—Casi llegamos, —Sakura lanza risitas, manteniendo sus manos presionadas fuertemente sobre los ojos de él, conforme él avanza torpemente. Gorjea un poco, para darle más efecto y ella vuelve a lanzar una risita.

Itachi sonríe. —¿Entonces elegiste la isla más alejada de nuestros padres? —La costumbre Syrena dicta normalmente que el macho elija la isla de emparejamiento, encontrar un lugar privado e inhabitado para que la pareja recientemente unida consume sus votos—que sólo pueden hacer en forma humana—. Pero Sakura le había pedido; no, rogado; que la dejara escoger la isla y acondicionarla para su estadía allí.

—Algo así, pero la sorpresa no es de quién estamos lejos… es de quién estamos cerca.

Finalmente, después de lo que parece una temporada completa, su cola roza arena. —¿Ya llegamos?

Le destapa los ojos y se le descubre el paisaje submarino de un suelo oceánico de suave pendiente ascendente salpicada de arrecifes de coral, rocas y peces coloridos. No pueden estar a más de treinta colas de profundidad, lo que significa que la costa está cerca.

Sakura sale a la superficie y gesticula para que él haga lo mismo. Apunta hacia su destino, y Itachi se embebe de la pequeña isla, la brisa danzarina que atraviesa los doseles de exuberante verde y las apacibles olas del océano que lamen la orilla. Levanta la mano para escudarse del reflejo del sol en la brillante arena, que casi lo ciega mientras sus ojos se ajustan al aire seco. Entonces lo ve. —Sakura, —dice, con la boca repentinamente seca—. Puedes ver la Gran Tierra desde aquí.

Aplaude como una foca. —¡Lo notaste! ¿No estás emocionado? Pero esa no es toda la sorpresa, vamos a la orilla. —Jala su mano, pero él se resiste.

—Será mejor que simplemente me digas el resto, porque no vamos a ir a la orilla, tan cerca de la tierra humana.

Su rostro decae. —Pero esa es la sorpresa.

Itachi se aprieta el puente de la nariz. Una cosa que adora de Sakura es que es aventurera, temeraria; nunca podría ser aburrida. Pero esto es demasiado, no es una regla cualquiera que romper, es la principal. Con los dientes apretados, dice, —¿Por qué querríamos ir a la Gran Tierra?

Ahora ella no encuentra su mirada, le parece tremendamente interesante mirar el agua tras ellos. —Bueno, por una cosa, es divertido.

—Por favor no digas que eso significa que ya lo has hecho.

Ella se muerde el labio.

—¿Cómo?

—Tengo lo que los humanos llaman un bote de remos, me siento mal por robarlo, pero lo necesito para que me lleve a la orilla después de cambiarme con ropas humanas secas en la isla. También me siento mal por robarlas…

—¿Durante cuánto tiempo has estado haciendo esto? —Su voz suena más áspera de lo que pretendía.

Ahora cruza los brazos, aparentemente con escasa vergüenza. —¿Por qué no le preguntas a tu madre?

—¿Mi madre?

Pregúntale dónde consigue sus tesoros humanos, no puedes creer realmente que ella misma los busca.

De hecho, sí lo creía. La idea de que su madre sabe sobre… no, alienta, las escapadas de Sakura, hace que su interior se prenda fuego. —Esto tiene que terminar, — dice antes que pueda evitarlo, antes que pueda transformar las palabras en algo más diplomático.

La forma en que sus ojos vierten inmensas gotas de agua por su rostro, la forma en que su boca se curvea en una ligera mueca, la forma en que sus brazos cruzados parecen relajarse y dan paso a un ligero abrazo, como si intentara al mismo tiempo contenerse y confortarse a sí misma. Está decepcionada de él.

Sin otra palabra, se sumerge.

Y aprende algo nuevo sobre Sakura: es muy rápida. No puede mantenerle el paso, pero encuentra que lo mejor es que no lo deje completamente atrás. Ella se mueve más y más lejos, evadiendo los intentos de otros que intentan saludarla; lanzan miradas confusas en su dirección al tiempo que se dan cuenta que él en realidad la está persiguiendo, llamándola, y ella lo ignora.

No puede imaginar el tamaño del espectáculo que están dando, pero ahora mismo no le importa. Sabía que eventualmente tendrían su primera pelea. Por el tridente de Tritón, habían empezado peleando ¿no? Sabía que no podían vivir en euforia durante los doscientos años juntos que tenían por delante, pero había esperado discutir primero por cosas tontas, como quién es el mejor besador, o cómo nombrar a su primer alevín. Cosas en las que estaría más que dispuesto a ceder.

Pero esta pelea es grande, no es sólo sobre su interés en los humanos y él lo sabe; es sobre su libertad. Y sobre cuánto control tendrá él una vez que estén emparejados. No es una lucha que haya anticipado, siempre ha sabido que ella es fieramente independiente, pero creyó que podría razonar con ella, coaccionarla para que viera que en todas las situaciones siempre había más de un punto de vista. Y tal vez pudo, si las primeras palabras que salieron de su boca no hubieran sonado como ordenes absolutas. Maldice bajo su aliento. —Sakura, por favor detente, —le grita—. Por favor.

No se detiene. Ya han pasado el núcleo central de la sociedad Syrena, y están ya bastante alejados de la ruta humana, donde casi murieron. Sólo un banco de arena más y estarán cerca a otra costa humana completamente diferente. Alcanza el montículo del último banco de arena y se congela.

Ella también intenta frenar, pero la inercia la arrastra y se desliza en una mina humana. Cientos de redondas bolas metálicas flotan sobre largas cadenas, esperando que las toquen, que las detonen, que exploten. Es una trampa destinada a matar humanos, pero ahora Sakura, su Sakura, está dentro de ese enredijo, el más mínimo movimiento de su cola hace que las cadenas se balanceen caprichosamente. Hay apenas suficiente espacio para que quepa entre ellas, por no hablar de maniobrar con algo de velocidad. Es un milagro que aún esté viva, que el movimiento de su entrada no hizo que dos bolas chocaran. Será un milagro aún mayor sacarla.

—No te muevas, —dice, el terror aprieta su garganta como una mano real. Esto no puede estar pasando.

Ella asiente, con los ojos muy abiertos. —Lo siento, —susurra—. Esto es mi culpa.

—Voy a sacarte, —le dice, pero no tiene idea de cómo.

—Itachi, no te acerques más. Aléjate.

Él avanza con cuidado. —Quédate quieta.

—Si te acercas más, las detonaré a propósito.

—Sakura, no seas estúpida. Puedo ayudar.

—Así es como va a funcionar: vas a nadar en esa dirección hasta que ya no pueda verte, y entonces voy a salir de aquí yo sola.

Él cruza los brazos. —Has perdido la cabeza si crees que me voy a ir.

—No tiene caso que ambos… sólo vete. Puedo salir, pero no puedo concentrarme contigo tan cerca a… sólo vete. Por favor.

Ambos lo escuchan al mismo tiempo. Dos distintivos pum de la superficie. Itachi mira más allá de Sakura. Dos óvalos metálicos, obviamente de manufactura humana, con símbolos angulares rojos pintados cerca de las colas. Dos naves asesinas miniatura cayendo, hundiéndose, cayendo.

No no no no.

No hay tiempo.

Un relámpago de luz, una, dos, incontables veces. Un trueno ensordecedor.

Un calor devorador. Oscuridad.

Silencio.