Capítulo 27

Cuando Camus aceptó que Máscara de la Muerte entrenara con ellos, se imaginó que habría complicaciones. Si bien Afrodita no era una blanca paloma, confiaba más en su cordura y en su capacidad para sosegarlo. Por otro lado, Máscara de la Muerte era agradable (a su manera), pero extremadamente volátil. Camus estaba casi seguro de que reñiría con Aioria y que los distraería a todos con su agresividad y extravagante actitud. Temió que pasara la mitad del tiempo coqueteando con Afrodita y que solo después de ser rechazado se tomaría la molestia de entrenar en serio. El único motivo por el que no rechazó el plan desde un principio fue porque confiaba en que sería lo suficientemente competente en sus momentos de sobriedad como para compensar los desplantes que sin duda realizaría.

El momento de la verdad llegó antes de que Camus pudiese realmente acostumbrarse a la idea y, cuando los hombres comenzaron a incorporarse a la pista del Okton, el pelirrojo no tardó en aceptar que se había equivocado.

En las decenas de veces que Camus le había visto entrenar, Máscara de la Muerte solía comportarse como un adolescente entreteniéndose con un nuevo pasatiempo. No obstante, su comportamiento cambió por completo una vez que pisó la pista del Okton. Después de solo una vuelta hizo propuestas de mejora. Sugirió cambios constantes en el orden de los jinetes, nuevas técnicas para lanzar los proyectiles e irrupciones intencionales en el ritmo de la cabalgata. Como era de esperarse, el hombre era particularmente bueno para eso último. Su control del caballo no era el mejor de todos, pero comprendía bien qué escenarios recrear y actuaba acorde a ellos.

Le era fácil fingir vacilación después de un tiro errado, aumentar o disminuir el ritmo de forma azarosa e incluso disparar terriblemente cerca del compañero más cercano al blanco. A pesar de que Camus no apreciaba ese último truco, suponía que era mejor acostumbrarse al escenario que verse sorprendidos durante el evento.

El tener a Afrodita entre ellos también fue positivo. El hombre era habilidoso y, si bien su puntería no era tan buena, les permitió vivir una experiencia mucho más cercana a la real. Aunque el miedo a tener un nuevo accidente a tan solo tres semanas del torneo incrementó considerablemente, Camus suponía que el mejor modo de adquirir experiencia era arriesgándose.

La primera semana entrenamiento después de la incorporación de Afrodita y Máscara de la Muerte fue la más complicada de todas, pero también la más satisfactoria. Salieron de su estancamiento y aún contaban con tiempo suficiente para aprovechar al máximo su segundo aire.

Si alguien le hubiese dicho que algo bueno saldría de ese par, Camus jamás se lo habría creído.

—¡Bien! —espetó Máscara de la Muerte mientras daba una enorme y visiblemente dolorosa palmada en la espalda de Aioria. El castaño tuvo que sujetarse a la crin de su yegua para no perder el equilibrio. —¡Esto es más divertido de lo que creí que sería! ¡Nada mal, zoquete! Has entrenado bien a tus palomitas.

—No me llames así, tarado —de un codazo alejó el brazo de su compañero.

—Y yo que quería darte un cumplido.

Aioria bufó y condujo su yegua fuera de la pista para luego desmontar. El resto le imitó.

—Sea como sea, es bueno tenerlos entre nosotros. ¿Ves, Milo? Te dije que el plan funcionaría.

—Sí, sí. Tenías razón —Milo no se dignó a alzar el rostro hacia Aioria, sino que prefirió concentrarse en sacudir el polvo de su ropa. Aquella era una excelente actuación. Milo parecía verdaderamente irritado por no haber sido el de la idea de incluir a los otros dos en el entrenamiento—. Solo espero que las próximas semanas sean tan provechosas como esta.

Afrodita y Máscara de la Muerte intercambiaron algunas palabras. Usualmente el equipo hablaba entre sí en akielense, ya que Aldebarán y Aioria desconocían el vereciano (el segundo más que el primero). Sin embargo, no tardaron en darse cuenta de que Afrodita sabía tanto akielense como Aioria vereciano, lo que complicó un poco sus interacciones. Solo un poco, ya que Máscara de la Muerte estaba siempre dispuesto a susurrar en el oído de Afrodita lo que se acababa de decir. En esa ocasión, Máscara de la Muerte aprovechó para darle un beso en la mejilla tras terminar su traducción.

—No te preocupes, Milo —dijo Afrodita una vez que Máscara de la Muerte le dio un poco de espacio—, nosotros también queremos formar parte de la Guardia Real. Será más fácil hacerlo si nos aliamos con las personas indicadas.

Enfatizó sus palabras rodeando a Máscara de la Muerte con sus brazos.

Aioria no entendió lo que dijo el antiguo cortesano, pero no necesitó más que presenciar el empalagoso abrazo para decidir que era hora de regresar al castillo. Los demás le siguieron al instante. Camus no estuvo seguro de si Máscara de la Muerte y Afrodita iban tras ellos, mas optó por no girar el rostro para confirmarlo. Temía lo que pudiera encontrarse.

Avanzaron en silencio, cada quien arreando su propio caballo, y después de algunos minutos llegaron a los establos. Ahí y por vez primera desde que comenzaron a entrenar para el Okton, se encontraron con alguien más.

Se trataba de tres soldados verecianos que desensillaban sus caballos. Al percatarse de su llegada, uno de los hombres pretendió no verles mientras que los otros dos les lanzaron una desdeñosa mirada. Afortunadamente, ambos tuvieron la sensatez de romper el contacto visual tras unos segundos y se enfocaron en sus tareas como si nadie los hubiese interrumpido.

Aioria y Milo fruncieron el ceño, pero al ver que el resto de sus compañeros estaban decididos a dejar pasar el incidente, optaron por imitarles.

Pocos minutos después, los tres verecianos terminaron de desensillar sus caballos y caminaron hacia la entrada del establo. Infortunadamente, fue en ese momento que Máscara de la Muerte y Afrodita les dieron alcance. La pareja reía bobamente y caminaba mano en mano sin prestar demasiada atención a sus pobres caballos que intentaban seguir sus instrucciones. Estaban tan distraídos, que ni siquiera se dieron cuenta de que ocupaban prácticamente todo el espacio de la entrada y dificultaban el paso de los tres soldados. Los hombres no se molestaron en pedir permiso para pasarles de largo, sino que siguieron avanzando sin intenciones de detenerse.

Fue casi hasta que Afrodita y Máscara de la Muerte los tuvieron en las narices que se percataron de la situación y que dieron un paso hacia los costados para permitirles pasar. Eso no impidió que uno de los verecianos —aquel que lucía más obstinado— empujara a Afrodita al pasar.

Por unos instantes algo centelleó en los ojos de Máscara de la Muerte y Afrodita tuvo que apretar el agarre de su mano para contenerlo. Máscara de la Muerte tuvo que conformarse con lanzarles una asesina mirada a los soldados y estos, afortunadamente, no miraron hacia atrás para confirmar la reacción de la pareja.

—Animales —espetó Máscara de la Muerte en vereciano, pero solo hasta que los hombres estuvieron demasiado lejos para escucharles.

—Ya, ya, Mascarita. No les des más importancia de la que realmente tienen.

Parecía que Máscara de la Muerte estaba a punto de hacer un reproche, pero decidió dejarlo por la paz. Condujo a su caballo al primer espacio libre que encontró y comenzó a desensillarlo. Afrodita, siempre considerado con su benefactor, se puso a su lado mientras esperaba con paciencia a que terminara para que luego pudiera seguir con la montura de su yegua. Camus pensó que era extraño que tan buen jinete rechazara atender a su propio caballo, pero luego recapacitó y se percató de que más que quitarse trabajo de encima, lo que Afrodita quería era hacer sentir bien a Máscara de la Muerte.

Y Camus que pensaba que Mü y Aldebarán se complementaban bien. ¡Estos dos estaban completamente hechos el uno para el otro!

Menos mal. Eso significaba menos problemas para el resto del mundo.

—¿Qué diablos fue todo eso?

El susurro de Aioria sacó a Camus de sus pensamientos. Giró el rostro y le vio hablar con Milo en confidencia. El rubio frunció el ceño, negó con la cabeza y alzó su mirada hacia Camus, quien apretó los labios y comenzó a caminar hacia ellos.

—Es tarde —la decidida voz de Mü le detuvo a mitad de camino—. Hablaremos mañana durante el desayuno.

Milo y Aioria se miraron entre sí y Aldebarán frunció el ceño. Camus supuso que los hombres intuían lo que ocurría (era imposible no notar la tensión que incrementaba día a día). Había llegado la hora de explicarles abiertamente la situación. Sería necesario para evitar confrontaciones.

Los soldados terminaron de desensillar a sus caballos en silencio y del mismo modo se dirigieron a los baños para limpiarse.

Con todo y el cansancio, a los hombres les costaría conciliar el sueño esa noche.

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A la mañana siguiente, durante las prácticas de campamento y, como comenzaba a hacerse usual, dos soldados discutieron por algo estúpido como la forma correcta de clavar una estaca en el suelo. Segundos después sus palabras fueron reemplazadas por golpes pese a los intentos de los demás para tranquilizarlos.

Esa fue la primera ocasión en la que Camus vio una rencilla frente a los Capitanes. En ocasiones anteriores siempre era un tercero quien le entregaba a Shion o a Dohko una escueta carta en donde se indicaban los nombres de los trasgresores. Ahora, por el contrario, Shion se acercó a los hombres en silencio y, en cuanto estos le vieron, se separaron y desviaron sus miradas hacia al suelo.

Bastó con que Shion entrecerrara levemente los ojos para que los soldados interpretaran su orden y salieran de la zona de entrenamiento en silencio y a sabiendas de que no podrían regresar.

A pesar de que la situación fue incómoda, al menos tuvieron la fortuna de que no fuese un recordatorio más de las decenas de ojos que parecían estar sobre ellos. Era más fácil aceptar la caída de un compañero cuando nadie estuvo ahí para empujarlo. El resto del entrenamiento continuó sin mayores complicaciones.

Fue hasta el desayuno que Mü y Camus explicaron la situación a sus compañeros akielenses. Ninguno de ellos pareció particularmente sorprendido, mas no por eso dejaron de mostrar descontento.

—Si tanto quieren ser parte de la Guardia, deberían esforzarse más en lugar de manchar la reputación de los demás —dijo Aioria, tras lo cual le dio una violenta mordida a un trozo de pan—. Es vergonzoso que soldados que busquen un puesto tan alto se comporten de esta manera.

—Confío en que será fácil ignorar las provocaciones, pero no deja de ser enojoso —concordó Milo—. ¿Hay algo que podamos hacer?

—Conocer los medios del delator nos ayudaría, pero temo que tenemos pocas pistas y tiempo para descubrir su identidad —comentó Mü.

Los hombres callaron y fue en ese momento que los murmullos de Máscara de la Muerte y Afrodita se hicieron notar. Tres días atrás comenzaron a sentarse en su mesa. Afrodita comentó que sus admiradores comenzaban a hacerse un problema. Les molestaba que enfocara toda su atención en Máscara de la Muerte y sus inocentes miradas de añoranza se convirtieron en toqueteos indeseados. Máscara de la Muerte pudo haber alejado a todas esas pestes, dijo Afrodita en afán de adular a su pareja, pero prefería evitarse complicaciones y simplemente cambió de asiento.

Generalmente pasaban las comidas hablando entre sí con la excusa de que Afrodita no hablaba akielense, mas todos sabían que aquello era una excusa para coquetear entre ellos. Camus les daba crédito a ambos por ser capaces de mantener el interés del otro por tanto tiempo. Sospechaba que ni Afrodita ni Máscara de la Muerte estaban acostumbrados a las relaciones estables. Si es que acaso podían llamar así a su particular relación.

Al notar el silencio a su alrededor, Afrodita y Máscara de la Muerte alzaron sus rostros con tono inquisitivo.

—¿Sí? —preguntó Máscara de la Muerte con un tono de voz más grave que el usual.

—Hablamos sobre la ansiedad de los soldados —dijo Mü en vereciano— y de lo que son capaces de hacer al sentir que las puertas comienzan a cerrarse.

Afrodita asintió lentamente.

—Eso me recuerda algo. ¿Tienen planes para mañana? —miró a Mü y a Aldebarán—. Ustedes no respondan. Ya sé para qué aprovechan su día libre.

A nadie le pasó desapercibido el abochornado gesto que hizo Aldebarán.

—¿Qué tienes en mente, Afrodita? —preguntó Camus.

—Una cacería —respondió moviendo sus cejas de arriba abajo—. Quiero pescar espías y será más divertido hacerlo en equipo.

—Eso no me parece divertido —murmuró Máscara de la Muerte aun a sabiendas de que le sería imposible escapar.

—A mí sí me parece emocionante —admitió Milo antes de traducirle a Aioria la propuesta.

—No cuenten conmigo —dijo el castaño—. Shaka quiere que le acompañe a comisionar un set de instrumentos quirúrgicos.

Milo tradujo aquellas palabras para Afrodita.

—¡Tonterías! Esto es mucho más importante que cualquier cirugía. ¡Ya sé, puedes invitarlo!

Milo tradujo y Aioria comenzó a discutir con él como si su amigo hubiese sido el de la loca idea.

—Tú también nos acompañarás, ¿no es así, Camus? Milo dijo que quería ir.

—Creo que ni tú ni él me dejarán otra opción.

Afrodita asintió y extendió su brazo para darle un pellizco a la mejilla izquierda de Camus.

—Me encanta que me conozcas tan bien.

Camus rodó los ojos y regresó su atención a lo que quedaba de su desayuno con el fin de distraerse de la asesina y celosa mirada que le mandó Máscara de la Muerte.

¡Su día libre sería el más difícil de toda la semana!

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Comentario de la Autora: Hemos entrado oficialmente al último arco de la historia. Yo creo que el fic terminará en el capie 32 y es posible que a partir de octubre comience a hacer las actualizaciones más frecuentes. Subrayo la palabra posible. De todas formas estaré trabajando con al menos 3 sidestories que complementen este AU así que aún no se desharán de mí. Aún.

Este capie me causó algo de problemas porque Afro y DM tuvieron demasiado protagonismo, pero es que llaman demasiado la atención! No se preocupen, ya casi el resto del fic los mantendré separados. Todos sabemos que no estamos aquí por ellos dos.

Espero que no hayan odiado este capie y que todos se encuentren sanos y salvos. ¡Mucho ojo!

Respuesta a Ellizy: ¡Es bueno leerte de nuevo! Afrodita es una fuerza de la naturaleza y nadie puede contenerlo. Sí creo que sea un genio, pero un genio del mal. No obstante, así nos gusta: maloso y travieso. Milo también es un poco así, pero no brilla tanto como Afrodita. ¡Muchas gracias por tus lecturas y aún más por comentar! Cuídate mucho!