—Jolines, mira que la gente es guarra.
Era un día soleado en la siempre ajetreada Ciudad Trigal. Grupos de personas se movían de acá para allá con expresiones de lo más diversas aunque la mayoría compartía un rasgo en general: las prisas por llegar a su destino. Sin embargo, entre todo ese tumulto, había un grupo de jóvenes con monos de trabajo naranja que se desplazaban a su propio ritmo, normalmente pausado, pues limpiar las calles de la ciudad no era algo que les resultara muy apasionante.
—En serio, ¿tanto cuesta tirar la basura a la papelera? —se quejó una joven rubia mientras pinchaba con fastidio lo que parecían ser los restos del almuerzo de alguien. Su compañera, una joven de tez morena que llevaba el mismo uniforme que ella, sonrió al escucharla.
—No te quejes tanto, Mary —dijo mientras cerraba la bolsa de basura que llevaba y se sentaba en un banco cercano—. Si estás aquí es porque has hecho cosas peores que tirar basura al suelo —La rubia suspiró por el cansancio, por el calor y por la respuesta de su par.
—Sí, supongo que tienes razón.
Y tras tirar los restos de comida en el carro de la basura que llevaba se sentó al lado de su compañera mientras se secaba el sudor de la frente. ¿Cuántos días llevaba así, realizando servicios a la comunidad? No lo recordaba, y es que desde que ingresó en el reformatorio de su ciudad natal tras entregarse voluntariamente después de la derrota del Team Rocket había dejado de prestarle atención al paso del tiempo. Todos los días le parecían iguales, con la misma rutina y sin nada que le indicara que en un futuro próximo algo cambiaría, por eso prefería no pensar mucho en él. Ni en el pasado. Centrarse en el presente, por muy aburrido que pudiera llegar a ser, era lo único que le mantenía lo suficientemente cuerda como para seguir hacia adelante.
—Si ponemos en una balanza tirar basura al suelo y ser miembro del Team Rocket creo que está claro quien sale perdiendo.
—Sí, sí. Ya te he dicho que tienes razón, Angie. ¡Cállate! —exclamó la rubia mientras le daba un suave empujón. Angie le empujó de vuelta y las dos se enfrascaron en una pequeña pelea entre risas. Por lo menos ahí había conocido a gente, gente que todavía no sabía si podía llamar amiga, pero con la que compartía el mismo dolor que les empujaba a hacer tonterías para camuflarlo y, si tenían suerte, olvidarlo por unas horas.
—Mucho reír y poco trabajar veo yo aquí.
Sin embargo, su pequeño momento de diversión se vio interrumpido por una potente voz femenina que sonó tras ellas. Las dos jóvenes la reconocieron al instante, se trataba de Amber Jones, la encargada de supervisar el grupo de Angie y Mary. Amber era una mujer que rondaba los cuarenta, baja y corpulenta, que solía llevar su rizado pelo naranja recogido en un moño. De semblante tosco, las dos jóvenes llevaban el suficiente tiempo con ella como para saber que solo simulaba tener mal humor para que los adolescentes más problemáticos no se le subieran a la espalda, pues se trataba de una persona que verdaderamente se preocupaba por los que se iniciaban tan pronto en el mundo de la delincuencia y lo que más quería en el mundo era ayudarlos. Por eso, tanto Angie como Mary no podían sentirse más afortunadas de haber acabado bajo su supervisión.
—Lo sentimos, jefa, solo queríamos tomarnos un descanso —dijo Angie con una sonrisa. Amber les miró seriamente durante unos segundos mientras pensaba con detenimiento su respuesta, la cual ya podía ser intuida por las jóvenes. Sabían que nada le gustaba más en el mundo que verlas reír así que no tendría problema en dejarlas a su aire un rato más.
—Está bien, pero que vuestros compañeros no vean que os divertís tanto porque entonces querrán venir conmigo y mis superiores empezarán a atar cabos, se darán cuenta de que soy más permisiva que mis colegas y terminarán por echarme del curro.
—¿Cómo? —Mary se puso de pie de un salto y le dio un puñetazo al aire, indignada tras oír las palabras de la mujer— ¡Que se atrevan a despedirte! ¡No mientras siga aquí! Como tengan en cuenta esa posibilidad aunque sea durante un segundo-
Mary no pudo acabar su amenaza porque fue empujada por un hombre trajeado que tenía tanta prisa que ni se detuvo a pedirle perdón por el golpe que le había dado. La joven trastabilló un poco pero logró mantener el equilibrio, tras lo cual se dio la vuelta para mirar a su agresor. La sangre se le subió a la cabeza y si ya estaba un poco molesta por lo que Amber había dicho aquello acabó de enfurecerla por completo.
—Pero bueno y a ese ¡¿qué le ha picado?! ¡Tranquilo, estoy bien, no te pares no sea que llegues tarde a tu reunión de pacotilla! —gritó mientras ponía las manos en las caderas y se esforzaba por calmar su lado agresivo. Giró la cabeza para mirar a Angie y comentar lo sucedido con ella pero las palabras se quedaron en su garganta al ver la expresión de horror de su compañera, y no fue solo ella. Amber también parecía sorprendida por algo, algo que no debía tener buena pinta— Pero qué os pasa, ¿a qué vienen-
Unos gritos a sus espaldas hicieron que se diera la vuelta de inmediato. La gente corría frenéticamente de un lado para otro, lo cual hasta cierto punto era normal en aquella ciudad, pero lo que no era normal era la razón por la que corrían. Generalmente las personas se desplazaban con rapidez para llegar a sus lugares de trabajo, para ir al colegio, tomar el transporte… no para huir de sus propios pokémon porque estos los estaban atacando. La escena era tan poco habitual que Mary se preguntó si sus ojos la estarían engañando, ¿de verdad esos pidgeot, esos flaaffy, esos weepinbell estaban hiriendo a sus entrenadores? ¿No se trataban de carantoñas algo bruscas? Se quedó mirando la escena sin poder creérselo aunque todo empezó a tener sentido, por desgracia, cuando una sombra comenzó a cernirse sobre ellas tres.
—No puede ser…
Dicha sombra provenía de la Torre Radio. Algo empezó a formarse a su alrededor, una especie de barrera, una de color rosa y morado. Mary no pudo ignorar la evidente conexión entre la Torre Radio y los pokémon fuera de control aunque quisiera y, por esa misma razón, sintió que el estómago se le revolvió por completo. A la joven le entraron de repente unas náuseas terribles que la hicieron marearse y le obligaron a doblegarse, aunque tras unos segundos logró recuperar la compostura.
—No sé qué está pasando pero esto se está poniendo peligroso, tenemos que ponernos a cubierto —dijo Amber mientras agarraba el brazo de Angie, que se había quedado demasiado impactada como para reaccionar. La adulta quiso hacer lo mismo con Mary pero la rubia se apartó antes de que pudiera tocarla gracias a sus impecables reflejos—. ¿Qué haces, Mary? ¡Tenemos que irnos de aquí!
—No… —susurró más para ella que para Amber. Mary dio un paso hacia la torre y al hacerlo sintió algo dentro de ella, algo que de nuevo tiraba de su estómago y también la tiraba hacia el edificio. Los sucesos de aquel fatídico día comenzaron a repetirse en su cabeza y una voz parecida a la suya acompañó esas imágenes. ¿No querías evitarlo? ¿No querías cambiarlo? ¿Vas a permitir que suceda otra vez? Lentamente, Mary se dio la vuelta para dedicarle una última mirada a la única adulta a la que le estaba empezando a tomar cariño— No, lo siento, no puedo irme.
—¡No digas tonterías! ¡Ven aquí ahora mismo! —Amber alargó su brazo pero otro grupo de personas que huía desesperadamente de quienes hasta hace poco fueron sus amigos le impidió alcanzarla. La educadora social solo pudo ver, con una impotencia tan grande como su angustia, como la joven que hace poco se convirtió en su responsabilidad se perdía entre la multitud— ¡Mary!
Mary empezó a correr como si la vida le fuera en ello. La gente estaba tan centrada en intentar sacarse a los pokémon de encima que no se daba cuenta de que una adolescente corría hacia lo que parecía ser el centro del problema. No le fue fácil, pero gracias a las habilidades que había desarrollado a lo largo de sus años como rocket consiguió escabullirse y llegar hasta la extraña barrera. Primero la acarició, luego le dio un puñetazo y luego una patada. Tuvo que reprimir un siseo de dolor al sentir su dureza contra sus dedos, sí que era resistente aquella cosa. Estuvo a punto de volver a darle otro golpe pero un ataque de un pokémon que esquivó por los pelos le hizo pensar que, tal vez, quedarse expuesta no era una decisión muy inteligente y ya no tenía sentido arriesgarse a salir malherida cuando había comprobado lo que quería. Salió de nuevo para mezclarse con la multitud y esconderse en un solitario callejón cercano, la ventaja que tenía haber nacido allí era que se conocía la ciudad como la palma de su mano. Mary se dio tiempo para tranquilizarse y recuperar el aliento, al menos allí estaría a salvo durante un rato, aunque lo que había visto no le permitiría librarse fácilmente de la inquietud que la carcomía. Muchas preguntas le asaltaron a la vez, e intuía la respuesta de algunas, pero un interrogante se alzaba por encima de los demás con mayor fuerza. Frunció el ceño y miró el cielo mientras se apoyaba en la pared y trataba de controlar su respiración. Quería pensar que no era posible pero todo lo que había visto le indicaba que sí.
¿Cómo demonios lo han hecho?
Tan pronto como salieron del Teatro de Danza, Silver y Eco se escondieron tras un edificio para evitar que los pokémon descontrolados pudieran hacerles algo. El entrenador comprobó durante unos segundos los alrededores para asegurarse de que ninguno se hubiera percatado de su presencia y solo cuando pudo confirmar que estaban a salvo se dirigió a su compañero.
—Vale, ¿cuál es tu plan?
—Magneton conoce supersónico, ¿cierto? Lo vi en el combate contra Débora —Silver asintió y Eco se llevó una mano a la barbilla—. Es mucho suponer pero has dicho hace nada que esto sí y no puede ser cosa del Team Rocket. Ellos tenían un plan, un plan para controlar a los pokémon de Johto con unas ondas que emitirían gracias a la Torre Radio. Si asumimos que alguien ha conseguido llevar a cabo dicho plan de alguna forma entonces tenemos que encontrar la manera de hacer que las ondas dejen de afectarles. No podemos apagarlas desde aquí pero —el investigador dio una vuelta sobre sí mismo, poniendo especial atención en las montañas que podían verse cerca de la ciudad— seguro que no llegan con tanta intensidad como si estuviéramos en la capital así que podremos causar algunas interferencias. Si usas supersónico en los pokémon alterados distorsionarás el mensaje que les llega, se despistarán y atacarán al azar en vez de a blancos específicos —Al terminar la explicación Eco se rascó la cabeza y se quedó pensativo—. No es una solución completa pero es mejor que ataquen cualquier cosa a que vayan directamente a por los ciudadanos y los edificios, así habrá que lamentar menos pérdidas. Me temo que desde nuestra posición tampoco podemos hacer mucho más. Ah, estaría bien que le pidieras a Magneton que se proteja con las mismas ondas de supersónico, no queremos arriesgarnos a que quede bajo la influencia de las otras —Cuando acabó de hablar miró a Silver y se sorprendió al verle con los ojos abiertos y muy extrañado. Eco no supo cómo interpretar aquello, ¿no había entendido su razonamiento? ¿Pensaba que su plan no funcionaría?—. Qué pasa, ¿he ido muy rápido? ¿No estás de acuerdo con algo?
—No, no. Nada de eso —respondió moviendo una mano en el aire y dando un paso hacia él. La curiosidad brilló en sus ojos mientras le inspeccionaba de arriba abajo—. Tú podrías ser un entrenador muy bueno, ¿lo sabes? —dijo genuinamente. Eco se sonrojó, pues no esperaba recibir un comentario así en ese momento, menos de él, y desvió la mirada hacia un lado.
—Quién, ¿y-yo? P-para nada, me temo que para ser entrenador hace falta algo más que saberse la teoría —respondió en voz baja, deseando cambiar de tema lo antes posible. Por suerte para él Silver no hizo ningún comentario más al respecto, en su lugar agarró una de las Poké Balls que llevaba en su cinturón y comenzó a jugar con ella.
—Vale, así que tenemos que enloquecer a los locos para que se vuelvan menos locos —El entrenador lanzó la cápsula en el aire y de ella salió el compañero cuya ayuda necesitaría para calmar los ánimos de la antigua ciudad—. Magneton, ¡envuélvete con las ondas de supersónico y úsalas contra todos los pokémon que veas!
Dicho y hecho, nada más salir Magneton logró crear una barrera que le permitió protegerse de las ondas malignas. Al mismo tiempo, empleó las suyas para despistar a todos los pokémon que había a su alrededor y, tras unos segundos, tanto Eco como Silver vieron que el plan del primero estaba funcionando. Los pokémon dejaban de atacar a los ciudadanos y los edificios y en su lugar lanzaban ataques hacia cualquier dirección; eso aquellos que atacaban, porque algunos estaban tan confundidos que se limitaban a dar vueltas en el sitio. La euforia de ver que estaba en lo correcto hizo que el investigador saltara de alegría.
—¡Bien! ¡Funciona!
—Sí pero como bien has dicho antes desde aquí no podemos hacer mucho —Aunque estaba igual de aliviado que su compañero por ver que la situación parecía mejorar un poco, Silver no se dio el lujo de mostrarse tan contento. No se le escapaba que lo que habían hecho había sido ponerle un parche a un problema cuyo origen y alcance todavía desconocían—. Con esto podremos asegurar la integridad de Ciudad Iris solamente.
—¿Y eso te parece poco?
—No pero ¿no te gustaría llegar a la raíz del asunto?
—¡Claro! Pero ya me dirás tú cómo lo hacemos, si seguro que las rutas están-
—¡Podemos emplear el truco de Magneton con los pokémon salvajes! —respondió Silver apretando ambos puños, presa de la emoción, pero Eco hizo una mueca de desapruebo que no le gustó nada.
—Ten en cuenta que cuanto más nos acerquemos a la capital más efecto tendrán las ondas sobre los pokémon, no sé si resultará tan útil. Además, no hay que olvidar que en las rutas hay más pokémon que en los núcleos de pob… de pobla…
Silver alzó ambas cejas al ver que Eco había empezado a tartamudear. El investigador abrió la boca y los ojos al mismo tiempo y se quedó mirando el cielo completamente inmóvil. Silver esperó un poco, pues pensaba que su compañero estaba así porque había sido víctima de una súbita inspiración, pero al ver que con el paso del tiempo no volvía en sí decidió pasar a la acción.
—Oye, ¿qué te pasa? ¿Se te ha ocurrido otro plan maravilloso? —Silver movió una mano delante de los ojos de Eco para ver si reaccionaba pero no consiguió nada. Consideró hacer algo más drástico pero no le hizo falta, porque una gran sombra pasó sobre sus cabezas y en cuanto alzó la mirada lo entendió todo.
Una enorme ave sobrevolaba la ciudad mientras dejaba una estela arco iris tras de sí. Cualquiera que conociera un poco la historia de Johto sabía de quien se trataba pero, aun así, aquella imagen de leyenda tenía un aire tan místico que a Silver se le hacía difícil aceptar que tenía a Ho-Oh a unos metros de distancia, pues era demasiado fantástico como para ser real. Durante unos segundos la única parte de su cuerpo que se movió fue su cabeza para seguir el movimiento de aquella criatura pero en cuanto vio que esta estaba a punto de desaparecer de su campo de visión algo hizo click dentro de él. Sin previo aviso y con una velocidad que sacó a Eco de su asombro, Silver empezó a seguir a Ho-Oh. El investigador dio un salto y trató de detenerlo con su voz.
—E-espera ¡¿a dónde vas?!
—¡Voy a seguirle! ¡Seguro que se dirige al centro de todo esto!
—¡Pero espera! ¡No podemos- —Eco no se molestó en acabar la frase, Silver ya había empezado a correr y si no se daba prisa le acabaría perdiendo de vista. Dio un largo suspiro y cerró los ojos durante unos segundos, ¿por qué acababa rodeado de personas que parecían no saber qué era la prudencia?— Jolines, entre él y Lira voy a acabar muerto...
Volvió a abrirlos y corrió para llegar al lado del entrenador. Cuando lo hizo ambos tomaron prestadas unas bicis que habían aparcadas en las puertas de la ciudad y se aventuraron en la ruta 37 para iniciar la persecución. Al principio Eco estaba preocupado por si los pokémon se les echaban encima pero tras unos minutos vio que, por alguna razón, parecían estar en calma. Le habría gustado poder prestar más atención al entorno para sacar alguna hipótesis pero Silver pedaleaba muy rápido y estaba seguro de que si no ponía toda su atención en mantener el ritmo lo acabaría perdiendo, así que se centró solamente en seguirle.
Tras lo que le pareció una eternidad, los edificios de Ciudad Trigal comenzaron a hacerse visibles a lo lejos. Eco se sintió aliviado, aunque esa sensación fue acompañada de otra más desagradable al ver que una extraña barrera cubría lo que parecía ser la Torre Radio. No tenía pinta de ser un fenómeno natural, todo lo contrario, aquello confirmaba las sospechas de que alguien había puesto en marcha el plan de las ondas. Eso le animó a hacer el último sprint que necesitaba para llegar a su destino.
Cuando las puertas de la ciudad se hicieron visibles Silver se bajó de su bici de un salto. Los dos habían visto entrar a Ho-Oh en ella y suponían que iría a por la barrera que ambos habían visto a lo lejos. Eco se bajó con algo más de cuidado que su compañero y cuando sus pies tocaron tierra fue de nuevo a su lado, solo para encontrarse con un pequeño obstáculo.
—Pero ¡¿de dónde salís vosotros?! ¡Con lo peligrosas que son las rutas ahora! ¿Cómo se os ocurre salir de aventuras en este momento?
Había dos agentes de policía custodiando la entrada de la ciudad. Eco se permitió descansar y recuperar el aliento mientras les soltaban la reprimenda, pues pensó que ahí se acababa todo para ellos. Sin embargo, si hubiera estado más atento, habría notado al ver como el cuerpo de Silver se tensaba que él no opinaba lo mismo.
—¡No sé cómo habéis sobrevivido ahí fuera pero no vais a tentar más a la suerte! ¡Os vais a quedar con nosotros hasta que esto se solucione! —exclamó la agente que habló al principio. Eco se inclinó un poco para pedir disculpas por ambos pero antes de que pudiera hacerlo Silver dio un paso al frente.
—Déjanos pasar —pidió el entrenador mientras intentaba entrar pero la porra que extendió el otro agente de policía le cortó el paso.
—Ni hablar, Ciudad Trigal tampoco está para tirar cohetes ahora mismo —dijo en un tono neutro mientras erguía su espalda—. Lo mejor que podéis hacer es esperar aquí con noso-
Al hombre no le dio tiempo a acabar la frase porque Silver le dio una patada en la espinilla que le obligó a agacharse. Su compañera se sorprendió enormemente al ver aquello y los segundos que se quedó sin reaccionar fueron los que necesitó el entrenador para abrirse paso y entrar en la ciudad. Eco no actuó con tanta rapidez porque tampoco se esperaba que hiciera aquello, así que para cuando quiso moverse se encontró de lleno con la fría mirada de la agente. A diferencia del entrenador, él no era partidario de usar la violencia, así que se quedó allí confiando en que los agentes no pagaran lo que había hecho con él.
—¡Suerte, Silver!
Lo único que pudo hacer fue juntar las manos alrededor de su boca para usarlas de megáfono y enviarle ánimos. El entrenador asintió al escuchar las palabras del investigador y entró finalmente en la ciudad donde, tal y como había indicado el policía, todo era un caos. En ese momento parecía estar tranquila pero el asfalto y los edificios tenían marcas humeantes que señalaban que aquello había sido un gran campo de batalla no hacía mucho. Silver chasqueó la lengua y se acercó lentamente a la torre, en lo alto de la cual pudo ver a Ho-Oh posado. Tal vez él se había encargado de poner algo de orden ahí pero esa extraña barrera no permitía que la presencia del legendario le calmara por completo. ¿Por qué estaba esperando? ¿Si el ave no actuaba entonces quién lo haría? Ya que estaba ahí pensó que lo mejor sería vigilar la torre desde un lugar cercano y relativamente seguro, así que empezó a caminar hacia uno de los edificios contiguos. El silencio le gritaba que no podía bajar la guardia pero no pudo evitar tener la sensación de que, aquella vez, ni toda la precaución del mundo bastaría para protegerse de lo que se estaba escondiendo en la Torre Radio.
Morti no sabría decir cuánto tiempo había pasado desde que Lance se fue. Mucho o poco, el tener a Ho-Oh al lado le hacía percibir el tiempo de otra forma o, mejor dicho, le hacía sentir que este no pasaba. Tenía la sensación de que se había detenido con la partida del Campeón y que no volvería a ponerse en marcha hasta que acudiera con Mento y, aunque sabía que no era así, tener un legendario al lado le hacía ver las cosas de otra manera.
¿Cómo había llegado hasta ahí? Sí, a lomos de él, pero los acontecimientos de las últimas horas habían sucedido tan rápido que le costaba ser consciente de todo y, por si eso fuera poco, había que sumarle la incertidumbre del futuro. Aunque su abuelo estaba acostumbrado a tener visiones no paraba de recordarle la importancia que tenía que su mente no se fuera mucho del aquí y ahora, por eso la meditación era una práctica que formaba parte de la rutina de su familia y a la que solía recurrir cuando se encontraba en situaciones que amenazaban con turbar su paz interior. Sin embargo, estar junto a Ho-Oh le hacía sentir algo parecido a lo que experimentaba cuando meditaba, pues su aura tenía la capacidad de crear un ambiente relajado que le ayudaba a desprenderse del flujo de pensamientos confusos que le generaban estrés. Ahí arriba solo estaban el ave y él, y podía sentir en la mirada que le dedicaba de vez en cuando una complicidad alentadora.
Sentía que podía estar así todo el día pero en un momento determinado los ojos de Ho-Oh se fijaron en un punto en el horizonte y Morti se puso alerta. El líder miró en la misma dirección que el legendario y al cabo de unos segundos vio aquello a lo que le estaba prestando tanta atención: un pokémon verde de alas blancas que llevaba en su lomo a un hombre con traje rojo y de pelo morado. Si estar junto al ave le daba tranquilidad, ver al miembro del Alto Mando acercarse a una velocidad considerable le llenó de un alivio que terminó de relajar sus músculos.
—¡Mento! Cuánto me alegro de verte.
Mento dio un salto para bajar de los lomos de Xatu. Acarició el plumaje de su amigo para darle las gracias por haberle llevado hasta ahí y le dedicó una gran sonrisa a Morti mientras hacía una reverencia.
—¡Lo mismo digo! Hace mucho que no veo a ningún líder de gimnasio en persona, una lástima que nuestro reencuentro se realice en estas circunstancias.
Morti no sabía qué tenía el especialista en tipo psíquico pero algo en él lograba tranquilizar a todo aquel que se le acercara. Era una de esas personas en las que tu instinto te decía que podías confiar y si a eso se le sumaba su gran habilidad como entrenador tenía la certeza de que junto a él encontrarían alguna manera de hacerle frente al problema que tenían debajo de los pies. Sin embargo, antes de empezar con su labor, Mento miró a Ho-Oh durante unos segundos y el ave le devolvió la mirada. Cuando el miembro del Alto Mando estuvo satisfecho miró de nuevo a Morti y el líder pudo notar, a pesar de la máscara que llevaba, la emoción que iluminaba su rostro.
—No sabes lo que me está costando mantener la compostura —admitió en un susurro que le arrancó una sonrisa a Morti—. Tengo que darle las gracias, a él y a Xatu. Logró comunicarse con mi pokémon y establecer un vínculo que le protegiera de las ondas, lo cual no hubiera sido posible si Xatu no tuviera su sensibilidad tan entrenada y desarrollada. De no ser por ellos no sé cómo habría llegado hasta aquí.
—Bueno, seguro que Lance- —Morti se detuvo al darse cuenta de que el Campeón no estaba ahí con ellos. Su pregunta se hizo evidente en sus ojos y Mento le respondió al instante.
—En cuanto vio que podía apañármelas por mi cuenta se fue a comprobar el estado del resto de ciudades. Por lo visto Ho-Oh curó a Dragonite y consiguió hacerle inmune durante un tiempo, aunque al no ser tipo psíquico temo que esa inmunidad sea limitada si pasa mucho tiempo lejos de él.
Al acabar de hablar, Mento se arrodilló y Xatu se puso cara al Sol. El miembro del Alto Mando cerró los ojos y en cuanto apoyó las manos en la barrera Morti tuvo un escalofrío al sentir como la energía del especialista en tipo psíquico emanaba de él y recorría todo el muro. No importaba cuantas veces la sintiera, no importaba cuantas veces lo viera en acción; no dejaba de sorprenderle que una persona pudiera acumular tanto poder dentro de ella. Durante unos minutos se hizo el silencio allí, pues la expectación por ver cuáles serían los resultados del estudio de Mento era máxima.
—Hmmm, este poder… —susurró cuando terminó su análisis. Abrió los ojos lentamente y alzó la mirada al cielo, perdido en sus pensamientos—. Es la primera vez que siento algo así, Lance me había advertido de lo que podía encontrarme pero esto no se acerca a lo que me esperaba.
—¿Podemos romperla? —Mento se dio unos segundos para responder y Morti no supo como tomarse aquello.
—Podemos debilitarla —respondió cuidadosamente mientras miraba a Ho-Oh—. Lo suficiente como para que él pueda romperla de un ataque que no destruya la ciudad pero para eso vamos a tener que unir fuerzas y emplear mucha, mucha energía.
—Si es lo que hace falta adelante.
—¿Estás seguro? Puede llegar a ser extenuante.
—Claro —respondió Morti mientras se arrodillaba y ponía sus manos en la barrera. Si aquello era lo que tenía que hacer para ayudar a su región que así fuera—. No soy tan fuerte como tú pero tengo algo de poder.
—¿Algo? —Mento rio mientras volvía a apoyar las palmas en el muro— Veo que la modestia sigue siendo una característica del clan Iris.
Y sin nada más que decir los dos se concentraron única y exclusivamente en debilitar aquel campo de energía. Morti no tardó en darse cuenta de cuan ciertas eran las palabras del Alto Mando, pues aquella barrera presentaba una resistencia increíble. Sentía que no estaba haciendo nada más que acariciarla pero si Mento había dicho que podían debilitarla entonces supuso que era cuestión de desgastarla con el tiempo. Estaba tan centrado en su labor que dejó de prestarle atención a su entorno, pues se sumió de lleno en su tarea. Solo volvió momentáneamente en sí cuando, pasados unos minutos, escuchó que Mento se dirigió a él.
—Morti.
—¿Sí?
—¿Tú también lo sientes?
¿Sentir? Morti agudizó sus sentidos para intentar encontrar aquello a lo que su compañero se refería pero en cuanto lo hizo el miembro del Alto Mando chasqueó la lengua.
—Nada. Ya no está pero durante unos segundos me ha parecido… No, no sé si será eso.
—¿Qué, qué te ha parecido?
—Me ha parecido… detectar al ente que se esconde tras esta barrera.
—¡¿Cómo?!
—Lo que oyes —Mento calló durante unos instantes para intentar rastrearlo de nuevo pero no tardó en dejar de buscarlo. Fuera lo que fuera había dejado claro el alcance de su poder con aquel muro, así que si se había camuflado después de darse cuenta de que había sido detectado no habría forma de encontrarlo—. Ha sido solo por unos instantes pero he podido sentir su presencia. Se encuentra dentro de la Torre Radio y —otra pausa que animó al líder a mirar a su compañero. Antes de que acabara la oración pudo intuir que se trataba de algo grave— está sufriendo, Morti, he sentido mucho dolor y rabia dentro de él. No sé qué es ni qué le sucede pero si logramos romper la barrera no esperes que nos reciba con abrazos.
—Lo sé pero debemos hacerlo, la alternativa es rendirnos y dejar de luchar por Johto.
—¿Crees que Ho-Oh será capaz de hacerle frente cuando salga?
—¿Tú no lo crees?
Mento guardó silencio y Morti sintió que parte de la tranquilidad que había logrado reunir junto al miembro del Alto Mando y el legendario se esfumó tras eso. Él había logrado sentir la presencia de aquello que se escondía en la torre, él sabía mejor que nadie a qué podían enfrentarse, ¿por qué le preguntaba si Ho-Oh podría enfrentarse a él? ¿Y por qué no estaba seguro de que pudiera vencerle? ¿Qué era lo que había percibido? Nada le habría gustado más en aquel momento que sentir durante un segundo lo mismo que su compañero, pero eso no era posible, y si Mento no quería seguir hablando del tema tal vez tenía una buena razón para ello. Decidió centrarse en lo que tenía que hacer así que cerró los ojos y canalizó toda su energía hacia las palmas de sus manos. Esa vez, no hubo más interrupciones por parte del miembro del Alto Mando.
El panorama que había fuera era de todo menos alentador. Los pokémon andaban libres por el pueblo sin nada que los detuviera, sin nada que los impidiera atacar las instalaciones si de repente les apetecía hacerlo. Por suerte, al tratarse de criaturas de rutas iniciales su nivel era bajo y a priori no resultaban ser una amenaza muy seria, pero el problema era que cada vez llegaban más y más y si les daba por atacar en grupo estaba seguro de que las consecuencias de sus ataques serían catastróficas.
Elm bajó de nuevo la persiana de la ventana por la que estaba espiando a esos pokémon y se masajeó las sienes. Había logrado reunir a los habitantes de Pueblo Primavera en su laboratorio en cuanto se dio cuenta de que se estaban comportando de forma errática y gracias a su rapidez no hubo que lamentar ningún daño personal. De momento se dijo amargamente, pues era cuestión de tiempo que acabaran por entrar en el laboratorio, y cuando eso sucediera no tenía muy claro qué harían.
—Leire, ¿qué haces? ¡Leire!
El profesor se dio la vuelta al oír que un revuelo se estaba empezando a formar a sus espaldas. Un hombre en sus treinta, de estatura normal y con algunas entradas, rodeaba con sus brazos la cintura de una mujer castaña que llevaba el palo afilado de una escoba. Ella intentaba librarse del agarre del hombre como podía pero al tener las dos manos ocupadas por llevar su improvisada arma no le estaba resultando nada fácil.
—Mi niña no va a volver a casa para encontrarse que su pueblo ha quedado en ruinas —dijo mientras daba un par de zancadas con ímpetu para intentar sacarse al hombre de encima—. Si esos pokémon quieren acabar con Pueblo Primavera ¡tendrá que ser sobre mi cadáver!
—¡Leire, por favor! —El hombre se desesperaba por momentos, al ver que su voz y pronto su agarre no serían capaces de mantener a raya a la mujer por mucho tiempo— ¡Estamos a salvo en el laboratorio, no te pongas en peligro y no nos pongas en peligro! ¡Seguro que Lira prefiere mil veces volver y encontrar el pueblo destruido pero a su madre con vida que al revés!
—¡Déjame en paz, Eddie! ¿O es que quieres que Eco se quede sin casa?
A Elm no dejaba de resultarle gracioso como los padres de Lira y Eco parecían ser una representación de ellos en mayor o, mejor dicho, como sus hijos parecían ser una copia de sus padres. Sin embargo, en ese momento le parecía que las discusiones de ese tipo carecían de humor, sobre todo si tenía en cuenta que estaban en juego sus integridades físicas. Algunos de los habitantes los miraban con miedo, otros sorprendidos, y otros parecían estar inspirándose en la figura de la madre de Lira, pues Elm ya había visto a algunos buscar con la mirada objetos que pudieran servir como armas.
—Leire, deberías escuchar a Eduardo —intervino el profesor para intentar calmar el ambiente. No quería que se creara una revolución ahí dentro, no quería que se hiciera ningún ruido para evitar llamar la atención de los pokémon, no quería que se pusieran en peligro innecesariamente. Puso una mano en el hombro de la madre de Lira y la miró a los ojos para intentar calmarla—. Será mejor que esperemos a que venga la ayuda.
—¿Ayuda? ¿Qué ayuda?
Pero la fría mirada que le dirigió la mujer le hizo quitar la mano de su hombro tan rápido como la puso. Leire podía llegar a ser tan cálida como un rayo de Sol pero cuando se enfadaba era capaz de intimidar a cualquiera que se interpusiera en su camino, y eso lo sabían especialmente bien Elm y Eduardo. El profesor intentó elaborar una respuesta a su pregunta pero ella habló antes de que él pudiera hacerlo.
—Estamos solos, Elm. ¿No lo entiendes o te haces el ciego a propósito? —Eduardo soltó a Leire al ver que se quedaría quieta mientras hablaba con el profesor. Mientras, ella señaló una pared del laboratorio con el palo de la escoba— Por ahí hay un mapa de Johto, hazme un favor y límpiate las gafas antes de mirar dónde estamos. Pueblo Primavera es la localidad más pequeña e insignificante de toda la región y si los pokémon se han vuelto locos a nivel regional, que es lo que parece, vamos a ser los últimos en recibir ayuda si es que nos llega. Estamos solos y eso significa que tenemos que apañárnosla por nuestra cuenta.
—Pero apañárnosla por nuestra cuenta no es sinónimo de volvernos suicidas —le respondió Eduardo. Hubo un momento de tensión entre los dos adultos y, esa vez, Elm se pensó muy bien lo que quería decir antes de hablar.
—Vamos a hacer una cosa —dijo el profesor con tono conciliador mientras se subía las gafas con el dedo índice y se dirigía a Leire—. Tú preparas las armas que quieras pero no sales hasta que sea estrictamente necesario y, para que nos entendamos, estrictamente necesario quiere decir que los pokémon están a punto de entrar en el laboratorio.
—Cosa que no creo que suceda hasta dentro de un buen par de minutos —dijo Eduardo pero, como si el destino encontrara gracioso contradecirle, unos golpes provenientes de la puerta le aceleraron el ritmo cardíaco a los presentes. El silencio se hizo en el laboratorio y todos agudizaron el oído para comprobar que este no les había engañado. Los nervios se hicieron un hueco en el pecho de todos cuando, tras unos segundos, se volvieron a oír los mismos golpes.
—¿Decías? —preguntó Leire en un susurro mientras se aferraba con fuerza a su escoba. La mujer se dirigió a la puerta tan decidida que nadie tuvo tiempo de pensar si deberían detenerla o no— Que entren, que entren. Se van a enterar de lo que vale un peine.
Aquello que golpeó la puerta dos veces lo hizo por tercera vez y Leire inspiró hondo. Tomó posición, calmó un poco su agitada respiración y se mentalizó. Esperó durante unos segundos y, finalmente, la puerta se vino abajo, momento en el que salió despedida para atacar a aquellos que amenazaban con herir su pueblo. Fue tan rápida que ni siquiera se fijó a qué estaba atacando y, tal vez por eso, se sorprendió al sentir que su objetivo le quitó la escoba y la retuvo haciendo uso de dos brazos humanos.
—¿Estáis todos bien?
Aquella voz… Leire no tuvo que darse la vuelta para saber de quién se trataba, aunque la expresión de esperanza, alivio y alegría de los ciudadanos disipó todas las dudas que podía tener al respecto. Dio un fuerte tirón para liberarse de su agarre y el Campeón la soltó al instante, pues ahora que había dejado de ser una amenaza para él no tenía motivos para seguir reteniéndola.
—¡Lance! —exclamó Elm al borde de las lágrimas. El profesor se acercó al domadragones con unas ganas tremendas de abrazarlo pero logró controlarse en el último segundo. Guardó sus manos en los bolsillos de su bata y soltó un largo suspiro— Menos mal que estás aquí. ¿Qué ha ocurrido? ¿Sabes por qué los pokémon se han vuelto locos?
—¿Dónde está mi hija? —inquirió Leire con una mirada que revivió y acrecentó la culpa que sentía el Campeón. Aunque la mujer se situó delante de él e intentó ocupar su campo de visión a él no se le escapó que el resto de habitantes estaba empezando a darse cuenta de su presencia y querían hablar con él también, así que decidió frenarlo todo de golpe antes de que se le fuera de las manos.
—Me temo que no tengo mucho tiempo para hablar así que solo puedo deciros lo justo —dijo señalando hacia fuera. El Campeón retrocedió un par de pasos para que todos pudieran salir del laboratorio y ver a qué se estaba refiriendo—. Os basta con saber que él va a ser el encargado de protegeros. Hacedle caso y no os preocupéis si se va durante unos minutos, tiene que encargarse de las localidades vecinas también pero no os dejará desatendidos por mucho tiempo. Es muy rápido, por algo es la personificación del rayo.
En el centro del pueblo, rodeado de pokémon paralizados, se encontraba un pokémon amarillo, cuadrúpedo, de largos dientes y melena morada. La presencia de Raikou pareció calmar a los refugiados y Lance se alejó de ellos aprovechando que el foco de atención se encontraba en el perro. Levantó el pulgar hacia el pokémon y él asintió, aceptando sus gracias y animándole a continuar con su labor. El Campeón se adentró en la ruta 29 disimuladamente y cuando se aseguró de que ya nadie le estaba mirando sacó a Dragonite de su Poké Ball.
—Al Lago de la Furia.
Dragonite asintió y en cuanto su entrenador se subió a su espalda puso rumbo al destino mencionado. Suicune tenía controlado el oeste de la región, Raikou el sur y Entei el este, faltaba que alguien se hiciera cargo del norte y era ahí donde él entraba en escena. A Lance se le cerró la boca del estómago al imaginar como tendría que estar una de las zonas más conflictivas de la región en ese momento, pues si de vez en cuando se convertía en un hervidero de caos y violencia no quería pensar lo que podía suceder si entraban en juego las ondas de control. Llevaba tiempo preparándose para ese día pero nunca se habría imaginado lo estresante que podría llegar a ser y los sacrificios que gente que no tendría que verse envuelta en toda esa trama iba a hacer. En ese momento había gente sufriendo, gente siendo atacada por aquellos seres en los que más confiaban, y esos seres también sufrían al ser manipulados por unas ondas que solo les causaban dolor. Johto pedía auxilio a gritos por todas partes y sentía que no podía llegar a todos los lugares. No, tenía que priorizar, como si alguna zona fuera más importante para él, como si no le quemara que algunos fueran a quedarse fuera o a recibir tarde la ayuda. Daría todo con tal de dividirse para estar allá donde le necesitaran, daría todo con tal de ser útil, pero sabía que no bastaba con desear las cosas y tendría que conformarse con hacer lo que meramente estaba a su alcance.
¿Es este el gran Campeón que todo el mundo admira? Curioso, porque sigues siendo un fraude.
Su mano derecha se cerró en un puño que golpeó el hombro de Dragonite por accidente. Su pokémon giró la cabeza levemente para ver qué le ocurría a su entrenador, aunque se hacía una ligera idea. Al darse cuenta de lo que había hecho Lance negó con la cabeza y cerró los ojos.
—Perdón, perdón —susurró pasándose una mano por el cabello. ¿Qué le pasaba? ¡Tenía que calmarse! Por Arceus, esa situación estaba sacando lo peor de él, no era momento de dejarse carcomer por sus inseguridades. Inspiró hondo y puso la mente en blanco, decidió no darle más vueltas al asunto hasta que llegara a su destino.
···
—Esto es un completo desastre.
Los rugidos de pokémon feroces era lo único que podía oírse por encima del ensordecedor viento. Fredo se encontraba a un par de kilómetros del Lago de la Furia, vigilando no sabía muy bien qué. ¿Qué hacía ahí? Si no podía hacerle frente al grupo de gyarados que avanzaba lentamente hacia su pueblo, si no podía dirigir la evacuación de sus ciudadanos porque no tenían ningún lugar al que huir. Solo podía mirar, cuando las gotas de la gran tormenta no se le metían en los ojos, como las figuras del horizonte se hacían cada vez más grandes con cada minuto que pasaba. Había visto innumerables peleas de gyarados pero aquello era lo más cercano al infierno que había visto en su longeva vida.
Bueno, parece que después de tanto bromear con la muerte por fin ha llegado la hora.
Un par de golpes en el hombro le sacaron de sus pensamientos y le indicaron que ya no se encontraba solo. Sus músculos se destensaron un poco inconscientemente al sentir la presencia de Lance, aunque no sabría decir si le agradaba que estuviera ahí con él o prefería tenerle lejos de la acción.
—¡Hay dos tipos de personas que estarían aquí en un momento como este: jubilados que se aburren y no tienen nada mejor que hacer y jóvenes con la cabeza lo suficientemente hueca como para almacenar fantasías de rescate inalcanzables! ¡A ti todavía no te ha salido ninguna cana así que me imagino en qué grupo estas!
—¡Dicen que la edad es un número y que la juventud depende del espíritu! ¡Viendo como gritas no me atrevería a decir que eres un jubilado sin nada mejor que hacer!
Fredo sonrió pero no porque la respuesta del Campeón le hubiera hecho gracia. Tal y como pensaba, Lance no había negado su pertenencia al grupo al que le había asignado.
—¡Olvida esas chorradas y vuelve por donde has venido, aquí no hay nada que hacer!
—¿Eso quién lo dice?
—¡El sentido común que a veces te falta!
—¡No lo sabré hasta que no lo intente!
—Pero ¿serás capaz-
El agua caía con más fuerza sobre el dúo. Fredo no aguantó más y se vio obligado a cerrar los ojos, pues a la tormenta pareció acabársele la poca piedad que hasta entonces había tenido con ellos. No lo vio, no lo escuchó, pero sí sintió que Lance empezó a moverse y, como si de un resorte se tratara, su brazo salió despedido para agarrar su capa y detener su marcha. El Campeón se detuvo al sentir el tirón y el líder usó todas sus esfuerzas en asegurarse de que oiría lo que le tenía que decir.
—¡Lance, como des un paso más te juro que te doy con el bastón y esta vez no te levantas!
—¡Pero Fredo! ¿Es que no ves que-
—Oh, sí. ¡Créeme que sí que lo veo! ¡Desde hace tiempo! —Lance abrió la boca para volver a hablar pero Fredo no dejó que le interrumpiera. Ya había aguantado muchas locuras, ya había visto demasiado, y estaba decidido a sacar a la luz aquello que llevaba tanto tiempo atormentando al domadragones para evitar que volviera a lanzarse al peligro— ¡Te arriesgas para demostrar tu valía porque piensas que no eres digno de tener el título de Campeón!
Lance cerró la boca tan rápido como la abrió. Sus ojos se abrieron y se quedaron rígidos, mirando a Fredo con una mezcla de inquietud y curiosidad. Al líder no le hizo falta mirarle para saber que había dado en el clavo; puede que lograra ocultarlas de cara al público con sus encantadoras sonrisas y sus poses estudiadas para transmitir calma y seguridad, pero el anciano era más que consciente de las inseguridades que llevaban acompañando a Lance desde el día que fue nombrado Campeón de Johto.
—¿A que he acertado? Te conozco desde que eras un crío y no siempre has sido así. Tus comportamientos suicidas nacieron hace tres años, tras tus combates contra Azul y Rojo —continuó mientras le soltaba, pues sabía que ya no se iba a escapar, mucho menos después de oír aquellos nombres—. Los dos te vencieron en un breve espacio de tiempo, no tuviste tiempo de asimilar la primera derrota cuando la segunda te azotó en la cara. En el mismo día pasaste de convertirte en el entrenador más fuerte de la región al tercero, una humillación tanto para ti como para tu clan y el tipo dragón, o al menos así es como lo viviste —Lance apretó sus labios y sintió de nuevo como sus manos se cerraban en dos puños—. Pasó el tiempo, Rojo renunció al título de Campeón y se fue a Arceus sabe dónde, se le ofreció el título a Azul pero él lo rechazó también así que volvió a ti por descarte pero sabes que es una mentira. No eres el entrenador más fuerte de todos, como mucho eres el tercero más fuerte, pero alguien tiene que ocupar el puesto. Un puesto que llegó a ti porque las circunstancias así se dieron, no porque lo ganaras o merecieras tras un combate. Sientes que eres una farsa y que tienes que estar justificando tu título con acciones heroicas constantemente y cuanto más peligrosas sean estas acciones, mejor, porque te darán más valor. Sientes que de alguna forma estás esperando a que llegue alguien más, el indicado, el elegido, y quieres demostrar que no te limitas a mantener el asiento caliente.
Lance le dio la espalda y se cruzó de brazos. Parecía que estaba mirando la batalla que tenía enfrente y, tal y como estaba la cosa, Fredo no descartó que fuera a intervenir en ella de un momento a otro. Maldijo por lo bajo la tormenta que le obligaba a hablar más alto de lo normal y en cuanto pudo retomó su monólogo, pues no quería arriesgarse a que el Campeón se fuera.
—Te mata sentir que no eres digno pero ¿sabes lo que te va a matar literalmente? Ponerte en medio de una pelea de gyarados. Por todos los santos, ¡tú que eres un domadragones y tienes uno en tu equipo deberías saberlo mejor que nadie! ¿En serio quieres arriesgarte? ¿En serio quieres morir para que la gente te recuerde como un héroe? ¿Tanto quieres demostrar tu valía que estarías dispuesto a dar tu vida? Me apena que no te hayas dado cuenta, Lance. Como te miran Pegaso, Antón y Blanca, que parece que las estrellas se les van a salir de los ojos de un momento a otro; la alta estima que te tiene Morti tanto por el débil parentesco que os une como por tu fuerza y por ser el único con el que puede hablar de ciertos temas; como Yasmina y Aníbal se esfuerzan para ser mejores y hacer que estés orgulloso de ellos y, bueno, no hace falta que te diga lo mucho que te respeta y admira Débora. Te has ganado la lealtad del Alto Mando, la nuestra y la de toda la región, y eso no te lo da un título. Eres un líder nato, cuando nadie quería responsabilidades cargaste con ellas tú solo y ten por seguro que todos nos dimos cuenta; solo eso es admirable pero es que además eres fuerte, estás más que capacitado para ejercer de Campeón, eres completamente digno de un puesto así. Deja de hacer el tonto y valora lo que tienes. Si entras ahí, no sales.
La lluvia pareció darles algo de tregua en cuanto Fredo dejó de hablar. El líder se apoyó en su bastón para poder descansar un poco y recuperar el aliento, tras lo cual se animó a mirar a Lance a la cara. Quería ver su reacción, quería ver si le había llegado algo de lo que le había dicho, pero lo único que vio fue un rostro carente de emoción manteniéndole la mirada. ¿Cómo podía interpretar aquello? ¿Tenía que prepararse para darle un golpe? No, si Lance decidía hacerle frente a los gyarados no había nada que pudiera hacer para detenerlo, ya había usado su as. Esperó durante unos segundos que le parecieron horas a que el Campeón formulara su decisión y, al oírla, sintió que estuvo a punto de desmayarse.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora?
Las palabras no bastan para expresar el alivio que sintió Fredo en ese momento. Fue tan grande que por un instante se le olvidó que a unos kilómetros estaba teniendo lugar el fin del mundo, aunque los protagonistas no tardaron en recordárselo con sus potentes gritos. El líder sacudió la cabeza e intentó centrarse; ahora que parecía que Lance lo había hecho no iba a ser él quien perdiera el norte.
—No sé, tú eres el que manda —respondió mientras se encogía de hombros para aparentar indiferencia, aunque estuvo seguro de que en su tono de voz se tuvo que notar su entusiasmo por aquella respuesta—. Mis pokémon no me hacen caso así que soy bastante inservible ahora mismo.
—Ya, Dragonite no tardará tampoco en dejar de hacerme caso. Lleva mucho tiempo alejado de Ho-Oh… —La última parte la dijo en un susurro así que el líder no la escuchó. Los dos hombres se quedaron inmóviles, pensando en qué podían hacer para enfrentar una amenaza que claramente les superaba. Nada, aparentemente, aunque cuando Fredo miró a Lance para intentar hacer una lluvia de ideas conjunta vio que tenía un ligero brillo en los ojos.
—Tienes un plan.
—Creo que sí.
—¿Crees? —Finalmente, el anciano vio la oportunidad de darle el toque con su bastón que tanto tiempo llevaba reprimiendo— No pienses tanto y tira, o a qué estás esperando, ¿a que los gyarados te digan qué es lo que tienes que hacer? En estos momentos algo es mejor que nada, haz lo que se te ha ocurrido, seguro que es una buena idea.
Lance no respondió pero se subió a los lomos de Dragonite y desapareció de la vista de Fredo en cuanto el pokémon emprendió el vuelo. El líder se quedó allí, solo, observando a los gyarados que se acercaban sin prisa pero sin pausa. Un suspiro salió de sus labios al mismo tiempo que cerraba los ojos, tal vez no debería quedarse mucho tiempo más allí pero sentía que su deber como líder le impedía abandonar aquel lugar. Después de todo, ¿qué otro viejo frenaría a jóvenes con cabezas lo suficientemente huecas como para almacenar fantasías de rescate inalcanzables?
—Arceus, no me lleves pronto —Pidió a la nada en un susurro que solo él oyó—. Todavía me necesitan por aquí.
(Grytherin18-Friki: efectivamente, sería poco creíble que Carol ganara a Atlas en un combate, pero la niña tiene un as bajo la manga que ya verás.
nadaoriginal: eh, ¡me alegra verte comentando por aquí también! Pensé que ya tendrías suficiente con seguir la historia en el foro (? pero me hace mucha ilusión que disfrutes tanto mi obra que quieras releerla aquí. Aquí seguimos para romper un poco la monotonía de este sitio, y tengo en mente un par de one-shots que subiré también aquí si es que los acabo, un poco de variedad no viene mal (?
Hasta la próxima~
PKMNfanSakura).
