Entre la espada y la pared
Capítulo 3. A escondidas


Isobel no estaba contenta, estaba agotada. No es que no estuviera complacida con el trabajo de Jubal y lo que estaba consiguiendo, era sólo que últimamente apenas podía conciliar el sueño.

Durante el día, Isobel se centraba el trabajo y no tenía mayor problema gestionando la situación, igual que otras veces que había enviado a agentes a misiones encubiertas.

Pero durante la noche, se despertaba de madrugada y no lograba volver a dormirse, su corazón latiendo demasiado deprisa y su mente divagando hacia la misión y hacia Jubal. Hasta el momento, todo estaba siendo fácil, pero rodeada del silencio y la oscuridad de su dormitorio, Isobel no podía parar de pensar en lo rápido que podían torcerse las cosas. Lo que le había pasado a Jess era cruel prueba de ello.

La noche antes de lograr volver a entrar en los almacenes, Jubal se encontró con Isobel en un descampado plagado de alta maleza primaveral que convenientemente ocultaba en gran parte el anónimo vehículo que utilizaba Isobel. Jubal había llegado caminando por calles mal iluminadas, con la cabeza cubierta por la capucha de su sudadera, y no sólo por la fina llovizna que estaba cayendo. Se aseguró de que nadie los observaba y se subió al coche.

—Ey —saludó con una leve sonrisa, quitándose la capucha.

—Ey —contestó ella girada hacia él.

Era agradable ver una cara conocida y, particularmente, la cálida expresión con la que Isobel siempre lo recibía.

—Tenemos que dejar de vernos así, ¿sabes? —bromeó Jubal.

Tras un breve parpadeo sorprendido, Isobel bajó un momento la mirada. A Jubal le intrigó el ligero rubor que intuyó en sus mejillas, a pesar de la poca luz. Pero luego pensó que seguramente sólo se lo había imaginado.

—Sí, si nos descubren sería bastante escandaloso —le siguió ella la corriente cuando alzó los ojos de nuevo—. ¿Cómo estás? —preguntó escrutando su rostro, intentando encontrar signos de tensión o cansancio.

Jubal no quiso reconocer que le complacía la preocupación que Isobel mostraba por él. Lo conmovía de una manera no del todo profesional.

—Bien. Mi espalda echa de menos mi cama, pero yo estoy bien.

Ella le sonrió el chiste. Era reconfortante verlo de mejor humor, después de lo sombrío que había estado esos últimos meses, tras lo ocurrido a Rina y a Jess.

—Tengo noticias —dijo entonces Jubal ya en serio, antes de que se le notara lo mucho que le había agradado la reacción de ella—. Anteayer se produjo una situación algo tensa. Berzin tuvo una cita con una de las parejas que quieren adoptar. La cuarta que visita la agencia desde que estoy allí. ¿Te dije de las otras tres, verdad? —Isobel asintió—. Bueno, pues tuvieron un altercado con Berzin. Me llamó a su despacho, para intimidarlos, supongo, y que la situación no se desmadrara. Lo bueno es que me dio la oportunidad de enterarme de que, de base, les están pidiendo bajo cuerda a las parejas cuatrocientos de los grandes por los niños. El marido estaba indignado porque era la segunda vez que Berzin le pedía cien más.

Isobel reprimió un bostezo.

—¿Te aburro? —preguntó Jubal, divertido.

—No, no. Lo siento —se disculpó ella sacudiendo levemente la cabeza intentando despejarse—. Es que... No he descansado bien estas últimas noches. Nada más.

—¿Ah, sí? ¿Por qué?

—Nada en en particular. A veces me desvelo —dijo Isobel con ligereza porque había demasiadas razones para no decir en voz alta: "Porque estoy muy preocupada por ti".

La expresión de Jubal se volvió ansiosa a la vez que estudiaba el rostro de Isobel. Ahora que se fijaba, encontró marcas oscuras bajo los ojos de ella.

—Seiscientos, ¿eh? —retomó Isobel la conversación —. Eso cuadra con la denuncia. Es como diez veces su la tarifa oficial.

Jubal lo interpretó como que la estaba haciendo sentirse incómoda, y apartó la cara, mirando al frente.

—Sí, pero me da la impresión —contestó— de que en general a los clientes no les importa pagar más por conseguir lo que quieren, igual que no les importa haberse metido en una operación que obviamente no es del todo legal. Aunque el de ayer parecía un poco harto, la verdad —reflexionó—. De todos modos, mi cara de pocos amigos pareció lograr convencerlo de que los servicios ofrecidos merecían la subida de precio. Berzin quedó complacido con mi trabajo.

—Eso está bien. Se relajarán y empezarán a hablar más delante de ti —opinó Isobel.

Jubal hizo un gesto dubitativo.

—No sé. Ferkov no parecía muy contento. Creo que no le gusta Valensky. Pero bueno, a mí él tampoco me gusta. Es siniestro y tiene pinta de peligroso. Ayer le oí decirle en ruso a Shelgin, uno de sus hombres, que lo acompañara, que necesitaba que lo ayudara con "una cosa". No sé de qué hablaba pero fue evidente que Shelgin sí. La mirada sádica y entusiasmada que intercambiaron fue bastante... espeluznante.

Isobel contuvo la respiración un momento, alarmada.

—No creo que podamos dudar ya de que están metidos en algo sucio... —reflexionó, aunque obviamente tensa—. Extorsión, ¿tal vez?

—Tal vez. Lo añadiré a la lista de cuestiones que investigar.

Jubal se volvió a preocupar al ver que la expresión de alarma de Isobel no se relajaba.

—Por otro lado, a mí Valensky tampoco me cae bien —dijo con humor para intentar distraerla.

Pareció funcionar.

—No te gusta Valensky —dijo Isobel, divertida de que hablara en tercera persona de su tapadera.

—No, es taciturno, callado y soso —replicó Jubal con la mirada chispeante.

—A Patricia la secretaria parece que le hace tilín —lo pinchó ella.

Jay había tenido que esquivar las invitaciones de Patricia a tomar cervezas ya un par de veces. Jubal miró a Isobel fingiendo fastidio.

—Ey, no es que Jay le haya dado pie —se defendió—, salvo ayudarla a mover alguna caja pesada. La verdad es que es un poco humillante que Valensky haya hecho una conquista sólo con monosílabos —confesó y se le escapó la sonrisa al ver a Isobel reír quedamente—. ¿Tal vez debería cambiar mi estrategia de ligue? —se planteó como hablando consigo mismo.

—No es mi caso, pero hay mujeres que les gusta eso —concedió Isobel encogiéndose de hombros, dejando a Jubal casi preguntándose por las implicaciones.

—¿Alguna novedad del equipo de Scott? —volvió él sobre temas más serios antes de terminar metiéndose en un jardín.

—Poco. Parece que desde allí sólo se hacen envíos de contrabando poco importante, pero tal vez estén logrando pasar droga... De momento, nada relacionado con niños ni otras personas. Y tampoco parece haber relación con la Bratva.

Jubal hizo un gesto desconcertado, mientras entregaba su block de notas. Isobel le proporcionó otro en blanco. Hacían así el traspaso de información para que Jubal no tuviera que utilizar dispositivos que no encajaban con el perfil de Jay, y también para tener en su poder información comprometedora el menor tiempo posible.

—Esta vez he incluido un plano de cómo llegar a la sala de control que vi en la zona de almacenes—indicó Jubal—. En cuanto tenga oportunidad, iré a echar un vistazo.

Isobel asintió y tragó saliva, súbitamente asaltada de temor por él.

—Ten cuidado, por favor...

La suavidad en su voz le aceleró inesperadamente el pulso a Jubal.

—Por- por supuesto —balbuceó.

No supo qué más contestar.

—Ayer hablé otra vez con Abi y Tyler —cambió Isobel de tema ante su silencio.

Antes de que Jubal empezara la operación, Isobel había accedido a contactar de vez en cuando con sus hijos para que pudiera tener noticias de ellos y a la vez los niños no se preocuparan.

—¿Cómo están? ¿Qué tal el examen de Ty?

—Todo bien. Aprobó con nota. Te echan de menos. Les sigue pareciendo muy emocionante que estés en una "misión secreta". No les hablo de los riesgos, claro.

Jubal sonrió, pero entonces se puso muy serio.

—No puedo agradecerte lo suficiente que te estés ocupando de esto —declaró.

—Y yo ya te he dicho que no es necesario que lo hagas —replicó ella.

Jubal le echó una mirada frustrada; Isobel le devolvió una exasperada.

—Espero que puedas terminar con esto pronto. Se te echa mucho de menos en el JOC —dijo ella con voz queda.

Jubal también extrañaba a su gente y empezaba de nuevo echar en falta el vibrante ajetreo del JOC. Pero le cogió un tanto desprevenido caer en la cuenta de manera repentina de lo mucho que estaba echando de menos ver a Isobel todos los días. Inquieto, intentó apartar sin éxito aquel pensamiento.

—Sí, con suerte será pronto —la animó Jubal—. Estamos cerca, ya verás. —Isobel asintió mirándolo sin decir nada; la atracción que ejercieron sus ojos sobre él casi lo dejó sin aliento. Carraspeó—. Está bien. Debo irme.

Haciendo lo que pudo por ignorar la sensación de peligro inminente que la invadía, Isobel reprimió el impulso de pedirle que se quedara un rato más.

—De acuerdo —respondió con voz algo ronca.

Tras hablar brevemente para acordar el lugar y la hora del siguiente encuentro, él se subió de nuevo la capucha y abrió la puerta.

—Cuídate y descansa, por favor —le pidió y salió del coche.

Isobel se desesperó. ¡No era ella la que tenía que cuidarse!

—Jubal —lo llamó Isobel antes de que la cerrara—. Ten mucho cuidado.

—No tienes que preocuparte por nada, de verdad —afirmó él con vehemencia justo antes de cerrar la puerta.

Y desapareció entre la vegetación y las sombras.

Sus palabras no hicieron nada por tranquilizar a Isobel, que no conseguía deshacerse de la intensa sensación de que no volvería a verlo.

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