Así no debió ser.
-¿Mako? ¿Cariño? ¿Estás ahí?
No hubo respuesta. Darien miró a Andrew y éste se encogió de hombros, luego volvió su atención al móvil y continuó la llamada.
-Minako, Mako no responde, ¿Qué hacemos?
-¡Tumben la puerta! ¡Llamen a los bomberos! ¡No se queden ahí! -gritó la rubia a través de la bocina, el peli negro la escuchó demasiado claro.
-¡Por supuesto que no! Bajen y busquen al señor Fitzmaurice, él tiene llave—dijo Rei, quien también se encontraba al teléfono, en el otro aparato que el rubio sostenía.
Andrew giró sobre sus pies y se precipitó al elevador. Darien permaneció en la puerta, llamando a su amiga de todas las formas posibles, sin obtener resultados.
Bajó el móvil pero olvidó colgarlo. Rei, que seguía trabajando fuera de la ciudad, guardó silencio en espera de más noticias. Darien se recargó contra la puerta, con la frente pegada a ella y las palmas en una posición que parecía estarla reteniendo.
-Mako, por favor abre la puerta. Dime que estás bien –suplicó-. Si esto es por el beso, yo lo siento, no debí. Te prometo que a partir de ahora seré un buen amigo y …
Darien ahogó la frase, era evidente que ella no lo escuchaba.
Minako había llamado a Andrew ya que Makoto no había respondido el teléfono en todo el día y tampoco se había presentado a trabajar. Estaba preocupada por ella, la castaña no solía hacer esa clase de desapariciones sin avisar. Y todo empeoró cuando ella no abrió la puerta del departamento.
El ojiazul se sentía terrible.
-¿Sabes? No puedes culparme. Yo he estado enamorado de ti desde que eras una niña, aunque suene enfermo. Te recuerdo tan linda y graciosa, con ese hermoso vestido verde que adorabas y ese lazo que te ponías en la cabeza. Yo te quise, te quise desde el día que enviaste las galletas a mi habitación. Y no por las galletas, sino por que fuiste la primera persona en ese frío colegio que me sonrió, lo recuerdo bien.
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Neflyte había intentado por todos los medios comunicarse con Makoto, pero ésta no respondía. Estaba nervioso porque no solía pasar tanto tiempo sin saber de ella, a menos que él tuviera un viaje largo de muchas horas en el aire, pero siempre le avisaba.
Por desgracia, ese tonto juego de no ser "exclusivos" en el que estaban, tenía como regla no tener el contacto de sus amigos y familiares, por si algún día se alejaban, los lazos se acabaran ahí mismo. Por eso su frustración creció al saber que no habría manera de saber de ella por terceras personas. ¿En qué diablos estaba pensando?
Salió de su habitación muy dispuesto a buscar un auto y conducir si fuese necesario, hasta París. Primero debería avisar a la empresa que se movería de la ciudad, pero eso no era impedimento para regresar y comprobar lo que sucedía. ¿Qué si le hubiera pasado algo? Ya ni siquiera pensaba en la posibilidad que ella no le respondiera por estar con alguien más, como Darien por ejemplo, porque sabía que la prioridad era su bienestar… aunque si estaba con ese infeliz, ¡No, no debería pensar en ello!
De pronto, al pasar por el restaurante del hotel una chispa prendió en su cabeza. Se detuvo a medio andar y buscó en su móvil hasta dar con el número del restaurante. Makoto seguro se enojaría si le marcaba ahí, pero al menos podría escuchar su voz.
-No, lo siento. No vino a trabajar hoy—respondió la recepcionista, con un tono algo triste-. De hecho, no es la primera persona que pregunta por ella, ¿Sabe si algo le pasó?
Aquello puso mucho más nervioso al piloto. La dulce chica que lo tenía cautivado estaba desaparecida y él no estaba ni en el mismo país. Apenas colgó la llamada volvió a su habitación por su maleta mientras solicitaba un taxi, iría al aeropuerto y directo a París, no le importaba que lo amonestaran en el trabajo.
-¿A dónde vas con tanta prisa? –preguntó Esmeralda, quien estaba muy consiente que Neflyte no la estaba pasando bien.
-Tengo una emergencia familiar, debo volar a París ahora mismo.
-¿París? Creí que tu familia estaba en Milán. Qué raro…
-Makoto es mi familia también, es mi novia y no aparece por ningún lado. Iré con o sin tu permiso –respondió molesto, rodeando a la mujer que le estorbaba su camino al elevador.
-¿Novia? ¿Tanto así te ha lavado el cerebro una cara bonita? ¡Vaya tonterías Nef! ¿Ya se te olvidó lo bien que la pasamos juntos? Antes éramos dos almas libres que sabían divertirse, no andabas corriendo detrás de nadie, todas andaban detrás de ti, y ahora vienes aquí hablando de una novia y de casarte y mudarte.
-¿Casarme? ¿Cómo sabes eso?
Esmeralda se asustó un poco al darse cuenta que sola se había descubierto, pero el cinismo era una parte muy importante de ella, así que pronto se recuperó.
-Anoche entré en tu habitación por error, vi que buscabas anillos. Quizás creas que es una intrusión de mi parte, pero sé que más tarde me lo vas a agradecer.
Neflyte estaba realmente molesto, tomó a Esmeralda de la muñeca y tiró de ella rumbo al ascensor, presionando el botón de su piso con fuerza. Apenas se cerraron las puertas la encasilló contra una de las paredes. En cualquier otro momento, la ardiente mujer hubiera sentido la sangre hervir de deseo, pero la mirada fiera que la atravesaba solo le hizo tragar saliva, nerviosa por primera vez en mucho tiempo. Sí, en otro tiempo Neflyte Sanjoy había sido un buen amante, pero así como era amable y complaciente, era una bestia iracunda cuando las razones le sobraban, como en este caso.
-¿Qué hiciste?
-Na... nada. Lo juro. Solamente vi que buscabas anillo
Los ojos chocolate irradiaban rabia mientras emitían un juicio sobre sus palabras. Esmeralda trató a toda costa de mantenerse serena, había previsto que Neflyte se molestara con ella si descubría que había intercedido en su relación, su verdadera tirada era que la pastelera se alejara y entonces él volviera a ella en busca de consuelo. Creía conocerlo bien.
-Ella no responde mis llamadas, ¿Tienes algo que ver con eso?
-Nos vio en el aeropuerto, aquella mañana.
El elevador timbró anunciando la parada. Neflyte se retiró para bajarse, llevándose esas últimas palabras como una razón lógica por la que Makoto no contestaría, aunque sospechaba que había algo más de fondo. De cualquier manera, llegando a París lo iba a descubrir y estaba decidido que, si Esmeralda tenía algo que ver, no solo terminaría su trato cordial con ella, sino también su relación laboral. Aún le faltaban unos meses a la escuela para poder abrir, pero tenía ahorros suficientes para mantenerse si lograba sacarse el miedo y hablar con su chica, convencerla de que juntos estarían mejor.
Bajó del elevador aun sumergido en un rencor y un miedo a partes iguales. Estaba por cruzar las puertas cuando su mano fue sujeta por la audaz mujer a sus espaldas, él giró.
-No te engañes, solo es un capricho y nada más. Estoy segura que ella tendrá a alguien también sin que tú lo sepas, ¿Quién querría tener a un piloto como pareja? Esos viajes constantes y todo lo que se cuenta de ustedes que, en ti, mi querido Nef, no son más que verdades. Eres un hombre que gusta de aventuras, de mujeres y de placeres que van más allá de lo que una simple panadera te puede ofrecer. ¡Yo te doy todo eso y más! Tengo todo el dinero que quieras para gastar en tus deseos, y toda la disposición. ¿Qué más puedes pedir?
Una sonrisa de tonos siniestros se pintó en los labios delgados del piloto, un brillo particular iluminó esos ojos ensombrecidos. Se soltó de un tirón, sin importarle desbalancear a la exuberante fémina.
-¡Oh Esmeralda! En otro momento de mi vida te hubiera dicho que tienes razón. Pero gracias al cielo estos últimos dos años eh aprendido que no quiero nada que ver contigo, con tu estilo de vida ni con la gente como tú. No me importa lo que pienses de ella, o lo que creas que yo soy. Tuvimos nuestro momento, sí, fue divertido, pero a tu lado aprendí que no quiero envejecer y ser como tú. Estoy enamorado, no espero que lo entiendas. Ahora piérdete de mí vista. Ve a chuparle la vida a alguien más.
Neflyte volvió la vista al pasillo y siguió derecho hasta su habitación, ignorando los gritos fúricos y de desprecio de la mujer en el elevador. Entró con la prisa del mundo y tomó su maleta, la llenó como pudo y cargó con todas sus cosas. Salió del hotel por las escaleras para evitar a toda costa volver a toparse con aquella desquiciada mujer.
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Andrew le llamó para decirle que el casero no estaba y que volvería pronto. Darien estaba al borde de un colapso de nervios. Haciendo acopio de su fuerza y de sus conocimientos en defensa personal, optó por derribar la puerta. Después de todo, el costo de la reparación no era ni de cerca comparable con un posible daño que Makoto pudiera estar sufriendo en este momento.
La puerta cedió al tercer intento para fortuna del moreno, porque un golpe más seguro terminaría por destrozarle el hombro. Muy dolorido entró en el departamento y pudo notar que no estaba en la cocina ni en la sala de estar, así que se apresuró a la habitación, donde la encontró echa un ovillo en la cama.
Estaba por aventarse sobre ella en un intento de levantarla, pero Makoto fue más rápida y lo observó entre las cobijas, con el rostro enrojecido y los ojos reventados de tanto llorar. Una parte del alma de Darien descansó al verla al menos con vida, pero su corazón se arrugó ante su imagen débil y destrozada.
-Mako...
Ella volvió a cubrir su rostro con la frazada mientras él se acercó lentamente a su lado, se sentó en la cama con mucho cuidado y manteniendo una distancia prudente. No quería que lo echara, quería hablar con ella y sacarla de ese atolladero sentimental donde la había puesto la tarde anterior al hablarle de sus sentimientos.
Quería a su amiga de vuelta, a la pequeña niña con la que creció y con la que siempre juró que envejecería. Aunque estaba consciente que no era la primera vez que la lastimaba y la había visto llorar muchas veces, nunca antes se sintió tan culpable como ahora. ¿Qué le daba el derecho de venir ahora a ella después de tantos años y romperle el corazón?
Tomó el valor y decidió jugarse su última carta, se acercó y removió la cobija para poder verle el rostro, aunque se topó con una maraña de cabellos cobrizos que debió poner en su lugar antes de comenzar a hablar.
-Cariño, lo siento...
-¡Él no me ama! ¡Soy una tonta! -susurró lastimeramente. Darien se quedó mudo, tratando de procesar la información-. Tiene otra mujer.
¡Maldito piloto!
Darien sintió la rabia agolparse en su garganta, un inmenso deseo de cobrar venganza por su querida Makoto. ¿Cómo podría no amarla alguien? ¡Ella era la mujer más especial del mundo! Todas sus sospechas se dieron por ciertas con esas pocas palabras sollozadas. Neflyte había estado jugando con ella, enamorándola de a poco y ahora, todo salía a la luz.
Se sintió tan culpable de no haber hecho nada desde el momento en que lo intuyó. Se sintió ofendido también a nombre de ella, pero más que nada, se sintió un miserable al recordar que él había deseado vagamente que algo así sucediera, para que Makoto abriera los ojos y viera que no había hombre que la quisiera más que él. Ahora que había pasado, se maldijo por desearlo.
Despejó su frente y plantó un beso sobre ella. Se hubiese acostado a su lado en ese momento, pero el hombro le pulsaba como el infierno. No dijo nada, el corazón roto era más importante que un hombro posiblemente dislocado en ese momento.
-¿Qué fue lo que pasó?
Pacientemente escuchó la explicación, tratando de disimular el odio que se acumulaba en su interior. Le parecía una bajeza que ese sujeto arrogante tuviera las agallas de enamorar a una inocente chica mientras retozaba con una mujer como aquella. Era repugnante, mucho más cuando los detalles de las fotos llegaron al tema. ¿Qué otra clase de fotografías no tendría a su disposición?
Makoto lloró hasta quedarse dormida. Darien aprovechó el momento y salió de la habitación para hablar con Andrew que no dejaba de dar vueltas en busca de noticias. Le pidió que pusiera al tanto a Rei y Minako, más que nada para asegurarles que dentro de lo posible ella estaba bien, al menos estaba sana.
Regresó al departamento y echó un vistazo a la puerta que ahora ya no cerraba. El cerrajero estaría ahí hasta la mañana, pero eso no le preocupaba casi nada. Luego encaminó a la cocina para preparar un poco de té, fue ahí donde vio la libreta sobre la barra, donde Neflyte acostumbraba apuntar su itinerario para que ella nunca lo olvidara.
Tuvo el impulso de tomar la agenda y quemarla en la estufa, o tirarla a la basura, pero una nota al margen de esa semana llamó su atención. "Te quiero" decía con letras muy pequeñas sobre el último renglón del domingo, el día que debía volver. Apenas era miércoles, tendrían tiempo para buscar la mejor manera de deshacerse de él.
-¿Darien?
El ojiazul cerró la libreta y se la echó en el bolsillo del saco, decidido a que no le permitiría ver aquella frase tan llena de mentiras. Volvió a la alcoba con dos tazas de té y unas galletas que encontró en la despensa.
-No tengo hambre.
-Pero tienes que comer. Mira que he puesto todo mi talento en esta merienda.
Ella sonrió fugazmente y él sintió su corazón un poco más optimista. Se sentó en la cama y comenzó a comer galletas con ella, en absoluto silencio.
Se veía tan frágil y lastimada que no pudo evitar acordarse de él mismo cuando Serena lo dejó un tiempo atrás. Se había enterado por casualidad de que ella y ese cantante paseaban por las calles de Japón mientras él terminaba su maestría en negocios. Recordó lo traicionado y lastimado que se sintió.
Pero ver a Makoto también le recordó aquella noche en que él le dijo que tenía una novia nueva, una compañera de la universidad que estudiaba la misma carrera y cuyo nombre ya no podía recordar. La castaña tenía la vista perdida casi de la misma forma que ahora, aunque su rostro era ligeramente más infantil y sus mejillas más abultadas. Igual la había hecho llorar, igual la había hecho correr despavorida a París.
¿Querría correr ahora también? ¡No! No podía permitirse perderla de nuevo.
-Mako, cariño. Lo siento, de verdad no sabes cuanto lo siento.
Ella giró a verlo con tristeza, un brillo de confusión iluminó sus ojos.
-No ha sido tu culpa, me lo han advertido antes y yo no quise entender.
-Yo prometí cuidarte hace muchos años. He fracasado cada vez.
Makoto soltó un fuerte suspiro antes de dejar su taza en la bandeja y cambiar su expresión de tristeza por la imagen viva del dolor y la amargura, una más de las etapas del duelo. Fijó su atención en el hombre a su lado, en aquel chico que de niños había prometido ser su protector por toda la vida y que ahora, más de diez años después, seguía ahí a pesar de todo.
-¿Qué hay de malo en mí? -preguntó fríamente. Su voz firme no titubeó-. Mi vida amorosa es un asco, los hombres no me toman en cuenta, ¿Por qué Darien? ¿Qué hay de malo en mí?
-¡No! No te puedo permitir que pienses eso. ¡No hay absolutamente nada malo en ti! Eres una chica hermosa, inteligente, divertida, increíble. Eres la mujer más bella y amable que haya visto en mi vida, ¡De ninguna manera puedes creer que esto es tu culpa! La culpa es de él... -dijo, haciendo una pausa para recapacitar-. La culpa es nuestra, de todos aquellos idiotas que no sabemos reconocer lo que es bueno cuando lo tenemos en las narices.
-Darien...
-Makoto, cariño... -Darien se giró un poco más y atrapó las manos tibias de la chica entre las suyas. Temblaba, tenía el miedo latente de pasarse de la raya en una situación tan delicada como esa, pero también sabía que no tendría otra oportunidad tan clara en mucho tiempo-. Cuando Andrew me dijo que quería salir de Japón y venir aquí acepté de inmediato. No lo hice por la ciudad ni por él ni por el negocio, lo hice por ti, porque tu estabas aquí y yo quería estar contigo.
-Darien creo que no es el momento...
-¡Sí lo es! Tienes que escucharme. Cuando te vi en el aeropuerto mi corazón se saltó un latido, me dolía el rostro de sonreír al verte, me sentí el hombre más dichoso del mundo por estar de nuevo a tu lado. Y yo sé que ahora no quieres escuchar esto, pero tienes que hacerlo. ¡Te quiero! Eres la mujer más importante de mi vida hasta ahora y no quiero perderte. No quiero que te tires a llorar aquí por semanas enteras mientras yo te escuchó desde el otro lado de esta pared. Quiero que si vas a llorar lo hagas en mi hombro, que te seques en mi camisa y que cuando al fin termines, sea a mí a quien primero sonrías en esta vida.
Makoto lo miró pasmada unos instantes. El pecho de Darien subía y bajaba con marcada profundidad como si todo lo que acabara de decir fuera equivalente a correr desesperado tras ella. Y lo era, fue un acto suicida que su corazón le gritó que debía hacer en el último segundo.
Entonces sin más, ella se echó a sus brazos y lo rodeó con fuerza con los propios. Un abrazo demandante y lleno de necesidad que le pedía ser devuelto urgentemente. Darien sonrió, sabedor que acababa de dar un paso adelante y que no se había arrojado al abismo unos minutos atrás. Pero cuando quiso abrazarla, el punzante dolor en su hombro volvió, arrancándole un grito de sus labios.
-¿Qué pasa? -preguntó ella asustada mientras tomaba distancia de nuevo.
-No, no, no te preocupes. Me lastimé el hombro al abrir la puerta, pero no es nada grave. Tranquilízate.
-¿Calmarme? ¿Tu hombro? ¿Rompiste mi puerta?
-¿Y cómo esperabas que entrara? Te estuvimos tocando durante horas. El señor Fitzmaurice no estaba y...
Pero ella ya no lo escuchaba. Se había arrastrado por la cama hasta acomodarse frente a él e incluso, había comenzado a desabotonar su camisa lentamente. Darien se quedó pasmado en primera instancia cuando notó lo que estaba haciendo, tratando de decidir que debía hacer o decir. Ella notó su nerviosismo y giró a verlo, con esos ojos que ahora estaban rojos y preocupados.
-Hay que ver tu hombro. Llevé un curso de primeros auxilios en el restaurante. Si está dislocado habrá que volverlo a su lugar.
Se dejó desvestir por ella como aquella vez, la primera. Entonces sus dedos eran torpes pero decididos y él había disfrutado de la imagen de la dulce chica que, tan roja como un tomate, luchaba por liberarlo de su camisa como una experta que no era. Las cosas hoy eran diferentes. Ella se había vuelto ágil y efectiva. Darien no pudo evitar pensar en cuantas veces había quitado la camisa de Neflyte en esa misma casa. No recordaba haberlo visto con ropa que no llevara botones, por lo que dedujo que ahora Makoto era toda una experta.
Sacudió la cabeza para sacar el recuerdo, ni ella ni él deberían pensar en el maldito piloto.
-¿Te duele esto?
Darien volvió a gemir ahogado de dolor. Makoto saltó atrás un poco asustada, pero se recompuso rápidamente. Él se dejó caer contra la cama antes que ella pudiera agarrarlo de nuevo, algunas lágrimas asomaron de sus ojos azules.
-¿Quieres ir al médico? O te lo acomodo yo. Lo he hecho varias veces, Neflyte es muy propenso a... -se llevó una mano a la boca para callarse sola. Había dicho aquello con una sonrisa dulce, evocada por el recuerdo del castaño piloto. Lo quería, lo extrañaba y una buena parte de ella quería verlo para hablar.
-Hazlo-clamó Darien con toda la confianza puesta en ella.
Un par de minutos después Makoto había logrado su cometido, pero Darien hacia una escena tumbado en la cama ahogando un grito en la almohada. Ya no le dolía tanto pero igual le punzaba, estaba decidido a hacerse ver por un médico en cuanto viera que ella se encontraba mejor.
Makoto había ido a la cocina por unas cuantas toallas calientes que le ayudaran a relajar un poco los músculos y ahora estaba ahí, acomodándolas sobre su pecho desnudo.
-Solo tu podrías consolarme haciéndote daño a ti mismo de esta manera. -dijo un tanto en broma, tratando de ser agradable.
-Mira todo lo que hago por ti.
Makoto sonrió dulcemente y él le regaló un gesto igual. Luego se inclinó para besarlo en la frente, pero Darien estaba añorante de más, de tenerla cerca y en sus adoloridos brazos. Aprovechó la cercanía y tiró de ella hacia un costado, del lado que podía moverse con más libertad. Aquello no estaba bien de nuevo, era inapropiado, pero se sentía con suerte.
Así la aprisionó bajo él y descubrió para su buena fortuna que ella no opuso resistencia. Podía imaginar la mirada de reproche de Andrew por lo que estaba haciendo, o la cara de asesina de Rei cuando se enterase, pero por lo pronto eran ellos dos y solo se detendría si ella se lo pidiera.
La besó dulcemente con apenas un roce de sus labios, pero pronto se encontraron envueltos en una caricia que iba un poco más allá, un beso más profundo como el que solo dos amantes o dos almas desesperadas podrían soportar. Él comenzó a meter una de sus manos debajo de la camisa del pijama, acariciando suavamente la piel de su abdomen tersa y firme.
-Darien... no. Tranquilo-susurró sobre sus labios, pero aquello solo hizo alterar un poco más al pelinegro. Su intento de hablar le hizo cosquillas y él quería saber hasta donde más podría llegar-. Darien, espera...
-Mako...
-¡La señorita te está diciendo que no, imbécil! -gritaron a sus espaldas. Darien no tuvo oportunidad de reaccionar antes que su cuerpo fuera tomado con brusquedad y arrojado contra la pared, lastimando aún más su herido brazo.
Makoto abrió los ojos horrorizada. Neflyte estaba ahí y no lo había escuchado entrar, ni siquiera lo esperaba hasta dentro de cuatro días, su mundo estaba dando vueltas de forma alarmante.
-¡Neflyte! ¿Qué... que haces aquí?
-¿Qué hago aquí? ¿Qué hace este idiota aquí contigo? -gruñó. Nunca en su vida había sentido más celos como en esa ocasión.
Su vuelo acababa de aterrizar unos minutos atrás y casi tuvo que pelear con otro hombre por el único taxi disponible. Venía muerto de miedo por dentro, con la sensación de que algo realmente malo había pasado con su chica, con la que quería que fuera su mujer.
Cuando al fin llegó al edificio y salió del elevador, lo primero que vio fue una puerta forzada y entre abierta al fondo, donde ella vivía. El departamento de Darien y Andrew se veía oscuro y eso lo alertó más. Quizá algo terrible le había sucedido y él no estuvo ahí para ayudarla.
Pero de entre todas las cosas que cruzaron por su mente, encontrarla en la cama con su mejor amigo a medio vestir por encima suyo no era una de ellas, no al menos cuando vio la puerta rota. Los sentimientos de ira y desprecio afloraron en él y había tomado por la fuerza al imprudente moreno que pretendía hacerse de su mujer durante su ausencia. No, un irlandés como él no podía permitirse semejante insulto.
-¡Lárgate si no quieres que te muela a golpes! -gruñó a Darien mientras éste intentaba ponerse de pie, sosteniendo su brazo maltratado.
-Eres tú quien debe irse, maldito bastardo-respondió él, desafiante y decidido.
Neflyte sonrió con cinismo sin apartar la vista de él. Makoto estaba atónita en la cama, incapaz de moverse o hablar.
-Creí que no tendrías las agallas para atreverte a acercarte a ella de esta manera. Que equivocado estaba. Incluso comenzabas a caerme bien Chiba.
-Me gustaría decir lo mismo, pero los malditos imbéciles como tú no suelen formar parte de mi circulo social.
-¿Y todavía te atreves a insultarme? ¡Eres tú quien aprovechó mi ausencia para seducir a mi mujer en nuestra cama!
-¡Ella no es tu mujer y ésta no es tu cama! ¡No tienes vergüenza!
-¡Sí! Vergüenza es algo que no tengo, y tampoco paciencia para malditos oportunistas como tú. ¡Lárgate ahora o te sacaré yo mismo!
-Quiero ver que lo hagas.
Darien se arrepintió en el acto de haber dicho aquello. En absoluto le tenía miedo, pero se sabía en desventaja. Así que decidió dar el primer golpe. Se arrojó contra Neflyte pero éste logró esquivarlo y para su fortuna que ahora se revertía, el piloto lo tomó del brazo lastimado y lo usó como palanca para aventarlo de vuelta a la cama, donde Makoto se había recogido contra la cabecera.
-¡Ya basta! ¡Lo lastimas! -gritó al fin, saliendo de su estupor.
-Mako, mi amor... ¿Estás bien?
-¡No soy tu amor! Y quiero que dejes en paz a Darien, lo lastimas.
-Pero Mako...
-¡Vete de aquí Neflyte! ¡No quiero volver a verte en mi vida! -gritó, ahogada de miedo y de dolor mientras se recorría en la cama una vez más hasta Darien, que apenas aguantaba el insoportable dolor sin gritar.
Neflyte se tomó unos instantes para analizar lo que veía. No había tomado a Darien con tanta fuerza como para haberle roto el brazo, sin embargo, era obvio que no estaba mintiendo ni exagerando el profundo dolor que se reflejaba en su rostro. Luego recordó la puerta forzada y lo relacionó, aunque de todas formas no le quedaba claro. Mucho menos cuando vino a su mente la imagen de ese hombre encima de su mujer.
-¿Qué está pasando aquí? -preguntó Andrew, que acababa de entrar en la habitación movido por los gritos que llegaron hasta su departamento. El rubio miró a Darien en la cama con Makoto y luego a Neflyte y ese gesto entre frustración y confusión pintado en su rostro.
-Él ya se iba Andrew, no te preocupes.
-¡Pero Mako... !
-¡Eres un maldito mentiroso! ¡Un animal! Me engañaste todo este tiempo y casi le rompes el brazo a Darien. ¡No quiero verte! ¡Llévate tus cosas y vete por favor!
Neflyte volvió a quedarse mudo unos segundos, sin comprender en absoluto lo que pasaba. Miró a Darien retorcido de dolor, a Makoto muy asustada tratando de confortarlo y a Andrew, decidido a sacarlo por la fuerza si fuese necesario.
Entonces comprendió que ese no era más su lugar. Ella no quería verlo ni darle oportunidad de explicarse o que le explicaran lo que estaba pasando. La miró por última vez, esperanzado en que Makoto lo detuviera al girar, pero no sucedió. Salió de la alcoba rumbo a la sala y tomó su maleta, si dejaba algo en el departamento no le importaba, lo único que para él tenía valor ya había sido arrancada de sus brazos.
CONTINUARÁ...
Muchas gracias a todos los que siguen esta historia y han tenido paciencia con lo lenta que voy. ¡Estamos por acabar! Este es el antepenúltimo capítulo de nuestro adorado piloto y sus paripecias... y el mundo se la ha venido encima por mal entendidos.
Agradezco mucho sus comentarios que me inspiran y me motivan.
saludos.
