las palabras de un mensajero

Se inmiscuyo en el silencio de la noche y dejó que el sonido de los animales nocturnos le bañara el oído. Dejando que su vista se desplazará, apreciando lo plateada, fantasmagórica y gigantesca que estaba la luna, rodeada por las motas luminiscentes de las estrellas y enajenada por los sonidos de la penumbra.

El dios del amor, en esos momentos no se encontraba en sus mejores formas. Había tardado mucho en recuperarse. Sin embargo, no había estado preparado para subir al Olimpo en unos ciclos.

All Might en muchas ocasiones le había instado a que volviera a su palacio, que sus gracias le extrañaban y que Shoto estaba desesperado por verle. No obstante, aquellas impresiones no dejaron ninguna sensación de calor dentro del dios. Se sentía desolado, melancólico, increíblemente pesaroso y todo por el reflejo que la cascada le estaba entregando en esos instantes.

La piel de alabastro de su brazo, antes inmaculada y perfecta, estaba emborronada por aquella enorme cicatriz de piel lisa que iba desde su hombro hasta gran parte de su antebrazo. Aquella dantesca imagen solo le hacía sentir desdichado de sí mismo.

Se sentía horroroso, terrible. Casi con una sensación mórbida y ácida quemándole en lo más profundo de su espíritu. Ya no podría decirse que era bello. Estaba marcado.

Unas ácidas lágrimas cayeron de nuevo sobre sus pómulos, cristalinos y salados. Aquella sensación de no sentirse merecedor del título del dios más hermoso del Olimpo le hacía comprimir el pecho hasta sentir que dolía. Se apretujaba en sí mismo en las orillas del embalse en donde caía la cascada, con la mirada perdida en el reflejo inmaculado de su cicatriz.

Solo cuando las ondas del agua por el paso de una flor silvestre difuminaron el reflejo de la cascada, el dios del amor alzó la mirada para encontrarse con las esmeraldas de su madre y después volver su vista al aún difuminado reflejo de las aguas.

Inko había visto de lejos el comportamiento de Izuku, su falta de apetito, de entusiasmo y de alejarse de la cascada. Estaba consciente de cuán abrumado y reducido estaba su hijo por su imagen física, por aquella piel lisa y nacarada que estaba marcando la piel de su brazo, las lágrimas silenciosas que se enjugaba en sus largos mutismos, en lo parsimoniosas y ligeras que eran sus pisadas, en los largos periodos que se quedaba en cama.

— Cariño… — susurró con maternidad la ninfa — es hora de que vengas a dormir.

Izuku volvió la mirada a su madre, a quien se le denotaba la preocupación en los ojos, y después asintió. Se levantó con tranquilidad y, sin decir una palabra, se acercó hasta su madre para que lo escoltara a la cueva donde estaba durmiendo.

La cueva en sí no era cavernosa, era extrañamente tranquila. Se encontraba en las tierras colindantes al bosque donde dormían las ninfas de la isla, las hermanas de Izuku la habían acondicionado con una cortina flores silvestres para que oliera siempre bien y pudiera tener privacidad, le habían proporcionado un catre al fondo de la cueva con pieles y una fogata que encendían sólo para la tranquilidad del joven dios.

Izuku se recostó en el catre sin nada que decir y, unos instantes después, sus ojos se cerraron con una facilidad preocupante. Inko observaba en silencio desde la cortina de flores como el dios joven respiraba compasado y las sombras proyectadas por el fuego que delataban el aura depresiva del dios alrededor.

La ninfa reina salió de la cueva y caminó silenciosa entre los caminos verdes del bosque de las ninfas, siendo bañada por la luz plateada de la luna y las sombras que proyectaban las copas de los árboles.

No se alertó cuando el sonido de una rama penetró en el sepulcral silencio y una sombra se escabullía entre la penumbra, acechando a la figura de la ninfa reina. Quién con unos ademanes discretos, elevó unas ramas que hicieron que la figura se detuviera y echará un chillido ahogado.

Cuando la Ninfa reina se acercó a ver de cerca de la figura que las enredaderas y las raíces habían atrapado, se sorprendió al encontrar al rubio mensajero de los dioses. Denki se encontraba inmovilizado de brazos y pies gracias a unas gruesas raíces de roble y enredaderas adyacentes, tratando de zafarse de ellas.

— ¿Creías que no te vería mensajero? — le interrogó socarrona la ninfa.

— La verdad confiaba en que mi cautela me mantuviera fuera de su alcance, su alteza — dijo el dios mensajero con sinceridad, dejando que su vista amarillenta fuera a las esmeraldas de la ninfa — pero me veo en la penosa situación de aceptar que perdí.

La reina se acercó para observar mejor al dios mensajero.

— Creo que reformulare mi pregunta, ¿Qué haces aquí dios mensajero? — le interrogó la ninfa — que yo recuerde, All Might nunca me avisó que dejaría de lado su guardía con su hijo.

— No necesariamente All Might tiene que decirle todo, con sumo respeto su alteza.

— Bien, entonces le preguntaré al alba, cuando venga aquí a la isla.

Con eso dicho la ninfa se trató de alejarse de la figura del dios de cabellera rubia brillante. Denki viéndose en un aprieto, chistó la lengua silenciosamente y dejó escapar un suspiro de frustración.

— Mi señora, deténgase. Tiene razón, vine por mis propios deseos. Mi padre no sabe que estoy aquí.

Inko se detuvo a medio camino y después volvió su mirada a los ojos amarillos del dios. Le recordaban a los ojos de los zorros mansos que se encontraban en las largas llanuras de Grecia.

— Entonces, querido mensajero, te pregunto de nuevo ¿Qué haces aquí? ¿Cuáles son tus intenciones al venir aquí?

— Mi señora, con todo el respeto, prefiero no decir las razones por las vine aquí — empezó a decir el dios, tratando de zafarse de nuevo — lo único que le diré es que vengo a ver como está Izuku.

— Izuku no necesita que nadie lo visite. Con su padre es suficiente y eso lo ha dejado muy en claro. Así que no seré yo quien le incumpla sus deseos…

— Mi señora, por favor, necesito verlo — suplicó el dios mensajero.

— No atenderé nada de ti, mensajero. Serás un dios, pero yo soy su madre — respondió con fiereza la ninfa — así que espero que te retires de…

— Madre.

Inko se detuvo y observó entre la penumbra la figura del dios del amor, surgiendo entre las luces plateadas de la luna y las sombras que proyectaban los árboles del bosque como una figura fantasmagórica y etérea que iba en contraposición con la horrida sensación que daba la oscuridad sobre el bosque.

— Cariño, ¿Qué haces despierto? — interrogó preocupada la ninfa acercándose a su hijo — por favor, vuelve a…

— Madre, estoy bien — respondió el joven dios, tomando con cariño las manos de su madre.

Ambos ojos esmeraldas se miraron por un momento y el dios del amor vislumbró toda aquella preocupación que su madre anidaba. Sabía que su preocupación no era para menos, su actitud y sus ánimos habían estado en el más profundo abismo y vorágine que pudo haber conocido.

Izuku suspiró comprendiendo la preocupación de su madre y le dedicó una de sus sonrisas.

— Sé que no he estado bien, estoy consciente de ello — le dijo a su madre — y lamento haberte preocupado con todo esto que es una carga para ti…

— Eres mi hijo, tu nunca serás una carga para mí.

— De todos modos no es justo madre. He estado alejándome, aislándome, encerrándome y… tengo que aprender a enfrentar a este demonio que llevo dentro.

— Cariño, sé que lo que sientes no es fácil de asimilar para ti. Sé que has perdido el rumbo gracias a eso, que no sientes que merezcas lo que tienes — inició Inko sin poder evitarlo — sé lo que se siente, pero no puedes olvidar quien eres: un dios. Un dios amado por sus feligreses, un dios que entrega felicidad, un dios que da y entrega amor. Un dios que ayuda a hacer felices a los terrenales…

— Izuku… sin ti el Olimpo no es el mismo — sé atrevió a entrometerse Denki.

Ambos pares de ojos esmeraldas miraron al dios mensajero con la misma curiosidad, latente. Inko deshizo las enredaderas alrededor del dios mensajero y dejó que este hablará:

— ¿Cómo es eso?

— Padre está constantemente decaído, Todoroki insufrible, todo alrededor se ha puesto frío y, aunque no nos concierne a todos los dioses, nadie sabe de Katsuki.

Izuku miró directamente a los ojos amarillentos del dios y vio en ellos la sinceridad que en muchas ocasiones ausentaba en los dioses.

— Sé que es egoísta pedirte que regreses y más viniendo de mi, que te incordie en…

— Denki, no debes pedir perdón por eso. Ya pasó.

— Pero nunca tuve la oportunidad de disculparme por eso, irrespete tu compromiso, tu persona y tu integridad — urgió el dios con aire arrepentido — no es algo de mi comprometer la integridad de nadie y menos la de un dios.

Sin que se lo pidiera, el rubio hincó una de sus rodillas en el suelo y se inclinó sin mirar a ninguno de los dos presentes.

— Con bastante vergüenza, dios del amor, yo Denki Kaminari, dios mensajero, pido perdón por comprometer y avergonzar a ti, dios del amor — recitó — y te prometo, ante tu madre, que esto no volverá a pasar, desde hoy hasta el fin de mi divinidad.

Izuku vio a su madre, quien miraba con una ceja levantada al rubio dios. Por otro lado, el dios de hebras verdosas se enterneció y se acercó al cuerpo inclinado del dios mensajero. Se hincó y tomó con sus suaves y finos dedos el mentón del dios, haciendo que observara sus iris de esmeralda y dedicándole una sonrisa que hizo enrojecer la piel trigueña del dios.

— Si no puedes vivir pensando que te perdoné, entonces te perdono dios mensajero — dijo Izuku, tomando ambas manos del dios y haciendo que se irguiera — porque en tus ojos veo la sinceridad y el arrepentimiento, aunque hace mucho tiempo que te perdone.

— Es bueno escucharlo de tus labios, Izuku.

Izuku sonrió y Denki hizo lo mismo. Sin embargo, los ojos dorados se aventuraron hasta la cicatriz en el brazo del dios del amor, quien al darse cuenta de eso, se lo cubrió con mucha vergüenza y desespero.

— Izuku…

— No lo veas, por favor — soltó en un hilo de voz.

No obstante, aquel hilo de voz no detuvo aquel sentimiento protector que el rubio había sentido desde el primer día en que vio al dios y que en esos instantes afloraba como el más tierno sentir que cosquilleaba en las yemas de sus dedos.

El dios mensajero se acercó con una parsimonia tranquila, pero con un rictus de decisión y confianza inalterable. Sabía que los ojos esmeraldas de la ninfa reina lo escrutaban con una severidad que rayaba en los protector y fiero, pero eso no detuvo la confianza y el deber que en su pecho residía para tocar con una caricia enternecedora y cálida la mano que escondía la piel perlada de la cicatriz.

Izuku miró con ojos sorprendidos y avergonzados el rostro y los irises amarillentos de Denki. No obstante, aquella imperturbable muestra de decisión y aquella caricia tan tierna que atravesaba su mano hasta quemarle la piel de la cicatriz, le hizo tomar una valentía casi perdida.

Inko observaba silenciosa como aquel dios quejica e insistente tumbaba con su mirada decisiva y con aquella infalible aura protectora la gran muralla que su hijo había impuesto. Era extrañamente conmovedor que al fin una reacción ocurriera en su hijo, aunque en su interior sentía aquel cosquilleo de que la desgracia pulularía alrededor de su pobre criatura.

— No deberías avergonzarte de lo que eres, Izuku… — inició con voz tranquila y cálida el dios mensajero — estas marcas no te definen como dios, así como las partes caídas de un promontorio no definen a la tierra.

Los ojos amarillentos del dios sintieron el avasallante ardor de la confesión subirse como un hormigueo confuso, pero placentero.

— Sé que nunca podrás ser mío, porque sé que no lo eres. Pero de si algo estoy seguro, es que desde que te ví atravesar el palacio de nuestro padre, me juré que te protegería. Fui egoísta al pensar que solo fueras para mi, aunque debo aceptar que tu destino es con Todoroki y no conmigo…

Izuku sentía el corazón desbocarse en su pecho, mientras el hormigueó de aquella confesión le teñía de carmesí sus mofletes de durazno.

— Tus cicatrices, tus marcas, ni tus errores te definen completamente, solo son una parte pequeña de las grandes cosas que eres como dios, Izuku. Gentil, encantador, precioso… y una marca no define tu belleza, la define lo que eres y has sido el único que ha hecho detener la eternidad de mi tarea y convertir el lento paso del tiempo en un placer casi inmarcesible.

Izuku estaba tan ahogado en el estupor, que no se había dado cuenta de que su mano ya no cubría la marca de su brazo y que la calidez que rodeaba su brazo era la firme mano del dios mensajero con aquel toque tierno, pero decidido.

Denki sintiendo aquel hormigueo de valentía acercó de manera súbita el pequeño cuerpo del dios del amor y lo rodeó con sus esbeltos brazos, reposando su rostro en el hombro donde estaba aquel cicatriz y en donde dejó un casto beso en aquella piel de alabastro y oliendo aquel perfume que lo enloquecía.

Izuku pasó de estar sorprendido a estar pasmado y no tuvo ni siquiera la valentía de detener aquel gesto tan genuino del dios mensajero. Sin embargo, una ola de lágrimas empezó a caer desde sus mofletes y, sin esperarlo mucho, sus brazos rodearon el cuerpo del del dios y se dejó llevar por aquel sentimiento de fuerza, de cariño y de conmoción que el discurso de Denki le había dejado.

Y, por primera vez, después de varias lunas, Izuku sintió que su belleza afloraba como el gorgoteo de una quebrada sobre un riachuelo.


Uraraka jamás había estado tan segura en condenar a los dioses. Nunca le había importado las decisiones que todos ellos hacían. Ni siquiera las miles de aventuras de Zeus, los hijos bastardos, los semidioses desperdigados en la tierra y mucho menos las orgías en las que Aoyama, Shinsou y Mineta participaban en las épocas de la cosecha de uvas.

Sin embargo, aquella humillación y despreció que ella había recibido en los terrenos del dios de la guerra, eran un límite que incluso ella no podía perdonar. Su corazón siempre tranquilo e indiferente martilleaba debido a la sensación de resentimiento que Katsuki y aquel niñato de ojos de verdes le hacían sentir.

La diosa del hogar sabía que no podía importunar las nupcias del dios de la forja para mosquear al joven, de otro modo se hubiera ganado el resentimiento y odio del dios de la forja y perdería a Nemuri como aliada. Así que su única opción de hacer pagar a alguien era a Katsuki.

Atravesó el largo y silencioso camino del salón del trono de su padre, quien erguido y en silencio esperaba a que la castaña llegara al frente del trono.

— No te esperaba que vinieras a mi Uraraka.

— No vendría si no fuera por una razón de gran importancia, mi rey.

— Esto debe ser serio…

— Lo es.

Y antes de que dios rey pudiera reaccionar, la diosa de la hoguera se hincó frente a él, tomando con su diestra las rodillas y con su mano libre el mentón. Implorando así la promesa de algo que no se puede romper. La misma que Nemuri usaba para que él le prometiera.

— Necesito que me prometas, mi rey, ante el imploro de esta diosa desesperada, que alejes a Katsuki del Olimpo hacías las entrañas del Hades…

Los ojos azules del dios observaron atentamente el fuego y la decisión en los ojos castaños de la diosa. Su rictus se volvió circunspecto y serio, mientras su ceño se fruncía.

— Dame una razón para cumplirte tal promesa, querida hija. Pero una razón válida, que no denoté recelos, odios y pasiones en contra de Katsuki y cumpliré lo que me propones.

Un silencio asfixiante llenó la sala del trono y las miradas de ambos dioses se enfrentaban, una en favor de cumplir sus deseos y el otro tratando de echar para atrás las pasiones de su hija.

— Porque si Katsuki se queda aquí, Yagi, pondría en peligro el matrimonio de Shoto — se inmiscuyó con voz imponente Nemuri, arrastrando un hermoso vestido púrpura — es un peligro no solo para el casamiento, sino para Izuku mismo…

Yagi se mantuvo en silencio e impertérrito.

— Podrás decir que no lo es y él también negará que sea un peligro para Izuku, pero si lo es.

Los ojos de Yagi brillaron en duda y desconfianza de su mujer. Nemuri sabía que su esposo no creería en sus palabras y mucho menos en las palabras de Uraraka. Así que se las arregló para conseguir un as bajo la manga.

— Tal vez no me creas a mí, pero si le podrás creer a ella.

Y con un ademán, dejo que la luz de las antorchas llenaran de claridad una figura esbelta, de piel olivácea y de cabellos pelirrojos. Kendo estaba erguida y rígida como una columna, temblando y casi sin aliento.

Yagi en un instante reconoció a la gracia, quien servía, al igual que sus hermanas, con alegría y enjundia a su hijo. Eso solo hizo que su rostro pasará de circunspecto a estupefacto.

Nemuri escoltó a la gracia al frente del trono y la instó a que hablará con una caricia maternal.

— Mi rey, disculpe que lo tenga que contradecir, pero mi señor, el dios del amor, ha defendido a capa y espada al dios de la guerra no por amor, sino por miedo…

Yagi observó los ojos de la muchacha y no vio en ellos el titubeo de las mentiras.

— él fervientemente nos pidió a mi y a mis hermanas que no dijéramos nada, que su seguridad corría peligro si le contábamos a alguien. Pero el dios de la guerra lo había venido acosando, imponiéndose y obligándolo a estar con él bajo el miedo y las amenazas — aseguraba la gracia — incluso nos amenazó de torturarnos eternamente a mi y a mis hermanas si no nos callábamos.

— ¿Por qué no vinieron a mi antes? — interrogó el dios rey.

— Por una promesa, mi rey. Mi señor me hizo prometerle que no dijéramos nada, que él podría manejarlo… Pero ahora que su boda está a punto de lograrse, no quiero que ese dios monstruoso lo acose o que lleve a la guerra a todo el Olimpo sólo por su obsesión con mi señor.

Yagi mantuvo contacto visual con los ojos claros de la gracia, quien estaba rígida en su lugar, pero que en él brillaba el fulgor de la honestidad. El dios rey volvió sus ojos azules a la diosa de la hoguera, quien aún mantenía la pose de la promesa y veía con labios apretados el rostro circunspecto del dios.

Yagi tomó una decisión.

— Cumpliré la promesa que me has pedido, Uraraka. Enviaré a Katsuki a las entrañas del Hades, pero solo hasta que el equinoccio de Otoño llegue y Cami regrese al Inframundo con Enji.

Uraraka observó los ojos azules del dios rey y con un rostro de alivió, asintió. Se levantó del suelo y se alejó respetuosamente del dios, quien se levantó del trono y después vio a la gracia.

— Gracias por tu sinceridad.

— Siempre al servicio de los dioses, mi rey.

Y con eso, Yagi hizo un gesto respetuoso y se retiró a sus aposentos.

Cuando las diosas y la gracia se vieron a solas. Nemuri palmeó con lentitud, y con una sonrisa malévola, el hombro de la gracia. Uraraka con un ademán de su mano hizo que una energía ámbar surgiera de sus dedos y de ellos cayera un reflejo que llenó los ojos de la gracia, hasta dejar a la vista la luz nerviosa, asustada y titubeante que reflejaban los ojos de la gracia.

— Muy buen trabajo, querida — le felicitó Nemuri.

— Espero que cumplan su promesa — dijo con furia contenida la gracia, observando a ambas diosas.

— ¿Dudas de mi palabra? — le respondió ofendida Uraraka.

— Dudo de sus intenciones.

— Bastante audaz y astuta — dijo Nemuri con orgullo — deberías pertenecer a mi comitiva querida, serías de ayuda aquí en el palacio.

— Me quedaré con mi señor Izuku, gracias por la oferta de todos modos, mi reina.

Aquel rechazó solo hizo caer la sonrisa de la diosa.

— Entonces… ¿Cumplirán su palabra? ¿Protegerán a Tetsu y a mis hermanas de cualquier dios y de cualquier cosa?

Las diosas se miraron por un momento y después observaron a la gracia.

— Te lo prometemos — dijo Nemuri.

— Que escuche entonces la energía del mundo y las paredes de este palacio, que si no cumplen esta promesa al pie de la letra, vendrán tiempos horribles, en el que el Olimpo caerá bajo el yugo de las desgracias y los dioses con él.

Un silencio estremecedor y un rugido inicuo de la tierra surgieron, reverberando en las paredes. Nemuri sintió un temblor casi enfermizo subirse hasta la cabeza y Uraraka miraba con furia contenida a la gracia.

Cuando todo quedó en un silencio calmó, la gracia se inclinó con respeto y se retiró del palacio como una sombra.

Nemuri sintió que el cuerpo le volvía en sí y se sentó en su trono, sintiendo un mareo y aún escuchando ese rugido de la tierra que seguro ellas solo escucharon. Eso solo hizo que la gracia cayera en la mira de ambas diosas, una por miedo y la otra por desprecio.


Notas:

¡Feliz navidad, Año nuevo 2022 y Reyes! Aquí les desea su "desquiciado" y un poco perdido autor.

Lamento haberme separado mucho de escribir muchachos, pero les vengo a decir que este año vengo recargado y con un deseo fuerte de seguir con esta historia. Del mismo modo, les anunció que estaré inestable con las publicaciones por el tema de la tesis de grado, el trabajo y la vida adulta, así que espero de ustedes toda la paciencia del mundo y que sigan comentando, siempre los leo.

Estoy encantado de decirles que llegamos a más de los 10K de lecturas y no saben cuan feliz estoy por eso. Hace más de un año no pensé que este proyecto tuviera tanta visibilidad y hoy en día es un orgullo para mi seguir entregando mi pasión para ustedes.

les mando muchos besos y abrazos psicológicos, los esperaré en el próximo capi.

MARK, fuera.