Capítulo 3: En la Tranquilidad de las Montañas

–¡Hay! –chilló Lincoln, y con un efusivo manotazo acabó de espantar a una de esas molestas alimañas que se había posado en su hombro–. ¡Maldita hija de puta!

–Lenguaje, Linc –oyó que se le mofaba Jr. quien se ocupaba de sostenerle la escalera en la parte de abajo–. ¿Qué pasa? ¿Necesitas una mano allí arriba, apestoso?

–No, no. Mejor ve y tráeme la bomba insecticida del armario de suministros. Ya encontré el avispero del que nos advirtió Tetherby.

Okey doki, ahorita te la traigo.

Al rato Lincoln la observó desde lo alto del tejado alejarse a trote veloz, rumbo al cobertizo del hotel.

≪Si, mucho ayuda la que no estorba≫, pensó.

Habían pasado tres semanas de armonía desde que los Loud se instalaron en el Overlook y para entonces Lincoln y Lynn habían adelantado una buena parte del trabajo. Lincoln había dicho a su madre que podían tenerlo listo hacía unos pocos días, pero que no se sentía muy urgido en hacerlo.

Cabía mencionar que, en ese tiempo y contra todo pronostico, la falta de internet en su estancia no significó un mayor inconveniente. No para la familia más ruidosa y alocada del poblado de Royal Woods que había aprendido a lidiar con el aburrimiento en situaciones como esas desde tiempos inmemorables.

Una Lori más joven que en su adolescencia se la pasaba pegada al celular en videollamadas con su bubu osito quizá no lo habría soportado; pero ahora Lori estaba viviendo su vida perfecta, lejos de ahí. En lo que a ellos respectaba estarían bien.

Lily pasaba la mayor parte del día repasando su lectura y en su tiempo libre iba a la zona infantil o jugaba Despeje total de basura en la consola que su hermano le heredó al cumplir nueve. Leni en cambio: o bien pasaba tiempo con ella o ayudaba con los quehaceres con tal de facilitarles un poco las cosas a Lincoln y Lynn.

Por su parte, Rita había vuelto a meterse en el mundo de la novela que estaba creando. En las ultimas tres noches, sentada frente a la portátil, su bloqueo de los últimos diez años había desaparecido bajo sus dedos, tal cual el algodón de azúcar se funde mágicamente en los labios.

Y Lucy... Nadie sabía que diablos pasaba con esa muchachita tan rara, que sólo deambulaba por ahí, silenciosamente, como alma en pena.

Pero de resto todo marchaba bien. El amor en familia nunca se había sentido tanto como en ese momento, desde aquel fatídico día.

Hasta entonces el otoño había sido una belleza casi sobrenatural. Los días hermosos sucedían sin parar. Desde los cero grados de la mañana transparente y seca, a la tarde en que la temperatura subía a los quince, lo ideal para hacer reparaciones en la pendiente occidental del tejado.

Y mientras Lincoln y Lynn se encargaban de remplazar las tejas desgastadas y de lidiar con el panal de avispas en el techo, las demás chicas decidieron salir temprano esa mañana a hacer unas compras en el poblado más cercano aprovechando el tiempo que tendrían antes de que hubiera nevadas fuertes.

Desde allí arriba la vista era espectacular; superior incluso a la que ofrecía la suite presidencial. Además el trabajo le sentaba bien.

Estando allí arriba se percibía un aroma de paz en el ambiente (uno que siempre había anhelado tener desde su ajetreada niñez con diez hermanas sacándolo de sus casillas a cada rato), lo suficiente para sentir que las heridas de esos últimos diez años que se habían sentido como una pesadilla turbulenta por fin empezaban a cicatrizar.

≪Ese piquete de avispa si que me dolió≫, se dijo al mirar hacia el panal.

Y luego pensó en que el piquete en su hombro no debía doler tanto como le habría dolido a su pequeña hermana esa vez...


Recordó que cuando regresó a casa y Lana confesó lo que había hecho, un inesperado acceso de rabia le eclipsó el corazón.

–Hola, Lana. ¿Qué estás haciendo?

Ouh, lo eche a perder...

–¡¿Qué pasó?!

–Creí que podía jugar tu juego sólo un poco, pero perdí tú ultima vida.

–¡No, Lana! Me tomó semanas llegar al ultimo nivel. No puedo creer que hayas hecho esto.

–Cuanto lo siento. Pasé todo el día tratando de llevarte al castillo de la basura. Hasta me ayudaron Lynn y Lisa... Pero morí justo antes de lograrlo. ¿Hay algo que pueda hacer para compensarte?

–No, Lana. Déjame solo, tengo mucho que hacer ahora.


A la fecha Lincoln seguía deseando que las cosas se hubiesen dado de manera diferente. Quizá si le hubiese dado la oportunidad, Lana podría haberle demostrado lo arrepentida que estaba por su pequeña travesura.

En ocasiones hasta se imaginaba otro posible escenario. Uno en que Lana regresaba rato después de que las cosas se hubieran enfriado un poco.


≪Hola... No quiero interrumpir, pero... Sólo quiero decirte que hice todas tus tareas y te preparé unos bocadillos. Traje tu sabor favorito de Flipie, cereza y bonanza azul, y las galletas que más te gustan...≫.

≪Oh... Gracias... Hay, esta parte es muy difícil≫.

≪Si... Aunque si haces tus saltos con la música evitarás los agujeros≫.

≪Espera, ¿en serio?... Wow, funcionó. Oye, ¿sabes más trucos?≫.

≪Si, la verdad es que aprendí muchos antes cuando... Arruinaba tu juego≫.

≪¿Me ayudas a jugar?≫.

≪¿Estás seguro? ¿Aun después de todo lo que hice?≫.

≪Si, me doy cuenta de que lo sientes... Oye, cuando termine mi juego, podríamos empezar uno nuevo para ti≫.

≪Oh... ¡Tú eres el mejor! Ja ja...≫.

¡Woow...! ¡El equipo Loud ganará!≫.


No obstante, cualquier otro posible escenario con un final más entrañable que se hubiese podido imaginar (así uno de estos acabara con Lynn Jr. echándoles agua), todo eso si llegó a suceder, pero solamente en su imaginación.


La triste realidad es que Lana no pudo esperar a que se le bajara el coraje. Después de todo no era más que una niña pequeña como para soportar todo ese desdén que su querido hermano mayor arrojaba en su contra.

Por lo que inmediatamente se regresó a la sala a seguir insistiendo en disculparse. Ese fue su error, si se le podía llamar error, el querer hacerlo antes de tiempo.

–Oye... No quiero molestar... Pero se me ocurrió que tal vez...

–¡Rayos! –refunfuñó el otro que persistía en mantener su seño fruncido–. Esta parte es muy difícil.

–Si, lo sé... Pero si saltas con la músi...

–Lárgate.

Desde el umbral Lisa y Lynn se miraron ciertamente sorprendidas, lo mismo que Lori y Lucy que acababan de entrar por la puerta principal. Entendían que Lincoln estuviese enojado por lo sucedido, pero nunca en su vida se había atrevido a hablarles a ninguna de ellas de ese modo y mucho menos a las menores.

Era como si en su cabeza hubiera un indicador de presión y la aguja estuviese apuntando al máximo. Lana no lo sabía, pero en ese momento estaba dentro del rango de peligro de una próxima explosión inminente.


–¡La caldera! –exclamó en voz alta, de regreso en el presente–. Rayos, casi se me olvida...

Si, de ningún modo podía olvidarse de vigilar la caldera. Tetherby había sido muy claro en eso y el buen Kirby se encargó de recordárselo repetidas veces por cuenta propia.

≪La caldera funciona mal; pero cuando se lo digo a Tetherby, se la pasa más de tres horas explicándome que no podemos permitirnos una nueva aunque este es el mejor hotel de las montañas. Todo el edificio va salir volando por los aires algún día. Sólo espero que ese estúpido de Tetherby esté aquí para verlo≫.

Aquel trasto estaba calibrado en máximo a 160, pero Kirby le recomendó mantenerse al margen si la aguja llegaba a 140.

≪Tiene una válvula de seguridad –añadió–. Pero la hija de su madre se atascó a causa del oxido hace veinte años. Así que no olvides girar la válvula principal todas las noches a ultima hora y procura usar los guantes de trabajo que está caliente. Así tú y tu familia estarán bien. Pero, recuérdalo, no hay válvula de seguridad≫.

Y no lo olvidaría. En absoluto podía olvidarse ese tipo de cosas o en caso contrario el lugar haría explosión...


–Lincoln... Sé que estás molesto –había insistido Lana entre balbuceos. Parecía que se iba a echar a llorar ante la sombría mirada que le regresó–. Pero si me dejas...

Lo que tenía que haber hecho era mantenerse al margen y esperar a que el mayor se hiciera cargo de girar la válvula de su psiquis, dejar que todo ese enojo fluyera en forma de suaves chorros de vapor caliente, poco a poco hasta que bajara la presión y acercarse fuese seguro.

≪No, esa no es excusa –se recriminaría Lincoln de ahí en más–. No había excusa para que reaccionaras así, cretino, energúmeno≫.

Recordó como las palabras de Lana se repetían en su mente, igual que el acorde surgido de un piano desafinado, cerrando el circuito de su cólera. En el fondo de su alma pensó que todo había ocurrido lentamente, pero de hecho debió ocurrir en menos de un minuto.

Lana avanzó hacía a el y alargó su pequeña manita a posarla suavemente sobre su hombro. Empezó a decir algo más y fue en ese momento que una de las callosas y pálidas manos de Lincoln se aferraron a su pequeño antebrazo.

En una situación así Lana fácilmente podría haberse defendido; la prueba de ello radicaba en que su deporte preferido era luchar cuerpo a cuerpo con lagartos y Lincoln no era que digamos un chico muy atlético a los once.

Podría haber repelido su ataque y sometido usando sus propias escasas fuerzas en contra suya. Mas, supondría Lincoln en el futuro, que el pánico que le produjo encarar a aquella fiera mirada, la mirada que de ninguna manera podía pertenecer a quien se suponía era su hermano mayor, el más gentil de los chicos incapaz de hacer daño a una mosca, esa tenaz sensación de incertidumbre y horror debió paralizarla.

Y para cuando se dio cuenta sus piececitos pendían a unos treinta centímetros del suelo.

–¡¿Qué no me escuchaste?! –había rugido Lincoln, con un vozarrón tan tremendo que las otras testigos pegaron un brinco para atrás del espanto. Todo esto al tiempo que efectuaba un violento zarandeo contra la pequeña–. ¡Te dije que me dejaras solo!

Con este grito las hermanas faltantes salieron de diversos escondites a presenciar aquello que vendría a ser algo tan inesperado como terrorífico. Terroríficamente inesperado. Ni siquiera el propio Lincoln sabría explicar por que se puso así de repente. Decir que sus hermanas lo vieron tan molestó por que le echaran a perder su juego tanto como temían era poco, casi minúsculo a comparación de lo que acabó por desatarse.

Lo que sí supo es que la aguja del medidor había empezado a dar vueltas como loca, que aquel arrebato no se produjo únicamente por la estúpida partida, y que la pobre Lana corrió con la mala suerte de estar en el lugar y momento menos indicado; ahí en medio de la explosión de meses de rabia acumulada que acabó por desatarse.

–¡¿Qué no entiendes?! –bramó a voz en cuello, con su pecosa cara tornándose tan roja como un tomate, las venas de sus sienes enmarcándose a ambos lados de su cabeza y el mechón de pelo de su peinado echando humo en sentido literal–. ¡¿Es que no pueden dejarme en paz cinco minutos?! ¡¿Cinco minutos de paz es mucho pedir?!

–¡Lincoln, tetende!

Lori había conseguido reaccionar del shock de verlo enloquecer así y acudió a intervenir; pero Lola y Lucy ya se le habían adelantado.

–¡La estás lastimando! –Lola fue la primera en tratar de separarlo de su gemela mediante tirones hacia su blanco cabello–. ¡Suéltala, Lincoln! ¡La estás lastiman...! ¡Ahg!

Resultó peor para ella, puesto que la otra mano de Lincoln salió disparada a clavarse en su delicado pescuezo, apretando hasta cerrar el puño.

–¡Estoy harto! –gritó encolerizado al hacer esto–. ¡Ustedes todo me lo quitan! ¡Las odio, las odi...! ¡Ay!

Incluso el perro Charles quizo ayudar arrojándose a mordisquearlo en una pierna; ocasión que Lucy aprovechó para hacer que soltara el cuello de Lola. Y lo consiguió, pero a cambio de eso obtuvo un contundente puñetazo en el ojo.

La una cayó de rodillas sobre la alfombra y se puso a toser y tomar aire, la otra retrocedió a tropezones con una mano apretada contra su cara, el resto de hermanas ya venían en camino a parar el encuentro, mientras que el zarandeo de la mano con la que Lincoln mantenía capturada a Lana continuaba, hasta que...

¡Crac!

El chasquido del hueso al romperse no fue tan fuerte, trataría de convencerse, aunque en realidad le había parecido ensordecedor. Fue un ruido preciso, igual al de un lápiz cuando se quiebra o una astilla para el fuego después de romperla con la rodilla.

A esto siguió un momento de espantoso silencio a su alrededor, tal vez por respeto hacia el futuro que comenzaba, hacia el resto de su vida.

Miró como el rostro de Lana palidecía, como abría desorbitadamente sus ojos, poniendose vidriosos, y estuvo seguro que se desplomaría en el charco de orina que ella acababa de dejar en la alfombra.

Oyó su propia voz, débil y espantada, gritar, procurando hacer que todo retrocediera, buscando la manera de olvidar el chasquido de hueso al quebrarse y de volver al pasado, como si hubiera un status quo en la casa Loud, gritando:

–¡Oh, Dios mío, Lana!, ¡¿Pero qué es lo que he hecho?! ¡Lo siento! ¡¿Estás bien?! ¡Oh, no, tu pobre bracito!

Recordó el alarido desgarrador que Lana lanzó en respuesta, y después a sus otras hermanas, aterradas, boquiabiertas, acercárseles a ver el grotesco ángulo que formaba el antebrazo de Lana con el codo; en el mundo de las familias normales no habían brazos que se articularan así.

Aturdido e inmóvil, Lincoln trató de entender cómo podía haber sucedido una cosa así. No se movió de su lugar, pues no sabía si debía soltar a Lana o mantenerla agarrada; hasta que Lori se abalanzó a tomarla en brazos balbuceando:

–¡Rápido, tenemos que llevarte al hospital!

Seguidamente los ojos de Lincoln se encontraron con los de Lynn, y en ellos vio lo que siempre había sospechado de ella, que lo odiaba; pero este encuentro de miradas duró poco ya que al instante recibió un puñetazo en el estomago por parte de la castaña que lo dejó fuera de combate.

–¡Mira lo que hiciste! –oyó que le gritaba, segundos antes de caer derribado con sus manos apretadas contra el vientre–. ¡Le rompiste el brazo, maldito loco! ¡Quédate ahí y no se te ocurra volver a ponerle un dedo encima a ella o a ninguna de nosotras o juro que haré que te enfrentes a mucho dolor!

Después oyó los pasos acelerados de sus hermanas corriendo en estampida, con la vociferante Lana sostenida en el nido de los brazos de Lori, seguidos por el ronroneo de Vanzilla arrancando.

Permaneció inmóvil, derrumbado en medio de la alfombra de la sala, con el incesante dolor del golpe punzando su pobre estomago, pensando...


≪Que había tenido un acceso de mal genio≫.

Ojalá las gemelas estuvieran allí. Seguro que a Lana le habría encantado el espacioso jardín del hotel en el que felizmente podría haber encontrado nuevos amiguitos con que jugar entre la fauna silvestre que merodeaba por los alrededores (lamentablemente habían tenido que dar en adopción a sus mascotas en los tiempos difíciles), y seguro que Lola habría sentido por fin que estaba viviendo en su castillo de princesa pese a que ya era una adolescente que decía no estar interesada en esas cosas infantiles. Pero les había tocado quedarse a finalizar su ultimo año de preparatoria en aquel internado de prestigio cuya colegiatura Lincoln ayudaba a pagar con el sudor de su frente.

En lo que Lynn regresaba con la bomba insecticida, Lincoln siguió retirando las tejas podridas gritando: ≪¡Bomba va!≫ antes de dejarlas deslizar en caso de que su hermana llegase a asomar por allí (y se sorprendió una que otra vez preguntándose si tal altura bastaría para matarse, en el hipotético caso de que se lanzara de cabeza contra el encementado). Así mismo había estado toda la tarde hasta que la avispa le picó.

Curiosamente el mismo le había advertido a Lynn que debían cuidarse de los avisperos. Y sin embargo, esa mañana, el silencio y la paz habían sido tan completos que había subido al tejado sin pensar en ello.

¿Hacía cuanto que no gozaba de una paz así?

–Listo, aquí está la bomba –la oyó anunciarse precisamente, justo cuando estaba por arrancar otra teja más–. ¿Quieres que te la suba?

≪Rayos, adiós a mi paz y tranquilidad≫.

–¡No, no! Te dije que te quedarás allí abajo –contestó, fuerte y claro–. Sin nadie que te de sosteniendo la escalera podrías caerte y romperte el cuello.

≪Y luego nos cansaríamos...≫.

–Sólo lánzamela para acá y yo ya me encargo del resto.

–¿Seguro? ¿Crees poder atraparla, debilucho?

≪Yo te demostraré quien es el debilucho, pequeña marimacha pedorra≫.

–Seguro que si, si ya no soy un niño, LJ. Apúrate que me están picando.

–Ok, como quieras... ¡Ahí va!

Y la atrapó... Pero con la ingle, aunque eso no fue para nada intencional por parte de LJ.

–¡Auch!

–¡Uy! Rayos... Me imaginó eso si debió dolerte.

≪Como el infierno, estúpida≫.

–Perdona, ¿estás bien?

–Si, si... De todas formas pensaba salir de aquí a hacerme la vasectomía... ¡Ah, no! Tu no te escapas.

Acto seguido y a pesar del golpe a su orgullo y a sus nueces, Lincoln –que ya había desarrollado cierta resistencia al dolor físico desde muy joven– se deslizó a agarrar la bomba antes de que esta rodara por la pendiente del tejado.

–La tengo, Lynn.

–Muy bien. ¿Y ahora qué?

–Ahora tú vete a jugar por ahí o algo mientras me ocupo de estos bichos.

–De acuerdo. Estaré cerca practicando con mi balón de soccer por si necesitas algo.

–Si, tranquila, yo ya te llamo después.

≪Ahora si, desgraciadas –pensó dirigiendo su vista al avispero–, ya verán quien está a cargo aquí≫.

Si, tarde o temprano haría pagar a cada una de esas desgraciadas por todo lo que le habían hecho pasar.


Más tarde Lincoln preparaba la cena con ayuda de Lucy y Leni. El menú de esa noche: Lynn-guine con almejas.

Para esto contaban con el libro negro de papá, gracias a que hacía tiempo que Luan mandó a transcribir todas sus recetas en pequeñas tarjetas para su uso luego de que asumiera el control del restaurante.

–Oye, Linky, ¿sabes que hay que poner aquí? –sugirió Leni en momento dado en tanto el se ocupaba de picar los vegetales y Lucy de vigilar la olla en que estaban preparando la salsa–. Unos calabacines frescos que encontramos ahora en el mercado y que...

–No, no –se negó a su petición. Con voz firme pero calmada–. Es la receta de papá. Lo que diga la pagina va a la olla, nada más, nada menos. ¿Cuánto tiempo hay que mover y sazonar? Léeselo a Lucy mientras yo termino aquí.

La espeluznante joven de negros cabellos como la brea sólo asintió con la cabeza, sin decir nada, y procedió a hacer lo que le indicó su hermano.

Se tiene que mover y sazonar por cinco minutos... –canturreó Leni con una vocecilla con la que pretendía sonar como las excéntricas presentadoras de los segmentos de cocina en los programas de farándula matutinos.

–¿Y cómo cuánto tenemos que seguir oyendo la voz de Mickey? –la interrumpió Lincoln. Serio, como siempre, pero sin mostrar un ápice de agresividad en su tono de voz.

Todo el tiempo que sea graciosa... –rió su alegre hermana mayor–. Ha ha...

≪Genial, otra que quiere ser comediante≫.

–Si, pues ese tiempo se acabó ya.

Eso no era necesario...

Al pasar pagina al recetario, Leni dio con un papelito amarillo adherido con un clip. Algo desgastado por el paso del tiempo, pero con las letras de lo que tenía escrito allí lo suficientemente legibles para llamar su atención... y llegar a conmoverla como era de esperarse.

–¿Y esto?... Hay, pero que lindo. Miren lo que encontré... Sólo requiere una cucharada de amor, una pizca de ternura y un corazón suavizador.

Lucy dejó de revolver la olla de salsa y fijó su atención en ella; lo mismo que Lincoln que se vio en la necesidad de preguntarle:

–¿De que rayos estás hablando?

–Es la receta para el mejor papá del mundo –contestó Leni haciéndole entrega del papelito–, de Lincoln Loud de once años.

–Cielos, lo había olvidado –Lincoln miró la vieja nota escrita a los once con su puño y letra, bastante atónito–. No sabía que lo tenía aquí...

Pero luego la volvió a depositar en la misma pagina del recetario y siguió como si nada.

–Hey, Lucy, tu sigue revolviendo. Leni, ¿lo demás cuánto?

Ouh –suspiró conmovida la rubia que siguió leyendo el papelito en vez de seguir adelante con su labor–. Amo la parte en que dice: sírvase para once en porciones iguales. Debió fascinarle. ¿Cuando se la escribiste, Linky? ¿Fue en su cumpleaños o en el día del padre tal vez? Yo tampoco recuerdo... ¿Lincoln?

En el estudio, Lily repasaba sus ejercicios de lectura mientras que al otro lado de la prolongada mesa escuchaba como el teclear de la portátil de Rita cobraba vida durante treinta segundos, enmudecía un par de minutos y después volvía a teclear brevemente.

Y fue ahí cuando le llegó, captándolo igual que una señal de radio de onda corta.

Tan rápido como lo captó se levantó y dirigió hacia la cocina a paso veloz.

Ahí se asomó discretamente, teniendo cuidado de hacer el menor ruido posible.

–¿Lincoln? –volvió a dirigirse Leni a su hermano que, al asomarse Lily vio que mantenía la cabeza gacha–. ¿Estás...? ¿Estás lloran...?

–¡No, son las cebollas! –contestó tajante, y de sopetón le arrebató las gafas de sol que siempre llevaba sobre su cabeza para ponérselas el mismo–. ¡Dame eso!... ¿Qué estás mirando?

–Nada... –con disimulo, Leni volvió a enfocar su atención en el recetario. Lucy apartó la mirada y siguió revolviendo–. Esos te quedan bien... Aunque son para mujeres.

La segunda mayor no necesitaba ser telépata como la más pequeña de los once para saber que mentía. En los últimos diez años jamás volvieron a ver llorar a Lincoln, no frente a ellas. Jamás volvió a mostrar esa clase de vulnerabilidad y entendió que aquello lo avergonzó. Sin querer había avergonzado al fuerte león macho de blanca melena que protegía a la manada. ¿Qué podía hacer?... Pues abrazarlo.

En la puerta de la cocina Lily la vio acercarse a el, lentamente, por la espalda, con los brazos ligeramente abiertos. Teniendo en claro cuales eran sus intenciones ella tampoco necesitaba de su telepatía para saber que esa era una mala idea; porque el león la podría morder, la podría rasguñar. Pero también sabía que dentro de ese fiero león había un gatito.

–Leni, no quiero que me abraces ahora, que me vas hacer cortar un dedo.

Si, tal como temió.

–Está bien, está bien... –se apartó de inmediato.

Mas esta persistió en hacer lo que creía era correcto al recordar que también ella era la mayor ahí.

–Bien, como que te voy a decir esto de una vez para poder avanzar. Eso está bien.

–Entiendo.

–¿Sabes a que me refiero con "eso"? El que llores porque extrañas a papá.

–Yo no lloré.

–Son sólo unas lagrimas.

–Es por la cebolla.

–Correcto, correcto... Tal vez yo... Como que me puse en tu lugar... ¿Sabes? Yo también lo extrañó. Pero si así surgió algo de nuestra niñez y así puedo recordar algo de nuestro papá, la nostalgia es buena. Y también es bueno hablar de ese tema.

–Ten.

Como respuesta a sus palabras de consuelo, Lincoln sólo le entregó un queso a Leni y le dio señalando un rallador como indicativo de que ya no siguiese con el tema. Todo manteniendo su duro carácter y sin dejar de mantenerse concentrado en su labor de picar las verduras.

Cuando advirtió que Lucy posó su mirada oculta en su cortina de cabello negro sobre ella, Lily se retiró disimuladamente de regreso al estudio a seguir con su lectura hasta que llamaran a todos a cenar.

No había caso insistir. Lincoln era demasiado orgulloso para mostrar fragilidad emocional. Esa había sido su actitud desde que cumplió doce.

O quizá no le gustaba hablar al respecto porque no se sentía capaz de soportar tanta vergüenza.

–Malas noticias –informó Lynn Jr. que retornó a la cocina poco después de que se hubiera ido Lily; cosa ante la cual Lincoln se quitó las gafas de sol de Leni y se pasó el dorso de la mano por los ojos con un rápido movimiento–. Tampoco hay vino tinto ni blanco en el bar.

–¿En serio? –su hermano parpadeó dos veces antes de dirigirse a ella.

–Sip. Revisé hasta el ultimo rincón y no hay una sola gota de licor en este hotel. Ni vino, ni whisky, ni cerveza, ni vodka, ni nada. Este lugar está tan seco como un desierto. Ni siquiera hay vino para cocinar en la bodega.

≪¡Maldita sea! Con lo bien que me vendría un trago en este momento≫.

–Está bien –dijo Lincoln con tranquilidad–. Tendremos que acompañar la pasta con Coca-Cola. Leni, tu ya deja en paz ese papelito y mejor ve a poner la mesa.


Después de comer y sólo hasta que le dio permiso de levantarse de la mesa, Lily se retiró, no sin antes despedirse de su hermano con un beso en la mejilla.

–Lily, ven acá –la llamó cuando ya iba camino a su recamara.

–¿Qué pasa? –preguntó devolviéndose a pararse junto a la cabeza de la mesa que era donde estaba Lincoln.

–No, nada –aclaró levantándose de su lugar y yendo a buscar algo en el cajón de un mueble cercano–. Ven, tengo un pequeño regalo para ti.

–¿Para mi? –reaccionó la niña ni bien oyó eso.

–Así es –contestó el mayor con una sincera sonrisa–. Te has portado muy bien y esforzado tanto en tu lectura que creí que merecías un premio.

–¿Qué es? –preguntó entonces muy emocionada.

–Algo que supe que te iba a gustar –aseguró Lincoln mostrando ante todas una cosa grande, redonda y de color gris.

Callada como siempre, Lucy se aproximó a observar la cosa llena de curiosidad. Por un momento le pareció que era un cerebro disecado; pero cuando vio que era retrocedió instintivamente.

–¿Qué es eso? –preguntó Rita.

–Es el panal de las avispas que había en el tejado –respondió.

–¡AH! ¡AVISPAS!

Al oír tal afirmación, la más inocente de las hermanas echó a correr despavorida a refugiarse en su alcoba.

–¡Leni, espera! –la llamó Lincoln en afán de tranquilizarla–. ¡Lynn y yo las matamos a todas esta mañana, no hay nada aquí adentro!

Pero ni bien que la rubia se perdió de vista, el peliblanco se palmeó la frente y negó con la cabeza, algo fastidiado por su ingenuidad.

En pleno acto, a Lily le pareció verlo gruñir entre dientes y hasta creyó poder leer que en sus labios articulaba las palabras: ≪Cabeza de chorlito≫.

Rita también se levantó de su lugar y se acercó a mirar el avispero que Lincoln entregó a Lily pero no se atrevió a tocarlo.

–¿Seguro que no hay peligro? –preguntó dudosa a su hijo.

–Seguro. ¿No recuerdas que papá le dio uno igual a Lana cuando ella y Lola cumplieron cinco? ¿Qué te parece, Lily? ¿Te gusta?

–¡Es horroroso y huele mal! –exclamó eufórica–. ¡Está increíble, me encanta!

–¿Quieres tenerlo en tu habitación?

–¡Ahora mismo!

Tan pronto como dijo esto se volvió a echar carrera hacia el pasillo próximo al vestíbulo.

–No sabía que allí arriba había avispas –comentó Rita–. ¿Te ha picado alguna?

En respuesta Lincoln deslizó la manga de su camiseta para mostrarle el piquete en su hombro que ya había empezado a deshincharse.

–A ver, ¿dónde está mi corazón purpura?

–Oh, pobrecito, mi bebé –se compadeció su madre y sin ninguna pena se acercó a darle un beso ahí–. Ahorita te pongo una pomada para aliviarte.

–¿Te sacaste el aguijón? –le preguntó Lynn Jr.

–Las avispas no pierden el aguijón, esas son las abejas que lo tienen como una sierra. Las avispas lo tienen liso. Por eso son tan peligrosas. Porque te pican y luego te siguen picando.

–Cariño, ¿estás seguro que no hay peligro alguno? –volvió a preguntar su madre.

–Si, seguí todas las instrucciones del insecticida. Garantiza que en dos horas mata a todos los bichos y no deja residuos tóxicos.


Lily terminó de asearse y cepillarse los dientes antes de ir a dormir. Tenía que admitir que era agradable poder hacerlo sin que nadie la estuviese esperando afuera del baño.

No obstante...

–¿Por qué no me dices? –preguntó a Warren–. ¿Porque no te gusta estar aquí? Lincoln necesita el empleo.

No te lo digo –se contestó a sí misma imitando la voz del conejito.

–Por favor –volvió a pedir.

No...

–Anda, Warren –insistió–, dímelo ya.

Peor, Warren no se lo dijo directamente, sino que se lo mostró.

En el espejo, su reflejo cambió por una secuencia de imagines que iban pasando rápidamente. Primero la de una vista frontal del ascensor abriéndose en la segunda planta y dejando salir un mar de sangre que inundaba todo el pasillo. Después la aparición de unas gemelas que la miraban fijamente a ella, luego la sangre inundando el pasillo de arriba otra vez, de ahí su propia cara contraída en una inusual mueca de horror y la sangre acabando de inundar el mismo pasillo.

≪¡Ven acá, es hora de tomar tú medicina como una niña buena!≫.

Por ultimo vio a esa misma palabra escurriendo en el espejo, escrita en letras de sangre fresca, que al instante se desvaneció toda:

REDRUM


Habiendo terminado de cenar todos, Leni se puso a lavar los trastes y Lincoln ayudó a limpiar la mesa y ordenar todo lo demás, finalizando con tapar la olla de la salsa sobrante para la pasta y llevarla a guardar en la nevera.

No más que antes, cuando se hubo asegurado que su hermana no lo veía, en breve destapó la olla otra vez para permitirse aspirar otro poco de ese sabroso aroma que le traía tantos bellos recuerdos... Y a fuerza reprimió el reflejo involuntario de las lagrimas de nostalgia queriendo deslizarse por sus mejillas en caso de que Leni se regresara a mirarlo.

–Buenas noches –se despidió de ella al salir, tomando la precaución de no mirarla a la cara.

–Buenas noches, Linky.

≪Rayos, como te odio, Leni≫, pensó esta vez.

No porque realmente la odiara. Lincoln amaba a toda su familia –por más que en más de una ocasión lo sacaban de quicio–. Tampoco odiaba que lo hicieran recordar a su difunto padre, ¿pues quien odiaría recordar al que en vida había sido un hombre tan amoroso, comprensivo y atento? Lo que pasaba es que con esos recuerdos venía la tormentosa vergüenza de como lo maltrató e insultó poco antes de que partiera de este mundo.

Salió a hacer sus rondas en la planta baja tratando de olvidarse de ese cargo de consciencia que se llevaría consigo a la tumba. Revisó que puertas y ventanas estuviesen cerradas; pasó a asomarse a la puerta de el estudio y verificó con satisfacción que su madre escribía con tanta constancia al igual que cada noche.

Luego esquivó a Lynn, que al igual que cada noche se ponía a trotar a lo largo de los pasillos alrededor de la espaciosa primera planta. El primer día se le había ocurrido practicar parkour, pero Lincoln se lo había prohibido rotundamente por miedo a que fuese a romper algo más valioso que el sueldo que recibirían.

≪Hasta que no te vuelvas a romper todos los huesos de tu cuerpo no te quedarás quieta un segundo, ¿verdad?≫, pensaba cada vez que la veía corretear.

Después advirtió que Lucy merodeaba por ahí y alzó una mano para saludar a Lana y Lola a quienes vio paradas en medio de uno de los pasillos contiguos...

¿Alzó una mano para saludar a Lana y Lola a quienes vio paradas en medio de uno de los pasillos contiguos? Eso no tenía un puñetero sentido.

En primera porque las gemelas no tenían nada que hacer allí, si se suponía que a esa hora deberían estar a varios kilómetros de estados de distancia, en sus respectivos dormitorios asignados de una escuela para niñas pedantes y niños mimados. Esa por la que se estaba partiendo el lomo y recibiendo piquetes de avispas para pagar la colegiatura.

Lo segundo, y que era lo que más le escandalizó, es que si había avistado a dos niñas rubias exactamente iguales, con el mismo vestido azul celeste cada una. Dos NIÑAS rubias exactamente iguales, CON EL MISMO VESTIDO AZUL CELESTE CADA UNA. No vio a dos adolescentes de prepa con estilo de vestir uno muy opuesto al otro –es decir una muy femenina y la otra completamente marimacha–, o siquiera con sus costosos uniformes del internado.

Pero cuando se regresó a ver inmediatamente notó que mismo no había nada allí; lo que significaba que ya estaba muy cansado y necesitaba acostarse.

Por ultimo se aproximó a la habitación de Lily, primero a respetar su privacidad tocando la puerta anticipadamente, pero luego reafirmó su autoridad entrando de todos modos (a ella le prohibió terminantemente echar el cerrojo por si acaso se presentaba cualquier emergencia).

La encontró en su cama, si, con la pijama puesta, también, bajo las cobijas, igualmente; pero su lampara de noche seguía encendida y ella permanecía inclinada sobre un libro de El Dr. Seuss: Huevos verdes con jamón.

No... No me gustarían... –leyó despacio. Con un dedo seguía lentamente las palabras de su libro de lectura–. No los quiero aquí ni allá... No... No me gustarían aquí... Allá o más allá...

Hizo una pausa y el dedo se detuvo en una linea.

Pues no me gustan nada los huevos verdes con ja... Con ja... Ja...

–Tan cerca no, nena, que te dañarás la vista –le advirtió Lincoln desde la puerta–. Es...

–No, no me lo digas, no me lo digas –pidió irguiéndose de pronto–. No me lo digas, por favor, yo si puedo.

Lily volvió a inclinarse sobre el libro con la expresión de un universitario a punto de hacer el examen final. Lincoln no tenía certeza si la dislexia era algo de familia o no, pero en caso de serlo a Lola no le costó tanto trabajo aprender a leer. A los siete ella leía a nivel de tercer grado y hasta podía escribir en cursiva.

Con... Con jamón... No, no me gustan nada... Juan Ramón... ¡Lo logré!

–Muy bien, Lily –la felicitó su hermano–. Me gusta que sigas practicando todos los días. Pero creo que por hoy es suficiente.

–Un par de paginas más, por favor.

–No, ya es hora de acostarse.

–Por favor, Linky, ¿si?

–Lily, no me fastidies. He tenido un día pesado y estoy echo polvo.

–Está bien –accedió la niña a cerrar el libro y lo puso encima de su velador mirándolo con nostalgia.

–Apaga la luz y duérmete.

–Si... Oye, ¿te puedo hacer una pregunta?

–¿Qué?

–Es que ahora los oí hablar a Leni y a ti en la cocina y... Bueno... ¿De verdad no lloraste cuando viste el poema que le escribiste a papá cuando eras niño?

–Oh, diablos, no es cierto –replicó–. ¿Qué rayos pasa con ustedes? Ya les dije que fueron las cebollas que me picaban.

¡Mentira!

–Oye, sé que todas ustedes estarían felices al creer que tuve un momento muy emotivo por mi papá. Pero no pasó.

–Oh... ¿Y que no extrañas a papá?

–Claro que si –respondió sin dudar–, era un hombre maravilloso. Nos dejó un montón de recetas fantásticas que es la razón por la que comemos comida deliciosa todas las noches.

Lincoln suspiró, pasó a sentarse al pie de la cama y le posó suavemente una mano en el hombro.

–Ojalá pudieras recordarlo –le sonrió–. Papás como el sólo había uno, nadie se le comparaba.

≪Y yo lo maltraté≫, oyó Lily que se aquejaba constantemente en su cabeza, y ahí se dio cuenta que su melancólica mirada era la de un hombre apaleado por los golpes que da la vida a causa de una serie de eventos desafortunados y malas decisiones.

–Bueno, yo creo que algún día tú también serás un muy buen padre –se atrevió a decirle a modo de consuelo–. Cuando encuentres a la persona indicada, claro.

–Dudo que eso pase pronto, preciosa –repuso tocándole la nariz con la punta de su dedo–. Por ahora mi única prioridad son ustedes y nada más... Buenas noches.

En eso, Warren acudió a decirle lo que debía hacer si quería hacerlo sentir mejor.

≪Si tanto siente que ha sido un mal hijo y un mal hermano, al menos demuéstrale que sigue siendo un buen padre≫.

–Oye, Lincoln –lo llamó nuevamente cuando iba de salida.

–¿Ahora que quieres?

–Es que... No puedo dormir... Y estaba pensando que... No sé... Bueno, mira, sé que hace mucho dije que ya estaba grande para esto... Pero tal vez si me arrullaras como cuando era pequeña...

Cuando se devolvió por donde vino, aunque fue breve, Lily observó con alegría como esta vez el rostro de su hermano se iluminó.

–Claro que si, mi amor –dijo acercándose a arroparla con las cobijas–. Las veces que tú quieras.

Entonces la muchachita preparó sus cachetes para el bochorno. Ya no era una bebé que necesitaba que le cantaran una canción de cuna para dormir. Leía a nivel de preescolar, pero no por eso dejaba de estar a nada de alcanzar aquella horrible etapa entre la niñez y la adolescencia llamada pubertad. Y aun así estaba dispuesta a sacrificar un poco de su orgullo por el bien de la truncada estabilidad emocional de su hermano mayor que se había ocupado de ayudar a criarla.

Ya bebita sin llorar. A jugar y a retozar. Muy contentos tu y yo. Ríe, ríe, ríe...

Terminado de haberla arrullado con esta canción, Lincoln apagó la lampara de noche y la despidió con un afectuoso beso.

–Que duermas bien, mi angelito.

En la puerta, por un momento se quedó mirándola hasta que se hubo asegurado de que se quedara dormida, y una oleada de cariño lo invadió como una marea.

Roque... –la oyó balbucear entre bostezos.

Contempló la paz y quietud con la que dormitaba, recordándole a cuando era la adorable bebé del hogar. Bebé había dejado de ser hace mucho, pero nunca dejó ni dejaría de considerarla la más adorable de sus hermanas.

Se preguntó con que soñaría. Le gustaba pensar que con ángeles, jardines llenos de flores y castillos de azúcar.

Y cuando la vio repetir esa costumbre que nunca dejó de chuparse el pulgar mientras dormía... De nuevo los tormentosos recuerdos y la insoportable culpa vinieron a el.

En cierta ocasión los once hermanos acordaron intentar cambiar de habitaciones, esperando que con eso se solucionaran las constantes disputas que había entre compañeros de cuarto. O bueno, sus hermanas fueron las que acordaron intentarlo. A el prácticamente lo mandaron obligado al mismo cuarto que Lily.

Recordó que la primera y única noche del experimento le había resultado una completa tortura, con la bebé balbuceando en sueños sin dejarlo dormir tranquilo, el aroma de los pañales apestando el ambiente cada cinco minutos o todas las veces que encontró sus cosas mordisqueadas o babeadas.

Y, lo peor de todo, el transcurso de la madrugada, antes de que las chicas se acomidieran y lo volvieran a cambiar a su antigua habitación.

Recordó que la bebita se había despertado y sus padres no acudían a verla por mucho que berreara a todo pulmón. Por lo tanto el tuvo que ocuparse del asunto... Y en lo que bajaba a la cocina a prepararle un biberón, en un estado casi de sonambulismo, se le pasó por la cabeza hacerla callar con una almohada.

Sintiéndose como una basura total terminó de rememorar el momento en que estuvo parado junto a la cuna. Nunca en su vida olvidaría lo que pasó ese instante, así hubiesen pasado diez años de haber tenido lugar en la vieja casa Loud. Ni tampoco se lo contaría a nadie nunca, por encubrirse y porque de todas sus acciones era la que más lo avergonzaba.

Alivio total fue lo que sintió cuando los constantes berridos de la niña lo hicieron despertar por completo, justo a tiempo para darse cuenta ahí que sostenía la botella de leche caliente en una mano... Y la almohada en la otra.

¿En qué rayos había estado pensando? ¿Para qué quería esa almohada? Las respuestas a esas preguntas, y la duda de que tan lejos habría podido llegar de no haber reaccionado a tiempo, era algo de lo que jamás en su vida querría enterarse, así se estuviera quemando vivo.

Cansado, tanto física como emocionalmente, Lincoln se retiró dejándose la puerta sólo entreabierta.

En cuanto se hubo alejado, encima de la cómoda de Lily, algo minúsculo con alas empezó a zumbar adentro del panal.