La Procesión

La oscuridad era asfixiante en aquel horrido y cavernoso lugar. Las arpías iban y venían alrededor de los eternos nubarrones oscuros con los que siempre estaba oculto el sol que se orillaba en el horizonte; los cuervos sonaban sus terroríficos cantares y el Lago de los olvidados rezumaba en los eternos lamentos de los muertos.

Katsuki estaba llevando a cuestas entre sus brazos las cargas que Caronte necesitaba llevar al gran y tétrico palacio de Enji para el próximo recibimiento de Camie en Otoño. Pues en el Hades, Katsuki no tenía mucho poder.

Su tremebunda fuerza y fiereza no servía de nada en ese lugar de eterno sufrimiento de las almas mortales. Tampoco se podían encontrar salidas, atajos o simples trampas para escapar de él.

Los únicos que sabían las maneras de escapar de aquel olvidado, oscurecido y cavernoso mundo eran Enji y Caronte, pero ambos tenían un recelo endemoniado y latente hacia el dios extranjero.

Katsuki sabía que no era el favorito de ningún dios, ni siquiera del propio dios del Inframundo. En más de una ocasión habían tenido bastantes malentendidos, incluyendo la aún atención que sentía la hija de Sero, dios de la agricultura, Camie, sobre el dios de la guerra.

Y aunque ella casi nunca se presentaba en los eventos en el palacio - más por culpa del obsesivo miedo del padre por perder la atención de su única hija -, ella encontraba la manera de hacerle llegar al dios de la guerra que aún tenía los ojos puestos en él.

Ahora que se encontraba en el vasto submundo del Hades, podía quitarse de encima las inesperadas atenciones de ella.

No obstante, sabía que en el Olimpo se estaban celebrando por fin las tan esperadas nupcias entre el dios del amor y el dios de la forja. Había escuchado cautelosamente como una de las arpías entre los gritos y las voces graves de su animalesca naturaleza, le decía a Enji que ya los preparativos estaban listos y que dentro de poco los dioses celebrarían a lo grande el nuevo enlace.

Katsuki trató de no darle muchas vueltas al asunto. Pero su traicionera mente le obligó a que se revolviera entre los recuerdos de ojos esmeralda, cabellos de pasto, pecas de bronce y risas cantarinas que mantuvieron al dios impasible durante los ciclos que pasaban por encima de él.

Aún faltaban muchos ciclos para poder volver al Olimpo, pero el constante dolor que significaba aquel enlace entre su amado Deku y el maldito mitad-mitad lo azotó. Solo hasta que Camie fue llevada a las fauces del Hades, que fue cuando iniciaba el equinoccio de Otoño.

Sin embargo, todos aquellos pensamientos se fueron disipando cuando observó como una silueta algo reconocida traspasó como una larga sombra roja delante de sus ojos. Hasta que lo vio dejar algunas cargas encima de la gigantesca barca de Caronte. Sudaba a cántaros y sus largas alas de plumas rojizas aleteaban para refrescarle en aquel cavernoso lugar.

Katsuki obviamente lo recordaba. Era uno de los hijos de Eris, quien cuando lo encontró escapando con Izuku lo ayudó a salir de aquel laberíntico lugar en Anticitera. Nunca supo sus motivaciones para ayudarlo a él a escapar de Eris y sus hermanos, ni mucho menos sabía las razones por las que él estaba ahí en el Inframundo.

Aunque la idea de preguntarle al final le pareció un poco imprudente, ya que no debería importarle que hacía una criatura tan desconocida en aquel nefasto lugar. Cada quién estaba donde debía estar, así estuviera vivo o muerto.

No obstante, el dios de la guerra no se había dado cuenta de que este mismo personaje lo miraba. No con esa misma ferocidad de quien tiene miedo o deseo; era una mirada suspicaz, una mirada curiosa, de esas que te detienen a hacer preguntas o iniciar una conversación. Aunque no hubo respuesta entre ellos hasta mucho tiempo después.

— Muévete muchacho, Lord Enji no es muy paciente — urgió la voz cadavérica de Caronte al chico.

— Mi nombre es Hawk, no muchacho.

— En este lugar a nadie le importa los nombres, muchacho.

Y con un ademán de urgencia Caronte mandó a volar a Hawks, quién volteó los ojos y después salió volando de la barca.

— No holgazanees mucho, dios de la guerra — dijo Caronte — recuerda que estás pagando un castigo, esto no es un paraíso.

— No me lo tienes que decir dos veces, saco de huesos — contestó sarcástico el dios, tomando unos víveres y yendo a guardarlos en la amplia barca.


Decir que Izuku estaba nervioso, era decir muy poco sobre la aglutinante y perenne sensación de temblor que sentía en su cuerpo en esos instantes. Pues el estómago se le había anudado y esa sensación desoladora de no poder saber absolutamente mucho de las nupcias, lo tenía un poco desconcertado.

Sus gracias le estaban acomodando todo su ajuar de nupcias. Andando alrededor del cuarto donde se mantenía encerrado al dios del amor, cantando, sonriendo y felicitando incansablemente a su señor quien se casaba.

— ¿No se siente emocionado mi señor? — preguntaba Aglaye mientras le llenaba la tina.

— ¿Cómo no va a estarlo? — respondía Cárites con una sonrisa — se va a casar. Y con el dios de la forja.

— ¿Ya se imaginan vivir de eso?

— Vivir llena de regalos, porque el señor Todoroki hace tantas diademas, collares y tantas cosas con sus diestras manos — dijo Carites con cierta ingenuidad.

— En eso sabemos que es diestro, pero no sabemos si lo es en otras virtudes — comentó jocosa Aglaye.

Cárites se rio, apenada y pícara, dándole un golpe conspirador a su hermana. Ambas estaban tan aleladas y distraídas con su conversación que no podían ver el aura desoladora que anidaba alrededor del dios del amor. Se veía frente al gran pedazo de espejo bruñido del cuarto, observando su rostro que no demostraba lo feliz que debía estar por su boda.

Izuku no poseía un verdadero concepto de lo que era una boda. Sabía que existían, pero Inko le había explicado que eran cosas de mortales y dioses a los cuales las ninfas no le daban bastante importancia, pues su única relación estaba en servir a la naturaleza y en adorar a los dioses. Aunque, detrás de toda esa perorata, Inko olvidó mencionarle a todas las ninfas que eran abusadas por los dioses y los mortales, y que solo pocas de ellas habían conocido el amor.

Meditabundo y perdido en sus pensamientos, Izuku dejó que sus gracias le bañaran con aguas perfumadas de lavanda y rosas, que agregaran canela a la tina, que le secaran la piel mojada, que lo vistieran con el austero ajuar con el cual se casaba, que le peinaran los rebeldes rizos, que le llenaran algunos de ellos con flores de manzanilla, que le siguieran felicitando. Hasta que se vió en el espejo: un dios condenado a un matrimonio por el cual no sentía nada más que lástima de sí mismo.

La corona de peonías y rosas blancas que llevaba en su cabeza estaba copiosa de aquellas crisálidas blancas de la naturaleza, resaltando aún más la piel de alabastro y aquel baño de bronce que tenía por pecas; llevaba una larga toga que parecía un vestido inacabable, bañado por pequeñas luces de estrella que brillaban ante el brillo del sol; llevaba unas sandalias que él mismo aprendiz de Todoroki había confeccionado con el cuero de un cervatillo albino y con largas trenzas bañadas en oro.

Para las gracias, Izuku estaba precioso. Hermoso como nunca estuvo. Pero en las luces que se refulgían detrás del iris esmeralda del dios, sólo se podía notar los nervios, el desconsuelo y la apatía que en el pecho de este sentía ante el enlace.

— Mi señor, se ve tan precioso. — apreció Aglaye con ojos ingenuos.

— Muy hermoso. Casi intocable — comentó enseguida Cárites.

— Chicas, por favor, no lo molesten — dijo Kendo entrando en la habitación — tanta emoción le va a explotar los nervios a nuestro señor.

Ahí fue cuando Izuku se dio cuenta de los ojos perspicaces de Kendo. Ambos se miraron por segundos y eso fue suficiente para que Izuku cobrará vida. Sonrió de medio lado, como si estuviera apenado.

— No seas tan dura con tus hermanas, Kendo — comentó el dios con aire dulce — ellas están emocionadas. Igual que yo. No les puedo quitar eso.

— Sabemos que es muy amable para decir la verdad, mi señor — contestó Kendo — así que lo dejaremos solo para que espere el momento en que la procesión se de.

— Pero Kendo... — lloriqueó Aglaye.

— Nada de peros — la gracia de cabellos pelirrojos tomó ambos brazos de sus hermanas y las llevó al portal de la puerta — debemos cuidar de los aposentos, además debemos darle tiempo a solas a nuestro señor.

Kendo obligó a salir a sus hermanas del aposento y antes de que ella saliera detrás de ellas, Izuku le deletreo un 'gracias' sin emitir ni un solo sonido de su voz. Kendo asintió y le dedicó una sonrisa conciliadora antes de cerrar la puerta detrás de ella, dejando al dios en la más absoluta soledad y silencio.

Izuku suspiró de alivió y volvió a dedicarse una mirada escrutadora en el gran pedazo de espejo. Observó las flores aún sin abrir de su corona de compromiso, su hermosa toga que brillaba cada vez que los rayos del sol le pegaban, las flores de manzanilla que parecían casi como florecidas en su cabello, su rostro y por último la luz escondida en sus ojos.

'No estoy preparado' se decía.

Izuku no estaba a favor de este compromiso. En verdad, le asqueaba la idea de pertenecerle a alguien. Siempre se supo libre de ataduras, libre de obstáculos y siempre fue tan rebelde como quiso serlo. Aunque, sabía que sus actos tenían consecuencias: era de palabra, generoso, amable y lóbrego, tenía que ser consecuente. Pero la idea de pertenecerle a alguien nunca fue parte de sus planes.

Siempre había estado rodeado de ninfas, aquellas hermosas criaturas que nacían de la naturaleza como flores en la primavera, en cada espuma de mar, en cada soplo estival de la brisa. Siempre las había visto libres, felices y llenas de vitalidad, sin pertenecerle ni siquiera a los elementos que le dieron la vida.

'La naturaleza nos da la vida, pero somos nosotras quien le agradecemos viviéndola' le había dicho su madre una vez.

Y ese aprendizaje le había dado la fiereza, la libertad y el disfrute que tuvo hasta su juventud, cuando se había convertido en un dios. Recordaba aquel día cuando su madre, ya habiendo tenido la edad suficiente para estar en los ritos, las fiestas y los bailes con las ninfas le dijo la verdad.

— ¡¿Qué soy qué?! — le había interrogado desconcertado.

— Cariño no tienes que alterarte.

Izuku se había levantado de la piedra en donde estaba y había empezado a dar vueltas como loco, lanzando peroratas sin sentido y murmurando sobre aquel nuevo descubrimiento de lo que era.

— Cariño, cálmate — insistió su madre desde su lugar.

—...Entonces, no solo soy esto, también debo tener poderes. No entiendo, entonces tendría... ¿Tendría que entrenar? ¿Tendría que cazar? Odio matar a los animales, son tan preciosos y mansos. No, no puedo hacerlo, pero seguro...

— ¡Izuku! — le llamó su madre con voz firme.

Izuku le miró con sus ojos esmeralda y ambos se miraron fijamente, Izuku aún en shock e Inko preocupada. Izuku soltó un largo suspiró sin saber cómo procesar todo eso.

— Mamá... por favor, no me pidas que...

— Sé que calmarte no ayudará a que asumas mejor esto, hijo mío — dijo ella acercándose y tomando con delicadeza las mejillas de alabastro de su hijo —, pero no era justo que te ocultará este secreto por más tiempo.

—Entonces... ¿Soy un dios?

Inko asintió con delicadeza.

— Y cómo...

— Naciste de la semilla de Zeus cuando ésta cayó al mar ¿Recuerdas que te dije que habías nacido de la espuma?

— Sí mamá. Por eso creíste que era una ninfa del agua.

— Pero eras varón — acotó ella con una sonrisa — y casi nunca existieron ninfas varones en nuestra especie, y si los había, eran entregados a los reyes mortales como bendición.

Izuku se quedó en silencio.

— ¿Por qué nunca me entregaste? — preguntó.

Inko perdió su mirada por un momento y dejó de tocar a su hijo.

— Porque no quise entregarte — respondió ella con vergüenza —, ofrecerte a los mortales se me hacía una idea casi abominable. Entregarte a ti, mi pequeña burbuja de espuma.

— Pero soy un dios... ¿Cómo lo supiste?

Inko miró a su hijo y se sentó en la piedra lisa en donde él estaba sentado hace un momento.

— Lo supe un día en que el dios mensajero me urgió en que te entregará a los dioses.

Sin embargo, el recuerdo se vio disipado cuando escuchó el sonido del portal tocándose. Izuku reaccionó volteando a la puerta y encontrándose con la mirada paternal de Yagi, quien lo estaba mirando con cierto aire de regocijo, orgullo y enternecimiento. Izuku sonrió sintiendo calma po primera vez en el día.

— Mírate — susurró el dios rey — vestido como si fueras un crepúsculo naciendo de una noche estrellada. Estas precioso.

— Gracias, padre — respondió feliz el dios del amor.

Se mantuvieron en silencio por un momento. Un silencio cómodo, tranquilo y que les dio la paz y la tranquilidad que no habían sentido desde hace unos días.

— Hijo...

— No tienes que decir nada padre — mencionó Izuku con cariño y mirándole a los ojos — no tienes que culparte por cosas que no pudiste controlar.

— Izuku. Te secuestraron en nuestras narices, ¿Cómo quieres que no me sienta culpable de esto?

— Porque simplemente no lo eres padre. No puedes culparte de que me hayan secuestrado.

— Te hicieron daño — dijo seriamente.

— Lo hicieron porque Eris sabía de mi recuperación inhumana.

— Te trataron como prisionero.

— ¡Papá, por favor, basta! No te culpes. Estoy a salvo y sano aquí contigo.

Izuku se acercó a su padre y le tomó con cariño ambas manos.

— Estoy en casa. Estoy aquí. Estoy sano. Lo que pasó ya no importa.

— Para mí sí.

— Papá...

— Izuku no me pidas que no sienta eso — dijo él levantándose — Eres mi hijo, podrás ser un dios, pero esto...

El dios acarició con la yema de sus dedos la cicatriz

—... Esto... me hace sentir tan débil, porque no pude protegerte.

— Papá.

— Izuku, eres uno de mis hijos. Si fuera Denki, Eijiro, Shoto o cualquiera del concilio reaccionaría igual. Son mis hijos, me preocupo por ustedes. No soy perfecto, pero si quiero intentar siempre ser lo mejor para ustedes.

Yagi sintió que los ojos se le aguaban al ver a aquel joven resplandeciente en su traje de gamos, con aquella corona de color blanquecino y sus ojos de esmeraldas resplandeciendo. Su corazón se estrujo enternecedoramente.

— Aún sigo sin poder creer que te casaras.

Izuku disimuló su sonrisa y trató de esconder aquel vacío impetuoso que se arrebolaba en su estómago.

— Sí, yo tampoco lo creo...

Yagi observó la sutil tensión que en el cuerpo de su hijo anidaba. Aunque lo único que pensó fue en los nervios antes del gamos. Los mismos que muchos de sus hijos semidioses sintieron el día de sus bodas y de los cuales trató de prescindir con sus mejores consejos y apoyos. Y esa no sería la excepción.

— Mi muchacho — dijo Yagi con cariño y poniéndose a la altura de Izuku — sé que este camino ha sido difícil para ti...

Los ojos esmeraldas miraron a los ojos cian del Dios rey, quien tomaba con cariño paternal el rostro joven del dios del amor.

— El matrimonio nunca ha sido fácil, ni para los humanos, ni para los semidioses, ni siquiera para nosotros los dioses — Yagi sermoneaba con la voz más paternal y suave que tenía — y todo lo que ha ocurrido en este tiempo lo has llevado con la cabeza en alto, con orgullo, con tanta entereza que incluso es envidiable Izuku.

— Padre...

— Déjame terminar — respondió el dios Rey con una sonrisa — No creo haber conocido que ninguno de mis hijos no haya decaído en la venganza, en el capricho o en el mismísima odiosidad con todo esto que ha ocurrido, y estoy orgulloso de que sigas siendo tan dulce, tan cortés y tan amable con todos. Eres una joya mi muchacho.

Tal fue la repercusión de las palabras del dios rey dentro del pecho en el corazón del dios del amor, que no pudo evitar que esas palabras de orgullo le aguaran los ojos. Su labio temblaba y el sentimiento conciliador que habían dejado las palabras de sus padre le habían hecho olvidar aquel inacabable vacío.

Izuku se lanzó a los brazos de su padre y le dio un abrazo. Un abrazo que no sabía que necesitaba, uno que le llenó del calor y de la valentía que tanto le habían hecho falta para ahora enfrentar a su destino sellado.

Un carraspeó les avisó de otra presencia y Yagi junto a Izuku rompieron el abrazo para ver en el portal a Momo. La diosa de la sabiduría estaba vestida con una preciosa toga color azul rey que tenía una sola manga, con bordados de plata y una tiara de platino que la hacía ver despampanante, sobria e imponente.

— Lamento interrumpir, padre — dijo ella con su cortesía fría — pero ya la carroza está esperando y la comitiva de Todoroki está impaciente.

— Ahh, ese Shoto si es impaciente — respondió el dios Rey con cierto fastidio — pero bueno, ¿Quién puede culpar al futuro esposo?

Izuku escuchó la risa divertida de su padre, pero también noto por unos instantes que el rostro impoluto de Momo se había constreñido en una mueca. Una mueca que solo Izuku notó y del cual se mantuvo en silencio.

— Debo retirarme entonces — anunció el dios Rey, tocando con su gigantesca mano la cabeza peliverde de Izuku — te veré en tu nuevo hogar, mi muchacho.

Izuku, sin saber cómo responder sin volver a sentir aquel indemne vacío, logró asentir y soltar una sonrisa de labios cerrados.

Yagi se retiró de la habitación. Solo para dejar atrás a Momo, quien trataba de lidiar en silencio con el dolor del casamiento de Todoroki, y a Izuku, quien no sabía cómo reaccionar, en un silencio tenso, asfixiante.

— Veo que te ha quedado perfecto el traje — trató de conciliar ella, viendo que aquel silencio estaba tensando mucho las cosas.

— Ah sí... es precioso — respondió Izuku.

— Midnight estuvo tan empecinada con que las mejores costureras del Olimpo te crearan algo bonito — respondió Momo con tranquilidad — las amenazó de quitarles las manos si no lograban lo ella quería.

Izuku no quiso comentar porque no tenía la menor idea de qué hacer, y mucho menos que decir al respecto. De nuevo el silencio los embargó y esta vez sí fue más incómodo de lo que ya era.

Momo no sabía cómo enfrentar el hecho de que ahora el dios del amor llevaría el título de consorte que tanto ella había anhelado desde hace mucho. Pero estaba consciente que su misma cobardía y su propio silencio habían condenado a que las Moiras la condenaran a la pureza de su virginidad. Y ahora no podía contra ella, porque si se enfrentaba a la felicidad de Todoroki, Todoroki la despreciaría hasta el fin de los tiempos y ella no lo soportaría.

— Sé que tu corazón está compungido y deseas tomar mi lugar — Izuku no tuvo la entereza suficiente para detener sus palabras.

Momo se puso lívida al escuchar tales palabras. Los ojos oscuros miraron con miedo a los ojos esmeraldas del dios del amor.

— Cómo...

— Momo... No quiero inmiscuirme en tu privacidad — acotó Izuku acercándose a ella con cautela — pero sé que amas a Todoroki... mucho más de lo que puedo asumir.

— Siempre lo supiste — susurró, sintiendo que algo bullía dentro de su estómago.

— No tenía cómo comprobarlo, tenía mis dudas. Pero tus muecas y tus actitu...

No obstante, no pudo terminar su frase. En cuestión de segundos, Momo, apoderada de una bullente y calcinante ira, se lanzó en contra del dios del amor, tomándolo del cuello y haciéndole chocar contra una pared de la habitación.

— Momo, espera — respondió entrecortado el dios, tratando de zafarse del agarre de su cuello.

— Eres un maldito — susurró la diosa con los ojos inyectados en sangre de la pura ira — siempre supiste que estaba enamorada de Todoroki...

— No, Momo... Espera — trató de decir.

— No esperare nada de ti, maldito embaucador. Quise hacer oídos sordos de todo lo que en este maldito Concilio se decía de ti.

Momo apretó más el agarre en el cuello e Izuku sentía que el aire le faltaba. Sus pies pataleaban, tratando de golpear a la diosa y zafarse de su agarre, pero el desespero por respirar le difuminaban la vista.

— Ochako tenía razón. Eres un maldito caos en el Panteón. Una fulana — el veneno que rezumaba aquellas palabras, solamente le hacían hervir la sangre a la diosa de la sabiduría — Haciendo que nuestros hermanos se pelearan entre ellos para tenerte, quien sabe si tienes cierta virtud o no, asqueroso.

Izuku trataba de zafarse, sus lagrimales se aguaron y sentía que todo se estaba disipando. No podía morir, pero aquel sufrimiento de sentirse sin aire le estaba carcomiendo cada parte de su cuerpo hasta hacerle hormiguear.

— Me imagino que te divirtió saber que estaba enamorada de él, jugar con él. Tenerlo solamente para ti, mientras te regocijabas en mi sufrimiento, en mis lágrimas. Eres una asquerosa alimaña.

Izuku casi sentía toda la oscuridad arrullarlo. Hasta que se escuchó un sobresalto y luego algo cayéndose. Sintió que sus piernas chocaban contra el frío suelo y luego respiró grandes bocanadas de aire que lo hicieron toser.

— ¡¿Qué demonios estás haciendo?!

— Esto no es tu maldito problema.

— ¡Claro que sí lo es! Estabas ahogando a Izuku.

— ¡No te metas!

— Soy la maldita reina del Olimpo, Momo. No serás tú quien me detenga en mandarte al Inframundo con Enji para que sufras el mismo destino que Shinsou y Aoyama. Así que desaparece de mi maldita vista.

Izuku, apenas vislumbrando un par de sombras en su difuminada vista, trató de pararse. Sin embargo, sentía una debilidad en su cuerpo que le hizo hormiguear cada músculo de su cuerpo ¿Qué había hecho mal? ¿Por qué todas las diosas le odiaban? ¿Por qué lo despreciaban?

— ¡Izuku!

Nemuri se lanzó al piso y levantó al muchacho con sus brazos. Izuku, apenas pudiendo respirar de manera errática, no se había dado cuenta de las sutiles marcas amarillentas que reposaban aún en el rostro de la Reina madre.

— Cariño ¿Estás bien? — dijo ella alzándole el rostro y viendo las marcas rojizas en el cuello de cisne — Dios mío, te ha dejado marcas.

Nemuri pudo levantar al dios del amor del suelo y reposarlo cerca de una pared para ver de cerca la marca y así poder sanarla. Mientras que Momo, llena de ira, se alejó de la habitación y desapareció del palacio y del Panteón.


Mina estaba en los remodelados jardines del palacio de Todoroki, el cual estaba tan cambiado y tan precioso que la diosa de la casa se había sobresaltado, pensando que Sero le había hecho crecer tanta vegetación al palacio por simple broma. Pero no.

Según lo que había podido recabar la diosa en el palacio, la servidumbre contaba de que Todoroki le había implorado a Sero, el dios de la agricultura, que hiciera crecer en su tierra mermada un precioso jardín para cuando llegara su nuevo esposo. Con el fin de que este no sintiera tanto apego por su antiguo hogar y que su palacio se convirtiera en un lugar en donde pudiera ser feliz, tanto que lo sintiera como su hogar.

Y en verdad, Mina estaba sorprendida. Había fuentes de hermosos tallados de marfil perfiladas por hermosas ninfas y preciosos animales, los arbustos estaban joviales y verdes, había árboles frutales y preciosos lugares llenos de flores y enredaderas. Un paraíso de naturaleza y belleza que Mina envidió por ciertos instantes.

— ¡Mina!

La diosa volvió su vista y pudo encontrar al futuro esposo. Todoroki llevaba una toga ceremonial de color ocre, con bordados rojos y una larga capa de piel de lobo. Lucía tan brillante, feliz y emocionado, que Mina no pudo evitar emocionarse de la misma manera.

— Mírate — comentó ella acercándose y abrazando con fraternidad al dios de la forja — ya pareces un cabeza de familia hecho y derecho.

Todoroki sonrió al halago.

— Me alegra verte por aquí.

— No me iba a perder tu boda por nada del mundo. Sabes lo romántica que soy con estas cosas.

— Sí.

— ¿Estás nervioso? — le interrogó la pelirrosada.

— Desde el mismo momento en que le pregunté si sería mi esposo — respondió Todoroki — es el primero que siente algo más por mí que simplemente agradecimiento Mina, es... abrumador. Me hace sentir distinto.

»Es como si todo lo que fui no importara. Quiero hacerlo feliz, entregarle cada pedazo de mi y no soltarlo nunca más. Es abrumador y emocionante en misma medida.

— No te pongas nervioso, hermano — trató de calmarlo la pelirosa — estás haciendo todo lo posible con hacerlo feliz, has buscado la manera de que todo sea llevadero para él y... nunca he visto esa parte tuya así.

Shoto sonrió genuinamente. Mina también lo hizo, viendo que la felicidad de su hermano era tan radiante que lo hacía ver tan diferente como era.

Mina aún recordaba lo taciturno, serio y, hasta cierto punto, raro que era estar con él. A veces conversar con él era de cierto modo incómodo, dado que siempre respondía con tanta frialdad y seriedad que hasta se habían creado rumores. Rumores de que era un dios cruel, un dios semental que siempre violaba a sus víctimas, hasta salir de tanto contexto que incluso dijeron que era el dios más feo que había pisado el Olimpo.

No obstante, Mina sabía que Todoroki era amable, a pesar de ser frío y serio en ocasiones. Siempre estaba dispuesto a ayudar; nunca le negaba un regalo o forja a los dioses, lo hayan despreciado o no; tenía honor y palabra, algo que no todos tenían.

— Me siento feliz, Mina. Aunque siento que me enfrentaré a un Izuku distinto.

— ¿Por qué lo dices?

Todoroki pensó un momento y después suspiro.

— Desde su secuestro por Eris y a ese estúpido grupo llamado Tifón, Izuku no ha sido el mismo — empezó a relatar el dios de la forja con cierto aire de frustración — le dejaron una marca en el brazo y ha estado muy renuente conmigo. No ha dejado que lo toque o que le acaricie... Está... distinto.

Mina abrió los ojos. Sabía que el dios del amor había sido secuestrado y que All Might había hecho una comitiva para salvarlo. Lo que no se esperaba era que el dios hubiera sido marcado y que hubiera cambiado drásticamente. Solo había una opción en tal caso de eso y Mina no pretendía decírselo a Shoto, no pretendía arruinar su día especial. Pero sí sabía cómo aconsejarlo en ese caso.

— Shoto. A lo mejor no está preparado.

Todoroki alzó su mirada y observó a la diosa de la caza de manera dubitativa.

— ¿A qué te refieres?

— A qué, quizás, Izuku no esté preparado para recibirte en su lecho.

— ¿Por qué dices tal cosa Mina? — interrogó confundido el dios de la forja — ¿Acaso sabes algo que yo no?

— Shoto, me acabas de decir que Izuku le dejaron una marca y que está distinto, llámalo intuición divina, pero, por favor, no lo presiones. Si lo obligas a yacer contigo solo harás que se aleje poco a poco de ti.

Shoto se quedó incrédulo en su lugar. Sus inseguridades volvieron a aparecer, pero trató de calmarse.

— ¿Cómo pretendes decirme eso el día de mi boda?

— Te lo digo porque eres mi hermano, y también porque no quiero que tu futuro consorte te desprecie y termines viviendo infelizmente como Nemuri y Padre.

Shoto se mantuvo en silencio y trató de asimilar todo aquello que Mina le había dicho. Sin embargo, los sonidos de unas trompetas celestiales empezaron a llenar el jardín con un cántico precioso, mientras los pájaros se excitaban en sus nidos en los árboles y las flores empezaban a esfumar su delicados perfumes.

— Ya se está acercando — susurró emocionado el dios.

— Recuerda lo que dije, Shoto. No lo presiones. Solo dale el tiempo que necesita y veras que él te aceptará.

Los ojos bicolores volvieron a mirar a los ojos amarillentos de Mina y asintió de manera conciliadora. Respirando profundamente y luego empezando a caminar hasta la entrada de su palacio, seguido por Mina.

El sonido de las trompetas se oían cada vez más cerca y el jolgorio de los inmortales en las afueras del palacio lo estaban poniendo nervioso, a tal punto de que Shoto empezó a correr hasta llegar a la gran entrada de su palacio, donde debía esperar a que la procesión siguiera su curso según la tradición hasta la puerta del palacio.

Pero nada lo tuvo preparado para la comparsa que rodeaba a su futuro esposo. Quien estaba encima de una nube, vistiendo un traje precioso como si fuera un espejismo cristalino sacado del mar, rodeado por un hermoso arcoíris que se alzaba por encima de su cabeza y siendo seguido por una comitiva de inmortales que bailaban con largas togas, serpentinas de seda y tocaban tambores y flautas ceremoniales.

El sonido de los pájaros excitados hacía compás con el sonido de las flautas y el perfume de las flores aumentaba cada vez más con la cercanía del dios del amor. Todoroki estaba extasiado por la belleza que irradiaba Izuku, con su corona de peonías y rosas blancas floreciendo, con las flores de manzanilla en sus cabellos, con las sandalias que confeccionó para él, con aquella toga que lo hacía ver como una cristalino espejismo.

Nemuri, en la diestra de Izuku, se mantenía altiva con una toga de color púrpura y una corona llena de amatistas purpuras, tratando de mantener la compostura ante la calma que mantenía el dios del amor ante la procesión.

Nemuri por dentro estaba que explotaba de la ira y de la indignación cuando vio a Momo tratar de ahorcar y desmayar a Izuku. Si bien el niñato no le caía para nada, no quería retrasar más la procesión, que se había postergado después de tanto caos y problemas. Si bien no había sido en primavera como tanto ansiaba la diosa reina, todo estaba saliendo a la perfección. Ya después vendría la bendiciones de agua hechas por ella y luego oficialmente tendrían la cena de consortes.

'Solo espero que ninguno de los imbéciles de los bastardos trate de arruinarme el plan' pensó Nemuri mientras veía por encima de su hombro como las carrozas de los dioses seguían de cerca a la comparsa y a la carroza de nubes del prometido.

Por otro lado, Izuku sentía que en cualquier momento se desmayaría. Sentía aún el escozor de las marcas ardiéndole en la piel de su cuello de cisne, aún sentía que respiraba erráticamente. Y aunque en el exterior no se viera gracias a la magia de Nemuri, el dios del amor aún podía sentir las marcas que había dejado Momo encima de su cuerpo.

No esperaba que ella reaccionará de esa manera. Nunca la consideró una diosa que se dejará llevar por sus impulsos y mucho menos que fuera tan fiera con él. Él solo buscaba explicarle que, si por él fuera, hubiera dejado que ella tomará su lugar y amará de verdad a Shoto. Que en verdad él no deseaba casarse, que él en serio quería que ella lo amará. Pero todo había salido tan mal que, nuevamente, se ganaba enemigos sin desearlo.

— ¿Nervioso cariño? — preguntó Nemuri viéndole de reojo con sus ojos azules.

— Un poco — respondió el dios del amor, sintiendo que su saliva se espesaba y el estómago se le anudaba.

— Esto me recuerda mucho a mi boda — comentó la diosa madre — Todos estaban celebrando, mientras yo sentía que moría por dentro.

Izuku se mantuvo en silencio y le dedicó una mirada de reojo a la reina, quien tenía una cara tan distraída, mirando al cielo y con un aire tan lastimero que Izuku sintió pena de ella.

— Recuerdo que las comparsas estaban tan entusiasmadas que los cánticos se escucharon hasta mucho más allá de los mares. Mi carroza era altísima, estaba hecha de maderas finas en la tarima y con una pérgola alta bañada en oro, estaba vestida de platino y rodeada de mis animales favoritos: los pavos reales.

Nemuri se mantuvo en silencio por un momento, suspirando melancólicamente.

— Pero yo me sentía como una gallina en una bandada de pavo reales. Demasiado fuera de lugar. Mientras mi corazón, aún dedicado a él, moría lentamente por su ausencia y por su condena...

Izuku estaba sorprendido. Nemuri estaba rodeada de una historia triste. Era una reina dura, feroz y siempre dispuesta a ayudar, pero con una historia tan melancólica que hasta el corazón de Izuku se le encogía.

— Aún recuerdo que trató de detener la procesión. Trató. Pero Yagi no lo dejó y lo condenó a un castigo eterno.

Nemuri dejó soltar una lágrima ante el recuerdo y una respiración entrecortada. Izuku se mantuvo en silencio, pero su corazón no lo dejó mantenerse tranquilo en su lugar.

— Lamento escuchar eso mi reina — susurró Izuku.

Nemuri volteó a mirar las esmeraldas de Izuku y, por primera vez en muchos años, sintió que alguien la miraba sin juzgarla, sin odiarla. Una verdadera mirada de empatía y consoladora. Nemuri sonrió genuinamente, una sonrisa que no muchos habían visto y que la hizo sentirse por un momento tranquila en la gigantesca jaula de oro en la que se encontraba.

— Lamento que me haya puesto así, querido Izuku.

— Mi reina, tiene derecho a hacerlo. No todos los días podemos ser fuertes. Sé que debe serlo por ser la reina madre, pero hay días en que solo debe ser Nemuri y no reina.

Izuku le dedicó su sonrisa más grande a Nemuri. La reina se sintió tan halagada y tan comprendida en esos instantes, que no pudo evitar lanzarse a los brazos de Izuku y abrazarlo con una maternidad casi increíble.

— ¿Por qué eres tan bueno con todos, querido? — había susurrado la diosa madre.

— Trato de serlo como puedo, mi reina.

Nemuri se separó de él y se dedicaron una nueva mirada. Una mirada que denotaba paz, tranquilidad y felicidad. Nemuri sintió que no podía odiarlo, mucho más allá de todo lo que él denotaba, había sido el único que no le había juzgado y, mucho menos, le había empezado a tratar con condescendencia.

No estuvieron conscientes de que la carroza había llegado a las afueras del palacio, sino hasta que el silencio los inundó y vieron que la nube esponjosa, empezaba a bajar hasta el gran enrejado de bronce que dividía su destino.

El dios del amor sintió inquietud. Ya no podía echar para atrás su destino. Estaba ahí. Todo estaría marcado.

No obstante, su hombro fue palmeado con cierta maternidad y luego los ojos azules de la reina lo miraron con cierta comprensión.

— Sé que no es lo que esperabas. Pero a veces uno tiene que tomar decisiones por un bien mucho mayor, querido — dijo la reina madre — no te culpes, no te sientas mal por no amarlo. Cada día él hará que lo ames y, con el tiempo, te sentirás mejor a su lado. Y no te lo digo porque sea su madre, sino porque sé que Shoto hará lo posible por hacerte feliz.

Nemuri escoltó al dios del amor, tomando con su diestra un hombro del dios y ayudándolo a bajar de aquella carroza esponjosa. Acompañándolo hasta la entrada de la reja, vislumbrando que toda la servidumbre e inmortales que cuidaban el palacio se arremolinaban en un grupo; coronado por un Todoroki tan nervioso, sonrojado y nervioso, que no supo qué sentir al ver a su madre y a su futuro esposo en las lindes de su palacio.

Izuku tragó duro. Respiró profundamente para enfrentarse a su nuevo destino.

No supo si fue por causa de los nervios, por los miles de pensamientos que se aglomeraban, por las miles de sensaciones que su cuerpo sentía, por el temblor, por el ardor de las marcas escondidas. No estaba consciente de cuál de todas las razones lo distrajo de su larga caminata.

Pero cuando se dio cuenta. Ya estaba cerca de las escaleras de la fachada clásica del palacio, siendo esperado por un emocionado Shoto que no sentía que todo eso fuera real.

Solo fue real para ambos cuando Shoto se acercó con cautela. Tomando las delicadas manos del dios del amor con una cautela tan inhumana, que parecía que el dios de ojos bicolores no quisiera quebrarlo o desaparecerlo.

Tocar la piel de sus manos y sentir el calor ajeno lo hizo sonreír, para luego decir:

— Bienvenido a tu nuevo hogar, esposo mío.


NOTA:

¡Hola Niños, aquí su desquiciado autor con un nuevo capítulo!

Ya al fin en la parte cumbre de la historia.

Les estoy avisando que ya casi estoy en la recta final de mi licenciatura y podré tener más tiempo para dedicarme a escribir y poder seguir escribiendo esta bonita historia.

También de qué, si tienen algunas fotos, dibujos o cualquier cosa de katsudeku o de Katsuki, Deku o cualquier personaje de temática griega o de dioses, por favor dejenlos en mi muro o en un DM. Así me ayudan a inspirarme mejor y tengo referencias.

Ahora ¿Qué pasara con nuestro Katsudeku? ¿Creen que Todoroki podrá ser paciente con Izuku? ¿Izuku podrá lograr sentir ese nuevo lugar como su hogar? pero lo más importante ¿Katsuki e Izuku volverán a verse?

Espero tengan una feliz lectura, abracitos psicológicos y nos vemos en el próximo cap.

Mark, fuera.