Capítulo 26: Demonios ocultos
There's an angel in my smile
It's gentle and it's wild.
But don't be fooled,
I still have roots
I just can't seem to tame.
So don't rummage in a wreck.
Take heed in every step.
Just fight the urge to free the demons
Shackled in my chest.
Signed in blood
I'll never tell
Right my wrongs
I never will
There's a side, I'll never show.
Only me and the devil know.
(Hay un ángel en mi sonrisa
Es suave y es salvaje.
Pero no te dejes engañar,
aun tengo raíces
Que simplemente no soy capaz de domar.
Así que no hurgues en un naufragio.
Tenga cuidado en cada paso.
Solo lucha contra el impulso de liberar a los demonios
Atados en mi pecho.
Firmado en sangre,
nunca lo diré.
Corregir mis errores
Nunca lo haré.
Hay un lado, que nunca mostraré.
Solo el diablo y yo lo sabemos.)
Devil Knows, Armen Paul.
Alguien la había desatado de la silla y la había colocado en una superficie horizontal y acolchonada. La cabeza le latía, abombada, y el cuerpo entero se sentía agarrotado y dolorido. Pero sus muñecas y sus pies estaban libres de ataduras.
Se incorporó en la cama de un salto, haciendo a un lado la manta que la cubría, ignorando el estallido de dolor que atravesó sus huesos. Unos destellos de luces amenazaron con nublarle la visión, pero ella se negó a entregarse de nuevo a la inconciencia.
Seguía en la misma habitación donde Heros Morgan la había interrogado, con la diferencia de que ahora se encontraba sola. Intentó caminar hacia la puerta, tambaleándose y tropezando con sus propios pies. El cuerpo seguía entumecido y herido, incapaz de responderle con la presteza que ella necesitaba para escapar de ese lugar.
La puerta estaba cerrada. Maldijo en voz baja, y su voz le resultó anormal, como si le perteneciese a otra persona. Era un sonido ronco y grave, que raspaba contra su garganta como la arena gruesa.
Tiró del picaporte sin sentido. La puerta había sido cerrada con magia, y sin su varita, ella no podía abrirla.
Sus piernas finalmente flanquearon, doblándose y haciéndola caer al suelo, sus rodillas golpeando con un ruido seco contra las baldosas. Un gruñido escapó de su boca, mezcla de frustración y dolor, mientras intentaba ponerse de pie una vez más, sin éxito.
La puerta de la habitación se abrió y al levantar la mirada, Molly se encontró el rostro de mármol de Gweneth Rosier. La sanadora la observó en el ceño apenas arrugado, un gesto de clara exasperación, pero también un destello de intriga.
—No deberías estar caminando —señaló, mientras se acuclillaba a su lado. Colocó uno de sus largos brazos en torno al tórax de Molly, y tiró de ella para levantarla.
—No me digas que te preocupas por mi salud —Molly no pudo contener el matiz resentido que adquirió su voz ronca.
Gwen la arrastró de regreso a la cama. A pesar de que estaba enojada con la sanadora, Molly se dejó llevar sin oponer resistencia. El esfuerzo que había implicado recorrer el trayecto hasta la puerta la había dejado sin energía.
—Me refiero a que físicamente no deberías poder hacerlo. No tan pronto —aclaró Rosier. Volvía a hablarle de la forma en que lo había hecho en sus primeros encuentros: distante y profesional.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí encerrada? —exigió saber Molly, manteniendo la frente en alto de forma orgullosa. Gwen le dio la espalda y caminó hacia la mesa sobre la cual yacían múltiples frascos medicinales.
—No eres prisionera aquí, Molly —le explicó con serenidad, mientras mezclaba el contenido de varios de los frascos en un vaso.
—La cerradura de la puerta dice otra cosa —siguió desafiándola Molly. La irritaba la impasibilidad de la sanadora. ¿Cómo podía mostrarse tan tranquila después de lo que había sucedido en esa misma habitación?
—La puerta está cerrada para evitar que otras personas entren, no que tú salgas —dijo Gwen. Seguía sin mirarla, examinando el color del líquido que había mezclado contra la luz de un candelabro. Molly resopló, sin creérselo. —Has estado inconsciente toda la noche, y gran parte del día de hoy —respondió finalmente a su pregunta.
Seguía sin mirarla, concentrada en su trabajo. Molly la observó sacar su varita del cinturón de su túnica y sacudirla varias veces en el sentido inverso de las aguas, mientras pronunciaba un encantamiento por lo bajo que ella no llegaba a oír a esa distancia. Una tenue sonrisa curvó los labios de Rosier cuando el líquido adquirió un color ambarino brillante. Volvió a guardar la varita, y regresó sobre sus pasos hacia la cama de Molly.
—Esto te ayudará a sentirte mejor —le prometió, extendiéndole el elixir ámbar. Molly curvó una ceja, escéptica.
—Tendría que estar demente para aceptar beber otra poción tuya —disparó Weasley. Esta vez, Rosier no pudo esconder la reacción. Sus mejillas se sonrojaron, delatándola. No fue capaz tampoco de sostenerle la mirada a Molly.
—No me han faltado oportunidades para matarte. Si te quisiera muerta, ya lo estarías hace rato —retrucó Rosier, endureciendo sus facies, recobrando su actitud de superioridad.
—No. En cambio has preferido torturarme —siseó Molly, inclinándose hacia delante, acercándose más a la sanadora. Rosier tragó saliva.
—Era la única forma de saber si podíamos confiar en ti —dijo Gwen, su voz temblando de forma casi imperceptible.
—Hay otras formas de interrogar a alguien sin recurrir a eso —la contradijo Molly. Gwen curvó una ceja en un gesto desdeñoso.
—¿Ah, sí? ¿Vas a decirme que alguien con tu entrenamiento no conoce formas de burlar el Veritaserum? —se enfureció también Gwen. Sus ojos dorados finalmente se encontraron con los de Molly, chispeando desafiantes. Molly abrió la boca pero no supo qué responder. Una expresión victoriosa se dibujó en los labios de Gwen—. No podíamos permitirnos errores contigo.
—Así que decidieron que lo mejor era hacerme sufrir hasta perder la cabeza —espetó Molly. Rosier se encogió, retrocediendo levemente a causa de la violencia de las palabras.
—El cerebro humano encuentra más difícil mentir en situaciones de peligro de vida —explicó de forma científica y desapegada. Molly sintió un vacío en el estómago al escucharla.
—Fue tu idea —comprendió, asqueada—. Tú sugeriste usar esa poción, ¿verdad? —la presionó a confesar.
—Sí —respondió Rosier, levantando el mentón de manera orgullosa—. Y funcionó.
Un arrebato de pura ira invadió a Molly. Era un sentimiento al cual no estaba acostumbrada. Sabía que no tenía derecho a sentirlo, y aún así, la confesión de Gweneth le sabía a traición. Se lanzó sobre ella con un movimiento ágil, arrebatándole la varita mágica que tenía guardada en el cinto, y poniéndose en posición de combate.
—Me engañaste —gruñó Molly, y varias chispas brotaron del extremo de la varita.
—No, no lo hice —la contradijo Gwen, hablando en un tono lento, cauto, consciente de que había una persona enfurecida y armada frente a ella. Pero a pesar del peligro inminente en que se encontraba, sus ojos seguían mirando a Molly con la fascinación con que la había contemplado aquel primer día en San Mungo.
—Me tendiste una trampa —insistió Weasley, avanzando un poco más, presionando la punta de la varita contra el cuello de Gwen.
—Sabías perfectamente en dónde te metías cuando aceptaste venir a la fiesta conmigo, Molly —le recordó Rosier con fría serenidad—. Te dimos la posibilidad de dar la vuelta. Tú elegiste tomar la poción.
—¿Me habrías dejado ir si me hubiese negado? —se burló Molly.
—Por supuesto —le dijo con escalofriante sinceridad Rosier.
La mano de Molly tembló, vacilante. Gwen aprovechó ese instante de debilidad para estirar su mano libre y colocarla con delicadeza sobre la muñeca de Molly. Acarició con suavidad la piel frágil allí donde las sogas se habían clavado y la habían desgarrado. Solo que ya no quedaban heridas expuestas. Rosier había curado sus muñecas, y sus tobillos, y el resto de su cuerpo.
Molly aflojó el agarre sobre la varita, dejando que Gwen guiara su mano hacia abajo, hasta que su brazo quedó colgando inerte al costado de su cuerpo. Con cautela, Rosier le terminó de sacar la varita de entre los dedos y volvió a guardarla en su cinturón.
—Bebe la poción, Molly —volvió a pedirle, casi en un susurro, tendiendo hacia ella la mano que todavía sostenía el elixir.
Esta vez, Molly lo aceptó.
Inmediatamente tras beber la poción, empezó a sentir un calor que le recorría el cuerpo, aliviando la tensión en sus músculos, calmando el dolor de sus huesos, apagando el molesto palpitar de su cabeza. Gwen le sonrió. Por un instante, Molly se olvidó de que estaba enfurecida con ella. Se olvidó que la misma persona que ahora calmaba su dolor era quien lo había generado en primer lugar.
—¿Esto quiere decir que he pasado la prueba? —inquirió Molly, aclarándose la garganta para disipar el aturdimiento momentáneo, tomando asiento nuevamente en la cama. Gwen hizo una mueca.
—Por el momento —aceptó la sanadora, tomando una de las sillas junto a la mesa y acercándola para sentarse frente a Molly—. Heros cree que alguien como tú podría ayudar a atraer más seguidores al partido político.
—¿Alguien cómo yo? —repitió Molly, aunque se imaginaba a qué se refería.
—Provienes de una de las pocas familias sangre pura que no han estado vinculadas con la magia negra. Y eres una aurora. Eres buena publicidad —dijo Gwen, poniendo los ojos en blanco como si fuese obvio.
—No soy una aurora —Molly se estaba cansada de repetirlo.
—A los ojos de la gente, lo sigues siendo. Tener a alguien como tú de nuestro lado… Bueno, hará que muchas personas empiecen a dudar sobre el bando al que están apoyando. Y con las elecciones para Ministro tan cerca… —Gwen dejó la frase a medio camino, su silencio cargado de un peso ominoso.
—¿Crees que el Partido por el Cambio puede ganar las elecciones? —se sorprendió Molly. Rosier hizo un gesto con la mano indicando su incertidumbre.
—Todo depende de que tan bien se jueguen las cartas en los próximos meses —no terminó por decantarse Gwen—. Pero no todos están contentos con tu llegada. Hay algunas personas que te ven como una amenaza —le advirtió Rosier.
—¿Avery? —barajó Weasley. Gwen hizo una mueca de desagrado.
—Entre otras —le confirmó. Molly soltó una risa amarga. —Tu sola presencia aquí pone en peligro el status quo de muchos miembros de la Juventud.
—¿Es por eso que mantienes la puerta cerrada? —se jactó Molly. Pero Gwen la miraba en completa seriedad.
—No tienes idea de dónde te has metido, Molly —le dijo en un tono que Molly habría interpretado como preocupado si no fuese porque provenía de Gwen.
—¿Qué es este lugar? ¿Una cárcel? —preguntó, buscando acercarse a alguna ventana para escudriñar el exterior. Todas se encontraban completamente selladas.
—No seas ridícula. Es sólo la casa de campo de la familia Ponce —la regañó Gwen, hablándole como fuese una niña pequeña diciendo tontería.
—¿Tienen a sus prisioneros en sus casas de campo? —dijo Molly en un tono burlón, Rosier le dedicó una sonrisa astuta, adivinando sus intenciones.
—Esto no es una prisión, y tu no eres prisionera aquí, Molly —dijo con suave indiferencia, mientras volvía a la mesa para ordenar los elementos que había utilizado—. Puedes irte cuando lo desees.
—Quiero mi varita —exigió Molly.
—¿Prometes ser una niña buena y no apuntarme con ella? —le respondió Gwen de forma mordaz, un atisbo de humor amenazando con filtrarse en sus labios.
—¿Prometes no volver a envenenarme? —retrucó Weasley, pero inevitablemente, también sonrió al decirlo.
Gwen no le respondió. En cambio, se puso de pie y abrió la puerta, asomando su rostro por la misma, intercambiando unas palabras con alguien en el exterior. Volvió a entrar acompañada de Jolie Cartier.
—Escuché que tuviste una noche agitada —comentó la bruja francesa en un tono risueño. Molly forzó una sonrisa.
—Una de esas noches difíciles de olvidar —le siguió el juego. Jolie acentuó su expresión divertida.
—Aquí tienes —le dijo Cartier, lanzándole su varita.
La ex aurora no se consideraba una persona apegada a objetos materiales, pero cuando vio su varita sintió una repentina descarga de alegría y alivio. La reconfortaba tenerla de regreso con ella.
—Gracias —le dijo con sinceridad, guardándola con discreción nuevamente en la manga de su vestido.
—Pensé que tal vez querrías leer algo para pasar el tiempo —agregó Jolie de una manera que intentaba parecer accidental, al tiempo que le lanzaba una revista.
La más reciente edición de la Corazón de Bruja cayó sobre el colchón frente a Molly. Weasley torció la mirada hacia Gwen, confundida. Su turbación se incrementó al ver que la sanadora había empalidecido.
—Personalmente, encontré muy entretenida la nota de la sección dedicada a Ricos y Famosos —agregó Jolie, su mirada resplandeciendo de una forma que le recordó en parte a Dominique cuando cometía una picardía.
Molly buscó con dedos presurosos la página señalada por Cartier. Por la manera en que Jolie había sugerido la lectura, y la intensidad con que la miraba en ese instante, dedujo que la sección la involucraba de alguna forma.
Aún así, le chocó encontrarse con una foto suya. Y no cualquier foto. Era una imagen que había sido tomada la noche anterior, durante la fiesta de Ponce. En ella, Rosier se inclinaba sutilmente para susurrarle algo al oído a Molly, y ésta la contemplaba con expresión embelesada. Los dedos de Gwen se encontraban casualmente entrelazados con los de ella, en una caricia sutil casi inconsciente. La fotografía emanaba una nivel de intimidad que hizo que Molly se sonrojara solo de verla. Un instante privado robado por un astuto fotógrafo.
En cualquier otra ocasión, habría pensado que se trataba de una mera casualidad. Pero tenía que ser demasiado ingenua como para no darse cuenta que incluso eso había sido hábilmente orquestado por sus enemigos.
Si le quedaban dudas, el titular terminaba de confirmarlo:
La hija de Percy Weasley hace su primera aparición pública en sociedad de la mano de la heredera de la familia Rosier
Con motivo de celebrar el décimo noveno cumpleaños de Frederick Ponce, hijo menor del periodista y filántropo dueño del periódico El Oráculo, ayer por la noche se llevó adelante una fiesta exclusiva en la casa de campo familiar ubicada en las afueras de Londres.
Miembros de todas las familias mágicas estuvieron presentes en la misma, destacándose la presencia de la hermosísima Zafira Avery, quien llevó puesto para la ocasión un vestido diseñado exclusivamente para ella por Irvina Issax. Además de por su activa presencia política, la señorita Avery ocupó los titulares de esta misma sección tan solo una semana atrás, cuando eligió nuestra revista para anunciar su compromiso con Frederick Ponce.
"Estamos transitando nuestro mejor momento como pareja. Ambos estamos comprometidos con el bienestar de nuestra gente, y haremos todo lo que esté a nuestro alcance para asegurarnos que nuestra sociedad tenga el futuro que se merece" dijo Zafira a nuestra corresponsal especial.
Tanto Zafira como Frederick forman parte de las caras más jóvenes y frescas que propone el popular Partido por el Cambio. "Nos sentimos muy confiados de cara a las próximas elecciones. Nuestro compromiso es un reflejo de nuestra fe ciega hacia un futuro lleno de cambios" agregó el joven Ponce, quien para esta ocasión vistió una túnica casi tan deslumbrante como la de su prometida.
Sin embargo, el evento contó con la inesperada presencia de otra pareja que sorprendió a las cámaras y se robó todas las miradas de la noche. Estamos hablando nada menos que de Molly Weasley, la hija del actual secretario de gobierno Percy Weasley, quien no había hecho ninguna presentación pública desde su renuncia al cuartel de Aurores a principios de enero.
Después de semanas de constante especulación por parte de los medios periodísticos, finalmente Molly ha elegido el cumpleaños de Frederick Ponce para hacer su súbita aparición, y lo ha hecho nada menos que de la mano de Gweneth Rosier, una de las joyas perdidas de la sociedad británica.
Después de años viviendo en el exilio junto a su familia, la única hija de Felix Rosier, heredero de la antigua y reconocida familia mágica, regresó a su tierra natal para perfeccionar su formación como Sanadora en el prestigioso hospital de San Mungo. Fuentes cercanas a la pareja afirman que habría sido en dicho hospital donde ambas se habrían conocido.
Si bien nuestra corresponsal no logró conseguir declaraciones oficiales por parte de las jóvenes involucradas, los invitados refieren que la pareja no se despegó en toda la velada, y que entrada la noche, desaparecieron juntas hacia las habitaciones privadas reservadas para los amigos más cercanos al cumpleañero.
¿Será ésta la verdadera razón por la cual la bruja prodigio Molly Weasley abandonó el departamento de Seguridad Mágica? ¿Es el amor más fuerte que las diferencias sociales y políticas?
Aquí, desde Corazón de Bruja, creemos que una imagen vale más que mil palabras.
Así leía la nota que acompañaba la escandalosa foto. Molly tardó varios minutos en terminar de digerir la cantidad de mentiras que había leído, y cuando finalmente lo hizo, su mirada se posó asqueada sobre Gwen.
—¿Qué mierda es esto? —masculló con la voz temblándole. No sabía se enojarse, avergonzarse o preocuparse.
—Sí, Zafira dijo lo mismo cuando lo vio esta mañana —se rió por lo bajo Jolie, tomando nuevamente la revista de entre las manos de Molly y examinando con ojo crítico las fotos—. El cumpleaños de su prometido… y tú te robaste toda la atención —chasqueó la lengua con fingido reproche.
—¿Esto fue tu idea también? —Molly seguía hablando en dirección a Rosier.
—¿De Gwenny? —estalló Jolie con una carcajada—. No seas ridícula, cariño —agregó dándole una palmada condescendiente en la espalda—. Esto tiene pintado el nombre de Heros Morgan por todas partes. Bienvenida al club, Molly. Presiento que nos vamos a divertir horrores —se despidió Jolie con una sonrisa radiante, arrojando la revista de regreso en la cama, y abandonó de nuevo la habitación. Gwen continuaba en taciturno silencio.
—Ya sabías de esta nota, ¿verdad? —Molly necesitaba saber hasta dónde todo aquello era una manipulación.
—Me enteré hoy por la mañana —respondió escuetamente la sanadora.
—¿Pero sabías que nos estaban fotografiando? —inquirió Weasley, todavía pasmada. Gwen se encogió de hombros y se dirigió otra vez hacia la mesa.
—No, pero lo supuse —confesó sin remordimiento. Sus manos volvían a estar ocupadas con las pociones. Solo el perfil de su rostro era visible para Molly, pero le era suficiente para notar la tensión en su mandíbula y el frunce en su ceño.
—¿No te molesta? —inquirió Molly, intentando acercarse a ella. Gwen resopló.
—Es sólo una foto, Molly —le respondió sin darle importancia, pero el frasco que sujetaba en la mano tintineó.
—Te están utilizando como propaganda política —le aclaró innecesariamente Weasley.
—Todos nos estamos utilizando mutuamente para conseguir algo a cambio —le espetó Gwen, girando sus rostro hacia ella, los ojos relampagueando con fuerza. Molly tragó saliva, amedrentada por la energía que emanaba de ella.
—Ya veo —digirió con dificultad.
El rostro de Gwen se suavizó, y por un segundo, Molly creyó que iba a pedirle disculpas por el exabrupto. Pero el instante de fragilidad pasó en un pestañeo, la máscara de impasibilidad volviendo a bloquear toda expresión de sus facciones de mármol.
—Entonces, ¿la Rebelión controla también Corazón de Bruja? —intentó sacarle información Molly. Ignoró la puntada de culpa que le generaba aquello. Después de todo, Gweneth tenía razón: allí todos estaban utilizándose los unos a los otros. Ella no era la excepción.
—Por favor —chistó Rosier con una risa despectiva—. Es una absurda revista de chimentos. No necesitas "controlarla". Heros sólo tuvo que ofrecerles una historia jugosa y ellos la devoraron como idiotas.
—¿Pero por qué no usaron el Oráculo? —insistió Molly en tono acusatorio. Gwen le dedicó uno de esos gestos condescendientes que la irritaban y la fascinaban al mismo tiempo.
—El Oráculo es un medio de comunicación serio, con una postura política declarada… Y esta noticia no es más que un cotilleo barato —le dijo Gwen con desdén—. Si lo hubiésemos publicado nosotros, no habría tenido el mismo impacto. Pero si lo publican ellos… —agregó en tono significativo haciendo un gesto con la cabeza hacia la revista.
—La gente lo creerá porque viene de una fuente neutral —comprendió Molly. Gwen hizo un movimiento con la mano a modo de reverencia.
—Una imagen vale más que mil palabras —suspiró Gwen, sus ojos dorados turbándose—. Heros es brillante —declaró sorpresivamente, mientras retomaba su tarea de ordenar los frascos y mezclar soluciones.
—Lo dices como si lo admiraras —Molly se sintió hastiada sólo con la idea. Gwen se encogió de hombros.
—Dime Molly… ¿tú podrías hacer lo que él hace? —le preguntó Rosier imperturbable. Molly se estremeció.
—Jamás —respondió sin dudar.
—Exacto. Heros es capaz de hacer algo que muy pocas personas podrían hacer —explicó de forma práctica.
—Heros Morgan es un torturador, Gweneth. —se enfureció Molly. Gwen cerró los ojos, y tomó aire antes de atreverse a responder.
—Para ser una mujer tan inteligente, puedes ser muy obtusa cuando te lo propones —Rosier mantenía su tono sereno, pero Molly podía notar como sus hombros se encontraban tensos, cuadrados en una postura demasiado erguida.
—¡Es porque lo que hace está mal! —Molly estaba escandalizada.
—¿Y crees que él es el único que hace estas cosas? ¿Crees que tu preciado cuartel de Aurores no hace lo mismo? —perdió los estribos Rosier, un fuego peligroso ardiendo en sus ojos, mientras golpeaba uno de los frascos de forma inconsciente contra la mesa, haciéndolo estallar en cientos de fragmentos.
—El cuartel de Aurores nunca… —empezó a contradecirla Molly. Pero Gwen soltó una carcajada ácida y sin humor.
—¿Torturaría prisioneros? ¿Eso vas a decirme? ¿Qué hay de los dementores que tenían atormentando a los prisioneros en Azkaban? ¿O los interrogatorios que llevaban a cabo bajo los efectos de Veritaserum en el subsuelo del Ministerio sin autorización? ¿Cómo es eso diferente a lo que Heros Morgan hizo contigo? —la interrumpió Gwen, dando un paso hacia ella, amenazante. Molly no flaqueó, sino que se quedó en su lugar, orgullosa y firme. Volvían a estar demasiado cerca, sólo que ahora, la energía que flotaba entre ellas era inestable y hostil—. No tienes idea de lo que el Ministerio de Magia ha hecho en nombre del bien —siseó entre dientes apretados.
—Eso fue en el pasado —intentó defender de forma inútil. Gwen le dedicó una sonrisa desagradable, impregnada de cinismo.
—¿Y crees que no serían capaces de recurrir a algunos de esos "viejos métodos" si su gobierno dependiese de ello? —la desafió Rosier. Molly abrió la boca pero ninguna palabra salió de ella. Un gesto triunfante iluminó a Gwen.
—Eso no lo convierte en correcto —susurró Molly.
—No —coincidió Gwen, su respiración acompasándose—. Pero no siempre nos podemos permitir hacer lo correcto. A veces, debemos hacer lo necesario por el bien mayor —se justificó Rosier, retrocediendo levemente.
—Yo no creo poder hacer eso —confesó Weasley. Gwen suspiró.
—Por eso tenemos a gente como Heros con nosotros —retornó a su argumento inicial.
Molly se dejó caer sentada en la cama, derrotada. El efecto de la poción que Gwen le había dado comenzaba a menguar, y se sentía cansada. Todos allí parecían envueltos en un vórtice de violencia. Molly empezaba a comprender que sin importar sus esfuerzos, la sociedad en la que vivían orbitaba en torno a viejas heridas que no terminaban de sanar, resentimientos que podían olvidar, y una guerra que no parecía poder evitarse.
—Tal vez tú puedas cambiarlo —sugirió de forma inesperada Gwen, arrancándola de sus pensamientos pesimistas—. Tal vez tú puedas hacer que personas como Heros ya no sean necesarias. Por eso estás aquí, ¿o no?
—Sí —mintió Molly. Y la mentira le dejó un sabor amargo en la boca.
Entró en la casa y atravesó el vestíbulo como un vendaval, abriéndose paso a través de las puertas hasta llegar a la sala de Estar. No le sorprendió encontrarse con la figura esbelta de Jasper Yaxley inclinado sobre la chimenea, avivando el fuego con una tenaza mientras que en la mano contraria sostenía una copa cargada de vino oscuro.
—¿Has visto esta mierda? —soltó Hamilton apenas entró en el lugar, agitando la revista de Corazón de Bruja en su mano para luego arrojarla sobre la mesa de café entre ellos. Escuchó cómo Jasper inhalaba profundamente para luego soltar el aire con lentitud.
—Sí. La túnica que Ponce se puso para el evento es definitivamente es demasiado, incluso para la clase alta londinense —dijo en un tono sardónico Jasper, mientras se llevaba la copa a los labios para darle un sorbo.
—¿Cómo puedes ser tan…? —Hammer se debatió con la palabra correcta para completar su frase. El enojo burbujeaba en su pecho y se le ocurrían demasiadas opciones para referirse a Jasper—. Indiferente —se decidió finalmente por la opción más diplomática, aunque estuvo tentado de usar la palabra imbécil para describirlo.
—¿Preferirías que me rasgara las vestiduras en indignación? —siguió respondiendo con su ácido sarcasmo Jasper.
—¡Preferiría que por una vez en tu vida te comportaras como un maldito ser humano capaz de sentir algo! —lo acusó en cambio Knight. Apenas terminó de decirlo, supo que había ido demasiado lejos. El rostro de Jasper se endureció y sus ojos negros se encendieron.
—Que no vaya por la vida gritando y pataleando como tú no significa que sea incapaz de sentir —dijo Yaxley en un tono peligrosamente grave.
—¿Has hablado siquiera con ella? —siguió presionando Hammer. Jasper caminó parsimoniosamente hasta uno de los sillones y se acomodó con las piernas cruzadas, haciendo girar la copa entre sus dedos.
—Si Molly quisiese hablar con nosotros ya lo habría hecho —razonó con frialdad el rubio. Hamilton resistió la tentación de tomarlo por los hombros y sacudirlo.
—Tu mejor amiga, posiblemente tu única amiga, se ha unido al bando contrario, y tú estás aquí bebiendo tu vino pretensioso en tu enorme mansión como si nada —siguió acusándolo Hamilton sin piedad.
Una voz dentro de su cabeza le advirtió que estaba descargando en Jasper toda la frustración que sentía, pero aún así no pudo detenerse. Necesitaba que Yaxley reaccionara. Necesitaba que esa coraza que solía aislarlo del resto del mundo cediera al menos por un momento. Necesitaba verlo expresar alguna emoción, algo que demostrara que también era un hombre como él, capaz de ser herido.
—¿Qué sugieres que haga, Knight? —siseó Jasper, y una emoción turbulenta atravesó su mirada.
—Nadie la ha vuelto a ver desde la fiesta. No ha vuelto aquí, no está en la Mansión Malfoy y tampoco fue a casa de sus padres. Ayúdame a buscarla —le rogó Hamilton. Volvió a notar cómo Jasper inhalaba, inflando su pecho, y soltando el aire de forma gradual.
—No necesito buscarla —dijo en un tono seco. Knight frunció el ceño, pero antes de que pudiera atacarlo nuevamente, Jasper retomó la palabra—. Ya sé dónde está —aclaró.
—¿Qué? —se sorprendió Hammer—. ¿Dónde?
—Knight… —intentó advertirle Yaxley.
—¡¿Dónde está, Yaxley?! —le gritó Hamilton, acortando la distancia. Esta vez, no resistió la tentación de tomarlo por la túnica y levantarlo con brusquedad de su asiento. La copa cayó de la mano de Jasper, volcándose sobre la alfombra persa que cubría el piso de madera frente a la chimenea.
—Sigue en la casa de la familia Ponce —respondió Jasper con inusitada serenidad a pesar de que Hamilton lo tenía aferrado con un puño de la túnica.
—Debemos ir por ella —se ofreció Hammer, soltándolo. Jasper se alisó la túnica con las manos allí donde Hamilton la había arrugado.
—No lo creo —se negó el rubio. La indignación venía de a oleadas en Hamilton con cada nueva frase que decía su compañero.
—Eres un maldito egoísta. Después de todas las veces que Molly saltó en tu defensa, todas las veces que arriesgó su pellejo por ti, tú no eres capaz de mover tu pomposo trasero para rescatarla… —disparó sin miramientos Knight.
—Molly Weasley no necesita que la rescatemos, Knight —le señaló Jasper con dureza.
—Ponce y esa chica Rosier podrían tenerla prisionera —barajó Hammer, negándose a contemplar lo que Jasper estaba insinuando.
—Podrían —le concedió Jasper—. Pero no es el caso. Ella está ahí por voluntad propia.
—¿Cómo carajo lo sabes?
—Porque ésta no es la primera vez que Molly se ve con Rosier —confesó Jasper. Por primera vez, Hamilton pudo vislumbrar una emoción en su voz que no fuese distante sarcasmo. No le gustó el sonido que provocaba. Sonaba a decepción. A dolor. A traición. —Molly lleva semanas asistiendo a las manifestaciones de la Marea Roja con Gweneth Rosier.
—No —negó de manera febril Hamilton, sacudiendo la cabeza de un lado al otro—. Eso es imposible.
—Empecé a seguirla después de escuchar la discusión que tuvo con su padre aquí mismo…—siguió hablando Jasper. Una sonrisa amarga torció su boca —. Parece que estaba en lo cierto al desconfiar.
La palabras de Jasper lo arrojaron finalmente por el precipicio, perdiendo el poco autocontrol que le quedaba. El puño de Hamilton impactó con violencia contra la mandíbula de Jasper. Una descarga de dolor se extendió desde su mano hacia el resto de su brazo. Yaxley se tambaleó hacia atrás, sorprendido por el golpe. El rubio se llevó una mano al rostro y Hammer sacudió su puño intentando aliviar el entumecimiento que había agarrotado sus dedos a causa del impacto. Cuando Jasper volvió a bajar la mano, ésta se encontraba manchada con sangre proveniente de su labio partido. Escupió hacia el fuego el líquido escarlata que se le había acumulado en la boca, y volvió a presionar la herida con el puño de su manga, intentando contener el sangrado.
—Eres una maldita serpiente —gruñó Hamilton. Semanas… Jasper lo sabía hacía semanas.
—Tendría que habértelo dicho antes —reconoció Jasper, su voz gorgoteando a causa de la humedad que llenaba su boca y la teñía de rojo.
—Sí —insistió Hamilton, pero su ira con Jasper empezaba a menguar de forma gradual.
—Lo siento —le ofreció una disculpa extrañamente sincera.
Ambos se sentaron en sillones enfrentados, cada uno atendiendo a sus propias heridas. El labio de Jasper seguía sangrando, y la mano de Hamilton empezaba a inflamarse y a adquirir un tono purpureo. Intentó mover los dedos, pero una nueva descarga de dolor lo hizo detenerse. Sospechaba que se había roto algún hueso.
—Dijimos que estaríamos juntos en esto hasta el final —recordó Hamilton, su mirada perdiéndose en el danzar de las llamas en la chimenea.
—Tal vez esto es el final —sugirió Jasper con voz quebrada.
Pero no era el final que Hamilton había imaginado. No es que fuera estúpido. Había sopesado la muy factible posibilidad de que ese grupo no encontrara un final feliz. Después de todo, eran aurores con una guerra por delante. Se había preparado para un final fatídico. Se había mentalizado para el sufrimiento que vendría. Para las muertes. Incluso para la suya.
Pero no se había preparado para aquello. Nunca se habría imaginado que algo así podía suceder. No a ellos tres.
—No, no lo es —se negó a aceptar Knight, atrayendo la atención de Jasper—. Tú y yo seguimos aquí.
Jasper sonrió mostrando sus dientes empapados en sangre. Hamilton le devolvió el gesto.
Sucedió durante una visita de Tom White a la casa de Ted en Hogmseade. El día de San Valentín había tenido lugar el lunes de aquella semana, y ese sábado, todo el pueblo se decoraba con motivos románticos para recibir a las jóvenes parejas de estudiantes provenientes de Hogwarts.
Tom había aprovechado la oportunidad para pasar por lo de su amigo. Vicky solía quedarse gran parte de la semana allí, pero aún no se había mudado de manera definitiva. Ella y Ted se estaban tomando las cosas con calma, sobre todo desde la imprevista aparición de Katya Danilova.
Así que Tom visitaba a su amigo híbrido tanto como su trabajo en el colegio le permitía, para asegurarse que no estaba solo, sobre todo cuando estaban cerca de la luna llena.
Felicity le había advertido que fuese cuidadoso con lo que decía frente a Ted respecto a Rick y Katya. Y durante prácticamente un mes, Tom habría evitado el tema intencionalmente. No le gustaba esconderle información a su mejor amigo, y tampoco estaba dispuesto a mentirle por un capricho amoroso de Rick.
—No es un capricho —le había advertido Felicity. Tom había reído entre dientes.
—Todas las relaciones amorosas de Rick son caprichosas y fugaces, Feli —dictaminó Tom en un tono de voz resignado.
—Esta vez es distinto —lo contradijo la chica Fox. Tom arqueó las cejas de forma burlona.
—¿Cómo?
—No lo sé —confesó ella, apenas frunciendo el ceño—. Pero esta vez es diferente —vaticinó.
Tom había suspirado. No tenía mucha fe en que fuera cierto, pero no deseaba discutir con su novia. Había aceptado a mantener el secreto simplemente porque había guardado esperanzas de que Rick se aburriese de Katya en el curso de un par de semanas, y cuando eso sucediera, todo aquello pasaría a ser una anécdota más dentro del largo repertorio de amantes del moreno.
Pero las semanas se habían sucedido y Rick no daba señales de aburrimiento. Él y Katya seguían encontrándose a escondidas, y si Tom se enteraba era solo porque Felicity, que ocupaba la habitación de enfrente a su hermano, lo mantenía informado.
—Estaba pensando en pasar por la Mansión en estos días y hacerle una visita a Rick —comentó Ted, mientras servía dos tazas de humeante chocolate, su especialidad—. Debe de estar como loco pasando San Valentín allí encerrado completamente solo —se rió Lupin.
—Oh, no creo que esté solo —finalmente se le escapó a Tom. Ted giró la cabeza hacia él con una expresión curiosa.
—¿Rick está saliendo con alguien de la Orden? —preguntó Lupin, entre sorprendido y divertido. Tom se maldijo por dentro.
—No… no sé por qué dije eso. No me prestes atención —tartamudeó Tom, nervioso. "Felicity va a asesinarme".
—No me dijo nada —comentó Ted, sentándose en el lugar frente a Tom, la sorpresa de la noticia empezando a convertirse en sospecha. Tom tragó de su taza de chocolate.
—Ya sabes cómo es Rick. De seguro hasta él se ha olvidado ya —intentó relajar la conversación White. Pero Ted ya estaba rumiando la información que había recibido.
—No hay muchas personas en la Mansión en estos días… ¿Dominique? —barajó la posibilidad Lupin, pero inmediatamente sacudió la cabeza en un gesto negativo—. Nah… Ella le patearía el trasero si Fox intentara seducirla. ¿Philipe? No es su tipo, pero… —hizo una pausa, su rostro quedando momentáneamente congelado, las cuencas de sus ojos abriéndose enormes.
—Ted… —Tom podía percibir que su amigo finalmente había caído en la verdad.
—Voy a matarlo —gruñó Lupin, dejando la taza sobre la mesa mientras se incorporaba de un salto.
—¡Ted! ¡Espera! —lo llamó White sin éxito.
Lupin ya había tomado su saco del perchero y estaba abriendo la puerta. Thomas lo siguió hacia el exterior, pero Ted podía ser absurdamente veloz cuando se lo proponía. Apenas llegó a ver su espalda desapareciendo en una esquina, perdiéndose entre la multitud de personas que se paseaban por las calles del pueblo.
—Mierda, mierda, mierda —insultó Tom por lo bajo, mientras se apresuraba de regreso a la casa. Tenía que llamar a la mansión y dar aviso de que Lupin iba en camino.
Había pocos lugares en la Mansión Malfoy donde Richard Fox podía sentirse como en casa. Nunca había sido una persona arraigada a los lugares. Tal vez fuese porque nunca había sentido que pertenecía a ninguno.
Pero el refugio que Charlie Weasley había construido para Pira y Lucifer se había convertido en la excepción a la regla. El sitio a donde Rick acudía a refugiarse. Donde se sentía a gusto. Donde podía ser él mismo sin temor al rechazo.
Al principio, le había costado entender el vínculo de Felicity con el enorme e intimidante dragón. Su hermana hablaba de la criatura como si fuese una parte de ella, un ser capaz de sentir tal como lo hacía ella. Su mirada esmeralda se suavizaba cuando observaba a Lucifer. Felicity nunca le había sonreído a nadie con la ternura con la que le sonreía a Lucifer. Estaba embelesada por el dragón.
No fue hasta que Pira llegó a su vida que Richard finalmente comprendió lo que sentía su hermana cada vez que mirada a Lucifer. Era una conexión inexplicable. Un sentimiento indescriptible. Era lo más parecido a estar enamorado que Rick hubiese sentido jamás.
El crujido de una rama lo arrancó de sus pensamientos, haciendo girar su atención hacia el bosque. Pira avanzó hacia él sacudiendo sus alas y estirándose con pereza. Los árboles a su alrededor se tambalearon y sus raíces gimieron, amenazando con ser arrancadas de la tierra. La pequeña dragona soltó un rugido como un ronroneo al reconocerlo que provocó un calor agradable en el pecho de Rick.
—Hola, hermosa —la saludó Fox, sonriéndole embobado. Pira empujó su hocico contra su pecho, haciéndolo trastabillar hacia atrás. Rick le acarició la cabeza. —Sí, yo también te extrañé —le plantó un beso en las escamas que le cubrían la coronilla, y una bocanada de humo escapó de las fosas nasales de Pira, alegre.
La pequeña Pira ya no era tan pequeña. En el poco tiempo que llevaban juntos, la cría de dragón había triplicado su tamaño, alcanzando la altura de un caballo adulto, y el peso de un elefante bebé. Su cola y su hocico se habían elongado, y sus escamas estaban cambiando, volviéndose más gruesas y resistentes. Charlie Weasley estimaba que faltaba poco para que Pira alcanzase el desarrollo necesario para levantar vuelo.
La idea provocaba sentimientos encontrados en Rick. Le fascinaba ver crecer a la pequeña Pira, pero no podía evitar sentir cierto temor ante la idea de que su dragona abriese sus alas y saliese volando de allí. ¿Y si nunca volvía? ¿Y si lo abandonaba?
—¡Richard! —gritó la voz de Felicity, agitada. Su hermana estaba trotando en su dirección. Rick frunció el ceño y Pira soltó otra nube de humo por la nariz, censando la inquietud de su domador.
—Cielos, Feli, respira —intentó tranquilizarla cuando llegó junto a él, jadeante y con las manos apoyadas en las rodillas mientras recuperaba el aliento.
—Ted… viene en camino —anunció su hermana con voz entrecortada, levantando la mirada para atravesarlo con sus ojos verdes—. Sabe de Katya —le advirtió de manera ominosa.
—Oh —exhaló Rick, sin saber qué responder. Pero una opresión desagradable se instaló en su pecho, dificultándole la respiración. —Pira, vuelve al bosque —le ordenó a la dragona.
El animal rezongó y lo empujó con la cabeza, molesta por tener que despedirse. Pero Rick tenía que volver a la mansión cuanto antes. La forma en que Felicity lo miraba en ese momento le daba a entender que Ted no debía de estar contento con la noticia. Y prefería que fuese lo que fuese que Ted tenía para decirle, ocurriese lo más lejos posible de Pira. La dragona era muy posesiva cuando se trataba de Rick, y no había forma de predecir cómo reaccionaría si pensaba que alguien podía lastimarlo. Y Rick presentía que sus probabilidades de recibir una golpiza por parte de Lupin eran elevadas.
Logró interceptarlo en el pasillo principal del castillo, justo cuando uno de los elfos le abría la puerta.
—¡Teddy! ¡Qué bueno tenerte de visita! —exclamó Rick, fingiendo inocencia, mientras abría los brazos amplios como si fuese a recibirlo con un abrazo.
Lupin lo empujó hacia el interior de una de las habitaciones más cercanas.
—¡Ted! ¿Qué haces? —lo regañó Felicity, y el pánico hizo temblar su voz.
—¡Esto no tiene que ver contigo, Felicity! —le advirtió Lupin, apuntándola con un dedo acusador en cuanto la chica intentó seguirlos.
—Está bien… Déjanos a solas, Feli —intervino Rick en un tono serio que no encajaba con él. Felicity tragó saliva, su mirada saltando entre Ted y Rick con nerviosismo. Finalmente, dio un paso hacia atrás y cerró la puerta, encerrándolos a solas en el interior de la pequeña sala vacía.
Los ojos de Ted estaban encendidos con un color ambarino que Rick conocía demasiado bien. Era un tinte salvaje, inhumano y peligroso.
—Cálmate, Teddy —le pidió, extendiendo una mano entre ambos, como quien intenta tranquilizar a una bestia depredadora.
—¿Es que no tienes escrúpulos, Rick? —rechinó Lupin, furioso, dando un paso hacia él. Rick retrocedió.
—No es lo que parece —quiso explicarse Fox. Lupin curvó una ceja.
—¿No te estás cogiendo a Katya? —farfulló el híbrido entre dientes apretados. Rick hizo una mueca.
—Bueno sí, pero… —tuvo que reconocer el domador de dragones. Se pasó una mano por los cabellos negros, inquieto.
—¿Cuál es tu problema, Rick? ¿No te has cogido a suficientes personas ya que tienes que ir también por ella? —espetó Lupin con intencional malicia. Las palabras le dolieron más que un golpe.
—¡Oh, eso es genial viniendo de ti! ¿En serio vas a darme clases de buen comportamiento, Ted? ¿Tú? —se ofendió Rick. Si Ted quería lanzar golpes bajos, él iba a devolvérselos de la misma forma.
—¡Katya ya ha sufrido suficiente como para tú vengas a jugar con ella, Rick! —le recriminó Lupin.
—¡Que tú la hayas lastimado no quiere decir que yo haré lo mismo! —se enojó también Rick, elevando su voz para equiparar la de Ted. Su amigo soltó una carcajada sarcástica.
—Por favor, Rick. ¿Vas a decirme que estas enamorado de ella? —se burló de él Lupin.
—¿Y qué si lo estoy? —le dijo de forma desafiante Rick, avanzando la distancia que había retrocedido.
Lupin se quedó momentáneamente en silencio. El dorado de sus ojos se apaciguó, recobrando su color azul natural. El joven híbrido observó durante largos segundos a su amigo con expresión estupefacta, boquiabierto.
—¿Lo estás? —finalmente consiguió articular. Rick se sonrojó y desvió la mirada.
—No lo sé… —balbuceó con repentina vacilación. Era la primera vez que confesaba algo así en voz alta.
—¿Cómo puedes no saberlo? —lo presionó Ted, confundido. Rick chasqueó la lengua y entrelazó ambas manos detrás de la nuca.
—¿Cómo se supone que debo saberlo? ¡Nunca he estado enamorado en mi vida! —dijo Rick con una voz lastimera.
La ira se había desvanecido del rostro de Ted para ser reemplazada por un absoluto desconcierto. Rick no sabía qué era peor: que su amigo estuviese enojado con él, o que sintiera lástima por él.
—Solo sé que cuando estoy con Kat me siento… Bien —le confesó, encogiéndose de hombros con un gesto avergonzado.
El recuerdo de Katya recostada en la cama junto a él con los ojos entrecerrados, la espalda desnuda al descubierto, sus tatuajes brillando bajo los primeros rayos de luz de la mañana, una sonrisa satisfecha apenas curvando sus labios purpúreos, se coló en su mente. Una sonrisa inconsciente se dibujó en sus labios.
—Vaya… No me esperaba eso —reconoció Ted, dejándose caer contra una de las paredes y deslizándose hasta quedar sentado en el suelo. Rick se sentó junto a él. —¿Por qué no me dijiste nada antes?
—Porque temía que reaccionaras… Bueno, como reaccionaste —dijo Fox con una risa suave. Ted también rió.
—Pensé que solo… ya sabes… —intentó justificarse Lupin, también sonrojándose avergonzado.
—¿Estaba usándola por el sexo? —completó la frase Rick. Ted se mordió el labio inferior, apenado.
—Lo siento —le pidió disculpas. Rick colocó un brazo por sobre sus hombros y lo palmeó de manera amistosa.
—Tranquilo. No es como si yo tuviera el mejor historial en lo relaciones respecta —reconoció Rick en un tono despreocupado. Lanzó una mirada de reojo hacia su amigo. —Teddy, si tú todavía sientes cosas por Kat… —empezó a decir. Ted meneó la cabeza.
—Soy consciente de que no tengo ningún derecho a pedirte que no estés con ella, Rick —lo interrumpió Lupin con voz grave.
—Eso no es lo que insinué —lo increpó el domador. Ted dejó caer la cabeza hacia atrás, golpeando contra la pared.
—Siempre voy a sentir cosas por Kat. Ella representa la otra vida que yo podría haber tenido —confesó Ted con abrumadora sinceridad—. Pero yo elegí esta vida, Rick. Elegí a Victoire —hizo una pausa, sus ojos perdidos en un punto invisible en la pared contraria—. Solo quiero que sea ella sea feliz. Se merece ser feliz.
—Yo también quiero eso para ella, Ted —susurró Rick, sus propias palabras sorprendiéndolo.
Ted se incorporó del piso, extendiéndole una mano para ayudarlo a levantarse. Rick la aceptó agradecido. Ted sostuvo sus manos entrelazadas incluso después de que ambos estuvieron de pie.
—Ella intentará alejarte —le advirtió Ted. Rick le dedicó una mueca socarrona.
—No pienso irme a ningún lado —le prometió.
—Hay mucho de ella que no sabes… —siguió previniéndole el híbrido. Rick hizo un gesto con la mano, pidiéndole que no continuara.
—Ya tendrá tiempo para contármelo ella, Ted —le dijo de forma gentil Fox.
La paciencia no era una de sus mejores virtudes. Nunca había esperado por nadie. Pero nunca había conocido a alguien como Katya tampoco.
La enorme casa estaba inusualmente silenciosa. A Katya le gustaba el silencio, pero había algo anormal en la quietud de ese lugar. Al igual que el Bosque, la mansión Malfoy parecía tener vida propia. Magia propia. Podía sentirla respirar. Los pisos se quejaban bajo las pisadas de los miembros de la Orden del Fénix. Y por las noches, cuando todos dormían, Katya podía jurar que la casa le hablaba. El silencio en aquel lugar le ponía los pelos de punta. La hacía sentir que la estaban vigilando.
Le sorprendía que la Orden del Fénix hubiese elegido un lugar como ese para establecer su base de operaciones. Richard le había explicado que era por cuestiones prácticas: nadie sospecharía nunca de la vivienda de un Malfoy como cuartel general. Pero Katya creía que ese era precisamente el motivo por el cual no debían estar ahí.
Esa casa había conocido magia negra y malvada. La oscuridad impregnaba sus paredes y latía en la profundidad de sus mazmorras. La magia oscura había echado raíces en los cimientos. No importaba que tanto Hannah se empecinara en limpiar las habitaciones e luminar los pasillos. Había manchas que no podían eliminarse.
La casa se sentía particularmente viva en la región aislada donde algunos de los miembros de la Orden trabajaban en lo que se llama el "Proyecto Luz". Para tener un nombre tan inofensivo, las personas involucradas en ese proyecto practicaban magia en extremo desagradable y peligrosa en esa parte de la casa.
A Katya no le gustaba acercarse a esa zona. No le gustaba estar cerca de ese tipo de magia. Los magos tenían una tendencia a manipular la magia de forma negligente. No entendían la responsabilidad que significaba ser capaces de transmitir ese poder. Creían que les pertenecía. Que la magia era de ellos, y no del mundo. Un poder único para seres únicos. Fabricaban varitas y pronunciaban encantamientos convencidos de que de esa forma lograrían encapsularla y poseerla. Como si una fuerza semejante tuviese dueño.
Resopló con exasperación mientras terminaba de subir los últimos escalones que llevaban a las habitaciones donde dormían los hermanos Fox y alguna que otra visita ocasional.
Ella dormía en las mazmorras. No confiaba en sí misma cerca de otros mortales, no después de sus meses como prisionera. Las pesadillas que le infestaban la mente cuando cerraba los ojos eran en extremo vívidas, y Katya temía perder el control durante el sueño y hacer algo de lo cual pudiese arrepentirse al abrirlos.
Aunque últimamente, se había quedado dormida en varias ocasiones en la cama de Rick. Había pestañado con pereza, prometiéndose que sólo reposaría los ojos unos segundos, y había despertado con el sol golpeándole en la cara a la mañana siguiente, y los brazos morenos de Fox envolviéndola de forma protectora.
Sabía que hablaba en sueños. Y a veces, gritaba también. Rick había intentado preguntarle al respecto en una ocasión. Katya se había negado a dormir en su cama después de ese evento durante días. Rick había entendido la indirecta y no había vuelto a preguntar. En cambio, la sostenía durante sus pesadillas, acariciándole el cabello y llamándola por su nombre en suaves susurros, hasta que Kat volvía al mundo real.
Algunas veces se sentía tentada de contarle sus pesadillas. Pero eso habría implicado hablar de su pasado. Del Bosque. De su familia. No estaba segura de que Rick fuese a comprenderlo.
—Rick no está —le dijo Felicity. La puerta de su habitación, enfrentada a la de Richard, se encontraba abierta. Felicty se hallaba recostada sobre su cama con un libro apoyado en su regazo, mientras pasaba las páginas con desinterés. —Está abajo… hablando con Ted —agregó, sus ojos gatunos elevándose para mirarla. Katya no dijo nada, pero entró con lentitud en la habitación, interesada por averiguar el resto. —Ted se ha enterado que tú y mi hermano están juntos —siguió presionando con su filosa lengua.
—Tu hermano y yo no estamos juntos —negó de inmediato Kat. Talvez, demasiado rápido. Felicity se deslizó sobre el edredón dejando caer las piernas por el borde de la cama para quedar sentada frente a ella.
—¿Crees que no te he visto entrar y salir de su habitación prácticamente todas las noches desde Navidad? —le dijo en un tono provocador.
—Eso no significa nada —se mantuvo rígida Kat.
—Talvez no significa nada para ti —advirtió Felicity, mientras se examinaba con aire indiferente las uñas—. Pero yo conozco a mi hermano, y puedo decirte que él no piensa lo mismo.
—¿Él te ha dicho eso? —preguntó Kat, alzando las cejas con sorpresa. Una sonrisa pícara elevó los pulposos labios de Feliciy.
—No es necesario que lo haga —afirmó haciendo un ademán con la mano—. Somos mellizos —agregó como si eso fuese suficiente explicación.
—Lo que yo hago con tu hermano no es de tu incumbencia —siseó Kat, dándole la espalda para irse. La puerta se cerró en su cara.
—Te equivocas, de nuevo —dijo Felicity.
Katya giró para enfrentarla. Había esperado encontrarse con la versión sardónica e insolente a la cual estaba acostumbrada de Felicity, así que la tomó desprevenida cuando en lugar de la mujer feroz que ella conocía, se encontró con una simple muchacha preocupada por su hermano.
—Verás Katya… Rick y yo venimos de una familia un tanto disfuncional. Mi madre siempre fue una mujer demasiado ambiciosa para su propio bien, y mi padre era un hombre con una alarmante tendencia a la depresión. Puedes imaginarte que esa combinación no tuvo un final feliz —le reveló Felicity, abriéndose de una forma que nunca antes lo había hecho con ella.
—Lo siento —masculló Danilova, incómoda ante la repentina fragilidad de su interlocutora.
—Para nosotros, el amor siempre significó peleas, gritos y dolores de cabeza —siguió diciéndole Fox, mientras se encogía de hombros con resignación—. Me tomó muchos años animarme a confiar en Thomas… Y todavía estoy aprendiendo —hizo una mueca ladeada, casi avergonzada por estar confesándolo—. Supongo que lo que lo que estoy intentando decir es…
—Felicity, detente —la interrumpió Katya antes de que pudiera continuar abriendo su corazón—. Creo que no lo entiendes: Rick y yo nunca seremos como tú y Thomas.
—Nunca lo he visto abrirse a alguien como lo ha hecho contigo, Katya —puntualizó Felicity. Katya torció una sonrisa un tanto mezquina.
—No es real. Lo que existe entre nosotros no es real —chasqueó la lengua Danilova con exasperación—. ¿No te das cuenta que el único motivo por el cual estamos juntos es porque ambos estamos aquí atrapados sin otra opción?
—No creo que eso sea verdad —dijo Fox, frunciendo el ceño.
—No se supone que personas como yo se junten con personas como ustedes —graznó Kat. La arruga en la frente de Felicity se pronunció aún más. —Tu sociedad no aceptaría un vínculo entre un mago y una híbrida —clarificó, aunque tenía la sensación de que Fox había entendido perfectamente el mensaje.
Felicity levantó el mentón, orgullosa. La fragilidad que había mostrado solo instantes atrás se esfumó, y la mujer recuperó el porte imponente que acostumbraba a llevar. Con un chasquido, la puerta de la habitación volvió a abrirse, dejándole el paso libre a Katya.
—Solo para que sepas: a mi hermano siempre le ha importado una mierda lo que la sociedad tenga para decir de él —le soltó Felicity mientras Katya cruzaba el umbral.
No tuvo oportunidad de retrucar. La puerta volvió a cerrarse con un golpe seco.
Este capítulo tenía la intención inicial de contener todas las escenas que tienen lugar el 14 de Febrero, pero como es costumbre, esta parte se extendió más de lo que yo originalmente había previsto, y me pareció mejor cortarlo aquí, y dejar lo que queda para otro capítulo. Sí, lo que queda involucra a Hogwarts :)
Haré pocos comentarios en esta ocasión:
*Molly: los había dejado con muchas preguntas sin responder en el capítulo pasado... La más importante, ¿Molly está a salvo? Así que decidí empezar este capítulo desde donde habíamos dejado el anterior. Algunas respuestas, y algunas preguntas nuevas. Creo que empezamos a conocer un poco más al personaje de Gwen, o al menos, podemos empezar a deducir algunas cosas de ella.
*Jasper y Hammer: una escena de alto impacto, donde vemos a estos dos interaccionar después de mucho tiempo de no tener momentos de ambos personajes juntos, y a solas. Se puede ver el contraste entre ambos, la forma en que cada uno está afrontando el dolor de la traición de Molly... Hamilton, quien siempre ha sido el más pasional e intempestivo del grupo, reacciona de una forma fiel a sí mismo: perdiendo un poco el control y descargándose contra Jasper. Y Jasper, mi pobre y herido Jasper, hace lo que mejor sabe hacer: aislarse del dolor.
*Rick/Katya: lo pondré así para envolver a todos los personajes que participan de esta escena. Habían surgido muchas preguntas sobre las consecuencias de que estos dos estuviesen "juntos". Uno de ellos, era Jasper, que creo que eso quedó aclarado en el capítulo anterior. Y el otro factor era Ted. Mi querido Ted, dividido entre dos mundos, sus dos mitades: el mago y el lobo. Victoire y Katya representan un poco esas dos versiones de Ted. ¿Se puede amar a dos personas, y que ese amor sea genuino? Bueno... ¿qué forma más genuina de amar a alguien que deseándole la felicidad, incluso si no es junto a ti?
Hay otros pequeños detalles que me gustaría remarcar, pero que voy a esperar a los reviews porque estoy segura de que me preguntarán al respecto, así que lo diré directamente con las respuestas a sus comentarios.
ESTARÉ SUBIENDO LAS RESPUESTAS A LOS REVIEWS QUE HAN ESTADO DEJANDO DENTRO DE POCO! LO PROMETO.
Gracias infinitas por la infalible compañía que me hacen.
Saludos,
G.
P.D: Lizzy, feliz cumpleaños. Este capítulo es para ti :)
