Capítulo 16: El precio
"Keep in mind that many people have died for their beliefs; it's actually quite common. The real courage is in living and suffering for what you believe."
(Ten en cuenta que mucha gente ha muerto por sus creencias; de hecho, es bastante frecuente. El verdadero coraje está en vivir y sufrir por lo que uno cree)
Christopher Paolini, Eragon.
Una melodía estridente inundó la oficina de Harry, sobresaltándolo. Frente a él, Molly levantó la mirada de los documentos que estaba completando, intrigada. La música se repetía una y otra vez, cada vez más fuerte.
—¿No vas a atender? —preguntó Molly, alzando las cejas intrigada.
Harry reaccionó, recordando el pequeño móvil muggle que Arthur Weasley había alterado para que funcionara en lugares mágicos. Revolvió los bolsillos de su túnica de auror, palpando cada rincón e intentando encontrarlo. Finalmente, dio con el pequeño dispositivo.
La pantalla se encontraba iluminada, anunciando la entrada de una llamada. Solo había una persona que tenía ese número telefónico. Se suponía que solo debía llamar ante una emergencia…
—¿Dudley? —atendió Harry apresuradamente, marcando el botón de altavoz para que Molly pudiese escuchar.
Su primo no respondió inmediatamente. En cambio, un sonido ensordecedor llegó desde el otro lado del teléfono. Una mezcla de gritos y chasquidos graves… Disparos.
—¿Harry? ¿Harry me escuchas? —la voz de Dudley apenas se oía en medio del caos.
—¡Dudley! ¿Qué sucede? —preguntó expeditivamente Harry. Se había puesto instintivamente de pie, y tanto él como Molly se encontraban ahora reclinados sobre el telefóno, expectantes.
—Nos tienen rodeados, Harry. No sé cómo, pero han logrado violar la seguridad del edificio… —habló apresuradamente, e hizo una pausa que coincidió con el ruido explosivo de otro disparo. —He contado al menos ocho de ellos. Están armados hasta los dientes y… algo no está bien con ellos —volvió a hablar su primo con voz tensa.
—Escúchame bien, Dudley —le dijo Harry, manteniendo la serenidad a pesar de que todos sus sentidos estaban alertas—. Necesito que lleves al Primer Ministro a salvo a su oficina principal, y cierres la puerta con la llave que está en el primer cajón de su escritorio…
—¡Dudo que una puta cerradura los detenga, Harry! —se enfureció Dudley del otro lado.
—¡Haz lo que te digo! —gritó también Harry. Tomó aire, intentando no perder la calma—. No tengo tiempo para explicarlo ahora. Estoy yendo con refuerzos. Sólo… confía en mí —le pidió. Creyó escuchar a Dudley resoplar del otro lado.
—Apúrate —fue todo lo que dijo antes de cortar la llamada.
Harry no perdió tiempo. Salió de la oficina hecho un vendaval, con Molly pisándole los talones.
—¡ATENCIÓN! —llamó con una voz autoritaria que Molly le había oído en escasas ocasiones. Un silencio denso se posó sobre la sala, todos interrumpiendo sus actividades para escuchar. —Tenemos un código de emergencia en las oficinas del Ministro muggle. No contamos con toda la información en este momento, pero se trata al menos de ocho atacantes equipados con armas de fuego.
—Eso suena a un problema muggle —comentó uno de los aurores.
—No nos habrían llamado si fuese un simple ataque muggle —intervino inmediatamente Zaira.
Harry agradeció que su antigua discípula estuviera en las oficinas en ese momento. Ron se encontraba en Camelot, asistiendo en el Simulador con los nuevos reclutas, y Harry necesitaba a alguien en quien confiar ciegamente para aquella misión.
—Bones, quiero que te comuniques con el departamento de Asuntos Muggles y los pongas al tanto —ordenó Harry al auror que había hablado. Éste se sonrojó y asintió con un gesto obediente. —Goodwich —llamó luego.
—Sí, señor —Athos Goodwich se puso de pie con ayuda de su bastón. Junto a él, su discípula Natalie Adler aguardaba con postura erguida y una expresión anhelante.
—¿Con qué equipos contamos en la zona en este momento?
—Megara Fishback con su Discípulo y Quentin Clearwater están lo suficientemente cerca como para Aparecerse en el lugar —respondió expeditivamente Goodwich.
—Comunícate con ellos y diles que vayan, pero que aguarden mi llegada para intervenir —dictaminó Potter con precaución. —Aurora Levington, usted y Yaxley vienen conmigo —dijo girando a mirarlos. Zaira ya tenía la varita en la mano.
—Señor… —interrumpió Goodwich, antes de que se introdujeran en el Área de Aparición—. ¿Quiere que informemos también al ERIC?
—No hasta que yo evalúe la escena —respondió Potter, y estiró el brazo para que Molly se sujetara antes de aparecerse.
No hubo tiempo para más preguntas. En un abrir y cerrar de ojos, habían abandonado el cuartel de aurores y se habían aparecido en un callejón en pleno Londres. Se encontraban a varias cuadras de la oficina principal del Ministro muggle, en Downing Street, pero aquel era el punto de Aparición más seguro para un grupo tan numeroso como ellos. Incluso a la distancia, se podía escuchar el sonido de sirenas y disparos.
Había numerosas patrullas de policías frente a la puerta número 10, y al menos dos docenas de personas uniformadas y con armas listas y apuntando hacia el edificio.
Apostados en las ventanas de la planta baja que daban al frente, varias figuras encapuchadas que disparaban hacia el exterior de manera errática, pero obligando a los policías a mantener distancia y refugiarse detrás de los coches. Cada vez que los disparos de los criminales parecían ralentizarse, la policía aprovechaba para abrir fuego contra la fachada, en un intento infructuoso por derribar a los atacantes. Las balas de los policías se dispersaban, incapaces de impactar de forma certera en las ventanas y derribar a los encapuchados.
Inmediatamente, Harry sacudió la varita apuntando a su ropa, convirtiéndola en un uniforme de las Fuerzas Especiales muggles. Por el rabillo del ojo, comprobó que Molly, Zaira y Jasper lo imitaban.
Se abrieron paso entre los patrulleros hasta finalmente reconocer a Megara Fishback, acompañada de su discípulo Rama Dallas y Quentin Clearwater. Los tres habían modificado sus uniformes para mimetizarse con la policía local.
—¿Cuál es la situación? —preguntó Harry apenas estuvo junto a ellos.
—Hemos aguardado como indicó, jefe —le aseguró Megara, aunque había cierta impaciencia en su voz.
—Analizamos el perímetro y corrimos un chequeo rápido sobre el edificio… No hemos detectado la presencia de magos en la cercanía, señor —agregó respetuosamente Quentin Clearwater.
—Pero sí rastros de magia —dijo Fishback—. Y las putas balas que disparan los policías rebotan como si fuesen de juguete, Harry. Llevan un rato ya disparando hacia los criminales de las ventanas y no he visto una sola gota de sangre. Alguien ha hechizado esas ventanas —insistió la aurora.
—¿Quién está a cargo de la operación? —preguntó Harry, su mirada recorriendo analíticamente los rostros a su alrededor.
—Ese payaso de allí —informó Megara, apuntando con el dedo a un hombre de barba recortada de forma pulcra y vestido con un uniforme impoluto.
Se encontraba resguardado detrás de una camioneta blindada, las puertas traseras de la misma abiertas dándole acceso al un interior equipado con tecnología muggle.
No le fue difícil llegar hasta la camioneta. Los demás policías se hacían a un lado al reconocer el uniforme de alto rango que llevaba puesto.
El comandante a cargo levantó la mirada del monitor que estaba inspeccionado al sentir la presencia de Harry en la camioneta. Potter leyó rápidamente su nombre en la placa de identificación.
—Comandante Warren, soy el Agente Harry Potter, de Fuerzas Especiales —se presentó Harry, extendiendo una mano formal hacia el comandante. Creyó escuchar que Jasper Yaxley reía por lo bajo detrás de él. Molly lo codeó, obligándolo a guardar silencio.
—¿Fuerzas Especiales? —se sorprendió Warren, estrechando la mano extendida.
—El Primer Ministro sigue allí adentro, ¿verdad? —preguntó Potter. Warren empalideció.
—S-sí… Sigue adentro —tartamudeó.
—Entonces comprende la gravedad de la situación. A partir de ahora, nosotros tomaremos las riendas de esta operación —le indicó Harry, sin dejar lugar para posibles discusiones. El comandante abrió la boca para quejarse, pero algo en la mirada penetrante de Potter lo hizo amedrentarse. En cambio, asintió dócilmente. —¿Han logrado establecer contacto con el interior?
—Sí, sí —se mostró ansioso por responder el comandante Warren—. Recibimos una llamada de la Seguridad privada del Primer Ministro, confirmándonos que se encuentra a salvo. Se han atrincherado en la oficina.
—Gracias a Merlín —suspiró Zaira, aliviada. El comandante le dedicó una mirada de confusión.
—¿Sabemos de cuántos atacantes estamos hablando? —preguntó Harry, recuperando la atención del hombre. El comandante se removió incómodo en su lugar, balanceando el peso de su cuerpo de un pie al otro. El resto de los oficiales que había en el interior del vehículo, sentados detrás de las computadoras, lucían igual de inquietos.
—Sé que esto será difícil de creer, Agente Potter… Pero hemos perdido todo tipo de conexión con el edificio. Las cámaras de seguridad, los sensores, las alarmas… Deben de tener un excelente hacker trabajando con ellos, porque no logro explicarme cómo lo han conseguido…
—¿Y qué me dice de las cámaras perimetrales? ¿Sensores térmicos? ¿Algo? —habló repentinamente Molly. Harry tuvo que contener la sonrisa de orgullo que amenazaba con curvar sus labios. Pensó que el abuelo Arthur estaría muy satisfecho con los conocimientos muggles de su nieta.
—Creemos que son unos diez terroristas… —atinó Warren.
—¿Terroristas? ¿Alguien se ha atribuido el ataque? —se sorprendió Zaira.
—No, aún no… ¿Pero que otra cosa podría ser? —saltó defensivamente el comandante muggle. Jasper volvió a soltar una risita sarcástica.
—¿Tiene los planos del edificio? ¿Han evaluado ya posibles vías de evacuación? —Harry volvió a retomar el mando de la conversación.
El comandante chasqueó los dedos en dirección a una de las oficiales que estaba sentada frente a una pantalla inmensa. Inmediatamente la mujer empezó a mover sus manos sobre el teclado, sus dedos presionando botones a una velocidad sorprendente.
Un plano apareció proyectado en la pantalla, mostrando el edificio de forma tridimensional. Esta vez, Jasper soltó un silbido bajo, asombrado por la tecnología muggle.
—El edificio cuenta con un acceso frontal, una salida posterior, y una salida de emergencias lateral. Hemos analizado las tres opciones, y ninguna es viable —respondió la muchacha, mostrando alternativamente en la pantalla cada uno de los accesos. Giró la cabeza para mirar a Harry—. Han colocado explosivos con sensores de movimiento en todas las puertas.
—¿Qué me dices de las ventanas? —inquirió Zaira.
—Lo mismo —respondió —. A excepción de las dos ventanas frontales de planta baja.
—¿Te refieres a las ventanas donde están los hombres encapuchados que disparan como demonios? —dijo Jasper con su sonrisa socarrona. La muchacha se sonrojó.
—Sí… Esas ventanas —dijo bajando la mirada.
—Voy a necesitar que despejen el área para que mi equipo pueda trabajar —ordenó Harry—. Necesito que todos los patrulleros retrocedan. Quiero toda la cuadra libre.
—¿Quiere… quiere que retire mis unidades? —quiso asegurarse de haber escuchado bien el comandante Warren.
—Si es tan amable, comandante —confirmó Harry, con una sonrisa educada. El hombre lucía completamente desorientado, pero a pesar de ello, asintió una vez más con la cabeza, abandonando la camioneta y llevándose con él al resto de su equipo.
—¿Qué estás pensando? —le preguntó Zaira, el ceño levemente fruncido.
—Vamos a tener que entrar por las ventanas —respondió Harry.
—Por supuesto que vamos a entrar por las ventanas —masculló Yaxley por lo bajo.
—La oficina del Ministro se encuentra reforzada mágicamente, pero no resistirá por mucho tiempo. No podemos esperar a que desactiven los explosivos de las puertas, y no podemos arriesgarnos a usar magia sobre ellas… Así que entraremos por las ventanas frontales —explicó el plan.
—¿Y una vez adentro? —inquirió Molly, metódica como siempre.
—Nuestra prioridad es evacuar al Primer Ministro a salvo —respondió Harry. Sabía que era una respuesta poco consistente, y la expresión de Molly se lo confirmó.
—¿La oficina no cuenta con una chimenea conectada a la red Flú? —inquirió Jasper. Harry negó con la cabeza.
—Se encuentra bloqueada. Sólo el ministro Shacklebolt tiene acceso permitido —explicó Potter.
—Pero si todas las salidas están bloqueadas, ¿cómo planeas sacarlo de allí? —insistió Molly, intentando descifrar el plan.
—El tejado —respondió Zaira. Se había acercado al plano proyectado en la pantalla, y se encontraba analizándolo cuidadosamente—. Lo llevaremos hasta el tejado —se explicó. La mirada de Zaira se encontró con la de Harry, y ambos sonrieron.
—Exacto —confirmó Harry.
Ya habían hecho algo parecido antes, muchos años atrás, cuando Zaira todavía era su discípula. Con un poco de suerte, podían conseguirlo de nuevo.
—Auror Clearwater —llamó Harry, asomándose por la puerta de la camioneta hacia el exterior. Efectivamente, sus colegas aguardaban allí a sus instrucciones. Quentin se enderezó al escuchar su nombre—. Necesito que vaya al Departamento de Transporte Mágico, y busque a Seamus Finnigan. Dígale que necesitamos un Traslador urgente.
—¿A dónde quiere que lo transporte, señor? —preguntó Quentin.
—A alguna de nuestras casas seguras —ordenó Potter—. Una vez que lo consigas, quiero que aguardes en el tejado del edificio de al lado. No te acerques a la terraza hasta que yo no te de la señal.
—Sí, señor —dijo Quentin y, con un chasquido, Desapareció.
—Fishback. Dallas —los llamó a continuación.
—Jefe —dio un paso al frente Megara.
—Voy a necesitar que aseguren el perímetro y evacúen a los civiles. Si esas bombas llegan a explotar, no quiero más muertes de las necesarias —indicó, señalando la calle frente a ellos y los edificios contiguos.
—Pan comido —afirmó Megara, con su descarada arrogancia, y guiñó un ojo hacia su discípulo, quien sonrió divertido.
—Zaira, tú y Jasper se encargarán de la ventana de la derecha. Molly, nosotros iremos por la izquierda —dijo finalmente dirigiéndose a ellos. Luego, se dirigió específicamente a Molly y a Jasper—. Cuando nos vean acercarnos, comenzarán a disparar. Son armas de largo alcance, así que debemos intentar avanzar lo más rápido posible para quedar fuera de rango. El objetivo es rescatar al Primer Ministro. Intentaremos neutralizar a los atacantes… Pero si eso no es una opción, los derribaremos, ¿me entendieron? —quiso asegurarse. Jasper y Molly cruzaron una mirada entre ellos, visiblemente inquietos.
—Esto no es una simulación. Si fallamos, no podemos reiniciar todo y volver a intentarlo. Aquí la muerte es algo real e irreversible —intervino Zaira, con una dureza poco usual en ella. Le recordó en cierta forma a Scarlet.
—Si creen que no pueden hacerlo, que no están listos... Este es el momento de decirlo —intervino Harry, con serenidad—. Porque una vez allí, necesitamos saber que contamos con ustedes.
—Podemos —aseguró Molly, levantando el mentón. Jasper asintió con la cabeza. Lucía inusualmente serio.
—Todos colóquense sus Lombrices —ordenó Harry, mientras apuntaba a su pabellón auricular con la varita, conectándose así con sus compañeros.
La calle se encontraba despejada y los disparos habían cesado. Ya no quedaban patrulleros en la cercanía. Desde las ventanas de la entrada, se podía distinguir el extremo de enormes armas de repetición automática, capaces de lanzar una lluvia de balas sobre ellos en cuestión de breves segundos.
Harry lanzó una mirada rápida a Molly por el cima del hombro. Su discípula se encontraba enfocada en el objetivo, la varita en su mano lanzando pequeños destellos que anunciaban la invocación de un poderoso escudo.
—Zaira, ¿están listos? —preguntó en un susurro, a través de la Lombriz.
—A tu señal —le respondió en el oído Levington.
—Como practicamos en la sala de entrenamiento, ¿de acuerdo? —le dijo a Molly, intentando transmitirle tranquilidad.
Ella tragó saliva. Harry podía ver cómo le latía la sien, sus pulsaciones aceleradas. Pero le devolvió un gesto de asentimiento, dándole a entender que estaba lista.
—¡Ahora! —dio la señal Harry.
El escudo de Molly se materializó en milésimas de segundos, una coraza transparente frente a ellos que amortiguaba las balas mientras ambos corrían lo más rápido que sus piernas, y los disparos, les permitían.
A su derecha, Harry podía sentir la presencia de Zaira y Jasper, también abriéndose paso hacia el edificio. Pero no podía permitirse desviar la mirada para comprobar si lo estaban consiguiendo o no. Debía confiar en que lo harían.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para divisar el objetivo, Harry también comenzó a disparar. Tal como se había imaginado, había una especie de barrera mágica que protegía las ventanas.
—¿Cuánto más puedes aguantar, Mol? —preguntó Harry, elevando su voz por encima del sonido ensordecedor que producían las armas de fuego al disparar y las balas al golpear contra el escudo.
—¿Cuánto necesitas? —le preguntó Weasley, entre dientes apretados a causa del esfuerzo.
—Un minuto —pidió. Weasley se mordió el labio.
—Sí, puedo —confirmó.
Harry no perdió tiempo. Concentró su magia y apuntó como si se tratara de una flecha. Sólo tendría una oportunidad de conseguirlo. Respiró hondo, sintiendo la adrenalina que corría por sus venas, exaltando sus sentidos. Y disparó.
Se escuchó primero un tintineo, como una suave campanilla, y luego, el sonido de un trueno. El suelo bajo sus pies tembló, y el escudo de Molly se tambaleó con ella. Algunas balas lograron penetrar, una de ellas rozándole el hombro a la muchacha. Pero la barrera que protegía la ventana había caído. Ahora, Harry también podía atacar.
Lo hizo sin pensar, guiado más por su instinto que por cualquier otra cosa. Su hechizo penetró por la ventana y golpeó directamente al hombre encapuchado, haciéndolo soltar un gemido de sorpresa y caer al suelo desplomado.
No se detuvo. Corrió hasta la ventana, empujándose con las manos sobre el marco para saltar al interior del edificio, y adoptando inmediatamente una posición de combate. El lugar se encontraba despejado.
Escuchó ruido a su derecha y giró a tiempo para ver a Zaira entrar por la otra ventana, seguida de Jasper. Ambos estaban indemnes.
Molly trepó con un poco más de dificultad. La sangre manaba del corte que la bala había provocado sobre su hombro, dificultándole los movimientos.
—Estoy bien —afirmó inmediatamente al notar la expresión preocupada de Harry. Antes de que alguien pudiera decir lo contrario, Molly sacudió la varita y un vendaje se enroscó en su hombro. Era precario, pero suficiente para contener el sangrado.
—¿Qué mierda…? —escuchó maldecir a Jasper, mientras que algo caía rebotando por los escalones de la escalera al final del pasillo. Tardó unos segundos en comprender de lo que se trataba, pero cuando lo hizo, sus ojos se abrieron enormes y apremiantes. —¡CÚBRANSE! —gritó, mientras empujaba a Zaira hacia la habitación contigua.
Harry tiró del brazo sano de Molly justo a tiempo, escondiéndola detrás de una mesa tumbada en el hall.
La granada explotó lanzando pedazos de escombros por los aires y llenando el aire de un humo espeso y sofocante. Un zumbido agudo y penetrante resonó durante varios segundos en los oídos de Harry.
Molly se encontraba agazapada junto a él detrás de la mesa, con ambos brazos cubriéndose la cabeza. Había perdido de vista a Zaira y a Jasper.
—Zaira —llamó por la Lombriz, con ese zumbido todavía resonando de fondo—. ¡Zaira! —volvió a llamar, una puntada desagradable en la boca del estómago.
—Sigo aquí —respondió Levington, tras unos segundos que a Harry se le hicieron una eternidad. Exhaló pesadamente, aliviado—. Estamos bien, pero la explosión ha provocado un pequeño derrumbe.
—¿Pueden alcanzar las escaleras centrales? —preguntó Potter, asomándose con cuidado por encima de la mesa. Efectivamente, la granada había provocado que una pila de escombros frente a la puerta por donde habían escapado Zaira y Jasper.
—Negativo —respondió de todas formas Zaira—. Subiremos por el hueco del ascensor de servicio.
—Tengan cuidado. Nos están esperando en la primera planta —les advirtió, y creyó escuchar que la aurora reía.
—Bien. Nos ahorrarán el trabajo de tener que buscarlos, entonces —bromeó Levington. Harry sonrió, a pesar de que Zaira no podía verlo.
—Tenemos que subir esas escaleras, pero es altamente probable que cuando lo intentemos, vuelvan a atacarnos —dijo Harry, girando a mirar a Molly.
—Podemos usar un encantamiento Desilusionador para camuflarnos… Insonorizar nuestros pasos —propuso la joven discípula, pensativa—. Tu primo dijo que ellos habían contado a ocho atacantes…
—El comandante estimó que eran diez —le recordó Potter.
—Hemos derribado a dos —intentó mirar el lado positivo Molly—. Eso quiere decir que todavía quedan ocho de ellos… Pero no todos estarán custodiando esta escalera —razonó la inteligente muchacha.
—Algunos de ellos estarán trabajando sobre la puerta de la oficina principal, intentando llegar al Primer Ministro… —colaboró Harry.
—Y de seguro hay alguien vigilando las otras vías de acceso —coincidió Molly—. Eso nos deja con… ¿dos? ¿Tal vez tres personas en esta escalera? —barajó dubitativa.
—Me gustan esos números. Podemos lidiar con esos números —aceptó Harry, sonriendo. Molly rió por lo bajo nerviosa—. Vamos por ellos, entonces.
Harry sacudió la varita, lanzando un apresurado encantamiento de camuflaje sobre sí mismo, e insonorizando sus pasos, tal como había propuesto Molly. Sabía que un buen encantamiento Desilusionador necesitaba más precisión que esa, pero confiaba en que sería suficiente. Sólo necesitaba un campo de visión despejado para poder desarmar a sus oponentes.
Subieron los primeros escalones con suma cautela, cuidándose de hacer movimientos lentos y suaves. Estaban llegando al descanso de las escaleras cuando Harry escuchó las voces.
—¿Crees que los derribamos? —preguntó una voz grave, masculina.
—No, claro que no. Se necesita mucho más que eso para derribar a un equipo de Aurores —le respondió desdeñosamente otra voz, esta vez de mujer.
Entonces eran dos. Y sabían de la existencia de aurores. ¿Magos? No, habrían usado magia en lugar de granadas. ¿Muggles entonces? Algo no cuadraba, pero no podía detenerse a meditarlo. En cuanto girara en el descanso para encarar el último tramo de las escaleras, tendría finalmente campo de visión sobre ellos. Subió el último escalón, y giró listo para disparar.
Las luces se apagaron repentinamente, dejándolo completamente a oscuras.
—¡Han gatillado el sensor de movimiento! ¡Son ellos! ¡DISPARA! —gritó la mujer, desesperada.
Harry retrocedió rápidamente, cubriéndose detrás de la pared y estirando un brazo frente a Molly, obligándola así a apretarse también contra los ladrillos. Una salva ensordecedora de tiros impactó contra la pared y los escalones.
—¿Puedes hacer otro de tus escudos? —le preguntó Harry, dejando a un lado todo el sigilo que habían implementado hasta entonces. No podía verle la cara a Molly en medio de la oscuridad, pero podía imaginársela mordiéndose el labio inferior, debatiendo internamente consigo misma. —¡Molly! —la instó a responder.
—¡Si! ¡Sí! Eso creo —reaccionó finalmente la chica.
—¡Házlo! —ordenó Harry, y en cuanto sintió la magia de Molly sobre él, volvió a salir hacia el hueco de las escaleras.
El escudo de Molly no era tan fuerte como el que había convocado para entrar al edificio, pero aún así, resistió la primera embestida de disparos. A ciegas, guiándose puramente por lo que le decían sus otros sentidos, Harry disparó una secuencia de hechizos de desarme y aturdidores.
Un jadeo y un golpe seco le indicó que uno de los atacantes había caído. Pero quien fuera que todavía resistía en pie, seguía disparando sin descanso.
Las balas comenzaron a romper su paso por el escudo. Una de ellas impactó contra la pantorrilla de Harry. Un dolor agudo y penetrante lo hizo tambalearse y caer sobre la rodilla del lado herido.
Levantó la varita para cubrirse de los siguientes disparos, pero Molly se le había adelantado. Sintió la magia de la muchacha como una onda expansiva, avanzando por las escaleras como un vendaval, provocándole un escalofrío. La luz resplandeció por todo el lugar, iluminando durante una fracción de segundo la primera planta, para luego impactar contra la mujer que sostenía una ametralladora en la cima de las escaleras. Los disparos cesaron al instante, la mujer quedando inerte junto a una pila de armas muggles.
Harry rengueó hasta el tope de las escaleras y se inclinó para tomarle el pulso a la atacante.
—¿Está… muerta? —preguntó la voz vacilante de Molly a su espalda. Había perdido todo el color de las mejillas y le temblaban las manos. Harry asintió con un gesto suave. —Oh, por Merlín… ¿Qué he hecho? —trastabilló su sobrina, tambaleándose contra una pared, una expresión de absoluto horror en su joven rostro.
—Me has salvado la vida —le aseguró Harry inmediatamente, fijando la mirada en ella con intencionalidad.
Molly tragó saliva. Era evidente que estaba luchando para no desmoronarse. A lo lejos se escuchó una explosión. El edificio tembló sobre sus cimientos.
—Debemos seguir —le dijo Harry. Molly asintió con rigidez.
Un dolor quemante le atravesaba la pantorrilla allí donde la bala había impactado. Inspeccionó rápidamente la herida para comprobar que ningún vaso importante estaba roto, y a pesar de que los hechizos de sanación no eran su fuerte, se las arregló para enmendarlo lo mejor posible. Todavía dolía, pero Harry había experimentado cosas peores. Eso podía aguantarlo.
Se encontraron con Jasper y Zaira al girar en la siguiente esquina. Estaban cubiertos de polvo y restos de escombros. El joven rubio tenía un corte desagradable en el pómulo, y un hematoma comenzaba a formarse debajo del ojo. Harry lanzó una mirada inquisitiva hacia Levington.
—Había dos más aguardándonos al otro lado —informó velozmente Zaira —. Nos lanzaron otra granada por la boca del ascensor —hizo un gesto con la cabeza apuntando hacia la cara de Jasper—. Tuvimos que derribarlos antes de que lanzaran una tercera —agregó.
—Nosotros neutralizamos a otros dos —dijo Harry sin dar demasiadas explicaciones, mientras los cuatro marchaban a un ritmo rápido por el pasillo del primer piso. No podían relajarse. Aún quedaban más delincuentes dentro del edificio.
Los disparos les anunciaron que había al menos otros dos de ellos frente a la puerta de la oficina del Ministro. Harry hizo una seña al equipo para que avanzaran con cautela, y permanecieran ocultos detrás de la pared.
—Hijos de puta. Es imposible derribarla —gruñó uno de los delincuentes, jadeando y limpiándose el sudor de la frente con la manga de su camisa. Sostenía en la mano derecha una ametralladora de aspecto pesada.
—Hay que dispararle más —le respondió otro.
—¿Dispararle más? —estalló su compañero, enojado—. ¿Qué mierda crees que estoy haciendo hace veinte minutos? ¡Las balas no entran!
Harry se asomó para inspeccionar la situación. Eran dos hombres, grandes y robustos, y Dudley había tenido razón: estaban armados hasta los dientes. Desparramados en el suelo había varios cadáveres: dos de ellos llevaban el uniforme del servicio de seguridad de Dudley, pero el tercero correspondía a uno de los asaltantes.
—Debemos movernos rápido, antes de que noten nuestra presencia —susurró Harry a sus compañeros. Zaira asintió, haciendo girar la varita en su mano, optimizando el agarre. Jasper aguardaba tenso junto a su Mentora. Pero Molly seguía pálida y un poco aturdida.
Hizo una señal silenciosa, y los cuatro salieron velozmente de detrás de la pared, irrumpiendo en el pasillo y ocupando toda su anchura. Harry y Zaira dispararon de forma casi refleja. Los haces de luz roja invadieron el lugar, uno de ellos impactando contra el asaltante de la derecha y aturdiéndolo. Pero el que cargaba la ametralladora, a pesar de recibir uno de los hechizos, no cayó inmediatamente. Se tambaleó hasta encontrar una pared sobre la cual reclinarse, y levantando el arma, comenzó a disparar como un demonio.
Fue Jasper quien fabricó la barrera que los protegió de las balas, mientras Zaira y Harry disparaban una vez más contra el robusto hombre. Esta vez, lograron dejarlo inconsciente.
—¡Ey! —exclamó Yaxley, mirando a Molly con el ceño fruncido—. Pensé que los escudos eran lo tuyo, Weasley —comentó, y había cierto reproche en su voz. Molly apenas si había llegado a levantar su varita contra los agresores, incapaz de lanzar un hechizo.
La chica abrió y cerró la boca varias veces, sin saber qué responder. Harry salió a su rescate.
—Lo charlaremos más tarde. Todavía tenemos que sacar al Ministro de aquí —les recordó. Jasper aceptó a regañadientes, y Molly bajó la mirada, avergonzada consigo misma. —¡DUDLEY! —gritó Potter, mientras golpeaba con fuerza a la puerta.
—¿POTTER? —respondió una voz del otro lado, con desconfianza.
—¿Esperabas a alguien más? —se burló Harry, una media sonrisa en sus labios. Casi se podía escuchar al hombre del otro lado refunfuñar.
—Dime algo que solo Potter sabría —le exigió Dudley. Harry suspiró.
—Cuando teníamos once años te lancé una serpiente encima en el zoo —le concedió Potter.
La puerta se abrió de sopetón. Un hombre inmenso apareció en el marco. Tenía el rostro encendido y el ceño fruncido.
—Hijo de puta. Sabía que habías sido tú —le regañó Dudley, apuntándolo con un dedo acusador. Harry se encogió de hombros, la sonrisa acentuándose en sus labios.
Dudley lanzó una mirada por encima del hombro de Potter, hacia el pasillo.
—¿Despejado? —preguntó luego en un tono más profesional.
—Algo así —dijo Harry.
—¿Cuál es el plan?
—Salir por la terraza.
—No hay salidas en la terraza. ¿Cómo piensas hacerlo?
—Por arte de magia —se burló una vez más Harry. Dudley puso los ojos en blanco, pero hizo un gesto hacia el interior del salón.
Otro hombre vestido con el uniforme de Seguridad se acercó. Junto a él avanzaba el Primer Ministro muggle. Llevaba puesto un traje elegante y sobrio, y a pesar de la crítica situación en que se encontraban, lucía sereno y en control de sí mismo.
En cuanto vio a Harry y su equipo, sin embargo, frunció el ceño.
—Ustedes no son de las Fuerzas Especiales, ¿verdad? —dijo con voz severa y autoritaria.
—No, señor. Mi nombre es Harry Potter. Somos Aurores, del Ministerio de Magia —respondió con sinceridad Potter.
—Tengo el recuerdo de haber expresado mi negativa, cuando asumí este cargo, a que hubiera magos entre los miembros de mi servicio de seguridad —a pesar de que hablaba en un tono sereno, se notaba que estaba enojado.
—Con el debido respeto, señor, creo que nos necesita en este momento —puntualizó Potter.
Era evidente que el Ministro tenía más para decir. Pero también era evidente que se trataba de un hombre inteligente que comprendía la gravedad de la situación en la que se encontraba. No estaba en posición de negarse a aceptar toda la ayuda que pudiera encontrar. Hizo un gesto de aceptación desganado.
Dudley tomó varias pistolas del suelo y se las colocó alrededor del cinturón. Se quedó con una en la mano derecha, asegurándose de que se encontraba cargada al máximo.
—Vamos —le dijo a Harry, mientras avanzaba con el arma en alto, atento al menor movimiento.
Harry, Zaira y Dudley marchaban al frente de la comitiva. El otro guardia de seguridad se mantenía todo el tiempo junto al ministro, a quien sujetaba firmemente con una de sus manos, mientras en la otra sostenía una pistola. Jasper y Molly cerraban el grupo.
El edificio estaba extrañamente silencioso mientras subían las escaleras para llegar a la terraza. Al llegar a la última planta, descubrieron que la electricidad se había cortado allí. Zaira encendió su varita para iluminar el camino.
Harry podía oír el latir de su propio corazón, las respiraciones aceleradas de sus compañeros, el crujir de los zapatos cuando avanzaban. Tenía los sentidos hiper alertas, a la expectativa de un ataque inesperado.
Pero nadie los atacó. Llegaron a la terraza sin cruzarse con ningún otro atacante. Internamente, Harry seguía haciendo cuentas: diez posibles asaltantes… dos caídos en la entrada, dos en la escalera principal, dos en la boca del ascensor, y tres frente a la puerta del ministro… Todavía quedaba uno. ¿Dónde estaba?
Harry salió primero a la terraza, con Zaira cubriéndole la espalda. Estaba despejada. Soltó un silbido largo, parecido al sonido de un ave. Escuchó una respuesta desde el tejado cercano.
Quentin Clearwater los aguardaba allí. Harry le hizo la señal para que le enviara el Traslador, y el joven auror hizo levitar una gorra de béisbol, gastada y sucia, hacia ellos.
—Molly, quiero que vayas con el señor Ministro y sus guardaespaldas —pidió Harry, girando a mirar a su discípula.
Molly le devolvió una mirada cargada de remordimiento, pero no lo contradigo. No había tiempo para reconfortarla en ese momento. Tenían que sacar al Ministro de ahí y asegurar el edificio. Todavía quedaba uno de los asaltantes, Harry lo presentía. Y Molly no se encontraba en condiciones de poder continuar. Harry le entregó el Traslador y ella lo aceptó silenciosamente, sosteniéndolo extendido para que los otros también pudieran sujetarse.
—Señor Ministro, voy a necesitar que se sujete con fuerza a esta gorra —le pidió Harry. El primer ministro lo miró como si fuera un demente. —Ahora, señor —insistió.
—Shacklebolt tendrá que dar muchas explicaciones —gruñó el Ministro, pero colocó su mano en torno al Traslador. El hombre de seguridad que lo acompañaba hizo lo mismo. Pero Dudley se negó.
—Yo me quedo.
Harry no discutió. Con un movimiento de su varita, el Traslador se activó.
—¿Megara? ¿Me escuchas? —preguntó Harry a través de la Lombriz.
—Como si estuviera allí con ustedes mirando las estrellas —le respondió el sarcasmo de Fishback del otro lado.
—El Ministro se encuentra a salvo, pero creo que todavía queda un asaltante suelto en el edificio. Tendremos que rastrillarlo de arriba abajo para quedarnos seguros —le comunicó Potter—. Ustedes comiencen por la planta baja. Las ventanas deberían estar despejadas, pero aún así, avancen con cautela. Nosotros revisaremos los pisos de arriba. Nos encontraremos a mitad de camino.
—Copiado, jefe —aceptó Megara.
La planta superior seguía sin tener luz, por lo que la comitiva avanzaba muy lentamente. Mantenían la misma formación que había usado al subir, moviéndose de habitación en habitación, descartando posibles lugares donde el asaltante podría haberse escondido.
Cualquier persona mínimamente cuerda se habría entregado a esas alturas. Todos sus compañeros habían sido apresados o estaban muertos. El blanco del ataque, el Ministro, ya había sido evacuado. Pero un ataque como ese claramente no había sido planificado por personas sensatas. Harry tendría que haber previsto que el último asaltante no se entregaría fácilmente.
Se encontraban en su camino hacia las escaleras, cuando una sombra surgió del fondo del pasillo, a pocos metros de Jasper.
Todos se movieron prácticamente al unísono, girando hacia la figura con sus armas en alto. Incluso Jasper levantó su varita y le apuntó. La luz que brotaba de la varita de Zaira iluminó la oscuridad, revelando la presencia de un muchacho. Era joven. Demasiado joven. Todavía un adolescente, seguramente. Demasiado menudo para ser una amenaza física contra ellos cuatro.
Pero sostenía un revolver en su mano derecha, que colgaba al costado del cuerpo como una amenaza latente.
—Suelta el arma muchacho. No queremos hacerte daño —anunció Dudley, pero a pesar de sus palabras continuó apuntándole con su arma.
Había cierto vacío en la mirada del chico. Como si estuviera mirándolos sin ver. Sus labios se curvaron inesperadamente en una sonrisa que desentonaba con su mirada. Tenía frenillos.
—Jasper. Tanto tiempo —saludó el muchacho, un dejo de burla en su tono. La mano de Jasper que sostenía la varita tembló.
—¿Heros? —dijo en un hilo de voz Yaxley.
—¿Me has extrañado? —lo provocó la voz juguetonamente. Pero la disociación entre la expresión del chico y la voz continuaba siendo evidente.
—Jasper —lo llamó Zaira, su voz tensa—. Retrocede —le ordenó.
—Por las pelotas de Salazar, Jas... Mira en lo que te has convertido —dijo despectivamente la voz de Heros Morgan—. No me sorprende que tu hermano no quiera saber nada contigo.
Era una evidente provocación. Estaba claro que quería gatillar una respuesta violenta en Yaxley. Quería que perdiera el control. Harry tensó la mano en torno a la varita, listo para actuar. Podía percibir la energía que emanaba de Zaira a su lado.
—Está bajo un Imperius —dijo Jasper con la voz ronca. Harry ya se había percatado de ello. Lo había sospechado antes incluso de toparse con ese chico. Heros soltó una risa suave, casi un ronroneo.
—Jasper, muévete —volvió a decirle Zaira, apremiante. Era imposible tener un tiro limpio del asaltante con Jasper en el medio. Si atacaban, Yaxley quedaría atrapado en el fuego cruzado.
—Es sólo un niño, Heros —le dijo Yaxley, su voz rozando la incredulidad.
—Entonces baja tu varita —lo siguió tanteando Morgan.
—Jasper, no lo hagas —intervino Harry, avanzando apenas medio paso.
El chico levantó la mano del revolver y apuntó directamente al pecho de Jasper. Harry se detuvo automáticamente.
—No hagas esto —le rogó Yaxley, con una mirada torturada.
—Yo no soy el que está apuntándole a un niño inocente —se regodeó Morgan, encogiéndose de hombros.
La nuez de Adán de Jasper se movió en su cuello mientras tragaba de manera forzosa. Y luego, bajó la varita.
Heros chasqueó la lengua, meneando la cabeza de un lado al otro.
—Qué despedida más decepcionante —se lamentó Heros. Zaira comprendió antes que Harry lo que eso significaba, y se lanzó sobre su discípulo.
Todo sucedió muy rápidamente.
Heros sacando la traba de seguridad de su revolver, y apretando el gatillo. El cuerpo de Levington impactando contra el de Jasper, haciéndolo a un costado. Harry materializando un escudo para contener el segundo proyectil de Heros. Dudley disparando una bala certera, que impactó en la cabeza del muchacho, derribándolo.
Durante los segundos que siguieron, ninguno de los cuatro se movió. Jasper se encontraba apresado entre Zaira y la pared, su mirada todavía fija en el cuerpo inerte del joven adolescente muggle. Hasta que la sangre comenzó a manchar el uniforme de Levington y a gotear en el suelo.
—Te han herido —comprendió Harry, mientras que la ayudaba a separarse de Jasper y sentarse contra la pared.
—Déjame ver —Dudley se abrió paso con cierta brusquedad. Examinó el sitio donde la bala había penetrado el hombro de Zaira—. Estarás bien… Nada que un poco de hocus pocus no pueda resolver —agregó con una sonrisa tímida, aunque digirió una mirada hacia Harry que contradecía sus palabras.
—Vamos a sacarte de aquí y a llevarte a San Mungo—sugirió Harry, pasándole un brazo alrededor del tórax para levantarla una vez más. Zaira entrecerró los ojos y se tragó el grito de dolor. Había mucha sangre.
Jasper se mantuvo estático mientras Victoire Weasley terminaba de limpiarle la herida del rostro.
—¿Cómo está Zaira? —preguntó, siseando a causa del ardor que le producía el desinfectante sobre el corte.
—Estable —respondió escuetamente la joven Sanadora. Jasper debió de haber hecho algún gesto, porque Victoire resopló y agregó: —Podrás verla cuando termine de curarte. Ahora guarda silencio y trata de no moverte.
Para cuando llegaron a San Mungo, Zaira había perdido el conocimiento. Jasper habría querido acompañarla, pero los Sanadores insistieron en que aguardara en otra habitación para que lo revisaran y atendieran.
Se había quejado, y había gritado, incluso se había resistido a que lo revisaran. Finalmente, Victoire Weasley apareció en su habitación para hacerse cargo. Lo amenazó con aturdirlo si no se calmaba. Yaxley la creía capaz.
—Tendrás que limpiar la herida con ésto durante los próximos días —le indicó Victoire, entregándole una crema espesa y con aroma a hierbas—. Y éste es para el dolor. No abuses —le advirtió mientras le entregaba un segundo frasco.
—Gracias —susurró Jasper, aceptando ambos viales.
Fiel a su palabra, Victoire lo guió hacia la habitación de Zaira cuando terminó de vendarlo.
Los Sanadores habían logrado cerrar el orificio de la bala que había penetrado el pecho de Zaira, pero la aurora lucía pálida y ojerosa. Estaba recostada sobre un par de almohadas y cuando los vio entrar, intentó incorporarse. Victoire se apresuró junto a su cama para ayudarla a sentarse contra el respaldo, colocándole otra almohada. Luego, los miró a ambos alternativamente con ojo crítico antes de abandonar la sala. Zaira y Jasper quedaron a solas.
—Lo siento —rompió el silencio Yaxley, incapaz de mirarla a la cara. Zaira suspiró.
—Tienes un buen corazón, Jasper. Jamás te disculpes por eso —dijo ella. Se oía cansada.
—Era sólo un muchacho inocente —intentó justificarse, mientras deslizaba una mano por sus cabellos, atormentado.
—Sí —coincidió Zaira con cierta impasibilidad.
—No se merecía morir —soltó Jasper, la rabia vibrando en su voz.
—¿Recuerdas lo que te dije en Camelot? —fue la respuesta que obtuvo. Jasper se encogió, afligido. Lo recordaba. Perfectamente. —Este es el precio que pagamos por hacer el trabajo que hacemos, Jasper.
—Lo sé —gruñó él.
—¿Seguro? —presionó Zaira, y algo en su voz obligó a Yaxley a levantar la cabeza. Sus miradas se encontraron. Los ojos miel de la mentora brillaban con esa calidez que la caracterizaba, reclamando una respuesta sincera. —Hoy te di una orden directa y la ignoraste, poniéndonos a todos en riesgo.
—Pensé que podía salvarlo —se defendió Jasper.
—Te equivocaste —le dijo con dureza Levington.
—Y ya dije que lo lamentaba —en realidad, estaba enojado consigo mismo, pero no pudo evitar descargarse con su mentora. No le gustaba equivocarse.
—No me interesan tus disculpas, Jasper —fue el turno de enojarse de Zaira. Yaxley se sorprendió. Nunca le había hablado de esa forma—. Me interesa saber que cuando te doy una orden en medio de una misión, la obedecerás. Necesito saber que puedo confiar en ti.
—No volverá a suceder —le aseguró Jasper, levantando el mentón con seguridad—. Puedes confiar en mí.
Zaira lo observó fijamente durante unos segundos, y luego asintió con un movimiento seco, cerrando nuevamente los ojos y recostando la cabeza contra la pared. Su labio inferior tembló, un músculo contrayéndose involuntariamente en su mandíbula, delatando que sentía dolor. Jasper guardó silencio y tomó asiento en una de las sillas que había junto a la cama.
En algún punto, se quedó dormido. Fue un sueño superficial y atormentado por pesadillas donde el adolescente con frenillos aparecía una y otra vez. Despertó con el ruido de la puerta abriéndose, su mano buscando a ciegas la varita. Harry había entrado. Molly no estaba con él.
—¿El Primer Ministro? —preguntó expeditivamente Zaira. Se encontraba sentada al borde de la cama. Tenía mejor aspecto.
—Se encuentra a salvo… Pero nada feliz —respondió Harry, dejándose caer pesadamente a los pies de la cama de Zaira.
—Es entendible —lo alentó Levington. Harry se removió los anteojos y se apretó el puente de la nariz con dos dedos.
—Culpa al Ministerio de Magia del ataque —reveló en una pesada exhalación.
—¿QUÉ? —exclamaron Jasper y Zaira al mismo tiempo. Harry levantó una mano en un gesto que intentaba apaciguarlos, pero la indignación burbujeaba dentro de Yaxley.
—Le salvamos la puta vida —puntualizó Jasper.
—Bueno, él considera que su vida no habría estado en peligro, en primer lugar, si el Ministerio de Magia hubiera cumplido con su trabajo —dijo Harry con voz amarga. Y Jasper sintió la misma amargura en su boca al escucharlo.
—Imagino que el ministro Shacklebolt le ha explicado la situación, no solo local, sino internacional que está atravesando el mundo mágico… —habló diplomáticamente Zaira. Harry se encogió de hombros.
—Lo intentó —le dio la razón Potter, una arruga de preocupación frunciendo su entrecejo—. Pero ya conoces la postura del nuevo Ministro muggle —suspiró—. Nunca le gustó la idea de que exista todo un mundo paralelo sobre el cual no tiene ningún control.
—Cree que somos una amenaza para su gobierno —comprendió Jasper.
—En este momento, lo somos —afirmó Harry—. El Ministro cree que toda persona capaz de sostener una varita es un peligro para el país. Llegó a demandarle a Kingsley colocar un dispositivo a todos los magos para poder identificarles…
—Kingsley jamás lo permitiría —balbuceó Zaira, sus ojos enormes. Harry le sonrió con tristeza.
—Claro que no —masculló Potter—. Pero en cambio, tuvo que acceder a entregarle un informe con las estadísticas de toda la población mágica de Reino Unido.
—Si hacemos eso, la Marea Roja nos saltará directo a la yugular. Les estaremos dando la excusa perfecta para ganarse la opinión pública —dijo Jasper, astutamente.
—No podemos permitirnos tener a los muggles en contra —Zaira defendió la postura—. Si el Primer Ministro nos declara la guerra… Pueden aniquilarnos, Jasper. Tienen el recurso humano y el armamento necesario para erradicarnos de la tierra si se lo proponen.
Jasper lo había visto esa noche. La capacidad destructiva de los muggles. La violencia de sus armas. Incluso con la magia, habían resultado gravemente heridos. Zaira había estado cerca de morir a manos de un arma muggle.
—Aún hay más —dijo Harry—. Los atacantes eran todos muggles.
—Tiene que ser una puta broma —gritó Yaxley, pateando la mesa que tenía cerca y tirando el vaso de agua y la jarra que yacía encima.
—Los que han sobrevivido, todos han confesado ante las autoridades muggles sus intenciones de asesinar al Primer Ministro… Por lo visto forman parte de un grupo de radicales que se opone al gobierno actual. Pero todos han negado la participación de la Rebelión en el atentado —continuó Harry, rumiando las palabras con evidente escepticismo.
—Tú los viste, Harry. Estaban bajo los efectos de una Maldición Imperdonable —resaltó Zaira, su indignación también escalando. Harry hizo una mueca.
—Sabes tan bien como yo que es muy difícil demostrar que alguien se encuentra bajo una maldición Imperius —le recordó Potter. Zaira chasqueó la lengua.
—¡Pues que los revise algún Sanador para confirmarlo! —exclamó.
—El Primer Ministro nos ha negado acceso a los prisioneros —fue la respuesta de Harry. Zaira lo miraba atónita, sin palabras. —Los Sabuesos están trabajando ahora en la escena buscando señales de magia para respaldar nuestra teoría…
—La prensa va a hacernos mierda —se lamentó Yaxley, encerrando la cabeza entre sus manos.
De golpe, Jasper lo vio claramente en su mente. Si el Primer Ministro había reaccionado de esa forma, no podía imaginarse cómo reaccionarían el resto de los muggles si se enteraban que la magia era real. Si el Velo caía… Si la verdad quedaba expuesta… Si el Primer Ministro decidía declararles la guerra… Lo que había sucedido esa noche sería sólo el principio de una masacre.
—Su objetivo nunca fue matar al Primer Ministro, ¿verdad? —comprendió Jasper, levantando la cabeza para buscar a Harry.
—No, no lo creo —reconoció el Jefe de Aurores. Un silencio sofocante se instaló entre ellos, un presagio de mal augurio—. No puedo quedarme más tiempo. Debo volver al Ministerio.
Jasper sentía que le faltaba el aire. La habitación parecía viciada y pequeña. Zaira lo notó.
—Regresa a casa, Jasper —le dijo con una sonrisa amable.
—¿Qué hay de ti? —inquirió él. Ella soltó una risa suave que lo hizo estremecer.
—Victoire se quedará conmigo —le aseguró ella.
Vaciló antes de irse. Todavía se sentía culpable de que Zaira hubiese recibido una bala por él. Pero verdaderamente necesitaba salir de ese lugar.
En cuanto abrió la puerta de su casa, escuchó unos pasos acelerados que corrían en su dirección. Hamilton apareció en el arco del vestíbulo que llevaba a la cocina.
—¿Qué mierda, Yaxley? —exclamó apenas lo vio, el alivio desplegándose sobre él, relajándole los músculos.
Hamilton lo envolvió en un fuerte abrazo, sacándole prácticamente todo el aire de los pulmones. Cualquier otro día, Jasper se habría resistido. En otro contexto, probablemente, habría hecho algún comentario ácido y burlón. Pero ese día, simplemente se entregó al abrazo. No recordaba cuándo había sido la última vez que alguien lo habría abrazado de esa forma. No estaba seguro de que alguien lo hubiese hecho alguna vez.
—Necesito un trago —articuló como pudo a través del nudo que se le había formado en la garganta.
—¿Entiendes que el alcohol no es la solución a tus problemas, verdad? —bromeó Hammer, liberándolo y regresando así a la dinámica habitual entre ellos. Una sonrisa agradecida se dibujó en los labios de Jasper.
Llevaba horas mirando al techo sin poder dormirse cuando alguien entró a su habitación. Torció la cabeza con desgano hacia la puerta. Y sintió que su corazón se detenía por un instante al ver a Gweneth Rosier de pie frente a ella.
—¿Te desperté? —preguntó Rosier, con esa extraña mirada que siempre le dirigía, una mezcla de curiosidad y confusión.
—No, no —se apresuró a decir Molly, sentándose en la cama—. ¿Qué… qué haces aquí?
—Trabajo aquí —señaló Gweneth, apuntando a su uniforme color lima que la identificaba como una sanadora del hospital. Pero eso no era a lo que se refería Molly, y ella lo sabía. —Puedo pasar en otro momento si prefieres —sugirió, su mano deslizándose sobre el picaporte, dispuesta a salir.
—No —la frenó Molly, su voz más ansiosa de lo que habría deseado sonar—. Quédate —le pidió.
Rosier soltó el picaporte. Se quedó, sin embargo, de pie junto a la puerta, rígida e imponente. Le recordaba en cierta forma a Jasper. Había algo en la forma en que se paraban, la manera en que cuadraban los hombros y sostenían el mentón en alto… Bastaba una sola mirada para saber que pertenecían a una clase social privilegiada.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Rosier, interrumpiendo el divague de sus pensamientos.
—Genial —respondió con excesivo sarcasmo Molly. Inmediatamente sintió que sus mejillas se sonrojaban, avergonzada—. Lo siento, no quise sonar así… —intentó disculparse. Rosier hizo un gesto con la mano, descartándolo.
—No debe ser fácil —comentó la sanadora, con esa imperturbabilidad que la caracterizaba. Molly inclinó la cabeza hacia un costado de manera inquisitiva—. Hacer lo que haces.
Gweneth hablaba con absoluta tranquilidad. Era muy difícil para Molly leer a través de la frialdad de sus expresiones. Pero la forma en que había dicho esa última frase… Era como si la estuviese juzgando.
—Lo haces sonar como si fuera algo malo —señaló Molly, frunciendo el ceño. Rosier suavizó su postura.
—No fue mi intención ofenderte —respondió con suavidad. Sus ojos dorados centellearon—. Pero he visto a muchos Aurores pasar por aquí. Debes de estar muy segura de lo que defiendes para poder resistir ese trabajo.
La implicancia de esas palabras quedó flotando en el aire entre ellas. Molly tragó saliva. Tenía la boca y los labios resecos.
—Solía creer que podía resistirlo —confesó en un susurro. Rosier dio un paso hacia su cama.
—¿Y qué crees ahora? —preguntó curvando una de sus delicadas cejas. Molly pensó con cuidado sus siguientes palabras.
—Ahora no estoy segura de ser lo suficientemente fuerte para hacerlo —fue su respuesta. Gweneth sonrió. Era una sonrisa condescendiente, como si supiera algo que Molly ignoraba. Sintió que su corazón se aceleraba.
—Eres mucho más fuerte de lo crees —declaró enigmáticamente. Rosier le dio la espalda, retrocediendo la distancia que se había acercado a ella, y volviendo a colocar su mano sobre el picaporte.
—Prometiste que la siguiente vez que nos cruzáramos, me dirías cómo me reconociste ese día en Knockturn —recordó Molly bruscamente.
Gweneth se detuvo en seco, los músculos de su espalda tensándose bajo la túnica. Giró la cabeza lo suficiente como para mirarla de reojo, su perfil quedando dibujado contra la puerta.
—Es imposible no reconocer tu núcleo mágico. Eres única, Molly Weasley —declaró articulando perfectamente su nombre. Un cosquilleo recorrió la espalda de la aurora, erizándole el cabello de la nuca.
¡Nuevo capítulo!
Originalmente, había planeado que este capítulo tuviera el ataque al Ministro muggle y otra escena más... internacional. Pero al empezar a escribir esta primer parte, me di cuenta de que era mejor dividirlo en dos capítulos individuales.
He disfrutado mucho de volver a escribir un poco de acción, y me gusta escribir sobre los aurores. Siempre me pareció que era algo de la saga original que no se había aprovechado completamente y que tenía mucho potencial. Y también está el detalle de que me encanta escribir sobre mis niños de Camelot.
Muchas cosas suceden en este capítulo que serán importantes para lo que se viene. El punto crítico es, por supuesto, esa ruptura en la relación entre el ministro muggle y el ministerio de magia.
Y cerramos el capítulo con una breve pero interesante interacción entre Rosier y Molly que espero que les guste.
Como siempre, gracias a todos los que dejan comentarios. Intentaré subir las respuestas cuanto antes, pero sepan que he leído todo lo que me escriben, y estoy ansiosa por escuchar sus nuevas teorías después de este capítulo.
Saludos,
G.
