—Esa niña ha vuelto a hacer de las suyas. Casi nos fastidia la operación otra vez, ¡no entiendo por qué se empeña en tenerla en nuestras filas! ¡Está claro que no quiere ser de los nuestros y se niega a colaborar, se merece un castigo ejemplar que le haga reflexionar y cambiar!
Atlas entró bramando en el despacho de su jefe, completamente enfurecido por lo que había sucedido un par de horas antes. El grupo que él lideraba tenía la orden de hacerse con el mayor número de pokémon posible, pero Carol había vuelto a hacer de las suyas y algunos entrenadores se dieron cuenta por su culpa. Las primeras veces pensó que era por inexperiencia, pero conforme pasaba el tiempo cada vez le iba quedando más claro que la niña lo hacía a propósito.
—Ya sé que le tiene cariño por ser la amiguita de su hijo pero en serio, esto está pasando de castaño a oscuro.
Se detuvo frente a su escritorio, pero Giovanni no hizo el mínimo amago de querer levantar la vista de los papeles que estaba leyendo.
—Ser líder de gimnasio es más difícil de lo que crees, hay mucho papeleo aburrido que hay que rellenar —Atlas abrió los ojos, incrédulo y algo ofendido. ¿Es que no le había oído? ¿No le había parecido importante lo que le había dicho? Tras unos segundos Giovanni firmó los papeles y los guardó en un cajón de su escritorio, tras lo cual alzó al fin la vista y le miró a los ojos a su subordinado—. En cuanto a lo de Carol, me temo que tendréis que aceptarla tal y como es aunque os resulte un fastidio. Creedme cuando os digo que hay una razón para eso, y no es por ser amiga de Silver. Es intocable, pensé que había sido claro las veces anteriores, ¿es que no os fiais de mí?
—Y lo fue, señor, y nos fiamos de usted al cien por cien, pero —Atlas suspiró y se llevó una mano a la nuca— ¿por qué? ¿Qué tiene ella de especial? ¿Por qué puede hacer lo que quiere sin que nadie le ponga la mano encima?
Tanto líder como subordinado se miraron durante un par de segundos. El primero estaba pensando en cómo responder, y el segundo estaba esperando una respuesta que no le decepcionara. Al fin, Giovanni tomó su decisión.
—Creo que a ti te lo puedo contar, eres maduro y sabes manejar la información. Además, si me pasa algo necesito que alguien lo sepa para usar nuestro as bajo la manga, sería una pena desperdiciar su maravillosa habilidad.
Giovanni sacó un libro de otro de sus cajones y lo abrió por una página que tenía marcada. A Atlas le dio tiempo a leer el título de la portada, "Criaturas mitológicas de Kanto y Johto".
—Mira, lee lo que pone aquí.
El líder giró el libro para que Atlas lo pudiera leer mejor. En la página izquierda había un dibujo de una pequeña criatura verde sonriente con grandes ojos azules y un par de alas diminutas, "Celebi" era el nombre que aparecía sobre esta. En la página derecha había una breve descripción de él.
—"Celebi es un pokémon herbívoro que habita en bosques y encinares, por eso se le considera el guardián de estos lugares. Su aparición indica la víspera de buenos tiempos, pero no suele mostrarse muy a menudo por su carácter tímido. Aunque no es agresivo, es capaz de acabar con un bosque entero cuando se enfurece. Se dice que tiene la habilidad de viajar por el tiempo" —Atlas volvió a leer el pasaje un par de veces en silencio y después miró a su jefe—. Muy bonito, ¿y qué pasa con él? —Giovanni cerró el libro y volvió a guardarlo en el cajón.
—Que Carol es capaz de invocarlo cuando quiere, se ve que logró establecer un gran vínculo con él cuando era más pequeña.
—Perfecto, ¿y? —Atlas no hizo la conexión al instante, pero al repasar mentalmente lo que decía la página sobre él lo fue entendiendo poco a poco. Giovanni sonrió al ver que se había dado cuenta— Un momento… ¿eso significa-?
—Significa justo lo que estás pensando. Carol es capaz de invocar a Celebi cuando quiere, y Celebi tiene la habilidad de viajar en el tiempo, lo que quiere decir que mientras Carol siga con nosotros el Team Rocket tendrá la posibilidad de viajar en el tiempo —Giovanni se levantó de su asiento y se acercó a su subordinado con un brillo en los ojos que Atlas no le había visto nunca—. ¿Ya lo vas entendiendo? Con ella de nuestro lado no podemos perder nunca, porque con una simple orden podemos volver al pasado cuando las cosas se compliquen y empezar de nuevo tantas veces como queramos. Es como nuestro reinicio particular, mientras ella siga con nosotros no podemos perder.
Cuando se situó delante de Atlas, Giovanni puso sus manos en sus hombros y los apretó con firmeza, mirándole lleno de determinación.
—Por eso, Atlas, debes cuidarla con todo lo que tienes. Lo que ella nos puede dar no nos lo puede ofrecer nadie más, es única en el mundo y en sus manos está nuestra opción de empezar de cero tantas veces como queramos. Por supuesto, es un gran poder, y un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Tampoco vamos a empezar a jugar con las líneas temporales, podemos enfadar a varios pokémon legendarios y no queremos eso, debemos ser discretos y usar su habilidad solo cuando sea estrictamente necesario. No se lo he dicho a nadie más por temor de lo que le pueden obligar a hacer, pero yo confío en ti, confío en tu criterio. Atlas, si por cualquier razón me pasara algo y no pudiera continuar al frente de la organización, quiero que te asegures de proteger a Carol con todas tus fuerzas y utilizarla cuando más haga falta.
Utilizarla cuando más haga falta.
Utilizarla cuando más haga falta.
…
Creo que ese momento acaba de llegar.
—¡AAAAAH!
—¡CAROL!
Un gran silencio siguió al grito ensordecedor de Carol. Los reclutas se quedaron sorprendidos ante la acción repentina de su líder en funciones, pues no sabían que estaría dispuesto a llegar tan lejos por la organización, y eso les dejó desconcertados. Aprovechando el estupor de sus captores Silver consiguió librarse de su agarre y fue raudo a la azotea, asomándose desde lo más alto. A pesar de saber con qué podría encontrarse sus ojos escanearon la calle al completo, sin saber si prefería ver a su amiga allí abajo o no.
—No puede ser…
Lira todavía estaba en shock. Su cuerpo temblaba sin parar y sentía que no estaba ahí, que nada era real, que eso era una pesadilla y que pronto terminaría despertando. No quería asomarse por temor a lo que se podía encontrar pero al ver que Silver, jadeando y empapado de sudor, solo parecía extrañado y no afligido, hizo el esfuerzo de sostenerse sobre sus temblorosas piernas y atravesar la terraza poco a poco para acercarse a su lado con cuidado. Todos los nervios y la tensión se fueron de golpe de su cuerpo, al ver que abajo no había nada.
—Maldito psicópata. ¡Nada le garantizaba que fuera a aparecer!
Silver cayó de rodillas y se tapó la cara con sus manos. No lloró, pero su respiración se volvió bastante irregular y agitada. Intentaba calmarse, y Lira por su parte no sabía muy bien qué hacer. Se había quedado totalmente en blanco y todavía no entendía qué había podido pasar, solo podía quedarse de pie y mirar a la nada mientras su cerebro intentaba dar una respuesta coherente a todo lo sucedido.
—Vosotros… ¡Es vuestra culpa!
Quienes desde luego no tenían la mente en blanco eran los reclutas. Fueron despertando del asombro poco a poco, y cuando lo hicieron, la rabia se abrió paso. Se iban acercando a ellos, Poké Ball en mano, dispuestos a hacerles pagar por haber arrinconado al ejecutivo y haberle obligado a tomar una decisión tan drástica.
—Mirad lo que ha hecho el jefe, ¡por vuestra culpa!
—Ahora está… está…
—Le habéis empujado a hacerlo, ¡es que no tenéis corazón!
Lira les miraba de uno en uno y se llevó una mano al cinturón, aunque la dejó ahí. Eran muchos, demasiados, y su equipo estaba agotado. El de Silver tampoco estaba en condiciones y él tampoco parecía estar en el mejor de los estados mentales para combatir.
Ella tampoco lo estaba.
Se rindió y cayó de rodillas junto al pelirrojo. Ni siquiera le salían las palabras para decirles que su jefe estaba bien, que de algún modo no había dos cuerpos frente a la Torre Radio. Sintió un nudo en la garganta y cerró los ojos cuando notó que las lágrimas empezaban a brotar de sus ojos.
—¡Triturar!
¿Así es como iba a acabar?
—¡Residuos!
¿Después de todo lo que se había esforzado para llegar hasta ahí?
—¡Bomba fango!
¿No había nada que pudiera hacer?
…
—¡Tornado!
La entrenadora sintió una gran ráfaga de viento a sus espaldas y esta le forzó a abrir los ojos. Al hacerlo vio que los pokémon de los reclutas habían sido desplazados un par de metros y miraban al cielo, confusos y asombrados.
—¡Piiid geot!
Lira hizo lo mismo y alzó la mirada. A un par de metros de altura había un grandioso pokémon pájaro, de vientre claro y plumas marrones, exceptuando las de su cabeza, que eran rojas y amarillas, dando la sensación de crear una hermosa cabellera. Al prestar más atención le pareció ver que sobre el pokémon había alguien, un entrenador que abusaba bastante del azul en su vestuario.
—¿Alguien ha pedido un taxi?
La joven se dio la vuelta y, al ver quién les había hablado, tuvo que pestañear un par de veces. Silver hizo lo mismo. No acaba de concebirlo, y le parecía demasiado bueno como para ser verdad, pero lo cierto es que tenía a escasos centímetros a Antón, el líder de gimnasio de Pueblo Azalea. El especialista en tipo bicho estaba con los brazos apoyados en el límite de la cornisa, dedicándole una sonrisa a ambos, aunque rápidamente pasó de ser una alegre a empática al ver el estado en el que estaban los dos entrenadores.
—Venid, que os bajo —dijo con un tono tranquilo y dulce.
Los dos entrenadores se acercaron a él como pudieron y vieron que le acompañaban dos pokémon. Él se encontraba sobre su Scizor y al lado había un Jigglypuff, que esperaba a que uno de los dos se sentara sobre él. Lira se subió al Scizor tras Antón y le rodeó la cintura con sus brazos, mientras que Silver bajó gracias a la ayuda del pokémon rosado. Una vez en tierra, y cuando los tres bajaron al suelo, el tipo normal se elevó de nuevo un par de centímetros y avanzó hacia el final de la calle. Al ver a donde se dirigía, Lira pudo divisar a lo lejos la silueta de la líder de gimnasio de Ciudad Trigal.
—¡Desenrollar, Miltank! ¡Enséñales por qué nunca debieron meterse con Ciudad Trigal, ni con Johto!
La vaca perseguía a varios rockets que intentaban escaparse, y cuando Jigglypuff llegó a su lado hizo lo mismo, apartándoles lo suficiente de su entrenadora para poder cantarles una nana sin que ella pudiera verse afectada por su dulce voz. Blanca miró hacia la Torre Radio al ver que su pokémon ya había regresado y levantó el pulgar con el puño cerrado cuando vio que Silver y Lira estaban bien, dedicándole una sonrisa a ambos.
—¿Estáis bien? ¿Os han hecho algo? —preguntó Antón. Los dos entrenadores se inspeccionaron brevemente y negaron con la cabeza— Menos mal. Nosotros tenemos que seguir combatiendo, hemos acordonado la ciudad para que los rockets no puedan huir y estamos capturándolos ahora mismo. Tengo que ayudar a los demás, si no estáis en condiciones de combatir quedaros aquí y descansad, si os veis en apuros buscad al líder más cercano y quedaros con él. No os preocupéis, nosotros nos encargamos del resto.
Ellos asintieron y Antón les dedicó una última sonrisa antes de subirse a Scizor y volar de nuevo. Oyeron un rugido a lo lejos y, al girar sus cabezas hacia la fuente del sonido, vieron que una gran Steelix se había materializado en la ciudad. Esta iluminó su cola y la bajó con fuerza al suelo, al mismo tiempo que un Magnezone aparecía a su lado y lanzaba una gran bola de electricidad en la misma dirección. Les pareció ver a otro pokémon encima de Steelix, un Poliwrath, con los ojos cerrados y muy concentrado. Al abrirlos su puño se iluminó, y de un ágil salto acabó en el suelo, pero no pudieron ver lo que hizo a continuación por la polvareda que se levantó. Después de eso, por delante de los dos jóvenes pasó una sombra que se detuvo frente a ellos, permitiéndoles ver que se trataba de Gengar, el cual se rio y les sacó la lengua antes de ir al final de la calle, donde se encontraba la líder de Ciudad Trigal. Morti apareció al lado de Blanca con una sonrisa de satisfacción y los brazos cruzados, lo que causaba un gran contraste con el semblante enfadado de ella. Sus fantasmas conseguían atemorizar a los reclutas dispersos que había por la ciudad y conducirlos hasta ellos, o confundirlos para que fueran por su propio pie hacia algún líder. Un gran rayo de hielo que pasó sobre sus cabezas les hizo alzar la mirada, lo que les permitió ver que Antón y Pegaso estaban hablando entre ellos, y después de que los dos asintieran el especialista en tipo bicho se dirigió al centro de la ciudad sobre su Scizor mientras que el líder de Ciudad Malva fue otra vez a la azotea de la Torre Radio sobre su Pidgeot.
La escena era digna de película. No se parecía a nada de lo que habían visto en la gran pantalla antes, todos los líderes de gimnasio habían acudido al rescate de Ciudad Trigal y estaban aunando fuerzas para acabar con los miembros restantes de la organización de una vez por todas. Los entrenadores y pokémon más fuertes de la región estaban colaborando para salvar a Johto de una vez por todas, haciendo un gran alarde de sus habilidades y de su trabajo en equipo, demostrando por qué se habían ganado a pulso el título de líderes de gimnasio. Lira y Silver solo podían mirar, perplejos, el gran combate final que estaba teniendo lugar delante de ellos.
—¿Lance? ¿Dónde estás, Lance? ¡Lance!
Los pasos de una niña pequeña eran lo único que podía oírse aquel día en la Cueva Dragón. Débora iba caminando lentamente, mirando de un lado para otro con la esperanza de encontrar pronto a su primo. Se habían puesto a jugar al escondite y ya llevaba un buen rato buscándole, de hecho, había pasado tanto tiempo que ya era hora de que volvieran al santuario a cenar con su abuelo. Ella había buscado por toda la cueva, dentro de los límites en los que tenían permitido jugar, y no había encontrado ni rastro de él. Había mirado detrás de todas las rocas y hasta se había acercado al lago por si estaba en el agua, pero nada. Por mucho que le sorprendiera viniendo de él llegó a la conclusión de que tenía que estar en uno de los lugares no permitidos. Eso o había vuelto al santuario sin decirle nada, fuera lo que fuera iba a asegurarse de echarle una buena regañina cuando le encontrara.
Siguió inspeccionando la cueva, pero esa vez se fue deteniendo en cada uno de los túneles en los que supuestamente no podían jugar por peligro de derrumbamiento. Su abuelo había dicho algo de que los iba a sellar pronto pero estaba tan ocupado que todavía no había podido ponerse con los trámites, así que confiaba en que sus nietos fueran lo suficientemente responsables como para hacerle caso y no meterse en ellos hasta que pudiera cerrarlos, pero al parecer a Lance le habían vencido las ganas de querer ganar aquella vez.
Estaba empezando a impacientarse y a preocuparse por no verle cuando al asomarse en el tercer túnel vio a su primo en el fondo de este. Estuvo a punto de gritarle cuando se dio cuenta de que estaba tumbado, aparentemente inmóvil. Ni siquiera estaba escondido tras algunas de las rocas, parecía que le había pasado algo. Ella se acercó lentamente, pero pronto empezó a correr en cuanto le pareció ver que un líquido rojo le recorría la frente.
—¡Lance!
Al llegar a su lado se arrodilló y le sacudió el hombro con fuerza, pero él no reaccionó. Débora gritaba su nombre una y otra vez pero él seguía inmóvil, y la niña acabó llorando en su pecho. No vio que al hacer eso su primo sonrió, y no se dio cuenta de que en realidad estaba bien hasta que notó que su pecho empezó a subir y a bajar con más rapidez. Al alzar la mirada vio que se le escapó una risita, y fue entonces cuando la tristeza se convirtió en enfado.
—¡Lance!
Débora le pegó un puñetazo en el brazo y él abrió los ojos. El niño se sentó mientras seguía riéndose y se quitó el líquido rojo de la frente con el índice.
—Mira, es salsa de tomate. Simple, pero pasa por sangre falsa —dijo mientras le acercaba el dedo para que su prima lo probara. Ella le empujó el brazo y volvió a pegarle.
—¡Tranquilo que yo te voy a dar sangre verdadera! ¿Estás tonto? ¡No ha tenido ninguna gracia, y no podemos estar aquí! ¡Como el abuelo se entere nos va a tener castigados un mes!
—El abuelo no se va a enterar. No le vas a decir nada, ¿verdad? —Lance se levantó y se quitó el polvo de la ropa después de chupar la salsa que le quedaba en el dedo— Solo lo he hecho para gastarte una broma, no hace falta ponerse así.
—Claro, como tú eres el mayor no pasa nada. ¡Si lo hubiera hecho yo seguro que te habrías chivado! Además, siempre me estás diciendo que no vaya a lugares peligrosos yo sola pero ¡luego tú eres el primero que se mete de cabeza en ellos! Eres un hipo, eres un hipo…
—¿Hippopotas?
—¡No! ¡Sabes perfectamente a lo que me refiero!
—¿Hipócrita?
—¡Eso! —Lance sonrió y le revolvió el pelo a su prima.
—Vale, vale. Lo he hecho mal, lo siento, no lo volveré a hacer, ¿de acuerdo? Venga, vámonos —Y ya está, así se salía con la suya y nunca pasaba nada. Era verdad que él se portaba mejor que ella y solía ser más responsable, pero de vez en cuando hacía algunas travesuras que eran demasiado. Él extendió su brazo para ofrecerle su mano y Débora infló las mejillas.
—Eres un tonto.
Aun así le tomó la mano y salieron juntos del túnel. Cuando se hubieron separado un poco, un ruido procedente del interior hizo que volvieran rápidamente a echar un vistazo dentro de este, para ver que la causa había sido algunas piedras que habían caído justo en el lugar donde se encontraba Lance hacía nada. Los dos niños se quedaron en silencio, admirando el accidente que habían evitado por los pelos.
—Ostras… —susurró él pasados unos segundos. Débora volvió a enfadarse y le soltó la mano.
—¿Ves? ¡El abuelo dijo que eran peligrosos! ¡Es que eres tonto!
—Ya veo. Menos mal que has llegado a tiempo, siempre lo haces —dijo mientras le acariciaba la cabeza—. Sé que puedo contar contigo.
—No me vengas ahora con palabras bonitas, sabes que conmigo no funcionan —Débora empujó a su primo y se alejó de él—. ¡Una carrera al santuario! ¡Si llegas el último me dejas jugar con Dratini durante una semana!
—¿Y si pierdes tú yo que gano? —Débora empezó a correr, sin darle la oportunidad de empezar a la vez. Lance abrió los ojos y empezó a correr tras ella— ¡Oye!
—¡Mi silencio! —gritó sin mirarle. No tardó en escuchar sus pisadas tras ella y en unos segundos ya le había adelantado. Otra vez él iba por delante, y otra vez ella se quedaba atrás. No pudo evitar enfurecerse al verle la espalda, pero al mismo tiempo sintió algo de orgullo. Si estaban volviendo a competir era gracias a ella, y si él estaba corriendo en lugar de haberse quedado aplastado por las rocas era gracias a ella. Podía parecer que él siempre era el mejor y que sobresalía en todo, pero parte de sus logros eran gracias a su apoyo, al igual que él le ayudaba en lo que podía. En el fondo se tenían el uno para el otro, y mientras ella siguiera viviendo tenía claro que le cubriría las espaldas las veces que hiciera falta, por muchas ganas que tuviera de romperle todos los huesos del cuerpo y borrarle la sonrisa de un puñetazo.
…
Contrario a lo que se pueda pensar, Débora había tenido miedo muchas veces. Cuando se cayó al estanque de pequeña y todavía no sabía nadar, cuando Horsea se descontroló por primera vez y no supo cómo reaccionar, cuando en un entrenamiento Dragonair no calculó bien el alcance de un ataque y le dio a uno de los entrenadores de su gimnasio... Ella estaba familiarizada con el término y la sensación, sabía muy bien lo que era y lo que significaba, y si era sincera consigo misma no le gustaba nada, porque al tenerlo sentía que había perdido el control de la situación y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Aun así, pensaba que ya había pasado por mucho y que pocas cosas le harían sentir verdadero pavor, pues ella ya no era una niña, podía controlar perfectamente a sus pokémon y ellos eran capaces de autorregularse.
Hola, Débora. Soy yo, Lance.
Pero recibir ese mensaje fue, sin duda, la experiencia más aterradora de su vida.
Su primo casi nunca le dejaba mensajes de voz, ya que normalmente esperaba a que estuviera libre para poder hablar con ella por teléfono y contarle mejor aquello que quería discutir. Solo se los enviaba cuando tenía que contarle algo tan urgente que no podía esperar, como los asuntos relacionados con el clan, pero las cosas estaban muy tranquilas y no recordaba que estuviera tratando un tema importante últimamente. ¿Qué demonios había tenido que pasar para que no pudiera esperar un par de minutos para contarle lo que le quería contar?
A lo mejor ya te has enterado, pero el Team Rocket ha asaltado Ciudad Trigal y planea hacer algo que puede afectar a toda Johto. Les he enviado un mensaje a todos los líderes para ponerles al tanto y darles instrucciones, aunque el Alto Mando os dirá cuál es la mejor forma de proceder. Ellos os guiarán desde la Liga para que podáis actuar de la mejor manera posible. Teniendo en cuenta la hora que es… Estarás entrenando, así que tardarás un poco en oír este mensaje.
Hubo una pausa, y la líder casi pudo oír a su primo debatir en su cabeza si debería o no decir las siguientes palabras.
Verás… No se lo he dicho al resto para no preocuparles demasiado pero la situación pinta muy mal. Ciudad Trigal está plagada de rockets y tengo que entrar ya sí o sí porque hay que actuar cuanto antes. No quiero sonar dramático, no tiene por qué acabar mal, pero… Aunque lo sepas, solo quería decirte que te quiero y que estoy muy orgulloso de ti. Cuida del abuelo y espera a la llamada de Karen, ella te dirá lo que tendrás que hacer, aunque lo más seguro es que no me hagas caso y acabes haciendo lo que quieras, como siempre. En ese caso no te culparía, ni yo ahora mismo sé cuál es la mejor opción, pero ten cuidado, ¿vale? Son muchos y pueden llegar a ser un problema. Espero verte pronto, cuídate.
Un pitido marcó el final del mensaje, pero ella no se apartó el Pokégear del oído. Las palabras de su primo resonaban en su cabeza, y aunque las había entendido a la perfección por alguna razón le costaba acabar de asimilar lo que querían decir. No, lo había asimilado a la perfección, lo que le costaba era aceptarlo. Él no quería decir eso, ¿verdad? Él no estaba insinuando… no quería decir que-
—Maestra, ya estamos listos para continuar con el entrenamiento —El temblor de su mano no pasó desapercibido para el entrenador de su gimnasio. Él le miró extrañado, pues no era nada habitual ver a la líder así—. ¿Maestra?
—Tengo que irme.
Sin dar más explicaciones, Débora abandonó la Guarida Dragón con toda la rapidez que le permitieron sus piernas, dejando al entrenador todavía más preocupado por ver que la líder abandonaba un entrenamiento a mitad sin ningún motivo aparente cuando era conocida por ser muy disciplinada. Si hubiera mirado por segunda vez su Pokégear habría visto que tenía varias llamadas perdidas de Karen, pero ella se lo guardó y siguió corriendo. Sacó a Dragonair cuando estuvo fuera y le dio la orden sin vacilar, no tenía ni un segundo que perder y no tenía pensado hacerlo.
—A Ciudad Trigal, Lance nos necesita.
Ella asintió y puso rumbo al destino indicado cuando su entrenadora se subió a ella. La mente de la domadragón iba a mil por hora, aunque su mirada perdida parecía indicar que estaba ausente. La llamada de su primo le hizo recordar varios sucesos parecidos de su infancia; él se metía en lugares peligrosos porque no podía estarse quieto y de paso aprovechaba para dar a veces falsas alarmas para asustarla, pero al final siempre estaba bien. Esperaba que ese fuera el caso y que cuando llegara a Ciudad Trigal él estuviera esperándola de brazos cruzados y con una sonrisa, riéndose porque había vuelto a preocuparse por nada. Pero su primo había cambiado y sabía que no era el niño que gastaba bromas pesadas en situaciones delicadas, lo único que seguía haciendo era meterse de cabeza en el peligro.
A sus oídos llegaron varios rugidos, y eso le hizo salir de su ensimismamiento y mirar hacia abajo. Ya estaba llegando a Ciudad Trigal, y desde arriba le pareció que todo era un caos. Había explosiones por toda la ciudad y pudo vislumbrar a varios líderes dándolo todo contra los reclutas, como Yasmina y Aníbal, que se encargaban de interceptarlos para que no pudieran llegar a las salidas. Su mirada acabó en el gimnasio de Ciudad Trigal y pudo ver que tanto Morti como Blanca estaban saliendo de ahí. Parecía que ellos no habían empezado la ofensiva contra los rockets, así que le ordenó a Dragonair que aterrizara frente a los líderes y al hacerlo bajó de un salto. Tal vez podrían darle la respuesta que necesitaba.
—¿Habéis visto a Lance?
Ellos le miraron sobresaltados, pues había aparecido de repente, y si le hubiera devuelto la llamada a Karen sabría que a ella no le tocaba ese sector. Blanca no dijo nada, pero Morti sí que pudo serle de ayuda.
—Tengo entendido que se había dirigido a la Torre Radio, no sé si habrá ido allí o habrá cambiado de planes en el último segundo.
La líder le miró durante unos segundos, como si le costara procesar lo que acababa de decir. Al hacerlo se dio la vuelta y fue corriendo adonde dijo el rubio, dejando al dúo bastante preocupado y apenado por verla así. Era la primera vez que veían a Débora tan aterrada, y eso no podía significar nada bueno.
La líder consiguió llegar a la entrada, donde se encontraban varios reclutas haciendo guardia. Se pusieron en posición de combate al verla llegar y ella hizo lo mismo, pero no le hizo falta combatir, pues una gran ráfaga helada les echó del camino. Giró la cabeza para ver de quien se trataba y vio que el séptimo líder se hallaba a escasos metros de donde estaba ella.
—Gracias, Fredo —Él asintió y Débora por fin pudo entrar.
La planta baja estaba desierta, y la primera desolada. Reclutas y pokémon estaban derrotados por igual, ese estrago solo lo podía haber causado un dragón, o varios. Débora sintió que el corazón le latía con más rapidez, sin duda estaba en el lugar indicado. Subió de nuevo las escaleras, la segunda planta estaba igual así que no perdió mucho tiempo en esa, ya que los ruidos procedentes de la estancia superior le indicaban que lo que de verdad estaba buscando se hallaba en la tercera planta.
Al subir vio que todo aquel ruido era el producto de una feroz batalla entre los reclutas y tres dragonite que conocía demasiado bien. Por alguna razón estaban intentando evitar que subieran a la cuarta planta, y a Débora no le costó mucho deducir por qué. Algunos reclutas consiguieron escabullirse aprovechando que estaban demasiado ocupados intentando evitar que el edificio se viniera abajo, pero ella no iba a permitirlo, no mientras siguiera con vida.
—Dragonair, ¡pulso dragón!
Sacó a sus dos pokémon de la misma especie y ellos se encargaron de calmar a más de la mitad de los reclutas. Débora aprovechó aquello para atravesar el grupo y subir las escaleras, algo que los dragonite apreciaron enormemente. Ella no era tan considerada como ellos y menos cuando iba tarde, pero ella no llegaría tarde. Nunca lo hacía.
Abrió la puerta de una patada, casi rompiéndola al estamparla con la pared, y lo que vio hizo que se le encogiera el corazón. Su primo estaba sujetándose el costado izquierdo con una evidente mueca de dolor, rodeado por cinco reclutas y sus pokémon que parecían estar pasándoselo demasiado bien viéndole en ese estado. Algunos de ellos intentaban golpearle, pero él conseguía evadir la mayor parte de los puñetazos y a veces lograba contraatacar, manteniéndose en pie como bien podía. Había un hombre más allí, sentado y viendo como aquellos energúmenos agredían a su primo sin hacer nada. Lance le vio entrar y se agachó, el hombre giró la cabeza al oír también que la puerta se había abierto y abrió la boca para intentar avisar a los otros cinco, pero ella fue más rápida que él.
—Kingdra, ¡hidrobomba!
Su fiel acompañante salió de la Poké Ball y lanzó un gran chorro de agua a presión que dejó a los reclutas y a sus pokémon fuera de combate. El hombre se levantó e intentó huir, pensando que estaría demasiado ocupada con el grupo como para hacerle caso, pero ella se interpuso en su camino y le dio un puñetazo que le dejó inconsciente en el suelo. Si pensaba que iba a permitir que se fuera de rositas, lo tenía claro.
—Ay.
El sonido de Lance quejándose hizo que dirigiera su mirada hacia él. Había conseguido levantarse y estaba apoyado en la pared, viendo si era capaz de mantener el equilibrio por sí mismo. Débora sintió que se le formó un nudo en la garganta al mismo tiempo que un par de lágrimas amenazaban con salir de sus ojos. Se acercó a él lentamente, como si moverse le supusiera un gran esfuerzo.
—Siempre me estás diciendo que tenga cuidado y tú, tú… —La voz se le quebraba, pero consiguió tomar aire y gritar todo lo que le quería espetar— ¡Tú te adentras en la boca del mightyena sin ningún tipo de ayuda! ¡Eres un maldito hipócrita! ¡¿En qué estabas pensando?! —Al fin se situó delante de su primo. Él tenía la mirada clavada en el suelo, como si quisiera evitar sus ojos— ¡¿Estás loco?! ¡¿Es que querías morir?! ¡Te juro que cuando salgamos de aquí te voy a-
Débora no pudo acabar su amenaza, pues fue interrumpida por el abrazo de su primo. Él se aferró con fuerza a ella, un movimiento que le costó procesar. Se quedó inmóvil en el sitio, pues ese acto le había pillado desprevenida y no sabía cómo reaccionar.
—Débora —Sintió que su hombro se humedeció cuando su primo empezó a hablar—. Muchas gracias, sabía que podía contar contigo.
La líder no dijo ni hizo nada, pero cuando al fin volvió en sí se aferró a su primo como si tuviera miedo de perderle, y es que había tenido esa sensación no hace mucho. Ella quiso controlar sus lágrimas, pero al sentir que su primo también estaba llorando no pudo contenerse y empezó a sollozar. No quería pensar qué hubiera podido pasar si hubiera llegado un par de minutos tarde, o si hubiera decidido ignorar su móvil en el descanso de su entrenamiento.
—Siempre se puede confiar en ti, de eso no hay la más mínima duda.
Lance se apartó y le sonrió, aunque las lágrimas seguían deslizándose por su rostro. Acercó su mano a la mejilla de su prima para intentar secársela pero ella se apartó bruscamente y lo hizo por su cuenta.
—Eres tonto —susurró mientras miraba al hombre que acababa de tumbar—. Pero no más tonto que él. Si no puedes defenderte de los golpes ya vendré yo a patearles el trasero a los responsables, eso lo sabe todo el mundo.
—O a golpearles la nariz —respondió mientras se agachaba como podía para comprobar si Petrel había sobrevivido al golpe de su prima. Daba algo de grima ver al aparente director de la radio, un agradable anciano, inconsciente tras haber recibido un puñetazo—. Todavía respira.
—Por desgracia —susurró mientras vigilaba al grupo de cinco reclutas. No sabían la que les esperaba como a alguno se le ocurriera levantar la cabeza—. Y ahora ¿qué hacemos? ¿Los sacamos a la calle o esperamos a que la policía venga?
—El hombre que has tumbado de un puñetazo es un ejecutivo del Team Rocket y me consta que hay más, dos para ser exactos. Tenemos que inspeccionar la torre y capturarles antes de que decidan escapar, pero antes…
Lance se acercó al escritorio, donde había un ordenador con un pendrive conectado, y lo quitó para guardárselo en el bolsillo. Antes de irse ató al ejecutivo en la silla y sacó, junto a su prima, a los cinco reclutas, para posteriormente cerrar la puerta y dejar a algunos de sus pokémon custodiándola. A Lance le aterró ver a tantos reclutas afectados por el pulso dragón de Dragonair, pero no dijo nada para evitar cualquier posible reprimenda por parte de su entrenadora, pues no estaba en la posición de darle sermones. Bajaron las escaleras y comenzaron su búsqueda, siendo Débora la que más ganas tenía de dar con los ejecutivos. Nadie se metía con su primo, y aquellos que se atrevieran a ponerle una mano encima acabarían pagando las consecuencias, fueran una organización criminal o no. Ellos no le intimidaban, y pronto les demostraría por qué era conocida como la temida furia de Endrino.
La batalla seguía desarrollándose en Ciudad Trigal, pero ya había pasado el tiempo suficiente para que los dos jóvenes salieran de su estupor y volvieran lentamente en sí mismos. Para Silver, el sonido de los gritos de los pokémon se ahogó cuando alzó la mirada para ver la terraza por la que Atlas se tiró con Carol. Sus ojos reflejaban la incredulidad que sentía y sus manos no tardaron en temblar por la rabia.
—Yo… no me lo puedo creer.
Lira miró a su rival cuando le oyó hablar. Él cerró los puños y el temblor de estos se extendió por todo su cuerpo, solo le faltaba que le empezara a salir humo por las orejas de un momento a otro.
—No me puedo creer… ¡Que hayamos perdido! —dijo mientras alzaba su tono de voz con cada palabra que decía. Lira sintió que su cuerpo empezó a temblar también, pero intentó ignorarlo mientras se acercaba a Silver para intentar tranquilizarle.
—No hemos perdido, ganamos —dijo ella en un susurro, intentando mantener la calma e ignorar la ira—. Yo gané a Atlas limpiamente.
—¿En serio, Lira? —Una risa seca salió de lo más profundo de la garganta del joven entrenador. Giró su cabeza y miró a la entrenadora con unos ojos que mostraban su gran dolor, a pesar de que estaba sonriendo— ¿En serio llamas a esto ganar? ¿Es que no escuchaste lo que dijo Atlas? ¡¿Qué más da que atrapen a los reclutas?! ¡No tienen ni idea de la que se nos viene encima!
—¡Hicimos lo que pudimos!
—¡Y no bastó! —Silver se llevó una mano a la frente y agachó la cabeza, cubriendo así su rostro con su pelo. Lira pudo notar que estaba intentando controlarse—. Justo cuando más teníamos que ganar… ¡Vamos y nos quedamos como un par de pasmarotes sin hacer nada!
—¡No teníamos otra opción! —gritó ella a pleno pulmón, cediendo finalmente ante la rabia— ¡Estábamos rodeados, al más mínimo movimiento nos habrían atacado!
—¡Eso no es excusa!
—¡Ya sé que no es ninguna excusa pero jope! ¡Argh! —La joven acabó cayendo de rodillas al suelo. La impotencia y la culpa que sentía eran tales que le oprimían el pecho con una fuerza que casi le impedía respirar— ¡No es justo, no es justo! ¡Yo gané limpiante, le derroté en un combate!
—¡Pues no fue suficiente!
—¿¡Y qué más tenía que hacer!? ¿Eh? ¿¡Qué más!? —exclamó en un chillido afónico al mismo tiempo que volvía a levantar la mirada para ver a su rival. Ella tenía la cara completamente roja y sentía que se iba a rasgar las cuerdas vocales de tanto gritar, pero no podía dejar de hacerlo por la indignación que sentía— ¡Yo hice lo que estaba en mis manos! ¡Hice todo lo que tenía que hacer! ¡Seguí todos los pasos que me dio Carol, gané todos los combates contra los ejecutivos, superé todos los obstáculos de mi aventura para llegar hasta aquí! ¡Y nada! —Lira golpeó el asfalto con sus dos puños repetidamente, uno tras otro. La rabia le había consumido y sintió que las lágrimas se abrieron paso por sus ojos con una facilidad abrumadora— ¡No ha servido absolutamente de nada! ¡Se ha acabado saliendo con la suya como si todo mi esfuerzo hubiera sido en vano, ha jugado conmigo y se ha reído en mis narices! No es justo, ¡no es justo! ¡Yo he ganado!
—¡¿De verdad crees a estas alturas que la vida es justa?! —Lira volvió a gritar y Silver estuvo a punto de hacer lo mismo. Lo único que le impedía hacerlo era que todavía estaba en shock por lo ocurrido un par de minutos antes— ¡Bienvenida al mundo real, donde el mal puede ganar y por mucho que te esfuerces no siempre acabas obteniendo lo que quieres! Cuando antes lo aprendas, mejor —La joven se llevó una mano al pecho y Silver vio que empezó a tragar saliva, como si quisiera deshacer un nudo que se le había formado en la garganta.
—Duele, duele mucho. No puedo respirar —dijo entre susurros e hiperventilando. En ese mismo instante Silver sintió que todo el aire salió de sus pulmones y tuvo que arrodillarse también. La cabeza le empezó a dar vueltas y tuvo que apoyarse en sus brazos para evitar caer de bruces al suelo.
—Vale, vale, no pasa nada. Espira, inspira, espira, inspira, espira, inspira —No era la primera vez que empezaba a tener un ataque de ansiedad, aunque algo le decía que Lira sí era primeriza. Él intentó controlar su respiración y ella siguió sus indicaciones, y en un par de minutos ambos consiguieron recobrar la calma—. No vamos a solucionar nada en este estado. Tch, mira que somos patéticos, vamos de fuertes pero los dos somos un par de debiluchos.
—¿Y qué hacemos? —susurró de nuevo ella. Tenía la garganta y los labios secos y notaba que apenas podía hablar con un hilo de voz.
—Pues lo único que nos queda, seguir avanzando y volvernos más fuertes —contestó él mientras se levantaba lentamente después de asegurarse de que sus piernas aguantarían su peso—. Iré a entrenar para convertirme en el mejor entrenador y poder llamar la atención del legendario.
—Eso es una locura.
—¿Y lo que acaba de ocurrir no es una locura? —Lira se levantó y se secó las lágrimas de las mejillas— Peor es quedarse de brazos cruzados.
—Nadie ha dicho que me vaya a quedar de brazos cruzados —dijo con un tono tan oscuro que sorprendió a Silver—. Voy a hacer todo lo que haga falta para traer a Carol de vuelta y darle su merecido al Team Rocket. Todo lo que haga falta.
La determinación y el fuego que desprendían sus ojos no daban lugar a duda, iba en serio. Por primera vez Silver veía a su rival como una chica seria y no aquella niña infantil que pensaba que todo se podía resolver con abrazos. Sintió que una llama se encendía en su pecho, una que le incendió por dentro y le llenó de ganas de ir a por todas.
—Como te vuelva a ver llorando te voy a dar una patada en el trasero —Le dijo mientras metía sus manos en los bolsillos y le daba la espalda—. Te tomo la palabra y espero que sepas que no voy a ser menos. Mi mejor amiga no está aquí y como comprenderás no voy a esperar a que tú hagas el trabajo por mí, porque no tienes ni idea de la que se nos viene encima. Prepárate, Lira, que esto solo acaba de empezar.
Con eso dicho empezó a andar con la esperanza de abandonar la ciudad, pero al hacerlo vio que una recluta había conseguido llegar hasta ellos. Sintió que la rabia le dominó de nuevo al ver a alguien del Team Rocket, así que se llevó una mano a su cinturón de Poké Balls, listo para tomarse la justicia por su mano, pero se detuvo en cuanto la reconoció. Ella iba caminando lentamente, arrastrando los pies y con la mirada perdida. Cuando llegó a la Torre Radio alzó la mirada y se quedó viendo la terraza exterior durante un buen tiempo. A Silver le hirvió la sangre, y no pudo contenerse.
—¡Tú! ¡Maldita traidora, seguro que le jugaste alguna a Carol y estamos así por tu culpa!
Silver se acercó a ella para seguir increpándola, pero paró cuando vio que Mary cayó al suelo de rodillas y empezó a llorar descontroladamente.
—¡Es mi culpa! ¡Todo es por mi culpa! ¡No fui amiga ni fui nada, solo una sucia traidora! Y ahora qué, ¿eh? ¿¡Ahora qué hago!? ¡Nada, como siempre! ¡Carol, lo siento mucho!
Ella siguió llorando y gritando, y Silver se llevó una mano a la nuca mientras desviaba la mirada. Estaba claro que Mary ya lo sentía bastante como para que fuera él a machacarle, y lo que tenía más claro es que así no iba a sacar nada de provecho. Decidió dejarla en paz y esperar a que el gran combate entre los líderes y el Team Rocket acabara para poder irse finalmente de ahí, pues no tenía ninguna razón para seguir perdiendo el tiempo en Ciudad Trigal.
(nadaoriginal: pues sí, este es sin duda uno de los momentos más angustiosos del fic... Tendremos que ver cómo se las apañarán para salir adelante nuestros héroes.
Grytherin18-Friki: respondería a tus preguntas sobre Atlas aquí y ahora, pero estas se responderán en los próximos capítulos. Puede que estés más o menos de acuerdo con él, ya se verá. Y sí, me dio mucha rabia que Atlas en los juegos simplemente se rindiera tras haberle ganado, ¿armas todo tu plan para después abandonarlo por una derrota? Así que una de las cosas que quise hacer en mi fic fue arreglar eso, haciendo que lo tenga todo pensado y un plan B por si acaso. La diversión se acabaría muy rápido si todo finalizara tras haber sido derrotado.
Hasta la próxima~
PKMNfanSakura).
