Si le preguntaran a Débora qué se sentía al cabalgar a lomos de una criatura como Entei no sabría qué responder, pues en ese momento tenía otras cosas en la cabeza. El perro atravesaba rutas y ciudades a una velocidad de vértigo, lo que convertía el paisaje en un conjunto de manchas borrosas imposibles de identificar. La líder se aferraba a su cálido pelaje de manera inconsciente para evitar sufrir una aparatosa caída, aunque la mayor de sus preocupaciones en ese momento no era acabar con un par de rasguños y moratones.
Como le haya pasado algo...
Se dio cuenta de que llegaron al norte porque la temperatura comenzó a descender, aunque gracias a Entei no llegó a sentir mucho frío. Entraron en una cueva que reconoció como la Ruta Helada y ahí su corazón empezó a latir con más rapidez. Ya estaban, ya casi estaban, solo tardaron en atravesarla unos segundos que se le hicieron interminables, y por eso al salir de la cueva no esperó a que Entei se detuviera. Bajó de un salto de su lomo y rodó por el suelo hasta chocar con la roca de la montaña que rodeaba Ciudad Endrino. Ignoró el dolor que le produjo el impacto y entró corriendo en la ciudad para comprobar si había habido daños, ya podría ocuparse de sí misma más tarde.
A primera vista se diría que no había sucedido gran cosa. Había algunos boquetes en la tierra, alguna puerta de alguna casa llena de arañazos, pero se podía decir que Ciudad Endrino estaba casi como la dejó. Débora se dio unos segundos para recuperar el aliento y tranquilizarse, por suerte todo parecía estar en orden. Caminó un poco más por su ciudad para asegurarse de que todas las zonas estaban bien y cuando lo comprobó se dirigió sin demora a la Guarida Dragón, el lugar que más le preocupaba de todos. No se había cruzado con nadie todavía y no se dio cuenta de eso hasta que vio que los entrenadores de su gimnasio estaban fuera de este, algunos cabizbajos, otros hablando con evidente nerviosismo. Ella no supo si acercarse a hablar con ellos o seguir con lo suyo pero no le hizo falta decidir, porque al verla el grupo se acercó a ella.
—Débora.
El que habló fue Miki, el que podía considerarse su mano derecha. Aquel era el domadragón más fuerte de su gimnasio y quien menos miedo le tenía, por eso era quien hacía de vínculo entre ella y los demás cuando había que tratar temas delicados. Ese hecho y el tono con el que la llamó le hicieron sentir que algo no iba del todo bien, lo que acrecentó la presión de su pecho.
—¿Qué ha pasado? Rápido, tengo que ir a la Guarida Dragón —respondió bruscamente. El resto de entrenadores agachó la cabeza y Miki tragó saliva mientras respiraba hondo. No, lo que iba a escuchar no le iba a gustar ni un pelo, pero sabía que tenía que prestarle atención antes de seguir con lo suyo.
—No lo tenemos muy claro. Hace un rato todos los dragones perdieron el control a la vez, incluso los más dóciles, y empezaron a atacar la ciudad. No hacían caso a nuestras órdenes ni a los silbatos ni a nada, pensamos que tendría lugar una verdadera catástrofe pero por suerte los episodios de ira fueron cortos e intermitentes. Se enfadaban, dejaban de hacerlo, así que decidimos que lo mejor sería guardarlos en sus Poké Balls cuando se calmaban para evitar que alguien se hiciera daño de verdad.
Aquellas palabras lograron tranquilizarla un poco. Su ciudad no había quedado reducida a ruinas, como había llegado a temer, pero sus entrenadores parecían nerviosos por algún motivo que todavía no le habían contado. Se clavó las uñas en el antebrazo y trató de ser lo más neutra posible a la hora de dirigirse a ellos.
—Genial. ¿Ahora puedo saber qué es eso que no me estáis contando y por qué no me dejáis avanzar?
Cuando Miki estaba a punto de decir algo que no le gustaba, el resto solía dar un paso atrás para poner algo de distancia y reducir un poco el impacto de la bronca que iban a recibir. En cambio, aquella vez todos dieron un paso hacia adelante, como si quisieran arroparla de alguna manera. En sus ojos tampoco había miedo, solo una compasión desbordante que le hizo presagiar lo peor.
—Bueno, es cierto que en la ciudad no han habido muchas bajas pero me temo que no puedo decir lo mismo de la Guarida-
Miki dejó de hablar en cuanto sintió que las manos de la líder tiraron con fuerza del cuello de su camiseta. Polo y Lola reaccionaron enseguida y roderaron la cintura de Débora para tirar de ella con la esperanza de poder separarla un poco pero ella no aflojó el agarre, solo lo hizo cuando Lupe y Tato consiguieron agarrar sus manos y a duras penas lograron separar algunos dedos.
—¡¿Quiénes?!
Miki no se vio muy perturbado por aquel acto, se había mentalizado a lo largo de la mañana para tener ese encuentro y se esperaba una reacción parecida. Se dio cuenta de que sus compañeros no podrían retenerla durante mucho tiempo así que se dio prisa en acabar lo que había empezado.
—Los dragones se volvieron locos, atacaron el santuario y hubo un desprendimiento importante. Todos los que se encontraban ahí están ahora mismo en el Centro Pokémon en estado grave —la mirada del domadragones se enfrió y la líder sintió que el mundo se le cayó encima— y eso incluye a tu abuelo, Débora.
La presión en su cuello cesó y Miki aprovechó para dar un paso atrás y respirar. Lupe y Tato soltaron las manos de la líder mientras que Polo y Lola siguieron rodeando su cintura por temor a que pudiera desmayarse de un momento a otro. Débora se había quedado completamente rígida, el único movimiento que había en su cuerpo era el de sus pupilas, que se iban dilatando conforme iba dándose cuenta de lo que significaban aquellas palabras.
—Débora, respira.
—Si quieres que hagamos algo por ti-
Pero ella reaccionó antes de lo esperado y salió corriendo de allí, deshaciéndose del agarre de sus entrenadores con la fuerza de su impulso. Los cinco se quedaron quietos sin hacer otra cosa que ver como corría hacia el Centro Pokémon; podrían haber intentado ir tras ella pero consideraron que lo mejor en una situación como esa era dejarla a su aire.
Por su parte, Débora sentía que aquello que sintió el día que Lance se quedó acorralado en lo alto de la Torre Radio se expandía dentro de su pecho exponencialmente. No había sentido tanto miedo en su vida como en aquel momento, y aunque las lágrimas le impedían ver el camino con claridad no se permitió el lujo de secárselas, pues temía que hacer otra cosa que no fuera correr le ralentizara.
Al entrar en el Centro Pokémon su expresión fue lo suficientemente clara como para indicarle a la enfermera que conocía el estado de su familiar. Ella señaló las escaleras del lado derecho y se limitó a decir lo único que la líder quería saber en ese momento.
—Segundo piso, habitación veintidós.
Sin tiempo que perder fue rauda al lugar indicado sintiendo que el corazón le latía en los oídos. Al tener la puerta delante no se molestó en llamar, la abrió lo más rápido que pudo, y al ver la escena tuvo la sensación de que ella se congelaba por completo.
—¿Débora?
Había una doctora en la habitación pero no reparó en ella. En lo único en lo que podía fijarse era en el centro de la estancia, donde se encontraba su abuelo tumbado en una cama completamente inconsciente, con un respirador y varios goteros alrededor. Débora se llevó ambas manos a la cabeza y no pudo evitar que sus ojos se abrieran al mismo tiempo que su boca, lo que dio paso a un chillido desgarrador que salió de lo más profundo de su ser. Al ver su estado la doctora se acercó a ella rápidamente y le sacudió un hombro para intentar que le hiciera caso.
—Débora, ¿me oyes? Débora.
Débora no oía a nadie, solo el eco de su chillido. Empezó a sentir que todo le daba vueltas y finalmente sus piernas cedieron, así que tuvo que arrodillarse. La doctora se agachó a su lado y esperó un par de minutos, hasta que vio que la líder se recuperó un poco y pareció darse cuenta de su presencia. Fue solo entonces cuando volvió a hablar.
—Débora, tu abuelo no se va a morir —dijo con dulzura mientras le acariciaba la espalda—. Está grave, muy grave, ha sufrido un golpe en la cabeza y otras partes del cuerpo pero sobrevivirá. Créeme, para la edad que tiene podría haber sido mucho peor.
Aquellas palabras lograron tranquilizarla un poco y, aunque el susto seguía presente en su cuerpo, Débora se encontró con la suficiente fuerza como para levantar la cabeza y hacerle frente de nuevo a esa escena.
—¿Puedo quedarme con él? —preguntó en un susurro. La doctora asintió, se levantó, recogió unos papeles que había dejado en la mesa y se fue, dejando a la líder con su abuelo. Cuando se sintió preparada, la domadragones se puso de pie y se acercó lentamente a su abuelo, tratando de controlar su respiración.
Al llegar a su lado Débora acarició la mano arrugada de Ryuu y la envolvió cuidadosamente con sus dedos. Se arrodilló y apoyó su cabeza en su regazo mientras cerraba los ojos y se centraba solo en sentir ese contacto. Los pitidos del monitor que tenía al lado le indicaban que él seguía con vida y ella se aferró a esa esperanza de la misma forma que se aferró a sus dedos.
Aquello no se parecía a nada que hubiera visto anteriormente. ¿Qué era esa barrera y quién o qué la había creado? Tenía una ligera sospecha pero si terminaba por ser cierta significaba que estaban delante de un gran problema.
Silver se detuvo en un balcón del quinto piso que estaba escalando. Desde ahí podía ver con claridad la Torre Radio y quería pensar que a él no le verían con tanta facilidad. Se asomó con cuidado para ver mejor el edificio que tenía enfrente aunque no pudo hacerlo por mucho tiempo, pues algo le golpeó la parte posterior de la cabeza e hizo que se sobresaltara.
—Pero qué dem-
—¡Llevo cinco minutos llamándote pedazo de cabeza de chorlito y no me haces caso!
Silver se dio la vuelta y sus ojos se agrandaron al ver a su agresora. La había reconocido por la voz pero no podía creerse que su reencuentro sucedería en ese momento y lugar. Pocas cosas habían cambiado desde la última vez que se vieron, le resultaba tan inoportuna como siempre.
—¡Mary! —La rubia se acercó a él para recoger el zapato que le había lanzado y ponérselo. Silver retrocedió un poco y Mary le miró con cara de pocos amigos— Pero, ¡¿se puede saber qué narices-
—¡Eso te lo podría preguntar a ti también! —exclamó enfurecida, aunque su mirada se suavizó cuando echó un vistazo a la barrera. Silver apreció que su semblante se volvió melancólico y hasta su voz se convirtió en un susurro— Aunque supongo que no hace falta que me respondas, los dos somos imanes para el peligro.
Ambos se quedaron mirando la torre en un sobrecogedor silencio. Las palabras de la rubia resonaron en la cabeza de los dos y aunque a Silver no le gustaba coincidir con ella tenía que admitir que algo de razón había en esa frase. Sus ojos escanearon la ciudad brevemente y tras ese pequeño repaso se atrevió a ser el primero en romper el silencio.
—¿Qué ha pasado?
—Los pokémon empezaron a volverse locos y eso apareció —respondió mientras señalaba la barrera—. No tengo ni la más remota idea de lo que es. Nadie se ha podido acercar porque los pokémon están como están pero tiene pinta de que no se va a romper fácilmente.
—Es que no se va a romper fácilmente, de hecho no se va a romper con nada —Mary bajó el brazo y le miró incrédula.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Porque si es lo que creo que es… —Silver se detuvo a mitad de frase y apretó los dientes— Maldita sea, ¿lo logró? ¿Significa que está aquí?
—¿Quién logró qué? ¿Quién está aquí? ¡No me ignores!
Silver miró a Mary con toda la seriedad que pudo reunir en ese momento. La rubia se sorprendió un poco al ver aquella expresión tan dura pero se mantuvo firme y cruzó los brazos. Se negaba a sentirse intimidada por él y se negaba a irse de ahí sin ninguna respuesta.
—Mary, es muy peligroso. Aunque tu integridad física no puede importarme menos tampoco soy tan ruin como para enviarte a lo que puede ser una muerte segura si puedo evitarlo. Lo mejor será que busques un lugar seguro y esperes.
—Vete a la mierda Silver, tú y tu peligro. He estado a punto de morir muchas veces de pequeña, me he criado en uno de los barrios más peligrosos de Johto. Drogas, violencia y delincuencia eran mi día a día, por no mencionar que he sido miembro del Team Rocket durante años. Si crees que tengo miedo o que voy a hacer lo que tú me digas no puedes estar más equivocado.
—Esto es distinto, pequeña estúpida —gruñó el entrenador mientras su mirada volvía brevemente a la barrera—. ¿Ves eso? El pokémon que lo ha hecho es poderoso, sumamente poderoso, podría destruir la ciudad con solo pestañear. Hace falta más, mucho más que tu irritante cabezonería para acabar con él.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque mi padre lo creó.
Mary iba a abrir la boca para seguir preguntando pero paró al oír la respuesta. Su mirada hablaba por ella: ¿cómo podía alguien crear un pokémon? Silver suspiró, hasta a él le parecía difícil de creer, pero era lo que todo parecía indicar.
—Lo leí una vez de pequeño, en las notas que guardaba en su despacho. No sé qué clase de experimento estaba llevando a cabo, no sé qué demonios hizo, pero su intención era crear… Joder, ¡lo consiguió!
De nuevo, el silencio se hizo entre los dos tras aquel grito. Mary se abrazó a sí misma y miró a un punto en el horizonte, no tenía frío pero aquellas palabras la habían dejado helada. Por el tono que había empleado Silver y los estragos que había causado dicho pokémon no parecían estar frente algo de pequeña importancia pero quería asegurarse de la gravedad del asunto.
—Bueno, si es un pokémon podremos luchar contra él como si fuera cualquier otro. No tendría que ser más complicado que un simple combate, ¿no?
—Ojalá pero me temo que no es tan sencillo —Las manos del entrenador se aferraron a la barandilla del balcón y se quedaron ahí un buen rato—. Odio, odio como no tienes ni idea decirlo, pero ninguno de nuestros pokémon puede hacerle frente, me atrevería a decir que ni los del mismísimo Campeón podrían. Es otro nivel, su fuerza es equivalente a la de un legendario, ir directos contra él es un suicidio.
—¿Así que no podemos hacer nada?
—No, yo no he dicho eso.
Ahora nos haría falta una mente brillante pero Eco no está pensó Silver con pesar. Parecía que Mary iba a insistir pero al verle mirando la torre tan concentrado decidió guardar silencio. Decía que podían hacer algo, pero tal y como estaban las cosas le dio la impresión de que estarían un buen rato sin hacer nada, así que la rubia optó por sentarse en el suelo del balcón y esperar a que el entrenador saliera de su ensimismamiento.
—¡Houndoom!
—¡Zoah!
El tipo fuego se lanzó a por la crobat en cuanto sus colmillos se vieron envueltos por un fuego abrasador. Se impulsó con sus patas para llegar hasta su oponente pero antes de poder atacarla ella abrió la boca y emitió un chirrido tan desagradable que detuvo al cánido al instante. Tanto él como su entrenador se taparon los oídos y cerraron los ojos durante los segundos que duró aquel berrido y no los abrieron hasta que este cesó, momento en el que se dieron cuenta de que tanto el pokémon como la chica habían huido. Atlas esbozó una sonrisa, aquello no tendría que haberle sorprendido.
—Ah, pues claro, como no eres fuerte tienes que recurrir a truquitos para intentar mantenerte en el combate lo máximo posible. Al menos eres consciente de tu posición, una lástima para ti que mi pokémon tenga un sentido del olfato excelente.
Con eso dicho Houndoom se puso a olfatear el suelo enseguida con la intención de seguir el rastro de la joven. Caminó lentamente por el pasillo hasta llegar a una trifurcación, en la cual se detuvo, para al cabo de unos segundos mirar hacia la izquierda. El pokémon gruñó y empezó a correr en esa dirección pero no pudo ir muy lejos porque otro grito horrible proveniente de la derecha le hizo parar en seco. Cuando este cesó tanto él como su entrenador miraron qué lo había provocado y vieron que se trataba de Zoah, que estaba a escasos centímetros de ellos, dispuesta a atacarlos si decidían ignorarla.
—¡No pierdas de vista tu verdadero objetivo, Atlas!
La voz de Carol vino del pasillo izquierdo y Atlas se quedó quieto. ¿Qué hacía, se quedaba junto a su pokémon para darle las órdenes necesarias para acabar con esa crobat o seguía a Carol solo? El tiempo apremiaba, debía decidir rápido, y al final consideró que su pokémon era más que capaz de enfrentarse a otro más débil sin que le dijera cómo y que un adulto como él podría con alguien mucho más joven. Por esa razón no tardó en correr en la dirección por la que Carol estaba huyendo, pues ahora que se había quedado sin la ayuda de Houndoom solo podría localizarla gracias al ruido que hiciera y si se alejaba mucho no tendría forma de escucharla.
Después de tomar esa decisión tuvo la sensación de que estaba jugando al pilla-pilla y una mezcla de sentimientos contradictorios le inundaron. Por un lado fue como volver al pasado, cuando el hijo de su jefe solo tenía un par de años y era el encargado de jugar con él para entretenerlo, cuando pensaba que por fin había encontrado su lugar en el mundo: una familia. Silver era muy pequeño como para darse cuenta de los planes de su padre y el Team Rocket todavía era una idea en la que Giovanni trabajaba día sí y día también. Se sentía feliz de poder ayudar al hombre que le dio refugio haciendo lo que fuera, desde cuidar a su hijo a buscar miembros a los que reclutar, cualquier tarea que le ayudara a darle las gracias por lo que hizo por él. Por el otro, esa dulce nostalgia se veía solapada por la ira que le producía sentir que la chica a la que estaba persiguiendo no solo intentaba burlarse de él, estaba poniendo todo su empeño en acabar con su mundo. ¿Que no veía que a esas alturas era imposible? ¿Qué le empujaba a seguir intentándolo?
Intentó dejar esas preguntas de lado cuando se dio cuenta de que los pasos de Carol se hacían cada vez más audibles, eso significaba que o él era más rápido que ella o ella se estaba cansando. Él no era un atleta de primera pero parecía que, para su suerte, era mejor que la joven. Sonrió, y sonrió todavía más cuando empezó a escuchar como ella abría y cerraba las puertas de algunas de las habitaciones que encontraba en su camino. ¿Acaso pensaba que sería capaz de distraerle con trucos baratos? A lo mejor estaba desesperada y no podía pensar con claridad, si ese era el caso estaba seguro de que no tardaría en atraparla.
Tras unos segundos llegó a otra trifurcación y, de nuevo, un ruido provino de la izquierda, del pasillo más oscuro. Solo una bombilla alumbraba lo que no llegaba a ser ni una décima parte del lugar pero eso no le importó a Atlas; los pasos se habían detenido así que eso significaba que Carol debía haberse escondido en alguna habitación cercana. Ya estaba cerca de dar con ella, solo tenía que agudizar sus sentidos y todo iría bien. Comenzó a palpar las paredes para entrar en las habitaciones conforme iba detectando las puertas con el tacto, con cuidado de no hacer mucho ruido para evitar que ella le oyera. El corazón le latía más rápido cada vez que entraba en una, y aunque se centraba en escudriñar las instancias con la escasísima luz que provenía del pasillo, también estaba pendiente por si volvía a oír algo fuera. Tal vez el plan de la joven era descansar en un cuarto y volver a salir corriendo mientras él estaba ocupado en otro, no podía bajar la guardia ni un poco.
Tras cinco búsquedas infructuosas sus manos dieron con una puerta distinta a las demás. Estaba hecha del mismo material que el resto pero mientras que las otras estaban cerradas esta estaba ligeramente entreabierta. Contuvo la respiración al notar esa diferencia y se dio un tiempo para calmarse, seguro que ella estaba ahí dentro. Por fin su juego había llegado a su fin y él podría llegar puntual a su cita, había llegado a temer un retraso fatal en el plan. Agarró el pomo con cuidado e inspiró hondo. Todo saldría bien.
—¡Te tengo!
Atlas abrió la puerta con un empujón que lo metió de lleno en la habitación. La poca luz que había en el pasillo le permitió ver que ahí había alguien más, quien supuso que sería Carol. Sonrió, pero esa felicidad no le duró mucho, porque casi en el mismo instante en el que entró algo le cayó encima de la cabeza, algo que le hizo tambalearse durante unos segundos y caer al suelo. Al ver aquello la joven que había en el cuarto se llevó las manos a la boca y se acercó corriendo a él para agacharse a su lado.
—Ay madre. ¿Atlas? —preguntó mientras movía el hombro del ejecutivo inconsciente. Una ola de nervios recorrió su cuerpo al ver que este no reaccionaba ante ningún estímulo— ¿Atlas? ¿Estás bien? Ay madre, yo no, yo no quería…
Algo surgió detrás de la espalda de la joven. Un pokémon verde y pequeño se puso a su lado y miró con curiosidad al adulto que yacía a sus pies, pues no pensaba que ella sería capaz de dejar a alguien en ese estado.
¿Qué has hecho?
—No lo sé. Mary solía gastarle esta broma a los reclutas, ponía un cubo con agua encima de una puerta entreabierta y al abrirla el cubo les caía encima y les tapaba la cabeza. ¡No vi que nadie se quedara inconsciente! ¡Solo quería confundirlo el tiempo suficiente para poder hacerme con la Poké Ball de Houndoom y huir con ella!
Tal vez algo no ha salido como debía porque no lo has llenado de agua.
—Es que no sabía si el agua seguía llegando a este sitio y no quería perder el tiempo comprobándolo, bastante me ha costado encontrar este cubo y colocarlo —Carol movía las manos lentamente mientras hablaba, las acercaba y luego las alejaba del cuerpo de Atlas, pues estaba nerviosa y no sabía qué hacer—. Perdón, no quería dejarte así.
No te puede oír, aprovecha y agarra la Poké Ball. Tranquila, está bien.
Carol asintió, contó hasta tres en silencio y agarró la Poké Ball del cinturón rápidamente. Si Celebi le había dicho que estaba bien sería porque era verdad, aun así no podía evitar que aquella imagen le hiciera estremecerse. No había sido su intención herirle, esperaba no haberle hecho algo grave.
En cuanto salió de la habitación empezó a correr en busca de Zoah. Confiaba en que su pokémon se las podría arreglar hasta que ella llegara pero no era una ilusa, sabía lo fuerte e inteligente que era el pokémon de Atlas y que había muchas probabilidades de encontrar a su adorada crobat malherida. Con eso en mente deshizo el trayecto recorrido hasta llegar al punto en el que se separaron y ahí vio un par de señales de que había habido una feroz batalla. El hecho de que sus temores se estuvieran confirmando no la ayudó a calmarse, más bien todo lo contrario. Dio una vuelta sobre sí misma para ver si encontraba algún detalle que le indicara por donde habían seguido combatiendo y por el rabillo del ojo le pareció ver un destello al final de un pasillo. Sin dudarlo ni un segundo fue directa hacia él, agarrando con fuerza la Poké Ball y deseando que Zoah todavía siguiera en pie.
Al llegar al lugar la escena le hizo retroceder un poco. Houndoom estaba envuelto en llamas y Zoah se hallaba en el suelo con un par de quemaduras graves. El canino parecía haber perdido el control y disparaba llamaradas a diestro y siniestro sin tener en cuenta a su oponente, lo cual dejaba las paredes llenas de manchas negras. Carol inspiró y volvió a dar un paso al frente, si no actuaba pronto a lo mejor el lugar acabaría incendiándose y aunque no le guardaba cariño a la base que había bajo el gimnasio de Ciudad Verde tampoco quería crear un accidente si podía evitarlo.
—Eh, Houndoom. ¡Escúchame!
Fue como hablarle a la pared, él ni siquiera se giró para mirarla. La mano en la que llevaba la Poké Ball tembló un poco, podía lanzársela ya pero con tantas llamas temía no ver bien y fallar el único tiro que tenía. Miró a Zoah, quien respiraba a duras penas, y su pokémon giró levemente la cabeza para mirarla. Solo eso le bastó para entender la situación y qué es lo que tenía que hacer. Haciendo uso de sus últimas fuerzas, Zoah se incorporó como pudo y abrió su boca de nuevo.
SCREEEEECH
Para dar un último grito desesperado que estuvo a punto de tumbar a Carol. Ella se tapó los oídos y se apoyó en la pared hasta que el chirrido cesara y, al hacerlo, vio que Houndoom ya no estaba rodeado de llamas. Los ojos le daban vueltas y Carol comprendió, en ese instante, que era la única oportunidad que tenía de atraparlo. Lanzó la Poké Ball en la que Atlas siempre lo llevaba y esta le dio en la frente, tras lo cual un rayo de luz salió de la cápsula y lo envolvió para meterlo dentro de esta. La Poké Ball cayó al suelo y rodó un poco hasta chocar con la pared, momento en el que la joven se permitió arrodillarse y recuperar el aliento. La carrera y el chirrido de Zoah la habían dejado casi sin fuerzas pero lo había logrado, había derrotado a Atlas. De una forma poco convencional, pero a efectos prácticos poco le importaba eso a ella.
—Lo he… conseguido —susurró mientras se acercaba lentamente a la Poké Ball para agarrarla. La inspeccionó durante unos segundos y cuando quedó convencida de que el canino se encontraba dentro y no iba a salir se acercó rápidamente a su propia pokémon—. ¡Zoah! ¿Cómo estás? ¿Puedes oírme?
La crobat entreabrió los ojos y le dedicó una pequeña sonrisa. Carol le devolvió el gesto y sintió que un par de lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas al acercarse a ella y abrazarla. Su piel estaba ardiendo y temblaba de vez en cuando, así que decidió que no iba a hacer que sufriera mucho más.
—Estoy muy orgullosa de ti, mi chica. Has logrado confundirle y entretenerle el tiempo suficiente. ¡Muy buen trabajo!
Al acabar de felicitarla la devolvió a su Poké Ball para que pudiera descansar. En ese momento Celebi salió de nuevo y empezó a revolotear a su alrededor alegremente, aliviado al ver que Carol había cumplido con su parte.
Qué bien que hayas podido derrotarle. ¡Esto nos facilita las cosas! exclamó antes de hacer una pirueta. Carol le miró con una ceja alzada y una pequeña sonrisa y el pokémon se detuvo y le miró fijamente a los ojos Pero me temo que no hay tiempo para celebraciones. Tenemos que irnos ya, vamos con el tiempo justo.
—¿Adónde?
A casa, en parte Carol le miró intrigada y Celebi echó un vistazo alrededor con cierto nerviosismo No sé qué nos vamos a encontrar ahí así que agárrate fuerte.
—Vale.
Celebi cerró los ojos y extendió los brazos. Un portal se abrió ante ellos y Carol lo cruzó, aunque más que cruzar cayó por este en cuanto puso los dos pies dentro. Celebi le siguió y en cuanto entró el portal se cerró, dejando aquel lugar abandonado de nuevo.
Lo que tenía enfrente debería de haberla dejado maravillada, si no fuera porque había visto algo mayor minutos atrás. ¿Minutos atrás? ¿O mejor dicho dentro de un par de meses? No lo sabía, todo aquello era un poco confuso para ella, pero el caso era que las dos cascadas que tenía delante no lograron intimidarla ni un poco.
Lira se hallaba sentada en el inicio de las cataratas Tohjo. Aquel lugar al que había intentado llegar tantas veces de pequeña, aquella razón por la que tantas tardes se había tirado al río de la ruta 27 solo para ser sacada de inmediato por los pokémon del profesor Elm. Ahora que se encontraba ahí no estaba tan emocionada como pensó que se pondría de pequeña al estar entre Johto y Kanto, todo lo contrario. Eso se veía en su neutra expresión y en la forma en la que sus manos se aferraban al cinturón del que colgaban sus seis Poké Balls, todas intactas, todas vacías, pues sus pokémon se encontraban fuera haciendo un círculo a su alrededor. Todos bien, todos sanos, todos con ella.
Lentamente, la entrenadora levantó una mano y la pasó por una piel fría y escamosa. Feraligatr abrió un ojo y le dedicó una sonrisa de oreja a oreja que le permitió ver todos sus colmillos y al verle como siempre ella sonrió también. Seguidamente, su mano acarició una piel que hizo que una leve corriente eléctrica recorriera su cuerpo y la llenara de energía, Ampharos parecía saber lo que necesitaba en cada momento. La suavidad de las plumas de Togekiss le hizo sentir más cómoda y reconfortada que nunca y el calor que irradiaba Ninetales le llevó de vuelta a casa. Por último, algo había en el pelaje de Espeon que logró calmar sus nervios y fortalecer su mente, mientras que si bien la última piel le resultó más desconocida a su tacto sintió que la resistencia y adaptabilidad de Dratini también pasaron a ser suyas. En ese momento lo sintió más que nunca: con ellos a su lado, ¿cómo podía ir algo mal?
¿Vas a estar mucho tiempo así?
—No. Ya voy, ya voy —respondió a la nada. Tuvieron que pasar unos segundos para que se pusiera de pie y al hacerlo guardó a todos sus pokémon en sus Poké Balls. Se acercó a la orilla y una sombra apareció bajo la superficie del agua, una sombra que la llevó a la otra parte de aquella gruta, una parte desde la que parecía surgir una especie de sonido.
No podía escucharlo con claridad porque el ruido que hacía el agua al caer se lo impedía pero pudo intuir por el tono animado y burlón de la voz de qué se trataba. Era una de las cosas que no olvidaría en la vida porque aquel día, al que al parecer había vuelto, se le quedó grabado a fuego en la memoria y todo empezó con aquel mensaje. Aquel mensaje que decía que habían ganado, aquel mensaje que les animaba a no resistirse, aquel mensaje que pedía su regreso.
El regreso de Giovanni.
Al llegar a la orilla Lira subió unas escaleras que le llevaron a una pequeña cueva escondida tras la cascada. El mensaje se oía mejor conforme se iba acercando hasta que llegó un punto en el que lo oyó a la perfección y confirmó que se trataba de lo que creía en un principio. Siguió ascendiendo y no se detuvo hasta que entró en la obertura que había en la roca.
Un hombre con fedora y gabardina negra se hallaba de espaldas a la radio que había al final de la cueva. Lira dio un bote al verle porque se trataba de alguien que ya había visto en su viaje. Tanto el atuendo como la mirada como la sonrisa le llevaron de vuelta al escondite del Team Rocket de Pueblo Caoba, concretamente a los instantes anteriores de su combate contra Petrel. El ejecutivo se había disfrazado de él y pareció decepcionarse profundamente al ver que ella no le había reconocido como al sujeto que estaba impersonando. Ahora entendía por qué; debió molestarle pensar que no tenía lo que tenía que tener para hacerse pasar por su jefe.
—Encantado de vernos las caras al fin, Lira.
Algo le decía que aquel hombre no estaba tan encantado como decía, aunque su alegría tampoco parecía ser fingida. Sus labios se curvaron en una sonrisa al verla entrar y, de alguna forma, pareció hacerse más grande cuando alzó los brazos al techo de la caverna.
—Permíteme que me presente. Soy Giovanni, afamado líder del Team Rocket y el antiguo líder de gimnasio de Ciudad Verde, aunque supongo que habrás oído hablar de mí a lo largo de tu aventura.
—No mucho —contestó sin sentirlo. Era cierto que había oído algo sobre él pero su figura había estado envuelta en misterio a lo largo de su viaje, como la de Rojo, y poco era lo que conocía de aquel entrenador. Giovanni negó con la cabeza y, aunque la sonrisa no se le borró de la cara, pareció decepcionarse un poco.
—Vaya, uno desaparece tres años y se olvidan de él. Menos mal que voy a darles un motivo para recordarme —De repente, como si fuera un anfitrión preocupado por el bienestar de sus invitados, el hombre echó un vistazo a la cueva y finalmente señaló el suelo—. Siéntate, por favor. Ponte cómoda, sé que el suelo no lo es para algunas personas pero tendrás que disculparme, la tierra es mi elemento.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Lira, ignorando su oferta y quedándose de pie. No podía negar que le vendría bien sentarse después de lo vivido aquel día pero los nervios la forzaban a quedarse levantada.
—Tranquila, te noto un poco tensa. ¿Has visto el estado de la cueva? No tengo pensado hacer nada que pueda provocar un derrumbe. En cuanto a tu pregunta, me temo que no puedo ser escueto con la respuesta y no voy a ponerme a hablar por hablar cuando mi tiempo es escaso —dijo mientras le echaba un vistazo a su reloj de muñeca—. Pero me considero un hombre educado y ya que te has tomado la molestia de llegar hasta aquí…
Giovanni se llevó una mano al bolsillo y sacó una Poké Ball. La lanzó al aire y de esta salió un pokémon de pelaje color crema y rasgos felinos, el cual llevaba un rubí brillante en la frente. Era igual que las estatuas que Lira había visto en la guarida del Team Rocket y ahora entendía que no era una casualidad que fueran de él. El pokémon se acercó a Giovanni y restregó su rostro contra su pierna; como respuesta, su entrenador le acarició la frente afectuosamente.
—Soy un entrenador al que le gustan los pokémon, como puedes ver, por ello mi meta es hacerme con todos ellos como hacen muchos que salen a intentar completar la Pokédex. En ese sentido se puede decir que soy uno más del gremio, ¿no?
—Se podría decir, si separar a los pokémon de nuestros colegas entrara dentro de nuestras tareas como entrenador.
—No, Lira, te equivocas. No creas que los separo por placer, es para darles el mejor cuidado y hogar que puedan llegar a tener. ¿Cuántas de estas nobles criaturas acaban en las manos equivocadas?
—¿Y quién eres tú para decidir qué es lo mejor para ellos?
—¿Y quién eres tú para atraparlos y sacarlos de su hábitat? ¿Cómo sabes que no estaban mejor pastando y canturreando alegremente con los de su especie? En cierto sentido eres como yo, no trates de diferenciarte o validar tu experiencia. Qué pasa, ¿te avergüenza darte cuenta de que eres como el Team Rocket? —Un escalofrío recorrió la espalda de Lira y Giovanni rio— No pasa nada, ahora que te has dado cuenta de que somos iguales podemos trabajar juntos. ¿Qué me dices? Por un futuro prometedor para los pokémon, yo también quiero lo mejor para ellos.
—Lo siento, pero no comparto la visión de que controlar a los pokémon para obligarlos a ir contigo sea la mejor forma de cuidarlos.
—Sí, tienes razón, es muy distinto a atraparlos con una Poké Ball y obligarlos a ir contigo.
Lira se quedó pensativa durante unos segundos. Giovanni pensó que estaba haciéndole cambiar de idea pero entonces ella le lanzó una Poké Ball. Él la atrapó al vuelo por los pelos y le miró confundido, pues no entendía muy bien a qué había venido aquello. Dudaba que le estuviera regalando a su equipo pero no entendía qué objetivo había tras aquella acción.
—Saca el pokémon que hay dentro.
Él lo hizo y vio cómo se materializó delante de él un gran reptil azul que le intimidó con sus afilados colmillos. Persian bufó y Giovanni se llevó una mano a otra Poké Ball pero Lira habló antes de que pudiera hacer algo más.
—No te va a hacer nada. Devuélvelo a su Poké Ball y lánzamela.
Él hizo lo que le pidió y Lira la atrapó con una sonrisa. La movió un poco en el aire y después le señaló con ella.
—Has tenido la Poké Ball de Feraligatr en tus manos y aun así te ha gruñido cuando lo has sacado, lo que te demuestra de forma rápida que las Poké Balls no crean el vínculo con el pokémon por el entrenador —La joven se ajustó de nuevo la Poké Ball en su cinturón y siguió hablando—. ¿Sabes a quién abrazó mi inicial en cuanto lo saqué por primera vez? A la persona a la que había estado cuidando de él hasta ese momento, no a mí, aunque supuestamente su nueva entrenadora era yo. Es cierto que no puedes saber con exactitud si la relación con el pokémon que acabas de atrapar llegará a buen puerto pero ¡no lo sabrás si no lo intentas! Hay muchos que están dispuestos a vivir aventuras junto a nosotros y los que no te lo hacen saber, puede que haya gente que siga insistiendo pero es algo que no acaba bien. Como puedes ver, las Poké Balls no cambian la voluntad de los pokémon, a diferencia de las señales de radio que tu organización quiere usar, por esa razón rechazo tu oferta de unirme al Team Rocket y no me creo que de verdad quieras lo mejor para ellos.
Hubo un silencio tras su intervención que Lira no supo cómo interpretar. El líder se quedó quieto sin mostrar ningún tipo de reacción, rodeado de la misma tranquilidad que nunca parecía llegar a abandonarle del todo. Sin embargo, tras un rato se movió y sonrió, y llevó de vuelta a Persian a su Poké Ball para sorpresa de la joven.
—Sí, felicidades, has conseguido ver a través de mi fachada —dijo sin un ápice de molestia—. Ya no hace falta que siga diciendo esas chorradas. En efecto, los pokémon para mí no son más que herramientas con las que conseguir poder, dinero y poder, aunque me temo que de poco sirve desenmascararme ahora. Pensé que podría dejarte de lado de una forma más suave si lograba confundirte pero me obligas a usar la fuerza para seguir con mi camino.
—No vas a ir a ninguna parte, Giovanni —dijo la entrenadora mientras se ajustaba el cinturón de Poké Balls—. Te retendré aquí y te derrotaré en un combate, no llegarás a tiempo para reunirte con Atlas.
Hubo un cambio en la mirada del hombre que no le gustó nada a la joven. Ella dio un paso instintivo hacia atrás pero eso no fue suficiente para evitar lo que él tenía preparado.
—Lo siento, Lira, pero me has malinterpretado. Mi intención no es combatir contigo, es dejarte atrapada.
Al acabar de hablar Giovanni chasqueó los dedos y el suelo de la caverna tembló un poco. Al principio no pasó nada pero tras unos segundos se abrió un boquete bajo los pies de Lira y ella se deslizó un par de metros hacia abajo hasta que acabó dando con el final del agujero. Un siseo de dolor salió de sus labios en cuanto empezó a notar las rozaduras que se había hecho en la piel por la caída, aunque por suerte no pareció hacerse algo grave. Miró sus manos y sus brazos, que estaban un poco ensangrentados, y luego alzó la mirada para ver a Giovanni, que se alzaba imponente en el borde del abismo.
—Ya te dije que mi elemento es la tierra, ¿qué opinas de la trampa que te han hecho mis pokémon? Espero que no te hayas hecho mucho daño pero ya se sabe que es peligroso dejar que vaguéis solos por ahí, sois jóvenes e inexpertos y os pueden pasar infinidad de accidentes como este. Ahora si me disculpas-
—¡No irás a la Torre Radio! —gritó Lira mientras le señalaba con una Poké Ball— Los planes de Atlas serán frustrados y tú no saldrás de aquí. No permitiré que os volváis a salir con la vuestra.
—Sí, sí que voy a ir a la Torre Radio —El otrora líder de gimnasio se agachó para que su voz llegara mejor a los oídos de la entrenadora—. Y para ser exactos voy a ir a la Torre Radio de tu tiempo —Al ver la confusión de la joven Giovanni se alegró—. ¿Qué? No pongas esa cara. ¿Pensabas que era el Giovanni de esta época? El Giovanni de esta época hace un rato que salió en dirección a la Ciudad Trigal de aquí como hice yo hace un par de meses. Llegué tarde, pero llegué a tiempo para entrar en el portal que abrió Celebi junto a Atlas, y los dos nos hemos escondido aquí trazando un plan que nos permitirá recuperar el orgullo que perderemos hoy. Por su parte, la gran Elegida se quedará atrapada en su pasado porque no fue capaz de hacer su trabajo en el presente, ¿qué te parece? —Giovanni se puso de pie ante la mirada horrorizada de Lira y él le dedicó una última sonrisa—. Que la suerte te acompañe, Lira, porque la vas a necesitar. Arrivederci!
Una luz blanca comenzó a envolver a Giovanni y Lira sintió que los nervios se apoderaban de ella al darse cuenta de que si no hacía algo rápido se quedaría ahí. Trató de escalar la pared de tierra para acercarse al portal temporal pero cada vez que lo intentaba se resbalaba y caía de nuevo al fondo del cual parecía imposible salir; si el túnel por el que había caído no fuera tan estrecho habría sacado a algún pokémon para que le ayudara pero ahí apenas tenía espacio para respirar. En un último intento desesperado y haciendo uso de todas sus fuerzas saltó y se aferró a la pared mientras la intensidad de la luz alcanzaba su máximo y se llevaba a Giovanni a otro tiempo y lugar.
(LordFalconX: hola, ¡me alegra verte por aquí otra vez! Y me alegra que estés disfrutando estos capítulos, no fueron fáciles de idear ni de escribir, pero el esfuerzo mereció la pena. Espero que sigas disfrutando de Alma hasta el final, que ya tiene los caps contados y el epílogo se acerca cada vez más.
nadaoriginal: tranquilo, ya sabes que quiero mucho a los personajes como para dejarlos morir, a no ser... Apuesto a que como ya pasó tiempo desde la última vez que lo leíste ni recuerdas qué hay en la Torre Radio, agárrate bien fuerte porque es una sorpresa que nadie se espera (? Mil gracias de nuevo por seguir leyendo, en serio. Vi que me lo disjiste en el último comentario que me dejaste en el foro, pero como todavía no subo capítulo allí te lo digo por aquí. ¡Feliz año nuevo!
Hasta la próxima~
PKMNfanSakura).
