Episodio 111: Encounter

Aunque el guardián de la isla del dragón debería haber aparecido en los últimos veinte minutos, pasada la media hora de espera los tres cazadores empezaron a impacientarse… al igual que sus vejigas, y es que, pese a no haber consumido demasiado alcohol, se les había ido la mano un poquito de más con las bebidas, y estas, una vez ya procesadas, empezaban a pedir libertad.

Así, recorrieron la playa de Diros en busca de un aseo público, dando con una desvencijada construcción de ladrillo pintada con cal que contenía unos cuantos urinales cuyo estado, cabía destacar, era así mismo un tanto lamentable.

Simon, nunca un fan de beber demasiado líquido, subió al terrado de la destartalada caja de piedra a otear el horizonte por si aparecía el ya infame guardián, mientras Luis y Erik aliviaban su apuro.

- Jooooder – Suspirando de alivio hondamente, Luis se arqueó con voz temblorosa mientras el potente chorro caía sobre el agrietado urinal de piedra – ¡Creía que no llegábamos!

- Se te ha ido la mano con mosto – le comentó el Belmont, que se había puesto a orinar a su lado.

- ¿Sabes cuánto hace que no me voy de bares? – replicó el español - ¡Había ganas, coño! A todo esto – su voz adquirió un tinte serio - ¿Qué planes tienes para la Ascalon? Era la espada de vuestro padre ¿No? ¿Sólo quieres recuperarla, o la piensas usar?

- Es una claymore – contestó Erik – Así que pienso convertirla en mi arma principal. No tiene sentido recuperarla si no lo hago.

- ¿Y Salamander?

- La conservaré, por supuesto – respondió el pelirrojo, que ha había terminado, mientras se subía la bragueta – Ascalon no será útil en todo tipo de combates.

Luis estaba a punto de responder cuando, de la nada, emergió una tercera voz

- Vaya, vaya, vaya… ¿Y qué sabéis vosotros dos sobre Ascalon?

Los dos cazadores se sobresaltaron ¿Qué había sido esa voz femenina? ¿Por qué no podían sentir ninguna presencia asociada a ella? ¿Había entrado alguien bajo la vigilancia de Simon? ¿Cómo?

Apenas estaban recuperándose del susto cuando sintieron a sus espaldas un paso, sólo eso, un simple paso, y una presencia tan leve y etérea que nadie les habría culpado por pensar que su cabeza les estaba jugando una mala pasada, pero los dos eran lo bastante experimentados como para no caer en ese error.

Casi al mismo tiempo, Luis, que no había acabado todavía, lanzó un puñetazo dorsal con su mano libre al punto de donde había emergido la voz, y Erik volteó realizando el mismo movimiento para ver una sombra que se le escurría por el rabillo del ojo y, una fracción de segundo después, lo empujaba desde el costado, haciéndolo reaccionar.

- Mierda… ¡Luis! – exclamó, irritado - ¡Corta el chorro y échame una mano!

- ¡No puedo! – replicó este - ¿¡Tú sabes lo que duele cortarlo a mitad!?

Erik saltó para esquivar un ataque a nivel de suelo que alcanzó a prever y al aterrizar lanzó él mismo una patada que sólo encontró aire, escurriéndose la sombra de nuevo para pegarse a él y golpearle repetidas veces en el torso. El Belmont no pudo evitar destacar que no era especialmente rápida, pero no parecía poder ver sus extremidades con claridad; quien quiera que fuera el atacante, realizaba movimientos tan atípicos que no podía seguirlos, como cuando Claire Simons empleaba el puño de gato.

Harto, amagó un directo para, aprovechando la cercanía, golpear al agresor con un potente puñetazo en el estómago que lo mandó a volar justo hasta la puerta, donde la luz del día reveló lo que parecía una forma humanoide que, de inmediato, escapó a través del umbral.

- ¡Simon! – llamó el pelirrojo a su hermano - ¡Nos ha atacado aquí dentro! ¡Ten cuidado, es muy ágil!

Pero el menor de los Belmont ya había reaccionado, viendo salir a la intrusa y saltando frente a ella para cortarle el paso de inmediato, a lo que esta reaccionó golpeándolo en el pecho e intentando asestarle un puñetazo en el rostro que el muchacho evitó a duras penas, pasando al contraataque.

Al hacerlo, se encontró en una situación muy similar a la que había experimentado Erik: Todos los ataques que lanzaba aquella luchadora eran furtivos y extraños, con movimientos atípicos que disrumpían su percepción, y sus esquivas eran tan precisas y veloces que, al realizarlas tan al límite, daba la impresión de estar burlándose de él.

De hecho, tal era el efecto que tenía en él aquella forma de combatir que no podía distinguir exactamente a qué se estaba enfrentando. Sabía que era una mujer, porque escuchaba su voz cuando atacaba y su risa burlona en la defensa, y podía distinguir una piel color café y un cabello negro alborotado, pero ¿El resto? Un mero borrón cuya forma se difuminaba de tal modo que, cuando no atacaba, tenía la sensación de que sus extremidades se fundían con su torso; para rematar, parecía llevar una especie de bufanda negra que hacía imposible distinguir dónde terminaba el cuello y empezaba la cabeza. Era desconcertante.

Finalmente lanzó una patada giratoria, que la agresora contrarrestó con un movimiento idéntico, y cuando bajaba la pierna para continuar combatiendo sintió como si un débil látigo le golpeara el rostro, aturdiéndolo.

- ¡Simon! ¡VOY!

La figura volteó al oír la voz de Erik que, emergiendo por la puerta de los servicios, se lanzaba al ataque también, alcanzándolos de un salto del que aterrizó con una patada hacha que, al golpear el suelo fallando su objetivo, abrió un pequeño cráter en el punto de impacto.

En ese momento pudieron, por fin, apreciar el aspecto de la atacante, que se había detenido. Se trataba, en efecto, de una muchacha pequeña y menuda, de una complexión y altura similares a las de Simon, vistiendo unos pantalones vaqueros muy cortos, un top deportivo color azul marino y unas zapatillas deportivas cuyas suelas, pudieron apreciar, habían sido reforzadas. Tenía la piel color café, siendo probablemente mulata, y su cabello negro alborotado estaba recogido en una larga trenza parcialmente enroscada alrededor de su cuello, sus ojos eran almendrados y ambarinos, la boca mediana con labios finos y la nariz, de puente corto y punta basta, tenía las aletas anchas.

Un detalle que les llamó particularmente la atención fue que alrededor de uno de su brazos fuertes y fibrosos se enroscaba, como si de una serpiente se tratara, una larga cadena de color azulado, cuyos extremos permanecían ocultos.

No hubieran podido observar mucho más aunque quisieran, ya que, casi al instante, la desconocida se desvaneció de nuevo.

- Tienes ojos ágiles… - apreció, mientras el menor la veía pasar corriendo a su lado a toda velocidad – Y tú… - se deslizó hacia Erik, al que encaró antes de desaparecer – esa fuerza tan absurda es peligrosa.

- Y qué piensas hac-¡GAH!

De inmediato, se deslizó a la espalda del mayor y lo golpeó con fiereza, apareciendo después al lado de Simon, que reaccionó a tiempo para encararla, detener un puñetazo y responder con otro que no encontró objetivo. Los dos hermanos dieron un paso en direcciones opuestas tratando de localizar a su escurridiza adversaria, pero al hacerlo se encontraron con que algo tiró de ellos violentamente y, al comprobar qué era, no podían creerlo.

¡Una cadena!

Una cadena de color azulado que, de alguna forma, había atrapado el torso de Erik y, a medio camino, cruzaba el pecho de Simon, pero ahí no acababa todo.

Un tirón los hizo moverse el uno hacia el otro mientras la sarta metálica daba más y más vueltas a su alrededor, moviéndose como si tuviera vida propia, reduciendo cada vez más la distancia entre ambos e inmovilizándolos progresivamente mientras intentaban contraatacar hasta que, espalda contra espalda, se vieron completamente paralizados.

Entonces, y sólo entonces, la desconocida luchadora se detuvo, los hermanos forcejearon al darse cuenta de la cadena que los apresaba aún era lo bastante larga para llegar hasta ella y se enroscaba en su brazo con uno de los extremos sujeto a un brazal de bronce pulcramente bruñido, sujeta a este en un extremo mediante una argolla mientras el otro, a la vista de ambos, estaba rematado con una pica alargada de formas geométricas e irregulares, como un diamante mal cortado.

Se prepararon para lo peor cuando les sonrió de forma burlona pero, en lugar de atacarles, empezó por señalar a Simon.

- Predecible – espetó, para acto seguido señalar a Erik – lento – De repente se detuvo, parecía buscar con la mirada algo o a alguien y, tras cavilar unos segundos, movió su mano hasta apuntar con ella a la puerta de los servicios. Al hacerlo, ahogó una carcajada antes de pronunciar otra palabra – torpe.

Inmediatamente otra voz resonó, proveniente de la desvencijada construcción.

- ¿¡TORPE!? ¡TUS MUELAS!

Era Luis.

El Fernández salía por el umbral como una centella ajustándose los pantalones, en su rostro se reflejaban una mezcla de cabreo monumental, vergüenza e irritación.

- ¡ME CAGO EN LA LECHE, HELENA! – clamó el español, a voz en grito - ¿¡TORPE!? ¡ME ESTABA SUJETANDO LA CHORRA! ¿¡CÓMO COJONES IBA A CONTRAATACAR ASÍ!?

- No me digas – respondió ella, jocosa, claramente aguantándose la risa - ¡Os habéis metido a tomar algo y se te ha ido la olla bebiendo! ¿A que sí?

- Eso es exactamente lo que ha pasado – respondió Erik antes de que su amigo lo hiciera – Oye, un momento ¿¡Os conocéis!?

Los dos hermanos posaron su atención en Luis, que los alcanzó visiblemente azorado.

- Sí – respondió – ¡Por supuesto que nos conocemos! Hemos hecho alguna misión juntos ¡Y ya veo que sigue teniendo las mismas manías!

- ¡Vamos, hombre, no es para tanto! – respondió ella, jugueteando con la cadena – Tenía curiosidad por tus amigos, y los he puesto un poquito a prueba.

El Fernández, que ya los había alcanzado, suspiró con hastío.

- Bueno… Pues ya que estamos aquí, haré las presentaciones. Helena – señaló a los Belmont – estos son Simon y Erik Belmont. Simon, Erik – giró la mano para señalarla a ella - esta es la nieta del guardián de la Isla del dragón: Helena Danasty.