Este va para Paulys que sé que le gustan los pagafantas desquiciados.


Año 51 - Piruletas

Krista Zirell, 16 años

Distrito 8

"Mamá me dijo lo que debía saber. Demasiados caramelos pudrirán mi alma. Si ella te ama, déjala ir pues el amor acabará haciéndote mal."


Sabía que los chicos eran idiotas. Lo que no alcabzaba a ver, al menos hasta el día de mi cosecha, era cuanto.

Cox no me da miedo, es casi la única cosa que no me da miedo aquí, pero me irrita. Me irrita tanto que tiemblo de rabia sólo con sólo acordarme que se ha presentado voluntario para protegerme. Y pensar que en el distrito me caía tan bien...

A mi novio nunca le entró por el ojo y no entendía por qué. Siempre pensé que eran celos porque otro chico fuera amable conmigo, pero estoy empezando a pensar que podría no haber sido eso, quizá pudo ver la verdad detrás de ese chico servicial y atento.

Demasiado servicial. Demasiado atento.

—¡Krista! —grita flojito, buscándome en el camino del color del arcoíris.

Yo me escondo mejor tras el árbol, agarrando fuertemente mi tridente rosa chillón. Me ha encontrado antes y yo intenté escabullirme discretamente pero debe haberme perseguido. Es de noche pero hay buena visibilidad, el cielo es de un color morado oscuro, plagado de estrellas amarillas de cinco puntas que parecen recortes de papel. La luna está en su cuarto creciente y tiene ojos y boca. También lo tienen el sol y las algodonosas nubes.

Es la Arena más artificial que he visto, como sacada de alguna serie de dibujos animados.

—¡Aquí, aquí está! —grita un conejo color verde con un monóculo en el ojo el cual sale de la nada, mientras salta una y otra vez sobre sus patas traseras señalando el lugar en el que estoy.

Sí, los animales son mutos parlantes en este lugar. Una ira repentina me invade cuando me siento descubierta y entonces me descubro sin pensarlo dos veces para atacar al muto, que queda ensartado en mi tridente rosa mientras la sangre se escurre por sus heridas hasta el suelo. Y Cox está ahí frente a mí, observando el conejo empalado en mi arma. Mierda. Incluso prefería haberme encontrado otra vez con aquel lobo negro de ojos verdes.

Cox me observa de arriba a abajo, haciéndome sentir cohibida. Todas las tributos llevamos el mismo vestido de falda de vuelo y mangas farol con zapatos de charol, medias blancas y un lazo en la cabeza, solo que todas llevamos un color diferente. El mío es magenta. Lo mismo con los chicos. Cox lleva un pantalón azul y una camisa blanca bajo una chaqueta roja.

—Krista... —dice sonriendo, y yo me fuerzo a sonreírle de vuelta mientras miro su sable de color amarillo pollito y la cesta de mimbre llena de chocolatinas colgada del codo.

Extraño comer algo sustancioso, pero todo lo que nos han dejado los Vigilantes este año son dulces, caramelos, pasteles, refrescos y chocolatinas.

Nos quieren matar de caries. Menos mal que no soy diabética.

—Cox... ¿Cómo estás? —pregunto incómoda.

Quizá ya no sea capaz de evitarlo por más tiempo. Es un problema. Desde que salió voluntario me ha hecho sentir como que estoy en deuda con él. Yo jamás le pedí que hiciera esto. Odio sentirme así. Odio que se haya puesto en peligro así por mí.

—Ahora que por fin te he encontrado no podría estar mejor. ¿Por qué huíste de mí antes?

Pienso en algo que decirle y suene creíble a la velocidad de la luz.

—Yo... Pensé que...

Mi mirada baja hasta el sable, por alguna razón. Él parece darse cuenta.

—¿Pensaste que te haría algo? No digas tonterías. Si estoy aquí es para protegerte. Confía en mí, vas a ganar esto.

El comentario me perturba. La ansiedad aflora en mi pecho cuando pienso en que él va a morir por mí. En el Capitolio quise gritarle que había hecho una tontería, pero no tuve el valor. Fui evitándolo siempre, refugiándome en estaciones de supervivencia mientras él se iba a las armas, para aprender a usarlas y protegerme.

—Cox —comienzo a decir, buscando las palabras adecuadas, algunas que no suenen demasiado ingratas pero también que transmitan mi punto de vista—. No quiero que mueras por mí.

Mi hasta ahora amigo luce confundido, da un paso adelante y yo retrocedo casi por instinto. Él parece extrañarse ante el gesto.

—Oye, ya te dije que no me tengas miedo. No tiene sentido vivir si tú estás muerta. En cuanto tu nombre salió en la cosecha, este era mi único camino posible y no hay más que hablar.

Da otro paso, sonriendo y yo voy retrocediendo hasta que mi espalda choca contra el tronco de un árbol. El revés de su mano roza suavemente contra mi mejilla, el gesto me hace cosquillas. Denny me debe estar viendo ahora mismo. ¿Qué va a pensar cuando vea que le estoy dejando hacerme esto? Eso ya se pasa.

—Escúchame...

—¿Tienes hambre? Aquí tengo cosas de sobra para los dos.

Toma una chocolatina rectangular envuelta en un papel rojo con letras blancas y me la pasa. Yo la tomo algo insegura. La abro para aplacarlo y que no siga insistiendo, rompo uno de los finos bloques de galleta recubierta de chocolate y le doy un bocado. Está crujiente y sabe muy dulce, pero estoy ya tan harta de ellos que no lo disfruto como debería. Sobre todo por la forma en que los ojos de Cox están fijos en mi mandíbula mientras mastico.

—Cox, yo...

—También tengo bebida, por si tienes sed —dice, tomando una lata de refresco con dos naranjas en ella, una entera, la otra partida por la mitad.

—Estoy bien. Gracias. Mira, Cox. No debiste haberte presentado voluntario. Si te pasa algo por mí, no me lo perdonaré en la vida.

Él se ve confuso por un instante. Por el rabillo del ojo, en la otra punta del camino, veo que unos pingüinos han aparecido, nos miran mientras ríen pero no se nos acercan.

—Es algo que yo elegí, y es algo que tú mereces. Deberías apreciarlo más. Debió ser Denny quien se presentase voluntario por ti, pero no tuvo las agallas. Debe ser que no te quiere tanto como yo lo hago.

Abro mucho los ojos. No quiero gritarle, pero debo imponerme. Él se acerca más, es más alto que yo, y por primera vez me siento amenazada.

—Yo nunca le pediría algo así a Denny. ¡Ya bastante tuvimos con tener que separarnos sabiendo que muy probablemente no nos veamos más!

Siempre que me he puesto a pensar en él me he puesto a llorar al imaginar su sufrimiento, y lo que tendrá que pasar en el caso en el que yo muera aquí, pero esta situación es tan absurda que no siento ni las ganas.

—Es natural —comienza a decir, su mano se apoya en el tronco junto a mi cuello y él se inclina más y más—... Querer proteger a alguien con tu vida si lo amas.

Cuando sus labios están a escasos centímetros de los míos, le doy un empujón y escapo. Tengo miedo, y Cox luce ofendido. Más animales se acercan a mirarnos, todos ríen.

—¡Cox! ¡No puedes...! ¿¡Qué va a pensar Denny si te ve hacer eso!?

—¡Me importa una mierda ese imbécil! ¡No te merece!

Se me acerca otra vez, y sin pensarlo demasiado empuño mi tridente de púas ensangrentadas y lo apunto con él. El gesto me aterra más que otra cosa. Cox es mi amigo, y yo lo estoy amenazando. Tal vez se haya pasado, pero... ¿Justifica esto que haga el ademán de atacarlo? Él da un paso atrás, pero pronto sus ojos se clavan en mí, con una intensidad que no me gusta.

—Es... Mejor... Que tú vayas por tu cuenta y yo por la mía. Y que gane quien tenga que ganar. Por favor —suplico, pensando en una excusa—. No quiero tener que verte morir. No podría soportarlo. Eres de casa y...

—Pareces haber olvidado una cosa, y es que yo estoy tirando por ti mi vida a la basura —dando un paso, agarra la base del mango del tridente, me lo arrebata de un tirón y lo arroja al suelo, lejos de mi alcance—. Pero tú no pareces estar apreciándolo, perra ingrata.

Doy un grito de terror cuando el sable pasa muy cerca de mi hombro, el sonido del aire cortado resonando en mis tímpanos. Me echo a un lado y busco mi arma mientras él me persigue.

—¡No!

—Podríamos haber estado juntos unos días. No habrías encontrado a nadie más leal que yo —masculla con furia, está resoplando—. ¡Ahora vas a morir, y Denny va a ver como te mato!

Cuando por fin tengo otra vez el tridente en mis manos, me siento un poco más segura. No puedo creer lo que está pasando. Nunca pensé que tuviera que estar defendiéndome de él.

—¿Por qué...?

—¿¡Cómo que por qué!? ¡Porque me he dado cuenta que no te mereces a alguien como yo! —desvío su golpe con mi arma, a pesar de ser más larga, él tiene más fuerza y técnica, debe haber aprendido en el Capitolio un par de cosas—. ¡Te hubiera tratado como una princesa!

Los animales nos incitan, nos vitorean. El alboroto es ya demasiado. No quiero tener que hacer esto, pero cuando su sable roza mi brazo abriendo una herida que escuece como mil demonios, reacciono. Comienzo a temblar, y una fuerza que no se de dónde he sacado me posee. Cargo de frente y hundo mi tridente en su estómago.

No... ¿Qué he hecho? He herido a Cox.

Él cae al suelo, doblado, sujetándose el estómago en posición fetal. Rodeado de todos los caramelos y chocolatinas que se han volcado de la cesta. La extraña audiencia aplaude. Petrificada, dudo sobre lo que hacer. Le estoy causando sufrimiento. No puedo creerlo. No puedo...

—K-Krista... Ayúdame... —balbucea, escupiendo sangre—... No me dejes aquí tirado...

Doy un paso atrás. Luego otro. Los animales gritan a coro "no le ayudes, no le ayudes". Trago con dificultad.

—Lo siento. Mierda... Cox... Lo siento...

Odio ver como está sufriendo. Tal vez sea lo mejor, rematarlo y que deje de hacerlo. Pero no podría hacerlo. El instinto que hizo antes que lo atacara se ha ido. No puedo. No puedo matar a Cox.

—¡Krista, quédate conmigo! ¡No quise... No quise hacerlo! ¡No sé qué me dio! ¡Nunca quise hacerte daño! ¡Perdóname! ¡Perdóname!

Retrocedo más y empiezo a correr. El corte ya parece haberse taponado, pero la exposición de la carne abierta al viento fresco es increíblemente molesta y hace que el dolor resurja.

—¡Remátame! ¡Por favor! ¡No me dejes...! ¡No me dejes así! ¡KRISTA!

Aprieto los ojos con fuerza, sin mirar atrás. Hasta estar tan lejos de él que sus gritos dejan de oírse. Quizá mereciera que yo lo atacase, pero ¿agonizar así? Eso ya no lo sé. Refugiada tras unos arbustos, comienzo a llorar con todas mis fuerzas. Estamos en los Juegos del Hambre y ni siquiera tuve el valor de matar a alguien cuando mi vida se vio amenazada. Ni siquiera para librarlo de su sufrimiento.

Es entonces cuando sé que no voy a ganar esto.

Cuando me vengo a dar cuenta, el gran lobo negro de ojos verdes está otra vez ahí frente a mí. Me quedo muy quieta, y mi llanto cesa de repente. Me pregunto, si va a atacarme.

—Deja de lamentarte. Hiciste bien dejando a esa rata viva para que sufra —dice, en una voz profunda y grave abriendo las fauces para mostrar sus dientes—. Estás haciéndolo bien, Krista. Muy bien... Y lo harás aún mejor si te conviertes en una perra sanguinaria en lugar de la cachorrita blandengue que eres ahora.

Y comienza a reír a carcajadas. Mis nervios se crispan y le doy un golpe con el tridente. Pero pasa a través de su cuerpo, y el mismo se deshace como si fuera humo. Solo su risa permanece unos segundos más, junto a un par de ojos verdes que flotan en el aire, risueños, antes de desvanecerse.

Ningún cañonazo suena en el resto de la noche.


Canción: "Lollipop" de Mika.

La Arena está inspirada en el videoclip de Lollipop. La historia, en la letra de la canción, que lanza un mensaje a para tener cuidado en el amor y en quienes confiamos. Al final resultó en un yandere, para reforzar la idea de que en la Arena todo vale, pues lo más moralmente incorrecto que es matar se vuelve válido, y con ello todo lo demás. Lo dejé vivo porque pensé que era más grotesca la imagen de él agonizando, y porque pensé que algo así sería común, alguien atacando a matar, pero haciéndolo mal, y dejando al tributo ahí sin tener valor a rematarlo.

Los mutos en esta Arena solo están ahí para torturar psicológicamente a los tributos, no son mutos hostiles, aunque podrían serlo de ser necesario (aburrimiento de la audiencia etc).

Paulys, también me gusta la idea y me parece de lo más natural que un pro tenga un arma predilecta, aunque las sepa usar todas, por si en la Arena no está la elegida, que se haga experto en una en particular. Glimmer era más bien mediocre con el arco, aunque tal vez no era tan mala, pero comparada con Katniss sí. Me dio pena poner a Haymitch así tan decidido y valiente, sabiendo lo que le pasa después y como lo rompen. Me dieron ganas de escribir algo muy angst sobre él y todo jaja. xD Llevaba mucho tiempo queriendo ponerle voz a Maysilee.

Dani, la verdad una Maysilee vencedora también me habría gustado. Creo que hubiera sido una buena mentora, y fuerte también si el capitolio la deja en paz. Fue una pena que dejase a Haymitch ahí y cargase con lo que iba a ser para él. Al final, creo que los dos se arrepintieron, uno de quedarse y la otra de irse. Y Haymitch, seguro que él deseó haber estado en su lugar muchas veces. Gracias por lo del gore jajaja xD Antes no escribí nunca, este fic me hizo tomarle gusto a la casquería. Un poco. ;D Opal era una de esas divas que tanto me gustan, y sí, ella se creía especial. xD

Rebeca, muchas muchas gracias otra vez por todos esos reviews, como ya te los he ido contestando por privado, te contesto por aquí algo que me preguntaste una vez, pero no respondí y lo he tenido en la cabeza desde entonces. Mi plan era completar el blog de vencedores, y luego tal vez usarlos en otras historias, en SYOTS como mentores. Si es que hacía alguno. Quería tener la colección de mentores completa, pero me lié como una calabaza y lo fui dejando. Tengo que ponerme seriamente a hacer las cuentas sobre qué vencedores quiero en cada distrito antes de continuar. De momento tengo el blog de hiatus, hasta que no averigüe cuantos tributos por distrito en total voy a hacer. Usaré la idea de la Arena que me diste. :D

Bueno. Tenemos un vencedor "canon" en el siguiente capítulo. Aunque al pobre Collins nunca le dio un nombre, pero ya se lo doy yo. Me refiero a Misha del Distrito 6. El adicto a la morflina del vasallaje.

¡Gracias por leerme y hasta el siguiente!