Castigos injustos y retornos apresurados

Mucho antes de que alba se orillara por el horizonte primigenio de las nubes y llenará a todo el Panteón con sus rayos dorados y las nubes de rosado y naranja, dos siluetas nacían desde el fondo del mar de nubes que cubría la gran verja dorada que daba la entrada al gigantesco Olimpo.

Ambos estaban con la respiración errática, bañados por el sudor de sus cuerpos y con los músculos agarrotados por todo el esfuerzo que en el cuerpo de ambos seres divinos mantenían dentro de su cuerpo. Habían pasado una temporada fuera del Olimpo con una clara intención: aclarar la mente.

Para Katsuki era irremediablemente imposible aclarar sus pensamientos, dispersar la angustia, la preocupación y el terrible sentimiento ácido del desespero sin recurrir a su más natural talento: la guerra. Aunque odiaba férreamente verse inmiscuido en temas terrenales, las grandes contiendas de los griegos por dominar gran parte de aquel mundo esférico y efímero le sirvieron para cansar sus músculos, entrecerrar su mirada y olvidar por un momento que su más preciado tesoro emocional no aparecía en ciclos.

Y aunque el dios de la guerra tenía como compañía al intranquilo, servicial y hablador Alectrión de su lado como escudero y mano derecha para calmar todo aquel torrente transgresor que sus pensamientos vapuleaban en su alma, aquel desespero por oler el delicado perfume, escuchar la cadente risa y volver a ver la piel de alabastro bañada por pecas del dios del amor lo estaba carcomiendo alba tras alba.

Katsuki se había mantenido alejado de los vicios que su cuerpo insatisfecho de dios reclamaba, del vino, las fiestas y, sobre todo, del sexo. Detenido simplemente por la aparición inalterable del dios el amor en cada momento en que su cuerpo descansaba, en cada instante en el que un hormigueo placentero le recorría los nervios, en cada en que la penumbra le bañaba y recordaba el brillo de sus ojos esmeralda.

Aunque aquel sentimiento de desespero y angustia volvían, sus pensamientos se sentían menos pesados y acelerados, además de por primera vez ver un gran cambio que le llenó de orgullo ver: Alectrión.

El joven escudero, quien le seguía sirviendo con bastante obediencia, su cuerpo pasó de ser la masa feble de piel blanca que Katsuki conocía hasta convertirse en una silueta de músculos macizos, rapidez astuta y con un brillo más maduro que el que alguna vez le conoció el dios. Naciendo en él dios un sentimiento de orgullo tan visceral, que a veces le soltaba medias sonrisas sin que el joven de cabellos cobrizos se diera cuenta.

— Al fin llegamos a este nido de cobras, ojos de borrego — dijo finalmente el dios, observando la larga verja que separaba a las nubes del Olimpo.

Alectrión suspiro y dejó ver una sonrisa la cual Katsuki notó.

— ¿Feliz de volver a ser un sirviente de nuevo?

— En verdad, nunca me he quejado de serlo, mi señor.

— Claro que no. Lo haces y es algo seguro de que te quitaría las pelotas y se las haría comer a tu descendencia entera.

— Si la tuviera, mi señor.

— Soy un dios, no me tientes — dijo irónicamente.

Alectrión río y sintió paz por primera vez desde que se hubiera convertido en el protegido del dios de la guerra.

— Solo puedo decir gracias.

Katsuki miró dubitativo al joven y se paró frente a él enarcando una ceja.

— ¿Por qué me agradeces, ojos de borrego?

— Por confiar en mí — dijo finalmente el chico de cabellos castaños sonriendo — sé que no le da su confianza a cualquiera mi señor, y en verdad agradezco mucho que me haya convertido en su escudero y mano derecha.

— Pues, es bueno que lo agradezcas. Eres bastante torpe, tener a un escudero torpe e ingenuo no me servía de mucho en la guerra — dijo sarcásticamente el dios de la guerra, escondiendo la calidez que las palabras de Alectrión le habían causado — al menos agarraste algo de experiencia, la próxima intenta que no busquen matarte.

— Pero siempre lo intentarán.

— Ese es el punto — dijo el dios antes de alzar su diestra y hacer que las verjas del Olimpo brillarán con una tenue luz hasta abrirse con un silencioso arrastre de metal.

— De todos modos, gracias, mi señor.

— Sí, sí, deja tus cursilerías, ojos de borrego. Me vas a hacer vomitar.

Katsuki empezó a atravesar aquel camino adoquinado del Panteón, seguido por la suspicaz mirada de Alectrión que seguía sus pasos. El escudero sabía que el dios de la guerra no era muy sagaz con los cumplidos, pero de algún modo, el castaño sabía que el dios de la guerra lo apreciaba, no con sus palabras, sino con las acciones que había demostrado: convirtiéndolo en su escudero en campañas y en su mano derecha en la guerra.

Alectrión había cambiado muchos pareceres con respecto a su señor. Pues en las largas campañas y la guerra pudieron hacerle ver con mucho más respeto e idealización al dios de la guerra. Pues el gran poder innato en la guerra, en las peleas cuerpo a cuerpo, en las armas, en la serenidad en batalla de Katsuki, solo hicieron que Alectrión aprendiera e hiciera adorar aún más a su señor como su maestro.

Aunque aún mantenía su camaradería, su sonrisa y su mala costumbre de hablar constantemente, la guerra le había devuelto la experiencia de la paciencia, del equilibrio, de la fiereza y de los músculos agarrotados y pasmados por los golpes y los muertos. Cambiándolo y endureciendo su alma un poco.

Sin embargo, nada los tenía preparados para la inesperada visita de tres personajes indiscretos en el salón del trono.

— ¿Qué demonios haces aquí bruja? — interrogó sorprendido y entre dientes Katsuki.

— Más respeto, mocoso — refunfuñó Nemuri desde el trono desvencijado de su hijo — la guerra a pesar de que te calme, no te limpia esa asquerosa lengua que tienes.

Katsuki quería decir otra cosa, pero su vista dilucidó a la figura rosada de Uraraka y se mordió la lengua. Los ojos de escarlata observaron la mirada altanera, pero nerviosa de la diosa de la hoguera mirarlo inquisitivamente, tratando de ocultar el temblor que el reencuentro había suscitado en su cuerpo.

— ¿Qué demonios hacen aquí? — interrogó de nuevo — ¿Cómo entraron?

— Veo que no puedes recibir a nadie en tu casa de manera decente...

— Estas en mi jodida morada, sin permiso, Si hubiera sido en tu jodida jaula de oro...

— Vinimos por una cuestión importante, Katsuki — interrumpió Uraraka plantándose en su cuerpo con la poca valentía que había podido recoger en esa ansiosa espera.

— ¿Qué maldita cuestión importante?

— Noticias, querido, noticias...

— Las noticias que vengan a decir de cualquier extra de este Panteón, no me interesan — dijo el dios restándole importancia y con la decisión de retirarse del lugar — sea lo que sea.

— Pero es que es sobre ti.

Katsuki se detuvo y miró los ojos azules de Nemuri con cierta duda. La sonrisa que le dedicaba su madre era tan displicente y vanidosa, que su sentido de guerrero se activó en un instante y lo mantuvo con cautela.

— No he estado aquí en ciclos ¿Qué hice ahora para disgustar a alguien?

— Tu encantadora charla con Shoto, querido. Ese es el tema...

Katsuki se mantuvo en su lugar y miró fijamente a la diosa madre, su rostro se denotaba circunspecto, aunque el ojo de Nemuri, observador y calculador, notó lo rígido de su postura.

— No me extraña que en ese nido de víboras que tienes de sirvientas te hayan contado lo que ocurrió.

Nemuri le restó importancia y se levantó del trono, manteniendo la distancia entre su sangre y ella.

— Tu padre y yo hemos hablado de este tema, y la causa de todo ese embrollo ha sido las nupcias de Shoto.

— A mí lo que menos me ha interesado es destruir tu único momento de imponencia, bruja. No puedo irrespetar tus deberes, así como tampoco quitarte de encima a las víboras de tu comitiva.

—El punto es, Katsuki — dijo ella tratando de sonar tranquila a pesar de las provocaciones — que tu padre y yo hemos tomado una decisión con respecto a ti en el Panteón.

— Serás tú, bruja. Siempre dices que la decisión es de padre, pero siempre es una artimaña de las tuyas.

— No te atrevas a dudar de mis palabras, asqueroso monstruo — rugió iracunda.

Katsuki se detuvo y apretó los puños, haciendo que sus nudillos se volvieran blancos. Alectrión que se había mantenido discreto y silencioso, veía la discusión entre los dioses con una muy mala sensación, como un advenimiento de desgracia.

— No dudaras de la decisión de tu rey y tu reina.

— ¿Y qué demonios hice? Me he mantenido alejado de Izuku como él ha querido, no he hablado con él, no lo he visto y, además, no ha regresado desde que lo dejamos con mi padre.

Uraraka sintió una bofetada al escuchar lo suave y tenaz, lo personal y apasionado de como había sido mencionado el nombre del dios amor en labios de Katsuki. Sintió que su dignidad era nuevo puesta en duda y su orgullo habló por ella.

— ¡No Katsuki! Esto es por que has seguido metiendo tus narices en algo que no has debido meterte — respondió segura y enfurecida la diosa de la hoguera.

— En donde yo meta mis narices no es asunto suyo, de ninguna de ustedes dos.

— ¡Claro que sí! Nos concierne a todos porque has traído desgracias desde que ese maldito ha llegado al Olimpo.

— No te atrevas... — se acercó imponente y con una bullente ira surgiendo desde su estómago.

— Has hecho más guerras en el mundo terrenal como nunca antes desde que ese dios llegó — dijo ella con acusación — Desde que ese dios ha pisado sus pies en el Concilio solo ha hecho que nuestros hermanos peleen, ha puesto a Nemuri y a Yagi en ridículo, ha puesto la dignidad de Todoroki por el piso, ha hecho que el Olimpo no sea seguro y siempre estas implicado en algo de eso...

— Eres una... — trató de decir el rubio cenizo, pero fue interrumpido.

— Y quienes terminan pagando los platos rotos son Nemuri y Yagi ¿Has pensado alguna maldita vez en toda la carga que les has hecho a ellos? — rezongó la diosa.

— Yo nunca he sido ninguna maldita carga, Uraraka y lo sabes — dijo Katsuki, señalando acusadoramente a la diosa de la hoguera — todos mis problemas y tareas las he resuelto yo, he salvado el culo de muchos dioses e inmortales, me he quitado del medio para complacerlos y, sin embargo, me siguen llamando monstruo, asqueroso, insolente...

— ¡Porqué no piensas en tus padres!

— ¡Ellos nunca pensaron en mí desde que nací! ¡Ellos nunca me dieron nada, solo me exigieron cumplir y he cumplido!

— Eres un maldito egoísta — respondió Uraraka.

— Lo dice la perra que quiere tenerme y jamás podrá.

Uraraka finalmente se acercó a Katsuki y le propinó una bofetada que reverberó en las paredes como la caída de un vaso de porcelana. Alectrión, de la sorpresa, se tapó la boca sin saber cómo tomar la acción de la diosa, sabía que podía hacer algo, pero no era su tarea inmiscuirse en asuntos de dioses.

Katsuki devolvió la mirada a la diosa de la hoguera y de como ella respiraba erráticamente debido a la ira que ella sentía por dentro, sus ojos escarlata le miraron con la misma imponencia y despotismo que él mismo le dedicaba a todos los guerreros cuando los iba a asesinar. Solo que en este caso, no lo podía hacer.

— Eres un maldito — susurró entre dientes la diosa de la hoguera, temblando de la furia y sintiendo que las lágrimas se asomaban en sus ojos.

Katsuki no dijo nada, mirando fijamente los ojos ambarinos de la diosa, sintiendo aún el escozor de la mejilla.

— El punto es Katsuki, es que hemos decidido que eres una amenaza no solo para las nupcias de Shoto, sino para el propio Izuku — comentó abiertamente Nemuri, observando como la tensión se apoderaba de su hijo de nuevo.

— ¿Qué quieres decir con eso, bruja?

— Que tu padre y yo hemos decidido prohibirte que veas a Izuku...

— Ustedes no pueden-

— Y serás enviado al Hades hasta que Cami vuelva a pasar el invierno con Enji.

Katsuki, ante la creciente impotencia, echó un grito de guerra tan intimidante que Uraraka, viendo como los ojos escarlatas llameaban de rabia, se hizo a un lado y sintió, por primera vez, el miedo que nunca le había tenido al dios de la guerra.

El dios de la guerra, con una vertiginosidad casi invisible, se abalanzó sobre la figura de Nemuri con todas las intenciones de propinarle una paliza. Sin embargo, sus golpes no llegaban sino a un invisible campo de fuerza que la magia de la diosa había impuesto, sabiendo la impulsiva y violenta naturaleza que Katsuki poseía.

No obstante, cada golpe que Katsuki impactaba en aquel campo de fuerza que residía sobre la diosa reina, hacía reverberar y temblar las paredes de su palacio. Los golpes sonaban tan duros, toscos y fuertes, que Alectrión desde su lugar sentía que el palacio se caería en mil pedazos si su señor seguía golpeando al campo de fuerza.

Se escuchó el crepitar de jarrones cayéndose, del chirriar de de las maderas, de cristales cayendo y de las explosiones que causaban los puños del dios de la guerra sobre el campo de fuerza de Nemuri. Ambos se veían tan rabiosos, tan orgullosos e imponentes que el solo hecho de haber detenido aquel momento, solo hubiera significado el orgullo roto y el honor despojado.

Aunque, de súbito, el brazo del dios de la guerra fue detenido y mantenido cautivó por un brazo mucho más grande que el suyo. Los ojos aún llenos de la avasallante ira que su madre había causado, miraron los ojos azul cielo de su padre, circunspecto, con el rictus y el ceño fruncido.

Los temblores cesaron, reinó un silencio sepulcral y pesado, y una tensión tan helada y fría como el hielo se había impuesto alrededor de todo el palacio.

Katsuki respiraba erráticamente y se zafó del agarre de su padre. Apretaba la mandíbula y se mordía el interior de su mejilla para poder mantener la poca compostura que le quedaba en el cuerpo.

Nemuri bajo el campo de fuerza con la misma mueca altiva y vanidosa con la que se había impuesto en el palacio del dios de cabellos cenizos.

— Espero que tengas una explicación para esto... — susurró con la rabia denotando su voz.

— Padre — trató de decir Katsuki.

— Cállate. A ti no te pedía explicaciones.

Los pares de ojos azules se miraron uno al otro y esa sensación tan apremiante y asfixiante de la calma antes del caos, puso en sobre cobijo a Alectrión, que se escondía detrás de una de las columnas. Sabía que la presencia del dios rey eran buenas o malas noticias, y en este caso no se le notaba en el rostro que fueran buenas.

— ¿Yo ahora te debo explicaciones a ti? — interrogó irónica Nemuri.

— Sí. Me debes una explicación de porqué tú estás notificando esto a Katsuki sin mi autorización.

— ¿Yo necesito autorización tuya para...?

— ¡Maldita sea Nemuri, cállate por un momento y escucha a tu rey!

Nemuri se cohibió al escuchar aquel grito intenso, rabioso y sulfurado de tensión. No obstante, su naturaleza orgullosa y vanidosa se impuso.

— ¡No me mandes a callar! ¡Tú no eres quien para decirme cuándo callar o decir las cosas!

— ¡Es mi decisión regir los destinos de todos mis hijos, incluyendo a Katsuki, porque yo soy su rey!

— ¡Ja! ¿Ahora eres su rey? ¿Ahora si eres su rey? — urgió sarcástica la diosa reina — ¿No que querías ser el padre perfecto para todos estos bastardos? ¿No deseabas que te vieran más como padre que como rey?

— No te atrevas a refutarme, Nemuri — dijo entre dientes Yagi, sin poder controlar la poca paciencia que le quedaba.

— ¡Si puedo refutarte, porque soy tu reina y tu esposa! ¡Yo hago lo que me dé la gana! — chilló sulfurada la reina, acusando frente al rostro del dios con su dedo — ¡Has querido complacer a todos tus bastardos para bajar tu culpa y tu ausencia! ¡Pues te digo una cosa, Yagi, has fallado como siempre!

Y esa simple verdad hizo que la paciencia del dios rey desapareciera. De toda aquella ira tan venenosa que le recorría los nervios, surgió ese golpe. Su mano, gruesa y tosca como ninguna, se volvió un gélido puño que terminó por propinarle en el rostro a su esposa.

Se escuchó un crujido, luego un gemido y después un sollozo. Los ojos azules de Yagi estaban negros, mientras veía en el suelo al cuerpo petrificado de Nemuri, quien se cubría la nariz para evitar que aquel dolor tan indetenible le llegará hasta quien sabe donde. No obstante, Yagi la tomó del cabello desde su nacimiento y la alzó en su brazo como una muñeca de trapo.

Al dios rey no le importó que su esposa estuviera bañada en lágrimas, con la sangre saliendo de la nariz y suplicando en murmuraciones que la perdonara.

— Esta será la última vez que me alces la voz y dudes de mis decisiones Nemuri — susurró cerca del rostro de la diosa — y la próxima vez que vuelvas a dudar de mi, te dislocaré cada músculo de tu cuerpo con mis dedos y te colgaré del cielo a la tierra con las mismas cadenas que encadené a nuestro padre ¿Me entendiste?

Nemuri tenía la nariz goteando sangre y los ojos emborronados de lágrimas, apenas y respiraba.

— ¡¿Me entendiste?! — le gritó el dios sin ninguna sutileza.

Aterrada, la diosa asintió fervientemente. Yagi, aún iracundo, la soltó de sus dedos y la dejó caer en el suelo como un trapo. Luego se acercó a su hijo, con el mismo aire iracundo y circunspecto que llegaba, y lo tomó del hombro para que lo siguiera.

— Padre... — trató de disuadir el dios de la guerra.

— No hables Katsuki y solo ven — respondió seco el dios.

Katsuki sintió que la ira se disipaba después de ver la nimia parte de la brutalidad de su padre sobre su madre. Sin darse vuelta en ningún momento, escuchó los sollozos de su madre y después escuchó el chasquido de la puerta de su palacio.


Izuku se sentía ansioso. Y aunque trataba de observar con mucha atención todos los detalles de las columnas, de los jarrones, de las copas y de todo aquello que pasará frente a su vista, la ansiedad de encontrarse con su padre le tenía sin cuidado.

No obstante la compañía de Denki lo había calmado un poco. El dios mensajero trataba por todos los medios tranquilizarlo, le había contado de la vez en la que cuido de que Aoyama no cayera mucho en los vicios del vino por súplica de su padre, también de cuando aún, estando muy pequeño, había robado los bueyes de Kirishima, encerrándolos en una cueva y dedicando un ritual con su carne a su padre, enseñándoles así a los humanos los rituales y sacrificios a los dioses.

También el dios rubio se dedicaba a contarle historias divertidas, historias en donde tenía que cuidar a Aoyama para que no vomitara todo el vino que había consumido en una sola cosecha de uvas, de la vez en la que un fauno casi le robaba sus preciadas zapatillas estando borracho y otra en las que casi lo mordían una jauría de sus preciadas ovejas dentro de su palacio por olvidar alimentarlas.

Izuku de algún modo sintió que la compañía de Denki le restaba toda la formalidad, ansiedad y preocupación de lo que significaba su regreso, lo había hecho olvidar de la cicatriz de su brazo y volvió a reír encantadoramente como no lo hacía desde hace un tiempo.

Denki se quedó en silencio, apreciando la risa cantarina del dios y sus ojos de topacio brillaron ante la vista que le daba el dios del amor. La blancura de su piel, el baño de pecas que este tenía, el cabello rulo y verdoso, la coquetería tan natural en sus ademanes.

Izuku se dio cuenta de que lo veía demasiado y se apenó.

— ¿Qué ocurre? — interrogó el dios del amor, sintiendo que sus mejillas se calentaban.

— Nada — dijo el dios mensajero, ido y mirando al dios del amor — solo que... es bueno escucharte reír.

Izuku no dijo nada y volvió la mirada hacia la puerta del palacio, tratando de quitar de encima aquella sensación cálida que surgía desde el fondo de su estómago.

— Es muy extraño que siendo tan pequeño ya eras un rufián — comentó el dios del amor con diversión, tratando de cambiar el tema.

— Por eso también me dicen el dios de la travesura y de los ladrones, Izuku.

Izuku volvió la mirada sorprendida y sus ojos se encontraron con los ojos amarillos de Denki, traviesos y jocosos. Llevaba una sonrisa de medio lado.

— ¿Acaso has robado solo para tu beneficio?

— Normalmente no lo hago para mi beneficio, sino para el beneficio de todo el Panteón.

— ¿Qué cosas has robado para beneficio del Panteón?

— Bueno, Robe la lira que le regale a Kirishima cuando estaba pequeño y la use para robar de las fauces de un gigante una vaca blanca que atesoraba nuestro padre — dijo el dios con bastante tranquilidad, tratando de no denotar la vanidad en su voz.

— ¿Hablas de la vaca blanca que estaba en custodia del gigante Argos, el de los 100 ojos?

— Exactamente. Es raro que lo hayas escuchado.

— Si vieras que escucho cada una de las historias que dicen las musas — contestó irónico el dios del amor — aunque nunca entendí por qué padre quería una vaca blanca.

— Te contaré, sí y solo sí lo mantienes como un secreto — susurró Denki acercándose al dios del amor.

— No soy como el servicio de este palacio, Denki. Sé ser discreto — le respondió con total diversión.

Denki pudo oler de cerca el perfume del dios y sintió que aquella deliciosa fragancia le hacía perder los estribos de su raciocinio, no obstante, sabía que el dios aún estaba renuente a los acercamientos debido a su cicatriz y si se atrevía a seducirlo con sus caricias, podría perder esa oportunidad que tanto le había costado.

El dios mensajero se acercó un poco más, haciendo un ademán de silencio que divirtió al dios del amor.

— No sé si sabes que padre ha tenido muchos amoríos.

— Eso ya lo sé, la mayoría de ellos tuvieron venganza de Nemuri.

— Pues, la vaca blanca era una de esas... — susurró el dios con diversión.

— Vaya no sabía que nuestro padre era de esos gustos — dijo Izuku un poco avergonzado y asqueado.

Denki trato de no reír ante la ingenuidad del dios.

— No, Izuku, nuestro padre no posee vacas. Eso no es normal — respondió aún tratando de no reír — la vaca como tal era una mortal, una sacerdotisa de Nemuri. Era una de las amantes predilectas de nuestro padre y cuando Nemuri trató de descubrirlo, él la convirtió en una vaca blanca. Se llamaba Íos, si mal no recuerdo.

— ¿Y cómo es que fue a parar a Argos?

— Argos era fiel seguidor de Nemuri, un gigante por el cual tuvo misericordia y desde entonces le debe su lealtad — prosiguió Denki — y ella ya sospechaba que esa vaca blanca no era ninguna vaca, pero como no tenía pruebas de eso, la encerró bajo la vigilancia de Argos para asesinarla en el próximo sacrificio a mi padre.

Izuku se mantuvo interesado en lo que contaba Denki, por lo cual este prosiguió:

— Nuestro padre me había dado esa tarea y me había explicado todo lo que tenía que hacer para salvar a Íos, el problema estaba en que Argos era un gigante de 100 ojos.

— ¿Y qué tenía de malo? ¿No podías atacar al dormir?

— Era imposible sorprenderlo. Pues siempre tenía unos ojos dormidos, pero algunos estaban atentos y alertas. Nunca estaba completamente dormido.

— ¿Y qué hiciste entonces para robar a la vaca blanca de Argos?

— Pues me tuve que disfrazar de pastor mientras caminaba por las praderas y toque con mi flauta de pan una melodía que usaba Shinsou para dormir a los grandes batallones...

— ¿Y funcionó? — interrogó muy curioso el dios del amor.

— ¿Dudas de mis habilidades, dios del amor? — interrogó sarcástico, pero juguetón el dios mensajero.

— No lo sé, no me has contado toda la historia — respondió Izuku de la misma manera juguetona y sonrió coquetamente sin darse cuenta.

Denki tuvo que sustraer de su interior una inexistente cantidad de temple y raciocinio para no caer ante el juego coqueto en el que el dios del amor lo estaba envolviendo. Entre el dulce perfume, las risas cantarinas que aún sonaban en su cabeza y la natural coquetería del dios, lo estaban volviendo loco de deseo.

— Pues ... — discretamente el dios acercó el rostro al de Izuku y susurraba aterciopeladamente lo que quedaba de su historia — toqué y sus cien ojos se cerraron...

—¿Sí?

— y pude salvar a Íos de las manos de Nemuri — terminó de contar el dios, sintiendo que el corazón se le saldría y acercándose un poco más a los labios.

No obstante, el sonido de la puerta del palacio se abrió con un portazo tan estruendoso, que sorprendió a ambos dioses y obligó al dios mensajero a erguirse. Y tuvo la suerte de que el nuevo visitante del palacio no hubiera visto la situación en la que ambos dioses se habían envuelto.

Todoroki estaba en el umbral de la puerta, tenía la respiración agitada y desde su coronilla se podían ver las gotas de sudor caerle con parsimonia sobre la piel de su rostro. Aún llevaba sus guantes de la forja y pudo observar desde lo lejos la figura que tanto añoraba ver.

— Izuku — susurró el dios de la forja, antes de lanzarse a correr para poder tocar al dios.

Izuku se cohibió en su lugar al ver como Shoto se acercaba rápidamente a él. Sabía que lo quería tocar, que añoraba tocar su piel. No obstante, y antes de que tuviera la oportunidad de tocarlo, el dios del amor hizo brotar de sus dedos una energía verdosa y formó un campo de fuerza que detuvo al dios de la forja de tocarlo.

Shoto, inesperadamente incrédulo, empezó a golpear el campo de fuerza.

— ¿Qué demonios? Izuku, quita esta estupidez.

— No — respondió él, sintiendo que su cuerpo se tensaba.

— ¿Por qué? — le gritó el dios iracundo — Te he esperado bastante ciclos, he respetado el tiempo que tanto me han dicho que te dé y ¿Ahora quieres rechazar mis caricias?

— Shoto no es eso — respondió intranquilo el dios del amor.

— ¡Entonces qué demonios es! ¿Qué mierda es...? — y entonces se detuvo.

Shoto vio a través del campo de fuerza la larga cicatriz de piel lisa que enmarcaba uno de los brazos del dios. Fue entonces cuando Shoto entendió y recordó la razón de la larga ausencia del dios del amor, aquella mirada apenada, avergonzada y tensa que le dedicó, aquel rechazo tan decisivo. Sus ojos dejaron de llamear y sus golpes se detuvieron.

Izuku, no obstante, no bajó el campo de fuerza que lo protegía, pero puso su mano encima de la cicatriz, sabiendo que Shoto la estaba mirando y le estaba dedicando ese tipo de miradas que más odiaba en el mundo: lastima.

El silencio que reinó era tan tenso que se podía cortar con un cuchillo. Era helado, sepulcral, asfixiante. Pero fue interrumpida ante la aparición de Yagi, con el rostro totalmente circunspecto y la mirada en el piso.

Izuku fue el primero en sentirse nervioso, por eso quito su campo de fuerza y con un hilo de voz lo llamó:

— Padre...

Toshinori alzó la mirada, llena de frustración y de ira. Pero al ver que se trataba de Izuku, su rostro cambió y se llenó de sorpresa, de incredulidad y de un sentimiento cálido que necesitaba tener después de ese día tan ajetreado y de tantos sentimientos oscuros.

— Mi muchacho — el dios se acercó rápidamente y se hincó a la altura del dios para poder ver si estaba completo — ¿Estás bien? ¿No te ha pasado nada? ¿Cómo te sientes? ¿Qué has sentido? Por favor no me mientas si sientes algo, físico, interno, no importa.

Yagi hablaba tan absurdamente rápido y preocupado, que no notó la risa cantarina de su hijo, hasta que le tomó una de sus manos y lo hizo verle a los ojos.

— Papá, estoy bien.

— ¿Seguro? — interrogó nuevamente el dios.

Izuku le dedicó una sonrisa sincera:

— Seguro.

Yagi sonrió y soltó un suspiro aliviado, que después devino en un abrazo paternal. El primer contacto que sentía con su hijo después de su secuestro y el cual fue recibido por el dios del amor, primero dubitativo y luego aceptando que ese era su padre y que su tacto era cálido.

Después de separarse del abrazo, Yagi notó la presencia de Shoto y de Denki. Quienes veían en silencio la escena que él e Izuku estaban protagonizando.

— ¿Qué hacen aquí muchachos?

— Yo... — Shoto trató de decir que venía a ver a Izuku, pero sabía que si lo decía, entonces descubrirán que tenía a una Oda a su disposición que espiaba para saber qué ocurría con respecto a su futuro marido.

— Yo fui el que traje a Izuku aquí al Olimpo — dijo el dios mensajero.

Shoto volvió la mirada heterocromática al dios mensajero, celoso y tenso.

— ¿Y cómo sabías dónde estaba él? — interrogó el dios rey con una ceja alzada.

— Pues... le pregunté a Momo donde estaba y... pasé cerca de ahí y tuve curiosidad de saber como estaba y...

— Denki me ayudó a reflexionar, padre — dijo Izuku con total naturalidad.

Yagi miró con duda al dios, al igual que su prometido y el dios mensajero.

— ¿Ah sí?

Izuku asintió:

— Me hizo pensar en la tarea que como dios tengo de proteger el amor, de proteger a la belleza y de proteger esto que cada uno de nosotros tiene — inició el dios — y que, mucho más allá de esta cicatriz, seguiré siendo el dios que el Olimpo necesita. Que mi cicatriz no define quien soy, sino lo que hago y, creo que debo agradecer ese consejo, porque sino no estuviera aquí.

Los ojos esmeraldas de Izuku miraron los amarillentos de Denki y con esa mirada agradeció la presencia del dios mensajero.

— Pues me alegra mucho de que lo hayas pensado mejor, mi muchacho.

Izuku sonrió.

— Bien ahora que estás aquí entonces podremos proseguir — dictaminó el dios — Shoto no puedes estar aquí, estás irrespetando las tradiciones de las nupcias al venir acá a ver a tu futuro esposo...

Izuku entonces fue cuando se dio cuenta de que al volver, había cometido un grave error.