Capítulo 29
A pesar de que obtuvieron un indicio interesante sobre el delator, lo que restó de la tarde Camus, Afrodita y Shaka fallaron en encontrar más pistas. Camus sospechaba que Jakov advirtió a los demás espías, ya que prácticamente todos los niños del castillo o desaparecieron súbitamente o se enfocaron tanto en sus tareas que no tuvieron oportunidad de interrogarlos; ni siquiera a cambio de dinero.
La situación fue tal que los pobres hombres regresaron a la zona de las barracas con las manos vacías. Mientras se dirigían a la oficina del médico, Afrodita caminaba pensativo y con un mohín en el rostro. Camus suponía que su propia expresión debía ser parecida. Por su parte, Shaka no parecía ni particularmente molesto ni satisfecho. Caminaba con tanta tranquilidad que Camus habría envidiado su temple de no ser porque sabía que su posición en la Guardia Real no estaba en riesgo.
Cuando estaban a pocos metros de llegar al consultorio del médico, divisaron del otro lado del pasillo a Máscara de la Muerte, Aioria y Milo. Los tres lucían totalmente exhaustos. Estaban completamente despeinados y sus rodillas y quitones estaban cubiertos de polvo y lodo. Mientras Aioria y Máscara de la Muerte llevaban consigo una muy mala cara, Milo parecía extrañamente entusiasmado. No obstante, Camus sabía que esa no era señal de que hubiesen tenido mejor suerte que ellos.
—¿Qué les pasó? ¿Lucharon contra un jabalí?
Milo negó con la cabeza y Camus vio un par de piedritas salir disparadas de su cabello.
—Estábamos en Les Nomades cuando Máscara de la Muerte reconoció a uno de los niños que trabajan en el castillo. Cuando se dio cuenta de que había sido reconocido, salió corriendo de la posada y le seguimos el rastro.
—Maldito crío… —musitó Máscara de la Muerte—. Jamás había visto a alguien correr así.
—Lo perseguimos por toda la calle principal, el mercado y el puerto. Lo perdimos en uno de los muelles.
Afrodita murmuró algo a Camus y este sonrió.
—Afrodita pregunta si en lugar de hacer su trabajo se revolcaron en un chiquero.
Máscara de la Muerte siguió avanzando y murmuró algo sobre 'dos chiqueros'. Cuando estuvo al lado de Afrodita, le propuso que tomaran un baño juntos, invitación que fue aceptada con sumo entusiasmo. Camus se preguntó cuántas monedas de plata conseguiría Afrodita esa noche.
—¿Ustedes tuvieron mejor suerte? —preguntó Milo una vez que la pareja se alejó.
—Algo así —respondió Camus—. También nos encontramos con un niño que claramente trabaja para nuestro delator. Aunque pudimos hablar con él por unos minutos, a la larga no nos dijo gran cosa. Sabemos que el chico vino desde Kempt, pero dudo mucho que su nacionalidad tenga que ver con el hecho de que haya aceptado el rol de espía.
—Si eso es todo —murmuró Shaka—, me retiraré a mis habitaciones.
—¡Espera, Shaka! —Aioria caminó hacia él con una exagerada cojera—. Caí mientras corría tras el niño. ¿Puedes atenderme?
En lugar de lanzar una corta y seca respuesta, Shaka rodó los ojos y se alzó de hombros. Lo que cualquier otro hubiese sido tomado por un abierto rechazo, para Aioria fue una invitación, ya que sonrió amplísimamente e incluso dio un par de emocionados brinquitos cuando Shaka abrió la puerta del consultorio y le dejó pasar.
Fue de esa forma que Milo y Camus se encontraron solos en el pasillo.
—Me alegra que te divirtieras.
Milo rio y rodeó a Camus con su brazo izquierdo, acercándolo a sí para darle un beso en la mejilla.
—Fue increíble. Me recordó a mis años en el stratónes. Solo que un poco menos caótico.
Camus asintió y posó su mano derecha en la barbilla de Milo para girar su rostro lo suficiente para tenerlo frente a frente. Una vez que quedó satisfecho con el ángulo, le dio un fugaz beso en los labios.
—Aún hay algo de tiempo antes de que sirvan la cena —dijo Camus—. ¿Qué opinas si vamos a-
El sonido de pasos a sus espaldas interrumpió a la pareja, quienes decidieron separarse a sabiendas de que se encontraban justo en medio del pasillo. Infortunadamente, lo que parecía que sería solo una rápida interrupción terminó siendo algo más. Quienes se acercaban a ellos eran Aldebarán y Mu. Camus apretó los labios a sabiendas de que tendrían que perder tiempo precioso intercambiando palabras.
—¿Ya están de regreso?
Milo debió haber pasado tan buen momento en la ciudad que en lugar de tomar a mal la interrupción, sonrió nuevamente al recordar sus particulares aventuras.
—No valía la pena extender la cacería. No cuando los demás aspirantes comenzaron a regresar al castillo. Aunque parece ser que aquí adentro tampoco hubo mucha suerte.
—Una parvada de niños ayuda a nuestro delator, pero parece que muchos de ellos le son sumamente leales —explicó Camus—. Dudo mucho que les podamos sacar información relevante.
—Niños, ¿dices? —Mü acunó su barbilla entre su dedo índice y pulgar—. Es extraño, Kiki no me ha comentado nada al respecto.
Solo entonces Camus recordó al pequeño pelirrojo que ayudaba a Mü a recabar información en el castillo. ¿Cómo pudo haberlo olvidado? Hubiese sido mucho más fácil pedir su ayuda en lugar de buscar la información por cuenta propia. Por otro lado, si no tenía a Mü enterado de lo que ocurría con los espías, probablemente tampoco serviría mucho pedirle su ayuda.
—¿Quién es Kiki? —preguntó Milo.
—Mi mensajero. Es bueno para esconderse y obtiene buena información de terceros.
—Está bien, Mü —rio Aldebarán—. Puedes decir que es tu espía.
—Este no es el momento de…
—¿Tecnicismos? —continuó Camus.
—Eso. Lo importante aquí es que parece ser que Kiki me ha ocultado información…
La expresión de Mü era complicada. Por un lado parecía sumamente irritado de ser engañado por el niño en quien tanto confiaba, pero de cierta forma también parecía orgulloso de que el pequeño hubiese logrado ocultarle un secreto por tanto tiempo. Camus se preguntó si todos los padres experimentaban sentimientos tan encontrados.
—Quizá el delator ha comprado su silencio —murmuró Milo sin mucha seguridad.
—Lo dudo —dijo Mü—. Ya antes ha recibido ofertas muy generosas y siempre las ha rechazado. O bien las acepta solo para evidenciarme después lo que ocurrió.
—Sin embargo, esta vez es diferente, ¿no es así? —preguntó Camus—. Esta vez no se trata solo de él, sino de al menos dos niños más. Quizá mantiene el secreto para no delatar a sus compañeros.
—Tampoco creo que sea eso. Kiki no tiene amigos de su edad…
Aldebarán puso su mano en la frente y negó con la cabeza.
—No tienes que decir eso de una manera tan fría, Mü.
—No hay nada de malo en decir las cosas como son —exhaló sonoramente—. No había muchos niños en el palacio de Arles. Es por eso que desde siempre tendió a interactuar con gente mayor. Es una costumbre que le ha seguido hasta aquí.
—Marlas no es Arles —aseguró Milo—. No veo por qué no habría de cambiar sus costumbres en un lugar como este. Ya antes la ciudad era bulliciosa y ahora que el Rey y el Príncipe se alojan aquí, el castillo parece termitero. ¿Cómo no habría de hacerse más sociable con tanta gente a su alrededor?
Mü ponderó las palabras de Milo por algunos segundos, mas no quedó convencido.
—Hablaré con él. Confío en que no será capaz de mentirme a la cara. Si lo hace…
—Por favor dime que no piensas matarlo.
—Todo dependerá de sus razones, Aldebarán; si son buenas no tendrá de qué preocuparse. Después de todo, no es sabio deshacerse de los recursos. Únicamente es necesario ponerlos en línea nuevamente.
Aldebarán apretó los labios y desvió su mirada hacia el piso dejando muy en claro que no quería pensar más en lo que Mü haría con el pobre de Kiki. Por su parte, Camus hizo la anotación mental de que Shaka y Mü eran más parecidos de lo que pensaba. Los dos eran sumamente severos y no parecían tener reparos en disciplinar incluso a los niños más desafortunados. Tenían suerte de que no se llevaran bien. Quién sabe de qué serían capaces si trabajasen juntos.
—A veces olvido que eres el hijo del Capitán Shion —musitó Milo sin atreverse a mirar a Mü a los ojos—. Mejor los dejo antes de que Mü empiece a idear nuevas técnicas de tortura. Quiero cambiarme antes de la cena.
—Te acompaño —se apresuró a decir Camus con la esperanza de aprovechar los escasos minutos para pasar tiempo juntos. Tristemente, a carencia de Kiki, Mü decidió verter su mal humor en los demás.
—Nosotros también. A fin de cuentas falta muy poco para que sirvan la cena.
Aldebarán se encogió de hombros y con un apenado gesto se disculpó sin palabras con Camus. Este le sonrió tenuemente a sabiendas de que nada de eso era su culpa. En realidad, el único culpable era el mal humor de Mü.
Los hombres caminaron en silencio hacia los dormitorios y cuando estuvieron a pocos pasos divisaron mucho movimiento. Varios hombres entraban y salían de la habitación. Algunos de ellos cargaban varias, si no todas, sus pertenencias. El Capitán Dohko les observaba a corta distancia con los brazos cruzados y una expresión inusualmente seria.
Camus observó la escena por unos segundos antes de comprender lo que ocurría: los soldados cambiaban de dormitorio con el fin de aprovechar los espacios vacíos. Tantos hombres habían sido expulsados del castillo en tan poco tiempo que era mucho más fácil reunirlos a todos en un menor espacio. De ser tres dormitorios, ahora solo quedarían dos; ninguno de ellos completo.
El Capitán les miró de reojo por unos segundos, mas dejó de prestarles atención en cuanto saludaron. Era obvio que a Dohko no le gustaba la idea de perder a tantos hombres por culpa de un misterioso tercero. No obstante, no le fue posible hacer más que mirar mientras los aspirantes se escurrían de entre sus manos.
Después de varios tortuosos segundos, Milo tragó saliva y apretó los labios antes de encaminarse al interior del dormitorio. Camus, Mü y Aldebarán prefirieron quedarse en el pasillo a una sana distancia de Dohko y minutos después, cuando Milo salió de la habitación con un nuevo quitón, se apresuraron en alejarse de tan incómodo lugar.
Se dirigieron inmediatamente al comedor y esperaron con paciencia a que los cocineros repartieran las raciones. Después de todo, esperar era mil veces mejor que presenciar a un Dohko malhumorado.
A dos semanas del torneo, Camus temía que la pesadez del ambiente solo podía empeorar.
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La semana que siguió a la cacería fallida estuvo cargada de tensión. En todo momento los hombres se miraban entre sí con desconfianza y, pronto, ni siquiera los descansos en el comedor fueron suficientes para tranquilizar la animosidad de los soldados. Parecía que cada minuto empezaba una nueva discusión entre los hombres y, si bien la mayor parte del tiempo era posible evitar un escalamiento a los problemas, la constante presión comenzó a hacer mella en la convicción de los hombres.
Camus supo de al menos dos soldados que decidieron renunciar a la oportunidad de formar parte de la Guardia y lo peor era que el pelirrojo ni siquiera podía culparles. Si no fuese porque estaba convencido de que todo lo que ocurría era una prueba más para los aspirantes, también habría considerado desertar. Después de todo, ¿qué persona podría mantenerse cuerda en un ambiente como ese? Camus lo había tolerado por apenas dos meses (de los cuales solo uno estuvo realmente preocupado por el delator) y sentía que estaba a poco de perder la cabeza. Jamás lograría completar un año de servicio si acaso la situación se mantenía aún después de la selección.
A pesar de los obstáculos, Camus se obligó a sí mismo a seguir adelante. Tenía buenos alicientes (paga, orgullo y la compañía de Milo), así como la esperanza de que, aunque tendría muchas preocupaciones como Guardia Real, ninguna de ellas sería la de temer a sus propios compañeros. Después de todo, el llegar a la última etapa sería una prueba innegable de tolerancia y lealtad hacia los monarcas. Mientras Camus estuviese del lado de ellos no tendría de qué preocuparse.
Al menos esa era la idea.
A Camus no le quedaba otra alternativa más que confiar en que las cosas mejorarían y, si no lo hacían, siempre estaba la opción de desertar. Eso sería renunciar para siempre a su carrera militar, pero aquello ya no le parecía tan terrible como le hubiese parecido antes de llegar a Marlas. Los monarcas no parecían interesados en la expansión del territorio y, con la antigua frontera entre Vere y Akielos en paz, habría pocas oportunidades para ganar renombre en el campo de batalla. Sus padres estarían totalmente devastados, por supuesto, pero no era como si su opinión le importara demasiado. Si acaso, esperaba que su traición no les pesase tanto como para negarle un par de carretas para comerciar. Viajar por el nuevo imperio no le parecía tan mala idea. Con suerte, podría convencer a Milo de acompañarle. Sospechaba que sería un excelente vendedor. Nadie podría negarle algo a las centelleantes turquesas que iluminaban su rostro.
Ni siquiera un par de turquesas reales, ni mucho menos un puñado de granates.
Camus sonrió para sí al imaginarse a Milo cubierto con las piedras preciosas que comerciaba su familia. No habría un mostrador más perfecto que él.
No obstante, aquellos pensamientos serían para otro momento. Ahora su meta yacía en la Guardia Real y todos sus esfuerzos deberían estar ligados a ella. Lo demás sería un plan alternativo que guardaría en su mente hasta que fuese el momento de retomarlo. De esa forma, una semana más corrió en el calendario y pronto estuvieron a pocos días del esperado torneo.
Sin embargo, algo inusual ocurrió en el séptimo día. Inesperadamente, los hombres fueron llamados al patio sur en cuanto terminó el desayuno y fueron formados ante los Capitanes. Como ya se había hecho costumbre, Dohko lucía sumamente malhumorado. El estado de ánimo de Shion no parecía muy diferente, pero sabía disimularlo. Aun así, Camus ya había aprendido a reconocer los pequeños gestos que dejaban en claro que se encontraba sumamente irritado por lo que pasaba entre sus hombres. Alguien estaba interviniendo en su selección y estaban tan hartos del asunto como los mismos soldados.
—El Capitán Dohko y yo hemos tomado una decisión. Tomando en cuenta el estado físico y mental de los aspirantes, hemos decidido que no habrá ejercicios ni prácticas en la semana anterior al torneo. Pueden aprovechar ese tiempo para visitar a sus familias, descansar o bien practicar por su cuenta. Sin embargo, es nuestra recomendación que se mantengan alertas. Todos los que han llegado hasta este punto son dignos de nuestro reconocimiento y sería infortunado que más hombres fuesen enviados a casa antes de tiempo. Mantengan su prudencia en estos últimos días. Ahórrense la vergüenza de asistir al torneo solo para ser expulsados en ese momento.
Camus apenas y podía creer la oportunidad que se les otorgaba. Escapar de Marlas y del delator era una tentadora oferta que Camus no sabía si podría aprovechar. No podría ir y regresar de Monpazier a tiempo y sabía que sus amigos provenían de lugares aún más alejados. Podrían alojarse en alguna posada a las afueras de la ciudad, pero ellos no serían los únicos con esa idea, lo cual simplemente trasladaría el problema hacia otro lugar.
Mientras Shion y Dohko explicaban los detalles sobre la fecha, hora y lugar en el que iniciaría el torneo, Milo y Camus intercambiaron miradas. Ambos consideraron sus alternativas y sin necesidad de hablar supieron que llegaron a la misma conclusión.
Lo más sencillo sería permanecer en el castillo. Era lo suficientemente grande como para mantenerse ocultos de los demás y podrían aprovechar unos días más de entrenamiento para el Okton.
¿Quién sabe? En una de esas, podrían regresar a la pequeña habitación a un costado de la biblioteca.
Los Capitanes les permitirían relajarse antes de su última prueba y Camus estaba totalmente dispuesto a sacar provecho de ello.
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Comentario de la Autora: Dije que las actualizaciones serían más frecuentes y lo cumplí. Esta vez tardé 4 semanas y no 5. Jojo! No están orgullosos de mí? Francamente no sé si el próximo capie sea igual porque viene el MiloShipFest y aunque solo pensaba hacer algunos drabbles... la verdad es que no he hecho nada. Pueden cooperar con la causa viendo los prompts en el tiwtter /miloshipfest. XD
En mi defensa... eh... me metí a un intercambio navideño de Scumbag System y me tomó semanas hacer el esquema? Eh... ups.
Hey! Pero al menos ya tengo el borrador del primer sidestory de esta serie! No estoy TAN mal.
Mmmm... creo que es todo. No tengo más comentarios sobre este capie. Espero no lo hayan odiado. ¡Muchas gracias por leer! ¡Cuídense mucho!
