Año 66 - Stevie

Glitch Verisign, 16 años

Distrito 3

"Stevie. ¿A dónde vas con esa pistola? ¿A quién quieres disparar? ¿A quién estás tratando de matar?"


—Aquí pasa algo raro —murmuro, cuando mi estilista me da mi vestido en pleno aerodeslizador—. ¿No nos van a madar al corral?

Wiress me ha hablado mucho del corral. Beetee también. De toda la ansiedad que se siente estando ahí abajo. Esos instantes de tu vida que podrían ser los últimos, pero donde conviene más que nunca no ser poseído por la histeria.

Miro la mascarilla de hierro que cubre la parte inferior de la cara de mi estilista, sus globos oculares completamente verdes con una línea horizontal en el centro se vuelven a mí. Entonces niega con la cabeza y agita más cerca de mí el uniforme. Ruedo los ojos y lo tomo. Hace rato que las ventanas se cerraron. Mis mentores me dijeron que pasaría cuando nos acercásemos a la Arena pero el aerodeslizador no está descendiendo.

—No me digas que nos van a tirar en paracaídas al baño de sangre o algo así —digo y chasqueo la lengua—. ¿Tenían que ponerse creativos los Vigilantes justo en mi año?

—No —dice mi estilista con esa voz de cyborg que le proporciona la mascarilla—. Vístete.

Desdoblo la tela y me doy cuenta que es un camisón. Un camisón largo con volantes de color blanco. Alzo una ceja mientras lo miro, recordando lo que Wiress dijo acerca de las pistas.

—¿Qué es esta, um, cosa? —pregunto, dándole la vuelta y viendo que tiene dos diminutas alas de ángel cosidas a la espalda—. Ya veo. La Arena no está a ras de suelo, está en las nubes.

Hay leyendas sobre edificaciones en las nubes. En la escuela nos mencionaron una vez sobre tecnologías perdidas. Plataformas sólidas que flotaban antes de que el mundo se fuera al infierno.

—Hm... —Me olvido de mi estilista y casi consigo olvidarme que estoy en los Juegos del Hambre a pocos minutos de la masacre—. Si se estuviera investigando se sabría... ¿Significa esto que lo están haciendo en secreto?

—Vístete —dice mi estilista.

La tela del camisón es muy suave, debe ser seda, tal vez, yo qué sé, dicen que es suave.

—Me pregunto cuántas cosas más nos ocultan —murmuro, frunciendo el ceño.

—Glitch. Vístete. Ahora —dice el tipo de quien ni siquiera sé su nombre y me hace consciente otra vez de lo cerca que podría estar mi hora.

Me dirijo al baño aún dándole vueltas.

—Y lo usan para la Arena —digo para mí—. Bueno... Tiene sentido. Si sale mal no es que pierdan mucho tampoco. Íbamos a morir de todos modos.

Tras cerrar la puerta dejo la ropa sobre el retrete cerrado y me desvisto.

—¿Cómo va a protegerme esta cosa?

Discutí sobre los diferentes tipos de uniformes y las pistas que nos podían dar con Wiress, pero me lleva un rato pensar en qué me podría beneficiar esto, dejando la estética angelical de lado. Cada vez están más tarados estos vigilantes, ya ni se esfuerzan en disimular. Me molesta que prefieran vernos lindos a que tengamos una posibilidad de sobrevivir, pero supongo que es literalmente el menor de mis problemas ahora mismo.

Me pongo el bóxer blanco y el sostén deportivo y después el camisón y las medias y me miro al espejo. Aún no me acostumbro a verme el pelo por encima de los hombros después de haberlo llevado tan largo por tantos años. El flequillo espeso que me dejaron los capitolinos no me queda mal, me veo diferente. Cuando salga de aquí, porque no me pienso morir vistiendo esta ropa tan ridícula, tal vez me lo deje. Algo le han hecho los capitolinos a mi pelo para que se vea más rubio, como cuando era pequeño y aún no se había empezado a oscurecer. Nunca fui presumido ni me preocupé mucho por esas cosas, pero cuando todo el mundo me empezó a decir lo mono que era, pensé que mejor me agarraba a eso.

Una cosita mona, para bien o para mal, pequeña, porque la genética no me obsequió con gran altura y que mata porque en cuanto le ponga las manos encima a un cuchillo, lo pienso usar. Ese soy yo.

Mi estilista se arrodilla frente a mí y me coloca unas sandalias correas con unas intrincadas correas.

—¿Estás listo? —pregunta al terminar, poniéndose en pie.

Yo lo miro a esos ojos raros y me encojo de hombros. El corazón me late a mil.

—¿Acaso importa? —respondo.

—No en realidad.

Jugueteo con mis dedos mientras me conduce a un cuarto vacío. Una escotilla redonda se abre en el suelo y un tubo emerge de ella.

—Entra —dice—. Mi trabajo ha terminado. Que la suerte esté de su lado.

Ni siquiera me despido de él cuando el tubo se cierra, acabando con todos los sonidos de ambiente. En el silencio, mi respiración parece ruidosa de más. Mi estilista se va. No es que se haya preocupado mucho por mí, más que para probarme modelitos como un muñeco así que no me importa su actitud realmente. Me da un vuelco el corazón cuando la plataforma se empieza a mover. Por un momento todo es negro. Negro y silencioso. Cada uno de mis suspiros parece hacer eco en ese pequeño compartimento. El suelo que estoy pisando parece encajarse sobre algo y después la cápsula se retira hacia arriba. Como un telón. La luz se comienza a filtrar y lo primero que veo es el pedestal de piedra. Después un suelo de piedra en bastante mal estado. Después objetos diseminados y la Cornucopia con una enorme estatua encima. Una mujer de cabello largo con un cetro casi tan grande como ella. Un ala de ángel y otra de diablo que la rodean como protegiéndola.

Miro hacia atrás y sólo veo una caída de cientos de metros cubierta por una fina niebla. El vértigo me sacude el cuerpo y vuelvo a mirar hacia delante. Estamos en la cima de una inmensa torre. Se puede bajar por la torre a juzgar por las dos escotillas que hay, una con una escalera de metal y la otra con una cuerda. También hay una escalera y una cuerda que suben hacia una especie de techo. No estarían ahí si la torre fuera el único camino pero visto que hay arcos entre las armas parece arriesgado subir.

—¡Damas y caballeros, que comiencen los Sexagésimo Sextos Juegos del Hambre!

Una voz robótica da la cuenta atrás y yo miro a los demás. Todos parecen estar nerviosos, incluso los profesionales. La mitad de nosotros estamos vestidos de ángeles y la otra mitad con un camisón oscuro exactamente igual. No parecen haber seguido ningún patrón para darnos los disfraces, o tal vez sí, porque estamos intercalados. Dos puestos más allá, la chica del Distrito 7 reza, ojos bien cerrados mientras sujeta algo en su mano. Yo hago justo lo contrario. Los observo a todos. Todos los objetos del suelo. La pequeña navaja cerca de mi pedestal, el cuchillo bastante más grande unos metros más allá, la posición de los profesionales y de los tributos fuertes. Todo. La huida está difícil, va a ser un baño sangriento.

Veinte segundos y yo respiro hondo, una y otra vez. Me tengo que alejar de aquí cuanto antes o me podrían empujar al abismo. Hay lugares donde aún queda algo de pared, pero no parece ser el caso de la zona donde estoy.

Me fijo otra vez en la chica del Distrito 7 que sigue rezando. Se va a morir. Es lo que se me pasa por la cabeza cuando la bola de madera en su mano se resbala, tal vez por el sudor y la intenta atrapar pero no lo consigue. La chica del Distrito 11 a mi lado da un grito y se encoge sobre sí misma. Yo me tapo los oídos pero sólo consigo amortiguar un poco la explosión. Mi zona se llena de humo para cuando el gong suena y yo me voy directa a la navaja. Esta estúpida cosa no tiene bolsillos. Cuando empuño mi arma, varios tributos cosechados se apartan de mi camino y yo me doy cuenta que se me ha olvidado todo el plan gracias a la estúpida del Siete.

Decido jugármela y sigo entrando, vigilando la posición de los profesionales e ignorando los chillidos y los cuerpos de los que ya empiezan a caer. Si les presto atención estoy muerto.

Hay una mochila cerca de mí y yo la tomo y me la cuelgo a la espalda. Entonces veo a dos chicas subir por la escalera de metal y eso me da una idea. Voy a subir yo también, ahora que la mochila me protege. Un profesional se pone el cuchillo en la boca y se va tras ellas. Yo lo imito. Me acerco a la cuerda que parece más alejada y más olvidada y me pongo a trepar. Lo probé en el centro de entrenamiento y me pareció fatigador pero ahora mi cuerpo lo está aguantando bien. Alguien me tira una flecha que se clava en mi mochila. Pierdo un poco el equilibrio y los nervios me retrasan pero pronto llego arriba y me alejo por una plataforma de nubes sólidas mientras dejo todo atrás.

Me quito el cuchillo de la boca y avanzo. La profesional no parece que vaya a seguirme sin embargo, le grita algo a su compañero, el que se ha ido tras la pareja de chicas pero él no parece interesado. Las chicas van a morir, al parecer, pero el tipo está distraído y yo me lanzo hacia él, pensando que mejor lo mato ahora que dejarlo vivo. Lo apuñalo y lo empujo fuera de la nube.

Después me vuelvo hacia las chicas dispuesto a matarlas a ellas también cuando una de ellas me sonríe.

—Gracias —dice y mi brazo se congela en el aire cuando veo sus lágrimas de felicidad—. Gracias por salvarnos.

No parece haberse dado cuenta de mis intenciones, a diferencia de la otra que me mira horrorizada.

—De nada, para eso estamos —digo, sin pensar y empiezo a reírme antes de salir corriendo de ahí entre nubes.

Siento que la chica me llama pero yo la ignoro y me alejo tan rápido como puedo.


Canción: "Stevie" de Kasabian.

Sí, tenía que hacer que el nuevo vencedor del D3 se cargase a un profesional o me daba algo. Glitch es el quinto vencedor del D3 y su mentora es Wiress. Ya era hora de que ella trajera a alguien. Creo que hice una vez esto de disfraces ridículos con una Arena vampírica. Esta Arena tenía la característica de que era más fácil conseguir provisiones. Es la primera de la lista de una "moda" de arenas de fantasía que empieza con esta "ciudad de las hadas del cielo" (no son ángeles y demonios como cree Glitch) y que consta de una aldea de las hadas, los jardines de las hadas y la torre, en cuya cima está en la Cornucopia. Cuanto más se baja de la torre más frío hace. Los vigilantes agregaron este detalle para ver como de dispuestos estaban los tributos a seguir bajando, tan ligeritos de ropa que van y resguardarse en el frío o no. Los pisos inferiores están cubiertos por escarcha incluso.

Sobre las provisiones, quedan a cargo de su custodia los tributos. Tanto las fuentes de agua como las de alimento. Glitch se valió de eso.

Dani, amo el drama pro por eso mismo jajaja me quedé con más ganas de escribir de esta edición pero no lo quería hacer muy largo, igual está más largo que de costumbre. Sólo para Finnick, porque es Finnick :D Gracias por siempre leer y comentar.

Stelle, sí estuve dándole vueltas a si debería ser voluntario o no, porque como dices que a esa edad no se tenga la cabeza amueblada puede pasar, pero Finnick no me entraba ahí y le quea guay a su historia de chico lindo sexualizado y consentido por el Capitolio. Y sí, es el mismo admirador, quería darle el toque obsesivo. Un saludo, espero que todo te esté yendo bien.

Paulys, Finnick conquista allá donde va, menos a Ametrine xd y bueno, lo tienen a cuerpo de rey ahí en la Arena por ser guapo y a los demás no. Me alegra saber que lo hice bien, estaba nerviosa ajaj gracias también por el comment :D

9 fics. La cuenta atrás jajaj. Augustus Braun el siguiente! Vencedor semicanon que no es de los libros pero apareció en Capitol Couture como el vencedor de los 67 juegos.

¡Gracias por leer!