, su ayudante temblaba con nerviosismo.
-Alguien me vio - respondió el, Rhinedottir lo observó con suma severidad.
-¿En dónde te descubrieron?
-Estaba en la cocina, y llegó ese niño de Liyue y…
-Maldición, arruinaste el plan ¿Cómo no fuiste más cuidadoso?
-Yo… no estaba haciendo ruido, pero aun así él me escuchó, de alguna forma.
-¿Sabes lo que significa esto?
-Sí…
-Ya nos descubrieron, no puedo volver a pisar ese sitio sin que me manden a la horca, a ti incluido.
-Perdón…
-Da igual, ya no queda mucho para el festival, solo espero que el principito vuelva a Mondstadt para ese día, solo queda dar ese paso.
-Pero… ¿Y el rey?
-Ya que no podemos volver a aparecernos allí, será más complicado concretar la misión, no tenemos de otra más que burlarlo.
-Lo siento tanto…
-Ese niño nunca está en la cocina ¿Por qué habrá decidido hacerlo ahora?
-No lo sé…
-Lo hizo porque cometiste otro error - pronunció con firmeza ella, su asistente sollozó arrepentida - escuché a una de las sirvientas decir que Barbatos tosió sangre ayer ¿No controlaste la dosis? - preguntó, su asistente dio un paso atrás divagando con temor.
-Creí que sería más rápido si le daba más.
-Te equivocas, solo lo hiciste darse cuenta de todo. Me decepciona tu impaciencia - dijo Rhinedottir, su aprendiz agachó la cabeza y el piso comenzó a mancharse con sus pequeñas lágrimas - ¿Vieron tu rostro?
-No… nunca me quité este disfraz…
-Bien, eso es bueno, nadie debe reconocerte.
Dos días después de haber estado en la playa, Crepus subió las maletas de sus hijos a la carroza, esta vez volverían a Mondstadt sin Adelinde para que estuviera resguardada en la mansión, Diluc le juró a su padre que no se enojaría con él o con Kaeya si no iba a verlo a la academia, pues ya entendía que el príncipe necesitaba sus cuidados para no empeorar su estado. Kaeya temblaba durante el viaje, su padre le aseguraba que si cambiaba de opinión, solo debía decirlo y darían la vuelta para regresar al viñedo, pero el niño reprimió su temor y respondió en cada oportunidad que él quería volver a la escuela.
Llegaron de noche a la residencia temporal, Diluc, el cochero y el señor Ragnvindr bajaron el equipaje, Kaeya no se atrevía a entrar solo a la habitación rentada, pero tampoco habría sido capaz de ayudar a levantar las maletas aunque lo hubiese querido. No tardaron demasiado en estar instalados allí, y como Crepus sabía que su bebé estaría muy nervioso y asustado esa noche, propuso que sus dos pequeños durmieran con él para sentirse más seguros.
A pesar de su intento, el príncipe no dejaba de revolcarse inquieto y agitado en las sabanas, moviéndolas y destapando a Diluc y a su padre; el señor Ragnvindr suspiró con paciencia y tomó de la cintura a Kaeya para recostarlo sobre su pecho. El niño se acurrucó respirando profundamente, Crepus lo abrazaba, le acariciaba la espalda y los hombros, y besaba su cabeza, repitiendo el proceso sin cesar, poco a poco el príncipe se calmó, durmiendo sobre su padre un poco más tranquilo.
Al otro día Crepus dejó a sus hijos en las academias, y antes de despedirse de Kaeya, se agachó y lo tomó de los hombros diciéndole que había fijado las reuniones con sus socios en lugares cercanos a la escuela, por lo que llegaría rápido si el guardia le alertaba que Barbatos estaba allí; el príncipe trago saliva, no lo tranquilizaba más saber que su padre estaría cerca y que podría enfrentar al rey de forma pública, a su corta edad ya dimensionaba lo riesgoso que era para Crepus hacer algo en contra de Venti frente a tanta gente. Al entrar a su primera clase y contrario a lo que esperaba, sus compañeros no lo ignoraban, de hecho varios de ellos lo rodearon y miraron sus manos con preocupación, preguntándole si no había venido a las clases por sus heridas.
Kaeya se debatió entre hacer caso a la parte "maliciosa" de su cabeza que le pedía decir la verdad y contar con lujo de detalles como el monstruo que tenían por rey rompió sus uñas con una gran lima. Sin embargo predominó su pensamiento racional y prefirió decir que tuvo un accidente donde sus uñas se rompieron, pues al decir eso no sólo protegía a su familia de cualquier represalia, sino que también protegía su reputación en la escuela, que afortunadamente no se había visto afectada.
Si bien le aliviaba seguir teniendo amigos, su rendimiento otra vez estaba fallando, había olvidado tomar su medicina por lo que sus pensamientos se repletaban de escenas horribles de un futuro imaginario donde Barbatos mataba a su papá y se lo llevaba de los cabellos para torturarlo hasta que ya no le quedarán dedos, orejas ni su único ojo en el cuerpo. La profesora lo regañó por no prestar atención, él no se disculpó, en cambio la miró con tristeza, haciendo un conmovedor puchero mientras extendía sus manos para enseñar las vendas en sus manos; sonrió internamente cuando la maestra se sorprendió de verlo herido y le tocó un hombro diciéndole que por tratarse de un caso excepcional le perdonaría no tomar apuntes.
Al finalizar las clases, Kaeya y Lisa se buscaban mutuamente por los pasillos, ella para contarle que había logrado intervenir en su favor, él por el solo placer de ver su rostro otra vez; sin embargo, de pronto el príncipe sintió una pequeña mano saliendo de la nada, que tomó la suya y lo jaló hacia un aula del primer piso, cerrando rápidamente la puerta. Kaeya no podía verle el rostro por sus ropajes, pero gracias a esto lo reconocía como el aprendiz de Rhinedottir, y los maldijo a ambos por haberse aparecido, él ya no quería saber más cosas prohibidas, no quería tener nada que ver con sus intrigas, solo quería ser feliz.
Ese niño volvió a tomarlo de la mano luego de inspeccionar que no habían caballeros cerca, y lo arrastró nuevamente hacia la ventana, el príncipe intentaba resistirse, pero incluso ese niño más pequeño que él tenía más fuerza física. Entonces, al salir por la ventana, el aprendiz de Rhinedottir le hizo una seña para que dejara de quejarse, indicandole que más adelante había dos caballeros de Favonius custodiando las salidas de la Academia de Bellas Artes, Kaeya se calló y lo siguió, pues tampoco quería ser visto por ellos gracias al presentimiento de que si lo descubrían iban a castigarlo. El niño encapuchado lo guió agachado por los rincones, hasta meterlo a un callejón donde Rhinedottir los esperaba a ambos, tan cubierta como su asistente.
-Ha pasado tiempo ¿Cómo estás? - preguntó ella, el príncipe dio un paso atrás con desconfianza - veo que Barbatos te dejó heridas que aún no cierran, llegó jactándose ese día y enseñando su manos ensangrentadas como si aquello fuera digno de admirarse.
-¿Puedo irme ya?
-No, no puedes, tú y yo tenemos que hablar.
-No quiero hablar contigo, yo solo quiero irme con mi papá - respondió Kaeya, Rhinedottir rió burlándose de su ingenuidad - ¡No te rías!
-Puedo ayudarte a reunirte con tu padre - dijo la alquimista, el principe agachó la cabeza como queriendo evadir ese tema - sé que no eres tonto, sabes de lo que hablo.
-Yo quiero estar con mi padre, Crepus Ragnvindr.
-Comprendo eso, pero, mañana empieza el Ludi Harpastum, y será la oportunidad perfecta para ayudarte a que Barbatos nunca más te haga daño.
-No te creo… a ti no te importa si me hace daño o no.
-Tienes razón, me trae sin cuidado - reconoció ella, el príncipe dio otro paso atrás, pero lo detuvo la presencia del alumno de Rhinedottir a sus espaldas - pero si no escapamos mañana de Mondstadt, él seguirá machacando tus dedos, seguirá golpeandote, te quemará la piel con agua hirviendo, hará un sinnúmero de aberraciones contra ti ¿Podrías soportar eso? - cuestionó, Kaeya aguantaba las ganas de llorar asustado.
-No…
-¿Ni siquiera por tu amado padre? - preguntó ella, el príncipe titubeó, luego negó con la cabeza - él jamás dejará de torturarte, tarde o temprano encontrará una nueva excusa para ensañarse contigo, y tu cuerpo tan pequeño y frágil no lo resistirá.
-¿Cómo puedo evitarlo? Ya no quiero que me pegue, no quiero que me haga sangrar, no quiero que mate a mi papá - decía Kaeya llorando, el alumno de Rhinedottir la miró como preguntándose si ella se estaba preocupando por ese niño tanto como él, pero al parecer ella no estaba impresionada con su llanto.
-Tu única salida es huir de Mondstadt, sólo así dejarás atrás a ese degenerado, yo también tengo pensado huir de aquí - le dijo la alquimista, Kaeya restregaba su ojo, entonces el pequeño aprendiz de Rhinedottir extendió su pañuelo personal para secar sus lágrimas con delicadeza, Kaeya se fijó en él y quiso tocar su rostro oculto por la sombra, el ayudante de la alquimista evitó ser tocado por Kaeya, y este se entristeció por la negativa.
-Si huyo con ustedes ¿Qué pasará con mi papá?
-¿Con Crepus Ragnvindr? - preguntó ella, siempre fingía no entender a quien se refería Kaeya, y esto a él le molestaba.
-Sí, con él.
-Bueno, nuestro escape sería mañana así que no podremos llevarlo - dijo Rhinedottir, al ver que Kaeya estaba reacio a dejar atrás a Crepus, se le ocurrió decir algo para engañarlo - pero después de un tiempo cuando las cosas se calmen un poco, yo podría venir a buscarlo para llevarlo a Natlan con nosotros.
-¿Natlan?¿No iremos a Khaenri'ah?
-No, por ahora.
-Pero… ¿Por qué Natlan? - cuestionó el niño, la alquimista sonrió ladina, encontrando una forma de responder sin decir su verdadero plan.
-Natlan es una jungla, si Barbatos quiere encontrarte, le será muy difícil hacerlo si nos escondemos allí.
-Oh… Pero…
-Después de que se rinda, tú y yo iremos a Khaenri'ah, donde al fin estarás seguro.
-¿Lo prometes?
-Por supuesto - respondió ella, pero el príncipe seguía muy receloso - ¿Qué pasa? ¿Por qué no confías en mí?
-Porque… creí que me odiabas… - respondió el niño, Rhinedottir se echó a reír burlándose sonoramente de él, Kaeya agachó la cabeza para llorar, mas el aprendiz de Rhinedottir le tomó la mano con gentileza para que no se sintiera peor.
-Por favor niño ¿Por quién me tomas? Ni que tuviera algo contra ti. O contra tu estirpe.
Al otro día Crepus llevaba de la mano a sus hijos hacia el festival, quería ahorrarse disgustos manteniéndolos junto a él en todo momento, Diluc estaba dispuesto a esperar para ir a sus juegos y espectáculos favoritos en pos de que Kaeya no estuviera solo; al príncipe le estaba incomodando tanta protección de su familia, porque tenía que seguir las instrucciones de Rhinedottir, y con ellos tan cerca el plan podría arruinarse. Ella le indicó que buscase un show de magia con cortinas rosa salmón y una alfombra morada, la alquimista estaría enmascarada y disfrazada, entreteniendo al público con sus increíbles trucos antes de que Kaeya llegara.
En el castillo una silueta de tamaño un poco más bajo que el promedio de los hombres adultos salía lentamente montada en un caballo blanco, iba con una capucha de color marrón, camisa blanca y pantalones largos marrones, sus manos tenían los tendones más marcados y un par de arrugas y manchas, pero seguian conservando unas largas uñas barnizadas. Rhinedottir y su asistente hacían el espectáculo de magia, ella era la que hablaba con una voz más chillona y siniestra para no ser reconocida por los soldados; apenas vio a Kaeya cambió el tipo de truco, sacando una caja donde caería cualquier niño, y anunciando el clásico show de magia de clavar espadas en una caja sin hacer daño a quien estuviera dentro.
Rhinedottir pidió voluntarios para el truco, muchos niños levantaron la mano, entre ellos Kaeya, que estaba en brazos de su padre; la mujer sonrió debajo de su máscara y apuntó a Kaeya, diciéndole que lo había escogido a él; automáticamente el señor Ragnvindr desconfío, su hijo insistió en que quería ayudar a la maga con su espectáculo, e hizo un berrinche cuando Crepus lo abrazó más, como si no quisiera que fuese con ella. Crepus terminó cediendo a la presión y dejó a Kaeya en el suelo, el niño corrió hacia la alquimista y esta lo encerró dentro de la caja; mientras ella sacaba humo y recitaba palabras de "magia", el asistente de Rhinedottir abría una compuerta debajo de la caja, sacando al príncipe de allí y llevándolo a la parte trasera, esperando la señal para huir con su maestra.
Rhinedottir sonrió satisfecha, disfrutando prematuramente el sonido que escucharía segundos después, como algo melódico y relajante; una fuerte explosión sacudió la plaza donde estaban, el piso tembló y los presentes se desestabilizaron, Crepus cayó sobre una de sus rodillas y abrazó a Diluc protegiéndolo del peligro. Más explosiones comenzaron a oírse por todo Mondstadt, el encapuchado del palacio controló a su caballo cuando este se levantó en sus patas traseras, asustado por el horrible ruido; él miró al horizonte divisando las nubes de polvo y algunos focos de incendio, identificando el desastre como un producto de la pólvora, aquel "descubrimiento" que creía que pertenecía a él y a Morax, y que ahora estaba en manos de otras personas, confirmando sus temores y haciéndole gritar frustrado e indignado.
La gente en el festival se dispersó entrando en pánico, Rhinedottir tomó un pequeño carro de madera donde las personas de teatros ambulantes guardaban sus cosas, y aprovechó la confusión para correr entre los cientos de ciudadanos y titiriteros aterrados que querían resguardarse, Crepus se levantó con Diluc en sus brazos y gritó el nombre de Kaeya, la "maga" ya no estaba, y eso lo hizo temer lo peor, lo peor para él. Las explosiones continuaron, Kaeya temblaba recostado de lado dentro del carro, cubriendo sus oídos mientras lloraba confuso y asustado, algo le decía que todo ese caos era su culpa y que estaba cometiendo un grave error; el aprendiz de Rhinedottir lo abrazó apretadamente, él también tenía miedo, también sentía culpa, y aunque no se hablaban, ambos entendían que estaban pasando por lo mismo.
El príncipe tocó tímidamente la máscara de ese niño, quería ver como era debajo de ella, oír su voz, sentir su mejilla con sus manos vendadas, pues deseaba una conexión diferente, una donde el asistente de Rhinedottir no se ocultara de él, una donde pudieran jugar juntos como niños normales, sin presenciar muertes y sin causarlas. Las manos de ambos temblaban, entrelazando sus dedos mientras cerraban los ojos queriendo ignorar que afuera varios puntos de Mondstadt estaban en llamas; Rhinedottir se detuvo un momento y susurró hacia el interior del carro que era necesario que Kaeya también se pusiera una máscara y una capa.
Su aprendiz tomó lo pedido y se lo dio al príncipe, él se colocó ambas cosas, entonces la alquimista les dijo que salieran de allí porque continuarían a pie; Kaeya y ese niño salieron de su escondite y ella les tomó las manos, uniéndose otra vez a los artistas que huían hacia las afueras para salir de la ciudad. Sin embargo al llegar a la salida, un grupo de caballeros les interrumpió el paso con sus lanzas, pues tenían la orden de registrar a los extranjeros que entraban y salían de Mondstadt; Rhinedottir maldijo a Barbatos y con disimulo se alejó con los dos niños, poniendo en marcha su plan B.
Considerando que Venti ya tenía contemplado que podían escapar por las salidas oficiales aprovechando la confusión, nada desmentía que también enviara soldados a los acueductos, lo que significaba que meterse a los subterráneos sería una sentencia de muerte, así que, la alquimista decidió escapar por arriba. Era riesgoso meterse a las torres que estaban en las uniones de cada muro que rodeaba la ciudad, pero era necesario para llegar a la cima; Rhinedottir seleccionó una torre en específico y sacó un gran cuchillo, apegándose a las paredes, su asistente cuidaba de Kaeya, que la observaba arrinconado, esa mujer se veía dispuesta a matar a alguien, y eso le daba muchísimo miedo.
La vieron volver con ellos con el cuerpo y las manos manchadas de sangre, ella se quitó la capa ensangrentada y se limpió tanto como pudo, después les hizo una señal para que se metieran a la torre; corrieron luego por las escaleras hacia arriba, la alquimista echó un vistazo antes de cruzar la puerta hacia los muros, las pequeñas explosiones que seguían ocurriendo distraían a los soldados que custodiaban el lugar, y algunos no pudieron evitar bajar para ir en ayuda de sus seres queridos. Esa era la oportunidad que necesitaban, por lo que Rhinedottir tomó una cuerda y esperó pacientemente las últimas bombas que había preparado, unas que tenía dispuestas en el resto de las torres, para acabar con los pocos guardias que vigilaban la zona.
Kaeya gritó y se cubrió los ojos llorando, juraría haber visto a alguien volar por los cielos, ella le tomó con fuerza el brazo y se lo echó al hombro para bajar la torre con la cuerda, su alumno bajó después de ella, ambos se apresuraron hasta el punto de soltar las cuerdas antes de tiempo, y luego de levantarse adoloridos se escondieron entre los árboles. Esa instancia les sirvió para pensar en una forma de salir de allí sin atravesar el puente; entonces Rhinedottir propuso que se acercaran a las rocas del lago de sidra que rodeaban la ciudad, allí habían huecos donde podrían ocultarse hasta que cayese la noche para poder cruzar sin ser vistos fácilmente.
Cuando anocheció, Rhinedottir inspeccionó el movimiento en la ciudad, muchos soldados hacían un recorrido por dentro y por fuera, otros vigilaban desde el muro; cruzar por el puente no era una opción, hacerlo en bote los haría más fáciles de detectar, así que lo único que podían hacer era nadar tratando de sumergirse la mayor parte del tiempo para evitar que alguien lograse encontrarlos. Kaeya temblaba, el aprendiz de Rhinedottir intentaba calmarlo acariciando sus manos, pero el príncipe no podía estar tranquilo, porque incluso estando allí podía escuchar la voz de su padre, llamándolo con desgarradores gritos que le cansaban las cuerdas bucales.
El príncipe quería responderle, pero sabía que eso iba a arruinarlo todo, y le temía demasiado a la alquimista para hacerla enojar de esa forma; de pronto ella le tomó el brazo otra vez y lo obligó a lanzarse al agua fría con ella y su asistente, Kaeya se quejó pero Rhinedottir lo hizo callar, obligándolo a nadar sin chapotear, moviendo hacia los lados las extremidades en vez de patalear. A veces ella giraba a ver si los soldados estaban mirando el lago, así que forzaba al príncipe a sumergirse y continuar con ella por debajo del agua, era horrible para él tener que aguantar la respiración por tanto tiempo.
Milagrosamente llegaron a la otra orilla, Rhinedottir observó a su alrededor, podía escuchar a los grupos de soldados buscando a Kaeya, así que sin darles tiempo para reponer energías y estrujar sus ropas, tomó las manos de los niños y se los llevó hacia el bosque, no debían detenerse si querían salir de allí con vida. El príncipe estornudó y recibió un fuerte manotazo de la alquimista, pues sus ruidos podían atraer a los caballeros de Favonius; Kaeya se cohibió con temor, estaba arrepintiéndose de haber decidido escapar con ella, quería ver a su papá, quería eso con todas sus fuerzas y estaba reprimiendo las ganas de llamarlo para que lo llevara a casa.
Rhinedottir los obligó a caminar hasta la madrugada, su alumno resistía bien, pero Kaeya lloraba silenciosamente, pensando que todo estaba mal, que Rhinedottir había matado a gente inocente por su culpa y que ella también lo maltrataría como lo hacía Barbatos. En un momento las piernas del príncipe ya no lo soportaron más y cayó de rodillas, el asistente de Rhinedottir se colocó delante para tomar sus manos, pero ella los separó y levantó a Kaeya de un brazo, haciéndolo caminar sin detenerse.
Estaban cruzando la colina silbante cuando fueron vistos desde abajo por una caballería que vigilaba a los pies del gran árbol de Levantaviento, Rhinedottir se insultó a sí misma por no haberlos visto debido a ese árbol, y con todas sus energías corrió con los dos niños adentrándose hacia los árboles; Kaeya estaba exhausto y aterrado, su débil cuerpo no podía más, pero se forzaba a seguir al escuchar el galope de los caballos a lo lejos, tenía ganas de gritar y llorar, presintiendo que sería su fin. La alquimista no se sentía diferente a él, creía tener el control, pero en el fondo su corazón latía por el miedo y la adrenalina, ella pensaba en lo que pasaría dentro de unos minutos, en su plan fallando inevitablemente, pues ya no tenían nada que hacer contra una caballería más veloz y con más energía que todos ellos; podía permitirse perder la vida y fracasar en su sueño más grande, pero había algo que no aceptaría perder.
Repentinamente Rhinedottir dio una fuerte patada hacia el lado, su aprendiz exclamó adolorido y cayó de espalda dentro de unos arbustos, ella lo dejó atrás corriendo sin detenerse junto a Kaeya, quien miraba hacia sus espaldas preguntándose porque le había hecho eso a su asistente. Ambos ya casi no podían respirar, y al llegar a un claro se vieron rodeados por la caballería; en un intento desesperado por conservar su vida, Rhinedottir tomó de los cabellos al príncipe y colocó su cuchillo cerca de la garganta del niño, quien temblaba en shock por verse acorralado tanto por los soldados como por la persona que se suponía iba a salvarlo.
La alquimista sonreía histérica intentando mantener el control de la situación, sin embargo, algo rompió la estabilidad que había conseguido amenazando la vida de la herramienta más útil de Barbatos; el hombro y la mejilla de Kaeya fueron salpicados de sangre tibia, entonces él miró hacia atrás, Rhinedottir estaba de rodillas chillando de dolor, sosteniendo su mano atravesada por completo por una flecha de oro. El príncipe sentía que su conciencia se desvanecería por el terror, a duras penas podía escuchar el galope de un caballo blanco que se acercaba a sus espaldas, pero él no reaccionaba por lo confuso y choqueado que se sentía.
De pronto alguien se dejó caer del caballo y agarró con fuerzas los hombros de Kaeya con sus largas uñas, para girarlo y hacer que lo mirara a los ojos; el príncipe reconoció el color aguamarina en la mirada de esa persona, pero el resto lo confundía, la quijada era más cuadrada, las manos tenían los tendones marcados y un par de arrugas, el cabello era más largo, igual de negro pero con unas cuantas canas; no obstante algo le dijo que era él. Venti le miraba con los ojos amenazantemente abiertos, arrodillado a su altura, observando su pequeñez con severidad y locura; se veía más viejo, tal vez de 40 o 50 años, pero el príncipe le temía fuera cual fuera su estatura y apariencia, porque nada podía evitar que ya estaba de vuelta a las garras del monstruo.
Un día pasó luego de la captura de Rhinedottir, Crepus estaba en la sede de los caballeros de Favonius preguntando firmemente donde tenían escondido a su hijo, Frederica Gunnhildr intentaba calmarlo diciéndole que Kaeya estaba ileso, pero el señor Ragnvindr se enfureció gritando que si estaba ileso, debían devolverselo inmediatamente, pues no tenían razones para mantenerlo alejado de él. Diluc estaba presente, quieto por la preocupación e incertidumbre del estado del príncipe; mientras Crepus discutía furiosamente con todos los caballeros, el niño aprovechó para ir en silencio al subterráneo; en las escaleras escuchó claramente los sollozos de Kaeya, aún tenía que encontrarlo, pero al menos ya sabía que estaba allí.
Dentro de una celda Kaeya se encontraba sentado en el piso de piedras, agarrándose el cabello y restregandoselo mientras gimoteaba, pues estaba solo en un lugar oscuro y frío, y sus pensamientos no dejaban de repetirle que lo torturarían y lo dejarían allí para siempre, y que nunca más volvería a ver a su padre. El príncipe se revolvía el cabello apretando el antebrazo contra sus orejas, como si no quisiera oír nada; no resistió más el martirio de su propia mente y se arrancó con fuerza algunos mechones de pelo, gritando y explotando en llanto sin poder controlarse.
Diluc lo escuchó entrando en pánico, y sin importar que lo descubrieran ahí, gritó el nombre de Kaeya esperando respuesta; el príncipe se preguntó si su hermano estaba allí, y gritó de vuelta el nombre de Diluc, este corrió hacía el interior del calabozo diciéndole a Kaeya que siguiera hablándole para encontrarlo; el príncipe llamaba a su hermanastro luego de correr hacia los barrotes para agarrarlos, mas de pronto alguien abrió su celda con una llave, estaba muy oscuro, pero el príncipe supo que se trataba del inspector Eroch. Este le tomó un brazo y lo obligó a caminar hacia la salida de emergencia, Kaeya gritó por ayuda llamando a Diluc, pero ninguno de los dos pudo encontrarse cuando Eroch levantó al príncipe y le cubrió la boca para salir de allí.
En un edificio junto a la gran plaza, unos soldados escoltaban al rey hacia la habitación donde tenían encerrada a la alquimista para esperar su ejecución; Barbatos lucía algo más viejo que el día anterior, por eso se cubría con su capucha para que nadie viera su rostro, sin embargo algunos caballeros no pudieron evitar fijarse en sus manos arrugadas. El monarca abrió la puerta y se encerró en el cuarto, la alquimista estaba de rodillas con las manos libres pero con los pies encadenados, la habían golpeado y por ello tenía hinchazón y moretones en el rostro, pero parecía tranquila, y sonrió burlona al ver a Venti intentando esconder su vejez.
-No creí que dejaría su preciada aqua vitae por miedo a mí - comentó ella, Venti se sentó en una silla justo frente a ella, separados solo lo suficiente para que no pudiese tocarlo.
-Tengo algunas reservas que dejó mi antiguo alquimista, pero debo guardarlas para cuando sea necesario presentarme al público - dijo tranquilamente el rey, ella sonreía resignada.
-Nunca envenené el aqua vitae, habría sido demasiado obvio, me habría delatado antes de tiempo - comentó ella, el monarca la miraba con desconfianza - lo que envenenaba era su comida.
-¿Qué tipo de veneno es ese?
-Yo misma lo creé, con la dosis adecuada causa síntomas respiratorios que se confunden fácilmente con la gripe, luego de varios días de exposición la persona muere aparentemente por un ataque cardio respiratorio que puede ser atribuido al "resfriado" - le explicó ella, Venti ocultaba debajo de la capucha una expresión de profundo odio - lo que causa en realidad al momento de morir es una hemorragia interna.
-¿Por qué matarme tan lentamente?¿Lo disfrutabas o solo fuiste estúpida?
-Además de disfrutarlo, era lo más sabio ¿Quién habría sospechado que su muerte fuera por envenenamiento? Tratándose de un anciano en el cuerpo de un joven, todos se imaginarían que su edad al fin le pasó la cuenta - dijo Rhinedottir, Venti permaneció en silencio y tomó una botella que tenía en el bolsillo para bebersela de un trago, entonces su rostro se deformó por unos segundos y toda su piel se retorció hasta que quedó tersa, sus huesos también se retorcieron hasta hacerse un tanto más cortos - siempre es grotesco de ver.
-Así que, usted era una espía de Khaenri'ah - comentó Barbatos luego de volver a su aspecto juvenil, la alquimista se rió al oír esa afirmación.
-Válgame, no. No trabajo para el rey de Khaenri'ah, allí las personas como yo no son bienvenidas - afirmó ella mientras Venti se levantaba para servirse una copa de vino.
-Entonces ¿Para qué llevarse al heredero de Surya Alberich? - cuestionó él dando la vuelta con la botella de vino y la copa.
-Quería esconderlo en Natlan y "negociar" su rescate.
-¿Sólo por eso? Qué plan más peligroso por una simple recompensa en dinero.
-¿Por dinero? Se equivoca, yo quería algo más grande - respondió ella, Barbatos la miró intrigada.
-¿Qué pretendías lograr?
-Khaenri'ah era de los alquimistas, cientos de años de historia, de cultura y patrimonio estan todavia alli, incluso hasta el dia de hoy, los que nacimos allí y nos adentramos en este arte, solo para tener que huir después, soñamos con no tener que ocultarnos, y los alquimistas de otros sitios, sueñan con la tierra que nos fue arrebatada. Negociar con el rey Alberich para que nos devuelva nuestro derecho de ser lo que somos en Khaenri'ah, es algo que yo y muchos quisiéramos lograr, y ese niño, es una oportunidad de oro.
-Dudo que sean tantos los alquimistas que tengan ese capricho, es solo un pedazo de tierra insignificante.
-Sus caprichos no son superiores, un tipo obsesionado con la juventud, con miedo a morir, como si no pudiesen ocurrir accidentes, como si la muerte no llegase también de mala forma.
-Tranquila, no volveré a descuidarme - comentó él bebiendo vino, entonces movió el sobrante en el fondo de la copa mientras pensaba en algo - usaste pólvora…
-Ah sí, mi gente ya sabía de esa maravilla, la usamos para nuestros fines personales.
-¿La comercializan? - preguntó él escondiendo su preocupación, Rhinedottir se rió, disfrutando ver el miedo en su rostro.
-No, es demasiado letal para hacerlo, a menos que cierto rey mande a ejecutar a una de las alquimistas más prodigiosas, eso no le gustará a mis amigos - comentó ella, Venti se quedó callado mientras servía más vino en la copa - ¿Dejará que mis compañeros alquimistas difundan su "mejor secreto"?
-Eso extendería mucho la guerra…
-Exacto, ya no tendrías tu "infinita ventaja", solo obtendrías más años de guerra, más pérdida de recursos, más bajas. En retrospectiva ¿Te conviene perder eso para vengarte de mí? - cuestionó ella sonriendo, Barbatos movió el contenido de la copa y se levantó serio pero tranquilo.
-Lo siento, pero prefiero arriesgarme - respondió él, entregandole la copa para que la alquimista pudiese tomar el último trago de su vida; Rhinedottir se quedó callada, luego rió en voz baja con resignación, tomando con orgullo la copa para beber.
Eroch llevaba a Kaeya corriendo hacia la plaza, cubriéndole la boca para que no gritara por ayuda, sin embargo Diluc se había dado cuenta de que se estaban llevando al príncipe, y alertó a su padre para que fueran a rescatarlo; sin sutilezas Crepus preguntó a unos soldados donde estaría el rey, ellos respondieron que vería la ejecución de la terrorista desde un balcón de la plaza pública, y entonces el señor Ragnvindr supo de inmediato a donde dirigirse. Eroch se metió al edificio y subió hasta el tercer y último piso para entregar a Kaeya a su soberano, el niño pataleaba llorando, tanto que el inspector lo dejó rápidamente en el suelo y se retiró para que alguien más se encargara de él.
Alatus se acercó cargando su lanza, mirando al principe de Khaenri'ah como si estuviera esperando órdenes para asesinarlo allí mismo; Kaeya temblaba, acorralado entre la lanza del príncipe de Liyue y la pared de esa habitación, al girar la cabeza vio a Venti saludándolo muy sonriente. Una vez más estaba a la merced de Barbatos y su nuevo cómplice, Kaeya veía fijamente a Alatus, ya no solo tenía miedo y tristeza, ahora sentía odio y decepción de él, creyó que sería un buen niño, pero era igual que el rey, de la misma calaña cruel y sádica; notó también que había una bebe en una cuna de ese cuarto, aquella que parecía ser lo único que realmente le importaba al príncipe de Liyue.
-¡Barbatos! - gritó Crepus desde la escalera en el primer piso, llevaba su espada en la mano, Diluc también llevaba la suya, y espalda con espalda se mantenían en guardia rodeados por 6 caballeros de Favonius que no los dejarían pasar - ¡Devuelveme a mi hijo! ¡Sé muy bien que está contigo!
-Vaya, sigue tan insolente ¿Debería decir que lo maten? - comentó Venti, Kaeya se sobresaltó.
-¡No por favor! - le rogó el príncipe de Khaenri'ah, el monarca disfrutaba mucho verlo llorar.
-¡Deja ir a mi hijo o sabrás de lo que soy capaz! - gritó el señor Ragnvindr, Kaeya veía con impotencia el odio que expresaba el rey hacía su padre, pues él estaba arrinconado gracias a la lanza de Alatus, sin poder hacer nada.
-Qué molesto, realmente está pidiendo que lo mate - dijo Barbatos, el príncipe de Liyue le puso atención y se distrajo un momento, entonces Kaeya miró a Ganyu con una idea desesperada y perversa.
-¿Quiere que lo mate? - preguntó Alatus, entonces el príncipe de Khaenri'ah corrió hacia la bebé y la tomó en sus manos - ¡Déjala ir!
-¡Deja ya a mi hijo! ¡Haré lo que sea! - le gritó Crepus al rey mientras lo reducían a él y a Diluc, sujetándolos mientras se retorcían, Diluc furioso, y Crepus desesperanzado - ¡Kaeya!
-¡Hablo en serio, sueltala! - rugió Alatus, pero Kaeya le enseñaba a la bebé, interponiéndola entre él y el arma del príncipe de Liyue, sonriendo como si hubiese recuperado la seguridad.
-Vaya… Esto se puso interesante - comentó Venti al observar como el príncipe de Khaenri'ah estaba dispuesto a utilizar a Ganyu en contra de Alatus, cuya lanza comenzó a temblar por su temor.
-Déjala por favor… - le pidió Alatus, pero Kaeya no se compadeció, estaba dispuesto a usar a esa bebé como escudo si ese niño no dejaba de amenazarlo.
-¡Sueltenme! - exclamó el señor Ragnvindr retorciéndose desesperado, llorando por el enorme estrés al cual estaba expuesto, creyendo que a su hijo le estaba ocurriendo lo peor, y sintiéndose un completo inutil por no poder hacer nada - ¡Tengo que ver a mi bebé! ¡Dejenme ir por favor! ¡Se los suplico!
-Papá… - susurró Diluc al oírlo llorar, era la segunda vez que lo veía romperse; Kaeya también escuchaba su llanto mientras reía nervioso, entre la satisfacción de verse libre y la enorme culpa por los medios que estaba usando, y por sobre todo debido a que una vez más hizo llorar a su padre.
-¡Papá! ¡Todo está bien! ¡Él no me hará daño! - le gritó Kaeya retrocediendo hasta la puerta, enseñando a Ganyu que lloraba extendiendo sus brazos hacia su hermano mayor - ¡Él no me lastimará nunca más, te lo juro! ¡Nos iremos juntos a casa, pero por favor no llores más!
-Ganyu… - susurró Alatus tirando su lanza al piso y levantando sus manos en señal de rendición, Venti aplaudió dándose la vuelta para ir hacia Kaeya, quien retrocedió hasta la escalera asustado, y amenazó con dejar caer a la bebé estirando sus manos hacia los escalones - ¡No!
-Increible, que buenas tácticas, eres todo lo que esperaba de ti - comentó Barbatos flexionando un poco las rodillas para ver al niño directo a los ojos - de hecho tienes razón, no te torturaré, por hoy.
-No te creo - pronunció Kaeya sin mover a Ganyu de su lugar, el monarca rió todavía más fascinado.
-Te lo juro, no voy a golpearte ni haré que otros lo hagan por mi, aunque, a cambio debo pedirte que dejes a esa niña en su cuna.
-Si no cumples, volveré a hacerlo - amenazó el príncipe de Khaenri'ah, Venti sonrió agraciado por esa actitud tan manipuladora.
-Palabra de rey - pronunció Barbatos; entonces, lentamente Kaeya regresó hacia la cuna de Ganyu para dejarla allí, luego Venti tocó su hombro con orgullo - dile otra vez a tu padre que estarás bien y que lo verás en unos minutos.
-¡Papá, estoy bien, no te preocupes, bajaré dentro de poco! - gritó Kaeya, Crepus escondió el rostro sollozando, pues no podía creerle hasta tenerlo frente a frente.
-Muy bien, ahora, ven conmigo, mi pequeño monstruo.
Barbatos extendió su mano, Kaeya tardó en tomarla por la desconfianza, mas tarde o temprano caminaron juntos hacia el balcón, el príncipe vio entonces a una enorme multitud reunida alrededor de la plaza, donde tenían montado una especie de escenario de madera rodeado por soldados, la única persona sobre ese escenario era un tipo musculoso con una bolsa en la cabeza y un hacha enorme que sostenía sin problemas. Lisa estaba entre el público, y al ver aparecer a Venti en el balcón, para luego darse cuenta de que Kaeya estaba a su lado, la sangre de la muchacha se heló, y ella empezó a abrirse paso entre el público para tratar de sacarlo de allí, pues sabía muy bien lo que quería conseguir el rey.
Apenas apareció el monarca, los escoltas de la guardia llevaron hacia el escenario a Rhinedottir, que tenía la cabeza gacha en completa resignación y las manos atadas, el príncipe se sobresaltó en cuanto la vio y quiso dar la vuelta, pero la punta de la lanza de Alatus, que estaba oculto a espaldas de él y de Barbatos, le impedía mover la espalda y girarse. Venti comenzó a hablar, acusando a la alquimista de haber participado en un complot de Snezhnaya para provocar un atentado terrorista en Mondstadt que cobró la vida de 27 personas, entre ellas 5 niños; Kaeya apretó los párpados al enterarse de ello, se arrepentía demasiado por haber escapado, como si aquellas muertes fueran su culpa.
Lisa apartaba a las personas de la multitud para correr hacia el edificio, al estar cerca quiso gritar su nombre y hablar del estatus de su familia para que la dejaran pasar, pues no podía permitir que un niño como Kaeya presenciara algo tan horrible como una ejecución; sin embargo, le sorprendió ver que no era la única que quería hacer eso, pues frente a los guardias de la entrada estaba una niña rubia con el uniforme de la academia militar, hablando con firmeza delante de los caballeros. La niña dijo llamarse Jean Gunnhildr, hija de Frederica Gunnhildr, alto mando de los caballeros de Favonius, ella exigía con autoridad que la dejasen pasar para hablar inmediatamente con el rey, los soldados se miraban los unos a los otros, contrariados por causa de esa niña, tratando de explicarle que tenían órdenes de no dejar pasar a nadie más.
Barbatos continuó con su discurso, enseñándole a Kaeya al público, señalandolo como un "pobre niño de Mondstadt que fue secuestrado por la terrorista", y jurando ante ellos que nunca más un niño de Mondstadt sufriría destinos tan crueles como aquellos, pues él lo daría todo para evitar que algo así volviera a ocurrir. Rhinedottir miró hacia arriba, y sus ojos se encontraron con el príncipe, quien temblaba sin escapatoria desde el balcón, escuchando como Venti le decía que mirara muy bien, pues si no lo hacía, él daría la orden de que asesinaran a Crepus y a Diluc en el primer piso.
Nadie abajo se fijaba en la expresión atemorizada de Kaeya, sólo tenían ojos para el rey y su discurso tan "noble" e "inspirador"; lo que más quería el niño era dar la vuelta y huir, pero Alatus lo obligaba a permanecer quieto y en silencio, deseando en el fondo hacerle más daño al principe de Khaenri'ah por haberse metido con su amada hermanita. Rhinedottir era la única que mantenía la cabeza mirando directamente a Kaeya, el pequeño tenía sentimientos confusos al respecto, ya que mientras el verdugo levantaba el hacha, ella le sonreía con una expresión pacífica.
El príncipe no entendía porque le estaba sonriendo, si se estaba riendo de él, si le sonreía para calmarlo o si lo hacía con dolor, todo era muy confuso, pero él no se atrevía a cerrar los ojos, pues hasta le temía a la posibilidad de que por solo pestañear, Barbatos decidiera matar a su papá y a su hermano. Fue tan repentino cuando ocurrió que Kaeya aguantó la respiración, su presión bajó de golpe al presenciar el filo cortando de un solo tajo la cabeza de Rhinedottir, que se desprendió cayendo al escenario mientras de su cuello brotaban borbotones de sangre que se derramaron hasta el borde, colándose entre los adoquines de la ciudad.
