Capítulo 30

Después de que los Capitanes anunciaron no habría entrenamientos la semana previa al torneo, alrededor de una decena de soldados desapareció de los dormitorios. Camus suponía que eran hombres afortunados que vivían en Marlas o muy cerca de ella y que podían darse el lujo de alejarse del castillo por unos cuantos días.

Infortunadamente, ni Camus ni el resto de sus amigos compartían aquella suerte y tuvieron que conformarse con ser sumamente cuidadosos en esos días. Sabían que su mejor alternativa sería mantenerse ocupados, así que procuraron mantener el ritmo normal de sus prácticas. La única licencia que se tomaron fue el permitirse una hora más de sueño, apenas lo suficiente para permitirles recuperar un poco de la energía que habían perdido en los últimos meses.

Después de desayunar, los hombres pasaban toda la mañana entrenando para el Okton y toda la tarde puliendo sus respectivas habilidades. Inicialmente intentaron reunirse en el salón de entrenamiento, pero al ver que muchos de sus compañeros tuvieron la misma idea, prefirieron buscar un lugar más privado.

Después de pasar casi un día entero buscando un lugar indicado, al final tuvieron que conformarse con el espacio que ya habían hecho suyo en el patio cercano a las caballerizas. El espacio no era ideal; no solo era extenuante entrenar todo el día bajo el sol, sino que el terreno estaba desgastado por las huellas de los caballos y se les dificultaba encontrar zonas lo suficientemente planas para realizar los ejercicios que requerían mayor estabilidad. Aun asi, se encontraban lo suficientemente lejos de las barracas como para no sentirse constantemente observados y al final la tranquilidad les valió más que la comodidad.

Aquellos días resultaron ser mucho menos desgastantes que aquellos a los que los Capitanes ya los tenían acostumbrados. No obstante, el desgaste emocional se hacía cada vez más difícil de soportar, sobre todo en momentos en los que tenían que convivir con más hombres como en los dormitorios, los baños o el comedor.

Afortunadamente, los días pasaban rápidamente y Camus se sentía optimista. Estaba convencido de que haría un excelente papel en el torneo y que pronto podría disfrutar los frutos de su esfuerzo.

Y hablando de disfrutar frutos, Milo y Camus finalmente tuvieron oportunidad de pasar tiempo juntos. Aunque sus encuentros carecían del carácter íntimo que Camus hubiese querido, sus breves momentos en silencio y a solas le sabían más que cualquier encuentro fortuito que hubiese tenido jamás. No que hubiese rechazado algo más personal, por supuesto. Tristemente, ahora que todos tenían más tiempo libre, los pocos espacios privados a los que tenían acceso se volvieron prácticamente áreas comunes.

Camus no podía culpar a sus compañeros. Habían estado tan ocupados que sin duda pasaron meses de abstinencia. Era de esperarse que los hombres se desquitarían en cuanto tuviesen oportunidad. Sin embargo, Camus sospechaba que estaban exagerando un poco con el desquite.

La pequeña habitación que Milo y Camus encontraron y limpiado parecía haber sido sellada para siempre. Cada que los hombres pasaban por aquel pasillo no tardaban en escuchar los distintivos sonidos que dejaban en claro que alguien se les había adelantado. Después de tres intentos en vano, Camus propuso esperar afuera en lo que los otros hombres terminaban, pero Milo no estaba dispuesto a pasar varios minutos escuchando gemidos de desconocidos (o, peor aún, de conocidos). La misma historia se presentaba con el resto de los lugares y, al final del día, tuvieron que conformarse con pasar tiempo juntos en la oscura privacidad de la capilla a un costado de la herrería. El lugar estaba completamente abandonado por las tardes y era un buen refugio del bullicio del castillo.

A pesar de que Camus no era un hombre religioso, su descaro no llegaba al punto de tener sexo en una capilla, pero se permitía abrazar y besar a Milo cuando este se mostraba lo suficientemente entusiasta; cosa que ocurría con cada vez más frecuencia.

Una vez que las caricias estaban próximas a cruzar la línea de la cual no habría regreso, los hombres optaban por separarse y limitarse a quedas pláticas sinsentido. A Camus le gustaba imaginarse que así serían el resto de las tardes de su vida, con su espalda recargada en el pecho de Milo y la barbilla de este escondida en el surco del cuello de Camus. Ambos eran jóvenes y la lógica le decía a Camus que las probabilidades de que su relación fuese duradera eran cercanas a cero. No obstante, estando a su lado Camus sentía que cualquier cosa podía ser posible.

No podía sino sonreír para sí cada que pensamientos como esos llegaban a su mente. Si tres meses antes le hubieran dicho que contemplaría no solo un encuentro sexual con un akielense, sino que una relación estable, se habría enfurecido.

Sin embargo ahí estaba, en vísperas del torneo que decidiría su futuro y acurrucado en una vieja banca de madera con el hombre que le había conquistado antes de que se diera cuenta.

Atardecía y el dulce silencio les ayudaba a sentir que se encontraban lejos de la capital. El lejano tintineo de la herrería hacía poco para romper la ilusión y Camus estaba tan relajado que comenzó a cabecear. Milo no debió haber estado muy conforme con eso, ya que decidió irrumpir su paz con una innecesaria pregunta.

—¿Estás nervioso por mañana? —su voz sonaba extremadamente tranquila, quizá un poco indiferente y Camus supo que trataba de contener su propia inquietud. Fue solo por eso que evitó darle un manotazo por la rudeza de haberle despertado.

—No realmente —admitió—, solo estoy ansioso. Muchas cosas pueden salir mal en un torneo.

—¿Temes que alguien salga lastimado?

—No más de lo que estaría con cualquier otro torneo, pero sí. Esa siempre es una posibilidad —giró su rostro para mirar a Milo a la cara—. ¿Tú estás nervioso?

El rubio asintió.

—Mañana será uno de los días más importantes de mi vida. ¿Cómo no habría de estar preocupado?

—Hemos entrenado muy arduamente. ¿Dudas ser seleccionado?

A Milo le tomó algunos segundos responder.

—Muchas cosas pueden suceder mañana. No ser seleccionado puede ser una de ellas. ¿Qué sería de mí, entonces? No sé si pudiera regresar al ejército después de un fracaso así.

—Te entiendo. Yo no lo haría.

Milo apretó a Camus de la cintura por y lo meció de izquierda a derecha.

—¿Cómo puedes decir eso con tanto temple? ¿Acaso ya tienes un plan por si todo falla?

—Por supuesto. Un buen soldado siempre está preparado para todo; incluso para perder. Me volveré mercader.

—¿Como tus padres?

—No, ellos solo están detrás de sus escritorios haciendo cuentas y buscando inversionistas. Yo viajaría con la mercancía para venderla. Aunque dudo ser buen vendedor. ¿Quizá tú pudieras ayudarme?

Milo dejó escapar una grave risa.

—¿Crees que tenga madera para eso?

—¡Seguro que sí! Además, la mercancía de mis padres se vende por sí sola. Tú solo necesitarías mostrarla.

Camus se aseguró de no detallar su plan de usar a Milo como mostrador. No necesitaba saberlo en esos momentos.

—Para todo esto, ¿qué es lo que venden?

—Piedras preciosas; a algunos clientes importantes les ofrecen piezas terminadas.

—Con razón Afrodita está tan interesado en ti.

—Ni que lo digas. Y eso que él cree que venden libros. Si supiera que tratan con artículos tan caros ya habría encontrado un modo de desfalcarme.

—¿Y crees que tus padres te dejarían llevarme contigo en tus viajes comerciales?

—Por supuesto. Se sentirán más tranquilos si saben que entre mis guardias está un guerrero akielense.

—¿Y visitaríamos los cuatro reinos?

Camus consideró seriamente su respuesta.

—Quizá Vask no… —ignoró el burlón bufido de Milo—, pero podemos visitar el resto del continente. Podríamos incluso visitar Artes.

—Suena un buen plan —dijo un tanto en broma—. Si no entramos a la Guardia, te acompañaré. ¡Quizá lo haga incluso si soy seleccionado!

—Habrá tiempo —admitió—. Podemos estar en la Guardia por unos años y luego buscar otra profesión, ¿no te parece? Hay que darle tiempo al tiempo.

Milo asintió y recargó su cabeza sobre la de Camus.

—Haces que el futuro suene menos abrumador. Me alegra que pueda estar contigo así.

Camus se sonrojó y abrió la boca para responder, mas sus torpes palabras fueron acalladas por el repique de las campanas del reloj del castillo. El pelirrojo exhaló y se desembarazó del abrazo de Milo.

—Vayamos a cenar. Lo mejor será que durmamos lo más temprano posible.

Milo asintió y le tomó de la mano para conducirlo fuera de la capilla y hacia las barracas. A pesar de que en unas horas el castillo estaría repleto de soldados y visitantes dispuestos a presenciar el torneo, al menos por ahora todo lucía inquietantemente solitario. Milo y Camus solo cruzaron su camino con un par de sirvientes y no se encontraron con otros soldados hasta que estuvieron a pocos metros del dormitorio.

Para bien o para mal, dichos soldados no eran sino Afrodita y Máscara de la Muerte.

—Buenas noches, compañeros —canturreó Afrodita—. ¿Listos para nuestra última noche como aspirantes?

—Espero que los dormitorios de la Guardia Real sean mucho mejores que estos —murmuró Máscara de la Muerte sin permitir que Milo o Camus respondieran a la pregunta de Afrodita—. ¿Creen que tengamos que seguir compartiendo dormitorio? Extraño mi privacidad.

—Es probable que tengamos que seguir compartiendo dormitorio, aunque seguramente con menos personas que ahora —aseguró Camus. Cuando fue capitán y conoció a algunos nobles de las fortalezas del sur, se percató de su renuencia a dejar atrás las comodidades dignas de su rango. Si la Guardia Real estaba tradicionalmente compuesta de miembros de la aristocracia, sin duda se encargaron de engalanar los espacios comunes décadas atrás.

—Yo pido compartir habitación con Mascarita —dijo Afrodita mientras pellizcaba la mejilla del susodicho. Como era de esperarse, Máscara de la Muerte no pareció molestarse con la irritante acción.

—Por el bien de todos, espero que solo se permitan dos hombres por-

Milo se interrumpió a sí mismo al ver que dos soldados se acercaban a ellos por el otro extremo del pasillo. Aquello no habría sido relevante de no ser porque dichos hombres eran dos de los que habían enfrentado a Afrodita y a Máscara de la Muerte en los establos un par de semanas atrás.

El líder (aquel que se había atrevido a empujar a Afrodita) les observaba fijamente y con lo que parecía un plan en mente. Camus sintió todos los músculos de su cuerpo tensarse y su primera reacción fue la de tomar a Milo del antebrazo para obligarle a apresurar el paso. Afrodita intentó hacer lo mismo con Máscara de la Muerte, pero sus movimientos fueron demasiado lentos. Antes de que pudieran tomar una posición más defensiva, los dos hombres bloquearon su camino.

—¿Podemos ayudarles en algo, soldados? —preguntó Afrodita con tanto temple que sorprendió a Camus. Estaba seguro que si aquellos hombres no estuviesen planeando algo, habrían salido despavoridos por el frío tono de voz del antiguo cortesano.

El más atrevido desenredó una pesada bolsa con monedas de su cinturón y se la ofreció a Afrodita.

—Excelentes noticias, mascota —sonrió sardónicamente—, he juntado suficiente dinero para pasar la noche contigo.

Máscara de la Muerte gruñó y Afrodita permaneció impasible. Observó la bolsa con desdén y la alejó de sí con un suave movimiento de su dedo índice.

—Me temo que rechazaré tu oferta. Tengo la suerte de poder elegir con quién follar; ventaja que carecen las desafortunadas prostitutas que visitas en el puerto.

Aquellas palabras tuvieron el efecto deseado en el hombre. Su sonrisa, antes petulante y confiada, desapareció para dar paso a una mueca de disgusto. Camus sabía que el hombre estaba ahí solo para incitarlos a pelear y debió haber esperado ser rechazado. Sin embargo, la insinuación de que se acostaba con mujeres debió haber sido inesperada.

—Vamos, vamos —dijo el hombre con un falso tono conciliador—, no te pongas así. Estamos tan cerca del final, ¿no crees que merezco un premio?

Al ver que sus provocaciones no afectaban ni a Afrodita ni a sus compañeros, el hombre decidió subir la apuesta. Extendió su mano hacia uno de los mechones de cabello de Afrodita y se atrevió a enredar su dedo índice con él. Abrió la boca para decir alguna otra estupidez, pero ni siquiera alcanzó a pronunciar una palabra cuando fue bruscamente golpeado por Máscara de la Muerte.

—¡¿Cómo te atreves a ponerle tus manos encima?! —gritó el akielense. Un segundo después, el soldado cayó inconsciente al momento.

Camus, Milo y Afrodita miraron estupefactos a Máscara de la Muerte. Camus no sabía si había sido o no un idiota por haber caído tan fácilmente en la trampa de aquellos soldados (temía que él habría hecho algo semejante si hubiesen molestado a Milo como ese hombre lo hizo con Afrodita). No obstante, poco importaba su opinión. El acto estaba hecho y ahora tendría que cargar con las consecuencias.

Máscara de la Muerte y Afrodita no tuvieron oportunidad de lamentarse por la situación. Enfurecido al ver a su amigo inconsciente, el segundo soldado sacó de sus ropas una navaja y se lanzó en contra del akielense.

El ataque del hombre fue en vano. Máscara de la Muerte le evadió con facilidad, pero antes de que pudiera desarmarlo, dos nuevas presencias aparecieron frente a ellos. Camus sintió cierto grado de alivio al ver que se trataba de Mü y Aldebarán.

—¿Qué ocurre aquí?

La pregunta de Mü no fue respondida. Máscara de la Muerte estaba demasiado ocupado tratando de desarmar al soldado y los demás seguían demasiado impactados por lo que acababa de ocurrir como para explicarle.

Afortunadamente, Mü no tardó en deducir lo que había pasado. Una rápida mirada hacia el hombre inconsciente fue suficiente para hacerle caminar hacia los dos hombres que seguían acechándose entre sí.

—Baja esa arma, soldado —dijo mientras alzaba los brazos en tono conciliatorio—. No obtendrás nada de esto.

—Métete en tus propios asuntos, bastardo —gruñó el hombre y, en su frustración, decidió dejar de atacar a Máscara de la Muerte para amenazar a Mü. Extendió su navaja hacia el noble y, de no ser porque este reaccionó a tiempo, habría logrado al menos romper la tela de su saco.

Esa fue la última acción que pudo hacer. En un instante fue sujetado del cuello por Aldebarán y estrellado en contra del muro. El golpe le dejó tan inconsciente como su amigo.

Un sepulcral silencio les cubrió.

—Vaya desastre… —musitó Mü.

—¡Mierda! —Máscara de la Muerte decidió desquitarse con una fuerte patada al costado del primer hombre que cayó—. ¡Todo se ha ido al carajo!

Afrodita tragó saliva y acunó la mano derecha de Máscara de la Muerte entre las suyas.

—Está bien, Mascarita. Eres el hijo del antiguo kyros de Sicyon. No necesitas formar parte de la estúpida Guardia.

Camus miró inmediatamente a Aldebarán tras escuchar las palabras de Afrodita. Era cierto. A pesar de que Máscara de la Muerte acababa de perder su futuro militar, alguien can acaudalado como él podía encontrar muchas otras formas de construir su futuro. Por otro lado, Aldebarán no era sino un esclavo liberado; un gladiador que apenas comenzaba a descubrir que existía un mundo fuera de la arena. En un instante perdió la mejor oportunidad de su vida.

Extrañamente… Aldebarán no parecía particularmente preocupado. Al contrario, parecía bastante satisfecho de haber aplastado al hombre como si hubiese sido una mosca.

—Estará bien —aseguró Mü—. Iban hacia el comedor, ¿no es así? Sigan adelante y no digan una sola palabra. Ni siquiera a Aioria, ¿entendido? Aldebarán y yo nos encargaremos de esto.

—Pero, los espías… —musitó Milo.

—No se preocupen. Ni Aldebarán ni Máscara de la Muerte serán expulsados. Yo me encargaré de ello. ¡Ahora vayan!

Afrodita y Camus se miraron mutuamente y fruncieron el ceño al unísono cuando todas las piezas del rompecabezas tomaron su lugar.

Parecía ser que, después de todo, Mü y Aldebarán no pasaban su día libre solo teniendo sexo.

.

.

.

Comentario de la Autora: Tachaaaaan! Ya salió el peine! ¿Qué tal? ¿Pensaban que sería Mü? ¿Alguien más? Espero no se hayan desilusionado demasiado con la revelación. Sabremos más de los motivos de Mü y de cómo funcionó la cosa en el siguiente capítulo.

Ok, ok... metí la pata con los antagonistas. Desde el principio me negué a darles cara o nombre porque pensé que así sería demasiado obvio que serían relevantes en el futuro, pero en retrospectiva me arrepentí. Hubiese sido mejor si hubiese usado personajes de la serie. Pero bueno, lo hecho, hecho está y ya no pude echarme para atrás. Espero no haya quedado muy torpe.

También espero que no haya habido muchos errores. Revisé el capie varias veces, pero no quedé muy conforme con él.

Y hablando de no conformidades, pues les tengo un aviso. Pensaba hacer esto hasta que terminara de publicar la historia, pero creo que lo mejor es hacerlo de una vez. He decidido (por ahora) no seguir con los sidestories de este fiqui. La verdad que he perdido mucho la motivación de publicar en este fandom. Ya habemos muy pocas personas y realmente me está costando mucho trabajo sentarme a escribir sobre Saint Seiya. El fandom duró muchos más años de los que jamás hubiese esperado y fue bueno mientras duró, pero me iré alejando un poco de él. Probablemente seguiré publicando ocasionalmente, pero no creo que sea en esta página, sino en AO3. tiene cada vez más problemas y me desalienta aún más para hacerlo.

Sin embargo, no quiero dejar mis ideas para los sidestories de largo. Pienso escribirlas y publicarlas en mi blog (alechansfanfiction punto com), pero estaba pensando en hacerlas más amenas hablando de ellas en un podcast. Si les interesa, por favor pasen a mi twitter (alechanclas) para votar. La encuesta está pineada. No digo que algún día escribiré los sidestories, pero quiero que queden para la posteridad porque si algún día quiero regresar a hacerlo.

Una disculpa a todos por esto. Es una decisión que tomé después de mucho pensarlo y de una dolorosa y frustrante etapa de duelo. Sin embargo, traigo demasiados proyectos encima y no quiero enfrascarme en algo que ya no me da satisfacción.

Este fiqui terminará en 2 capies más. Haré lo posible por publicar el siguiente capie antes del próximo año. Espero que puedan acompañarme hasta entonces y como tantos lo han hecho por tantos años.

Kissu!