Episodio 110: A stop in the arduous journey

- ¿Nisí Drakón?

Luis y los hermanos Belmont contemplaron atónitos a Loretta Lecarde mientras esta daba tranquilamente un sorbo a su taza de té, en la terraza de una de las numerosas cafeterías de la plaza Dauphine, tras soltar el órdago.

El viaje de los cazadores tendría un alto inesperado, retrasando sus planes de continuar la investigación en Aylesbury, donde habían recibido informes de la hermandad de que la actividad sobrenatural estaba aumentando a niveles preocupantes.

- La isla del dragón, para los profanos – Aclaró la anciana mientras bajaba la taza, con cara de estar disfrutando claramente su infusión.

- Ya, bueno… Hasta ahí llego – respondió Luis – Porque eso era griego ¿No? Estamos hablando de ESA isla del dragón ¿No?

Loretta asintió mientras Erik daba un bocado a su éclair, con seriedad.

- Teníamos el destino ya decidido y pensábamos comprar los pasajes esta misma tarde – articuló - ¿Por qué el cambio de planes?

- ¿Creéis que estáis en condiciones de afrontar cualquier amenaza ahora mismo? – respondió ella, rotunda, pero con la misma calma que antes.

Los tres jóvenes doblaron la cerviz. Habían pasado ya dos semanas desde su visita al hogar de los Lecarde, Claire Simons había abandonado ya el país incluso, y ellos seguían fielmente el programa de rehabilitación impuesto por Stella y Loretta, largo y tedioso, pero efectivo hasta cierto punto en el que se habían estancado. Sus cuerpos no parecían dispuestos a permitirles alcanzar una recuperación completa, por no mencionar las pesadillas y terrores nocturnos que todavía los asaltaban.

- No, está claro que no lo estamos – reconoció Simon después de atacar su batido de chocolate con un punto de licor, mientras abría y cerraba el puño, comprobando que sus tendones aún dolían al realizar esta acción – De algún modo, no somos capaces de llegar más allá.

- Eso es porque simple y llanamente no podéis, querido – confirmó ella – Habéis hecho todo lo que os hemos ordenado sin rechistar, sois unos pacientes estupendos, pero… este es el límite de nuestras habilidades como sanadoras, y de las habilidades naturales de vuestro cuerpo. Necesitáis ese pequeño empujón extra que sólo podéis recibir allí.

- Perderemos tiempo – objetó Luis después de tragar un mordisco particularmente grande de su croissant con chocolate.

- Y perderéis la vida si no recuperáis el cien por cien de vuestras capacidades – replicó Loretta de inmediato – Entended una cosa: No os estamos pidiendo que vayáis allí, os lo estamos ordenando; es parte de vuestra rehabilitación, y una necesidad si queréis continuar la búsqueda de Alicia Fernández – dio un nuevo sorbo a su taza de té, largo y lento – No tenéis elección.

Los tres cazadores callaron mientras seguían comiendo, aquella era una merienda ciertamente deliciosa, sin límite de gasto – en el centro de la mesa descansaba, además, una bandeja con pequeños bocaditos dulces que ellos habían seleccionado a placer, y de la que faltaba ya la mitad de su contenido – ni preocupaciones acerca del azúcar o las calorías consumidas, pero se les estaba agriando. Las prisas ya llevaban unos cuantos días acuciándoles, y saber que aún tendrían que esperar más no les hacía maldita gracia.

- Hay un par de razones más por las que queremos que vayáis allí – adujo la anciana, rompiendo el silencio y, al mismo tiempo, atrayendo la atención de los jóvenes – Algunos elementos que se encuentran allí y que mi hermana y yo hemos decidido que sois dignos de usar.

- No sé si es buena idea poner esperanzas en algo que ni siquiera conocemos – discutió Erik con cierto disgusto después de dar un sorbo a su café irlandés.

- ¿En serio? – replicó ella - ¿Ascalon es desconocida para ti?

La sorpresa del Belmont fue tal, que tuvo que hacer malabares para evitar que el pastelito que acababa de coger acabara en el suelo.

- ¿¡A-Ascalon!? – preguntó, con la voz casi en grito - ¿En serio? ¿¡Está allí!?

- Ascalon… - articuló Simon, pensativo - ¡Un momento! ¿¡Esa no es la espada de San Jorge!?

- El mandoble que mató al dragón que atemorizaba Silene… - añadió Luis

- Exacto – corroboró la anciana – La espada sagrada de San Jorge, que por su poder ha sido codiciada tanto por los guerreros de la luz como por las huestes de la noche, y cuyo último portador fue…

- Mi padre – la interrumpió el pelirrojo de inmediato – Schneider Belmont fue el último que blandió a Ascalon.

El menor casi se tira su bebida encima.

- ¿¡Papá!? – intervino - ¿¡En serio!?

- Creía que Schneider Belmont empuñó el Vampire Killer tras la caída de vuestro tío – infirió Luis, dando fin a su bollo.

- El Vampire Killer… uno de los Vampire Killer de la hermandad – se corrigió de inmediato Loretta – fue la última arma blandida por Schneider antes de su desaparición, así como lo fue para Selene la cruz sagrada de Oasibeth, pero antes de eso era conocido por haber usado Ascalon para erradicar toda una compañía de criaturas de una pequeña isla en la que estaban apostados, preparándose para atacar tierra – Loretta sonreía ahora con nostalgia, parecía disfrutar de este recuerdo – ¡Schneider Belmont, de los cien demonios! – rio – A Selene le encantaba presumir de la hazaña más que a él mismo.

- Tendré que pedirle que me dé más detalles sobre eso – apuntó Erik, ahora mucho más entusiasmado – Y diga, antes ha dicho "un par" ¿Cuál es la otra razón? ¿Qué más nos espera en esa isla?

La anciana recuperó la seriedad al escuchar esta pregunta. En silencio, apuró su taza y, cogiendo la tetera para rellenarla, miró a Simon de soslayo.

- El legado de Trevor Belmont.

Con un contenido bostezo, los hermanos Belmont se desperezaron mientras salían del pequeño hotel en que se hallaban alojados, de dos plantas – siendo la planta baja dedicada a recepción y restaurante – fachada amarilla y un toldo por cada ventanal. Luis, que los había dejado descansar adecuadamente en la habitación triple por la que habían pagado una noche, los esperaba fuera, disfrutando de la ligera brisa que corría por el pueblo de Areopoli.

Aún somnolientos, ambos hermanos sonrieron relajadamente al sentir el leve céfiro. Por debajo del clásico olor del almuerzo matutino se apreciaba un aroma a mar, matojos y tierra seca por el sol, el aroma propio de los pueblos mediterráneos.

- ¿Habéis dormido bien? – Preguntó el Fernández, que abandonó la pantalla de su teléfono para dirigirse a ellos.

- La cama un pelín dura – respondió Erik al momento – pero oye, de cojones.

- Yo estoy como nuevo – dijo Simon a su vez - ¿Llevas mucho esperando?

- Un par de horas, pero no os preocupéis. Todavía no os tocaba levantaros, y necesitabais descansar.

Antes de salir de Francia, los cazadores se habían aprovisionado de todo lo necesario para pasar una temporada en su nuevo destino, lo que por supuesto incluía ropajes. Luis estaba ataviado con unos pantalones de pesca veraniegos color terroso, de dos bolsillos por pernera, y una sencilla camiseta de tirantas verde ligeramente holgada que no hacía mucho por ocultar su esculpida musculatura; Erik lucía la camiseta ceñida azul que llevó a regañadientes en Barcelona y unos vaqueros pesqueros que combinaban mejor con ella que los horribles pantalones de chándal que vistió aquel día, y Simon una camiseta de tirantas blanquiazul junto con unas bermudas verdes; como con Luis, la camiseta no era especialmente pudorosa y dejaba su torso generosamente expuesto a miradas indiscretas, evidenciando además que su físico había ganado una definición considerable respecto al día en que partieron de Almería lo que, combinado con un cabello que había crecido hasta casi cubrir sus orejas, empezaba a alejarlo de su apariencia adolescente.

Lo único que los diferenciaba del clásico turista en su rango de edades eran las zapatillas deportivas que lucía cada uno, caros calzados a medida diseñados para movimiento libre y combate, con fuertes costuras, interiores acolchados y materiales impermeables. Los tres sabían que cualquier persona con dos dedos de frente llevaría un calzado más fresco en aquellas latitudes, así como sabían también que no estaban de vacaciones, y que el conflicto podía estallar en cualquier momento.

Por ello, en las pequeñas maletas que portaba cada uno estaban almacenadas, junto con el resto de sus atavíos y los caprichos comprados con el pago por sus servicios en la ciudad de la luz, sus pertrechos de combate: El látigo alquímico de Simon, la espada Salamander y el brazalete alquímico de Erik y la espada Yasutsuna y guante Agnea de Luis.

Los tres se desplazaron a un banco cercano y se sentaron. Tenían la sensación de no haber hecho eso en años pues, a pesar de su estado, el tiempo que les restó en París después de su visita a François y Elisabeth lo habían invertido siguiendo estrictos regímenes de ejercicio para su rehabilitación que habrían matado de agotamiento a cualquier humano corriente. Regresar de la muerte tenía un precio, y esa era la razón por la que se encontraban ahora allí.

Las vibraciones continuas del teléfono y el rápido teclear del español en la pantalla táctil llamaron la atención de los hermanos, que abandonaron por un momento su silencioso relax.

- ¿Esther? – preguntó Erik, sabiendo la respuesta de antemano.

- Sip. Os manda saludos, dicho sea de paso, tanto de su parte como de mis padres. Ya nos estamos despidiendo de todas formas – añadió – Es casi la hora de que aparezca nuestro contacto.

Había una razón específica por la que se encontraban en el pequeño Areopoli: Su nuevo destino, la Isla del Dragón era uno de los lugares de poder más férreamente custodiados por la iglesia, una localización que no aparecía en los mapas y a la que sólo sabían acceder unos pocos privilegiados, incluyendo su guardián. Simon, Erik y Luis no podrían completar su rehabilitación sin pisar ese lugar, y para ello habían quedado en aquel pueblecito con un contacto designado, que sólo reconocerían cuando tuvieran delante.

Para Luis, aquello era normal, para Erik, era completamente innecesario, para Simon, alguien había visto demasiadas películas de espías.

El saludo enviado por la novia de Luis los retroatrajo a la llamada que tuvieron con Adela Fernández: Una bronca de casi media hora donde la mujer – sin dejar de profesarles afecto, todo había que decirlo – los puso finos por su temeridad. Luis sabía más o menos capear el temporal ¿Ellos? Solían quedarse paralizados mientras aguantaban el vendaval.

Y ahora que se habían acordado de ella, tenían la impresión de sentir su presencia justo frente a ellos, fuerte, enérgica y poderosa.

- ¡Vaya! ¡Me largo del continente unos años y os encuentro hechos unos hombretones!

Los tres jóvenes se sobresaltaron, Luis guardó el teléfono de golpe y Simon y Erik se pusieron firmes. Rápidamente, miraron al origen de la voz, la cual desconocían, para encontrar a una mujer alta y esbelta, de ojos color ámbar, boca mediana de labios finos y cabello rubio pajizo ligeramente ondulado, largo hasta los omoplatos, cayendo sobre su hombro como una brillante cascada dorada. Vestía una camisa de colores desenfadadamente anudada en uno de sus costados y una falda estilo pareo, que no conjuntaban de ningún modo con su bolso rojo de mano. La pamela de paja que cargaba en su cabeza, que jurarían haber visto en una de las tiendecitas del pueblo, les hizo sentir un poco de vergüenza ajena.

Su vientre levemente abultado hacía ver que estaba encinta, pero decidieron no comentar nada.

- ¿Quien…?

- ¡Vengaaaa! – protestó la recién llegada - ¿Me estáis diciendo que os habéis olvidado de mí?

Los tres afinaron la vista, y no fue hasta que Luis reconoció en su rostro algunos de los rasgos de sus padres cuando, relacionándolo con su fuerte presencia, la identificó.

- ¿Luisa Belnades? – preguntó el español finalmente, extrañado - ¿Usted es nuestro contacto?

Como para confirmar el hecho, la sonrisa que ya portaba la mujer se acentuó considerablemente y, al mismo tiempo, su presencia creció de forma desmesurada mientras, para sorpresa de los tres, adquiría cierto tinte sagrado.

Aquella mujer parecía estar hecha de una pasta muy diferente a Malaquías.

- ¡Correcto! – sentenció enérgicamente – Estoy aquí por expresa petición de Juanjo, y seré yo quien os conduzca ante el guardián de la isla ¡Tenía muchas ganas de veros!

Escoger personalmente al contacto era algo muy propio de Juanjo y Adela.

- ¿Una Belnades? – Cuestionó Simon rápidamente – Los Belnades y los Fernández están en guerra, no creo que…

- Sólo con Malaquías y sus seguidores – lo corrigió su hermano de inmediato – No con el clan en pleno.

- Según mamá – lo interrumpió Luis – Debo mi nombre a Luisa Belnades, así que puedo imaginar que es usted de confianza.

Con estas palabras, el español se levantó y los Belmont lo siguieron. Ahora que estaban de pie pudieron ver que la recién llegada no sólo era poderosa, si no también alta: A medio camino entre Erik y Luis, pero sus suaves líneas evidenciaban que se encontraban frente a una hechicera pura y dura, algo a lo que no estaban acostumbrados, por lo que les resultó algo desgarbada.

- Lo soy – aseveró ella, después de observarlos de arriba a abajo – Y por dios ¡Tuteadme! Ya no sois unos donnadies, no creo que los héroes de París me deban un especial respeto – ninguno de los tres cazadores ocultó su sorpresa ¿Los héroes de París? ¿¡Qué noticias estaban corriendo por la hermandad!? – Además, echo de menos cuando me llamabais Tita Luisa.

Para sus adentros, los tres muchachos se prometieron no llamarla jamás Tita Luisa.

Elementos vergonzantes aparte, según la escuchaban reconocían más y más a aquella mujer, una presencia bulliciosa y amigable que aparecía por casa de los Fernández una vez cada mes o dos meses y solía jugar con ellos, ayudarlos con sus tareas y traerles dulces y regalos de otros países, hasta que un día, hacía unos siete años, simplemente desapareció. Tal y como quedó patente en la ciudad condal, Luis nunca supo que era una Belnades.

- ¿Podríamos dejarlo en Tía Luisa? – negoció Erik – Ahora que más o menos empiezo a acordarme creo que puedo dejar a un lado las formalidades.

- Por mí, conforme – concedió ella – Simplemente no me tratéis de usted, no soy tan vieja ¿Vamos saliendo? El guardián os recogerá en la playa de Diros. Tengo que hacer un pequeño recado de camino si no os importa ¡A cambio os invito a comer!

Aceptando la invitación, la acompañaron hasta las afueras de la aldea donde había aparcado un flamante deportivo que la mujer desbloqueó con su llave inalámbrica, abriendo además la capota en el proceso. Una vez se hubieron subido y acomodado – Luis quiso conducir, pero ella se negó en redondo - tomaron el camino más cercano en dirección oeste, hacia la costa.

- Estás montada en el euro ¿Eh, tía? – Comentó Luis, haciendo un considerable esfuerzo por recuperar la familiaridad - ¿Dónde demonios te has metido en este tiempo?

- Abandoné el clan – explicó ella – No iba a llegar a ningún lado quedándome en Barcelona, al menos no bajo el yugo de mi padre. Un día me fui a una misión a Japón y ya no volví ¿No os dijeron nada esos dos? – Preguntó, en referencia a Adela y Juanjo.

- Nuestra vida ha sido estudio y entrenamiento – explicó el pelirrojo – No creo que lo hayan hecho a posta, simplemente no hubo tiempo.

- En fin… ¡Ponedme al día! – solicitó – Supe de la desaparición de Alicia por parte de Juanjo, pero me he perdido casi diez años de vuestras vidas ¿Cómo habéis estado?

Durante el corto pero lento viaje en coche, los tres muchachos contaron a Luisa lo acontecido en los últimos años, la mujer felicitó a Simon por ganarse el corazón de Alicia y regañó apropiadamente a Luis por casi echar a perder su relación por su excesivo respeto a las normas de la hermandad. Cuando llegó el turno de hablar de la vida romántica de Erik, este, en lugar de responder inmediatamente que no tenía tiempo o interés en ello como solía hacer, trastabilló y cambió de tema con rapidez.

- Y ¿Qué es eso de reventar dos exámenes de ascenso seguidos, Simon? – preguntó, con aparente curiosidad – Son meras formalidades que creo que podrías superar sin problemas. Una vez hecho no tienes que volver a pasar por ello.

El aludido se cruzó de brazos y se hundió ligeramente en su asiento.

- Quiero vivir una vida tranquila – respondió - ¿Tienes idea del tiempo que pasan estos – señaló con la cabeza a un lado, a su hermano, aunque estaba claro que se refería también a Luis - en casa entre misión y misión? ¡Es un milagro si llega a tres meses! Erik terminó el bachillerato de ciencias con unas notas tirando a bajas, y ya sabes lo listo que ha sido siempre. Prefería ser un novato toda la vida a estar atado a la hermandad y poder volver apenas a casa.

El tiempo pasado de su última sentencia dejaba claro que algo había cambiado, cosa que no se había escapado a su hermano y al Fernández.

- La vida del cazador es una vida de sacrificios – comentó la mujer, seria – Más aún si perteneces a una familia de renombre como los Belmont o los Belnades. Te entiendo perfectamente, pero… - echó la vista completamente atrás, mirándolo a los ojos – si la recompensa es el poder para proteger a tus seres queridos, vale la pena intentarlo ¿No crees?

- ¡TÍA LUISA, EL VOLANTE!

Luis se abalanzó hacia los mandos del coche con el fin de agarrarlo y evitar estamparse contra el grueso árbol que tenían en frente, pero la mujer, sin inmutarse, dio un suave volantazo y esquivó el obstáculo como si nada.

- ¿¡Os ha gustado!? – preguntó, riendo y devolviendo la vista al frente - ¡Prácticamente tengo ojos en la nuca!

Los tres muchachos sintieron la tentación de provocar un accidente allí mismo, pero algo les decía que las víctimas mortales serían ellos.

Aún pasaron unos minutos más hasta que arribaron a una de las numerosas capillas dedicadas a Agios Sozon a lo largo de la costa del país, al llegar allí Luisa aparcó y, tras indicar a los jóvenes que no hacía falta que se bajaran, entró en ella para salir, a los diez minutos, con un paquetito que guardó en su bolso con rapidez.

- ¿Y eso? – preguntó el Fernández con curiosidad.

- El recado – aclaró – un pequeño paquetito que les pedí que recogieran ¡Trabajar para la iglesia tiene sus ventajas!

Erik frunció el ceño y pareció a punto de decir algo, pero una rápida mirada de Luis lo detuvo, no obstante, la hechicera se apercibió de ello y continuó hablando.

- Soy una agente libre – añadió, mientras se sentaba al volante – no le debo nada a la iglesia, la hermandad o ninguna otra organización ¡Pero ellos sí me deben a mí! Hay tareas que sólo una hechicera sin ataduras puede cumplir.

- Eres mercenaria entonces – dedujo el pelirrojo - ¿Cazarrecompensas?

- No realizo trabajos al mejor postor ni acepto encargos de forma indiscriminada – para lo que eran los cazarrecompensas de cara a los cazadores, Luisa se lo tomó bastante bien, respondiendo incluso con una sonrisa de orgullo mientras arrancaba el coche – Ya lo he dicho: soy un agente libre, disponible para una serie de organizaciones, mi magia está al servicio de la luz, no de quien pague por ella.

Y con estas palabras, se encaminaron a la playa de Diros, pero antes tomaron un desvío hacia un restaurante cercano, con fachada de piedra y teja, ventanas y puerta de aspecto rústico, con el exterior lustrosamente adornado por altas macetas. Era demasiado tarde para desayunar y demasiado temprano para almorzar, pero aun así les sirvieron, y entre bebidas, viandas y risas compartieron anécdotas e impresiones, recuperando buena parte de la confianza que una vez tuvieron con su tía.

La conversación además fue fructífera en otros sentidos; después de un pequeño desliz de Luisa los muchachos le hicieron saber que tenían conocimiento de la relación incestuosa de Juanjo y Adela y no les importaba en absoluto, ésta a cambio les hizo saber que la noticia sobre la batalla entre Juan José y Malaquías había salido de los muros de la sede del clan, pero al ser interrogado por ello Rafael negó rotundamente haberla filtrado, lo que dejó en el aire la incógnita de quién podría haber sido el responsable. También dejó caer que quienes habían apoyado en su día la causa del matrimonio Fernández habían empezado a moverse, tras veinticinco años de silencio, pero ni una palabra de por qué o para qué.

De vuelta al coche, Luis sacó algo que llevaba un rato queriendo mencionar.

- ¿Y no eres un poco mayor para estar embarazada? – inquirió - ¿Cuándo sales de cuentas?

A ojo de buen cubero, Luisa debía ser unos tres o cuatro años mayor que sus padres, aún activa como ya se había hecho patente, por lo que estaba tan bien conservada como ellos, pero indudablemente por encima de la edad recomendada para tener hijos.

- Oh ¿Lo has notado? El año que viene – respondió ella mientras daba el contacto – Qué te voy a decir… Quise vivir mi vida todo lo que pude y mi entonces novio estuvo de acuerdo en esperar. Por fin me siento lista para traer una nueva vida al mundo, estoy satisfecha.

- ¿Habéis pensado algún nombre? – preguntó Simon con interés.

Mientras soltaba el embrague con suavidad, Luisa elevó la vista al cielo, pensativa.

- Seguramente nazca en invierno – lanzó al aire – así que hemos pensado en algo como Yuki, o Yoko…

Yuki, nieve, y Yoko, cristal, eran nombres que los tres vieron hermosamente apropiado para una criatura que nacería en la estación de los hielos.

Dicho esto, emprendieron el camino, esta vez sí, hacia la playa de Diros.

El camino fue corto y silencioso, habiendo quedado todo, al menos por ahora, ya dicho, y cuando llegaron Luisa se aseguró de estacionar lo bastante cerca de la línea de playa como para no hacer cansino el camino a esta.

Una vez allí, tanto los muchachos como la Belnades disfrutaron de la brisa marina, y se maravillaron con el agua cristalina y las enormes piedras blancuzcas – un pelín más grandes que el puño de Luis, lo cual era decir bastante – que cubrían la arena en el punto en el que esta se encontraba con el agua.

El punto donde habían arribado era una cala solitaria entre arrecifes, la playa en sí no parecía demasiado concurrida, pero aquella cala aislada parecía ser donde se encontrarían con el guardián de la isla del dragón. Desde su posición podían ver la entrada a la famosa cueva de Diros, que Erik manifestó querer visitar cuando todo hubiera terminado, ya que era un lugar que le fascinaba.

Al cabo de unos veinte minutos, la Belnades echó mano a su teléfono para darse cuenta de un pequeño detalle sin importancia.

- ¡Lo siento, chicos! – se disculpó, apurada - ¡Hemos llegado una hora antes!

Luis y los Belmont la miraron fijamente durante unos segundos y después ahogaron una carcajada. Bueno, tampoco es que se estuviera tan mal allí, podían pasar una hora disfrutando de la tranquilidad.

- A bien que no tenemos nada que hacer durante un rato, me gustaría pediros un favor.

- Claro – respondió Erik a esto – Dinos…

- Simon – la mujer miró al menor de los hermanos con seriedad - ¿Podrías prestarme tu látigo un rato? Me gustaría echarle un vistazo

El muchacho alzó la ceja ¿Su látigo? Más allá del valor sentimental, el látigo parental – como extrañamente lo había bautizado Stella Lecarde – no tenía, o parecía tener, nada de especial.

- ¡No pongas esa cara! Estás pensando que es un mero látigo alquímico sin nada de especial ¿Verdad? – sonrió, la súbita expresión del Belmont indicó a Luisa que había dado en el clavo – Dime ¿Cómo trabaja con tu aura?

Simon se quedó atónito de repente. No había pensado en ello. Desde la primera batalla… no, desde el primer minuto, el látigo había aceptado y asimilado su aura de forma natural, al punto de hacerlo sentir como una extensión de su propio cuerpo. Al ser la primera arma de cazador que tenía en sus manos, lo había tomado como algo normal.

Al manifestarle esto a la Belnades, su sonrisa adquirió un notable cariz de satisfacción.

- ¿Podríais hacerme el favor de sacar vuestras armas los tres?

Sin cuestionarla un segundo, los tres cazadores abrieron sus maletas y obedecieron, deshaciéndose Erik y Luis de las improvisadas fundas que camuflaban sus Yasutsuna y Salamander.

- Desenfundad las espadas – les ordenó – y transferid vuestras auras a la hoja. Con una pequeña cantidad bastará. Simon, quiero que prestes atención.

Obedeciendo, el Belmont y el Fernández incendiaron levemente sus energías e infundieron las espadas con ellas. Los resultados fueron tan espectaculares que incluso ellos se sobresaltaron, con Salamander emitiendo una gigantesca llamarada, y Yasutsuna inflamándose en un estallido de chispas eléctricas.

El muchacho los miraba a ambos, confuso, mientras Luisa caminaba entre ellos, observándolos.

- Ahora – prosiguió – es posible que estés pensando que esto es normal, que Yasutsuna y Salamander son armas especiales con su propio poder y seguramente reaccionen de forma adversa al recibir una inyección de energía ajena – lo cierto es que no, no lo hacía, no dudaba de que Adela o Juanjo habrían intentado instruirlo en esta lid, pero probablemente no hubiera prestado atención, convencido como había estado siempre de que no necesitaría conocimiento sobre cualquier otra arma que no fueran los látigos – Chicos ¿Podéis prestármelas?

Dubitativos, tendieron sus espadas a la hechicera, que las empuñó y sujetó, una en cada mano; apenas unos segundos después, las hojas emitían un potente fulgor azul eléctrico y rojo brillante respectivamente, haciéndose patente con rapidez que Luisa les estaba transfiriendo energía eléctrica a la Yasutsuna e ígnea a Salamander.

Aún sin tener en cuenta lo impresionante del hecho de que estuviera produciendo energías de dos elementos distintos al mismo tiempo, ni Erik ni Luis fueron capaces de ocultar su sorpresa.

- Siempre necesito moldear mi magia concienzudamente para poder usarla con la Yasutsuna – manifestó Luis – y no puedo hacerlo con tanta fineza, normalmente no consigo contenerla en la hoja mucho tiempo.

- ¡Yo no soy capaz directamente! – reconoció Erik, avergonzado – Hace tiempo que simplemente estimulo la espada para extraer su propio poder.

Con una sonrisa teñida de cierta condescendencia, la hechicera devolvió a los muchachos sus armas.

- Simon, hijo – indicó – Tu turno, si eres tan amable.

Como llevaba haciendo desde que recibió el látigo de manos de Erik, el joven Belmont incendió su aura y transfirió un poco de esta al arma que, aún enrollada, empezó a refulgir casi al instante con tímido brillo blanco.

Parecía un proceso relativamente normal, pero el muchacho abrió la mano para desenrollarlo y, al instante, el cuerpo del látigo cambió por completo, pasando de ser un entrelazado de tiras de cuero negro a un haz de luz líquida, lo que se hizo notable cuando la punta golpeó el suelo y el resto del arma lo siguió en cascada.

Erik y Luis no ocultaron su sorpresa en absoluto, nunca habían visto nada semejante, incluso Luisa Belnades parecía algo desconcertada.

- ¡Ooooh! – exclamó, mientras se acuclillaba para examinarlo con un poco más de detenimiento – Interesante…

Por su parte, los dos mayores se dieron cuenta de que incluso Simon no parecía entender lo que estaba ocurriendo.

- ¿Pasa algo? – preguntó Luis.

- Sí, eh… - el muchacho alzó el arma hasta tener la empuñadura al nivel de sus ojos - ¿Cómo decirlo? Normalmente no adopta este estado, es algo más… sólido. Ahora mismo me transmite la misma sensación que cuando pongo todo mi poder en él, como cuando la muerte interrumpió mi combate contra De Rais, o cuando – tragó saliva – lancé el último golpe contra Millarca. Pero – añadió – Ni siquiera me estoy concentrando…

- O sea – concluyó Erik – ¿Has alcanzado un estado superior de aura?

- Y el látigo está reaccionando a ello – agregó Luisa – Interesante… ¿Me dejarías revisarlo? Tengo curiosidad.

- Uh… claro – El joven Belmont tendió el arma, que mágicamente pasó a ser un látigo de cuero negro trazando apenas abandonó su mano a la mujer, que lo empuñó y enrolló con un brillo de entusiasmo en la mirada.

- Este látigo – explicó, aparentemente tratando de justificar su interés – fue construido por Selene Serenitee y Schneider Belmont con la asistencia del clan Belnades… A través de Juanjo, claro. Empezaron a desarrollarlo contigo todavía en el vientre de tu madre, Simon, siempre estuvo planeado para ti, por eso acepta tu aura con naturalidad. Como hechicera, tengo un gran interés en él.

- Entiendo… - de algún modo, al muchacho le inspiró una gran calidez saber que su arma había empezado a ser construida cuando su madre aún estaba encinta, hacía que ser su propietario fuera aún más especial – No tenemos nada mejor que hacer, así que mientras vienen a por nosotros es todo tuyo.

Tendió el arma a la mujer y, al cambiar de manos, volvió a su estado normal.

- De todas formas – continuó antes de que Luisa se alejara para concentrarse en el látigo – no creo que la forma que ha adoptado ahora en particular tenga nada que ver con que mi aura haya evolucionado. La batalla de Nôtre Dame nos dejó ciertas… secuelas, por eso nos envían a esa isla.

Luisa asintió.

- Aún así, estoy segura de que el látigo está diseñado para reaccionar de esa forma a algún estado de tu aura, Simon – sonrió – Ahora, si me disculpáis, voy a echarle un ojo. No tardaré.

Con estas palabras, Luisa Belnades se alejó de ellos un poco para, acto seguido, preparar con las piedras del lugar y la arena lo que parecía un espacio adecuado para el que fuera el procedimiento que iba a realizar – Luis en particular reconoció alguno de los patrones y escrituras utilizadas, pero no comentó nada al respecto.

Mientras tanto, los tres muchachos se sentaron en la arena y procedieron a realizar los ejercicios de meditación que Loretta y Stella les habían enseñado; junto a sus auras podían sentir, fluctuante, la magia de la Belnades mientras experimentaba con el látigo, pero ellos mismos eran, como llevaban siéndolo ya unos cuantos días, incapaces de realizar ningún avance sobre sí mismos.

Sus auras seguían inestables, tempestuosas e incompletas. La de Simon se manifestaba intermitentemente como la luz de un fluorescente roto, la de Erik era tan violenta que le hacía sentir cierto dolor físico, y Luis era incapaz de controlar su flujo correctamente.

No obstante, siguieron intentándolo, ni el menor de los Belmont ni el Fernández eran capaces de olvidar sus derrotas frente a Sapphire y Millarca, y el pelirrojo seguía afectado por haberse visto obligado a recurrir a tácticas suicidas para destruir tanto a De Rais como al demonio inocente, sacrificando además la vida de Claire en el caso de este último.

Su estado de humor había mejorado, pero sus almas seguían presas de la impotencia, la culpabilidad y la frustración.

Pasó cerca de una media hora hasta que Luisa los interrumpió, sacando a cada uno con delicadeza de su estado de concentración, y ayudándolos a levantarse.

- ¿Meditación? – preguntó, curiosa, mientras devolvía el látigo a Simon.

- Si… - Luis suspiró con irritación – las Lecarde nos enseñaron técnicas para reencauzar nuestras auras después de… Pero no progresamos – gruñó.

- No es nada fácil – repuso Erik mientras masajeaba su brazo para aplacar el dolor – esto habla de lo mucho que pusimos en juego aquella noche.

Simon no decía nada, pero en sus ojos se reflejaba una incipiente frustración.

- ¿Qué ha encontrado? – preguntó a la mujer, tratando de distraer su mente - ¿Qué le parece mi látigo?

- Oh ¡Es una obra de arte! – exclamó, entusiasmada – No me extraña que su elaboración llevara varios años, es una de las piezas de ingeniería mágica y alquímica más complejas que he visto en mi vida. Es increíble… hasta qué punto Selene planificó y plasmó sus ideas en él.

- ¿Has averiguado algo de su naturaleza? – intervino Luis esta vez, curioso.

La sonrisa de la Belnades adoptó un cariz de incredulidad, ella misma parecía no creer lo que estaba a punto de decir.

- Ese látigo – respondió – tiene el potencial de convertirse en el sustituto del matavampiros.

La reacción de los tres muchachos, con ojos como platos, hizo patente que ellos tampoco terminaban de creérselo.

- Espera ¿¡En serio!?

- ¿¡El matavampiros!?

Pero Erik sujetó su lengua mejor que los otros dos, echándose a pensar después de la sorpresa inicial.

- El potencial… - articuló al cabo de unos segundos.

- Así es – afirmó ella – he podido encontrar glifos e inscripciones ocultas a lo largo de toda su estructura, pero algunos de ellos no sirven absolutamente para nada, ni siquiera he conseguido activarlos a la fuerza ¡Pero los he reconocido! – puntualizó – Si los hechizos que contienen llegaran a activarse… tendría el poder de barrer a cualquier hijo de la noche.

- ¿Y qué haría falta para activarlos? – inquirió Simon, curioso y, en cierto grado, entusiasmado.

Luisa desvió su mirada al látigo, que descansaba en la mano del muchacho.

- No lo sé – admitió – algunos de esos hechizos y fórmulas alquímicas se activan con tu aura, la refinan y transforman en puro poder sacro, pero otras… Sabe dios en qué estarían pensando vuestros padres.

El muchacho suspiró y miró el arma, que mantenía empuñada y enrollada en su mano. A nivel personal, sabía que era especial, pero ni en sus sueños más salvajes habría imaginado que lo era tanto. No obstante, saber que estaba incompleta era al mismo tiempo emocionante y decepcionante.

¿Y si nunca llegaban a encontrar los elementos faltantes?

No le gustaba la idea de no poder extraer todo el potencial de la herencia dejada por sus padres.

- No creo que tengamos el lujo de preocuparnos por eso ahora, en todo caso – intervino el pelirrojo con una sonrisa resignada – volver a estar cien por cien operativos es nuestra prioridad actual.

- Precisamente – respondió Luisa a esto – vuestro destino es la isla del dragón, y allí reside una de las reliquias de vuestro clan.

- El legado de Trevor… - recordó Luis.

- Ajá

- ¿Qué cojones es? – aprovechó para preguntar – porque las Lecarde no quisieron soltar prenda.

- ¡No tengo ni idea! – rio la Belnades, para decepción de su sobrino – pero de eso quería hablaros. Las viejas os sugirieron haceros con Ascalon y el legado de Trevor ¿Verdad? – los tres jóvenes asintieron - ¡Hacedlo! Quizá obtengáis alguna pista sobre cómo despertar el poder del látigo.

No parecía que tuvieran más remedio de todas formas, por lo que simplemente asintieron y la conversación se desvió hacia otros derroteros hasta que, por fin, llegó el momento de la despedida, y Luisa pidió a su sobrino que la acompañara al coche para, en principio, recoger el resto de sus pertrechos, que habían quedado entre los asientos.

Cuando ya parecía que la despedida era definitiva, sacó su bolso de mano de la guantera y extrajo de él el libro que había parado a recoger en la capilla, entregándoselo a Luis.

- ¿Y esto? – preguntó después de aceptarlo, extrañado.

- Un pequeño regalo de tu padre, lo envió directamente para acá cuando me pidió que fuera vuestro contacto.

Curioso, el Fernández lo ojeó, no tardó mucho en reconocer tanto la letra manuscrita como su contenido: Las hormiguitas cursivas de Juanjo Fernández, dando forma a un tratado que contenía lecciones de la magia de los Belnades.

- ¿Qué demo…? Tía Luisa – se dirigió a su tía con semblante serio – Mi padre sabe que no tengo ninguna intención de practicar magia ¿Verdad?

- ¡Por supuesto! – respondió ella, sonriente – ¡Tanto como sabe que echaste mano de la magia de los Belnades en Nôtre Dame!

El muchacho bufó ¡Esas malditas vejestorias…!

- Luis, mira – prosiguió, con el semblante más serio que había mostrado en toda la mañana – Tienes la habilidad, el talento y las reservas de poder mágico para competir hasta con tu padre en este campo. Ya estás aprendiendo del Angelium, no dejes que tu orgullo te impida ser más de lo que eres ahora. El orgullo no salva vidas, hijo – concluyó.

El orgullo no salva vidas

Recordaba haber pensado algo similar cuando decidió emplear la magia del clan Belnades como último recurso contra Sapphire, fue una medida desesperada, pero sin duda habría perecido mucho antes de no haber recurrido a ella.

Dubitativo, hojeó el manuscrito una segunda vez, al hacerlo se apercibió de que, aunque en buen estado, tanto el papel como las duras tapas de cuero y madera estaban notablemente envejecidas.

- ¿Cuánto tiempo tiene esto? – quiso hacerse esa pregunta a sí mismo, pero acabó formulándola en voz alta.

Luisa sonrió de nuevo, esta vez con un tinte nostálgico.

- Cuando tus padres abandonaron el clan, Juanjo se tomó la molestia de, como regalo de despedida, escribir un manual para cada uno de nosotros, adecuado a nuestro estilo y poderes. Aparentemente, hizo lo mismo para el niño que llevaba Adela en su vientre.

- Ya veo…

Guardó el librito en uno de sus bolsillos y se agachó levemente para recoger los bártulos, que había dejado en el suelo para recibirlo, sonriendo al incorporarse de nuevo, una sonrisa tintada de aceptación, y cierta alegría.

Tras intercambiar despedidas y decirle ella a Luis que le diera un par de besos a Simon y Erik de su parte – cosa que obviamente no iba a hacer – el coche arrancó, y el joven esperó a verlo perderse en la lejanía.

En su camino de retorno a la orilla con los hermanos, lo asaltaron decenas de pensamientos: encontrarse de nuevo con aquella mujer lo había llenado de cierta nostalgia, las noticias sobre el látigo de Simon lo habían estimulado, y el regalo de su padre lo había puesto en conflicto con sus convicciones. En su bolsillo, el libro era increíblemente pesado, tanto como empezaba a serlo su orgullo sobre su conciencia.

Nuevas dudas lo acuciaban ahora. ¿Y si hubiera recurrido a la magia de los Belnades en otro momento? ¿Y si lo hubiera hecho desde el principio?

Había visto en acción a su padre docenas de veces y sabía que, combinado con su esgrima, aquel poder podía hacerlo, si no imparable, sí un hueso duro de roer, bastante más de lo que lo era ahora.

Cuando arribó a la orilla se situó al lado de Erik, de pie, y contempló el tranquilo mar azul en silencio. Quedaban apenas veinte minutos para que llegara el contacto, y no le pareció mala idea invertirlos así, pensando en que, en un rato, estarían en un punto indeterminado en mitad del vasto océano.