Caminos Separados

Nemuri estaba renuente y completamente hastiada por todas las cosas que se estaban acumulando dentro de sus marramucias. Estaba de un pésimo humor en esos momentos y la única cosa que estaba ayudando a bajar su mal humor era el vino que estaba tomando, aunque en verdad este no le estuviera haciendo ni el más leve cosquilleo en su garganta o en sus entrañas.

Habían ocurrido demasiadas cosas desde que la diosa madre trataba de juntar al dios del amor con su deforme hijo en nupcias, y en esos instantes no había otra cosa en sus entrañas que una implacable preocupación porque todos sus planes de juntar a Shoto con Izuku se vieran mermados por la injerencia de Katsuki.

Oh sí, sabía que había algo extraño entre ellos dos. Ella no era una tonta, pero ambos dioses se habían hecho de las suyas para confundirla de cierto modo. Sin embargo, aquella información que una de sus Odas le había proporcionado el día en que el dios fue secuestrado, le había puesto los pies sobre la tierra de cuan importante era detener a su hijo de cabellos cenizos mucho antes de que sus planes se vieran tumbados.

La diosa si bien no le gustaba que le tomaran el pelo, ni mucho menos le escondieran la verdad de esa manera, desistió de hacer un drama magnánimo. All Might estaba tan de malas que en una ocasión en la que discutían le había alzado la voz y le había advertido que la encerraría en el Tártaro durante una eternidad.

Si bien la diosa no le tenía miedo a muchas cosas, a su esposo sí lo tenía. All Might era calmado, permisivo y tranquilo la mayoría de las veces, incluso en la mayoría de sus discusiones; no obstante, la ira del dios rey era una leyenda desalmada, que pocas veces Nemuri había tenido la ocasión de verla. La primera vez cuando se enfrentaron a su padre Cronos, y la última cuando conspiró contra él para convertirse en la única soberana del Olimpo.

Sabía que cuando Yagi era consumido por el mal humor y la ira, ella debía ser calmada, tranquila y amorosa con él. La ira de Yagi era bastante voluble, lo hacía frío, severo, calculador y hasta cruel si se lo proponía. Por eso se detuvo de hacer aún más grande el problema que tenía entre manos.

Sus elucubraciones si bien la mantuvieron distante por un momento, un carraspeó la hizo volver en sí , alzando su augusta mirada a quien interrumpía sus pensamientos. Pero le sorprendió encontrar en frente de su trono a la única diosa que tal vez jamás veía en su palacio aunque fuera necesario: Ochako.

La diosa de la hoguera y del hogar estaba adusta enfrente de la reina madre, con un semblante decidido y erguida sobre sus pies, acompañada por una de las tantas Odas que Nemuri tenía desperdigadas en el palacio.

La diosa enderezó su posición sobre el trono y dejó sobre una mesilla dispuesta al lado del trono su copa bruñida llena de vino.

— Oh, Ochako, no esperaba verte por aquí… hasta…

— Lo sé, Nemuri-san — respondió serena la diosa de hebras castaña — sé que mi presencia aquí es muy… inesperada.

— Siempre quitándome las palabras de la boca, querida — concordó la mujer de hebras azabache — pero lo que más me intriga de todo esto es saber cuales son las razones que te tienen aquí enfrente de mi.

Ochako se mantuvo en silencio por un momento y después soltó un suspiró, observada de cerca por los ojos implacables de la reina madre del Olimpo.

— Nemuri, como mujer vengo a presentarme ante usted a pedirle un favor.

— ¿Un favor? — interrogó sorprendida la reina — es muy extraño incluso de tu parte, querida.

— Nunca me atrevería a pedirle esto si no estuviera tan desesperada.

— ¿Desesperada?

Nemuri observó de cerca los ojos almibarados de la joven diosa y esta vez la reina madre sintió aquel cosquilleo que tal vez creyó olvidado hace mucho: la curiosidad. Sin embargo, le dedicó una sonrisa maternal a la joven de cabellos castaños.

— Tienes mi total atención querida — dijo la diosa madre tomando la copa de vino entre sus manos y dispuesta a escuchar a la joven diosa — así que ¿Cuál es el favor?


Se sentía en un vacío extraño. Un vacío calmo, reconfortante, etéreo. No podía sentir absolutamente nada más que esa anhelada sensación de calma que había perdido hace mucho, aunque no recordaba realmente porque la había perdido.

La paz se respiraba de cerca, aunque esta estaba combinada con un familiar olor a bosque, a flores y a…

Izuku trató de recuperar la vista. Sin embargo todo se veía tan difuminado y el dolor de su cuerpo entumecido lo hizo rechistar y detener su súbito movimiento.

— Izuku — le llamaron.

El llamado a su nombre hizo que parpadeara sus ojos para enfocar mejor la silueta que había mencionado su nombre. Cuando pudo apreciar mejor las motas de colores frente a su vista, observó como la imagen de Inko se materializaba, con su largo cabello verdoso y con los ojos húmedos.

— Madre — susurró audible Izuku.

— Aquí estoy mi niño — contestó la voz de la ninfa tocando con sus maternales manos el rostro pecoso del dios.

El joven dios sintió como un bálsamo el dulce toque de su madre y después se dio cuenta de todo lo que estaba a su alrededor. Las luces del sol atravesando las rendijas que las copas de los árboles, el sonido de los pájaros, el correr de las aguas. Estaba en casa.

Izuku se sintió reconfortado por un momento, hasta que trató de levantarse y una punzada en su brazo derecho lo detuvo. El dios de ojos esmeraldas ahogó un gemido y se apegó a una de las lisas paredes de la cascada en la que estaban.

— No te muevas demasiado cariño — dijo Inko acercándose y pasando una tela húmeda por la frente del dios — aún sigues sanando…

— Que…

— Tu padre fue por ti — respondió la ninfa con tranquilidad — estaba desesperado tratando de encontrarte cuando desapareciste del Olimpo. Él junto a otros dioses te salvaron.

— ¿Dónde están?

— En el Olimpo — dijo ella con tranquilidad — le rogué a tu padre que me dejará cuidarte lo necesario para que pudieras volver allá arriba sin problemas. Pero él único que estuvo en desacuerdo fue ese dios de cabellos extraños.

— Shoto — susurró el dios.

— ¿Así se llama? Pues deberías tener cuidado con él si va a convertirse en tu esposo, mi niño…

Izuku sin saber que decir ante el término de la palabra esposo, se quedó callado y miró hacia otro lado. Inko se dio cuenta.

— Cariño… ¿él en serio es…?

— Todavía no mamá — susurró en respuesta el dios — pero él desea mucho que sea su esposo, pero…

— No lo amas — término la ninfa.

Izuku miró fijamente a los ojos brillantes y verdosos de su madre, negándole con la cabeza.

— Pero ¿Piensas contraer nupcias con él? Izuku, eso es… inaudito.

— No quisiera casarme con él madre, si no estuviera atado a una promesa.

— ¿Promesa? — Inko entrecerró los ojos y dejó sus implementos a un lado — Izuku, ¿Qué demonios hiciste?

Izuku observó el brillo amenazador y preocupado que llameaban detrás de las esmeraldas de su madre. Izuku se acomodó en su lugar, evitando que las curas que se encontraban en su brazo derecho se echarán a perder.

— Por favor, escúchame. No quiero que juzgues lo que he hecho.

— Mucho más allá de que seas un dios, soy tu madre, Izuku. Es mi deber juzgar tus decisiones y más cuando ellas no te llevan a ser feliz.

Las manos de su madre tomaron la mano izquierda con cariño.

— Cuéntamelo todo.


Katsuki estaba completamente nervioso, ansioso, de un pésimo humor - aunque normalmente eso ya era pan de cada día - y estaba caminando de un lado a otro de su palacio.

El dios de la guerra se había ocupado el tiempo necesario para no pensar en el hermoso dios del amor, el cual llevaba al menos un tiempo desmayado y estaba siendo cuidado por su madre y hermanas en Citera.

Para él había sido difícil dejar en manos el cuidado del dios amor. Sin embargo, el hecho de que quien cuidaba de cerca al hermoso dios de piel de lechosa era su madre, le había calmado un poco los nervios. No obstante, aquel apremiante sentimiento de preocupación no lo había dejado en paz desde que su padre los había devuelto al Olimpo.

Decir que su padre estaba sin cuidado era decir poco. Y en verdad todo era culpa de la desternillante e incansable insistencia del jodido mitad-mitad de poder ir y quedarse con su Deku, atormentando al viejo. Su padre estaba cansado, hastiado y, al igual que él y el bastardo bicolor, preocupado por la salud del dios de fragancia enigmática.

No habían tenido ni una sola noticia del dios desde que, por obligación de All Might, todos se retiraron hacia el Olimpo. Sin embargo, el dios rey les había asegurado que estaba vigilando de cerca el progreso del pecoso y que, ante cualquier percance, les convocaría para no hacer el problema aún más grande de lo que ya era.

Katsuki se mantuvo pensativo sobre su arreglado trono y movía la pierna frenéticamente en señal de ansiedad. Deseaba con todas sus fuerzas poder escapar hacia la isla y acompañar de cerca la recuperación del dios del amor, querer saber si había despertado, si se estaba recuperando.

Su necesidad por sentirse, estar y presenciar la cercanía del dios del amor junto a él, su calor, su rostro, lo estaban volviendo loco. La simple sensación de estar alejado de aquel hermoso muchacho de infinitas pecas lo estaba haciendo delirar, su estómago se reducía y el apremió por saber sobre el dios le estaba carcomiendo sus pensamientos de una manera implacable.

— Mi señor — susurraron a penas audible para él.

El dios de cabellos cenizos observó a su protegido, despabilándose del torrente de cavilaciones que lo estaban ahogando en ese instante.

— ¿Pasa algo ojos de borrego? — interrogó el dios.

— Lamento si lo molesto, mi señor, pero el dios de la forja ha venido.

Katsuki no se molestó en reaccionar. No obstante le pareció muy extraño que el maldito del mitad - mitad se apareciera en su castillo como si nada, él nunca se había acercado a su hogar desde que le había pedido encarecidamente un arreglo hace muchos eones.

— ¿Qué hace ese bastardo aquí? — interrogó a su protegido.

— No tengo la menor idea, mi señor. Estoy tan confundido como usted.

— ¿No preguntaste si quiera que demonios hacia aquí?

— Sí lo hice, mi señor. No tuvo intenciones de contarme aunque le insistí, solo me dijo que eran cuestiones entre usted y él.

Katsuki tensó los músculos sobre su armadura y frunció el ceño de manera más pronunciada. Aquel mensaje que había mandado aquel bastardo bicolor con su protegido le había alertado a su instinto guerrero, ese instinto que solo usaba cuando estaba en medio de una guerra, en donde entraba en juego su inteligencia y su talento innato para la batalla.

Alectrión vio de cerca como la mueca de su señor se había distendido a un semblante que pocas veces el joven había visto en su señor. Un rostro permeado de concentración, decisión y fiereza. Era el semblante de un verdadero guerrero a punto de lanzarse hacia la batalla y eso solo hizo sentir dos sentimientos contradictorios en el joven: orgullo y preocupación.

— ¿Mi señor?

— Iré a verlo allá afuera — dijo el dios de la guerra con tanta seriedad que el joven dio un imperceptible respingo — solo una cosa, ojos de borrego…

— ¿Qué mi señor?

— Trae mi lanza y solo reacciona cuando yo te diga ¿Está bien?

Los ojos de carmesí miraron directamente a los almibarados de su protegido, quien asintió con bastante insistencia y desapareció por los pasillos de su palacio. Luego el dios de la guerra estiró brevemente su cuerpo, así como hizo sonar algunos huesos y empezó a mentalizarse para lo que sucedería después.

Si su instinto le decía lo correcto, el bastardo del mitad- mitad seguro ya tenía una leve sospecha de lo que sentía por Deku y, aunque le importaba una completa hectárea de escoria, debía enfrentarse cara a cara con aquel idiota para que por una vez por todas le dejará en paz.

¿Quién se creía ese imbécil? Yendo a las afueras de su palacio y dejando mensajes belicosos como esos, sabiendo de su agilidad en la guerra. Si bien a Katsuki no le importaba lo que dijeran de él, su orgullo como dios de la guerra le había impulsado a tomar aquel mensaje como un llamado a luchar. Y estaba completamente seguro de que le partiría el culo a ese bastardo.

Cuando atravesó las puertas de la entrada, imponente, altivo y tranquilo, miró de cerca la mueca que rezumaba la ira mal contenida del dios de la forja. Estaba con los nudillos apretados, los dientes mordiendo sus labios y con el fuego llameante en los ojos heterocromáticos.

— ¿Qué demonios quieres ahora bastardo?

— Vengo a que me digas en la cara lo que tu sabes, Katsuki — respondió displicente el dios de la forja, rechinando los dientes.

— ¿Saber qué cosa? Yo no soy la jodida sabionda para andar respondiéndote estupideces.

— No me tomes el pelo Katsuki — respondió iracundo el dios, acercándose a él y encarándose con rabia — ambos sabemos de lo que estoy hablando.

— La verdad es que no — respondió frío el de cabellos cenizos, haciéndose el desentendido — no soy un jodido adivino para andar acertando en qué jodida mierda estás pensando.

— Para dejarlo más claro, Katsuki. Quiero que te alejes de Izuku.

Los ojos de Katsuki se quedaron mirando atentamente al heterocromático, entrecerrándolos y observando la férrea molestia que anidaban en los ojos del dios de la forja. Observó cómo se vislumbraba el brillo de su martillo desde el cinto del iracundo dios, pero no le dio bastante importancia.

— ¿Alejarme por qué? — interrogó el dios con sorna.

— Porque él es…

— ¿Tu esposo? Ay, por favor bastardo. Todavía no le han hecho la jodida procesión y ya lo estas reclamando como si fuera un puto premio.

— Katsuki, te advierto…

— No me adviertas de nada, bastardo. Aquí el que tiene derecho a reclamarme que me aleje de él es él mismo, no tú.

— ¿Cómo osas retarme, maldito?

— ¿Retarte? Deja de decir estupideces. Deku no es tuyo — dijo lenta y salvajemente el dios de la guerra.

— ¿Deku? — interrogó el bicolor, sintiendo que el corazón se desfiguraba y la ira lo calcinaba — Eres un maldito.

— No, aquí el maldito eres tú. Queriendo ver al jodido de Deku como un premio, pues te lo digo de una vez bastardo: él no le pertenece a nadie. Sí él desea venir a mí, será por decisión propia.

— Ya estoy harto de ti — chilló lleno de ira el dios de la forja.

Con un movimiento ágil, Shoto tomó el mango de su martillo en el cinto y se abalanzó sobre el dios de la guerra. Antes de que el arma le rozara, Katsuki rodó sobre el suelo y, con un silbido característico, hizo que Alectrión, escondido entre una de las columnas, le lanzará una de sus lanzas.

Los ojos bicolores de Shoto lo miraron salvajes, sin importarle realmente si el dios de cenizos cabellos apretaba entre sus manos aquella lanza de hierro y bronce. Se volvió a abalanzar, viendo como también el dios de la guerra se abalanzaba sobre él.

Las armas se embistieron una a la otra, manteniendo la fuerza de aquellos dos dioses, uno rechinando los dientes de furia y el otro observando seriamente a su contrincante. El sonido metálico y chispeante que sacaban las armas, había puesto en tensión a Alectrión, quien observaba fuera del radar de ambos dioses aquel enfrentamiento.

" Oh dios, una pelea entre mi señor y un dios, Vamos mi señor"

— Aléjate de él Katsuki, es mío — susurró iracundo el dios.

— De verdad que eres una jodida mula, bastardo.

— Solo quiero que te alejes de él.

Shoto empujó a Katsuki hacia atrás, tratando de aprovechar el trastabillo. Sin embargo, Katsuki evitaba los golpes que el dios lanzaba con su martillo y, algunos, los contrarrestaba con el mango o la punta de su lanza. Shoto chasqueó la lengua.

En una de esas, casi golpeaba el rostro del dios, pero Katsuki echó un salto hacia atrás por los pelos. Observando ante la distancia impuesta como Shoto respiraba erráticamente por la ira.

Ambas miradas se encontraron, chispeantes, orgullosas e iracundas, esperando el siguiente movimiento de su contrincante.

— Escúchame bien, bastardo. Solo me alejaré de Deku, cuando él me lo pida de frente, no cuando tú lo desees.

— ¡Es mi esposo de quien estás hablando, Bakugo! Mí esposo — gritó de nuevo Shoto molesto.

— Pues no me interesa lo que tu consideres. Deku tiene la potestad de decir que hacer con su vida, no tú.

— Eres un maldito — rechinó los dientes.

— Dime algo que no sepa, imbécil, además de que hiciste artimañas para tener su mano.

Aquel comentario hizo que todos los tapones de cordura del dios de la forja se volaran. El dios de ojos bicolores echó un grito de guerra y se abalanzó con mucho apremió sobre el dios de la guerra, quien reaccionó y pudo contrarrestar el golpe implacable de su contrincante.

— Como te atreves, no eres quien para juzgarme, si eres un maldito monstruo.

Katsuki chasqueó la lengua y golpeó con su codo el rostro del dios, haciendo que este trastabillara y aprovechó, con vertiginosidad, barriendo su cuerpo sobre las piernas del dios de la forja y haciéndolo caer. Antes de que el dios pudiera reaccionar, el filo de la lanza se cernió sobre la yugular del dios de la forja, viéndose en la peliaguda situación de no tener salida.

El dios de la forja quería gritar de frustración y el dios de la guerra quería buscar la manera de destruir al dios. Aquel imbécil de ojos heterocromáticos le hizo perder la poca paciencia que le quedaba y en verdad deseaba buscar una manera de dislocarle los músculos por haber pretendido que el dios del amor le dejará de ver.

— ¿Quién demonios te crees que eres, bastardo? — le gritó el dios de la guerra — viniendo aquí a exigirme como si fueras nuestro padre.

— No seas imprudente y vanidoso, Katsuki. Es mi derecho como futuro esposo de él, no quiero que estés cerca de él, él me pertenece, es mío.

— Deja de verlo como una maldita cosa, bastardo. Es un dios y sus decisiones son de él, no tuyas.

El arma se apretó aún más sobre la carne del cuello del dios de la forja, pero la llama de la ira no se amilanaba frente a los ojos carmesí de Katsuki. Shoto, a pesar de verse reducido a un cuerpo tirado en el piso, estaba completamente seguro y dispuesto a seguir peleando porque aquel animal hecho dios dejará en paz a su dios, después de que una de las Odas le confesara la visita del dios de la guerra a su futuro consorte.

— Vete a la mierda, tú y todo lo que piensas.

— ¿Crees que eso me detendrá para hacerte una jodida cicatriz en la puta garganta, bastardo mitad - mitad?

— ¡Está bien! suficiente — se escuchó alrededor.

El suelo vibró en movimientos erráticos, mientras el cielo se teñía de nubes oscuras. Katsuki trastabilló hacia atrás gracias al suelo y alejó el arma del dios de la forja. Los truenos se escucharon como trompetas celestiales, los rayos bañaron de luces a todo el Panteón y, de súbito, la aparición de la silueta de All Might dejó helados a ambos dioses.

All Might tenía los ojos brillantes, su ceño fruncido estaba tan marcado que su sola mueca causaba que los pelos se enchinaran, ambas manos estaban apretadas y aquel halo que los rayos le daban a su alrededor lo hacían ver más intimidante.

— Padre — susurró el dios de la forja, buscando la manera de excusarse.

— No hables — ordenó el dios.

Shoto tuvo que morderse la lengua de la pura frustración. Se levantó del suelo y ambos jóvenes dioses se enfrentaron a la mirada de cian del dios rey, esperando a que hablará o dijera algo al respecto.

De un momento a otro las nubes negras se disiparon como el vaho y los rayos se calmaron. Yagi miraba de uno a otro de sus hijos, observando como Shoto no le enfrentaba la mirada y Katsuki lo miraba circunspecto. El dios rey no quería verse inmiscuido en esos problemas, pues sus hijos eran lo bastantes fríos y racionales como para no caer tan bajo, pero ellos habían caído en la disputa y eso no lo iba a concebir dentro del panteón.

— ¿Qué demonios creyeron que estaban haciendo eso?

Ninguno de los dos respondió nada.

— ¿Eh? ¿Ahora no van a decir nada?

— Quiero que se aleje de Izuku — respondió entre diente y molesto Shoto — me han llegado a mis oídos que él ha obligado a verlo.

Si bien Katsuki quería gritarle a ese jodido deforme que todo lo que había escuchado eran puras mentiras y chismorreos, no se impuso a hablar, sabiendo que si su padre no le instaba a hablar, se ganaría su ira.

Los ojos del dios rey se deslizaron a Katsuki.

— ¿Qué tan verdad son estos rumores Katsuki?

— Yo nunca me vi en la obligación de imponerle a alguien a estar conmigo — respondió con tranquilidad, aguantándose la lengua de fuego que estaba surgiendo en su estómago —, yo siempre he considerado que cada ser vivo tiene derecho a estar o no estar en mi compañía o presencia, nunca imponiéndoselo, como otras personas.

— Eres un maldito cínico y descarado — refunfuño con ponzoña el dios de la forja.

— Shoto — lo calló el dios rey y este chasqueó de nuevo — Entiendo tus principios, Katsuki, pero quiero que me confirmes si lo que ha dicho Shoto es verdad o no.

Katsuki viendo como los ojos de su padre le observaban y escrutaban fijamente, tratando de sacarle una respuesta que tal vez ya sospechaba. Si bien no deseaba confesar todo aquello que vivió con el dios del amor, sabía que si le mentiría al dios rey, él lo sabría.

El joven de cenizos cabellos suspiró derrotado y se enfrentó de nuevo a los ojos azules de Yagi.

— No puedo mentirle, padre. Sí, estuve con Deku, pero nunca porque lo he obligado.

— ¿Qué rumores has escuchado, Shoto?

— Que este asqueroso animal lo ha obligado a verlo a través del miedo, de la amenaza. Que había tratado de mancillarlo.

— ¿De dónde sacas de los rumores? ¿De las perras esas a las que la bruja esa llama sirvientas?

— Katsuki — advirtió el dios.

El dios de la guerra gruñó y se mordió parte de la mejilla interna para canalizar la ansiedad que en su cuerpo empezaba a borbotear.

— Solo quiero que me digas la verdad.

— Jamás mancillaría a nadie por obligación. No lo he hecho y no lo haré.

— Deja de ser un mentiroso, Katsuki.

— Oblígame maldito deforme — respondió hastiado el dios de la guerra.

— ¡Ya, paren los dos! — les ordenó con voz profunda el dios rey — esta estupidez debe parar ya.

— Lo quiero lejos de Izuku, no me interesan sus decisiones. Es mí consorte y no lo quiero cerca de él.

— Deja de ser un maldito…

— No, Katsuki, tiene razón.

Katsuki se heló en su lugar ¿Acababa de escuchar a su padre? ¿Estaba de acuerdo con el maldito de las mitades?

— Cómo….

— Si bien aún la procesión no se ha hecho, Shoto e Izuku han cumplido sus bendiciones para las nupcias y, en parte, Todoroki, como esposo, tiene derecho sobre Izuku.

— ¿Por qué?

— Porque así es el matrimonio, Katsuki. Shoto como marido y nuevo tutor tiene algunos derechos sobre la potestad de Izuku, y si él decide que no puede verte, no lo hará.

Katsuki sintió como un peso de plomo lo corroía las entrañas, inconscientemente apretó el mango de su lanza y rechinó los dientes de pura frustración ¿Acaso su padre le estaba concediendo a ese maldito la potestad de alejar a Izuku de él? ¿De no darle derecho a Izuku?

—Y si él…

— Izuku podrá decidir algunas cosas, pero si hay muchas cosas que pasarán a ser decisión de Shoto, como esposo.

Katsuki quiso gritar, pero lo que hizo fue morderse con más fuerza la mejilla interna hasta que sintió el leve sabor metálico de su sangre deslizándose por su paladar. Bajo la mirada y dejó que sus ojos se ensombrecieran por la sensación tan caótica de la impotencia y la ira que le subían desde el fondo del estómago y le estaba amargando el sabor de su boca.

— Espero estés consciente de esto, Katsuki — dijo All Might tranquilamente.

Katsuki no quiso decir nada, no obstante asintió levemente.

— Sabes que si desobedeces la petición…

— Iré al jodido Tártaro.

— Así es — dijo All Might con la misma tranquilidad intimidante — así que espero respetes las decisiones que tomé Shoto por Izuku. Nadie más que él de ahora en adelante estará para velar por el bien de su consorte. No tú.

Aquel último comentario hizo que algo dentro de él se removiera. La misma sensación apremiante que tuvo cuando creyó que estuvo a punto de perder a Izuku. Sin embargo, ahora lo estaba perdiendo, a pasos agigantados. El pecho se le oprimió hasta sentir que no podía respirar.

—Con esto dicho, me retiró. Y es mejor también que te retires de una vez Shoto.

Shoto con una sonrisa triunfante y los ojos brillantes se inclinó ante su padre para empezar a caminar parsimoniosamente hacia la salida, sabiendo que finalmente había ganado la contienda y que Izuku sería solo suyo. Solo suyo.

All Might, por otro lado, estaba esperando a que Shoto se retirara para acercarse a Katsuki.

— Kats…

— No, viejo. Vete — respondió frío y serio — no necesito que me digas más nada.

All Might se quedó paralizado. Hasta que sus ojos se abrieron y boqueó un par de veces.

— Katsuki, demonios. Yo… Yo no sabía qué…

— No lo ibas a saber de todos modos, viejo — contestó con una risa amarga el dios — ya he dado demasiados problemas a Deku… Es mejor que… No importa. De todos modos estábamos condenados.

All Might no pudo responder ante las palabras de su hijo. Un renacido sentimiento de culpa se alojó cuando poco a poco su hijo se fue alejando de él seguido por su protegido que surgió de entre las columnas.

Solo hasta que se vio solo, All Might se dio cuenta que nunca podía hacer a todos felices.