Capítulo 17: Anima Solaris

All at once
The world can overwhelm me
There's almost nothin' that you could tell me
That could ease my mind.

Which way will you run
When it's always all around you
And the feelin' lost and found you again
A feelin' that we have no control.

(De repente,
El mundo puede abrumarte.
No hay casi nada que puedas decirme,
que logre calmar mi mente.

¿Hacia dónde correrás?
Cuando está siempre a tu alrededor.
Y ese sentimiento, que pierdes y vuelves a encontrar,
Un sentimiento de que no tenemos ningún control.)

All at once, Jack Johnson.


La sala de reuniones del Comité de Jefes estaba inusualmente silenciosa esa mañana, mientras cada uno de sus integrantes terminaba de procesar la información que se encontraba desparramada sobre la mesa, cubriendo las portadas de todos los periódicos y revistas del mundo mágico. Harry notó que incluso había algunos diarios muggles entremezclados, donde la noticia del ataque a la oficina principal del ministro muggle también ocupaba prácticamente todas las hojas.

Harry aguardaba en una silla en el extremo opuesto al Ministro Shacklebolt, quien a pesar de la evidente tensión que sobrevolaba la habitación, mantenía una expresión serena.

—Esto es… grave —suspiró el jefe del departamento de Misterios, Vittorio De Fazio, mientras doblaba el diario que había estado leyendo hasta entonces y lo colocaba lentamente sobre la mesa. Fue el primero en romper el silencio.

Penélope Clearwater seguía leyendo, aunque el fruncido en su frente daba claras señales de no estar a gusto con la lectura. Ernie MacMillan lanzaba miradas nerviosas desde un extremo al otro de la amplia mesa, sus ojos recorriendo ansiosos los rostros de sus colegas, intentando deducir, igual que Harry, cual sería su reacción.

Gwenog Jones cruzó miradas con Harry y le dedicó una sonrisa breve pero empática. Fue agradable saber que, al menos, contaba con su apoyo.

No podía decirse lo mismo de los otros tres jefes que conformaban el comité. Linus Cavenger se mantenía sentado con los brazos pulcramente apoyados sobre los soportes de su butaca, tamborileando con los dedos mientras aguardaba su oportunidad para hablar. Mantenía los labios fuertemente presionados dándole a su rostro un gesto austero. Pero sus ojos brillaban con la intensidad propia de quien se conoce vencedor.

McKency, del departamento de Animales Mágicos, se removía nerviosamente en su asiento, frotándose las manos contra la túnica y limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo. Era consciente de que esa reunión era una bomba a punto de estallar. Solo se necesitaba de alguien que encendiera la mecha…

—Grave no alcanza a describir esto —habló Bradshaw, su voz temblando de indignación—. ¡Esta es la evidencia innegable de que Potter ha violado la ley! Según la Reforma que este mismo comité aprobó, el cuartel de Aurores tendría que haber informado al ERIC sobre una posible irregularidad en la seguridad mágica —continuó bravuconamente.

—Lamento no haber tenido tiempo para llamarte, Bradshaw. Estaba demasiado ocupado salvándole la vida al Primer Ministro como para detenerme a pensar en tu susceptible ego —dijo Harry con sorna. Ernie, sentado a su derecha, lo pateó por debajo de la mesa.

—¿Lo ven? ¿Ven a lo que me refiero? ¡Potter se cree por encima de la ley! —volvió a bramar dramáticamente Bradshaw.

—Los protocolos existen por algo, Auror Potter —intervino Linus, entrecruzando las manos sobre la mesa de manera extremadamente profesional y distante—. Están ahí para evitar errores y catástrofes como la que enfrentamos en este momento.

—¿Habría preferido enfrentarse con la muerte del Primer Ministro, señor Cavenger? —ladró Harry. Linus torció una sonrisa desagradable.

—Francamente, habría tenido consecuencias menos graves sobre nuestra comunidad. Ahora debemos lidiar con la responsabilidad de un ataque muggle que nada tiene que ver con nosotros —dijo Cavenger, encogiéndose de hombros despreocupadamente.

—Esos muggles se encontraban bajo los efectos de una Maldición Imperius —reclamó Harry.

—No, Harry. No lo estaban —intervino diplomáticamente De Fazio. Lo observaba con una expresión que rozaba la lástima. —Las Maldiciones Imperdonables se encuentran estrictamente vigiladas desde la Segunda Guerra Mágica, como tú bien sabes. Si alguien hubiese usado un Imperius, mis Inefables lo habrían detectado.

—No si están trabajando para la Rebelión —Harry escupió las palabras sin pensarlo. Ernie meneó la cabeza desaprobatoriamente. Había ido muy lejos, pero ya no había forma de volver atrás.

—Ese tipo de acusaciones no pueden hacerse a la ligera, Auror Potter —reprochó Linus, frunciendo el ceño.

—Está bien, Linus… Todos estamos un poco agitados por la situación —trató de calmar la situación De Fazio—. Harry, entiendo tu preocupación. Si lo deseas, puedes ir tú mismo a chequearlo…

—¿Ahora debemos chequear con Potter lo que hace nuestro departamento? Creía que ese era el trabajo del Ministro —ironizó Bradshaw, riendo entre dientes.

—Cuida tu tono —le advirtió Harry, irguiéndose en la silla.

—¡Y ahí lo tienen otra vez! ¡El jefe de los Aurores me está amenazando públicamente! —dramatizó Bradshaw, apuntando a Harry con un dedo acusador.

—¡Suficiente! —intercedió Kingsley, su voz gruesa cortando inmediatamente la discusión—. ¿A dónde quiere llegar con esto, señor Bradshaw? —le exigió. A pesar de que segundos atrás Godwin Bradshaw se había mostrado muy seguro de sí mismo, cuando Shacklebolt lo increpó directamente, pareció encogerse. No necesitaba gritar para hacerse respetar.

—Propongo la destitución de Harry Potter del puesto de Jefe de Aurores —soltó finalmente Godwin. Por un instante, nadie en la mesa supo qué responder, ni siquiera Kingsley. Godwin aprovechó el inusitado silencio para continuar. —Potter ha demostrado ya en reiteradas ocasiones su incompetencia para ejercer el puesto. Él es el culpable de este embrollo… Él debe pagarlo —sentenció, golpeando con su dedo índice la pila de periódicos que tenía frente a él, reforzando su punto.

—Tú sólo quieres un chivo expiatorio para tranquilizar a la gente —dijo Gwenog, poniendo los ojos en blanco.

—No subestime la opinión pública, señorita Jones… Tiene la capacidad de derrocar gobiernos —dijo crípticamente Vittorio con sobria seriedad.

—El pueblo va a reclamar explicaciones, señor Ministro. Debemos darles algo —Linus estuvo de acuerdo con Bradshaw.

—No creo que este sea el momento indicado para quedarnos sin Jefe de Aurores, señores —dio su opinión Penélope—. Una decisión como esa sólo provocará el pánico en el pueblo.

—Nadie es irremplazable, Penélope —dijo Bradshaw con desprecio. Sin poder evitarlo, una carcajada escapó de los labios de Harry, asombrado por el descaro del hombre.—Esto te resulta gracioso, ¿eh? —siseó Godwin, destilando resentimiento.

—¿Cuánto tiempo llevas soñando con esta oportunidad, Bradshaw? —le preguntó Potter, su voz peligrosamente filosa. Las fosas nasales de Godwin se dilataron, inhalando una gran bocanada de aire.

—Pido que mi propuesta se someta a votación —exigió finalmente el jefe de Accidentes Mágicos, haciendo uso de su derecho legal como miembro del Comité de Jefes. El ambiente entre ellos volvió a tensarse, expectante.

—Conozco al Auror Potter desde hace muchos años. Lo he visto trabajar incansablemente por el bien de esta comunidad. ¿Qué diría de mí como ministroy, como persona, si al primer obstáculo le doy la espalda a aquellos que siempre nos ayudaron? —respondió Kingsley con serenidad. Godwin abrió la boca para quejarse, pero el Ministro alzó una mano en su dirección, pidiéndole que guardara silencio un instante—. Sin embargo, aceptaré la propuesta de votación para relevar, de manera transitoria, al señor Potter de su puesto como jefe de Aurores —aceptó Kingsley, diplomáticamente y sin mucha alternativa—. Aquellos a favor de la suspensión del señor Harry Potter, por favor, levanten la mano.

La mano de Bradshaw ya estaba en el aire antes de que Shacklebolt terminara de hablar. Como era de esperar, Linus Cavenger se sumó sin que le temblara el pulso. McKenzy, en cambio, vaciló unos segundos antes de levantar una mano tímida y apenas perceptible.

Ernie permaneció de brazos cruzados, demostrando sin palabras su descontento con la votación.

—Están dementes —murmuró Gwenog Jones, mirando con ojos desorbitados las manos que se habían levantado, y manteniendo las suyas en los bolsillos. Penélope Clearwater tampoco levantó la suya. Ambas manos permanecieron pulcramente apoyadas sobre su regazo.

Solo faltaba Vittorio De Fazio, quien volvió a suspirar con pesadez antes de mirar hacia donde estaba Harry.

—Nadie duda de tus buenas intenciones, Harry. Pero has perdido la objetividad en lo referente a la Rebelión… Creo que un tiempo de descanso, lejos del trabajo, te vendrá bien —dijo finalmente el jefe de Misterios, mientras su mano se alzaba también en el aire.


El golpeteo incesante llegó hasta ella incluso a través de las gruesas paredes de la Mansión. Chequeó el reloj que había junto a su mesa de luz. Marcaba las cinco de la mañana. Se enderezó en la cama y agudizó su oído.

Efectivamente, alguien estaba golpeando una puerta al otro lado del pasillo. Se levantó resoplando para sí misma. Felicity no era precisamente lo que alguien llamaría una persona madrugadora. Pero últimamente, su sueño se había vuelto más superficial e intranquilo.

Abrió la puerta de su habitación y espió hacia el exterior.

Reconoció a la figura esbelta de Jasper Yaxley de pie frente a la puerta de la habitación de su hermano Richard. Tenía una mano apoyada en el marco, y la otra cerrada en un puño que martillaba rítmicamente contra la madera.

—Si buscas a mi hermano, no se encuentra aquí —anunció Felicity, recostándose contra el umbral de su propia habitación y cruzándose de brazos.

Jasper se sobresaltó y giró rápidamente para mirarla. Le tomó unos segundos recuperar su habitual expresión distante e indiferente.

—¿Dónde puedo encontrarlo? —preguntó Jasper, con una arrogancia que no se correspondía con la desesperación que había visto Felicity en sus ojos segundos atrás.

—En Escocia —respondió ella.

—¿Qué? —reaccionó Jasper, confundido—. No es seguro para ustedes abandonar la Mansión —la regañó el joven auror. Felicity arqueó una ceja de manera petulante.

—Tranquilo, no se ha ido de fiesta —bromeó la morena—. Charlie Weasley vino ayer por la noche. Parece que ha localizado una cría de dragón vagando por el norte —le explicó. El interés se hizo evidente en la expresión de Jasper.

—Finalmente va a tener su propio dragón —murmuró Yaxley por lo bajo, la comisura de sus labios curvándose en una leve sonrisa.

—Si logra domarlo —retrucó Felicity con divertida malicia. Fue el turno de Jasper de levantar la ceja de manera socarrona.

—¿No crees que puede hacerlo? —le preguntó en el mismo tono. Felicity chasqueó la lengua e hizo un gesto con la mano, descartando la pregunta.

—Es mi hermano. Incluso si no es un Domador, encontrará la forma de volver con un dragón —respondió sin poder esconder el orgullo que sentía por Rick. Jasper rió por lo bajo.

—Probablemente —coincidió. Felicity lo escaneó de arriba abajo. Su cabello rubio estaba despeinado, algo poco habitual en él, y todavía vestía su uniforme de Auror, lo que indicaba que salía de trabajar y no había pasado por su casa a cambiarse.

—Entonces tú y mi hermano… —se atrevió a sugerir la chica Fox. Notó que Jasper se tensaba en su lugar, adquiriendo una actitud innecesariamente defensiva.

—Se podría decir que somos... amigos —dijo con cautela. Era evidente que Yaxley no estaba acostumbrado a usar ese término. Una expresión felina se perfiló en las hermosas facciones de Felicity.

—Amigos que tienen sexo —lo corrigió juguetonamente. Cierto rubor trepó por las mejillas de Jasper, delatándolo. Pero a pesar de ello, mantuvo su postura orgullosa, encuadrando los hombros y sosteniendo la frente en alto.

—Te lo ha contado.

—Cariño, claro que me lo ha contado. Rick y yo no tenemos secretos —explicó ella.

—Seguramente también te ha contado que hemos decidido no volver a hacerlo —dijo Jasper con dureza, trazando el límite con claridad.

—Sí. Pero confieso que me cuesta creerlo viniendo de Rick —retrucó Felicity en un tono más amigable, intentando distender el ambiente. Jasper relajó los hombros, aceptando la ofrenda de paz silenciosamente.

—Lamento haberte despertado —se despidió, inclinando apenas la cabeza hacia ella a modo de despedida, antes de darse la vuelta.

—Si no es sexo lo que buscas, tal vez yo puedo ayudarte —se ofreció Felicity, dejándose llevar por un impulso de último momento. Jasper se detuvo sin girar a mirarla—. Ya estoy despierta... Así que bien podríamos hablar un rato —tanteó cuidadosamente. Una risa baja, suspirada entre dientes, mezcla de resignación y sarcasmo, escapó los labios de Yaxley.

—Asumo que has estado leyendo las noticias —dijo con amargura, manteniéndose de espaldas a ella.

—Todo Reino Unido lo ha leído, Jasper —Fox expuso la cruda verdad sin anestesia.

—¿Sabes también que nos han suspendido? —agregó Yaxley, torciendo la cabeza para mirarla por encima del hombro—. A todos los que estuvimos involucrados… Incluido Harry Potter.

—No me jodas —jadeó Felicity, sus ojos verdes abriéndose enormes y atónitos.

—Sin importar lo que hagamos, la Rebelión parece siempre estar un paso más adelante. Incluso cuando creemos que hemos ganado, ese hijo de puta se las arregla para sacar ventaja… —se lamentó Jasper, un esbozo de desesperación asomando en su voz, mientras su mano se deslizaba en un gesto nervioso por entre sus cabellos rubios.

—Ese Mago es un gran estratega, Jasper. No hace movimientos sin sopesar todos los posibles desenlaces… Así es como se asegura de, sin importar lo que suceda, siempre salir airoso —razonó Felicity. Jasper clavó sus ojos negros en ella inquisitivamente.

—¿Crees que nos equivocamos? —le preguntó de manera inesperada. Felicity no respondió inmediatamente. Podía leer el anhelo en él.

—Creo que fue algo muy gryffindoriano lo que hicieron —dijo finalmente, con una sonrisa indulgente—. Valiente, honorable, impulsivo… y un poco estúpido.

—Lo dice la chica que se enfrentó sola a un dragón —masculló Jasper sarcásticamente. Felicity no pudo evitar reír.

—Touché —reconoció encogiéndose de hombros—. Creo que hicieron lo correcto al salvar al Primer Ministro... Pero también creo que el Mago contaba con eso.

Jasper asintió con un movimiento seco de cabeza, meditando lo que Felicity le acababa de decir. A lo lejos, se escuchó el golpear de una puerta. La casa comenzaba a despertar.

—Espero que tu hermano consiga ese dragón —dijo Yaxley con absoluta sinceridad—. Vamos a necesitarlo.


Lo primero que le sorprendió, al llegar ante la puerta del salón donde acostumbraba a entrenar con Scarlet, fueron las voces provenientes del interior.

Lo segundo que llamó su atención fue la presencia de Katya Danilova allí. Estaba hablando con Raven en un tono tan casual que a Teddy le resultó irreal. Instintivamente, giró a mirar a Victoire a su lado. Ella no parecía sorprendida.

—Ahí están —les dio la bienvenida Raven, con su habitual crudeza—. Empecemos entonces —dijo mientras se arremangaba la holgada camisa que llevaba puesta.

—Kat, ¿qué haces aquí? —preguntó Lupin, todavía confundido.

—¿Qué crees? —rió ella. Lucía animada, casi alegre. Hacía mucho que Ted no la veía tan entusiasmada por algo.

—No sé si esto es una buena idea… —argumentó Lupin, dirigiéndose a Scarlet. La mujer chasqueó la lengua, desestimando su comentario.

—Victoire le ha dado el alta médica. Físicamente, no hay nada que le impida empezar a entrenar —dijo Scarlet, quien no parecía en absoluto preocupada. Ted notó que Vicky se sonrojaba a su lado.

—Necesita salir de esa habitación en algún momento, Ted —lo regañó Victoire, sosteniéndole la mirada con esa seguridad que la caracterizaba.

—Vamos, Lupin. Todavía puedo patear tu peludo trasero de lobo —lo llamó Katya, dibujando una sonrisa divertida y provocadora en sus purpúreos labios.

Ted suspiró, resignado. Entregó su varita para no sentir la tentación de usar la magia, y se posicionó frente a Katya.

La híbrida se agazapó, adquiriendo una postura de ataque. Abrió y cerró las manos, contrayendo y relajando los músculos entumecidos por la falta de uso. Sus ojos chispeaban en su pálido rostro con renovada energía.

Ted aguardó a que ella hiciera el primer movimiento. Conocía a Katya. Habían convivido durante meses en el Bosque. Sabía que ella haría el primer movimiento, ansiosa por atacar. Efectivamente, así fue.

Katya avanzó como una rayo, más veloz de lo que cabría esperarse por su aspecto debilitado, pero más lento de lo que Ted la recordaba en el bosque. Logró contenerla con facilidad, desviando el golpe y haciéndola a un lado. Katya cayó como un felino sobre sus cuatro miembros y entornó la mirada para enfocarla nuevamente en él.

Volvió a arremeter. Esta vez, con más fuerza. Ted tuvo que esquivar el ataque y retroceder. Katya resopló irritada.

—Te estás conteniendo —le criticó, visiblemente ofendida.

—No deberíamos hacer esto tan pronto —reconoció Lupin.

Sus palabras parecieron solo irritar más a Katya, que soltó un gruñido casi animal y se lanzó otra vez contra él. Esta vez, sus filosas uñas estaban afuera, y rasgaron la tela que cubría los brazos de Ted.

—Vamos, deja salir al lobo de una vez—le pidió Katya, un destello rojo tiñendo el iris de sus ojos.

—Kat, basta —le advirtió Ted.

Podía sentir el burbujeo en su interior, esa fuerza animal que se sacudía ansiosamente. Deseaba salir. Deseaba libertad. Kat olfateó el aire y sonrió, percibiéndolo. Tomó carrera, y saltó, elevándose varios metros del suelo, y cayendo sobre él.

Rodaron por el suelo, un manojo de manos y piernas. Ted la escuchó reír traviesamente. El sonido era hechizante. Sintió la risa deslizándose por su piel, erizándole el vello, atravesándolo hasta los huesos. Fue como teletransportarse de regreso al bosque. Sólo había lugar para la risa de Katya. Todas sus barreras se derrumbaron, liberando al lobo.

Pero él estaba allí también. Como en el bosque, cuando corría a la par de Katya entre los árboles. Podía sentir al lobo conviviendo con él. Él era el lobo. Y el lobo era él. No podían existir sin el otro.

Duró tan solo un instante. La risa de Katya se evaporó en el aire, y con ella, el lobo volvió a retraerse dentro de la jaula que era el cuerpo de Ted.

—Impresionante —escuchó que decía Scarlet, atónita.

Katya le sonreía. Era una sonrisa cargada de orgullo y satisfacción. Ted recordaba esa sonrisa demasiado bien. Adoraba esa sonrisa. Era la sonrisa de una mujer segura de sí misma, cómoda en su propia piel. De repente, Ted se encontró sonriendo también. Todavía podía sentir la euforia residual que persistía en su cuerpo. Una mezcla de libertad indomable y cálida armonía.

La puerta de la sala se abrió y se cerró bruscamente. Ted cayó en cuenta de que Victoire se había marchado. Amagó con ir detrás de ella, pero la mano de Katya lo retuvo.

—Déjame hablar con ella —le pidió la híbrida.

No le resultó difícil rastrear la fragancia de Victoire. Era un aroma floral y embriagador que el olfato de Katya percibía con gran claridad. Se dejó guiar por sus sentidos hasta la sala de Enfermería. Entró sin golpear.

Victoire estaba sentada en una de las camas, y Katya nunca la había visto más vulnerable que ese momento. Tenía los hombros caídos y los ojos enrojecidos a causa de las lágrimas.

Avanzó y se sentó junto a ella, a suficiente distancia como para que sus cuerpos no se tocaran, respetando el espacio personal de la muchacha, pero a la vez lo suficiente cerca como para que sintiera su presencia. Victoire se limpió las lágrimas con el dorso de su túnica y se sonó la nariz.

—Cuando Ted me habló por primera vez sobre ti, no lo entendí —habló con voz nasal, congestionada a causa del llanto—. No pude entender qué era lo que te hacía tan especial a sus ojos—Katya percibió el resentimiento en su voz. Y debajo de eso, el dolor. Victoire torció la cabeza para mirarla a la cara. Sus ojos celestes estaban inyectados de sangre y sus largas pestañas cubiertas de lágrimas—. Ahora lo entiendo —dijo derrotada.

—No estoy aquí para competir contigo —le aseguró Katya. Victoire soltó un risita lastimosa.

—No tienes que hacerlo —insistió la joven sanadora—. Tú llegas y consigues en un solo día de entrenamiento más de lo que yo logré en meses de trabajo.

—Tengo más experiencia que tú con híbridos —dijo Katya con simpleza. Pero Victoire sacudió su cabeza de un lado al otro, su cabello dorado moviéndose como una cortina sobre sus hombros.

—Lo conozco desde que éramos niños. Crecimos juntos. Y sin embargo… Nunca he podido entenderlo de la manera que tú lo entiendes —confesó con dolor Vicky. Katya la miró seriamente.

—Es porque tienes miedo —le dijo con brutal sinceridad la híbrida. Victoire empalideció.

—Ted jamás me lastimaría… —saltó defensivamente. Katya sonrió de manera condescendiente.

—No me refiero a Ted —la interrumpió Danilova—. Hablo de aceptar la parte animal que vive no sólo en Ted, sino también en ti —la sorpresa se hizo evidente en la expresión de Victoire. Katya resopló, poniendo los ojos en blanco—. ¿Te crees que no reconozco a un mestizo cuando lo veo? —le retrucó, levemente ofendida. Victoire bajó la cabeza, avergonzada. —¿Cómo esperas entender la magia que habita dentro de Ted si ni siquiera conoces tu propio potencial?

Victoire se examinó sus propias manos durante unos segundos, meditando silenciosamente. Katya podía sentir que se estaba debatiendo internamente con algo.

—Sigues enamorada de él, ¿verdad? —le preguntó repentinamente. Katya inspiró profundamente.

—Ted te habló sobre nosotros —comprendió la híbrida.

—Sí.

—¿Te dijo también que yo le rogué que se quedara conmigo en el bosque? —siguió interrogándola. Victoire no respondió, y Katya tomó el silencio como un "no". —Éramos felices en el bosque, lejos del mundo mágico y sus inagotables problemas… Pero no él no quiso quedarse. Eligió volver para pelear esta guerra sin sentido... Eligió volver contigo —el sabor amargo de aquel recuerdo le estranguló la garganta, entrecortándole las palabras.

Una tímida sonrisa de agradecimiento se posó en el rostro enrojecido de Victoire. Katya pensó que, de haberse conocido en otras circunstancias, podrían haber sido amigas.


La campana de la puerta tintineó en el silencio del anochecer. Había sido un día frío y la calle se encontraba cubierta de nieve. La gente no acostumbraba a circular en días como esos. Preferían cobijarse en el cálido y seguro interior de sus hogares.

Así que cuando la campanilla sonó, supo que ese no era cualquier visitante. Dejó a un lado la pluma y la hoja de cálculo donde llevaba la contabilidad del negocio, y levantó la mirada para recibir al visitante.

Una figura cubierta por una capa roja avanzó hacia él entre las estanterías del local. Su rostro se mantenía oculto mediante un hechizo. El interior de la capucha era de una oscuridad impenetrable, y sin embargo, sintió la intensidad de su mirada.

—Buenas noches, señor Krum —lo saludó la figura encapuchada. El dueño del local se acomodó en su silla, con las manos descansando sobre los apoyabrazos.

—Vaya… Has venido en persona hasta aquí. Supongo que debería sentirme honrado —comentó de manera serena Ansel Krum. El visitante rió debajo de la capa, y el sonido vibrante de su risa estremeció el aire.

—Por favor, señor Krum. No haga esto más difícil de lo necesario —le pidió gentilmente el encapuchado—. No siento ningún placer en hacer esto… Pero usted, entre todas las personas, lo debería de entender mejor que nadie. Es por el bien mayor.

—Mi querido Mago de Oz… ¿tiene idea de cuántas personas antes de usted intentaron matarme? —fue el turno de Krum de reír, mientras se sacaba los anteojos redondos y los limpiaba con un trapo que yacía sobre el escritorio—. He visto pasar guerras y gobiernos... Hombres y mujeres se han alzado y han caído… Y yo sigo aquí.

—Precisamente —remarcó el Mago—. Ha vivido demasiado. Sabe demasiado. Su simple existencia supone un peligro para el futuro de la Rebelión. Estamos demasiado cerca de conseguir finalmente nuestro objetivo como para permitirnos dejar cabos sueltos…

—Tu reciente éxito te ha vuelto arrogante —criticó Krum, chasqueando la lengua—. Solías ser precavido. ¿Debo advertirte sobre los peligros de subestimar al enemigo?

—Conozco a mi enemigo —aseguró el Mago, percibiendo la amenaza que escondían las palabras de Krum.

—Potter nunca se detendrá. Irá hasta lo imposible para detenerte. Encontró la forma de llegar a mí una vez. Encontrará la forma de llegar a ti también —le prometió Ansel.

—Potter llegó hasta ti porque yo se lo permití —dijo el Mago. Krum arqueó una ceja—. He estado un paso delante de él todo este tiempo, y planeo seguir así —la paciencia del Mago se había agotado—Anima Tenebris.

La mano del Mago se movió con destreza entre los pliegues de su capa roja, y su varita se sacudió trazando una antigua maldición con la que Krum estaba demasiado familiarizado.

La oscuridad empezó a envolver el pequeño local, una bruma gris y espesa surgiendo con violenta rapidez desde todos los rincones, absorbiendo toda la luz que tocaba, sofocando todo rastro de esperanza. Pero no era esperanza ni felicidad lo que sentía Ansel Krum en ese momento, sino cólera. Una ira visceral se apoderó de él mientras observaba la magia del Mago desplegarse ante él.

¿Cómo se atrevía a usar la magia de Grindelwald contra él? ¡Él había ayudado a crear esa magia! Él había estado junto a Grindelwald cuando las sombras brotaron por primera vez de la Varita de Sauco, fruto del arduo trabajo de sus brillantes mentes.

Krum se incorporó con sorprendente agilidad para su edad, y tomó de debajo de su escritorio su última esperanza.

Levantó el báculo de madera cuidadosamente tallada con su mano derecha, y una luz resplandeciente como el mismísimo sol brotó del extremo del mismo, en donde yacía una piedra preciosa, blanca y reluciente, como una perla inmensa. La luz rasgó las sombras que lo rodeaban, desintegrando la niebla, abriéndose paso hasta los últimos rincones del salón.

—Te has guardado un as bajo la manga, anciano —masculló el Mago, genuinamente maravillado. Krum sonrió altanero.

—¿No pensaste verdaderamente que Grindelwald había creado algo como la Sombra sin idear también una manera de protegerse, o sí? —se jactó Krum.

Pero la voz no le salió tan firme como habría deseado. Aquella demostración de magia sublime le había costado caro. No tenía el poder necesario para oponerse al Mago. Y éste lo sabía. Ansel Krum podía sentir la magia arremolinándose alrededor de su enemigo mientras éste se preparaba para darle el golpe de gracia.

—Ese conocimiento muere hoy contigo —le prometió el Mago.

Por primera vez en muchos años, Krum sintió miedo. Había algo antinatural en ese hombre… En su poder. Decidió jugar su última carta.

—No, no lo hará —lo contradijo, su mano afirmándose con fuerza al báculo, preparándose—. Sé porque has venido hoy aquí: Potter se está acercando a tus secretos. Ha descifrado el secreto de tus dragones… Y pronto descifrará también este secreto.

El Mago vaciló, midiendo la veracidad de esa amenaza.

—Sabes que no miento —aprovechó Krum, ganando tiempo para recuperar sus fuerzas—. En este preciso momento, mientras tú pierdes el tiempo aquí conmigo, su gente está revisando Nurmengard…

—No encontrarán nada —dijo el Mago.

—¿Estás seguro? —lo provocó Krum. Los dedos del Mago se cerraron con firmeza alrededor su varita—. Os advertí sobre el peligro de subestimar a los enemigos… Yo también se jugar este juego.

La respuesta del Mago fue brutal. La magia salió despedida no solo de su varita, sino también de sus manos extendidas. Pero Ansel Krum se había adelantado. Cuando las cenizas de la destrucción se disiparon, no quedaban rastros de Ansel Krum en el lugar. El Mago soltó un grito iracundo que hizo sacudir los cimientos del local de antigüedades.

Afuera, Naomi y el Camaleón lo esperaban junto a un puñado de personas vestidas con túnicas rojas.

—¿Y Krum? —preguntó Naomi, mirando inquisitivamente hacia el local destruido.

—Se ha escapado —respondió secamente el Mago al llegar junto a ellos.

—¿Quiere que lo rastreemos, señor? —preguntó el Camaleón.

—No. Quiero que vayan a Nurmengard —ordenó sin detenerse. Ambos lo siguieron.

—¿Y qué se supone que hagamos ahí? —se quejó Naomi caprichosamente. El Mago se detuvo y giró a mirarla.

—Destruirlo todo —respondió.


Llevaba tanto tiempo allí adentro, sumergida entre los libros y pergaminos, que había perdido noción del tiempo. Era imposible saber si era de día o de noche. No había ventanas que conectaran con el mundo exterior. La única luz que había allí era la de las lámparas de aceite colgadas en las paredes de piedra enmohecidas.

A veces, se quedaba dormida allí mismo, con la cabeza apoyada sobre las hojas. Su esposo la despertaba sacudiéndole suavemente el hombro, y ella se enderezaba bruscamente en su silla, retomando el trabajo.

Esa noche, no fue la mano de su esposo la que la despertó, sino un sonido suave y casi imperceptible, como un click. En cualquier otro lugar, en cualquier otro momento, lo habría pasado por alto, desestimándolo. Pero llevaba semanas viviendo en las mazmorras de Nurmengard, y se había familiarizado con los sonidos de ese críptico lugar. Y ese sonido captó su atención. Como si alguien le hubiese dado la vuelta a una llave en una cerradura.

Tomó la lámpara que yacía sobre el escritorio y la extendió hacia las sombras de la habitación, escudriñándola cuidadosamente. La habitación se encontraba abarrotada de documentos y archivos, algunos tan antiguos como las propia fortaleza en la que se encontraban almacenados. El gobierno alemán había trasladado los más importantes a las cámaras de seguridad en Berlín. Pero muchos documentos relacionados al viejo régimen de Grindelwald y de la Guerra de los Magos todavía permanecían allí, especialmente aquellos que habían sido escritos por los propios prisioneros tras el fin de la guerra.

Allí, entre todos aquellos papeles, Harry había encontrado el libro que le había permitido a la Orden del Fénix dar con el maleficio de las sombras. Pero los meses habían pasado, y a pesar de que ahora contaban con Hermione dedicándose completamente a resolver el enigma, todavía no habían dado con una forma de combatirlo. Sin importar cuánto lo intentaban, nada parecía ser lo suficientemente fuerte como para destruir las Sombras.

Así que habían regresado. Ella y su esposo. Al lugar donde todo había comenzado, con la esperanza de poder encontrar una solución. Habían viajado una vez más a Alemania, camuflados en el viejo e infalible pretexto que les brindaba su trabajo como científicos. Las Fuerzas Armadas Mágicas Alemanas habían quedado en falta con Harry después de lo sucedido el Nurmengard durante su anterior visita, por lo que su líder se mostró por demás predispuesto a permitirles el acceso a los archivos cuando llegaron. Ahora que Rusia lo rodeaba por múltiples frentes, Alemania no se podía permitir perder la amistad de Inglaterra.

Sus ojos buscaron minuciosamente por toda la habitación intentando dar con la fuente de aquel sonido. Pero a simple vista, todo lucía exactamente.

—¿Qué buscas? —preguntó la voz de Rolf, sobresaltándola una vez más. La miraba desde los pies de la escalera, intrigado.

—No lo sé —confesó Luna, todavía sosteniendo la lámpara en alto, sus ojos azules entornados—. Me pareció escuchar algo.

Su esposo bajó los últimos peldaños de la escalera y olfateó el aire con curiosidad. Luna lo imitó, y sus ojos se abrieron enormes al percibir algo distinto en el ambiente.

—¿Lo sientes? —le dijo Rolf, entusiasmado.

Sí, lo sentía. Una corriente de aire, casi imperceptible. El olor a encierro, a aire viciado. Había otra cámara en algún sitio de esa mazmorra. Y acaba de abrirse.

Luna le entregó la lámpara a su esposo, y tanteó con su mano el rodete de cabello rubio que tenía amarrado en la nuca, donde había enganchado su varita mágica. Se acercó a la pared, buscando el origen de aquella fina brisa de aire putrefacto. Prácticamente pegó su rostro a los ladrillos húmedos, mientras tanteaba con su varita a ciegas.

—Ayúdame a mover esto, cariño —le pidió, señalando un archivero inmenso. Rolf respondió haciendo levitar el mismo y moviéndolo a un costado.

Allí estaba. Una puerta escondida en la pared. No tenía picaporte, y Luna estaba segura de que la hendidura que demarcaba sus bordes no había estado allí antes.

Un giro de su muñeca hizo que saliera un hechizo de su varita que empujó la puerta de piedra. Con un sonido hosco y rasposo, como un gruñido, la cámara se abrió.

Luna y Rolf entraron lentamente, con las varitas en alto y los sentidos alertas. Aquello se sentía demasiado parecido a cuando estaban de expedición y se metían en la cueva de alguna criatura mágica potencialmente peligrosa. No sabían qué iban a encontrarse del otro lado, pero su instinto le decía que no debía bajar la guardia.

Era evidente que esa habitación había sido diseñada para ocultismo. Allí se había practicado magia antigua y poderosa. Los ecos de su oscuridad todavía reverberaban entre las paredes, como fantasmas cautivos. Un escalofrío recorrió su espalda, haciéndola temblar.

Una mesa alta ocupaba el centro de la sala, y sobre ella se podían apreciar varios juegos de calderos empolvados y los resabios de múltiples ingredientes de pociones. Nadie había cocinado nada allí en mucho tiempo, posiblemente desde los tiempos del propio Grindelwald.

Había un inmenso espejo manchado y carcomido en un esquina. Los años habían opacado el cristal, y el polvo cubría su marco de oro. Pero incluso con el desgaste del tiempo, Luna podía apreciar la belleza que yacía debajo del mismo. Un inesperado e incontrolable deseo de tocar el espejo la invadió. Estiró sus dedos, y a medida que su mano se acercaba, creyó escuchar que alguien le hablaba desde el otro lado del vidrio. Luna.

Luna —la llamó en tono apremiante Rolf. Su voz la hizo reaccionar, retirando la mano. —Mira esto —dijo haciendo un gesto con la cabeza hacia los libros agolpados en una estantería.

Volvió a sentir esa presencia invisible en la habitación, guiándola. Su mano se deslizó sobre los lomos de los libros empolvados, deteniéndose bruscamente al llegar a uno más pequeño, de color negro. Lo sacó de la estantería y le sacudió la suciedad intentando leer el título.

No estaba rotulado, pero Luna volvía a sentir una voz susurrándole, diciéndole que ese libro era lo que buscaba. Rolf la miró de forma significativa cuando ella amagó a abrirlo.

No era tonta. Sabía perfectamente que esa voz, esa presencia que la empujaba, no era pura. Todo allí estaba contaminado con magia oscura. Pero esa habitación había permanecido oculta durante décadas, y ahora se había mostrado para ella. Algo había cambiado.

Nurmengard estaba hablándole. Y lo que sea que estuviese intentando decirle, parecía importante.

Abrió el libro, conteniendo el aliento mientras lo hacía. Durante una fracción de segundos, se preparó para lo peor.

Nada sucedió.

Era simplemente un libro, o más bien, una especie de anotador, donde la mayoría de lo que su dueño había escrito estaba en alemán. Había dibujos y gráficos desperdigados por las hojas… cálculos aritmáticos complejos e indescifrables… Y palabras escritas en los márgenes en runas antiguas.

El castillo vibró, como sacudido por una violenta explosión. Luna levantó la mirada del libro para encontrarse con una expresión de idéntico estupor en Rolf. Permanecieron estáticos, expectantes. Luna podía sentir su corazón galopando en el pecho.

—Tal vez es simplemente una tormenta de nieve —sugirió Rolf, riendo nerviosamente.

Las tormentas eran habituales en aquellas montañas, y más violentas de lo que Luna nunca había visto. De no haber sido gracias a la magia que protegía Nurmengard, el castillo no habría sido capaz de resistirlas.

Luna sabía que no eran la tormenta. Eso era magia, poderosa e inclemente como ninguna otra fuerza de la naturaleza. Esa voz oscura que rondaba la cámara secreta se lo confirmó.

No tenían mucho tiempo, le decía. El libro, insistía con impaciencia.

—Debo traducir esto —dijo Luna, más convencida de lo que nunca antes se había sentido al respecto de algo. Rolf abrió la boca para contradecirla, pero algo en la mirada de Luna pareció disuadirlo.

—Iré a ver lo que está sucediendo —aceptó Rolf. Le dio un tierno apretón a su mano antes de salir de la cámara.

Luna quedó a solas con la voz de Nurmengard susurrándole al oído, apresurándola. Hizo a un lado los objetos de alquimia que había en un extremo de la mesa con una mano, y apoyó el libro sobre el espacio despejado. Comenzó a pasar las páginas frenéticamente, sin siquiera detenerse a leerlas verdaderamente, confiando en que la voz le diría cuando frenar. Hojas repletas de hechizos, de recetas para pócimas, de intricados movimientos de varita… Las pasó una tras otra hasta finalmente llegar a la hoja correcta. No era particularmente avezada en runas antiguas, pero sus conocimientos eran suficientes para comprender lo que había frente a sus ojos.

Toda su vida, Luna había sido muy consciente de los riesgos que implicaba experimentar con la magia, especialmente magia negra. Pero nunca se le había ocurrido que la magia blanca podía alcanzar esas dimensiones.

Volvió a traducir varias veces la misma hoja, asegurándose de que no estaba leyendo mal. No había margen para los errores.

—¡Luna! —otra vez, la voz de Rolf la sacaba de su ensueño, trayéndola de regreso al mundo real. Había regresado, y estaba pálido y más aterrado que cuando se había marchado. —Hay que salir de aquí —le indicó, extendiéndole una mano.

Cerró el libro y aceptó la mano que le tendía su esposo. Mientras abandonaba la cámara, lanzó una última mirada por sobre su hombro. Creyó ver la figura de un hombre reflejada en el viejo espejo… Y escuchó su risa ronroneante y áspera.

A la salida de las mazmorras los aguardaba un oficial vestido con el uniforme caqui de las Fuerzas Armadas y múltiples medallas que lo señalaban como un miembro de alto rango. Tenía todos sus músculos contraídos en una postura de combate, y sus ojos celestes relampagueaban alertas.

—Señor y señora Scamander, debemos evacuar el edificio —le indicó con su marcado acento germano. A pesar de las implicancias de sus palabras, el hombre mantenía una actitud controlada. Era evidente que se trataba de una persona acostumbrada al combate.

El caos del castillo llegó hasta ellos desde los pisos superiores. Luna podía oír los maleficios pronunciados a gritos, los pasos acelerados de gente corriendo de un lado a otro, las órdenes que se alzaban por encima del bullicio.

Subieron hasta la primera planta, flanqueados por varios soldados de Nurmengard, esquivando los pedazos de roca que se desmoronaban de las paredes y las astillas de los cristales rotos que salían despedidas de las ventanas.

Encontraron su camino bloqueado al llegar al siguiente pasillo por una docena de magos vestidos con túnicas negras y máscaras venecianas. El oficial que los había buscado en las mazmorras logró desviar una maldición a tiempo para evitar que golpeara a Rolf, y los empujó a ambos a través de un pasillo estrecho que llevaba hasta la segunda planta.

Su suerte no mejoró allí. A través de uno de los inmensos ventanales de la segunda planta, Luna divisó una sombra curvilínea y cubierta de sedosas escamas.

—¡Abajo! —gritó Rolf, reconociendo también al dragón que volaba alrededor de la edificación.

El fuego atravesó los ventanales, fragmentando y derritiendo todo a su paso. Luna le lanzó contra los adoquines del suelo en un desesperado intento por escapar de las llamas, pero sintió el calor golpear su espalda, quemando la tela de su túnica, atravesándola dolorosamente.

Cuando finalmente el fuego cedió y Luna pudo abrir los ojos, sólo quedaban otras tres personas con vida. Exhaló aliviada al ver a Rolf entre ellos.

—Coronel Muller —Luna llamó al oficial que los estaba guiando. La voz le tembló a causa de dolor que atravesaba su cuerpo. La noción de lo que estaba a punto de pedir estrangulándole las palabras—. Necesito comunicarme con Londres.

—¿No me ha escuchado, señora? —bramó el coronel Muller de forma severa, casi exasperado.

Sabía que el coronel no estaba exagerando. Luna también estaba familiarizada con la guerra. Había visto suficiente a lo largo de su vida como para comprender sus probabilidades de supervivencia. Los ojos del coronel Muller refulgían con la fiereza de los hombres que no están dispuestos a darse por vencidos.

—No nos dejarán salir de aquí con vida, coronel Muller —le informó Luna con inquietante tranquilidad. Sus atención se desvió instintivamente hacia Rolf, quien también empezaba a comprender la difícil decisión que tenían por delante.

Una segunda bocanada de fuego azotó Nurmengard, esta vez golpeando en el piso que se encontraba inmediatamente por debajo de ellos. Los gritos de las personas atrapadas en aquel infierno atravesaron los tímpanos de Luna, helándole la sangre. El coronel Muller tragó saliva.

—Mi oficina se encuentra conectada con la red flú internacional —indicó finalmente.

—¿Podemos llegar desde aquí? —Luna aceptó la oferta.

—Síganme —asintió el coronel, poniéndose una vez más al frente del reducido grupo. Se introdujeron nuevamente en la fortaleza, deshaciendo el camino que habían hecho buscando una salida.

El coronel tomó un atajo escondido detrás de una estatua, bajando nuevamente hacia la primera planta. El lugar estaba perturbadoramente silencioso. Las llamas del dragón todavía ardían en algunos lugares, y Luna frunció la nariz al percibir el hedor a carne quemada. Un humo espeso y negro sobrevolaba el ambiente, dificultando la visión y la respiración. A pesar de ello, siguieron avanzando. No había señales de vida.

—Es la última puerta, al final de este pasillo —le dijo el coronel, señalando hacia el frente—. Espero que ese mensaje valga el sacrificio, señora —agregó en un suspiro de resignación. Él y los otros dos soldados se fueron en dirección contraria, siguiendo el bramar de la batalla.

Efectivamente, la oficina se encontraba allí donde Muller les había dicho que la encontrarían. Era evidente que la misma había sido reforzada, pues su interior todavía estaba indemne a pesar de la destrucción que golpeaba al resto de la prisión.

Luna tiró un puñado de polvos flú a la chimenea y pronunció la dirección. Las llamas verdes se aremolinaron en su interior, formando la silueta de un rostro.

—¿Luna? ¿Qué…? —empezó a hablar una desconcertada Hermione desde las llamas. Pero antes de que pudiera terminar el castillo volvió a sacudirse. Las llamas en la chimenea titilaron, amenazando con apagarse. —¿Qué está pasando? ¿Dónde estás? —insistió su amiga.

—He encontrado algo… Y creo que es importante, Hermione —puntualizó Luna—. Creo que es el motivo por el cual están atacando Nurmengard…

—Por todos los cielos, Luna —exclamó Granger, llevándose una mano a la boca—. Deben salir de ahí…

—No hay tiempo.

—Harry… Debo avisarle... Él encontrará la forma de sacarlos de allí… —empezó a balbucear Hermione.

—Hermione —la llamó Luna, serenándola—. Harry no puede ayudarnos.

—Pero… —insistió.

Anima Solaris —la interrumpió Luna.

—¿Qué?

—Anima Solaris… Creo que ése es el contrahechizo que estábamos buscando —explicó con una sonrisa.

—¿Cómo…? —Hermione estaba encontrando muy difícil seguir el hilo de esa conversación.

—Si te lo dijera, no me creerías —se rió Luna. Hermione sonrió con tristeza—. Ten cuidado, Hermione. Quien quiera que ideó ese hechizo, estaba dispuesto a cruzar límites que ninguna persona debería cruzar.

La oficina volvió a sacudirse, y las llamas que envolvían el rostro de Hermione volvieron a temblar. Miró por sobre su hombro hacia la puerta. Rolf se encontraba de pie ante la misma, aguardando con su varita lista. Él le sonrió, dándole coraje.

—Necesito que le digas algo a mis hijos por mí —agregó Luna, su voz traicionándola por primera vez desde que había establecido comunicación con la Mansión Malfoy.

—Puedes decírselo tú cuando regreses —se negó a aceptar Hermione. Podía ver las lágrimas que se habían acumulado en sus ojos.

—No voy a regresar —las dos lo sabían. Hermione abrió la boca para decir algo, pero ninguna palabra brotó de ella. —Recuérdales que sólo porque no puedan ver algo, no quiere decir que no está allí.

—Luna…

Las llamas se apagaron bruscamente.


No me odien.

Originalmente, había planeado el capítulo 16 y 17 como uno solo... Pero como suele pasarme con demasiada frecuencia, cuando me puse a escribirlo, me di cuenta que era demasiado extenso... Y sentí que esta parte, principalmente el final, necesitaba un capítulo separado.

No quiero comentar mucho más sobre el capítulo en sí... Prefiero escucharlos a ustedes.

Estaré subiendo las respuestas a sus reviews en los próximos días. ¡Gracias por seguir leyendo y por dejar sus comentarios!

Saludos,

G.