Escenas con sabor hiel
Todo estaba pasando muy rápido. Demasiado rápido. O al menos esa era la manera en la que Izuku justificaba para no decir que estaba distraído durante todo la cena del Gamos que ahora se estaba dando en su nuevo "hogar" y que era apenas apelmazado por un discurso de los matrimonios largos, fieles y amorosos dado por Nemuri.
Los dioses e inmortales del Panteón se habían arremolinado en todo el jardín y el salón principal del palacio de la nueva pareja, pues Shoto había dispuesto de que el salón se conectara directamente por el jardín con unos arcos de punto y una escaleras de mármol que llevaban a aquel esplendoroso jardín, en donde estaban dispuestas pérgolas llenas de enredaderas y flores; mesones largos de madera con comida copiosa y abundante vino; música y actuaciones interpretadas por las musas. Todo era un ensueño de boda.
Dentro del salón del trono se encontraban en el mesón central los nuevos esposos, junto a la compañía de los reyes del Olimpo, comiendo y recibiendo aquellas felicitaciones y regalos que el Panteón les disponía.
Shoto estaba de lo más ilusionado, llenando de atenciones, cariño, premura y dulzura a su nuevo esposo, quien le sonreía tan radiante y tan feliz, que el dios de ojos bicolores no creyó que eso le estuviera pasando a él. Izuku, por otro lado, trataba de mantener firme aquel halo de felicidad que todos se estaban comiendo, o al menos la mayoría lo creía así.
Nemuri desde su mesa veía de soslayo aquella imagen de los nuevos esposos, agradeciendo aquellas felicitaciones que la mayoría de los mortales y algunos dioses le daban a la nueva pareja. La mayoría de los dioses estaban apostados en el jardín bebiendo con solemnidad las copas de vino y a penas probando bocado, muchos de los dioses varones lucían una mueca circunspecta, otros apenas se distraían con las atenciones de la compañía de Aoyama que Mineta había traído con mucho esfuerzo y algunos sentían que la envidia les bullía como una olla al fuego.
Denki estaba apostado en un lecho hecho de pieles, mantos y almohadillas de plumas, a penas bebiendo de su copa y mirando de soslayo a Calíope que cantaba la leyenda del Minotauro, quien había perecido en manos de un príncipe mortal y de su tragedia. Y por un momento el dios mensajero sintió que su vida amorosa era eso: una tragedia.
— Esa cara si es digna de una tragedia — dijo una voz detrás de él.
— Piérdete Camie —respondió sin humor el dios mensajero, tomando otro trago de su copa.
— Tendrás que esperar hasta Otoño para irme — sonrió la rubia mientras entraba en el campo de visión de Denki.
El dios mensajero bufó y después no pudo evitar que su sobrina, hija del dios de la agricultura Sero, se sentará a su lado. El rubio no deseaba compañía en esos instantes. Lo único que deseaba en esos instantes era tener las pelotas suficientes para pegarle al dios de la forja, secuestrar a Izuku y desaparecer del Olimpo para hacerlo suyo y solo suyo.
Aquellos escalonados y rumiantes celos borboteaban desde su estómago como una bullente lava caliente, haciéndole tener una actitud impropia de él. Circunspecto, serio y evasivo. Odiaba no poder ganar aquello a lo que tanto se aferraba. Odiaba plenamente perder. Pues su orgullo era igual de grande como la reputación que presidia de su rapidez.
— Es raro verte molesto, tío — dijo la joven con suspicacia — debe ser un problema grandísimo con el abuelo o te han mosqueado alguna tarea...
— Lo que sea que me incordie o moleste, es solo asunto mío, Camie.
— Estamos rabiosos, debió haber sido algo malo — respondió socarrona la rubia, sonriendo gatunamente, quería ver hasta qué punto colmaba la paciencia de su tío.
Denki volvió a bufar y se volteó para darle la espalda a Camie. En verdad no tenía ningún humor para soportar nada, ni siquiera a Camie, que aunque era normalmente un ser insufrible, cizañoso y caprichoso, era su sobrina a quien más había consentido. No obstante aquellos celos inmarcesibles le estaban consumiendo el alma como el fuego a una pira.
— ¿Qué pasaría si te hiciera enojar? — interrogó su sobrina con curiosidad.
— No quieres saberlo, Camie. La ira de los dioses no es algo con lo que se pueda jugar, ni siquiera tú que eres de segundo rango.
Camie sintió aquel comentario como un cuchillazo directo al orgullo. Sin embargo, no soltó ningún tipo de fonema. La joven sabía que no debía tentar a su suerte mosqueando y mucho menos molestando a los dioses - ya tenía demasiado con su padre inseguro y obsesivo -, pero de algún modo la espina de la curiosidad le mataba por saber cuál era la razón que tenía tan de malas a su adorado tío.
Una Oda se acercó con aire solemne hasta los inmortales.
— Mi señor, su presencia es requerida en el salón central.
— No iré a ninguna parte hasta que se acabe el vino de esta fiesta — dijo el dios renuente a acercarse siquiera al salón principal.
— La reina madre aguarda por sus felicitaciones.
— Pues dígale a la reina madre...
— Que iremos para allá — le calló Camie antes de que Denki pudiera decir algo más.
La oda se inclinó con respeto y desapareció entre el jolgorio de gente que había en aquella festividad. Denki con el ceño fruncido se enfrentó a la mirada color miel de su sobrina y le susurró con hiel en la boca:
— ¿A qué juegas, niñata? — la profundidad de su voz hizo dar cuenta de cuan molesto estaba el dios.
No obstante, Camie tenía la valentía de enfrentarse sin chistar a la ira de los dioses. O bueno, otra razón de esas era las miles de veces que había hecho rabiar a Enji en el Hades y de cómo la convivencia la había hecho una mujer a la cual la intimidación y la rabia no le afectaba en absoluto su entereza.
La rubia sonrió con inocencia y tomó de la mano a su tío, para obligarlo a caminar detrás de ella.
—¡Vamos tío! Debemos felicitar a la feliz pareja — había dicho en voz alta para obligarlo a que aquella sarta de ojos los mirara directamente.
Si algo había aprendido Camie de Enji, era que a Enji no le importaba ser parte del Olimpo, ni mucho menos dejar guiarse por las miradas ajenas, ni los susurros, ni los comentarios silenciosos que los inmortales lanzaban en su presencia. Que en comparación con los otros dioses, a ellos les importaba.
Denki, sintiendo el peso de las miradas a su alrededor, observadoras y lacerantes, le hicieron morderse la lengua y cambiar su ceño fruncido por una mueca que parecía una sonrisa. Y se dejó guiar por aquel sendero que lo llevaría a aquello a lo que había estado evitando durante toda la festividad, aquello que a pesar de no verlo le quemaba el alma y el pecho.
Sus pasos se sentían pesados y la parsimonia con la que Camie se acercaba al salón central era tanta, que sintió el camino lo más lento, pesaroso e insufrible como los largos discursos de fidelidad y matrimonio que daba Nemuri durante las cenas oficiales. Pero nada lo preparó para enfrentar de lleno aquella imagen tan acerba.
Apenas había entrado al salón principal, el cual estaba lleno de mesones con comida y bebida, con la compañía de todos los inmortales de la comitiva de Todoroki. Pero lo único en lo que los ojos de topacio del dios mensajero se fijaron fueron en la candidez, en la pureza, en la belleza y en la sonrisa que esfumaba Izuku a lo lejos.
Vestido como si estuviera bañado de estrellas, con su corona de peonías y rosas floreciendo sobre su cabeza, con el brillo de las pecas bañando el alabastro de su piel. Simplemente una imagen que quitaba el aliento. El dios del amor se veía extrañamente más exultante, más brilloso, más... no sabría decirlo, pero Denki sentía que podría quedarse sin aliento en esos instantes.
Sus ojos se encontraron.
«Es él» se decía internamente.
— Mi alteza... — dijeron delante suyo.
Denki se avispó y alejó aquel embeleso en el que se había ensimismado, para darse cuenta de que se encontraba en frente de All Might, Nemuri, Shoto e Izuku mirándole. Denki no había sentido aquella sensación tan apremiante de sentirse intimidado desde su primera caza, es decir, desde que era un bebe, pero aquel cosquilleo que rezumaba en su estómago le hacía sentir incómodo.
— Padre — se inclinó Denki con respeto en frente a su padre y miró a los ojos azules que le dieron una afirmación — Mi alteza.
— Encantada de verte, Denki — respondió con elegancia Nemuri.
Pero lo que más le costó ver al dios mensajero fue a los nuevos esposos, cercanos. Una revalidación de que Izuku no podía ser suyo, aunque lo intentara. Su cercanía y al mismo tiempo su distancia, su dulce belleza y su amarga represión.
—Felicitaciones por su enlace — dijo finalmente el dios mensajero, sintiendo el sabor a hiel que le quemaba en la lengua al decir tales palabras.
— Se ven tan preciosos juntos — susurró con ilusión Camie — felicitaciones a los dos.
— Gracias... — trató de decir Izuku con amabilidad, pero no sabía el nombre de la muchacha.
— Camie, mi señor.
— Es la hija de Sero — aclaró Todoroki a Izuku al oído, casi como una caricia.
Por un instante Denki vislumbró algo. Algo en los ojos del dios del amor que le indicó que no estaba del todo entregado. Pues ante la cercanía de Todoroki, Izuku se alejó un poco y observó en sus ojos que no estaba la emoción de quien se enlazaba, ni siquiera un leve brillo de ilusión como lo tenía Todoroki.
— No tan cerca, que me das cosquillas — trató de sonreír el dios del amor.
Pero ahora esas sonrisas ya no se las comía Denki. En silencio, observó como el brillo de Izuku se mantenía alrededor de él como una luz infranqueable que te llevaba a verlo directamente a todo él, su belleza, su sonrisa, su personalidad, pero nunca sus ojos. Aquellos ojos de esmeralda que lucían apagados, lucían distantes, lucían renuentes.
— ¿Han disfrutado de la fiesta? — interrogó el dios del amor.
Antes de que Camie hablará, Denki se adelantó.
— Divinamente. El vino ha estado a la altura y la comida...
— Ha estado muy entretenida — siguió Camie, tratando de no sorprenderse ante la nueva actitud de su tío — en el Hades no veo más que un jardín que siempre florece y granadinas.
— Eso suena terrible — mencionó escandalosamente Izuku, observando a la joven — debes estar fascinada y feliz de haber visto algo distinto.
— ¡Sí! aunque no he visto completamente los jardines.
— Yo tampoco — respondió Izuku.
Camie río y fue seguida por la risa del cantarina del dios del amor. Denki sintió que el cosquilleo apremiante se disipaba y era reemplazado por un cosquilleó más satisfactorio.
— Pues, si estas tan curioso querido, deberías ir — comentó Nemuri, interviniendo en la conversación — al fin y al cabo, este es tu nuevo hogar.
Los ojos de Izuku brillaron por un momento. Sus pies quisieron moverse, pero su mente razonó y miró a los ojos a su recién llamado esposo. Los ojos bicolores lo miraban con inseguridad. Aunque su rostro no denotaba mueca o expresión alguna, Izuku sabía que aquel brillo inseguro, férreo y justificable, reposaba en sus ojos cada vez que lo miraba, como si fuera un sueño, una mentira, algo que se acabaría en cualquier momento.
— Shoto — susurró el dios del amor, tomando debajo de la mesa la mano áspera de su esposo.
Todoroki reaccionó y miró aquella mano pequeña, frágil, esbelta, suave y blanquecina sobre la suya, áspera, tosca, llena de cayos por su trabajo y mucho más grande. Le apretaba con esa misma fuerza que hacen los compañeros cuando no se está seguro de algo. Y después sus ojos miraron a las esmeraldas del dios del amor, aquellas mismas que brillaban en una súplica silenciosa mientras le dedicaba una sonrisa consoladora.
— No necesitas mi permiso para conocer tu hogar, mi tesoro — respondió dulcemente el dios de la forja.
Izuku sonrió y besó la mejilla de su esposo antes de levantarse de su lugar. Denki, quien miraba en silencio la escena, sintió náuseas y una sensación apremiante hormiguearle los nudillos.
— Espero no moleste que mi tío Denki sea mi acompañante — aseveró Camie.
— En lo absoluto — respondió Izuku con una sonrisa dulce, de esas que tenían cautivado al dios mensajero.
— Pero a mí sí — intervino Todoroki sin ningún ápice de discreción.
Izuku se detuvo y miró sorprendido a su esposo.
— Oh vamos, Shoto — urgió la reina madre — Izuku ya es tu esposo, puede ir por su hogar sin chaperona.
— No madre, no es que no confíe en Izuku — hizo reconsiderar el dios — es mi tesoro, confío en él plenamente; pero no deseo que ningún envidioso o embaucador lo robe.
Sus ojos bicolores miraron directamente a los ojos topacios del dios mensajero. Ambos lo sabían, pero Denki no comentó absolutamente nada y se mantuvo distante.
— Hay que ver que eres desconfiado, muchacho — acotó All Might.
— Shoto, yo estaré... — trató de decir Izuku para disuadirlo.
— Tesoro — le detuvo — no puedes esperar que confíe en otros cuando ya trataron de destruirnos una vez.
Un silencio rotundo se estableció entre los implicados. Un silencio incómodo y asfixiante. Pero que la reina madre destruyó con una idea bastante astuta:
— Entonces que lo acompañen sus gracias — aconsejó Nemuri, chasqueando los dedos y haciendo que sus odas buscarán a las tres gracias.
— Pero... — trató de volver a rezongar el dios de la forja.
— Nada de peros, querido — respondió Nemuri ante la excusa que daría Shoto — sus gracias han estado con él desde que llegó aquí al Olimpo.
Shoto se acercó a su madre y le susurró:
— ¿No que habías dicho que esas tres inmortales eran más inútiles que un olmo en invierno?
— Sí, lo son — aseveró la reina con la misma discreción — pero estás haciendo un escándalo por un paseo en tu propio hogar.
— ¿Nos han llamado, nuestros señores? — se presentó Kendo, seguida por sus hermanas Cárites y Aglaye, las cuales se inclinaron ante todos.
—¡Sí, querida! exclusivamente las esperábamos — exclamó Nemuri con dulzura — quería que escoltaran como chaperonas a Izuku y a Camie por los jardines.
— Madre — trató de decir entre dientes el dios de la forja.
— Oh, con mucho gusto mi reina — respondió con solemnidad la gracia pelirroja — siempre estaremos encantadas de acompañar a nuestro señor a cualquier lado.
— Pues no se diga más — instó la reina.
Todos se inclinaron ante la reina, para luego empezar a ser escoltados hacía la salida. No obstante, aquel sabor ácido que sentía Shoto en el paladar solo lo puso incómodo y antes de que pudiera verse alejado de su esposo, se levantó.
— Izuku — le llamó.
Izuku se volvió hacia Shoto y este le tomó su cuello, acercándolo hasta que sus labios se encontraron. Aquel roce tomó por sorpresa al dios del amor, quien no esperaba aquella acción, pero no pudo evitar sentir la dulzura, la suavidad y la delicadeza con la que Shoto le estaba entregando aquel beso, como si fuera lo más precioso del Olimpo.
Pero su cuerpo no hormigueaba, su estómago no se volcaba y mucho menos su corazón estaba palpitando como lo hacía con Katsuki.
Shoto deshizo el beso dedicándole una sonrisa arrebatadora que hizo que el dios del amor se sonrojara, más su cuerpo reaccionaba por el pasmo que aquel beso suscitaba y no por la vergüenza de verse acaramelado como pensaba Shoto.
— No tardes demasiado, ¿sí?
Izuku, sin saber qué contestar, asintió y luego volvió su camino hacia sus gracias.
Camie, quien veía toda aquella escena cursi y romántica con ojos llenos de ilusión adolescente, no se había dado cuenta de cómo el rostro del dios mensajero se desfiguró por breves instantes. Pues era inevitable no sentir rabia, frustración y envidia por parte de aquel maldito dios de la forja, quien se había adueñado de lo único que el dios sentía que podría ser suyo y solo suyo.
Denki, viendo tal acción, tuvo que morderse la parte interna de su mejilla para poder canalizar toda aquella vorágine de sentimientos que lo estaban carcomiendo. Los nudillos le volvieron a hormiguear con fuerza, la rabia le estaba borboteando como un géiser desde el estómago y aquel apremiante dolor en el pecho le carcomía como una ponzoña.
— ¿Nos vamos? — interrogó una voz a su lado.
Entonces el dios se dio cuenta de que Kendo, la gracia, estaba a su lado mirando directamente a Izuku, quien ahora miraba a ambos y obligó a Denki a cambiar su rostro por un rictus que trató de ser cordial.
— ¿Pasa algo Denki? — le interrogó Izuku.
— En lo absoluto — se excusó el dios, tratando de disuadir las emociones que se alojaban en su pecho.
— ¡Vamos! — dijo Camie, enredando su mano alrededor del brazo de Izuku — me muero por visitar tus jardines, mi señor.
— No te preocupes por llamarme así, Camie — aclaró el dios mientras caminaba hasta la salida — con Izuku bastará.
Camie e Izuku encabezaron la comitiva de aquel paseo, seguidos por la presencia del dios mensajero y de las tres gracias. Denki trató de mantener la calma y lo logró a lo largo del paseo, dado que Camie se había ganado la confianza y los aprecios del dios del amor, haciéndolo reír cada que podía, contando anécdotas de su vida en el Hades, olisqueando las flores que reaccionaban ante la presencia del dios del amor y vio su sonrisa radiante.
«Estoy enamorado» pensó finalmente el dios, sonriendo inconscientemente al ver como el dios del amor reía
Lo que no sabía el dios es que ya otra persona sabía de su amor al dios del amor, gracias a sus miradas, sus sonrisas, sus actitudes. Y, al igual que con el dios Katsuki, se mantuvo en silencio. Kendo solo deseaba, muy dentro de sí, que ninguno de los dioses le quitará la felicidad y la paz que merecía su señor.
Cuando el crepúsculo se asomó con sus colores sobre el horizonte del Olimpo y la noche se empecinó sobre todo el concilio, Izuku se dio cuenta de cuán nervioso estaba.
El dios del amor se encontraba en la terma de su nuevo hogar, sintiendo como ni siquiera el calor del baño con esencia de menta le ayudaba a mantenerse tranquilo y calmado. Hace más de un rato que todos los inmortales y dioses, algunos borrachos y otros no tanto, se habían ido del palacio con el mayor de los gustos.
Y aunque Izuku, gracias a la compañía de Camie y Denki, estuvo distraído, la noche le había caído como un balde de agua helada en los pensamientos. Sabía que lo que venía a continuación era lo que sabía que todas las novias y novios debían hacer, yacer con su esposo.
Izuku estaba consciente de eso desde que había asumido la responsabilidad de ser el consorte de alguien. De entregarse a su esposo, de dejar que él le dominará, que él yaciera a su lado y le entregará el placer que él buscaba. Pero de algún modo, estaba nervioso.
Para Izuku no era una novedad todas las coquetería, las caricias, los placeres y mucho menos los deseos. Era el dios de la fertilidad, del placer, de la sexualidad. Era el dios que podía hacer que el amor floreciera y el deseo ahogara, el mismo que podía dar fertilidad a los estériles, el mismo que con su magia y sus bendiciones podía lograr enloquecer a miles de mortales en puro placer y anhelo.
No obstante, se estaba enfrentando a algo que desconocía. Un dios. Un dios que lo amaba con locura, con desenfreno, con posesión. Un dios al cual solo sentía simpatía. Un dios que a penas le causaba un leve resquemor de anhelo por su extraña belleza.
— Mi señor — le llamó Kendo entrando a la terma.
— Estoy aquí, Kendo — respondió Izuku chapoteando un poco en el agua, sintiendo como esta se estaba entibiando.
— Lleva mucho tiempo metido en la terma — aseveró la gracia, entrando con cautela.
— Lo sé — suspiro el dios.
Kendo no quiso indagar mucho y se mantuvo distante, solo hasta que el dios rompió el silencio.
— Kendo.
— Sí — Kendo se mantuvo atenta, mirando a su señor.
— ¿Alguna vez te has sentido confundida en saber cómo debes sentirte?
La pregunta le tomó por sorpresa. Kendo normalmente siempre tenía una respuesta para todo. Era precavida, audaz y siempre trataba de satisfacer las necesidades de su señor. Pero esta vez, la pregunta la había atacado de improvisto.
— Bueno... a qué se refiere exactamente — respondió Kendo sin saber realmente qué era lo que necesitaba Izuku de ella.
— Solo... — Izuku se mantuvo en silencio por un momento — ¿Alguna vez has tenido un anhelo?
Kendo pensó por un momento la pregunta y respondió:
— Sí.
Izuku asintió.
— ¿Alguna vez lo has cumplido?
Kendo pensó por un momento. nuevamente, y luego sonrió de manera genuina. Izuku supo gracias a ese gesto espontáneo y vivaz que su gracia tenía a alguien que la tenía ilusionada y sintió, de cierto modo, una acerva sensación de verla feliz en comparación con su situación.
— No hasta ahora — respondió.
— ¿Y cómo te sientes?
La pregunta mantuvo a Kendo elucubrando por unos instantes.
— Dichosa mi señor, como si los días que pasaran no fueran suficientes para disfrutarlo — su respuesta había sido tan sincera que Izuku sintió envidia — como sí... todos los días fueran una oportunidad de ser feliz.
Izuku no comentó más nada. Sintiendo esa sensación tan lacerante y palpitante de la envidia quemarle como una ponzoña y cerrarle el pecho de puro dolor. Tuvo deseos de llorar, pero supo que las circunstancias que él tenía no se podían comparar a las de Kendo.
De Kendo no se esperaba nada más que fuera su sirviente y lo cumplía perfectamente. En cambio de él, se esperaba todo. Que fuera dulce y fiero; inocente y sagaz; responsable y encantador. De él se esperaba de todo, menos la decepción.
Salió de la terma sin poder quitarse ese peso cancerígeno, sin poder quitarse la pesadumbre que le esperaba en su nueva habitación, sin sentir realmente aquel anhelo del cual Kendo hablaba. Se vistió con aquella tela vaporosa y traslúcida que Kendo le había traído para que se sintiera cómodo, observando en uno de los espejo como la tela, a pesar de ser vaporosa y suelta, le acentuaba la figura y dejaba en vista las sombras de sus curvas.
No estaba preparado para enfrentarlo. Pero ya había postergado demasiado su encuentro con Shoto y debía pasar su primera noche como consorte. Fue escoltado por Kendo por el palacio para llegar a sus nuevos aposentos, los aposentos que compartiría con Shoto por toda la eternidad.
Camino como si fuera una aparición, una hermosa y etérea aparición. Pues dejaba sin aliento a toda la servidumbre que residía en el palacio cada vez que aparecía en los pasillos. Vestido con aquella tela traslúcida, perfumado en menta y coronado aún con las florecidas peonías y rosas, era una imagen arrebatadora.
Kendo sabía que la belleza de su señor era simplemente incomprensible, demasiado divina. Por eso le causaba cierto humor que todos aquellos que servían en la casa del dios de la forja quedarán estupefactos con la belleza de su señor, cuando solo apenas lo estaban viendo por primera vez. Hasta que le tocó enfrentarlo con su mayor anhelo.
Tetsu Tetsu estaba petrificado en el pasillo, casi como si hubiera dejado de respirar, mirando hacia la imagen cautivadora del dios del amor que lo miró y sonrió con amabilidad. La pálida testa del chico se coloró hasta casi ponerse como un tómate y se quedó atrás, balbuceando cosas ininteligibles.
Kendo sintió que su estómago se revolvía y sintió algo extraño. Una bullente sensación caliente que le hormigueaba el cuerpo y le hacía sentir molesta con su señor, aún cuando este no había hecho nada más que sonreírle. Pero ella no se daría cuenta de que eran celos, hasta que Izuku se los dijera durante una discusión.
Izuku se sintió intimidado cuando llegó a aquella puerta gruesa labrada. Era la única separación que había entre enfrentar su compromiso o evitarlo al menos esa noche. Su estómago se revolvió y un nerviosismo abismal le había caído como un yunque. No estaba preparado para enfrentar a su nuevo esposo, de enfrentar lo que le haría al otro lado de la habitación, de yacer con él.
Su rostro se contrajo en una mueca de indecisión y pavor que lo mantuvo petrificado frente a la puerta. Kendo al darse cuenta de aquella expresión de parte de su señor, quiso reaccionar. No obstante la puerta frente a ellos se vio abierta, dejando a la vista a un Todoroki decidido a salir de su habitación y que se detuvo al ver a su esposo frente a la puerta.
— Izuku — dijo su nombre sorprendido.
El pecoso dios cambió aquella mueca por una sonrisa, sin dejar de sentir aquel vacío lacerante en el estómago.
— Shoto — respondió.
— Ya iba a salir a buscarte, pensé que...
— ¿Estás preocupado por mí? — interrogó el dios dulcemente.
Los ojos bicolores lo miraron y vio el brillo con el que Todoroki lo miraba. Se sintió pésimo.
— Siempre lo estaré, aún así estemos en nuestro hogar — respondió el dios de cabello bicolor y acercó su diestra al rostro de su esposo, acariciando su mejilla — eres mi tesoro y mi nueva vida, no deseo perderte.
Aquellas palabras, dulces y apasionadas, calmaron un poco los nervios del dios de pecas de bronce. Dejó que el dios de la forja se acercara y rodeara con sus amplios brazos su feble figura, dejando un camino de besos suaves y amorosos alrededor de su mejilla que lo hicieron reír.
— Me retiro por este día, mis señores — contestó Kendo viendo que ya su señor no la necesitaba y sintiéndose incómoda por el mal tercio que estaba haciendo.
— Gracias por todo, Kendo — agradeció el dios del amor.
— Espero puedan sentirse cómodas en sus nuevos aposentos — acotó atento el dios de la forja.
— Agradecemos sus atenciones, mi señor — Kendo se inclinó frente a ambos — nos han acomodado muy bien.
— Espero que sientan que este palacio no sea un lugar desconocido, sino un hogar — comentó el dios de la forja.
Kendo sonrió y volvió a inclinarse, luego se retiró y desapareció por un pasillo. Después Shoto volvió a dejar un beso casto sobre la mejilla del dios del amor y lo escoltó dentro de sus nuevos aposentos.
Izuku no quiso pensar mucho en lo que vendría después, sino que se dejó guiar por Shoto y observó de lleno sus nuevos aposentos.
La habitación era gigantesca con un techo soportado por vigas de madera. Había un amplio ropero de caoba en una de las esquinas, junto a un mesón con un jarrón de flores encima; la cama era gigantesca, coronada por un mosquitero traslúcido; había un mesón con cuatro sillas en otra de las esquina con una cesta llena de frutos maduros; una terraza que era conectada a través de un amplio arco en punto con vistas a los jardines; pero lo más exótico era un mueble, coronado por un espejo pulido y lleno de joyería.
Shoto lo acercó hasta aquel mueble con una sonrisa divertida y, a la luz de las velas, lo paró enfrente de él.
— No quería decirte nada — dijo el dios tomando del mesón una preciosa diadema de plata con incrustaciones de cuarzo rosado — pero no podía esperar por darte mi reglo de bodas, tesoro.
Izuku se maravilló al ver aquella pieza de orfebrería. Era una belleza.
— ¿Puedo... — trato de decir el pecoso dios.
Recibió una risa cantarina de su nuevo esposo.
— Es tu regalo de bodas, mi tesoro. Claro que lo puedes usar — respondió el dios mirando a través del espejo el brillo de emoción en los ojos de su pareja.
Izuku dejó que Shoto le quitará su corona de peonías y rosas blancas, viendo como Shoto le atendía con premura, dulzura y cariño. Peinó sus rebeldes cabellos verdosos y luego coronó su cabeza con la diadema. Ambos vieron la imagen y quedaron alucinados.
Shoto observaba con aquella mirada llena de ilusión, de amor y de entrega la imagen que su nuevo esposo tenía. Mientras que Izuku estaba embelesado por su reflejo con la diadema de plata y cuarzo.
— Es precioso — agradeció hipnotizado Izuku, mirando a los ojos bicolores a través del espejo.
— Como tú, mi tesoro — respondió Shoto, depositando un dulce beso en su cuello.
Izuku sintió aquel roce como una bomba, un hormigueó eléctrico que por alguna razón encendió algo en él. Algo que no podía explicar y que le hizo hormiguear su vientre como una chispa que vaticinaba un incendió.
— Otro — susurró el dios.
Shoto se detuvo en seco. Tratando de pensar que lo que había escuchado era una alucinación de su mente bañada por el deseo. Sin embargo, las esmeraldas de Izuku lo miraban anhelantes y avergonzados, sonrojado.
— Por favor — suplicó el dios del amor en un hilo de voz.
Shoto sintió un tirón en su entrepierna.
— Lo que mi tesoro desee — susurró.
Y fue entonces cuando sus finos labios besaron con paciencia y dulzura el cuello del dios del amor, quien se derretía por cada roce que los labios de Shoto le daban a él y a esa nueva sensación electrizante.
Los labios besaron cada pedazo de piel del cuello y luego fueron siguiendo hasta bajar al hombro, dejando que aquella sensación tan sofocante y deliciosa los embebiera ambos. Las manos inquietas de Shoto se deslizaron traviesamente por una de las aberturas de la toga vaporosa de Izuku hasta tomar con firmeza la naciente dureza del dios pecoso.
Izuku jadeó, sintiendo como la mano de Shoto tomaba con solo su diestra todo su miembro. Sus manos se lanzaron a tomar el lacio cabello de Shoto, quien ya no podía frenar el frenesí que sus impulsos le pedían consumar y besaba con voracidad la piel expuesta del dios.
Con apremió el dios de la forja hizo que el dios de cabellos verdosos le diera la cara y luego lo beso. Un beso que demostraba lo hambriento que estaba, lo impaciente y el anhelo tan recalcitrante que era tener al dios del amor entre sus brazos. Pues sus labios saboreaban y comían con voracidad la cavidad bucal del dios del amor, a quien aquellos besos desenfrenados y la dureza de las manos ajenas lo habían embelesado y esfumado su raciocinio.
Shoto, impaciente, deslizaba sus manos por toda la aterciopelada piel del dios, sintiendo cada una de sus curvas y adorando cada parte de su carne. Amasó y tocó cada parte de él como pudo, embebido del deseo irracional que sentía por él dios.
Su necesidad de adorarlo, besarlo y lamerlo lo estaba matando. Tanto que el dios de la forja no escatimó y rompió con sus manos la fina tela traslúcida que cubría la desnudez de Izuku. Fue entonces cuando lo miro en su esplendorosa naturaleza.
Su piel de alabastro y pecas de bronce, su miembro endurecido y pequeño, sus caderas prominentes, su sonrojo y lo errático de su respiración. Lo llamaban a poseerlo completamente. A él. Su tesoro. Su más grande anhelo.
— Eres lo que siempre desee en mi vida — había susurrado.
Izuku apenas tuvo tiempo de asimilar la magnitud de esas palabras, pues Shoto lo había tomado de las caderas y luego alzado entre sus brazos, obligando al pecoso a enredar sus piernas en las caderas ajenas. Sintió la dureza del dios en uno de sus muslos y se sorprendió al tratar de adivinar la envergadura de lo que realmente era, pero Shoto lo volvió a besar con apremió y necesidad que olvidó ese asunto por un instante.
Shoto a tientas fue caminando, tratando de no romper aquel beso tan delicioso y lento que le estaba dando a Izuku. Sentía que no podía estarse quieto, pues aquella hormigueante sensación de estar dentro de su esposo lo estaba matando, pero sabía que necesitaba relajar a Izuku antes de poder estar dentro de él.
Acostó a Izuku con delicadeza sobre el camastro, poniéndose a horcajadas sobre él sin romper aquel beso necesitado que ambos se daban y que les hacía cosquillear la boca y el cuerpo de puro placer. Shoto rompió el beso, pero bajó por su piel, dejando besos deliciosos en su cuello, en su clavícula, en su pecho, en su abdomen, mientras Izuku se retorcía y jadeaba por los espasmos que los besos de Shoto le dejaban.
Sus manos recorrieron el cuerpo de Izuku mientras bajaban, apretando su pecho y sus pezones y haciendo que el Izuku gimiera. Un gemido frágil, agudo y satisfecho que encendió aún más el lívido del dios de la forja.
Shoto llegó a la entrepierna del dios y se detuvo, observando la maraña de sonrojos y gemidos que era Izuku bajo su tacto. Suyo y solo suyo.
— Mi tesoro — mencionó con voz pastosa y profunda.
Fue entonces cuando el dios de la forja empezó a dejar besos en la olvidada entrepierna del dios, saboreando la piel suave de su miembro y sintiendo como el dios se retorcía ante el tacto de sus labios con su piel sensible. Gimiendo y sintiendo aquellos espasmos del placer bañarlo en un hechizo que le difuminó la mirada.
— Por favor... — trató de decir Izuku entre los jadeos y el placer.
— Estas suplicante, mi tesoro — respondió con voz pastosa Shoto viendo desde su lugar la mirada anhelante del dios.
— Por favor — volvió a rogar el dios.
Shoto sabía lo que decía y necesitaba su esposo. Así que no se demoró e introdujo en sus labios el miembro palpitante de Izuku, quien casi se desmaya al sentir la electricidad que aquel primer bombeo le había dejado. Shoto alejó su brazos del pecho del dios y dejó que las piernas esbeltas de Izuku reposaran en sus hombros para volver a bombear.
La piel suave, el aroma dulce y el sabor agridulce del miembro del dios del amor, se convirtieron en ese instante en la nueva droga de Todoroki, pues disfrutaba como la piel de su esposo se derretía en su boca y de cómo él se derretía apretando las sabanas y soltando su voz en gemido placenteros que solo lo motivaban aún más, lo calentaban aún y lo enloquecían aún más.
— Oh Shoto — gimió Izuku sintiendo que se desmayaría por los espasmos.
Todoroki siguió bombeando el miembro de Izuku constantemente, viendo con satisfacción como el dios se retorcía y de cómo sus gemidos estaban inundando su habitación de un jolgorio de sonidos.
Las manos ásperas y traviesas apretaron con fuerza las nalgas del dios del amor, quien al sentir el calor de las manos del dios en sus caderas solo hizo que una calcinante sensación de ser poseído lo embargara.
— Shoto, por favor, hazme tuyo — suplicó ido de placer el dios del amor.
Todoroki se detuvo y se levantó de su puesto. Observando desde su altura la imagen erótica que le estaba entregando Izuku, rojo hasta los codos, jadeando, con los ojos desorbitados del placer y vuelto un desastre de desnudez y saliva. Se remojó los labios y sintió que su dureza palpitaba bajo las telas de su vestimenta.
— Shoto — urgió de nuevo el dios de cabellos verdosos.
El dios de la forja, saboreando cada sonido que la voz de su esposo le estaba entregando, se alejó por un momento para tomar una pequeña ánfora de cristal y volver al camastro en donde ambos estaban, siendo observado por los atentos y desorbitados ojos de Izuku.
— Esto me ayudará a tenerte hoy, tesoro — dijo el dios de cabellos bicolores echando entre sus dedos el líquido de aquella ánfora.
Izuku vio como aquel líquido inocuamente viscoso y transparente se deslizaba por los dedos de Shoto, quien se arrodilló frente a su esposo aún boca arriba y lo hizo separar las piernas, dejando ver aquella piel lampiña y suave en la que se encontraba la rosada entrada. Un fiero deseo de poseerlo lo atenazó y lo hizo salivar al ver tan apetecible entrada.
Izuku, avergonzado, se cubrió el rostro al ver los ojos devoradores y fieros que le dedicaba Shoto. Se sentía tan vulnerable y tan avergonzado. Nadie jamás lo había visto de esa manera, como si fuera un platillo, algo a lo cual devorar.
Shoto se dio cuenta de eso y empezó a besar nuevamente la pelvis de su esposo, haciéndolo rumiar de nuevo de satisfacción.
— Quiero que te relajes, mi tesoro — le había dicho, aguantando la necesidad de comerle el trasero con una voracidad de muerto de hambre.
Izuku desde su lugar acercó su mano hasta el rostro de su esposo y le acarició la mejilla con la misma dulzura que él le había hecho.
— Confío en ti, Shoto...
Aquellas palabras pesaron tanto en su mente, en su pecho y en su alma que el dios de la forja se sintió caer en un abismo lleno de perdición. Al igual que un intruso, que veía escondido y con el corazón roto aquella escena cargada de deseo y arrebato.
NOTAS:
¡Buenas! ¡Aquí nuevamente su desquiciado autor con lo prometido!
Primero que nada, quiero desearles a todxs una feliz Semana Santa, que sí bien no es algo que celebre completamente, es una festividad importante para algunos. Aprovechen a descansar, ir a la playa o a perder el tiempo viendo series, anime y manga (como yo XD).
En segundo lugar, les traje un poco de SMUT, por fin. Siento que he estado un poco flojo, pero es porque he tenido mucho tiempo sin hacer SMUT. Pero mejoraré en el siguiente.
En tercer lugar, espero que hayas disfrutado de tu lectura. Trataré de actualizar lo más pronto posible y como siempre agradezco su apoyo y amor a esta obra.
Sin nada más que decir, feliz lectura y mucho abrazos psicológicos.
MARK, fuera.
