Capítulo 19: Magia con la que no debes jugar

When you try your best, but you don't succeed.
When you get what you want, but not what you need.
When you feel so tired, but you can't sleep,
Stuck in reverse.

And the tears come streaming down your face
When you lose something you can't replace.
When you love someone, but it goes to waste.
Could it be worse?

(Cuando hacer lo major que puedes, pero no tienes éxito.
Cuando consigues lo que quieres, pero no lo que necesitas.
Cuando te sientes tan cansado, pero no puedes dormir.
Atascado en marcha atrás.

Y las lagrimas caen por tu cara,
Cuando pierdes algo que no puedes reemplazar.
Cuando quieres a alguien pero lo echas a perder,
¿Podría ser peor?)

Coldplay, Fix You.


La primera idea de Lily fue correr directamente hacia Amadeus. Ya había recorrido la mitad del camino hasta la torre de Ravenclaw cuando cayó en cuenta de las implicancias que eso podía tener. No podía buscar a Amadeus de forma tan directa, no inmediatamente después de lo que había sucedido. Si Nina estaba colaborando con Albus, ¿Quiénes más podrían están vigilándola en ese preciso instante? Su instinto la hizo lanzar una mirada sospechosa hacia ambos lados, pero el pasillo estaba despejado. Nadie estaba siguiéndola. O se estaba escondiendo muy bien. Aún así, no podía arriesgarse.

Se pasó la siguiente hora moviéndose por Hogwarts de forma aleatoria, sin ninguna dirección real, tomando escaleras hacia arriba y hacia abajo, metiéndose en pasadizos y corredores escondidos detrás de estatuas y tapetes. Si alguien estaba siguiéndola, Lily se iba a asegurar de despistarlo y hacerlo perder el rastro.

No le resultaba gratis lo que estaba haciendo. Había consumido lo último que le quedaba de la poción en su mochila antes de ir al encuentro con Albus y el efecto comenzaba a diluirse. La agitación empezaba a invadirla, acelerándole el pulso y haciéndola sudar más de lo normal. Un temblor rítmico y de baja amplitud empezaba a sacudir sus manos, y Lily se las restregaba una contra la otra para intentar controlarlo. Conforme pasaba el tiempo, la necesidad de volver a tomar un trago de la poción se incrementaba.

Pero no tenía más poción. Nina, su mejor amiga Nina, se había encargado de eso. Nina, la inocente y tímida Nina, había complotado con su hermano en su contra. Solo acordarse de ella la hacía enfurecerse de nuevo.

Continuó dando vueltas hasta que se hizo el horario de la cena. Se escondió en uno de los pasillos laterales, detrás de una de las armaduras, y aguardó con nerviosismo.

No era difícil detectar a Amadeus entre la multitud de uniformes azules de Ravenclaw. Caminaba con dificultad, levemente desviado hacia un costado a causa del peso de la mochila que cargaba repleta de cosas. Como si eso fuese poco, tenía un libro abierto que iba leyendo mientras caminaba. Los anteojos se le deslizaban por el puente de la nariz obligándolo a fruncirla de tanto en tanto para empujarlos nuevamente hacia arriba y evitar su caída. Iba ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor, inmerso en la lectura, ignorando los empujones que recibía de tanto en tanto cuando los alumnos se abrían paso para llegar más rápido al comedor.

Esperó a que Amadeus pasara junto al pasillo para tirar de su túnica y arrastrarlo hacia el escondite. Un jadeo de sorpresa escapó de los labios de Relish mientras perdía el equilibrio y se tambaleaba intentando recuperarse. El libro se cayó de sus manos y los anteojos volvieron a deslizarse hasta la punta de la nariz.

—Albus sabe sobre las pociones —soltó Lily, las palabras apresurándose por salir de sus labios.

Pudo ver el terror dilatando los ojos de Amadeus y el color drenando de su rostro. Por un segundo, pensó que el muchacho iba a desvanecerse. En cambio, Amadeus tragó pesadamente, lanzó una mirada de soslayo por encima de su hombro mientras recuperaba el libro del piso, y se introdujo aún más en el pasillo. Lily lo siguió.

—¿Has escuchado lo que dije? —insistió ella, los nervios de punta. Amadeus aceleró un poco más el paso.

—Sí —respondió monosilábicamente, en ese tono mecánico que lo caracterizaba.

Lily podía imaginar los engranajes funcionando dentro de su cabeza. No tardó en comprender hacia dónde se estaban moviendo.

—¿A la biblioteca? ¿En serio? —se exasperó la pelirroja. Amadeus siguió caminando sin responder.

La biblioteca se encontraba prácticamente vacía. Tan solo un puñado de estudiantes solitarios sentados en mesas esparcidas, demasiado compenetrados en sus libros como para prestarles atención. Aún así, Amadeus continuó hasta uno de los últimos pasillos, donde la estantería de libros estaba caratulada como "Historia de la Magia". Era, por lejos, la zona menos frecuentada de la biblioteca.

—Dime exactamente lo que sucedió —le pidió Amadeus, dejando la mochila en el suelo y cruzándose de brazos pensativamente. La miraba con esa intensidad que a veces hacía que Lily se sintiera incómoda.

Lily le contó todo con lujo de detalle. Le habló sobre la emboscada de Albus en la torre y la traición de Nina cuando regresó a la habitación. Cuando terminó su relato, una catarata de palabras atolondradas, necesitó unos segundos para recuperar el aliento. Se sentía más agitada de lo normal, y el temblor de sus manos había comenzado a extenderse hacia el resto de su cuerpo.

Amadeus, sin embargo, no dijo nada inmediatamente. Se pasó de manera pensativa la mano por el mentón y se acomodó de forma autómata los anteojos, casi como un reflejo.

—¡Por Merlín, di algo! —lo apremió Lily, elevando la voz y arrepintiéndose de inmediato al recordar que estaban escondidos en una biblioteca. Pero su ansiedad estaba alcanzando niveles insostenibles.

—¿Le dijiste cómo has estado consiguiendo las pociones? —preguntó Amadeus, rompiendo finalmente su inquietante silencio.

—No… Él cree que las he estado robando —respondió Lily con impaciencia—. ¿Qué importa? ¡Ha destruido todas mis reservas! ¡Y los hongos! ¡Los hemos perdido!

—Pero no sabe que yo te estoy ayudando —fue la respuesta de Relish. Fue una bofetada para Lily, que se quedó paralizada durante un instante antes de recuperar la capacidad de habla.

—¿Eso es todo lo que te importa? —masculló, dolida—. ¡Mi hermano piensa que soy una adicta y ha destruido mi oportunidad de controlar las visiones! ¿Y eso es todo lo que puedes pensar? — Amadeus se sonrojó avergonzado al escucharla. Lily sentía sus emociones como un volcán a punto de estallar.

—¡Esto es bueno, Lily! —dijo Relish, extendiendo las manos hacia ella como quien intenta tranquilizar a un caballo embravecido. Lily abrió la boca lista para insultarlo, pero él se apresuró a continuar antes de que ella explotara—. ¡Albus no sabe de nuestra investigación! —soltó bruscamente, entrecerrando los ojos temeroso de la reacción que seguiría.

Lily aguardó, conteniéndose, intrigada por escuchar lo que Amadeus tenía para decir. El chico aprovechó su oportunidad para continuar explicándose.

—Albus cree que robaste los hongos para consumirlos —explicó Relish, ese brillo particular encendiéndose en sus ojos como cada vez que descubría algo importante—. No sabe que estás trabajando conmigo.

—No sabe que me estás ayudando —comprendió finalmente Lily, la ira que burbujeaba en su pecho cediendo de a poco.

—No lo sabe —repitió Amadeus mientras que una sonrisa, mezcla de alivio y emoción, se dibujaba en su rostro. El alivio que implicaba que Albus no hubiese descubierto la verdad sobre su plan no duró demasiado.

—Pero sin los hongos, no podemos hacer la pócima —cayó en la cuenta Lily. Amadeus chasqueó la lengua, descartándolo.

—Conseguiremos nuevos —dijo despreocupadamente.

—Los mooncalfs arruinaron el resto de la cosecha —le recordó ella, aunque no era necesario que lo hiciera. Amadeus estaba al tanto del plan: él lo había ideado.

—Buscaremos en otro lugar —mantuvo su postura Relish.

—No tenemos la plata para comprarlos —Lily se sentía en extremo pesimista sobre la viabilidad de plan.

—No los necesitamos hasta el final de la elaboración. Todavía tenemos tiempo —la serenidad de Amadeus le dio confianza.

Aún no estaba todo perdido. Sí, habían tenido un contratiempo importante, pero todavía podían continuar. Solo faltaba resolver una última cosa…

—Voy a necesitar más poción para dormir —pidió Lily, sus mejillas coloreándose sin que pudiera evitarlo.

Amadeus tardó en reaccionar y Lily pudo leer la vacilación en sus movimientos mientras se agachaba a buscar algo en su mochila. El corazón de Lily dio un vuelco de excitación cuando reconoció el frasco que Relish extrajo de la misma. Se adelantó para tomarlo, pero el chico retrocedió antes de que ella pudiera hacerse con la poción para dormir.

—Esto es lo último, Lily —susurró él lanzándole una mirada significativa.

—Mañana contactaremos a ese chico de séptimo de Ravenclaw para conseguir más. Yo tengo algunos galeones todavía… —le dijo ella encogiéndose de hombros, sin captar verdaderamente lo que Amadeus quería decir. Por segunda vez, Amadeus alejó la botella de su alcance.

—Me refiero a que… —trastabilló con su propia lengua y se removió nervioso en su lugar—. No puedes seguir tomando esto, Lily —suspiró con pesadez.

—¿Qué? —reaccionó Lily, alzando las cejas con incredulidad, una risita extraña escapándose de su boca mientras lo decía.

—No puedes continuar tomando pociones para dormir —repitió Amadeus, esta vez con más firmeza.

—Amadeus… Tú sabes que las necesito. No habríamos avanzado en nuestra investigación si no fuese por esa poción —recriminó la pelirroja, dando un paso hacia él. Relish se humedeció los labios, su incomodidad haciéndose evidente.

—Lo sé, lo sé —le reconoció.

—¿Entonces por qué mierda me pides algo así? —se volvió a exasperar Lily. Tener la poción tan cerca y no poder alcanzarla empezaba a enloquecerla.

—Nina destruyó todas tu pociones —le recordó Amadeus.

—¿Estás apoyándola? ¿A ella? —el timbre en la voz de Lily se volvió peligroso.

—¡No! ¡No! —respondió él de inmediato—. Pero ellos esperan que dejes de consumir, Lily. Sospecharán si no lo haces —Amadeus se encontraba encogido contra la estantería, poniendo la mayor distancia posible entre él y Lily. Por segunda vez, Lily se contuvo para escuchar lo que el chico tenía para decir. —Te van a vigilar, Lily. Si continuas consumiendo, van a notarlo. Albus no se detendrá hasta encontrar de dónde consigues las pociones… Lo guiarás directo a nosotros y a nuestra investigación.

Lily se restregó el rostro con ambas manos. Le dolía la cabeza, le costaba concentrarse. Tenía las manos húmedas y los temblores empezaban a volverse verdaderas sacudidas.

—No puedo hacerlo, Amadeus —gimió, dejándose caer sobre sus rodillas. Él se encogió frente a ella.

—Tiene la oclumencia para protegerte de las pesadillas. Ya no necesitas de las pociones —le recordó con inusual delicadeza Relish.

—¿Y si no es suficiente? —dijo con voz frágil, apenas atreviéndose a espiar por entre los dedos de sus manos.

—Tiene que serlo —dijo él.

Los temblores se extendieron al resto de su cuerpo, sacudiéndola de pies a cabeza. Agradeció estar sentada en el suelo, porque de lo contrario no se creía capaz de mantener el equilibrio. Había cometido un terrible error al pensar que podía controlar un poder tan avasallante como ese. Era demasiado para ella sola…

Le tomó un tiempo darse cuenta de que Amadeus la había sujetado de la mano. Sostenía su mano derecha con tanta suavidad que Lily apenas sentía el contacto por debajo de los temblores. Pero allí estaba. Un contacto vacilante, casi temeroso.

Cerró sus dedos con firmeza contra los de Amadeus y respiró profundo, intentando calmarse. De a poco, los temblores fueron cediendo hasta reducirse a una vibración casi imperceptible.

Se animó a mirar a Amadeus. El muchacho lucía terriblemente incómodo ante el contacto físico. Tenía la espalda tensa y los músculos del brazo agarrotados. Parecía estar conteniendo la respiración y mantenía la mirada desviada, evitando encontrarse con los ojos de Lily.

Pero sus dedos seguían entrelazados con los de Lily.

—Gracias —habló finalmente la pelirroja, liberándolo de su tenaza.

Amadeus se limitó a encogerse de hombros, pero Lily notó que volvía a respirar con normalidad. Se quedaron en silencio, sentado uno frente al otro, sin mirarse a los ojos. A pesar de ello, Lily se sentía a gusto en su compañía.

—No quiero volver a casa —confesó Lily en un susurro.

—Tienes que volver —fue la respuesta directa de Amadeus. Lily revoleó los ojos.

—Ya sé que tengo que hacerlo —dijo ella. Se mordió el labio antes de volver a hablar, dudando si decirlo o no. —¿Y si Albus le cuenta a mi padre sobre las pociones?

—No lo hará —de nuevo, Relish hablaba con una seguridad casi robótica.

—¿Qué te hace estar tan seguro? —Lily se sentía intrigada por la forma en que funcionaban los razonamientos del chico de Ravenclaw.

—Porque contarle a tu padre implicaría reconocer que él fue quien inició esto —dijo con simpleza Relish.

—Diablos. A veces odio que seas tan inteligente —masculló Lily, riendo entre dientes. Amadeus se esforzó por disimular una tímida sonrisa.

—Siempre hay un margen de error, por supuesto —agregó, sonrojándose.

—Por supuesto —se rió burlonamente Lily.


Harry golpeó a la puerta de la habitación y aguardó. Había recibido un llamado de Hermione diciéndole que tenía novedades para compartir con él. Lo más pronto posible. Sin embargo, eran días complicados para Harry. Finalmente, se había reincorporado a su puesto como Jefe de Aurores, pero Linus Cavenger se cernía sobre él como un halcón aguardando a cerrar sus garras sobre su presa. No había margen para errores, por lo que se había visto obligado a demorar la reunión con el Proyecto Luz para las últimas horas de la tarde.

Hermione había iniciado el Proyecto Luz con el objetivo de encontrar una respuesta a la desoladora maldición del ejército de las Sombras. Con el avance de las tropas de Romanoff, también había avanzado la niebla. Encontrar una solución era fundamental si deseaban vencer a Romanoff. Bill Weasley y Philipe Marcier se habían unido al proyecto, y llevaban meses trabajando sin éxito.

Hasta ahora.

La puerta se abrió y la figura delgada de Philipe se asomó. El muchacho se envaró al reconocer a Harry, adquiriendo una postura respetuosa, casi militar. A pesar de su intento por mostrarse firme y despierto, las bolsas oscuras debajo de los ojos eran testimonio de las largas horas que llevaba despierto.

—Señor Potter —lo saludó con una inclinación de cabeza.

—¿Lo han descifrado? —preguntó esperanzado. Marcier hizo una mueca.

—Será mejor que se lo explique la señora Granger, señor —dijo, y se hizo a un lado para que Harry pudiese entrar en la habitación.

Hermione estaba dando vueltas alrededor de la mesa, sosteniendo un cuaderno en una de sus manos y una pluma en la otra, la cual mordisqueaba con aire ausente mientras leía. Harry conocía demasiado bien esa versión de Hermione: era su faceta más obsesiva, la que salía a relucir cuando una situación le resultaba particularmente desafiante, o cuando no encontraba la respuesta que deseaba.

Bill, en cambio, se encontraba sentado en una de las sillas y se limitaba a observarla mientras ella deambulaba incansablemente. Había una resignación en su expresión que le confirmó a Harry sus sospechas: Hermione estaba empecinada en encontrar una solución que no existía.

Harry carraspeó, llamando la atención de Hermione, quien se sobresaltó y dejó caer la pluma. No escapó de su atención la mirada nerviosa que cruzaron Philipe y Bill, y el gesto de asentimiento que éste último le dedicó a Hermione, incentivándola a hablar.

—¿Qué sucede? —habló Harry, mirándolos impaciente. Hermione tragó saliva.

—Parece ser que Luna estaba en lo cierto, Harry —habló por fin Hermione. Su voz estaba impregnada de una gravedad inquietante—. Creemos… —Bill tosió intencionalmente—. Bien. Estamos bastante seguros de que Anima Solaris es el contrahechizo de Anima Tenebris —se corrigió Hermione. No parecía contenta, lo cual preocupó a Harry.

—Eso es bueno. Es lo que estábamos buscando —trató de alegrarla Potter, y buscó apoyo en Bill y Philipe. Pero ambos mantenían una expresión seria que no ayudaba. —¿Hermione? —volvió a girar su atención hacia ella. Hermione se mordió el labio inferior.

—Es un poco más complejo que lo que esperábamos —intervino Bill, diplomáticamente. Hermione frunció el ceño.

—¿Complejo? Esta magia… Es peligrosa, Harry —le advirtió Granger, mientras golpeaba su anotador con el dedo índice, acentuando sus palabras.

—¿Es magia oscura? —inquirió Potter, desconcertado. Hermione inspiró profundamente, armándose de paciencia.

—No puedes combatir magia negra con magia negra… No, esto es definitivamente magia blanca —dictaminó Hermione, reiniciando su caminata por la habitación, abriendo una vez más su anotador y revisando el contenido, como si quisiese asegurarse de que, efectivamente, era así.

—La magia (el mundo entero en realidad) se rige por un equilibrio de fuerzas —explicó Bill, inclinándose para apoyar los codos sobre la mesa—. La luz y la oscuridad, la magia blanca y la magia negra… Tú lo sabes más que nadie, Harry.

Sintió que el estómago le daba un vuelco. Sí, lo sabía. Harry había sufrido las consecuencias en carne propia de lo que sucedía cuando ese fino balance se rompía. Después de todo, él era El-Niño-Que-Vivió.

La noche en que sus padres habían muerto, cuando Voldemort intentó matarlo por primera vez, no solo se habían roto los límites de magia negra, sino también, de magia blanca. La magia que lo había mantenido vivo había requerido el sacrificio de su madre. Harry había aprendido muy temprano en la vida que todo tenía un precio.

—Explícame cómo funciona —pidió Harry de todas formas, mientras se acomodaba frente a la mesa para leer las notas que habían hecho. Había cientos de hojas repletas de cálculos, dibujos y diagramas. Bill hizo con gesto con la mano, indicándole a Marcier que se acercara.

—Sabemos que el Anima Tenebris es magia muy, muy oscura. Y no solo eso: la Niebla prospera en donde hay desolación y muerte. Es capaz de apagar todos los sentimientos positivos, hasta que solo queda lo malo —empezó a explicar Philipe. Su pronunciación había mejorado mucho, pero aún conservaba ese acento duro propio de su tierra natal. Hablaba en un tono bajo, con timidez, pero Harry reconoció la emoción escondida detrás de sus preocupaciones. No era para menos. Por fin tenían respuestas. —Siguiendo la teoría del equilibrio, su contrahechizo tiene que ser magia igual de poderosa.

—Una fuente de luz capaz de neutralizar esa oscuridad —asintió Harry, empezando a encontrarle sentido a los gráficos y los cálculos, a pesar de que no eran su fuerte.

—Exacto —coincidió Philipe, tomando uno de los libros y mostrándole a Harry una serie de anotaciones: combinaciones de hechizos y de palabras mágicas. Una lista que habían ido descartando, uno por uno, en su búsqueda de una respuesta—. Ya habíamos deducido que necesitábamos de luz para contrarrestar la oscuridad. Pero nada parecía ser suficiente… Hasta que Luna encontró el Anima Solaris.

—¿Recuerdas cuando me dijiste que había magia con la que era mejor no jugar? —dijo Hermione crípticamente—. Bueno, ésta es una de ellas.

—¿De qué energía se alimenta el Anima Solaris? —Harry formuló la pregunta en voz alta, aunque ya creía conocer la respuesta.

—De la única fuente capaz de producir algo así: el alma —respondió Bill.

Tal vez fuese porque llevaban meses manipulando magia oscura en esa zona de la Mansión, pero Harry sintió el aire era más espeso y más difícil de respirar que lo habitual. Se sintió mareado y buscó la silla más cercana para sentarse. Durante un largo rato, nadie dijo nada.

—¿Lo han… probado? —preguntó con voz ronca.

—No aún —confesó Hermione.

—Pero creen que funciona —repitió Potter.

—Sí —dijo Bill con firmeza. Tomó aire antes de continuar—. No solo eso, Harry. Este contrahechizo podría usarse también contra los dementores.

—¿Dementores? ¿Piensan que este hechizo puede… eliminarlos? —se sorprendió Harry. Hasta la fecha, no había registros sobre cómo eliminar a un dementor. Podían ahuyentarlos, e incluso mantenerlos controlados con los Patronus. Pero no se podía matar a un dementor. Instintivamente, Harry buscó a Hermione con la mirada.

Teóricamente —aclaró Granger.

—Entonces, teóricamente, ¿qué consecuencias tiene este hechizo sobre el invocador? —insistió Harry en el tema. Hermione frunció el entrecejo.

—Es difícil responder a eso con seguridad, Harry…

—Dame tu mejor aproximación, Hermione —empezó a exasperarse Potter. Hermione se sonrojó.

—El hechizo exige que el mago ponga una cantidad importante de su energía vital para poder invocarlo. Las consecuencias dependerán de muchos factores: del propio poder del invocador, por supuesto, pero también de su dominio de la magia, de la magnitud de la Niebla, del poder del mago contra el que se está enfrentando… —Hermione hizo una pausa, sopesando la respuesta—. En el mejor de los casos, utilizarlo dejará al invocador agotado física y mágicamente. En la mayoría de los casos… este hechizo matará a quien lo utilice —dijo de manera tajante.

—Señor Potter, las Sombras están masacrando a mi pueblo. Este hechizo podría ayudar a La Resistencia Rusa a revertir el curso de la guerra —Philipe se animó a decir lo que ningún otro quería decir.

—O bien podría matarlos —le recordó Hermione.

—Hay cosas por las que vale la pena morir, señora Granger —la desafió Marcier, tomándolos por sorpresa—. Conozco a muchos soldados dispuestos a morir intentando destruir esa maldita niebla que se está devorando Moscú.

—Philipe tiene razón —coincidió Bill en un tono más neutro, no tan febril—. Están matándolos de todas maneras. Anima Solaris al menos podría darles una chance de pelea justa.

—¡Esto es una locura! ¡Todavía no comprendemos siquiera cómo funciona! ¡No podemos simplemente mandarles el contrahechizo y usarlos como conejillos de experimento! —se enfadó Hermione.

—Es verdad —aceptó Harry—. Debemos probarlo primero.

—¡No! ¡Eso no era lo que me refería! —su amiga estaba desencajada.

—Bill, ¿crees que puedes convocar la niebla para mi? —pidió Harry, reincorporándose de la silla y sacando la varita de su estuche escondido que llevaba atado alrededor del brazo.

—Oh, por todos los cielos, Harry. No puedes simplemente venir y probar un hechizo que nunca antes hemos visto —lo retó Hermione. Harry se encogió de hombros.

—Alguno de nosotros debe hacerlo. Y sin ánimos de ofenderlos, son quien más práctica tiene con magia negra —puntualizó Potter, parándose frente a Bill que lo aguardaba con varita en mano.

—Cuando lance la maldición, las sombras oscurecerán todo. Te constará concentrarte y pensar, y empezaras a perder las motivaciones que te impulsan a vivir… Querrás darte por vencido, Harry —le explicó Bill, anclándose con los pies separados en el suelo, señal de que estaba a punto de hacer magia poderosa.

—Debe concentrarse de antemano, señor Potter. Y aquí un recuerdo bonito no alcanza. Tiene que buscar algo mucho más fuerte, una energía que habita dentro de usted. Ese instinto de supervivencia. Ese deseo de vivir… Aférrese a eso, señor —le susurraba Philipe, de pie junto a él. Tenía la varita lista por si era necesario intervenir.

Harry se concentró, buscando dentro de él esa fuerza que le describía Philipe. Al principio, no encontró nada. Tanteaba a ciegas buscando algún hilo de magia blanca del cual tirar, sin éxito.

Respiró profundamente, sintiendo el aire húmedo y espeso entrar por sus fosas nasales para descender por su garganta hasta inflar sus pulmones. Contuvo el aire unos segundos, y luego exhaló de forma gradual, el aire saliendo con un sonido silbante de sus labios. Volvió a hacer lo mismo varias veces, hasta que calló en cuenta de que no era él quien lo hacía. Sus pulmones lo podían hacer incluso cuando él no era consciente de ello. Cayó en cuenta del resto de su cuerpo: su corazón, una bomba funcionando de forma constante, bombeando la sangre a todo su cuerpo… Podía sentir la sangre fruir, llegando a su cerebro, al resto de sus órganos… Eso era. Esa energía que habitaba allí. Lo que transformaba un montón de huesos y carne en una criatura con vida. Esa era la energía que tenía que usar.

La más potente de todas. La luz de la vida.

Anima Tenebris —invocó Bill con suavidad. Las sombras que brotaron de su varita reptaron velozmente por las paredes y el suelo, enroscándose y formando figuras amorfas, oscureciéndolo todo a su paso.

Harry sintió el golpe la magia negra contra él cuando las sombras lo alcanzaron. Fue como sumergirse en una pileta con agua helada. Le cortó bruscamente la respiración y su corazón se salteó un par de latidos. Era una energía desoladora.

—¡Harry! ¡Ahora! —le gritó Hermione, haciéndolo reaccionar.

Se había olvidado de por qué estaba allí. Potter sacudió la cabeza, despejando las sombras que lo aturdían. Respiró hondo, buscó el latido de su corazón, la sangre fluyendo por sus venas, llegando hasta las puntas de sus dedos, cosquilleando ante el contacto con la madera de la varita.

Anima Solaris —se animó a decir Harry.

Inmediatamente comprendió lo que Hermione se refería a que se trataba de una magia peligrosa. Harry sintió que el hechizo abría una compuerta dentro de él. Podía sentir el flujo de su propia energía, de su vida, moviéndose desde su cuerpo hacia la varita, para salir despedido en forma de un destello de luz cegadora. Era difícil regular el flujo de energía, y tan solo unos segundos bastaron para que Harry empezara a sentir que las piernas le fallaban y la visión se le nublaba.

Bajó la varita, o más bien, se dejó caer enteramente al suelo, sosteniéndose a duras penas con las rodillas y las manos. Hermione ya se encontraba a su lado.

—Eres un maldito cabeza dura y un día vas a matarme de un infarto —refunfuñó por lo bajo mientras lo ayudaba a sentarse de nuevo en la silla—. Philipe, ve a buscar a Victoire Weasley.

—¿Y bien? —preguntó Potter, jadeante a causa del esfuerzo. Bill sonrió y le tendió un trozo de chocolate. Harry lo aceptó gustoso.

—Encendiste el lugar como si hubiésemos disparado un arsenal de fuegos artificiales adentro de la habitación, y cuando se apagó, no quedaban ni rastros de la Niebla —respondió Bill, complacido.

—¿Cómo supiste cuándo detener el hechizo? —preguntó Hermione intrigada. Harry se sentía tan agotado que le costaba reunir las fuerzas necesarias para responder.

—No fui yo —respondió con sinceridad—. Es muy complejo controlar el flujo de energía una vez que abres el hechizo… Creo que una vez abierto el acceso a tu energía solo se detendrá si se derrota a la niebla.

—Pero si la persona que invoca la Niebla es muy poderosa… —susurró Hermione.

—La persona que invoque Anima Solaris tendrá que ser igual o más poderosa... O de lo contrario, morirá intentando destruir la niebla —le reconoció Harry.

—¿Qué vas a hacer con esto, Harry? —le preguntó Hermione. Bill estaba haciendo cálculos nuevamente, dejando constancia del primer uso que habían hecho del hechizo.

—No lo sé…

—¿Pero lo llevarás a los Aurores? —inquirió su amiga. Harry se restregó el rostro con una mano, torciéndose los anteojos.

—Debo hacerlo. No puedo mandarlos a pelear contra Las Sombras de Romanoff sin una forma para defenderse de esa puta niebla —dijo Potter, pero se notaba la disyuntiva que le provocaba.

—Danos unas semanas más para familiarizarnos en el hechizo. Tal vez podamos encontrar una forma más segura de usarlo —propuso ella. Harry dibujó una sonrisa triste.

—Este hechizo fue inventado por Grindelwald… No creo que exista una forma segura de usarlo —incluso hablar le resultaba dificultoso.

Victoire irrumpió en la habitación trayendo consigo una valija médica. Junto a ella se encontraba no solo Philipe, sino también Molly. La joven aurora lanzó una rápida mirada a la habitación, analizando cualquier tipo de amenaza residual que pudiese haber, y luego reposó su atención sobre su Mentor.

La expresión de preocupación en su rostro le dijo a Harry que debía de tener un aspecto terrible.

Victoire se puso de inmediato a trabajar, su varita escaneándolo de forma sistemática. Era una sensación extraña cuando te examinaban, como un cosquilleo incómodo recorriendo el cuerpo. A Harry nunca le había gustado.

—Philipe me dijo que estaban practicando con magia desconocida —comentó Vicky entre labios apretados, en un esfuerzo por mantener un tono profesional.

—No dije desconocida. Dije experimental —se defendió Marcier, pero Victoire le lanzó una mirada fulminante y el muchacho se sonrojó, intimidado.

—¿De qué tipo de magia experimental estamos hablando? —preguntó, mientras su mano continuaba sacudiendo la varita de forma automática, casi refleja.

—Del tipo que usa grandes cantidades de energía —respondió Bill con una sonrisa fraternal.

Victoire chasqueó la lengua, una clara demostración de que desaprobaba lo que acababan de hacer. Abrió el maletín sin decir palabra, y empezó a revolver hasta dar con un frasco pequeño. Harry lo bebió obedientemente.

—Este tipo de magia podría haberte matado, tío Harry —dijo Vicky, un poco más tranquila ahora que Harry había tomado la poción.

—Lo sé —aceptó Potter, e intentó dibujar una sonrisa reconfortante en sus labios. Victoire meneó la cabeza y cerró el maletín.

—Necesitas descansar —le aconsejó. Harry asintió con la cabeza, pero en lugar de prestarle atención, Victoire giró hacia Molly—. ¿Puedes asegurarte de que lo cumpla? —le preguntó a su prima.

—Yo me encargo —prometió Molly. Algo turbaba su mirada, pero Harry estaba demasiado cansado como para analizarlo en ese momento.

Bill lo ayudó a ponerse de pie. Prácticamente lo arrastró por el pasillo de regreso a la zona segura de la mansión. Para cuando lo depositó en la cama de una de las habitaciones, Harry a duras penas podía mantener los ojos abiertos.

Le pareció que habían transcurrido solo unos segundos entre pestañeo y pestañeo, pero cuando volvió a abrir los ojos, era entrada la noche. La habitación se encontraba en penumbras, a excepción de una luz titilante que brillaba sobre la cabeza de Molly Weasley. La muchacha se encontraba encogida en una butaca, las rodillas flexionadas y un libro apoyado sobre las mismas. Torció la cabeza hacia él cuando lo escuchó moverse, y cerró el libro con un golpe seco.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó Harry, embotado, mientras se incorporaba un poco en la cama.

—Es pasada la medianoche —le informó Molly.

—¿Te has pasado todo este tiempo ahí? —se sorprendió Potter. Molly simplemente se encogió de hombros.

—Al menos siento que ayudo en algo —fue la respuesta que obtuvo. Harry volvió a notar algo extraño en su actitud.

—Sabes que eres de gran ayuda para toda la Orden —le recordó innecesariamente Harry.

—Pero no es suficiente —farfulló por lo bajo.

—¿A qué te refieres?

Molly suspiró, dejando el libro a un lado y bajando las piernas para quedar sentada de frente a Harry.

—No es suficiente para ganar esta guerra, tío —le respondió con brutal franqueza.

—Eso no lo sabes —la contradijo Harry. Molly sonrió de una forma que le recordó mucho a Percy.

—En los últimos años, la Rebelión se ha infiltrado en el Ministerio de Magia, ha conseguido la destitución de Hermione, han minado tu credibilidad y la del Ministro Shacklebolt, han conseguido atacar exitosamente dos lugares emblemáticos del mundo mágico infundiendo el miedo en la gente, y ha logrado convencerlos de que los muggles son un peligro para nuestra comunidad. Tenemos los días contados en el Cuartel de Aurores, porque incluso si no encuentran una excusa para despedirnos ahora, dudo que Kingsley pueda ganar las próximas elecciones —enumeró Molly de forma metódica y un tanto sabelotodo.

—Podemos revertirlo —se mantuvo firme en su postura Harry. Molly volvió a suspirar.

—Incluso si lo conseguimos, la Rebelión sigue contando con el apoyo de los dementores… —siguió hablando.

—Es posible que tengamos una nueva forma de combatir a los dementores —la interrumpió Potter.

—… los hombres lobos, los vampiros…

—Eventualmente se darán cuenta de que el Mago nunca los considerará iguales a los brujos —retrucó.

—El partido político de Zafira Avery crece día a día, mientras nuestras filas se van reduciendo significativamente.

—No se mantendrán con ellos cuando vean lo que verdaderamente planean hacer si consiguen el poder —Harry parecía tener una respuesta para todos sus argumentos. Molly empezó a exasperarse.

—¡Para entonces será demasiado tarde! —estalló, tomándolo por sorpresa—. Habrán acabado con todos en la Orden del Fénix, igual que lo hicieron con Luna y Rolf.

—Molly… —susurró Harry, leyendo el dolor en sus palabras. Pero la muchacha se enderezó en su asiento, tragando con pesadez.

—No podemos derrotarlos. Nos llevan demasiada ventaja —aseguró ella.

—No me daré por vencido sin intentarlo, Molly —fue el turno de suspirar de Harry, la decepción empezando a invadirlo. Molly abrió inmensos los ojos, como si la simple sugerencia de rendirse le resultara insultante.

—Ni yo. Pero seguimos así, estamos condenados a fracasar.

—¿Qué propones? —la pregunta era casi un desafío. Por supuesto, Molly estaba preparada. Levantó el mentón de forma orgullosa.

—Quiero infiltrarme en la Rebelión —soltó con decisión. Harry se quedó mirándola con estupefacción. Le tomó un momento poder articular alguna palabra.

—No —fue todo lo que pudo decir.

—Harry, escúchame…

—He dicho que no, Molly —volvió a negarle Potter—. Es demasiado peligroso.

—Necesitamos a alguien dentro de la Rebelión que nos ayude —argumentó Molly, apelando a la lógica. Pero Harry negó con un movimiento seco de cabeza.

—No puedes simplemente infiltrarte en la Rebelión —le espetó.

—Tengo un plan —afirmó.

—Un plan suicida.

—Por favor, Harry. Tienes que escucharme —dijo de manera suplicante.

—¡He dicho que no! —se enfureció. Molly se echó hacia atrás en su asiento, sobresaltada.

—No te estoy pidiendo permiso, tío —habló con serena madurez—. Sin un espía dentro de la Rebelión, estamos peleando esta guerra a ciegas. Yo lo sé, y tú también lo sabes. Así que voy a hacerlo, con o sin tu ayuda —hizo una pausa para respirar, y entonces cayó en cuenta de lo que había dicho, porque sus mejillas se sonrojaron—. Aunque realmente espero contar con tu ayuda —agregó, sonriendo tímidamente.

Harry se levantó con lentitud de la cama y recorrió la distancia que lo separaba de la butaca donde se encontraba Molly. Ocupó un asiento junto a ella, apoyándose contra el respaldo y cruzando pacientemente las manos sobre su vientre.

—Háblame de ese plan tuyo —aceptó con una sonrisa derrotada.


El barrio en el que vivía la familia Domich era humilde. Situado en las afueras de Londres, las construcciones en esa zona eran sobrias y monocromáticas. Las calles se mantenían limpias, pero las fachadas de las viviendas se encontraban manchadas por el tiempo y la humedad, con jardines delanteros que carecían de flores y color. La mayoría de las puertas tenían las bisagras oxidadas y la madera un poco carcomida. Los postigos de las ventanas se sostenían a duras penas, y algunos de los cristales se hallan rotos y enmendados con trozos de cartón para evitar que el frío del invierno se colara por los agujeros.

Scarlet lo encontró un tanto deprimente.

—Esta es la casa —dijo Dominique, deteniéndose frente a una de las puertas.

—¿Segura? —inquirió Raven, mirando con desconfianza hacia la vivienda. A su lado, Dom frunció el ceño y se cruzó de brazos.

—Si no te convence, puedes hacer tu propia búsqueda —respondió con descaro, encogiéndose de hombros como si nada.

Raven puso los ojos en blanco, pero caminó hacia la puerta que Dominique le había indicado. Sin pensarlo dos veces, golpeó a la misma.

Una mujer de mediana edad atendió. Abrió tan solo unos centímetros la puerta, lo suficiente como para que Scarlet pudiera ver la mitad de su rostro. El recelo era evidente en su mirada.

—¿Si? —preguntó en un tono apremiante, casi impaciente. Dominique se aclaró la garganta, atrayendo su atención.

—Buenas tardes, señora Domich. Mi nombre es Dominique Weasley, y ella es Scarlet Raven… —se presentó la pelirroja de manera educada.

—¿Nos conocemos? —la interrumpió la señora Domich.

—Eh.. No hemos tenido el placer, pero soy la hermana de Louis Weasley, un amigo de su hijo Alex del colegio… —habló Dom, manteniendo una sonrisa que le daba un aire inocente e inofensivo.

—Sí, sé quién es Louis Weasley —volvió a interrumpirla la señora Domich. Si Raven había pensado que la mujer lucía desconfiada al atender la puerta, su nivel de recelo se duplicó al escuchar hablar sobre el colegio de su hijo. —¿Qué quieren? — las increpó. Dom titubeó, sorprendida por la brusca pregunta.

—Nos preguntábamos si tendría un momento para hablar con nosotras —sugirió Dominique, su confianza resquebrajándose.

—¿Sobre qué? —preguntó de mal modo, como si no fuese capaz de imaginarse qué podrían tener ellas en común para hablar.

—Su hijo, señora —intervino Scarlet, perdiendo la paciencia. La mujer abrió un poco más la puerta, dejando ver su rostro al completo. Tenía el cabello moreno veteado con mechones blancos. Todavía llevaba puesto el uniforme de camarera del restaurante donde trabajaba.

—¿Le ha pasado algo? —se preocupó la señora Domich. Dominique negó de inmediato con la cabeza, y el alivio relajó momentáneamente la expresión dura de la mujer. —¿Es relacionado con el colegio? —Dom volvió a negar. Ahora, la señora Domich empezaba a lucir enojada.

—No… es respecto a su… padre —balbuceó Weasley, incómoda.

—¿Qué…? —la señora Domich no encontraba las palabras para responder. Pero había empalidecido al escuchar la mención del padre de Alex, y entremezclado con el enojo, Scarlet reconoció el temor en sus ojos. —No tengo nada que hablar con ustedes. Así que si me disculpan… —se recompuso, mientras amagaba a cerrar nuevamente la puerta.

Scarlet la detuvo colocando un pie entre la puerta y el marco, y empujó con una mano firme, abriéndola nuevamente.

—Por el contrario, creo que tenemos mucho que hablar —insistió Raven, sus ojos violetas relampagueando. La señora Domich tembló, pero no retrocedió.

—Típico de ustedes los magos —masculló con desprecio—. Se creen que pueden venir y exigir lo que sea, y nosotros simplemente cederemos…

—Sólo queremos hablar —volvió a decir Dominique, intentando mantener su voz lo más diplomática posible—. Es importante.

La señora Domich suspiró y se hizo a un lado, permitiéndoles entrar a la casa a regañadientes.

—¿Está Alex en casa? —preguntó Dom, mientras lanzaba una mirada curiosa a la habitación donde habían ingresado.

—No —respondió la madre, cerrando la puerta y pasando junto a ellas sin siquiera mirarlas.

Era una habitación pequeña, con escaso mobiliario. Apenas una mesa con unas sillas que no combinaban entre ellas, un televisor viejo en un rincón, una pequeña estufa a gas que se encontraba encendida para mantener la casa caliente. Un angosto pasillo llevaba hacia las habitaciones.

La señora Domich ocupó una de las sillas y se cruzó de brazos, mirándolas con severidad. No las invitó a sentarse, por lo que tanto Dominique como Scarlet permanecieron de pie en medio de la sala.

—¿Qué es eso tan importante que tienes que hablar conmigo, niña? —la apresuró la mujer, mientras uno de sus pies se balanceaba con impaciencia.

—Bueno… Esperábamos que pudiera darnos un poco de información sobre el padre de Alex… —retomó Dom.

—No sé nada de él —la cortó en seco la señora Domich.

—Entiendo —dijo Dom de forma compasiva—. Pero talvez recuerde algo de la época en que se conocieron…

—Fue hace dieciocho años —dijo la mujer con desdén.

—Sí, pero ¿no recuerda siquiera el lugar donde se conocieron? —siguió tanteando Weasley, haciendo una mueca nerviosa.

—En un bar de Irlanda.

—¿Y su nombre?

—John —respondió de forma automática. Dominique frunció el seño. Era evidente que la madre de Alex estaba mintiendo. —Por todos los santos. ¿Qué importancia puede tener esto?

—Pensamos que el padre de Alex era un mago —dijo Dom, las palabras escapando de su boca sin ningún tipo de delicadeza. Lanzó una mirada de alarma hacia Scarlet, en busca de ayuda. Pero Raven tenía toda su atención puesta en la madre de Alex.

La señora Domich se mantuvo estática en su silla, los músculos de sus brazos tensándose con más fuerza sobre sí mismos, los nudillos de sus manos volviéndose blancos.

—¿De dónde han sacado esa idea? —tartamudeó, y lanzó una mirada furtiva hacia el reloj que colgaba en la pared—. No tengo tiempo para esto —resopló, levantándose de su asiento, haciendo evidente que se sentía intimidada.

—Usted ya lo sabía —comprendió Scarlet. Un destello de pánico atravesó los ojos de la mujer.

—Creo que es hora de que se vayan —sugirió. Le temblaba la voz.

—Bueno, en realidad, esperábamos poder hablar con Alex… —intentó ganar tiempo Weasley.

—¡Fuera! —gritó la señora Domich desesperada.

—Él merece saber la verdad, señora Domich —dijo Scarlet con voz imperturbable.

—¿Quién eres tú para enseñarme cómo criar a mi hijo? —escupió la mujer, el rostro rojo de ira.

—Tarde o temprano, lo averiguará por su cuenta. Y la odiará por no habérselo dicho antes —le advirtió Raven. Era un golpe bajo, lo sabía, pero funcionó. La madre de Alex se quedó paralizada, dudando.

El ruido de risas, provenientes de la calle, se coló hacia el interior de la vivienda, interrumpiendo la discusión. Guardaron silencio, expectantes, mientras el sonido amortiguado de varios jóvenes llegaba hasta ellas. Estaban conversando en la entrada de la casa de la señora Domich.

La mujer lanzó una mirada desesperada hacia Dominique y Scarlet.

—Por favor… —imploró, aterrada.

La puerta de entrada se abrió, y un risueño Alexander Domich entró por la misma. Se detuvo en el umbral al ver que tenían visitas, su mano todavía apoyada sobre el picaporte, y una expresión de puro desconcierto en el rostro.

—¿Dom?

—Hola, Alex —carraspeó Dominique, intentando sonreír a través del nerviosismo.

—¿Qué haces aquí? ¿Qué está pasando? —preguntó, cerrando la puerta detrás de él, la sonrisa temblando en sus labios. Weasley se removió en su lugar, balanceándose sobre los talones.

La madre de Domich seguía sosteniéndole la mirada a Scarlet. Tenía los ojos húmedos. Finalmente, volvió a sentarse en la silla que había ocupado antes y señaló a Alex la silla frente a ella.

—Toma asiento, hijo —le pidió con voz cansada. Alex obedeció con reticencia, lanzando una mirada extraña hacia Scarlet. Dominique dio un paso al frente, aprovechando para actuar como intermediaria.

—¿La recuerdas? —inquirió Dom, arqueando una ceja.

—Nos cruzamos en Hogsmeade —afirmó Alex.

—¿Puedes contarme sobre ese día? —pidió Dom, el interés burbujeando en su voz. Alex se rascó la nuca. Parecía preocupado.

—¿Es esto por lo que sucedió con el cuervo? —preguntó.

—Su nombre es Shadow —dijo Raven, la comisura de sus labios curvándose levemente hacia arriba.

—Juro que no sabía que tenía dueño —se excusó inmediatamente Alex—. Él me llamó —agregó, aunque sabía que era una pobre defensa. Pero Scarlet lanzó una mirada sobradora hacia Dominique, y la joven pelirroja contempló a Alex con renovado interés.

—¿Te llamó? ¿Cómo? —presionó sobre el tema.

—Yo… No sé cómo explicarlo… Me miró y graznó. Yo... pensé que quería que lo siguiera —intentó responder el joven Domich.

—¿Lo pensaste o lo supiste? —quiso asegurarse Weasley. Alex tragó saliva y miró de reojo hacia donde estaba Scarlet.

—Lo supe —aceptó. Dominique abrió los ojos estupefacta. Rio por lo bajo, como si no pudiese creer lo que estaba escuchando. —¿Es mucha molestia pedir que me expliquen qué es todo esto?

—Shadow no es un cuervo común y corriente —explicó Scarlet, el orgullo titilando a través de sus ojos violetas—. Sus ancestros fueron criados y entrenados por una importante familia de magos para responder y obedecer únicamente a sus dueños.

—No sé qué decirles… Yo simplemente seguí al cuervo —insistió el muchacho. Dominique le sonrió con deferencia.

—Lo acariciaste también —le recordó la pelirroja.

—Apenas lo toqué, lo juro —dijo Alex, creyendo que estaban acusándolo de algo malo.

—No deberías haber podido tocarlo —señaló Raven.

—Esta especie de cuervos sólo responde a los descendientes de la familia de magos que los entrenó originalmente. A ellos… Y a nadie más —remarcó Dominique, lanzándole una mirada significativa. Alex quedó aturdido unos segundos, congelado en la silla, sus ojos saltando de Dominique a Scarlet y de regreso a la primera.

—Tiene que haber un error… —balbuceó en evidente confusión.

—Alex, tu padre era un mago —le dijo Dom, prácticamente susurrando las palabras con temor. El aire se espesó entre ellos mientras contenían el aliento a la espera de la reacción. Para su sorpresa, Alex soltó una carcajada suave, una extraña combinación de nerviosismo e incredulidad.

—Eso… no es posible… —dijo todavía con la risa vibrando en su voz—. Mi padre no… Están equivocadas.

—Lo dudo —dijo con calma Scarlet.

Alex giró hacia su madre, un gesto casi implorante en su rostro. La señora Domich bajó la mirada, avergonzada.

—Dime que están equivocadas, mamá —la voz se le había enronquecido.

—Yo... Lo siento mucho, hijo —susurró su madre con voz estrangulada.

Alex se levantó de golpe, tumbando la silla contra el suelo. Dio un par de zancadas cruzando la sala hasta el extremo opuesto de la habitación. Su pecho subía y bajaba a gran velocidad.

—Entonces, ¿es verdad? —masculló Alex, pasándose las manos por entre los cabellos de manera desesperada. Su madre asintió con pesadez—. Todo este tiempo, supiste que mi padre era un mago y nunca dijiste nada.

—Sólo intentaba protegerte —se excusó la señora Domich, y a pesar de las lágrimas que humedecían su rostro, esta vez su voz se mantuvo inquebrantable.

—¿Protegerme? ¿De qué? —gritó finalmente Alex, con el rostro encendido de furia.

—Es más complejo de lo que imaginas —le espetó su madre, también levantándose de la silla.

—¡Explícamelo entonces! ¡Dime la verdad! —exigió su hijo. La mujer se enderezó, encuadrando los hombros en una postura estoica. Lentamente, volvió a sentarse, sosteniéndole la mirada desafiante a su hijo.

—De acuerdo —aceptó la señora Domich, apoyando las manos entrecruzadas sobre la mesa, como si estuviesen negociando.

Sin embargo, Scarlet leyó lo que se escondía detrás de su mirada. Conocía ese fuego. Sabía lo que significaba ser una madre soltera y estar dispuesta a todo para proteger a un hijo. Conocía ese dolor. Se identificaba con él. Su historia, al igual que la de Raven, era una historia repleta de dolor.


¡Me he demorado muchísimo! Pero es que no me gustó como quedó el capítulo originalmente, así que decidí escribirlo nuevamente.

No haré muchos comentarios ahora porque quiero actualizar lo más pronto posible.

Estaré subiendo respuestas a los reviews en la semana.

¡Espero sus opiniones!

Saludos,

G.