La cola de Itachi se bate ocasionalmente; en realidad es un reflejo para continuar moviéndose hacia delante, aunque apenas a velocidad equivalente a la de una madera a la deriva. Pero compararse con una madera a la deriva sería injusto… para la madera. Al menos la madera no tiene que emparejar con la odiosa heredera Poseidón.

Mantiene la espalda vuelta hacia el abismo que yace debajo y el rostro vuelto hacia el techo de hielo sobre él. Un techo para los Syrena, un piso para los humanos, pero más importante: una pared divisoria entre los mundos. Incluso cuando los humanos empezaron a sumergir sus asesinas naves de acero—cosas grandes y feas que respiraban fuego bajo el agua y se arrojaban pedazos de metal unas a otras—ninguno se atrevió a aventurarse tan al norte hasta el Gran Témpano. Hasta ahora.

Lo que es afortunado para él, ya que los Syrena ocultan todas las cosas de importancia bajo el escudo helado, en las profundidades de la Cueva de las Memorias—el destino de Itachi. Dentro de la cueva encontrará la Cámara Ceremonial, y posiblemente una forma de escape a su inminente ceremonia—la que lo enlaza con la casa de Poseidón por el resto de su miserable vida. El castigo por ser tercera generación de la realeza Tritón y primogénito.

En el camino a la cueva, Itachi divisa ocasionales pedazos de hielo más abultados que el resto, que semejan una nariz bulbosa. Si deja que sus ojos se relajen lo suficiente, las fisuras y carámbanos que lo rodean podrían desdibujarse hasta verse como el rostro hosco de su padre, el rey Tritón—o al menos el rostro que su padre hizo cuando Itachi le dijo que no deseaba especialmente emparejar con la princesa Poseidón.

Pero para completar la ira del rey, Itachi necesitaría añadir al hielo, de alguna forma, diez tonos de rojo matizado; un tono por cada vez que su padre había dicho: — Pero eres el primogénito de la tercera generación Tritón. Debes respaldar la ley de los Dones. —O pensándolo bien, tal vez un tono de rojo por cada vez que Itachi había dicho—: ¡La ley es anticuada!

Si la ley realmente es o no anticuada, Itachi no pudo decirlo. La ley de los Dones fue puesta en funcionamiento mucho tiempo atrás por los grandes generales: Tritón y Poseidón para asegurar la supervivencia de los Syrena. Al menos eso es lo que los Archivos dicen, pero el don de Poseidón no ha aparecido en muchas generaciones, no que los Syrena se estén muriendo de hambre, en todo caso. Pero cuanto más los humanos invaden los océanos, más importante se hará el don de Poseidón, especialmente considerando que todos comparten una fuente de alimento en común: peces. Los humanos tienen sus redes y los Syrena tienen el don de Poseidón.

En cuanto al don de Tritón, ni siquiera los Archivos pueden recordar la última vez que alguien vio evidencia de él, de hecho hay un continuo debate sobre lo que el don de Tritón es realmente. Incluso los Archivos—los más ancianos de los Syrena encomendados a recordar esas cosas—continuamente debaten sobre el don de Tritón. Algunos dicen velocidad, otros dicen fuerza; pero si los Archivos no pueden recordar,

¿quién puede decir que realmente aún existe?

Pero si de una cosa Itachi está seguro es que la supervivencia de los dones no puede depender de su emparejamiento con la fea princesa Poseidón. Los Archivos seguramente están equivocados en ese punto.

Sakura, Sakura, Sakura. Sólo pensar su nombre lo hace gruñir.

Sólo la ha visto una vez, hace muchos años cuando la madre de ella murió. La etiqueta había obligado a los nobles Tritón a presentar sus respetos a la doliente casa Poseidón. Bueno, la etiqueta y la cercana amistad entre el padre de Itachi y el rey Poseidón, Kizashi. Pero para Itachi, fue estrictamente etiqueta. Especialmente considerando cómo lo había tratado Sakura. ¡Y sólo estaba expresando mis condolencias!

En ese momento tenía trece temporadas de apareamiento de edad, ya lo estaban preparando para reinar el territorio Tritón, y le daban el respeto debido a un futuro rey. Pero Sakura era una pequeña altanera, de tan sólo nueve temporadas de edad. Recuerda lo cuidadoso que fue al recitar cada palabra del discurso consolador de su madre, diciendo nobles cosas sobre la muerte, la pérdida y el amor, incluso mientras Sakura le gruñía con aparente disgusto. Por sobre todo, recuerda cómo esos ojos verdes hinchados la hacían lucir como el resultado del emparejamiento de un pez globo con una roca. Ella había dicho:- ¿cómo podrías comprender mi pérdida? ¡Ni siquiera conocías a mi madre!

Lo que, por supuesto, no era del todo cierto. Los padres de Itachi habían sido amigos cercanos a la familia real Poseidón durante muchos años. Eso antes que la princesita llegara. Después de dar a luz a la mimada tiburón toro, la reina Poseidón nunca se recuperó completamente, y prefería quedarse en las cavernas reales en vez de aventurarse a salir a cualquiera de sus funciones sociales.

Para ser justos—o al menos fingir ser justos—Sakura no podía ser culpada por la muerte de la reina, sin importar la casi coincidencia entre su repentino declive y el nacimiento de la cara de pez globo. O tal vez es más como un tiburón martillo, pues sus ojos están muy separados.

Itachi se sonríe a si mismo, mientras pasa en ese momento un bloque de hielo con dos hoyos profundos separados a un brazo de distancia. —Sakura, —dice a la cara retorcida y provisional—, ¿aún sigues tan fría después de todos estos años? —Incluso se permite una risita a sus expensas. ¿Por qué no? Después que estemos emparejados, todo será a mis expensas.

Después de un prolongado momento de melancolía, Itachi percibe a los dos rastreadores que resguardan la entrada de la Cueva de las Memorias. No hay duda de que ellos lo percibieron antes que él, posiblemente tan pronto había emprendido su viaje, lo que siempre lo ha sorprendido. Todos los Syrena pueden percibirse unos a otros a corta distancia, pero los rastreadores tienen una capacidad especial de percepción. Los que más lo impresionan son los rastreadores de élite, que pueden percibir a los de su especie incluso desde el lado opuesto del mundo. Sólo los de la élite pueden hacer guardia en la Cueva de las Memorias, sólo a los de la elite se les pueden confiar esas preciosas reliquias.

Y para Itachi, ninguna de esas reliquias es más valiosa en ese momento que las respuestas que yacen en la Cámara Ceremonial, el lugar donde toda la historia Syrena está documentada: emparejamientos, nacimientos, anulaciones, muertes. Con una pizca de suerte, Itachi encontrará evidencia de que no es tercera generación, porque no es primogénito, o mejor aún, ¡que ni siquiera es descendiente de Tritón! Preferiría cualquiera de esas opciones por sobre la última: Es todo lo anterior y se emparejará con Sakura y sus ojos de tiburón martillo.

Cuando Itachi percibe a los rastreadores directamente abajo, desciende y se les aproxima en la entrada. Ambos—uno de cada casa real—se apartan a un lado.

—¿Hay alguna función real aquí, mi príncipe? —dice el rastreador Tritón.

Itachi se detiene antes de pasar. —No. ¿Por qué preguntas? —Y entonces la percibe, Sakura. ¿Por qué está aquí?

El rastreador asiente cuando ve que Itachi reconoce el pulso de Sakura. —Su alteza arribó no hace mucho, mi príncipe. Simplemente pensamos… —El rastreador se encoge de hombros, incapaz o reticente a teorizar más allá.

Itachi aprieta los labios en una línea firme. —¿Dijo por qué?

Esta vez, el rastreador Poseidón sacude la cabeza. —No, mi príncipe.

Itachi asiente. —Muy bien, entonces. —Cuidadoso en ocultar su mueca hasta que pasa, se dirige al interior de la enorme primera cámara, una caverna llena de grandes rocas, que lucen como carámbanos que cuelgan del techo y sobresalen del piso. Le recuerda a Itachi la boca de una piraña.

No tienes que verla, sólo encuentra lo que viniste a buscar y vete. Pero cuanto más se adentra en el laberinto de cavernas, más se hunde su corazón. Pasa la Cámara de Pergaminos, llena de reliquias humanas y Syrena, ninguna de las cuales es pergamino de verdad; todos los pergaminos reales, los escritos en papiro y corteza siglos antes, se han desintegrado en pedazos minúsculos que la corriente se lleva. Luego está la Cámara Mortuoria, el lugar de descanso final para todos los muertos Syrena, preservados por el agua helada y, más importante, protegidos de salir a flote hasta alguna playa humana. Pasa tranquilamente la cámara cívica, llena de monumentos de muchas civilizaciones humanas. Cada túnel, cada cámara, lo acercan más y más a la cámara ceremonial- y a ella.

Finalmente alcanza la entrada, y la rastreadora de guardia lo afronta con una mirada de sorpresa. —Su alteza, —dice, inclinando la cabeza en reverencia.

Itachi hace una mueca. El pulso de Sakura golpea contra su pecho, su cabeza, su cuerpo entero. No recuerda que su pulso fuera tan fuerte, tan intrusivo. Está en la Cámara Ceremonial. ¿Por qué, por qué, por qué?

—Continúa, —Itachi casi ruge, luego atraviesa la entrada alargada.

La Cámara Ceremonial no es más que siglo tras siglo de registros Syrena grabados y tallados en roca antigua—un material mucho más práctico que el pergamino de los humanos, de eso Itachi está seguro—encimados uno sobre otro, conservados durante una eternidad por los Archivos, los rastreadores y las aguas heladas. A Itachi siempre le ha sobrecogido esta cámara, incluso antes que significara algo personal para él, antes que significara su posible escape de la ley. Siempre ha sentido como si las vidas pasadas, las experiencias pasadas lo llamaran desde las tablillas de piedra, como si este lugar contuviera respuestas a preguntas futuras que podría tener algún día cuando se convirtiera en rey Tritón.

Pero ahora, se siente como si este lugar se hubiera cerrado al acceso, reemplazado por el sofocante pulso de ella.

Decidiendo que el encuentro es inevitable—sabe que ella lo percibe con tanta claridad como él la siente a ella—elige el proceder diplomático y sigue su pulso hasta que la encuentra acomodada sobre una tablilla de piedra en una esquina distante de la cueva.

Sakura es toda una adulta.

De la cabeza a la punta de la cola, ocupa la longitud de la tablilla y un poco más. Se ha arreglado el largo cabello rosa en una trenza y hecho un nudo al final para mantenerlo en su lugar. Aunque un trozo de alga Marina está envuelto con fuerza alrededor de su torso en la tradicional cubierta femenina, no oculta por completo el crecimiento de sus pechos. Sin levantar la mirada dice ¿qué estás haciendo aquí?

Aunque su voz está llena de desdén, no es desagradable. De hecho, posee una textura rica, aterciopelada como una aleta, y llena la cueva con su presencia. No le gusta, para nada. Itachi se aclara la garganta. —Podría preguntarte lo mismo, princesa.

Ella bufa, pero aún sin mirarlo, seguramente para enfurecerlo. —Sí, podrías.

Se le ocurre a Itachi que realmente quiere saber por qué está aquí. ¿Está aquí por la misma razón que yo? ¿También busca una forma de librarse de este compromiso? La esperanza lame su interior, pero entonces una sensación de rechazo la sofoca instantáneamente. Después de todos estos años, aún se atreve a desdeñarlo.

No lo aceptaré, no de nuevo. No con todas las hembras que se me lanzan en cada cambio de la corriente, ¿qué la hace tan especial?

Entonces Sakura, primogénita y heredera Poseidón de tercera generación, levanta la vista.

Y Itachi casi desfallece. —Has… has cambiado, princesa.

Sí, es el mismo pulso que recuerda de años antes, pero no es la misma cara. No es el rostro de pez globo con tendencias a cabeza de martillo. No, esta cara, esta nueva Sakura, esta Sakura adulta, es arrobadora. Sus ojos aún son inmensos, sí, pero en una forma que hacen que la boca de él se seque a pesar del océano que lo rodea. ¡Y el color! ¿No los recordaba apagados y sosos? ¿Podrían haber sido siempre de este verde vibrante y cristalino? Y sus labios, tan llenos, tan seductores, tan carnosos.

Tan contradictores.

—Tú no has cambiado para nada, —contraataca ella, cruzando los brazos—. Excepto que tu boca se te queda más abierta de lo que recordaba.

Itachi cierra herméticamente la boca.

— Y aún no ha respondido mi pregunta ¿qué estás haciendo aquí? — dice ella.

Itachi ofrece su sonrisa más encantadora, pero por la expresión de ella, el esfuerzo es fútil. —Seguramente sabes que estoy aquí para asegurarme que no hay error en los registros, que soy el único Syrena lo suficientemente afortunado de ser tu pareja.

Sus ojos declaran que lo creen lleno de excremento de ballena. —Mentiroso, — es lo que dice en voz alta.

—Lo juro por el tridente de Tritón. —Pone tres dedos sobre su marca de nacimiento real, la pequeña imagen de un tridente, encarnada en la piel inmediatamente superior a donde su estómago se convierte en cola—.Tenía que asegurarme que eras mía.

Ella descruza los brazos. —Tú y yo no nos gustamos.

—¿En serio? No me di cuenta.

Si Sakura entrecierra los ojos un poco más, se cerrarán por completo. —Fuiste grosero conmigo cuando viniste a la ceremonia mortuoria de mi madre.

Hermosa, pero tonta como una almeja. Que pena. Itachi inclina la cabeza hacia ella.

—¿Eso fue antes o después que me atacaste? —Me atacó, luego me mordió cuando intenté refrenarla. Que conveniente que no lo recuerde. Sus padres los habían encontrado encimados uno con el otro, ella enredada en su mejor llave de lucha, él intentando separar sus malévolos dientecillos de su estómago. Ahí es cuando había empezado el ridículo rumor de que ambos se habían gustado. Un completo sinsentido.

—Me dijiste que maté a mi madre.

—No dije eso, no exactamente. —Aunque bastante cercano, recuerda—. Podríamos empezar de nuevo, sabes. Olvida el pasado. —Por sobre mi cola muerta.

Sakura debe notar que él se está acercando más, porque se presiona contra la tablilla. Itachi jura que traga con la familiar vulnerabilidad de una hembra deslumbrada. — ¿por qué haríamos eso? —dice.

Se detiene a la distancia de una cola.—¿Por qué me estás mirando de esa forma? —ella dice, su mano revoloteaa su garganta.

Pero él puede decir por su rostro que es la misma clase de reflejo de alarma que él está sintiendo, y no tiene nada que ver con peligro. También sus ojos están llenos de la misma clase de torbellino que él siente apretando su pecho. Y no le gusta, para nada.

Itachi flota más cerca, aumentando su satisfacción cuando ella le permite devorar la distancia entre ellos. ¿Quién es ahora el deslumbrado, idiota? —¿De qué forma? —murmura, su nariz casi toca la de ella.

Decide que Sakura es exactamente lo opuesto a fea, tiene los mismos rasgos que cualquier otro Syrena: suave piel olivácea, cabello muy vivo, ojos chispeantes; pero los de ella están acomodados en la posición exacta para hacerla despampanante. Sakura boquea y se lame los labios. Mantiene los ojos fijos en los suyos. —Como... como...—¿Como que encontré lo que estaba buscando? —ofrece.

Le responde con un afilado pinchazo a su garganta. —Como que estás buscando morir, —susurra y presiona el arma, cualquiera que sea, en la suave piel bajo su mandíbula—. Esta es una espina de pez león, si siquiera agitas la cola, te inyectaré su veneno.

Sus ojos se traban en los de ella y una batalla silente se desata entre ellos.

—No lo harás.

—No me conoces.

—Quiero conocerte, de verdad.

—Justo después que te mate.

Ella se mofa.

—Me voy a ir ahora y tú vas a quedarte aquí. —Los hace girar en un fluido movimiento y se aleja de él, de espaldas, hacia la entrada. Una sonrisita tentadora curva sus labios—. Te debes haber golpeado la cabeza en la entrada, —dice, metiéndose el gancho en algún lugar detrás, probablemente en su trenza—. Para pensar que eso funcionaría en mí.

Itachi nunca le retira los ojos de encima. —¿Y qué crees que funcione, si puede saberse?

Se encoge de hombros. —No creo que importe mucho. —Sakura le echa un vistazo a la tablilla de piedra que estaba leyendo—. Ya que no tengo más opciones. — Entonces acelera con tanta fuerza que un latigazo de agua lo golpea en el rostro en su ida.

Cuando la extensión de su elegante cola desaparece detrás de una curva de la cueva, él se inclina y le echa un vistazo a la tablilla. Podría ir tras ella, incluso podría echarle en cara su farol sobre el veneno de pez león–no tendría semejante amenaza mortal apretada contra su carne desnuda. O, podría dejarla disfrutar su pequeña victoria, dejarle pensar que es débil.

Sus ojos escudriñan la tablilla, pero su atención aún está abrumada por el recuerdo de ella. Si ella no encontró lo que estaba buscando allí, entonces no es probable que él lo encuentre. El curso de su futuro está establecido. Un día estarán emparejados. Es una batalla que ninguno de los dos puede ganar, él lo sabe y ella también.

Pero hoy, Sakura empezó una nueva batalla. Una que él tiene la intención de

ganar.

La batalla por su corazón.