Capítulo 28: Lo necesario
Will you hold the line
When every one of them has given up and given in? Tell me,
In this house of mine
Nothing ever comes without a consequence or cost, tell me
Will the stars align?
Will heaven step in? Will it save us from our sin, will it?
'Cause this house of mine stands strong.
That's the price you pay
Leave behind your heart and cast away
Just another product of today.
Rather be the hunter than the prey
And you're standing on the edge face up…
'Cause you're a natural,
A beating heart of stone.
You gotta be so cold
To make it in this world.
Yeah, you're a natural,
Living your life cutthroat.
You gotta be so cold
Yeah, you're a natural.
(¿Te mantendrás firme
Cuándo cada uno de ellos se haya rendido o cedido? Dime,
En esta casa mía
Nada viene sin una consecuencia o un costo, dime
¿Se alinearán las estrellas?
¿Intervendrá el cielo? ¿Nos salvará de nuestro pecado? ¿Lo hará?
Porque esta casa mía se mantiene fuerte.
Ese es el precio que pagas
Deja atrás tu corazón y deséchalo.
Solo otro producto de hoy.
Prefiero ser el cazador que la presa
Y estás parado en el borde, boca arriba…
Porque eres un natural,
Un corazón de piedra que late.
Tienes que ser tan frío
Para triunfar en este mundo.
Si, eres un natural,
Viviendo tu vida salvaje.
Tienes que ser tan frío
Si, eres un natural.)
Natural – Imagine Dragons
Con un chasquido, Gabrielle Delacour se apareció en medio del callejón desértico, oculta detrás de los contenedores repletos de basura que se aglutinaban allí. Frunció la nariz cuando el olor a putrefacción inundó sus fosas nasales, y extrajo un pañuelo de seda color marfil del bolsillo de su saco para colocárselo sobre la nariz y la boca.
Había avanzado solo unos pasos cuando, al chocar contra un bulto tumbado en el suelo, éste soltó un gemido. Tardó en reconocer el montón de prendas rotosas como un ser humano. Se encontraba hecho un ovillo contra uno de los contenedores, recostado sobre un trozo de cartón humedecido a causa de la reciente lluvia, el rostro prácticamente irreconocible debajo de la mugre y el abandono. Se quedó observándolo unos segundos, convencida de que se había topado con un cadáver, hasta que finalmente el pecho del hombre se movió, subiendo y bajando de forma excesivamente lenta, una pobre señal de vida.
—¿Una moneda para colaborar, señora? —graznó otra voz a su espalda.
El sonido la hizo estremecer. Había algo enfermo en esa voz, que gorgoteaba contra la garganta de su dueña. La mujer lucía igual de desgarbada que el hombre inconsciente, pero lo que más inquietó a Gabrielle fue la mirada perdida de sus ojos, como los de una muñeca sin vida. Era poco más que un costal de huesos, apenas capaz de sostenerse en pie.
Cayó en cuenta de que muchos de los bultos que había tomado por bolsas de basura eran en realidad personas, aglutinadas en aquel callejón sin salida, aferrándose a duras penas a lo que les quedaba de vida. Era una imagen descorazonadora, y una parte de Gabrielle sintió el espantoso impulso de mirar hacia otro lado y salir corriendo de allí.
En cambio, buscó entre sus bolsillos y dio con un panecillo que había comprado al salir de su confortable casa en París por si le apetecía comer algo en el viaje. Lo extendió hacia la mujer como una lastimosa ofrenda. La mujer se lo arrebató con un movimiento brusco, casi animal, y se retrajo veloz hacia un rincón oculto, devorándolo con premura antes de que alguno de los otros indigentes se percatara de su existencia.
—Llegaste —a pesar de que esta vez sí conoció a la voz, Gabrielle se sobresaltó a girar hacia ella.
—Pensé que este lugar estaría vacío —se quejó en cuanto reconoció la figura de Morgana recortada contra la entrada del callejón.
—Lo está. Ellos son invisibles —dijo, encogiéndose de hombros. Pero antes de alejarse, Gabrielle notó que lanzaba una última mirada misericordiosa hacia ellos.
—¿Lo encontraste? —preguntó Delacour, con ansiedad mal disimulada.
—No, te cité aquí porque tenía ganas de pasear por Berlín contigo —se burló con acidez Morgana. Gabrielle sonrió.
—Veo que estar retirada de las fuerzas no ha mejorado tu carácter —comentó Gabrielle con sorna. Una sonrisa torcida asomó en los labios de Morgana.
—Veo que estar en política no ha mejorado tu arrogancia —le devolvió con sagacidad.
Ambas cruzaron unas risas por lo bajo. Giraron en la siguiente esquina para introducirse en una calle más concurrida. Gabrielle se dejó guiar por su compañera. No estaba familiarizada con aquella zona de Berlín. Era oscura y lúgubre, y de no haber sido porque Morgana la había citado allí, jamás se le habría ocurrido recorrerla sola.
Winchester se introdujo en un edificio de aspecto sucio que bien podría haber estado abandonado de no ser porque había luces encendidas en algunas de sus ventanas. El ascensor estaba roto, y la ex aurora ni siquiera intentó tomarlo, sino que encaró directamente hacia las escaleras. Le hizo un gesto con la mano indicándole que guardara silencio, e hicieron todo el ascenso en absoluto mutismo. Gabrielle, sin embargo, podía oír las voces (y los frecuentes gritos) provenientes de los departamentos que pasaban de largo. Empezaba a sentir la falta de aire cuando Morgana finalmente se detuvo ante una de las puertas desgastadas del séptimo piso. Golpeteó sobre la madera de forma rítmica y premeditada, y aguardó.
Un hombre de aspecto huraño respondió al llamado. Su expresión se suavizó en cuanto sus ojos se encontraron con los de Morgana, y Gabrielle creyó ver el atisbo de una sonrisa detrás de la tupida barba. Para su sorpresa, Morgana también le devolvió la sonrisa. Tomó nota para preguntarle más tarde. En todos los años que llevaba trabajando con ella, era la primera vez que la veía sonreír de esa forma a un hombre.
En el interior aguardaba otro caballero, aunque el contraste con quien las había recibido era llamativo. Vestía una túnica impoluta y negra, y tenía el cabello pulcramente recortado y engominado. Desentonaba completamente en aquel departamento de mala muerte. Más bien, desentonaba en el barrio. Por la forma en que aguardaba de pie, con la espalda erguida y las manos entrelazadas en la espalda, Gabrielle dedujo que el hombre tenía algún entrenamiento militar. Por la manera en que vestía, era evidente que trabajaba para algún gobierno. "Por Merlín, ¿yo también me veo así?" pensó para sus adentros, e inevitablemente bajó la mirada para auto-inspeccionarse.
—Buenas noches, caballeros —saludó Gabrielle, haciendo una inclinación de cabeza en dirección a ambos hombres—. Mi nombre es Gabrielle Delacour. Vengo en representación del Ministerio de Magia de Francia —se presentó, abriendo su saco para mostrar la insignia que se encontraba abrochada en el interior del mismo.
—Anton Müller, oficial de F.A.M.A., representante del gobierno alemán —se presentó el segundo hombre. Era joven, incluso más joven que la propia Gabrielle, pero hablaba con una madurez que solo podía brindar la experiencia.
—Müller... ¿Eres algo del Coronel Sebastian Müller? —preguntó Gabrielle, reconociendo el apellido. Algo oscuro y triste revoloteó en los ojos de Anton.
—Soy su hijo —confesó Anton. Gabrielle le dedicó una de sus sonrisas tan encantadoramente entrenadas para entonces.
—Lamenté mucho escuchar de su muerte —se disculpó Delacour, creando con mucho sigilo un vínculo de empatía con él.
—Falleció con honor, protegiendo Nurmengard —dijo, y el pecho se le infló de orgullo.
—Dos amigos míos fallecieron también durante ese ataque —reveló Gabrielle en lo que parecía ser un gesto de espontáneo reconocimiento.— Parece que esta guerra nos ha sacado bastante ya—disparó finalmente a su objetivo. —Es hora de ponerle un final, ¿no crees?
—Los escucho —aceptó Anton, desenroscando sus manos y haciendo un gesto hacia Morgana y el otro hombre, invitándolos a hablar.
—Yo soy el Capitán Bastian Razin, Escuadrón número 4 de la Resistencia Rusa —se presentó el hombre de barba que la había recibido—. No voy a mentirles. Nos encontramos en un punto crítico. El ejército de Romanoff está avanzando a gran velocidad por Polonia, prácticamente sin resistencia —dijo sin rodeos el capitán Razin, manteniendo un semblante sereno a pesar de las terribles noticias que estaba entregando—. Si vamos a actuar, debemos hacerlo antes de que alcancen el Río Óder.
—¿Qué propone, capitán? —preguntó Anton Müller, y a pesar de que sus palabras invitaban a escuchar propuestas, su mirada lucía abrumada.
—Un contraataque. Interceptarlos en Poznan. Tomarlos por sorpresa —respondió de inmediato Razin. Estaba claro que había esperado esa pregunta y ya tenía planeada su respuesta. Pero Anton se llevó una mano a la frente, masajeándose la sien de manera pensativa.
—¿Exactamente de cuántos soldados estamos hablando para llevar adelante el operativo, capitán Razin? —suspiró el oficial de FAMA.
—El doble de los que enviaron la última vez —le dijo con sinceridad Bastian. La vacilación asomó en el semblante de Müller.
—A duras penas estamos conteniendo a los hombres de Romanoff en nuestras fronteras. Enviar semejante ejército a luchar en Polonia… —Müller le explicó, reticente a la propuesta.
Bastian cruzó una mirada de reojo con Morgana Winchester. La ex aurora le hizo un gesto con la cabeza, incentivándolo a hablar. Otra vez, esa confianza silenciosa. Ese apoyo tácito entre ellos.
—Entiendo su reticencia, señor Müller. Pero debemos forzar al enemigo a retroceder antes de que siga acaparando territorio y fuerzas, o de lo contrario, Alemania caerá igual que lo han hecho los otros países —insistió Bastian. Müller inspiró profundo antes de continuar.
—¿Y cómo pretende conseguir eso exactamente, capitán?
—Ha llegado a nuestras manos una nueva… herramienta que podría dispersar las Sombras —finalmente reveló el ruso. El oficial Müller no pudo esconder la sorpresa y el interés que esta información le generó.
—Esa es una afirmación ambiciosa, Razin —señaló Müller con cautela.
—Le aseguro que no soy de las personas que promete cosas que no puede cumplir, señor —le dijo Razin, con una inclinación respetuosa de su cabeza.
—Aún así, no será una tarea fácil —hizo una pausa, meditándolo—. ¿Cuáles son las pérdidas estimadas? —su voz se oía agobiada. Bastian tragó saliva.
—Altas, señor —respondió Bastian.
—¿Qué tan altas?
—Estimamos una pérdida de al menos la mitad de las tropas —reveló Morgana, adentrándose en la conversación. Gabrielle chasqueó la lengua. La aurora siempre había tenido una tendencia a decir las cosas con brutal honestidad. Había que saber de diplomacia para tener éxito en la vida, y la guerra no era la excepción.
—Cielo santo —masculló Anton Müller humedeciéndose los labios, sus ojos abriéndose enormes y aterrados.
—Esto es asumiendo que Francia también colabore con el operativo —agregó Winchester, lanzando una mirada significativa hacia Gabrielle. Delacour tomó la oportunidad para introducirse una vez más en la conversación.
—El ministro Le Blanc comprende el peligro que supone para nuestra nación que el ejército de Romanoff continué avanzando y está dispuesto a colaborar con la Resistencia Rusa para evitarlo, capitán Razin —informó de forma protocolar Gabrielle, mientras extraía una carta del interior de su abrigo y la extendía en dirección al soldado ruso. —Como verá, contamos con una unidad lista para ser enviada a donde usted lo ordene, así como un cargamento de armas y alimentos para sus soldados suficiente para sobrevivir hasta el verano —siguió hablando Delacour mientras Bastian leía la carta. La contempló por encima de la nota, con evidente desconfianza en los ojos.
—Esto es una oferta generosa de parte de vuestro gobierno, señora Delacour —aceptó Razin.
—Lo es —coincidió Delacour.
—Usted entiende que la mayoría de estos soldados no volverán a casa, ¿verdad? —quiso asegurarse Bastian.
—Es un riesgo que debemos tomar si deseamos conseguir la paz —confirmó Gabrielle, inmutable.
Le había costado largas horas de debate convencer a Jaques Le Blanc de enviar tropas a Polonia. Pero la llegada del Anima Solaris suponía un punto de inflexión en la guerra, una oportunidad que no podían desaprovechar. Era una decisión difícil de tomar, pero alguien debía de hacerlo. Sacrificar a algunos para salvar a todo un país. Ese era el peso de gobernar, el verdadero motivo por el cual el ministro anterior había cedido el cargo tan generosamente a Le Blanc. Eran éstas decisiones las que pesaban sobre los hombros de los gobernantes, las que los carcomían en sueños y los atormentaban por las noches. Las que revivirían una y otra vez después de tomarlas, preguntándose si había sido la decisión correcta. Si había otra opción. Una que no implicara la muerte de tantas personas.
—¿Realmente cree que puede derrotarlos, capitán Razin? —le preguntó Müller, una luz de esperanza asomando en su voz. Deseaba creer. El oficial de FAMA quería creer que aún había una posibilidad de ganar esa guerra. Quería creer que las muertes no serían en vano. Gabrielle lo entendía. La conciencia podía ser una mierda cuando uno se dedicaba a la política.
—Sí, señor —confirmó Bastian.
Müller asintió, sellando así el destino de cientos de soldados que esa noche dejarían las barracas de Berlín rumbo a Polonia, para no volver jamás.
El barrio de Bright Hill nunca había mirado con buenos ojos la casa abandonada ubicada entre la calle número 3 y la 8va. Ocupaba toda la esquina y desentonaba con el resto de las viviendas residenciales, todas ellas prolijas y cuidadas. Así que cuando se hizo pública la noticia de que un hombre llamado Dobby Evans había comprado la propiedad, la mayoría de los vecinos se sintieron aliviados, convencidos de que un nuevo habitante significaría mejoras para la desvencijada casa, y consecuentemente, para el barrio.
Pero los meses pasaron y nadie llegó a reclamar la propiedad. Sus puertas continuaron cerradas y sus ventanas bloqueadas. El césped siguió creciendo en el jardín del frente hasta convertirse en una intransitable maleza. Las aves, especialmente lechuzas, empezaron a anidar en los techos. Y a pesar de que nunca habían visto entrar a nadie en la casa, cada tanto creían escuchar voces provenientes del interior.
El rumor de que la casa de la esquina de Bright Hill estaba embrujada se espació por todo el barrio, especialmente entre los niños. En varias ocasiones, grupo de jóvenes que querían demostrar su valentía se introducían en la casa a la fuerza, buscando encontrarse con alguna actividad paranormal. Todos ellos salían decepcionados.
Una vez por año, un hombre de cabello negro indomable se presentaba en la casa. Siempre iba solo y se quedaba tan solo un par de horas. Quien quiera que fuese ese tal Dobby Evans, no parecía interesado en restaurar la vivienda ni prevenir los inquietantes rumores que la circundaban. Y a medida que transcurrieron los años, los vecinos dejaron de mostrar interés por la casona y por su errático visitante de cabello azabache y ojos de esmeraldas.
Aquella noche, no era el señor Dobby Evans quien visitaba la casa, sino un hombre considerablemente más alto, de cabello tan rubio que arrojaba destellos plateados, y una expresión desdeñosa en su rostro pálido. O al menos eso creyó ver una de las vecinas al asomarse por la ventana, porque cuando giró parra buscar sus anteojos para poder mirarlo mejor, el hombre ya había desaparecido.
A Draco Malfoy no le gustaba esa casa. Potter la había comprado poco después de que terminara la Segunda Guerra Mágica. Iba a ser un lugar destinado a ayudar a los elfos domésticos que eran liberados por sus familias y no tenían a dónde ir, pero luego Hemione consiguió que el Comité empezara a escuchar su propuesta para modificar las condiciones laborales de las criaturas mágicas, y el plan de montar un hogar juntos quedó estancado.
Cuando el mentor de Potter lo invitó a participar de la unidad encargada de perseguir y capturar mortífagos prófugos, la vieja vivienda adquirió un objetivo. Allí, Ambrose Gray instaló la base de inteligencia de la investigación. Y la misma persistió en aquel lugar incluso después de la muerte de Ambrose, hasta que el último mortífago prófugo, Rabastán Lestrange, falleció dando así fin a una persecución que se había prolongado por años.
Ahora, Harry había rescatado la casa de las cenizas para usarla como lugar seguro donde concretar las reuniones de Draco Malfoy con su sobrina infiltrada en las líneas enemigas. Y aunque el lugar le erizaba los cabellos de la nuca, Draco había sido incapaz de encontrar una razón lógica para descartarla.
Le recordaba a un pasado que no quería recordar. Cada vez que cruzaba el umbral de la puerta, sentía la piel de su antebrazo escocer, allí donde Voldemort lo había marcado como uno de los suyos. Pronto se cumpliría un cuarto de siglo desde la muerte de Tom Riddle, y el recuerdo de su marca todavía quemaba sobre él como si hubiese sido ayer. ¿Cuántas veces el apellido Malfoy habría salido a colación durante las conversaciones entre los miembros escuadrón de Aurores encargados de atrapar a los mortífagos prófugos? ¿Cuántos de ellos habrían pensado que Draco Malfoy se había salido con la suya, escapando al castigo correspondiente? Podía sentir la casa respirándole en la espalda, susurrándole los crímenes que había cometido, recordándole la deuda de vida que todavía pendía sobre su cabeza.
Definitivamente no le gustaba ese lugar.
—¿Por qué tardaste tanto? —le espetó la voz de Molly Weasley, en cuanto entró al salón principal de la planta alta. La muchacha era un nudo de nervios, paseándose de forma inquieta entre las cuatro paredes. Draco chasqueó la lengua despreciando su preocupación.
—Debía asegurarme de que nadie me siguiera —le respondió Malfoy, asomándose brevemente por la ventana para espiar hacia la calle. —¿Qué hay de ti?
—He venido en transporte muggle. Tomé varios desvíos para asegurarme que nadie me siguiera —informó Molly de manera expeditiva. Draco asintió.
—Bien, bien —masculló, mientras corría la cortina para ocluir de nuevo la ventana. Giró hacia ella, sus ojos grises inspeccionándola con cuidado—. ¿Cómo estás? —la preocupación por la joven muchacha se filtró en su voz.
—Tenías razón. La invitación a la fiesta era una excusa para interrogarme —confirmó Weasley.
—Por supuesto que lo era —Draco contuvo la tentación de revolear los ojos—. Sigues viva, así que asumo que quedaron conformes con tus respuestas —agregó, intentando recuperar su actitud de fría indiferencia hacia ella. Molly se mordió el labio inferior.
—Por el momento —reconoció la chica. Seguía moviéndose de un lado al otro mientras hablaba, señal de que se encontraba intranquila—. Pero Zafira Avery no se fía de mí.
—Sería una gran decepción que lo hiciera —coincidió Draco, sin darle demasiada importancia—. Tómatelo como un halago, niña. Has logrado intimidar a la joven más popular del momento.
—¿Gracias? — Molly arqueó las cejas en una expresión ofendida.
—¿Cuál es tu situación actual? —le preguntó Draco, yendo al grano.
—Me he estado hospedando en la casa de campo de la familia Ponce y asistiendo a las reuniones de la Marea Roja. Pero no me han invitado a participar de ninguna otra actividad hasta el momento —informó Molly, su rostro curvándose en un gesto de impaciente frustración.
—No necesitan involucrarte en nada más por ahora. Tu simple presencia en la casa de los Ponce es suficiente para sostener los rumores de que has traicionado a tu familia y a los aurores —explicó Draco, gesticulando con las manos de forma grácil para acompañar sus palabras. La chica empalideció frente a él—. Están poniéndote a prueba, Molly —le recordó. La joven muchacha tragó saliva.
—¿Cuáles son las repercusiones de mi… traición? —se atrevió a preguntarle.
—Tal como esperábamos que fueran —certificó Malfoy—. Has hecho un buen trabajo engañando a todos tus seres queridos —comprendió que se había excedido en cuanto terminó de decirlo. Molly cerró los ojos en una mueca de dolor, como si Draco la hubiese golpeado en el estómago. —Sabías que esto tenía que suceder para que el plan funcionara, ¿recuerdas? —se encontró consolándola.
—Sí, lo sé —aseguró de inmediato Molly, pero la duda se podía leer en sus ojos.
—¿Qué has logrado averiguar? —intentó hacerla sentir mejor Draco. La única forma en que Molly lograría sobrellevar aquel trabajo era si sentía que éste rendía frutos.
—Tengo la lista de nombres de los que estaban presentes en el cumpleaños de Ponce —recuperó la compostura Weasley, extrayendo un trozo de pergamino enrollado y entregándoselo.
—Has subrayado algunos nombres —notó Draco al desplegar la lista.
—Son los que puedo confirmar que forman parte de la Rebelión —explicó ella.
—¿Estás segura de todos ellos? —insistió Malfoy. El rostro de Molly se endureció y su mirada se turbó.
—Sí —respondió sin que le temblara la voz—. Ellos fueron quienes me torturaron.
El silencio se prolongó más de lo normal entre ellos mientras las palabras de Molly flotaban hacia Draco, congelándole la sangre. Sintió que retrocedía en el tiempo y volvía a la Mansión Malfoy, con Lord Voldemort de pie frente a él, su varita rozándole la piel del antebrazo mientras la tinta negra de derramaba por debajo de la misma, como un ácido corrosivo. Había gritado y habría intentado separarse, pero su tía Bellatrix lo había sujetado firmemente, asegurándole que era un honor por el cual debería de estar agradecido. Su madre había observado todo desde una esquina de la sala, con lágrimas encharcándole los ojos claros, tan indefensa y expuesta como el propio Draco.
Su mano derecha se aferró a la tela que le cubría el antebrazo en un movimiento instintivo que no fue capaz de controlar.
—Será mejor que vuelvas o empezarán a sospechar —logró hablar por fin Draco. Su voz había perdido su aire presuntuoso, y en cambio se escuchaba áspera y grave. Odiaba cómo esa casa lo hacía sentir, cómo lo obligaba a retroceder en el tiempo y a revivir un pasado que intentaba olvidar.
—Te avisaré cuando tenga más información —prometió Weasley, enseñándole la moneda que usaban para comunicarse antes de volver a esconderla entre los pliegues de su túnica.
—Van a pedir más de ti —le advirtió Draco, antes de que abandonara la sala—. No se limitarán a usarte como propaganda política. Tarde o temprano, pedirán más —hizo una pausa, tomando coraje para decirle lo que debía decir—. Recuerda: haz lo que tengas que hacer para sobrevivir ahí adentro, Molly.
Katya había despertado de buen humor. Había tenido una noche de inusual paz, sin pesadillas o recuerdos distorsionados que invadieran su mente. Había dormido cómo no lo había hecho en décadas. Y al abrir los ojos, se había encontrado con el rostro sereno y todavía dormido de Richard Fox a su lado. Descansaba sobre su costado, con un brazo flexionado debajo de la cabeza, los rulos oscuros cayéndole sobre la frente, su piel morena refulgiendo bajo las primeras luces de la madrugada. Respiraba de manera acompasada, su pecho subiendo y bajando con lentitud, la exhalación escapando de sus labios entreabiertos.
Sintió el impulso de inclinarse hacia delante y besarlo. Pero en cambio, se levantó con el sigilo que la caracterizaba, y se escapó de la habitación antes de que Rick abriera los ojos.
Sin saber a dónde ir, Katya se encontró caminando hacia el lugar que más visitaba últimamente: la oficina de Dominique. Se sorprendió al llegar y encontrarse que la chica ya se encontraba en el interior, paseándose alrededor de la mesa con una brújula en la mano y varios mapas flotando a su alrededor. Llevaba puesta la misma ropa que el día anterior, y las sombras debajo de sus ojos claros delataban la falta de sueño.
—¿Te has pasado toda la noche trabajando? —le preguntó Katya, frunciendo el entrecejo.
—¿Mmm? —respondió con aire ausente Dominique. Sujetaba un lápiz entre los dientes mientras garabateaba con otro sobre un mapa. Tardó varios segundos en caer en cuenta de que Kat le había hecho una pregunta—. Ah, sí. He estado un poco ocupada —dijo al pasar, chasqueando los dedos y haciendo volar un extraño instrumento, como un péndulo, hasta sus manos.
—¿Qué es esto? —sintió curiosidad Danilova, intentando apreciar más de cerca su trabajo.
—Una pequeña tarea que me ha pedido mi tía Gabrielle —respondió Dominique, cierta exasperación asomando en su voz. No le gustaba que la interrumpieran cuando los engranajes de su cerebro estaban girando.
—Ya veo —comentó Kat, alzando las cejas.
Pero Dominique ya no la estaba escuchando. Volvía a estar sumergida en sus cálculos, revolviendo entre recortes de periódicos escritos en un idioma que Katya no sabía leer y marcando ciudades en el mapa de Francia.
La híbrida resopló, aburrida. Su atención comenzó a vagar por el resto de la sala. El enorme espejo continuaba oculto debajo de una pesada tela en una esquina, y las paredes seguían empapeladas de anotaciones y fotos de miembros de la Rebelión…
—Esta foto no estaba aquí antes —masculló Kat, sus dedos aproximándose de manera temerosa para rozar los contornos del rostro que le devolvía la mirada en la foto.
—¿Qué? —le espetó Dom, esta vez sin esconder su fastidio. Despegó la atención a regañadientes de su trabajo para mirar hacia donde estaba Kat—. No, es parte de una nueva información que trajo Draco. Dice tener buenos motivos para vincularlo con la Rebelión. Su nombre es…
—Lancelot —interrumpió Kat, el nombre escapando de sus labios sin que pudiese controlarlo. Un eco lejano que creía haber escuchado en otra vida. Una llena de dolor y sangre.
—Sí. Lancelot Wence —repitió Dominique, dejando el lápiz en la mesa para prestarle toda su atención—. ¿Lo conoces? —inquirió, su rostro adquiriendo esa expresión anhelante que adoptaba cuando se topaba con algo inesperado y emocionante.
Kat asintió con la cabeza, tragando con dificultad. Los recuerdos se agolparon en su cabeza, un torbellino de palabras e imágenes que le costaba descifrar.
"—Si vamos a hacer esto, no puedo seguir llamándote brujo —le pidió ella, usando el mismo tono casual que él. El joven brujo sonrió.
—Puedes llamarme Lancelot —le concedió."
Habían sido sus últimas palabras antes de que Katya le mordiera el cuello y le drenara la sangre de las venas.
—¿Entonces está vivo? —preguntó Kat en un hilo de voz. Dominique avanzó un par de pasos cautelosos en su dirección.
—Eso parece —le confirmó Weasley. Un suspiro, mezcla de alivio y dolor, escapó de los labios de Danilova. —Malfoy cree que está trabajando para ellos… Torturando gente —tanteó con delicadeza la pelirroja. Una sonrisa impregnada de amargura asomó en los labios violáceos de Kat.
—Malfoy tiene razón —confirmó con voz estrangulada. Unos segundos de silencio siguieron a su afirmación.
—¿Él estaba allí cuando… ? —Dominique no encontró el coraje para terminar la frase. Le costaba incluso sostenerle la mirada a Kat.
—Él era mi carcelero —leyó entre líneas la híbrida.
—Nunca lo nombraste antes —le dijo Weasley, la sorpresa asomando en su voz.
—Fue su sangre la que bebí para escapar. Pensé que… Creí… —esta vez fue ella quien no pudo completar la frase de un solo tirón—. Creí que lo había matado.
—Pues no lo hiciste. Está bien vivo, y por lo visto, no ha aprendido su lección —lo acusó Dom, frunciendo el ceño.
Katya estuvo a punto de defenderlo. De revelarle a Dominique toda la historia. De hablarle sobre cómo Lancelot la había cuidado. Cómo le había sanado las heridas después de las torturas. Cómo había sido su única compañía, las conversaciones con él siendo el único cable a tierra que la mantuvo lúcida en aquel lugar. Cómo había sido idea de Lancelot que Katya bebiera su sangre para escapar.
Pero no lo hizo. Tal vez porque se avergonzaba de sentir esa conexión con él. Tal vez porque Lancelot no merecía su misericordia, no después de las atrocidades que ella lo había visto hacer a otros prisioneros. Tal vez porque un solo acto de piedad no lo convertía en un mártir. Tal vez porque, como Dominique bien había señalado, Lancelot no parecía haber cambiado.
O talvez porque sabía que revelar ese trozo de verdad podía significar la muerte de Lancelot si llegaba a oídos de la Rebelión.
El rostro de Dominique se había iluminado con aquel nuevo trozo de información que Katya le había brindado. Volvía a revolver entre sus montones de mapas, envalentonada.
—Ayúdame, ¿quieres? —le pidió con un chasquido, mientras le arrojaba un montón de planos enroscados.
—¿Qué estamos buscando exactamente? —a veces, Dominique necesitaba que le recordaran que no todas las mentes funcionaban como la suya. De hecho, Katya empezaba a pensar que ninguna lo hacía. El rostro de Dom se giró hacia ella, una mueca pícara curvándole los labios.
—¿Recuerdas que estábamos intentando rastrear el lugar donde te tuvieron prisionera? —era una pregunta retórica, y Dominique no esperó la respuesta—. Bueno, creo que acabas de darme la pieza que me faltaba para localizarlo —una exclamación de emoción brotó de su boca cuando finalmente dio con lo que estaba buscando.
Era el mismo mapa que Katya había visto la primera vez que había visitado a Dominique. Un mapa de Inglaterra donde la Rastreadora había marcado los lugares potenciales que podían servir de base de operaciones a la Rebelión.
—La familia Wence amasó su dinero inicialmente en Francia. Fue el bisabuelo de Lancelot quien expandió el imperio comercial hacia Inglaterra, invirtiendo en el siempre prolífero mercado negro de sustancias y animales mágicos. En sólo tres generaciones, los Wence triplicaron su fortuna. Y después de la Segunda Guerra Mágica, se convirtieron en la principal competencia de los Malfoy en el país… Ya sabes, que enviaran al viejo Lucius a Azkaban no resultó ser buena publicidad para el negocio —le informó Dominique, sus palabras impregnadas con su juguetona ironía, mientras sacudía su varita sobre el mapa, resaltando algunos de los puntos que ya había marcado previamente.
—¿Cómo es que sabes estas cosas? —inquirió Katya, sin saber si debía admirarla o temerle. La expresión irreverente se acentuó en el rostro joven de Dominique.
—Es mi trabajo —respondió, guiñándole un ojo traviesa antes de retomar su trabajo en el mapa—. Éstas son las propiedades con las que cuentan los Wence en Inglaterra… Y éstas son las que se encuentran cerca de terminales de tren —con otra floritura de su varita, la mayor parte de los puntos habían desaparecido. Tan sólo tres puntos permanecieron encendidos en el mapa. —¿Cuánto tiempo te tomó llegar a Hogsmeade cuando escapaste? —le preguntó mientras observaba los puntos pensativamente.
—Dos días… Tres cuanto mucho. Pierdes un poco la noción del tiempo cuando tu lado animal está en control —explicó Kat.
—Eso descarta la propiedad del sur —razonó Weasley, y una de las luces se apagó—. No me importa lo híbrida que seas, a menos que seas mitad dragón, no hay forma de que puedas cruzar la isla en tres días —torció la cabeza hacia un costado, entornando los ojos—. ¿Por qué eligieron ese lugar, entre todos los lugares? ¿Qué es lo que lo hace especial? —formuló las preguntas para sí misma, pensando en voz alta, mientras sus dedos golpeteaban nerviosamente sobre la mesa.
—El tren donde me escondí estaba repleto de cargamento. Es evidente que están haciendo uso de esas vías para transporte —respondió Kat, como si fuese obvio.
—Aún así, es un riesgo elegir un lugar tan cercano a las vías del tren. ¿Qué puede ser tan importante para necesitar estar tan cerca de una estación…? —la voz de Dominique fue apagándose al mismo tiempo que sus ojos celestes se agrandaban—. Qué idiota soy —exclamó, una risita escapándosele entre dientes.
Movió su varita. Solo una de las luces permaneció encendida. Con otro giro de su muñeca, la luz comenzó a extenderse, demarcando el recorrido ferroviario que conectaba aquel punto en el norte del mapa con nada menos que el puerto de la ciudad de Edimburgo.
—Los Wence no solo cuentan con castillos en nuestro país… Como buenos comerciantes que son, también controlan el puerto de Edimburgo —explicó Dominique, dejándose caer sobre una silla, abrumada.
—¿Crees que están usando sus redes comerciales para traficar cosas para la Rebelión? —intentó seguirle la línea de pensamiento Kat. Una sombra había opacado la chispa que normalmente brillaba en los ojos risueños de Dominique.
—No, no creo que estén traficando cosas —negó Dom, meneando la cabeza—. Creo que están traficando personas.
Lancelot selló la puerta detrás de él, amortiguando así los lastimosos gemidos que todavía se oían en el interior. No era el único prisionero que rogaba su clemencia. Algunos incluso suplicaban la muerte. Y no sería el último.
Subió las escaleras ignorándolos. Era más fácil cumplir su trabajo si no los escuchaba. Si fingía que no podía hacer nada para ayudarlos. Mantuvo la mirada hacia el frente, evitando intencionalmente contemplar sus manos manchadas todavía con la sangre del último prisionero.
Abrió el grifo del lavabo y dejó que el agua corriera de manera precipitada sobre sus brazos, arrastrando las manchas escarlatas de su piel, escurriéndose entre sus dedos. Había aprendido que la sangre era difícil de remover cuando se secaba. Se acumulaba debajo de las uñas, y en los pliegues entre los dedos. Había que restregar con esmero, e incluso después, Lancelot sentía que la suciedad persistía sobre él, como una capa invisible de la cual no podía desprenderse. Así que había incorporado la meticulosa rutina de lavarse las manos después de cada sesión de tortura. Se tomaba su tiempo, allí de pie frente al lavabo, con los ojos clavados en el espejo que colgaba sobre el éste, contemplado el reflejo de un hombre que ahora se le antojaba un extraño.
Ese día, sin embargo, al mirar su propio reflejo en el espejo reconoció también a otra figura a su espalda. Exhaló con pesadez, armándose de paciencia para una conversación que no deseaba tener en ese momento.
—¿Qué haces aquí, Zafira? —le preguntó a su visitante, observándola a través del reflejo del espejo.
Zafira Avery estaba recostada contra el borde de la mesada ubicada en la pared opuesta a donde estaba él, examinando con curiosidad algunos de los objetos que descansaban sobre la misma. Pero Lancelot la conocía demasiado bien como para tragarse su falso desinterés. Como todos en aquel sombrío lugar, Zafira Avery sabía esconder sus verdaderas motivaciones. Pero no había nada de espontáneo o inocente en su visita, de eso estaba seguro.
—Heros me ha pedido que te notifique que un nuevo cargamento estará llegando hoy por la noche —le respondió la bella mujer, mientras le dedicaba una mirada de reojo, sus largas pestañas acariciando sus marcados pómulos con cada sutil y calculado pestañeo.
—Podrías haber enviado una lechuza —gruñó Lancelot. Zafira ignoró la indirecta.
—Existen hechizos que pueden limpiarte eso en segundos, ¿lo sabes, no? —le dijo Avery, haciendo un gesto significativo hacia sus manos ensangrentadas.
—Me gusta más esta forma —fue la tajante respuesta de Wence. Por supuesto que lo sabía. Había intentado con cada uno de ellos. Pero la magia no era capaz de eliminar el hedor metálico que persistía en sus manos, incluso cuando las manchas de sangre se habían desvanecido. Zafira se encogió de hombros, restándole importancia.
—¿Qué es exactamente lo que pretenden con ellos? —inquirió Avery, haciendo girar entre sus manos una de las navajas que Lancelot había colocado sobre la mañana tras limpiarla.
—No lo sé, y no me interesa averiguarlo —le dijo Lancelot con brutal honestidad. Zafira arqueó una ceja, intrigada.
—¿No sientes curiosidad? —insistió en el tema. Lancelot cerró el grifo y se aferró con ambas manos al borde del fregadero.
—Es Ford quien realiza los interrogatorios —le recordó—. Yo sólo me encargo de ablandarlos antes —agregó.
Zafira chasqueó la lengua desaprobatoriamente. Volvió a dejar la navaja sobre la mesada y, despegando su cuerpo de la misma, caminó hacia él. Lancelot sintió el suave tacto de la manos de Avery sobre sus hombros, acariciándolo con lentitud pero sin vergüenza.
—Debe ser muy frustrante para ti… —susurró ella a su espalda, tan cerca de él que prácticamente podía sentir los contornos de su cuerpo rozándolo. La voz de Zafira le acarició su oreja, arrancándole un estremecimiento casi imperceptible, y la chica tomó la reacción como una invitación para acercarse un poco más.
Sus manos siguieron el recorrido de sus hombros hasta sus antebrazos, descendiendo, acercándose a sus manos, las cuales continuaban aferradas al lavabo. Lancelot reaccionó, soltándose de la fría superficie y alejándose de Zafira con la excusa de tomar uno de los trapos que yacían a pocos metros para secarse las gotas de agua que chorreaban de sus dedos.
—Yo podría ayudarte, Lance.
Zafira no se dio por vencida. Volvió a arremeter contra él, acortando una vez más la distancia entre ellos, aproximándose peligrosamente a él. Era difícil de resistirse. Zafira era y siempre había sido demasiado hermosa. Y siempre había usado esa belleza como un arma.
Tenía razón, también. Lancelot estaba frustrado, atrapado en aquella mazmorra, sintiéndose un prisionero más de aquel nefasto lugar. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había estado tan cerca de una mujer. Podía sentir que calor que emanaba el cuerpo de Zafira. Sus dedos ansiaban con tocarla, con acariciarla, con colarse por debajo de su túnica. Los labios de Avery se curvaron en una sonrisa provocadora, leyéndole los pensamientos.
—Puedo interceder en tu nombre con Cavenger… Convencerlo de que puedes sernos de más utilidad allá afuera, reclutando nuevos seguidores… A mi lado —las palabras de Zafira eran dulces como la miel. Sus dedos hábiles habían vuelto a encontrar su camino hacia él, y ahora se escurrían por su pecho, descendiendo lentamente por su abdomen, entrecortándole la respiración.
Le habría resultado muy fácil recaer en ella. Era como colocarse un par de guantes que calzaban a la perfección en sus manos. Sus manos manchadas con sangre. Ella lo sabía y apostaba a eso. A la debilidad de la carne. A la extenuante soledad. Al dolor sordo que le generaba el día a día en ese lugar.
Volver a su lado... Era una maldición disfrazada de ayuda. Otro tipo de prisión. Una de la que había escapado y se había prometido nunca volver.
Con un movimiento ágil, los dedos de Lancelot se cerraron como garras alrededor de la muñeca derecha de Avery, alejándola de él y levantándola hasta quedar a la altura de sus caras. Un anillo de diamantes resplandecía en su dedo anular.
—¿Por qué no le pides a tu prometido que te acompañe? —preguntó Wence en un tono bajo y grave.
—¿Celoso? —lo provocó Zafira, pero a pesar de que su lengua se mantenía desafiante, Lancelot captó el destello de miedo en sus ojos. La chica tiró del brazo intentando liberarse de su agarre, pero él era mucho más fuerte que ella. No la liberó de inmediato.
—Si tanto quieres saber sobre los prisioneros, ¿por qué no intentas mejor con Heros? O tal vez ya lo intentaste y no te resultó —le advirtió Lancelot, leyendo sus verdaderas intenciones. La soltó finalmente, no sin antes darle un empujón hacia atrás, abriendo una brecha entre ambos.
La humillación fue más fuerte que el miedo. La mano de Zafira surcó el aire como una flecha, impactando contra la mejilla de Lancelot con un chasquido que retumbó en la recamara. Lancelot tomó aire, ignorando el ardor en su rostro allí donde ella lo había golpeado. Zafira se quedó estática, esperando su respuesta. Pero lejos de darle importancia, Wence se encaminó de nuevo hacia las escaleras que llevaban a los calabozos, haciendo lo peor que podía hacerle en ese momento: ignorarla.
—Eres patético —dijo Avery, rechinando los dientes con furia.
—Lo dice la persona que pretendía intercambiar sexo por información —masculló él, sin poder contenerse.
Era una pobre decisión de su parte. Años de relación con Zafira le habían enseñado que siempre era mejor alejarse e ignorarla cuando estaba enfurecida. Pero eso había sido cuando todavía le importaba mantener las formas. Cuando su vínculo con ella aún significaba algo.
—Al menos yo tengo algo para ofrecer —escupió ella, sus ojos azules resplandeciendo con un fuego peligroso—. Es a mí a quien tienen liderando a nuestra gente, mientras tú te pasas los días solo, torturando prisioneros.
—¿Eso crees que haces? ¿Liderarlos? —disparó Lancelot con cruel sarcasmo.—. Si realmente crees eso, eres más estúpida de lo que imaginaba —dijo meneando la cabeza.
—Es mi nombre el que gritan en las calles y en los actos. Es a mí a quien escuchan y siguen ciegamente —señaló ella, su hermoso rostro torciéndose en una mueca maliciosa—. Tú puedes llamarme lo que quieras, pero soy yo la que está haciendo historia allí afuera, Lancelot. No tú, ni Heros, ni siquiera el propio Ford. ¡Yo!
—¿Y piensas que tus manos están más limpias que las mías por eso, Zafira? —reaccionó finalmente Wence, girando a enfrentarla nuevamente. No había elevado su voz, pero Zafira se encogió, retrocediendo de forma inconsciente. Lancelot soltó una risa sin humor, áspera y agria. —Al menos yo miro a los ojos a las personas que voy a matar —le jactó con amargura.
—Tú podrías haber estado brillando a mi lado, Lancelot. Juntos habríamos sido la pareja perfecta... Pero tuviste que echarlo todo a perder —le recriminó ella con venenosos resentimiento—. Todo por una sucia híbrida —escupió la palabra con asco, buscando molestarlo. Golpearlo allí donde sabía que más dolía.
Lancelot estaba encima de ella antes que de pudiera terminar de hablar. Zafira no tuvo tiempo de reaccionar. La empujó contra una de las paredes, cerrando sus dedos sobre su garganta, comprimiéndole la tráquea al mismo tiempo que la aprisionaba contra la fría piedra.
—No te atrevas a llamarla así, ¿me oíste? —le susurró con voz áspera, entre dientes apretados, sus nudillos tornándose blancos de la fuerza con la que la sujetaba.
—Hijo… de puta… suéltame —le ordenó ella, las palabras entrecortadas por la falta de aire. Pero lejos de soltarla, Lancelot reclinó su cuerpo contra el de ella, comprimiéndola más contra la pared, limitándole aún más la capacidad de moverse y respirar.
—¿Me oíste? —volvió a preguntarle, esta vez en un tono más fuerte, estrangulándola más y más con cada palabra que decía. La desesperación empezó a hacerse evidente en el rostro de la joven, mientras que intentaba por todos los medios liberarse, sin éxito. —¡Respóndeme! —exigió Lancelot, sus dedos cerrándose de manera imposible contra la delicada piel de su cuello.
—S-sí… —jadeó Zafira, su voz casi inaudible a causa de opresión contra su garganta. Apenas podía respirar.
—No lo olvides —le susurró al oído.
Zafira se sacudió bajo su agarre, sus manos arañándolo, intentando soltarse, sus ojos enormes inyectados de sangre y pavor. Lancelot la volvió a golpear contra la pared antes de soltarla. Avery cayó al suelo, jadeando por aire, ambas manos abrazando su garganta. Su rostro estaba enrojecido, sus ojos húmedos con lágrimas de dolor y la piel de su cuello comenzaba a colorearse con horribles moretones. La dejó allí, sollozando como una niña asustada, demasiado aturdida como para moverse, y volvió hacia las mazmorras para continuar con su trabajo.
Quedaban pocas cosas que le importaran a Lancelot Wence.
Estoy aprovechando un inusual momento de inspiración y tiempo para escribir todo lo que puedo. Estaré complicada en las próximas semanas, por lo que no estoy segura de poder mantener este ritmo... Pero mientras tanto, voy a sacarle todo el fruto que pueda, jaja.
Un capítulo no muy largo, pero que creo que encontrarán muy rico en información.
*Gabrielle: hacía mucho tiempo que no teníamos novedades de Francia, y el capítulo pasado nos habíamos quedado a la espera de descubrir qué planeaba hacer Bastian con la información que le llevó Morgana... Ahora lo sabemos. Irán a la guerra e intentarán sacarle todo el provecho que puedan al Anima Solaris... Incluso si eso significa la muerte de incontables soldados. Aquí abro el primer debate del capítulo: la irónica moralidad de la guerra... De la muerte de algunos para la salvación de la mayoría... De la guerra como instrumento de paz. Escucho sus opiniones.
*Draco/Molly: me gusta escribir sobre ellos, principalmente porque son dos personajes que a primera vista uno pensaría que no se llevarían bien. Molly es una moralista forzada a cruzar los límites de sus propia ética... Y Draco es una persona con pocos escrúpulos a quien la vida le enseñó a trazar límites. Y empezamos a ver las consecuencias que este plan tiene (y tendrá) sobre Molly.
*Katya/Dom: muchos me habían preguntado sobre si la prisión donde tuvieron a Katya era Aquilanest... La respuesta está en este capitulo, pero por si quedaron dudas o algo no se entendió: No, no son el mismo lugar. Aquilanest es un lugar muy... privado. Demasiado riesgoso llevar prisioneros hasta allí con la frecuencia con que lo hacen. Porque en este capítulo aprendemos algo más importante sobre la Rebelión: Katya no fue su única prisionera... Están usando la red comercial (legal e ilegal) de los Wence para traficar personas hacia Inglaterra sin ser detectados. Así es como entraron a Kat.
*Lancelot: íntimamente relacionado con lo que sucede en la escena anterior, aquí vemos que Lancelot sigue torturando gente, aunque no sabemos para qué. Pero parece ser importante porque Zafira quiere averiguarlo... Y Lancelot prefiere no saberlo. Solo aclarar que vemos un par de cosas del personaje en esta escena: por un lado, es evidente que Lancelot no la está pasando bien, y de hecho, se ve a sí mismo como otro prisionero en ese lugar. Por otro lado, vemos tenemos un primer plano de su versión más violenta, desde que inicia el capítulo en las mazmorras hasta que termina golpeando a Zafira. Él parece tener cierto sentido de lo correcto y lo incorrecto, y por momentos hasta parece sentir remordimiento, pero posee con una naturaleza brutal de la cual no puede escapar. Está resignado a su realidad, y él mismo reconoce que ya pocas cosas le importan, así que se limita a sobrevivir de la única forma que sabe hacerlo: mediante la violencia.
Espero que les haya gustado, y aguardo sus comentarios y opiniones. Gracias como siempre por la compañía.
Saludos,
G.
