Cuidados
Cuando volvió a abrir los ojos se dio cuenta que ya no estaba. Ni él ni su aroma, tampoco su ropa y mucho menos se escuchaba el sonido de alguien en el baño de su habitación.
El pelirrojo se sentó con dificultad en la cama, levantando el rostro para lograr que su nariz pudiera olfatear por completo el ambiente, pero nada, no había olor, tal vez una tenue estela de feromonas, pero posiblemente se debía a sí mismo, a su piel.
Levantó los brazos hacia su nariz, olfateándose, apenas podía sentir su olor... Y darse cuenta que estaba ahí, solo, luego de un momento tan complicado, le había hecho sentirse destrozado. Su corazón comenzó a latir más rápido y de sus ojos salir unas cuantas lágrimas, no podía atraer sus piernas hasta él para abrazarse, le dolía el cuerpo y significaba qué si ese dolor desaparecía, lo perdería para siempre.
Los pensamientos del pelirrojo fueron rápidamente al peor de los escenarios, tal vez Floyd sólo había obtenido lo que desde un principio quiso, posiblemente siquiera era su persona destinada, bien lo escucho, él no había encontrado a nadie en esa escuela ¿qué le hacía creer que él era tan especial para eso?
También la voz de su madre advirtiendo de todos los peligros de "allá afuera", de todos los alfas que iban a aprovecharse de él y sobre todo del peor error que nadie, ni un omega o un beta debían cometer; permitir ser marcados en un instante de lujuria y desenfreno.
Llevó ambas muñecas hacia sus ojos, limpiando las lágrimas que de ellos salían, debía reponerse, continuar su vida, olvidarle y tal vez ser la burla de los otros dos idiotas de Octavinelle con los que anteriormente parecía tener una mejor relación...
—¡Despertaste! —con una voz llena de emoción la persona a quien había creído perdida entraba de nuevo por la puerta, balanceando una charola en una de sus manos mientras con la otra intentaba abrirse paso hacia la habitación de su bonito líder de dormitorio.
Al parecer no se había dado cuenta de nada, se apuró a cerrar la puerta y entrar por completo, dejando la bandeja en la cama, mostrando varios sándwiches, una botella de agua, un jugo y otras bebidas, un pedazo de pastel que encontró en el fondo del refrigerador del dormitorio de las rosas y los corazones, sentándose después de la presentación —Pensé que tendrías hambre después de... —la mirada de Floyd no tardó demasiado en notar el camino de lágrimas en el rostro ajeno, así como el color rojizo en sus ojos y el rostro inconforme que ahora le regalaba — ¿te sientes mal, Kingyo-chan? También traje algunos medicamentos para el dolor, pero primero debes comer algo o te va a hacer más daño —rebuscando en los bolsillos de su traje aún más desordenado que antes.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó, mientras un puchero nuevo se formaba en su rostro, sin apartar la mirada de él — ¿ibas a dejarme? ¿Solo querías anudarme para huir?
—¿ah? ¿A Pececito le está fallando las orejas? —comentó con tranquilidad, mientras se acomodaba mejor en la cama, dejando las pastillas en la bandeja — Fui por comida, te quedaste dormido antes de que el nudo bajara, así que tal vez te hice más daño y fui a buscar medicinas para ello —explicó de nuevo, tomando uno de los sándwiches para dejarlo en las manitas de su novio, sonriendo poquito — No me fui a ningún lado sin motivo, tuve que salir de tu dormitorio para buscar el jugo y esta cosa de té helado —señalando las botellas —dormiste como dos horas... Sabía que ibas a tener hambre, es común, creo.
Riddle parpadeó un par de veces, mirando la tranquilidad con la que el peliazul hablaba y explicaba todo, y sin más volvió a llorar, dejando que sus lágrimas salieran y se escurrieran por su rostro mientras le daba una mordida al refrigerio que su amado novio le entregó.
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—Entonces ¿te sentiste solo? —la comida había sido apartada al escritorio de estudio de Riddle, el más alto se sentó detrás de él mientras limpiaba con cuidado la reciente mordida, orgulloso por la forma y la profundidad, escuchando como el más bajito de pronto, al despertar, había creído que le dejaba.
—De repente nada olía a ti, pensé que ibas a abandonarme —fue la respuesta tranquila, que después de tres sándwiches llenos de lágrimas y un poco de jugo con sabor salado en una tácita el más bajo de los dos daba su versión de los hechos —Se supone que tenías que estar aquí para cuando despertara, no puedes abandonarme de esa manera
El reclamo era extraño, una especie de berrinche sin fundamento que Floyd no entendía, ¿acaso en serio estaba quedando sordo? Le explicó dos veces anteriormente, sobre el tiempo que durmió, donde fue y la razón para hacerlo y parecía que Riddle continuaba regresando al mismo lugar. Soltó un suspiro, colocando el último pedazo de gasa con cinta sobre la mordida, bajando sus manos después en los brazos de su novio, acariciando de ellos en un intento de reconfortarlo.
—Es un tanto estúpido que pienses que podría abandonarte, kingyo-chan —hablo con tranquilidad, atrayéndolo más a él para que recargarse su cabeza contra de su pecho, mientras le daba caricias nuevas en su cabello rojizo que tanto parecía encantarle — Si hubiera querido hacerlo te habría atacado desde mucho antes y no estaría aquí contigo ahora... —confesó, con algo de hastío en sus palabras, seguía sin comprender del todo que sucedía por la cabeza de su adorada pareja.
Riddle se quedó completamente en silencio, antes de dar la vuelta por completo, pegando su cuerpo contra del ajeno, pasando sus brazos por detrás para abrazarlo, escondiendo el rostro al acostarse y acomodarse de lado, únicamente apretando tan fuerte como pudiese.
— Aun así... Debiste esperar a que despertara, no es agradable encontrar la cama vacía, no después de todo...
Floyd continuó acariciando su cabello, riendo muy bajo ante la necedad del más bajo por tener la razón, negando un par de veces con la cabeza. Antes de obligarle a acomodarse mejor sobre de él, agachándose para dejar varios y bastantes besitos en su cabeza.
— Puedo prometerlo, pero no quiero—finalizó el de cabello azul turquesa, cerrando los ojos, acostando se por completo en la cama, dejándose llevar por la calma, volviendo a escuchar como lentamente el chico de ojos grisáceos caía de cuenta nueva ante los brazos de Morfeo.
El teléfono del único líder de dormitorio ahí comenzó a sonar varias veces durante lo que quedaba del día y gran parte de la noche. Ninguno pretendió hacerle caso, estaban tan cómodos y tranquilos, el insistente sonido del teléfono poco podía hacerlos abandonar tal comodidad.
Aun cuando quien llamaba era la madre de Riddle completamente iracunda por no verle llegar a la hora indicada. O el día o tal vez en esas dos semanas de vacaciones.
