Año 60 - Lunes triste

Elia Camaro, 16 años

Distrito 6

"Cuéntame qué se siente cuando tu corazón se vuelve así de frío (así de frío, así de frío, así de frío)."


El profesional del Distrito 2 pasa por la calle a unos cinco metros de mí. Lo espío por detrás del buzón en el que me escondo, moviéndome alrededor con mucho cuidado conforme pasa. Mis brazos y mis piernas tiemblan, casi paralizados, estoy casi segura que me va a ver de un momento a otro y todo va a terminar para mí.

Lo pierdo de vista unos segundos, los cuales uso para planear mi huída. Las pisadas del chico alto y delgado de cabello desprolijo se escuchan más lejanas. Hay una calle a mi izquierda. No sé a dónde da a parar ya que no conozco esta zona de la Arena. Me tomo un momento para encontrar el valor de moverme y me levanto despacio, apoyándome en el buzón. Me asomo una última vez y camino de puntillas hasta la calle. No me entretengo a mirar si el profesional me ha visto o se está alejando, en cuanto doblo la esquina, corro como nunca antes corrí.

Miro hacia atrás cuando voy por la mitad de la alta y angosta calle sólo para asegurarme que no me sigue nadie. Después doblo la esquina hacia el lado opuesto por el que venía el profesional y sigo corriendo hasta que me canso. Camino un trecho por la sombra de la soleada calle, intentando recuperar el aliento cuando otro holograma se activa.

El sonido del tráfico acaba con el silencio y yo comienzo a correr de nuevo. Durante los diez segundos de rigor, veo tráfico autos circular por la calle en ambos sentidos y personas caminando. Atravieso el holograma de una mujer con un carrito de bebé y el de una pequeña multitud que espera en la parada de un autobús.

Después vuelve el silencio y yo intento desmarcarme de la posición del ruido tan rápido como puedo. Corro hasta que las piernas me duelen y los pulmones me queman. Entonces un grito femenino muy cerca de aquí me deja fría por dentro.

-¡Ayuda...! ¡Ayuda!

Un cañón suena y mi primera reacción es meterme por la puerta más cercana. Sé que no debería meterme en un sitio que me dificulte el escape pero quien sea que esté ahí afuera ha matado a una chica. Otro holograma se activa mientras cruzo el local lleno de mesas redondas rodeadas de sillas. Escucho el bullicio de diferentes conversaciones, el repiqueteo de los cubiertos, veo camareros cruzando los pasillos cargados de bandejas y cuando me llega el aroma de la comida, mi estómago protesta. Odio recordar que lo único que me queda en los bolsillos de la chaqueta son unas cuantas galletas saladas y si me las como ahora no será suficiente para pasar el resto de días que me queden aquí.

Cruzo las puertas que dan a la cocina y nada más diviso la escalera, me lanzo hacia ella. Bajo corriendo hasta el sótano donde se activa otro holograma. Una pareja de un camarero y una camarera fuman a escondidas y critican a su jefe. En cuanto desaparecen, el aroma a tabaco lo hace con ellos y yo me doy cuenta en la ratonera en la que me he metido.

Me siento en un taburete a descansar. Misha ya me advirtió que no iba a ganar sin tener que matar, sólo escondiéndome hasta el final. Mi logica comienza a parecerme fallida, he sido la que mejor se ha escondido de todos. Muchos tributos han pasado cerca de mí y ninguno me ha detectado. Pensé que si dejaba a otros hacer el trabajo sucio, yo podría salir de aquí bien. Podría salir cuerda. Mi labio tiembla y una lágrima baja por mi cara.

Voy a morir. Yo podría ser la siguiente.

Me doblo sobre mí misma y sollozo. Ocho. Somos ocho. Si hacemos una evaluación de todos los tributos y hacemos un ranking de los más prometedores a los menos, eso significa que los menos aptos para sobrevivir ya han muerto. Si yo no soy la mejor, entonces estoy entre los siete restantes.

Mi corazón late a toda velocidad. Voy a morir.

Un ruido arriba me hace darme cuenta de que no quiero morir. No puedo rendirme. Me levanto y miro alrededor, buscando un lugar para esconderme. Hay una tarjeta enganchada a un acollador, parecida a las que usan en la fábrica para acceder a los almacenes donde guardan las piezas más caras. Busco en todos los rincones mientras escucho de fondo los pasos de alguien bajando las escaleras. El holograma de la pareja de camareros salta de nuevo. Al final de una hilera de estanterías hay una puerta enrejada que no se abre. Pruebo la tarjeta en el lector que hay en la pared. La luz sobre el mismo se vuelve verde y yo empujo la puerta, paso adentro y la vuelvo a cerrar.

Estoy en una bodega. Mientras paso al fondo y me escondo tras un barril, veo las botellas acostadas en cada hueco en la pared. Cuando tomo una veo que están llenas. Nos han dejado aquí alcohol, pero nada de comer. Nada en las cocinas o en las estanterías del almacén. Sólo cosas inservibles.

Aunque tal vez, la botella rota sirva como arma.

-¿Hola? -es la voz de un chico.

En lugar de contestar, me pego más a la pared, lejos de su vista. Veo su sombra alargada aparecer en el suelo entre el dibujo cuadriculado que proyectan los barrotes de la puerta. Escucho como intenta abrir la puerta a empujones, pero no puede.

-Te he visto meterte aquí -dice-. Ábreme, por favor.

Cuando no contesto, él zarandea la puerta otra vez.

-Por favor -repite en voz más baja-. Hay profesionales cerca... Los he visto matar a alguien ahí afuera.

-No -respondo-. Vete.

-Quizá si nos juntamos podemos con uno.

Estaba claro que no iba a poder esconderme por siempre. Al menos, no me ha visto ninguno de los peligrosos.

-No sé de qué iba a servirnos -respondo.

-¡Por favor! -la puerta vuelve a crujir y ahí temo que el escándalo vaya a atraer a alguien de verdad. Alguien que pueda romperla y alcanzarme-. ¡Sólo hasta que los demás tributos se vayan! ¡No voy a hacerte nada!

Me asomo y lo observo. Bajo, flaco, moreno, con pinta de crío sin edad de cosecha, pero cuya voz ya ha cambiado. El chico del Distrito 12 debe tener unos catorce años.

-Si te dejo entrar vas a callarte -digo y cuando camino hacia él, me aseguro de que no tenga nada escondido. Reviso su atuendo en busca de alguna pista-. Vacíate los bolsillos.

Él asiente y se abre la chaqueta, da la vuelta a sus bolsillos y veo que no tiene nada salvo unos guantes de lana y un puñado de dientes de león mustios.

-Puedo compartirlos contigo si quieres -dice, se mete una flor en la boca y la mastica.

Lo observo en silencio hasta que traga. Dios, de verdad se la ha comido. Sacudo la cabeza y presiono el botón que abre la puerta.

-Así es como se pieren los Juegos -murmuro para mí.

El chico se cuela y corre a sentarse al fondo.

-Gracias -dice.

-No te acerques a mí -digo, tomo una botella de vino y la agito en mi mano-. A tres metros.

-Pelton -dice mirando las botellas-. ¿Tú?

Me siento en lo alto de un tonel, considerando si contestar o no.

-Elia.

Pelton ríe.

-Seguro que Haymitch me compraría todo esto -dice y sonríe mirando las botellas, como soñando despierto con todo lo que podría comprar si se las vendiera al vencedor. Tan útil como Misha es ese Haymitch-. Ojalá pudiera llevármelo.

-¿No te lo piensas beber tú? -digo de broma.

-Sería un desperdicio -responde-. Nunca lo he probado. Aunque a mi mentor parece gustarle mucho.

-Sírvete tú mismo. Puede que sea nuestra última oportunidad -digo.

Abro una botella, le quito el corcho y finjo que le doy un trago. Pelton me imita, pero él bebe de verdad.

-Qué asco -dice-. Vaya forma de desperdiciar uvas perfectamente buenas.

-Algo debe tener cuando la gente paga buena mierda por esto -respondo-. Quizá haya que acostumbrarme.

Finjo dar otro trago. Pelton se fuerza a hacerlo también. Media hora después y con la botella vacía a su lado, el chico del doce se anda doblando de la risa. Miro hacia afuera, para asegurarme de que no hay nadie ahí. Menos mal que le dije que no hiciera ruido.

-De la otra parte de las montañas se puede ver el valle marrón -dice en voz alta.

-¡Shhh! -le chisto y él me imita con torpeza.

-Lo siento. Lo siento. Ahí es donde se tiran todos los residuos de la mina y baja un río. ¿Sí? Y el río... se junta con los residuos, pero la mayoría se estancan ahí y huelen mal en verano. Antes había casas ahí del otro lado, pero los bebés salían deformes y el gobierno las derribó. Había un niño que era de allí sin huesos en las piernas que su familia llevaba en carretilla a mendigar.

-Hm -murmuro asintiendo.

-¿¡Y crees que les dieron casas a esas familias!? ¡No! ¡No lo hicieron! -chilla.

-¡No grites! -mascullo y él se tapa la boca con ambas manos.

-Perdón -susurra y se apoya en la pared.

-Anda, ve a dormir un rato. Yo te despierto si pasa algo.

-¿Estás segura? -asiento-. Si hay que matar a alguien, llámame.

Exhalo con fuerza. Por fin un poco de calma. Ahora puedo volver a concentrarme en escuchar que no haya nadie ahí afuera. Al menos, tengo el holograma para comprobarlo y no lo he visto activarse desde que Pelton llegó. Lo observo dormir sentado en el taburete y cuanto más lo miro más me doy cuenta que no puedo dejarlo vivir. Pienso en marcharme y dejarlo ahí, pero sólo va a alargar más los juegos. Si voy a morir, prefiero hacerlo pronto. Si voy a vivir prefiero salir de aquí pronto.

Me quito el cinturón y me acerco de puntillas a él. Se lo paso por el cuello despacio, meto la punta por la hebilla y tiro del extremo. Después muerdo mis labios con fuerza y aprieto y miro al suelo porque no me atrevo a mirarlo a los ojos. Gruño y aprieto más cuando escucho su leve forcejeo y los sonidos de ahogamiento que brotan de su garganta.

El cañón suena y yo me voy de ahí. Subo las escaleras corriendo y salgo a la calle, incapaz de olvidarme de la forma que palpitaba el cuello del niño entre mis manos.

Qué fácil ha sido. Qué asquerosamente fácil.


Canción: Blue monday de New Order

¡Feliz año a todos! Dicen que el blue monday es el tercer lunes de enero y que es el día más triste del año. Para este fic me basé en un sueño que tuve sobre THG. En realidad era yo quien estaba ahí en la Arena y me inspiré en esas vivencias para escribir a Elia Camaro, la adicta a la morflina del Distrito 6 que murió asesinada por los monos mutados en el tercer vasallaje.

Dani - Pues ahora que lo mencionas, tienes razón. Qué tontería poner solo la inicial jajaja

kiko - Hola kiko! Me he equivocado en algo? Espero que no! Esta es mi lista de vencedores del año 55 al 60:

55. Cecelia

56. Beretta

57. Juniper

58. Dalla

59. Ravanni

60. Elia

Aunque recuerdo que Dalla va a cambiar pronto al año 53 (Claude) y Claude pasará al año 58. Lo haré cuando postee un par de capis más.

Stelle, el espacio de la cornucopia era muy reducido y los tributos estaban prácticamente codo con codo. Eso hizo que muchos huyesen del baño de sangre sin tomar nada. Las arenas de interior suelen ser ratoneras. Aunque es cierto que los momentos bonitos en la arena no duran mucho.

Para el año siguiente tenemos a Zinnia del Distrito 5. Ella estuvo en el tercer vasallaje también y murió por culpa del tsunami de las diez en punto.

¡Gracias por leer y hasta el siguiente!