La Caída de un Gamos (Parte III)
El rescate
El lugar estaba sumido en un silencio sibilante, enrumbado por la oscuridad de aquella penumbrosa noche sin estrellas y sin luna, bañado por las densas siluetas de los moradores de aquel laberíntico y cavernoso hueco de la isla de Anticitera.
Shigaraki, Toga y Dabi esperaban silenciosos por la aparición de su madre quien había desaparecido para comprobar si los dioses aún seguían mandando legiones de cuervos o águilas en búsqueda del dios retenido en sus manos.
Dabi alumbraba de vez en cuando la estancia penumbrosa con alguna que otra efímera llamarada, Toga tarareaba algunas canciones infantiles, mientras que Shigaraki estaba apoyado en una de las paredes lisas de aquella cueva, circunspecto e intranquilo.
Podría decirse que faltaba poco para que su plan lograra el objetivo principal por el cual su madre los había reunido: obligar a los dioses a aceptarlos como inmortales y vivir en el Olimpo por el resto de su eternidad.
Shigaraki de solo pensarlo se deleitaba con aquellas fantasías apremiantes de grandes fuentes de vino, de criaturas exóticas yaciendo con él, del reconocimiento de todos aquellos mortales que lo llamaron monstruo y abusaron de él. Faltaba poco para que aquellos que le dijeron débil, asqueroso y pútrida basura, se comieran sus palabras y sufrieran las consecuencias de su ira.
De solo tener en mente las miles de torturas que podría realizarle a sus enemigos cuando fuera un inmortal se le formó en el rostro una pérfida sonrisa al joven de cabellos grises.
— Mha, Mha, ¿En qué estás pensando, Shigaraki-kun?
— No debería ser tu problema lo que esté pensando, Toga — le respondió fastidiado y cortante el joven de ojos cadavéricos.
— Pero estoy aburrida…
— ¿Y a mi que me interesa si lo estás o no? anda a perseguir sapos como lo has hecho los últimos días.
— Mha no tienes que ser tan seco conmigo — soltó en un puchero.
Shigaraki rodó los ojos.
— Me acabas de poner los ojos en blanco, eres muy malo.
— Deja de fastidiar, desquiciada.
— ¡No me digas así! — saltó enfurecida la chica de cabellos crema.
— ¡No me interesa si no te gusta! Eres una maldita desquiciada.
— Que no lo soy — respondió enfurecida Toga.
— Que si lo eres — contraatacó Shigaraki acercándose molesto a ella.
— Que no.
— Que sí.
— ¡Que no!
— ¡Que sí, maldita sea!
— Te he dicho que no, grandísimo tonto — respondió Toga al borde de la molestia, tomando entre sus dedos el mango de la navaja de oricalco.
Pero antes de que ambos pudieran hacer algo, una gruesa cortina de fuego azul pasó por delante de sus narices, lo cual los hizo echarse para atrás de un salto.
Aquella gruesa cortina atravesó la lisa pared de la cueva hasta convertirla nada más que en un gelatinoso y derretido pedazo de magma que cayó laxo en el suelo. Cuando la cortina se detuvo, el amplio portal rodeado del ennegrecido olor a quemado dejó a la vista la fuerza de su portador.
Dabi llevaba una mueca de pocos amigos y el rictus fruncido.
— De verdad que ustedes dos son una piedra en el culo.
— Dabi, yo… lo sien…
— No quiero que digas una mierda, Toga — respondió furioso y frío — nos has estado atormentando a todos con tus jodidas niñerías y de verdad que he estado a menos de un suspiro de romperte todos los huesos y de cortarte la lengua para que dejes tus niñerías.
Toga se sintió avergonzada y temerosa por los destellos gélidos que aquella mirada turquesa le dedicaba.
—Y tú Shigaraki, también eres otro jodido guijarro en el zapato. Eres un jodido hombre, deja las estupideces y ponte seriecito.
— ¡No vengas a joderme ahora con tus aires de superioridad! He sido parte importante de este plan y…
— ¿Quién secuestró al jodido dios sin ni siquiera dejar rastro? ¿Quién los hizo llegar hasta lo que iba a hacer el laberinto jamás creado por Dédalo? ¡¿Quién pensó en ponerle grilletes de oricalco?! ¿Eh?
— No te creas la gran cosa, Dabi. Todos somos importantes en este plan.
— ¡Ay por favor Shigaraki! Lo único que has hecho en todo este tiempo es custodiar a un prisionero ¡A un jodido prisionero!
Shigaraki tuvo que morderse la lengua para no soltar la sarta de improperios que le quería dedicar a Dabi, porque sabía que eso sería una paliza segura y ya en más de una ocasión Dabi le había hecho callar de las peores formas posibles.
— Eso era lo que quería escuchar — soltó socarrón el chico de ojos de hielo, propinándole un golpe en la cabeza con el dorso de su mano — deberías ir a ver como esta…
Shigaraki chasqueó la lengua y le dió un golpe con el hombro a Dabi antes de retirarse de donde estaba, siendo engullido por los laberínticos pasillos de aquel cavernoso lugar.
El chico de cabellos opacos se sentía iracundo, molesto. Su orgullo había sido golpeado de manera implacable, y lo peor de todo es que Dabi tenía mucha razón. Su madre y él habían sido las mente criminales que habían trazado el plan con demasiada meticulosidad.
Era innegable decirle algo a Dabi, el bastardo tenía demasiada razón. Sin embargo, no era para nada justo que lo hiciera sentirse de ese modo. Como un inútil, un pedazo de mierda. No, eso no se iba a quedar así.
Traspasó algunos pasillos de manera hábil, mientras miraba en derredor las paredes lisas de aquel lugar tan complejo.
— ¿Dónde demonios pusiste esas marcas Toga?
Shigaraki no encontraba ante la densa oscuridad de la cueva aquellas marcas que Toga tanto había insistido en hacer para no perderse en aquel laberíntico lugar. Si bien, todos conocían algunos caminos del cavernoso lugar, aún seguía siendo un problema no perderse.
Shigaraki soltó un suspiro de fastidio al seguir buscando sin ningún éxito las marcas que la estúpida de su hermana había dejado.
En verdad todo le parecía bastante complicado y molesto ¿Cómo es que el jodido mortal de Dédalo había creado un lugar tan complicado y laberíntico de esa manera? En verdad que no pudo haberles hecho la vida más difícil que haber creado ese lugar tan complicado. Y para peor de males, Dabi los había metido ahí con el fin de poder esconderse mejor de los dioses.
Según lo que pudo escuchar a hurtadillas de su madre, aquel cavernoso lugar iba a ser el lugar de residencia de aquel monstruo gigantesco al que muchos temían y pocos habían podido salir con vida de él. El Minotauro. Sin embargo, el rey de Minos se arrepintió de aquel lugar y lo obligó a confeccionar un laberinto aún más complicado en las afueras de Creta, para encerrar a aquel asqueroso monstruo nacido de las injurias de los dioses.
— Te encontré — susurró el dios al vislumbrar una pequeña luz.
Era un hilillo fluorescente que brillaba frente a la penumbrosa estancia en la que se encontraba y marcaba el camino hacía el lugar que buscaba el joven de cabellos grises.
Shigaraki siguió de cerca aquel caminillo de color fluorescente que marcaba el camino, sin prestarle mucha atención a su alrededor.
La consciencia estaba volviendo poco a poco en él. Sintió un mareo implacable revolverle la cabeza, un hormigueo desagradable alrededor de su cuerpo y una febril punzada de dolor recorrerle cada músculo de manera gélida.
No estaba seguro que ocurría en esos instantes, pero trató de vislumbrar algo cuando abrió los ojos, pero todo se sentía tan desconocido. Su vista estaba borrosa y aquella espesa penumbra solo lo desconcertaba aún más.
Trató de mantenerse sereno, pero aquel nerviosismo tan lacerante y ácido subía desde el fondo de su estómago hasta su garganta como un nudo ardiente que le calcinaba.
Izuku apenas podía mantenerse sobre su cuerpo debido al lacerante hormigueo y ardor que en su cuerpo residía. Aún estaban latentes aquellas quemaduras imposibles de esconder que Dabi le había dedicado el día anterior.
La piel de alabastro, antes inmaculada, ahora estaba marcada por grandes cicatrices que estaban terminando de sanar. Cicatrices de piel lisa y blanca, que parecían injertos curados y que deformaban la belleza de la que fue su piel.
El dios del amor apenas podía levantar la mitad de su cuerpo, pero era inevitable no sentir aquel deleznable punzón que abarcaba desde su hombro derecho hasta parte de su espalda baja, y que lo hacía sollozar silenciosamente en aquel cavernoso lugar en el que estaba confinado.
Las lágrimas se le habían acabado, su voz había desaparecido después de aquel cruento encuentro con el monstruo de ojos gélidos, su cuerpo apenas respondía debido a la gran cantidad de dolor que sentía y sus músculos no le respondían ni siquiera para poder arrastrarlo en el frío y suave suelo.
Eris tenía razón. Los dioses se curaban más rápido, físicamente. Sin embargo, el interior de Izuku se sentía desfallecer. Aún podía sentir el palpitante resquemor de las heridas abiertas, el inquietante dolor que en su cicatrices residía, en la calcinante sensación de que en cualquier momento moriría y se derretiría en manos de Dabi.
— Kaachan — pudo rezongar en un hilillo de voz.
Sus pensamientos jamás dejaron de ulular entre las imágenes del dios de ojos carmesíes. Aún recordaba aquella promesa que le había hecho en el embalse.
"Mi mano, mi diestra, mi espada, mi cuerpo y mi alma, estarán atadas a ti para tu protección(...)"
— A veces no quisiera sentirme tan tonto creyéndote — soltó entrecortado.
— ¿Ya estas tan demente como para hablar solo?
El cuerpo de Izuku se tensó, obligándolo a levantarse precipitado y mascullando lamentos ante el dolor de las cicatrices.
La densa sombra que surgía de aquella densa penumbra no la podía vislumbrar totalmente, pero aquella sibilante y tenebrosa voz que surgía de aquella difuminada silueta lo obligó a ponerse en guardia.
Se echó para atrás, haciendo sonar los grilletes de oricalco que lo mantenían cautivo, hasta poder pegarse a la lisa pared que tenía detrás. Si bien no podía observar a su captor, el joven dios sintió que su presencia lo abrumaba hasta obligarle a hiperventilar.
— Wao, veo que quedaste traumatizado — contestó socarrón Shigaraki — estás hiperventilando peor que una ramera.
Izuku no contestó. El pánico lo mantuvo paralizado en su lugar y jadeó al sentir que aquella sombra se acercaba a él.
— Dabi podrá ser un hijo de puta si se lo propone. Lo sé. La gran mayoría de mis cicatrices fueron por él.
Ese comentario solo inquietó aún más al joven dios del amor, escuchando como los pasos descalzos de su captor se acercaban parsimoniosamente, como un canto fúnebre y dantesco que le estaba poniendo los nervios de punta.
— Pero si de algo estoy seguro, pequeño bocadillo, es que él logra lo que se propone.
Los pasos se detuvieron y eso solo tensó aún más el cuerpo del chico de ojos esmeralda. Su corazón palpitaba frenéticamente dentro de su pecho, el ardor que punzaba en sus cicatrices no se comparaba con el terror que le tenía a sus captores.
Su cabello fue jalado hacia arriba, y si hubiera tenido voz hubiera chillado de horror, solo para ser custodiado por la mirada perversa de Shigaraki. Sus ojos opacos y llenos de rabia le hicieron temblar de miedo.
No estaba seguro de que le ocurriría ante su captor. En más de una ocasión lo había acosado, lo había tocado de manera pérfida, sus manos una vez casi llegaron a su miembro, pero con suerte alguien lo detenía mucho antes de que pasara a mayores. Sin embargo, en esos instantes creía que se consumaría su mayor pesadilla. Por inercia, cerró sus piernas y las apretó.
— Oh, a la defensiva — susurró Shigaraki.
Aún manteniendo el cabello del dios entre sus manos, arremetió el cuerpo feble contra la pared lisa. Izuku no pudo más que soltar un débil jadeo y sentir los espasmos dolorosos del golpe sobre su espalda.
— Me gusta, bocadillo. Así será mucho más fácil para mí, así no me arrepiento de todas las torturas que te haré.
Izuku trató de forcejear, pero su cuerpo estaba desfallecido ante el dolor y el cansancio. Volteó su mirada y cerró los ojos para no mirar la cercanía del rostro de su captor. Podía sentir su asqueroso aliento besarle la piel de su mejilla, solo para después temblar de puro asco cuando la lengua de Shigaraki discurrió un camino de saliva sobre su mejilla.
— Mmmm, dulce… — susurró con voz pastosa.
Izuku rezó en silencio, pensó en su padre y en Katsuki, deseando que lo salvaran de aquel averno en el que se encontraba. Una lágrima afloró de sus mejillas al igual que un silencioso sollozo.
— Kaachan — susurró lastimero.
No obstante, Izuku fue liberado de súbito. Quedando con las rodillas sobre el suelo de manera estrepitosa.
Confundido por lo que estaba pasando en aquella densa oscuridad, escuchó el sonido de unos golpes, jadeos y después un sonido gutural de un cuerpo atravesado por un acero, un goteó grotesco y un grito ahogado.
El dios del amor se llenó de un pavor tan a flor de piel, que solo pudo paralizarse en su sitio. El silencio que lo oprimía lo mantenía alerta y cauteloso, y en nada ayudaba a que aquella intensa oscuridad limitará su visibilidad.
El silencio volvió a cortarse cuando el suelo se sacudió y el choque de un peso muerto reverberó alrededor del lugar. Izuku se contrajo en su sitio.
— Maldito bastardo — susurró aquella voz gutural y reconocible.
Izuku quiso llorar de felicidad en esos instantes.
— Kaachan — soltó en aquel hilillo de voz que le quedaba.
De súbito surgió un haz de luz, débil, pequeño, pero lo suficientemente brillante como para reflejar la silueta angosta, la mandíbula fuerte y el brillo carmesí que relataban en los ojos del dios de la guerra.
— Lamento haberme tardado tanto, Deku — susurró inconsolable el dios de la guerra.
Izuku sin poder creérselo, alzó su mano izquierda con la intención de querer tocar a Kaachan. No quería sentir que había caído en la demencia, imaginando que Kaachan solo era un juego vil de su mente.
Sin embargo, el dios de la guerra se arrodilló frente a él, con una mueca lastimada, dolida, pero dejando que aquella mano fina y de esbeltos dedos tocara la piel de su rostro.
Izuku sintió aquella piel cetrina bajo sus dedos e hipo sin poder evitarlo. Kaachan era real y eso solo hizo que su cuerpo se calmara, olvidándose del dolor que aún escocía en sus cicatrices y de aquella lacerante angustia de estar atrapado en ese lugar.
— Llegaste… — respondió con aquel hilillo de voz.
— Te prometí que te protegería — trató de que su voz no se quebrara — lo lamento tanto.
— Lo estas haciendo… — el cuerpo de Izuku estaba cediendo al cansancio — viniste… por mi…
Sin muchas fuerzas, Izuku sintió que se desfallecía. Todo dio vueltas por un instante, solo para darse cuenta, en su inconsciencia, que todo volvía a ser oscuro otra vez.
All Might, junto a Momo y Shoto, esperaban impacientes por la llegada del dios de la guerra en las orillas de la isla de Citera, custodiados de cerca por la ninfa madre Inko y su séquito de hermosas ninfas del bosque.
Decir que todo estaba en un silencio tenso, era decir poco ante la verdadera angustia que todos esfumaban ante aquel mutismo colectivo.
All Might estaba bastante angustiado, con el rostro circunspecto y los pies moviéndose de la ansiedad; Shoto por otro lado estaba apretando el mango de su martillo, tratando de drenar la angustia y la preocupación que contraía su cuerpo; Momo, en contraposición, estaba totalmente serena y tranquila, consciente de que si Katsuki tardaba más de lo necesario, todos entrarían en acción según lo acordado.
El pequeño grupo conformado por el dios rey, la diosa de la sabiduría, el dios de la forja y de la guerra, habían trazado un plan bastante simple, pero que debía ser meticulosamente ejecutado al pie de la letra.
El plan buscaba despistar a través de señuelos e información falsa la perspicacia de Eris. Sabían que la diosa podía ocasionar momentos caóticos, pero era todo gracias a la meticulosidad con la que impregnaba cada una de sus acciones. Podría causar miles de catástrofes, pero nunca ensuciarse las manos. Por lo cual despistarla era la primera parte del plan y la más importante.
El siguiente paso, era que Katsuki, con su capa de invisibilidad, se introdujera en la isla de Anticitera, la única de las islas que no estaba dominada por ninguna criatura mitológica o mortal. All Might y Momo confiaban en la cautela y silencio que el dios de la guerra se había ganado a pulso.
Y en caso de que lo descubrieran, All Might y Momo estaban preparados con sus armas para darle apoyo a Katsuki en caso de una inevitable confrontación.
Si bien en principio no se asumía a Todoroki como parte del plan, el dios insistió hasta el hartazgo que debía entrar en él por el derecho inamovible de ser el futuro esposo de la víctima, lo cual no fue bienvenido de buena manera por Katsuki. Sin embargo, el dios de la guerra no objetó por la presencia del dios de la forja, ya que Momo había insistido en que tener un par de manos más no sería mala idea si hubiera una confrontación.
De ese modo, los dioses se encontraban iluminados bajo la luz tenue de algunas antorchas, escuchando el sonar de las olas y esperando a través de aquel penumbroso mar del horizonte, la llegada del dios de la guerra.
Inko se mantenía impertérrita al lado de All Might, con el rostro impregnado de seriedad. Momo estaba tranquila, confiando plenamente en las habilidades de Katsuki para salvar a su amante. Sin embargo, Shoto se estaba impacientando, no era justo que Katsuki fuera el indicado para buscar a Izuku, el dios del amor era su futuro marido, era su derecho, él debía salvarlo.
No obstante, All Might había sido bastante claro al decirle que Katsuki debía hacer esa tarea, le gustara o no. Y no podía dudar u objetar las decisiones de All Might.
— Joder…
— Sé paciente muchacho — respondió All Might sin mirar directamente a Shoto.
Shoto apretó su mano sobre el mango de su martillo y rechinó los dientes, solo para volver a poner en su lugar. Estaba preocupado, angustiado, impotente por no saber absolutamente nada de Izuku.
Pero nada era peor que ese burbujeante sentimiento que se instalaba en su estómago y le hacía querer romper todo. Ese sentimiento que solo surgía de la idea de que Izuku fuera tocado por el dios de la guerra, que su piel estuviera mancillada por aquel horripilante ser, que el dios se aprovechara de la vulnerabilidad de su futuro esposo. Unos celos tan ponzoñosos que solo lo hacían arder por dentro.
— Maldita sea.
— Shoto, cálmate…
— No me puedes joder ahorita con eso, Momo. Estamos hablando de mi marido.
— Todos estamos preocupados — respondió la pelinegra con serenidad —, pero debemos confiar en Katsuki.
— ¿Confiar en él? — interrogó irónico — yo no confío en él, si hubiera sido mi decisión yo mismo hubiera ido a salvar a mi esposo.
— Debes confiar, Shoto. Katsuki sabe lo que hace.
— Oh por favor Momo, no seas hipócrita ahora…
— No lo estoy siendo, Shoto — y aunque por fuera la diosa lucia serena, aquel comentario le había dolido muy adentro —, entiende que por el bien de este plan debes dejar que Katsuki cumpla su parte.
— Y si no lo cumple, tendremos que salvar nosotros a mi marido y a su asqueroso y cruel culo.
Momo suspiró.
— Este plan es absurdo — rezongo en silencio el dios de la forja.
— Si tanto deseas irte de aquí, muchacho, es mejor que decidas ahora o nunca. — respondió sin una gota de paciencia más el dios rey — Todos estamos igual de preocupados que tú en estos instantes, y ser un mezquino y un berrinchudo lo único que está haciendo es incordiarnos aún más. Así que si tanto deseas quedarte y hacer de héroe con Izuku, es mejor que te calles la jodida boca , si no vuelve al Panteón como un cobarde.
Shoto frunció aún más el ceño y su piel blanquecina se tornó rojiza ante la gran rabia que sentía en esos instantes. Su orgullo había sido golpeado por nada más y nada menos que All Might. No obstante, Shoto se mordió la lengua y no reprocho ningún otro comentario.
— ¿Cuánto más falta antes de que Eijirou cubra el cielo con el alba? — interrogó All Might.
— Solo un par de horas — respondió Momo.
Sabían que si Katsuki no lograba con éxito su cometido antes de que el alba llegará, todos entrarían en acción para confrontar a los hijos de Eris.
Sin embargo, no tardó mucho antes de que Inko soltara un jadeo y observará entre la oscuridad de la noche una silueta alada acercándose a ellos de manera vertiginosa.
All Might, Momo y Shoto se pusieron en guardia cada uno con sus armas a la espera de que aquella sombra de grandes proporciones hiciera cualquier ataque.
Aquel cuerpo alado se acercó tan vertiginosamente que All Might gritó a las ninfas que se alejaran del lugar, solo para ver cómo aquel cuerpo impactaba contra la arena de la playa y alzaba una nube de arena.
Algunos chillidos de miedo se escucharon en la oscura noche y el brillo de las antorchas hacían vislumbrar aquella gigantesca ala de plumaje escarlata.
All Might al igual que los otros dioses se puso en guardia, acercándose con cautela a aquella extremidad alada y alzando entre sus manos uno de sus rayos.
No obstante, cuando el ala se abrió y dejó ver las siluetas de Katsuki y de Izuku, All Might se acercó de manera precipitada.
—Mi muchacho — soltó preocupado el dios rey al ver al chico desmayado.
Del mismo modo, Inko, Shoto y Momo se acercaron para comprobar la salud del dios del amor quien lucía bastante pálido, pero lo que más incordio y desconcertó a todos los presentes eran aquellos pedazos de piel lisa que discurrían por su brazo derecho.
— Malditos — dijo Shoto con ira contenida.
— Le han hecho demasiado daño — dijo Inko observando las marcas y acercando con delicadeza uno de sus dedos.
Izuku soltó un jadeo ante el toque en su herida, lo cual hizo reaccionar a Todoroki a tomar con fiereza la mano de Inko.
— No lo toque — advirtió el dios, apretando con su fuerza descomunal la mano de la ninfa madre.
Inko ante la ira del dios se zafó del agarre. All Might miró con ira mal contenida la acción de Shoto, pero antes de que pudiera hacer algo Katsuki salió de la nada, dejando a la vista el charco de sangre que tenía en la cara y encarando de cerca el rostro del dios heterocromático.
— No te atrevas a alzarle la mano bastardo — respondió encolerizado.
— ¿Quién demonios te ha llamado a ti? Asqueroso monstruo.
— Pues este monstruo acaba de traer sano y salvo a tu marido, deberías estar agradeciéndome en estos instantes, desagradecido de mierda.
— No me interesa, en primer lugar no te quería en esta mierda.
— Tu no estabas metido en este plan desde un principio, pero como fuiste un guijarro en el culo, mi padre no tuvo más opción que meterte.
Ambos se encararon con miradas brillantes en rabia, desafío y orgullo. Dos dioses que en esos instantes podrían hacer temblar a la tierra.
— Mamá… — susurró la débil voz de Izuku.
Inko sin importarle si debía o no, se acercó hasta su hijo y le tocó el ardiente rostro.
— Aquí estoy mi niño — susurró con maternidad y preocupación.
Izuku rezongaba y gemía en la arena, removiéndose de vez en cuando. La imagen de Izuku sufriendo había oprimido el corazón de sus presentes.
— Hay que llevarlo a la fuente — dictaminó la ninfa sin importarle mucho lo que los dioses decidieran.
Con un ademán, Inko hizo que las ninfas alzaran con delicadeza al dios. Lo cual hizo reaccionar a Shoto, quien fue detenido por All Might antes de que pudiera arruinar algo más.
— ¡¿A dónde lo llevan?! — gritó el dios desesperado, tratando de zafarse del fuerte agarre del dios rey — ¡Suéltenme, quiero ver a Izuku!
— No me interesa que quieras, Shoto — respondió mordaz el dios rey — ya has hecho demasiado por hoy.
— ¡No me van a alejar de Izuku!
Katsuki veía con molestia como el desesperó del mitad mitad se estaba llevando la poca paciencia de los presentes. Quería propinarle una golpiza que lo dejará sin habla durante al menos un jodido milenio.
— ¡Por el maldito vacío del universo!
Y ahí fue cuando All Might por primera vez golpeó a uno de los que consideraba sus tantos hijos.
Estampó su gigantesco puño sobre la mejilla del dios de la forja, haciendo que este fuera lanzado al piso debido a la magnitud del golpe. Momo y Katsuki abrieron los ojos como platos ante lo inesperado de aquello. Jamás pensaron ver a su padre tan enojado.
— Deja de ser un maldito malcriado y sé un hombre, actúa como tal. Tu marido, mi hijo, se está muriendo y tú estás evitando que lo salven, sólo por tu maldito egoísmo de tenerlo para ti solo.
Aquel intenso regaño hizo que la piel de Momo temblará. Katsuki trató de no expresar lo atónito que estaba y Shoto se sentía avergonzado, pero aún con el ceño fruncido de verse restringido de la presencia de su esposo; sin embargo, no hizo nada más que asentir en sumisión.
All Might sin importarle mucho si Shoto estaba bien o no, se acercó al único individuo que no había hablado y mucho menos dejado de observar. Aquel hombre de grandes alas escarlatas, que observaba con rostro circunspecto todo el espectáculo que los dioses le entregaban en las orillas de la isla.
— Te agradezco que hayas traído a mis hijos…
El joven de hebras rubias y ojos dorados asintió sin dejar de lado su inmaculada expresión, pero no pudo no evitar temblar ante lo imponente de All Might, lo cual el dios noto.
— Sin embargo, eso no quita el hecho de que desconfíe de ti muchacho — respondió el dios rey sin muchos miramientos — así que espero nos acompañes al Olimpo por las buenas, porque por las malas.
— No tengo ningún problema con irme con ustedes — respondió tranquilamente el joven.
All Might asintió.
— Tu nombre chico…
— Keigo Takami, pero muchos me conocen como Hawks.
Y desde ese momento, All Might supo que tendría el puesto perfecto para él. Aunque esa era otra historia.
NOTA:
Hola, Hola, aquí su "desquiciado" autor con un nuevo Capítulo de DD.
Quería decirles que muchísimas gracias por seguir apoyando a este bebé y que trataré de hacer actualizaciones mes a mes si el tiempo me da.
Espero que se estén cuidando mucho, les mando muchos besos y abrazos psicológicos.
MARK, fuera.
