Hola, sé que la página otra vez estaba presentando fallas con las notificaciones, por lo que espero que no se hayan perdido el anterior capítulo.


10. Yue

Santuario – Hospital

Ana María se encontraba en su consultorio haciendo un examen rutinario, su cabello oscuro estaba elegantemente recogido en una moña, como única forma de controlar su alborotada melena, mientras su perfecta piel ébano brillaba bajo la pulcra e inmaculada bata blanca contrastando de forma maravillosa, sus hermosos ojos color miel seguían de cerca los movimientos de su pequeño paciente, quien con sus inmensos orbes azules observaba cada detalle de la doctora.

Dean estaba entretenido en el aparato que sostenía Ana María, la luz en la punta del artefacto causaba una enorme curiosidad en el niño que buscaba la forma de alcanzarle. Camus no pudo evitar dejar salir una ligera sonrisa al ver a su hijo tan absortó en el examen, que hasta había olvidado el pequeño malestar que en un principio los llevó a ambos a buscar a la pediatra.

Finalmente, Ana María sonrió con ternura, misma simpatía que la había acompañado desde que llegó al Santuario, y con su delicada mano de dedos largos acarició los cabellos cerceta del más pequeño, que día a día, se parecía más a su padre.

—Son sus dientes —dijo ella tomando al niño entre sus brazos, logrando que el pequeño recostara su cabeza sobre su pecho—. Que adorable eres —continuó para luego entregárselo al Santo—. Sus dientes están empezando a salir, por eso llora tanto. Estará así por un tiempo.

—¿Qué puedo hacer para calmar su dolor? —preguntó dejando a Dean sobre sus rodillas.

—Puedes darle este antibiótico —explicó con voz serena—, masajear un poco sus encías, además de darle un juguete para morder de silicona, preferiblemente uno que se pueda enfriar un poco, eso les ayuda. Si ya come sólidos, eso también servirá. No te preocupes —pidió observando el semblante del guerrero que no se veía muy contento con la información—, los niños son muy fuertes, se repondrá más rápido de lo que crees. Estará bien, debes tener mucha paciencia.

—Y pensé que el golpe que se dio la otra vez era lo más fuerte que le había pasado esta semana.

—¿Se golpeó? —preguntó divertida.

—Está intentando caminar, y se golpeó contra una mesa. No fue nada grave, pero me dolió más a mí que a él. Ahora todo mi templo tiene seguro para niños.

—Es normal —expresó con simpatía—, es el primero de muchos golpes, mientras siga teniendo un padre tan amoroso, estará todo bien.

—Gracias —dijo Camus observando una fotografía sobre el escritorio de la doctora, donde dos apuestos hombres de sonrisa deslumbrante se encontraban—. ¿Tu familia?

—Mi padre y mi hermano mayor, sí —contestó con un pequeño brillo de tristeza que no pasó desapercibido para el dorado—. Es que ellos no se llevan bien —prosiguió ante el desconcierto del hombre—, y no se han hablado durante muchos años. Eso me agobia un poco.

—Siento mucho escuchar eso, Ana María. Espero que las cosas con tu familia se solucionen pronto.

—Lo dudo mucho, para mi padre existen las cosas buenas o malas, no hay puntos intermedios. Y las cosas malas no merecen su atención. Mi hermano está del lado equivocado de la balanza. No creas que mi padre es un mal hombre, es solo que, desde que mamá murió ha hecho todo lo posible por darnos una buena vida y mi hermano, no le hizo el trabajo fácil.

—Las familias son complicadas —suspiró—. ¿De dónde eres? Discúlpame que te haga tantas preguntas —reparó al ver el rostro de Ana María y se sintió atrevido—. Es que no sé mucho de ti, y vengo a aquí seguido —señaló a Dean.

—Nací en Haití —contestó ella ignorando la imprudencia, si es que había una—. Cuando cumplí quince, mi padre y yo, nos fuimos después de un gran esfuerzo a vivir a Estados Unidos y un profesor de la universidad me recomendó con la Fundación Graude, y fue cuestión de tiempo conseguir este puesto. Y aquí estoy.

—Que buen resumen —bromeó haciendo sonreír a la doctora mientras Dean golpeaba el escritorio buscando un poco de atención—. Debes tener muchas cosas que hacer —continuó poniéndose de pie—, es muy grato hablar contigo. Lamento la tardanza de esta consulta.

—No es ninguna molestia —comentó ella caminando hacia el guerrero y el niño—. Además, nunca había tenido pacientes más sanos. Dean, y los otros pequeños siempre están en buenas condiciones. Creo que todo este misticismo del Santuario, y eso del cosmos y todo eso, hace que sus niños sean muy fuertes.

—Sí, tiene algo que ver. ¿Irás a la fiesta de Dean? No solemos hacer muchas celebraciones en el Santuario y un cumpleaños es toda una novedad. Pero la señorita Athena insiste, así que no podemos ir en contra de ella.

—Desde luego que iré, no me la perdería por nada del mundo.

—Te espero allí entonces.

Grecia

Mu se encontraba en una tienda comprando una elegante camisa, la cajera que en ese momento lo atendía sonreía coquetamente sin disimular ni un ápice, pero el lemuriano estaba tan entretenido en su compra que realmente no prestaba atención a ese detalle, finalmente, la joven se dio por vencida cuando el increíble hombre se marchó del lugar sin dejar la mínima evidencia de que le importara concretar algo con ella.

El dorado salió del almacén muy feliz con su compra, caminando por las calles de la ciudad se apresuró a volver al Santuario, ya que no contaba con mucho tiempo libre.

—Hola caballero —le saludó Sorrento acercándose con elegancia y Mu se preguntó como hacia el general para siempre verse tan radiante y bien arreglado—. Es muy agradable encontrarme contigo.

—Sí, estamos coincidiendo mucho últimamente, ¿acaso me acechas?

—No, para nada, pero esa planta que compraste se vería mejor sobre tu escritorio de color cobrizo que está en tu cuarto bajo la ventana —bromeó contagiando a Mu—. ¿Tienes algo de tiempo libre? Podemos ir por un café. Como amigos.

—De hecho, me escapé del Santuario para comprar esto. —Levantó su bolsa—. Es una camisa que vimos la otra vez con Saga, y a él le gustó mucho y quiero darle la sorpresa.

—Que novio tan comprensivo —expresó con sonrisa ladina—. Algunos tienen mucha suerte.

—¡Tienes un gato! —anunció Mu con tanta alegría que omitió campalmente el tono coqueto del otro—. ¿Cómo se llama?

—Aún no tiene uno —dijo levantando el guacal en el que un hermoso gato de color gris se encontraba, el felino era tan pequeño que apenas se le podían ver sus brillantes ojos—. Lo encontré hace poco, estaba atrapado en una reja, me costó mucho trabajo rescatarlo —explicó enseñándole a Mu unos pequeños rasguños—. Estaba muy asustado. Venimos del veterinario, está muy bien o eso dijo el doctor.

—Es hermoso. Que bueno que lo salvaste. Eres muy gentil.

—¿Te gustaría quedártelo? —preguntó entregando el guacal en lo que Mu se echaba un poco hacia atrás—. Dijiste que era hermoso.

—Sí, pero no sé si podría hacerme cargo de él.

—Por favor, Mu. Yo no puedo quedarme con él, no tengo tiempo para cuidarlo, de hecho, en este momento me dirigía a un refugio para animales, y me partiría el corazón dejarlo en un lugar así. Quédatelo, ¿sí?

El lemuriano volvió a dar un paso hacia atrás, mientras que Sorrento insistía abiertamente en entregar al gato.

—Acéptalo, por favor, ya está desparasitado y le dieron un antipulgas. —Mu seguía sin estar seguro—. Te ayudaré con todos los gastos necesarios, si ese es el problema.

—El problema no es ese —se explicó con rapidez—. Él podría perderse en el Santuario. Pero… No sé, tal vez, se acostumbre a estar en el templo. —Sorrento sonrió ampliamente.

—¿Entonces lo aceptas? —preguntó con dulzura, en ese momento tanto el gato como el general estaban haciendo un buen trabajo al llegar al corazón de Mu.

—Bueno, está bien.

—Genial.

Santuario — Campos de Entrenamiento

Como todos los días un grupo de Santos dorados se reunía para ejercitarse y formarse como de costumbre en nuevas técnicas de ataque y defensa, a esa hora, el entrenamiento había sido un éxito, demostrando que, pese a los tiempos de paz, los guerreros seguían siendo tan fuertes y poderosos como siempre.

En ese momento el entrenamiento ya había acabado y ahora cuatro santos estaban sentados en las gradas conversando de varias cosas. Camus quien pasaba por ahí con Dean, caminó hasta ellos para hacerles un poco de compañía.

—Chicos, ¿cómo están? —saludó el francés a Shaka, Ángelo, Aioria y Afrodita—. No sabía que ustedes dos ya habían vuelto a los entrenamientos —se dirigió a Leo y Piscis.

—De hecho, no —contestó el sueco—. Solo quería un poco de aire —suspiró.

—¿Con los bebés? —Camus observó la carriola al lado del peliceleste—. ¿Te parece correcto traerlos al entrenamiento? ¿Sabes lo peligroso que es que los bebés estén aquí? Alguno podría salir lastimado.

—¿Lastimados por quién? —Quiso saber Shaka—. Tenemos perfecto control de nuestro cosmos, no creo que corramos con algún accidente.

—Además, llegué hace poco, cuando ya habían terminado.

—De acuerdo —expuso Acuario—, y contestando a tu pregunta, Shaka, ¿Quiénes estaban hoy en el entrenamiento? ¿Acaso Aioros no los estaba acompañando hoy?

—Mi hermano no es tan idiota. —Defendió Leo—. Además, es uno de los mejores. Hay más posibilidades de que Máscara de la Muerte nos mate a todos antes que mi hermano.

—¡Oye! —bramó el aludido—. Eso fue hace tres años y fue un accidente, Leo.

—Casi me lanzas al infierno, demente.

—Estabas insoportable, te lo merecías, muchos aquí me lo hubieran agradecido.

Aioria cruzó los brazos molesto para luego hacer un ligero puchero.

—¿Cómo le fue a Dean? —interrogó Afrodita—. ¿Qué tiene?

—Le están empezando a salir sus dientes —explicó en lo que el bebé intentaba agarrar el cabello de Aioria—. Por eso su incomodidad.

—Pobre pequeño —dijo Shaka, mientras Camus lo observaba con desdén sin estar muy convencido de las palabras del indio—. ¿Qué? —Todos lo miraron indignados—. En realidad, no odio a los niños, solo al malcriado del hospital y a otros cuantos. —Analizó—. Bueno, si odio a los niños, pero no a mi querido sobrino —continuó tomando las manos del más joven quien le agradeció con la más bella sonrisa—. Miren, él no es malo como los otros.

—¡Papa! —musitó el infante.

—¡No! —acotó Camus—. Yo soy tu papá, no ese. Es la primera vez que dice papá y te lo dice a ti. ¡Te robaste mi momento, Shaka!

—Lo siento.

—No lo sientes, ¿cierto? —dijo Ángelo.

—No —contestó el rubio divertido, en lo que Camus rodaba los ojos.

—¿De verdad es la primera vez que dice papá? —Quiso saber Aioria.

—Sí, siempre decía: 'pa, pa'. Esta vez fue diferente.

—Ay, no te quejes —interfirió Virgo—. Además, dijo papa, no papá.

—Eso quiere decir que tienes cara de papa —le dijo Cáncer a Shaka haciendo reír al resto.

—Eso me reconforta —soltó Camus.

—Cuando mi Eryx empiece a hablar —comentó Aioria con esperanza—. Por ahora solo quiero dormir. Eryx no deja de llorar en toda la noche.

—¿Estará enfermo? —preguntó Acuario.

—No, simplemente no se puede dormir, y se pone de malgenio. Es tan histérico como su madre.

—Le dije a Marín que eso podía pasar —observó Shaka—. Todo el embarazo se la pasó gritándonos a todos.

—En serio, adoro el hecho de que Marín ya no esté embarazada —continuó Aioria—. He descansado tanto. Marín me maltrataba —bromeó intentando esconderse entre los brazos de Afrodita.

—¡Largo!

—Aquí nadie me quiere —expuso—. Marín ya no está embarazada, lo cual es muy genial. Tengo la suerte de poder tener a mi bebé entre mis brazos, lo cual es muy grato. Soy el hombre más feliz.

—¿Y por qué estás acá? —interrogó Ángelo con malicia.

—Porque Marín y el bebé no dejan de gritar —contestó en un puchero.

—Así que escapas de tus deberes como padre. —Aioria observó indignado a Shaka.

—¿Qué? Solo es un rato, Marín se largó ayer a Blizz por dos horas. ¡Dos horas!

—No, que tragedia. —Camus sonrió divertido.

—¿Sabes que nos ha funcionado a Seika y a mí para hacer dormir a los bebés?: Caminar con ellos en brazos por todo el templo, después de una hora, se duermen.

—Esa idea me gusta.

—A mí lo que me funciona con Dean: es un baño caliente, un masaje con aceite de manzanilla y leer un cuento. El truco está en poner el tono más aburrido que tengas.

—Que bueno que tú no tienes que esforzarte mucho, ya tienes un tono aburrido —bromeó Aioria en lo que todos reían y Camus refunfuñaba.

—Tu técnica me gusta mucho —interrumpió Aioria—. La pondré en práctica.

—Yo también —secundó Piscis.

—¿De cuándo acá los entrenamientos se convirtieron en consejos para padres? —preguntó Ángelo a Shaka.

—Ahora es un club, el club de los padres —prosiguió Virgo—. Deberían ponerle un nombre, como: 'El club de los fracasados'. —Los otros tres le miraron molestos—. Pueden cambiarle el nombre, hay variedad.

—Sí —continuó Cáncer—. Como: Perdedores, inútiles, molestos e inútiles. Tienen de dónde escoger.

—Si no es porque Dean está aquí, los asesinaría a ambos. —Amenazó Leo.

—Ay, no te preocupes yo ya me voy. —Alentó Camus.

—De hecho, yo me voy también —expuso Dita, para luego girarse hacia Aioria—. Gracias por pensar en mis hijos.

—¿Qué?

—Dijiste solo Dean. ¿Y mis hijos qué? Ellos pueden asustarse con los gritos.

—¿Cuáles gritos? —Se indignó el italiano.

—Los de Aioria, claro. Dudo mucho que él pueda con ustedes dos. —Apuntó Piscis.

—¡Hey! —dijo Leo poniéndose de pie—. Yo podría con todos ustedes, sin ninguna ayuda.

—Sí como no —dijeron los otros alejándose del griego.

—¡Oigan!

—¡Maldito aparato! —refunfuñó Afrodita intentando rodar el coche de los gemelos—. ¡Esta cosa no anda!

—Creo que la rueda de atrás se va a salir —corroboró Shaka ante el esfuerzo del otro—. Ten cuidado.

Pero el aviso llegó un poco tarde.

—¡Maldición!

—Oye, hay niños presentes —indicó Camus, pero Afrodita ya no estaba pensando con sensatez, lo que llevó a que Shaka y Ángelo se arrojaran por los bebés de Seika para sacarlos de la carriola antes de que Piscis la destruyera—. Que rápidos fueron, Dita me está asustando.

—¡Podrían largarse! —dijo el sueco con la cara enrojecida—. Tal vez no quieran ver esto.

—Claro, te esperaremos en Aries. —Indicó Shaka alejándose rápidamente con los otros.

—¡Maldita cosa del demonio!

Alrededores del Santuario

Shura caminaba por el lugar después de hacer un pequeño recorrido por la zona que le correspondía, a lo lejos, vio a la Cobra discutir con un hombre, mientras se ponía las manos sobre la cadera, el dorado, sintió pena por el caballero que estaba frente a Shaina, porque aquella posición de la italiana solo significaba una cosa: 'Quería asesinar a alguien y por lo general, su víctima siempre estaba delante de ella'. Pensó en seguir derecho, pero al ver al pequeño señor, prefirió acercarse.

—Hola, ¿les puedo ayudar en algo? —Se ofreció.

—Shura, que bueno que vienes. ¿Te puedo pedir un favor muy grande? —El dorado quiso responder, pero la amazona ya le estaba poniendo un par de cajas en los brazos—. Lleva esto a mi cabaña, parece ser que la mitad del pedido se perdió por el camino y necesito solucionar esto el día de hoy.

—Pero…

—Por favor, Shura, no seas mezquino. Por favor, ayúdame.

El español observó por un momento a la guerrera, recordando con nostalgia aquellos viejos tiempos cuando los de menor rango trataban con respeto a los Santos dorados y se dirigían a ellos con un poco de miedo, en otros tiempos un caballero de plata jamás le hubiera hablado así a uno de oro. Sin embargo, aquellos viejos tiempos ya estaban en el pasado y lo de ahora era una completa anarquía en la que él descaradamente también participaba.

—Todo se salió de control —susurró.

—¿Qué dices? —preguntó la chica.

—Nada. ¿Qué es esto? —Quiso saber señalando las cajas.

—Elementos de aseo para el personal femenino, pero no llegó completo. —Shaina miró molesta al mensajero quien divagó intentando excusarse—. Ay, ya cállate. Tengo que solucionar esto cuanto antes. —Continuó mirando a Shura—. Te encomiendo dejar eso en mi cabaña. Después tengo que organizar todo. Gracias.

—Por lo menos agradeció —dijo el santo viendo partir a su compañera.

Un pequeño suspiro se fue con el aire, y bueno, él ya estaba ahí y terminó ofreciéndose para la misión, así que sin chistar caminó hasta el campo femenino, el cual, gracias a June, conocía perfectamente, por lo que llegar hasta la cabaña de Shaina no fue un reto. El problema estaba en que no sabía si entrar sin ser invitado o tocar a la puerta primero teniendo en cuenta que la italiana no vivía sola. Por lo que se decidió por lo más sensato indicando con su puño su llegada. No pasó mucho tiempo, cuando una bella morena en toalla abrió la puerta.

—Geist, hola —dijo nervioso intentando no mirar más de la cuenta—. ¿Te interrumpo?

—Me iba a dar un baño, estaba a punto de entrar a la ducha cuando llegaste. June no vive aquí.

—Lo sé —comentó él desviando la mirada, la prenda que cubría a la amazona era muy pequeña dejando ver bastante—. Vine a traer esto.

—¿Ahora eres el mensajero? —bromeó ella divertida ante el sonrojo del Santo.

—Se presentó un percance —expuso intentando ocultar el nerviosismo de su voz—. Shaina me pidió traer esto hasta aquí. ¿Quieres recibirlo?

—Déjalo sobre esa mesa —señaló la sala para darle paso al santo quien dudó por un momento en entrar—. ¿Qué pasa? Me has visto con menos ropa —musitó con perversión en lo que Shura pasaba saliva—. ¿Qué no tienes control?

Geist sonrió divertida, había dado en el clavo, si él sentía algo por ella o no, no lo sabía, pero lo que si era seguro es que en la memoria del Santo de Capricornio estaba bien tatuado su antiguo romance y una parte del hombre, exactamente ese pedazo de carne entre sus piernas pulsaba fieramente por ella. No lo podía culpar, después de todo, ambos habían profanado sin ningún remordimiento cada rincón del Santuario. No hubo un solo lugar que se escapara de la lujuria desmedida, de los besos apasionados y de los jadeos incesantes.

Esa cabaña no era la excepción, aunque en aquellos tiempos, Geist no vivía en ella, sino en otra un poco más alejada, sus constantes juegos, los llevaron a perderse en el baño de aquella choza una noche en la que la pelinegra reunida con sus compañeras dejó entrar a Shura, y mientras las demás reían y charlaban, ella disfrutaba de los fuertes brazos del español.

Su nerviosismo era sincero, a veces no hacían falta las palabras para terminar rodando por ahí, simplemente una mirada era suficiente para entender que era lo que querían ambos en ese momento, por lo que a menos que hubiera público, no era necesario buscar un lugar apartado y donde estuvieran, simplemente lo hacían. Una mirada era suficiente, una simple mirada. Seguramente era esa la razón por la que Shura no se atrevía a verla a la cara en ese preciso momento. El sexo entre ambos fue el mejor y más placentero.

Si ella lo recordaba con tanto detalle era de esperarse que él también lo hiciera.

—¿Quieres pasar? —preguntó, acto seguido Shura infló pecho y con paso firme entró al lugar para descargar las cajas sobre la mesa—. Muchas gracias. Iré a bañarme. —Finalizó dejando caer su toalla sintiendo la mirada del santo sobre su cuerpo quien en un parpadeo desapareció del lugar.

Sonrió divertida, su intención no era molestar a Shura, en ningún momento tuvo la finalidad de volver al Santuario para recuperarlo, jamás le haría eso a June, no porque fueran amigas, que de hecho no lo eran, sino por cortesía profesional, porque eran colegas y ambas eran guerreras, Geist no perdería el tiempo peleando por un hombre, no lo haría y no de esa forma, pero el ver al dorado parado en su puerta tan confundido y nervioso, era algo que no iba a desaprovechar, y además, así descubriría que tan estable era la relación entre él y Camaleón.

—Tienes suerte, June —dijo—. En otra época hubiera saltado sobre mí.

A decir verdad, si no fuera por el sexo, Shura y ella jamás se habrían entendido, porque cuando empezaron a haber sentimientos de por medio, todo se fue a la mierda y fue ella la que resultó más afectada, porque al final, solo ella se enamoró. Estúpida sin duda, él lo había dejado tan claro, que ella simplemente hizo de oídos sordos y aunque no duraron muchos sus encuentros, ella como una boba se enamoró.

Era de esperarse, finalmente, él fue su primera vez.

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Shura caminaba apresurado, sus puños iban apretados y su rostro había adquirido un semblante sombrío, para Aioros quien lo conocía bien, no pasó desapercibido que el santo de Capricornio estaba molesto y estresado.

—¿Qué pasa cabrita? —Grave error, la mirada del otro lo hizo perder la emoción—. Perdón, ¿qué pasa?

Shura dejó caer los hombros y suspiró fuertemente como si de un momento a otro se hubiera quitado una gran carga de encima.

—¿Te acuerdas de lo que te hablé en la boda de Aioria?

Aioros miró con inocencia a su compañero.

—No.

—Ay, Aioros. —Shura se llevó las manos a la cabeza—. De esa chica con la que tuve algo hace mucho tiempo, ¿lo recuerdas?

—Oh, la chica que se le media a todo. —Guiñó un ojo.

—Sí, esa. Esa chica es Geist.

—¿Quién es Geist?

—Estoy a así de matarte —indicó con su dedo índice y pulgar muy juntos.

—Ay, disculpa, sabes que no soy bueno con los nombres.

—No eres bueno en nada. —El otro torció la boca—. Geist, la amazona líder de los santos fantasmas, o como se hagan llamar.

—Y luego dices que soy yo… ¡Oh! Ella, ¡oh! Que agresivo eres Shura, después de Shaina esa es la mujer más salvaje del Santuario. Y bueno, ¿qué pasa? Pasado pisado, ¿no?... No me digas que ella te acecha.

—No, no sé —pensó en el último encuentro—. ¡Mierda! —dio un pequeño giro para diversión de Sagitario—. Es que, las cosas con ella fueron tan intensas, que verla hoy, especialmente hoy me trajo muchos buenos recuerdos a mi mente. Y bueno, a veces las cosas con June son un poco planas.

—Oye, nunca había dicho esto, pero eres un desgraciado.

—Lo sé —contestó el otro derrotado—. No pretendo nada con Geist, no sería capaz de dañar a June, pero vaya, que lo de hoy estuvo intenso.

—¿Qué pasó?

—Ella estaba en toalla, se iba a bañar, y no es la primera vez que la veo así, así que mi mente me traicionó. Y luego, ella se quitó esa toalla como si nada, ¡cielos! Sigue tan bella como siempre, es más, está más bella que antes.

—Es una… nunca he dicho esto de una mujer, pero es una maldita.

—Ella no estaba buscando nada, la conozco para saber que solo se burlaba de mí. De haberme arrojado sobre ella, me hubiera puesto en mi lugar, dándome un buen sermón para luego dejarme con más ganas que antes.

—Bueno —analizó el rubio—. Si tú no quieres nada con ella, y ella tampoco pretende nada contigo. ¿Cuál es el problema?

—¿Qué le mentí a June sobre ella? Le dije que no la conocía, y tengo miedo de que mi mente me traicione y quede en evidencia.

—Yo no soy experto en relaciones amorosas, pero… deberías contarle de todo esto a June, aunque yo omitiría lo de la toalla. Por el bien de todos.

Shura sonrió derrotado, realmente no sabía como manejar esa situación.

Templo de Aries

—Parece que Mu, aún no ha llegado. —Hizo ver Shaka quien caminaba hacia la entrada de la primera casa en compañía de Camus, Ángelo y Aioria, en sus brazos llevaba a uno de los gemelos de Afrodita.

—¿A dónde se fue? —Quiso saber el griego.

—Dijo que iría a comprar un obsequio para Saga. —acotó Virgo.

—¿Están de aniversario o algo así? —interrogó Ángelo, a lo que Shaka subió los hombros dando a entender que no sabía.

—¿Cómo no sabes algo como eso? —interrumpió Camus—. Eres su amigo.

—Ni siquiera sé cuando empezaron a salir —se excusó en lo que Ángelo sonreía con picardía.

—Creo que yo sí sé —soltó divertido el italiano.

—¿El día de las galletas mágicas de Kanon? —inquirió Shaka.

—¿Galletas mágicas? ¿Kanon hizo galletas mágicas? Hubiera ofrecido —Camus notó que estaba hablando en voz alta—. Digo, espero que nunca le dé de ese veneno a mi hijo, es más, lo asesinaré antes de que vuelva a hornear algo. Ahora me voy, como ven —señaló a Dean que se estaba chupando una mano—. Mi bebé ya tiene hambre.

—Yo iré con Marín, tal vez ya quiera matarme, así que llegaré en el momento preciso.

—De acuerdo, nosotros esperaremos a Dita para entregarle a los niños. Aunque yo opino que sería mejor buscar a Seika.

—Te apoyo —comentó Shaka.

—Esperen a Dita, no debe demorar —insistió Camus—. ¿Cuánto puedes tardar en masacrar una carriola?

—No sé, ¿tú alguna vez lo hiciste? —le preguntó Aioria al francés.

—En realidad nunca he usado esa cosa —contestó Acuario subiendo las escaleras en compañía de Aioria—. Luego quiero saber eso de las galletas, quiero el chisme completo.

—¿De cuándo a acá te volviste tan chismoso? —interrogó Ángelo, en lo que el otro hacía un gesto con la mano restándole importancia—. Bueno esperemos a Dita, entonces. —Continuó sentándose en las escaleras—. ¿Ale te contó sobre las galletas? Se supone que era un secreto. Es una soplona.

—Bueno, en vista que ya se iba, creo que no le importó soltar el dato —indicó el rubio acomodándose al lado del italiano.

—¿Oye, este será Haldar o Haleth?

—¿No diferencias a los niños? —preguntó Shaka con mucha seriedad—. Y eso que has pasado más tiempo con ellos que yo.

—¿Ni siquiera diferencio a Saga y Kanon, y tú quieres que reconozca a un par de bebés completamente exactos?

—Eres un idiota.

—De acuerdo, ¿acaso tú los diferencias?

—A Saga y Kanon, sí, cualquiera.

—No, idiota, a los bebés.

—Ah, bueno. Esta de aquí —dijo señalando al bebé que dormitaba en sus piernas— es Haleth.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Primero —empezó a explicar Shaka con su típico tono de grandeza lo que hizo que Cáncer rodara los ojos—: Haleth, tiene una pequeña mancha en su mano derecha, ¿ves?

—Oye, sí. Que observador, no lo había visto, es muy pequeña.

—Y segundo —el tono de Shaka se amplió más—. Y lo más evidente: Haleth tiene una manta rosa, mientras que Haldar, una azul. Sé que los colores no tienen género, pero algo me dice que, con eso, tenemos mucha información para saber quién es quién.

—A nadie le gustan los sabelotodo, Shaka —se defendió indignado—. Allá viene Mu.

—Hola, chicos, ¿enseñándole a los niños a cuidar del primer templo? —El lemuriano sonrió divertido.

—Sí, alguien tiene que hacerlo, ya que su cuidador nunca está.

—Mucho cuidado con eso, Ángelo —retó Mu.

—Que lindo gato. ¿Ese es el regalo para Saga? —Ante la pregunta de Shaka, Mu se puso nervioso.

—No.

—¿Y por qué te alteras? —Quiso saber Cáncer.

—Cállate, Ángelo. —dijo Mu entrando en el templo del carnero.

—¿Y a ese que le pasó? —preguntó el italiano a Shaka.

—Estoy tan confundido como tú. Hola Dita —saludó al recién llegado—. ¿Y la carriola?

—Está en un mejor lugar, ¿Cómo están mis bebés?

—Dormidos —contestó Máscara.

—Como siempre. —Afrodita se dejó caer al lado de los otros—. Esa cosa era de buena calidad, casi no logro destruirla, es el enemigo más fuerte contra al que me he enfrentado. —Finalizó haciendo reír a los otros.

—¡Oh, oh! —expresó Máscara de la Muerte—. Creo que alguien necesita cambio de pañal.

—Ese niño no es mío. —Afrodita se puso de pie para no recibir al pequeño.

—¿Qué? Hazte cargo de tu bendición —refutó el italiano.

—No, yo no lo conozco —continuó Piscis ascendiendo por los templos.

—Ah, no señor. ¡Afrodita! —Ángelo corrió tras el sueco, quien seguía huyendo por ese pañal maloliente.

—Bueno, Haleth —le dijo Shaka—. Creo que también vamos tras tu padre.

Mu dejó todas sus cosas a la entrada del templo viendo pasar a sus tres compañeros, donde un cínico Afrodita se negaba aceptar a su hijo en lo que Máscara le proliferaba un sinfín de malas palabras lo que solo ensanchaba la risa del sueco, tras ellos Shaka, quien reía divertido, observó a Mu con gesto socarrón ante la interacción de los otros, el lemuriano sonrió divertido y aprovechó el momento para pedirle a Virgo un poco de ayuda con el gato luego de que entregara a la bebé a su padre.

Templo de Piscis.

—Hiciste mucho drama, Angie —bromeó divertido Rydeen haciendo enojar a Ángelo.

—¿Prefieres, Gabi? —preguntó burlón Shaka, los tres estaban en la habitación de los niños, donde el protector del templo se disponía a cambiar al bebé.

—Les cortaré la lengua —expuso Cáncer.

—¿Qué es esto? —Quiso saber el rubio observando un pequeño sombrerito.

—Es un tapa pipi —contestó Piscis sin darle mucha importancia, acto seguido Ángelo tomó el objeto entre sus manos.

—Que escaso, Afrodita. ¿Y aun así pudiste hacerle a Seika dos hijos?

El aludido lo miró molesto para luego arrebatarle el pequeño sombrero al otro:

—Es para Haldar, de esta forma él no se orina en todo lado.

—No puedo creer que exista algo así —expresó Shaka—. Que curioso. Nos hubiera servido mucho cuando tuvimos a Dean.

—Yo tampoco sabía que existían. Los compró Seiya en una página de internet —explicó Rydeen.

—Que interesante. Jamás los había visto —continuó Virgo.

—Oh, sí, hay de todos los tamaños —llamó la atención Ángelo—. Lo pones en tu… —Al sentir las ingenuas miradas de sus compañeros notó que habló de más—. ¡Cierren la boca!

—Si eras tú el que estaba hablando. —Señaló Shaka, en lo que el otro se apartaba a un rincón de la habitación—. En fin, iré con Mu. Nos hablamos luego.

—Usas esas cosas para Narella —dijo maliciosamente Afrodita cuando Shaka dejó el cuarto, Ángelo torció la boca y no respondió.

Templo de Aries.

En la primera casa, Shaka estaba sentado sobre una butaca de la cocina sosteniendo al pequeño Gato de Mu, mientras este intentaba con mucha delicadeza curar alguna de las heridas del minino. Al principio les costó algo de trabajo hacer que el felino estuviera quieto, pero después de un rato y gracias al cálido cosmos del rubio, el animalito simplemente recibió los primeros auxilios con tranquilidad.

—El veterinario dijo que tengo que hacer esto cada ocho horas. ¿Me ayudarás?

Ante la pregunta de Mu, Shaka divagó un poco.

—Gracias. —contestó con sarcasmo ante la mirada negativa de su amigo.

—Oye, mira —indicó el rubio—: me rasguñó, tiene las garritas muy pequeñas, pero aun así duele. ¿Dónde lo encontraste? ¿Qué fue lo que le pasó?

—Sorrento lo encontró atrapado en una reja.

—Sorrento, ¿un General Marino?

Mu no contestó de inmediato y dándole la espalda a su compañero respondió con un murmullo:

—Sí —suspiró—. Él no podía quedarse con el gato y me lo obsequió. —Shaka hizo una señal de que lo estaba escuchando—. ¿Te parece inapropiado que sea amigo de un General Marino?

—No —contestó sin problema Shaka poniéndose de pie, luego de que el gato se subiera sobre la mesa a jugar con una pequeña pelota—. Si Camus puede ser amigo de un espectro y maestro de una marina, tú puedes ser amigo de Sorrento. ¿Por qué crees que haya problema con eso? —El rubio tomó una manzana para darle una gran mordida.

—En realidad, el problema no es mío, es de Saga —Shaka esperó más información—. Él insinúa que Sorrento quiere conmigo.

—¿Y no? No es por nada, Mu, pero eres malo dándote cuenta de esas cosas.

—¡Ay, no, habló el experto! —El rubio no dijo nada, dándole la razón a Aries—. No te voy a negar que Sorrento en un principio me invitó a salir, pero cuando supo de Saga, se hizo a un lado. Yo solo veo su cercanía como una amistad y ya.

—Si para ti es eso, no debería ser otra cosa —acotó mirando hacia la pared, para luego agregar—: Pero debes tener mucha paciencia, teniendo en cuenta que a Saga no le gusta perder. —Los ojos de Shaka y Mu se encontraron con intensidad recordando viejos tiempos—. Acuérdate de todo lo que hizo cuando no lo proclamaron Patriarca.

—Eso fue el lémur —defendió en lo que Shaka levantaba las manos en señal de que pudo ser cualquier cosa—. Pero de no ser por eso, toda la saga de las doce casas no hubiera existido.

—Simplemente, se habrían enfocado en la guerra santa contra Hades. Al mejor estilo de The Lost Canvas.

—Ya te dije que dejes de leer ese manga —demandó con el dedo índice—. Además, siempre es mejor ver a los santos enfrentarse entre ellos que contra los demás, por alguna razón eso vende.

—Maestro Mu, hola. Señor Shaka, buenas tardes —saludó cortésmente Kiki girando sus ojos hacia el pequeño gato—. ¿Quién es él?

—Su nombre es Yue —contestó Mu.

—Que lindo.

—Llegó tu Karma. —Hizo ver Shaka, en lo que el lemuriano mayor dejaba caer los hombros derrotado al ver entrar a Saga la cocina.

—Hola chicos. —Géminis entró con una gran sonrisa—. Te fui a buscar en el entrenamiento, pero no te vi, Shaka me dijo que te habías ido a hacer una diligencia muy urgente. —Observó a Mu quien se sonrojó, acto seguido, sus ojos repararon en Yue—. Pero qué bonito —continuó tomando al gato entre sus manos—. ¿Tú quién eres?

—Su nombre es Yue, señor —contestó el pelirrojo.

—Sí eres todo un Yue. Que lindo, ¿es tuyo Kiki?

—Es mío —contestó Aries a Saga—. En realidad… —Mu observó a Shaka pidiendo algo de ayuda.

—Kiki, vamos a acomodar a Yue en su cama —dijo el rubio para que su amigo pudiera explicarle el origen del gato a Saga.

—Sí —contestó el más joven recibiendo al felino de manos del gemelo y alejándose con el rubio.

—Que hermoso —expresó Géminis—. ¿Por eso te fuiste? —Aries no contestó de inmediato—. Mu no vamos a terminar con una cantidad de gatos y perros en los templos, ¿cierto? —inquirió preocupado ante el amable corazón del pelilila—. ¿Mu? ¿Qué pasa?

—Sorrento me regaló al gato —contestó con rapidez, por un momento vio un pequeño destello en los ojos de Saga.

—Así que fuiste a verte con Sorrento.

—¿Qué? No… no. Me lo encontré en Grecia.

Saga suspiró cruzando los brazos sin quitarle la mirada al otro, sonrió de medio lado esperando una buena aclaración, por un segundo quiso gritar e inclusive intentó levantarse de su lugar, pero logró controlarse lo suficiente y esperó pacientemente (cosa poco probable en él) a que Mu se explicara.

—Salí a hacer una diligencia en la ciudad. Me encontré a Sorrento quien había rescatado a Yue de una reja —comentó intentando no desviarse de lo importante, la penetrante mirada de Saga estaba fija sobre él y eso lo ponía muy nervioso—. Me dijo que no podía hacerse cargo del gato, por lo que yo me ofrecí a cuidar de él.

—Claro —sostuvo pausadamente, mismo tono que adquiría cuando estaba enfrente de un enemigo—. De un momento a otro, la ciudad de Grecia se hizo tan pequeña y ahora, tú y Sorrento se encuentran en cada esquina. Es bastante interesante esa situación.

—¿Qué insinúas, Saga?

—No, no. Yo no insinuó nada. Me parece curioso que, de un tiempo para acá, Sorrento siempre esté por ahí.

—Fue una coincidencia —defendió en el mismo tono que el otro.

Saga, sin embargo, hizo un gesto con su boca, para luego mirar con mayor intensidad al lemuriano, que como buen guerrero no se amedrentó. Aquello lo hizo reír con cinismo, dejando caer su mirada hacia otro lado, entendiendo que Mu era tan ingenuo para no notar que Sorrento quería algo más que una amistad y que sus encuentros no eran casualidad y que no lo habían sido desde que el general puso sus rosáceos ojos en Mu.

Sí, Saga lo había notado tiempo atrás, y no fue en la playa como lo contó Mu — pese a que, a aquella versión le faltaba una buena parte a la que Géminis prefirió no prestar atención—. No, todo comenzó el día en el que dioses y guerreros se reunieron para descubrir la identidad del padre de Dean, en el templo principal, donde un muy descarado Sorrento no le quitaba la mirada de encima a Mu. Donde Saga, podía jurar que el marino estaba soñando despierto con el lemuriano. Desde luego, todo eso pasó desapercibido para Aries, quien estaba concentrado en sus compañeros esperando el resultado de la prueba como todos los demás en el recinto.

Sin embargo, ese día, Saga estaba pendiente de Sorrento y Sorrento estaba muy distraído en Mu y de no haber sido, porque había mucha tensión, el general habría caminado hasta Aries y lo hubiera invitado a salir en ese preciso momento, por lo mismo, que, si no hubiesen estado los dioses en el recinto de Athena, Saga, le habría rotó la nariz al guerrero de Poseidón.

Mu, por el contrario, no entendía la actitud del gemelo, jamás hubiera pensado que el geminiano fuera tan extremadamente celoso, lo había imaginado de cualquiera, menos de Saga. Pero ahí estaba, parado delante de un hombre tan terco como él, eso sin duda era una guerra de egos, donde el griego no dejaría de afirmar que Sorrento se quería involucrar con Mu, y desde luego, el lemuriano no le daría la razón, pasara lo que pasara.

Porque era un hecho que Saga no tenía la razón, solo estaba especulando cosas por una pequeña interacción, no había nada claramente justificable que cerciorara de ninguna manera que Sorrento de Sirena tenía otra intención que una amistad. Mu podía dar fe de eso, sí, era algo ingenuo en las relaciones y sí, a él le parecía el general un hombre bastante apuesto y no iba a negar que esa tarde en la playa le robó el aliento —y como no, no todos los días tenías una imagen semejante saliendo del mar—. Pero más de ahí, no había absolutamente nada, nada.

Además, suponiendo que Saga tuviera razón, ¿por qué el gemelo no podía confiar en él? ¿Qué le hacía pensar que Mu de Aries, sería infiel? ¿En qué se basaba Saga para pensar semejante locura?

—No voy a discutir contigo —anunció finalmente géminis, acto seguido se levantó de su lugar para caminar hasta la salida.

—¿Te vas? —preguntó Mu indignado.

—Sí —fue lo último que dijo dejando al lemuriano completamente cabreado.

—¡No me dejes hablando solo!

Templo de Géminis

Saga llegó a su templo intentando no gritar, de hecho, se había contenido demasiado para pensar ingenuamente que estaba empezando a madurar, pero algo muy dentro anunciaba que estaba muy lejos de eso. Aún seguía siendo un niño caprichoso en el cuerpo de un hombre y, por lo tanto, no daría el brazo a torcer, no en ese momento y no frente a Mu. Él sabía lo que estaba pasando y estaba plenamente seguro de lo que pretendía Sorrento.

No refunfuñó como la anterior ocasión, únicamente porque no deseaba que Kanon empezara con sus comentarios fuera de lugar, porque era claro que él no se desharía de su gemelo, nunca. Ahí estaba, en la cocina cenando con Ivonne. No dijo nada al entrar, ni siquiera saludó, simplemente caminó hasta la estufa observando que no había nada para comer.

—Pensé que cenarías donde Mu —dijo Kanon, Saga no reparó en ese detalle.

—¡Pues no! —masculló.

—No te preocupes —Ivonne tomó la palabra—, yo te preparo algo, dame un par de minutos.

—Gracias —contestó el mayor de los gemelos tomando asiento en la mesa.

—¿Por qué? —reclamó Kanon—. Tú solo debes cocinarme a mí. A mí.

—Mira mi amorcito, yo le cocino a quien se me dé la gana. ¿De acuerdo?

—Sí mi amor —contestó el exgeneral ante la amenaza de su novia—. ¿Qué te pasa hermano?

—No me pasa nada —contestó en un puchero en lo que Ivonne lo analizaba mejor—. Nada.

—No me engañas.

—Mu tiene un gato, un gato apestoso y pulgoso que le regaló Sorrento.

Al escuchar aquel nombre el menor de los gemelos se atragantó.

—¿Quién es Sorrento? —Quiso saber la doctora sentándose con los guerreros.

—Un general de Poseidón y buen amigo de Mu —bromeó Kanon, grave error, si Saga no le saltó encima fue gracias a Ivonne—. Era un chiste. Pero ¿qué tiene de malo?

—¿Qué tiene de malo? —recalcó Saga con mirada siniestra—. ¿Qué tiene de malo? Yo te diré, hermano, que tiene de malo. Que Mu, se sigue viendo con Sorrento e intenta fingir que no pasa nada, cuando es evidente que sí está pasando algo. ¿Te quedó claro o te lo explico con plastilina? —Los otros dos lo miraron sin entender—. ¿Qué? —Saga intentó no perder los estribos—. Miren, Mu hoy abandonó su entrenamiento porque tenía una "diligencia" que hacer en Grecia —remarcó—. Él no deja a sus asuntos a un lado, por nada, por nada, sin embargo, se fue del entrenamiento para llegar horas después con ese estúpido gato.

—¿Por qué el gato es estúpido?

—¡Cállate, Kanon! —demandó Saga.

—Creo que entendí —dijo la doctora—. Piensas que Mu te es infiel con Sorrento.

—No.

Ivonne quedó aún más confundida.

—Lo que pasa mi amor —intentó explicar Kanon—. Es que Sorrento quiere con Mu, y Saga está putamente celoso por eso.

—¡No estoy celoso!

—¿Entonces? —Ivonne quería llegar al fondo de ese asunto.

—Le dije a Mu que Sorrento quiere con él, pero Mu insiste en que no es cierto, haciéndome ver como un loco. Y lo de hoy deja mucho que decir.

—De acuerdo —la chica se acomodó mejor en su asiento para mirar directamente a Saga—. Creo que todo esto es un malentendido. ¿Acaso le preguntaste a Mu: 'que hacía en Grecia'?

—No, pero es obvio.

—No, solo estás especulando.

—Te dije hermano, que especular no te lleva por buen camino.

—Miren par de… —Saga observó a Ivonne y se contuvo—. Mira idiota —se dirigió a Kanon—, y doctora, yo no creo en las coincidencias y no es normal que Mu siempre se encuentre "casualmente" con Sorrento.

—Ay, esas cosas pasan —comentó la chica—. Yo me he encontrado en un par de ocasiones con… Con nadie en particular.

—¿Con quién? —interrogó Kanon, ante el nerviosismo de su novia—. ¿Con quién?

—Ay, simplemente digo que esas cosas pasan. No vas a armar todo un alboroto, teniendo en cuenta que Mu y el gato, son inocentes en esto.

—Tal vez tengas razón. Tal vez… —musitó Saga saliendo del lugar.

—Ya se largó. —Kanon golpeó ligeramente la mesa.

—Tu hermano y tú se llevan muy bien —expuso la chica.

—Un poco mejor que antes, sí. —Apreció—. Lo que sucede es que hoy en día lo tolero un poco más, aunque sea tan insufrible. Ahora dime, mi amor, ¿con quién sueles encontrarte en la ciudad?

Ivonne se tensó un momento, sin estar del todo segura si debía hablar con la verdad, pero teniendo en cuenta que tenía una relación madura, decidió hacer lo correcto.

—Me he encontrado un par de veces con Minos —dijo sin darle mucha trascendencia—. Lo que me parece muy curioso sabiendo que él no es de por acá.

—Ah, ¿y qué han hecho? —interrogó incómodo, pero sin demostrar que estaba molesto.

—Nada —contestó ella—. Un saludo y cada uno sigue su camino. —Kanon, sin embargo, se quedó completamente serio—. Ay, por favor. Te estoy diciendo la verdad.

—Te creo. —Kanon movió su tenedor pasándolo sin cuidado por el plato.

—¿Y por qué esa cara?

—No… no me gusta que Minos esté cerca de ti.

—Cielos —expresó la chica poniéndose de pie—, que posesivos son ustedes dos. Hermanos tenían que ser. Cariño yo no estoy para dramas de adolescentes, o estás conmigo o no. Yo estoy contigo, siempre he estado contigo, y si eso no es suficiente para ti, bien puedes irte porque manejo mucho estrés en mi trabajo, para también tener que lidiar contigo.

—Tienes razón —dijo cambiando su semblante—. Confío en ti plenamente.

—Perfecto.

Templo de Aries

Mu se dedicó el resto de la tarde a organizar el lugar para su nuevo huésped, seguía tan molesto con Saga que no lo siguió cuando éste atravesó su templo y mucho menos, salió de inmediato a recibirlo horas después, cuando regresó y lo llamaba con insistencia por medio de su cosmos.

En vista que Mu no se dirigió a la salida a recibirlo y no contestaba a su llamado, el gemelo llegó hasta la sala donde Aries lo observaba molesto. Saga respiró profundo y sostuvo con fuerza la bolsa que tenía en la mano derecha.

—¿Qué quieres? —dijo el primer guardián al verlo.

—Le traje algunas cosas a Yue —caminó hasta la mesa de centro donde dejó caer todo el contenido de la bolsa—. Un poco de atún, algo que se llama: 'bola de pelos'. Me dijeron que es para que no vomite tanto pelo o algo así, unos dulces, que, para el mal aliento, ay, no sé. Juguetes. Bueno, parece ser que las mascotas tienen mejores cosas que yo. Y…

—¿Qué haces, Saga?

—Ya te dije, traje cosas para tu gato. Es más, mira. —Le entregó un collar con una placa donde el nombre de Yue sobresalía.

—'En caso de pérdida entregar a Mu de Aries' —leyó el ariano al reverso.

—Sí, lo pones en su cuello y si alguien lo encuentra te lo regresa.

—¿Y si se pierde en el pueblo?

—Todo el mundo sabe quien es Mu de Aries.

—¿Y si se pierde en la ciudad?

—¿Por qué Yue iría a la ciudad? —Mu se alzó de hombros—. En fin, no quiero seguir discutiendo contigo, en realidad respeto tu amistad con Sorrento —indicó de mala gana.

—No te creo.

—No quiero pelear contigo por él. Confió en ti y sé que al final del día harás lo correcto.

—Gracias.

—¡Pero eso no explica! —bajó la voz—. Eso no explica, por qué casualmente te encontraste con Sorrento hoy.

Mu hizo una mueca para luego caminar hasta su habitación y aparecer unos minutos después.

—Estaba comprando esto —explicó arrojándole una bolsa al gemelo—. Es la camisa que viste la otra vez —prosiguió en lo que Saga sacaba el contenido—. Quería que fuera una sorpresa, por eso no dije nada y me fui a escondidas.

—Vaya que sí fue una sorpresa. —Saga quería que se lo tragara la tierra—. Me disculpo.

—Parece que lo harás muy seguido, ¿no? —escupió Aries.

—Mu —respiró profundamente—, no me gusta que frecuentes con Sorrento, porque sé y estoy seguro de que él pretende ser más que tu amigo, y eso me molesta.

—Te aseguro que eso no es así. Sorrento es una persona seria, él no pretende nada de lo que te estás imaginando.

Obviamente, Saga no se comió ese cuento.

—¿Quieres apostar? —interrogó sin estar seguro de por qué; Saga dejó salir una sonrisa ladina ante la pregunta.

—Sí. ¿Qué quieres perder? —aceptó con cinismo.

Mu se lo pensó un rato antes de hablar:

—¿Qué te parece, 159 euros?

—Eso es mucho dinero, Mu de Aries. —Saga lo miró con picardía.

—Sí estás tan seguro no tienes nada que perder.

—Acepto. —Saga estiró la mano para estrechar la de Mu—. Ahora vamos a ponerle este collar a Yue.

—Oye, ¿mañana me acompañas a comprar el regalo de Dean?

—¿No has comprado el regalo del niño? —Mu negó—. Que bueno, porque yo tampoco y donde dejemos a Dean sin regalo, Camus nos congela.

Continuará

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Hola, ¿Cómo están? Mi idea era que la discusión de Saga y Mu abarcara menos espacio, pero… no sé qué pasó jajaja se me salió de las manos jejeje… en este capítulo, se supone íbamos a celebrar el cumpleaños de Dean, pero ni modos, ya me estaba quedando muy largo, así que eso lo podrán leer en el siguiente.

Gracias por seguir leyendo. Un abrazo muy fuerte.

8D: jejeje sí ser padre primerizo no es fácil y mucho menos con dos bebés, no es que yo sea experta, pero me han contado jejeje… y bueno, los celos no pueden faltar son parte del menú del día jejeje… como te dije, habrá infidelidad, pero algo muy pequeño y un poco más adelante jejeje… eso de la apuesta cada vez está más difícil, y más cuando no hay ni la mínima señal de un nuevo bebé. Esperemos a ver que pasa, porque aún hay mucho por contar… muchas gracias por tus bellos comentarios.

Nos estamos leyendo.