Entre la espada y la pared
Capítulo 4. Atroces hallazgos


A la mañana siguiente, Jubal esperó para hacer su pausa para el almuerzo en un momento en el que la oficina se quedara vacía. Puso sobre su mesa el cartel que indicaba que estaba en su tiempo de descanso y miró el reloj. Las 12:47. Tenía quince minutos, hasta las 13:02, para ausentarse. Más allá de eso, la gente podía empezar a preguntarse dónde se había metido. Pasó la tarjeta por el lector y cruzó la puerta.

Esta vez se dirigió directamente a la sala de control. Esperó a ver si salía alguien. Pasaron los minutos. Las 12:51. Se le echaba el tiempo encima. Decidió arriesgarse.

Mientras se acercaba, la puerta se abrió por su cuenta, y el mismo hombre del otro día salió de la sala. Jubal se escondió apresuradamente, ocultando su altura agachándose detrás de un archivador, la espalda plana contra él. El tipo pasó a su lado sin siquiera mirar en su dirección.

Controlando con la habilidad de la experiencia la descarga de adrenalina, Jubal esperó a que desapareciera por un pasillo para soltar aire silenciosamente, y fue hasta la habitación de las pantallas. La puerta se abrió gracias a la bendita copia de la tarjeta Berzin.

Jubal, cerró con cuidado y se acercó a estudiar las pantallas. Le sorprendió y tranquilizó que ninguna apuntaba al laberinto de pasillos ni a las oficinas, así que era improbable que lo hubieran visto husmeando por ahí.

Pero en eso acabó su alivio. Aparte de las cámaras que mostraban el exterior y el par de ellas de pequeños almacenes, en el resto de las pantallas se veían lo que parecían... dormitorios. No. Eran celdas. Dos estaban vacías. La sangre de Jubal se volvió barro espeso en sus venas cuando vio que cinco de ellas estaban ocupadas por chicas bastante jóvenes, ninguna mayor de veinticinco. Dos de ellas estaban notoriamente embarazadas, y todas parecían adormiladas. ¿Sedadas, tal vez? Ahora que se fijaba, casi todas ellas mostraban cierto abultamiento en sus vientres. Un gélido estremecimiento recorrió la espina dorsal de Jubal, mientras las conclusiones germinaban en su mente.

Y entonces vio algo que lo cambiaba todo: en la octava celda, una chica estaba atada a la cama, desnuda. Un hombre, un joven que Jubal reconoció como Shelgin, uno de los matones que habitualmente acompañaban a Ferkov, estaba echado sobre ella, con los pantalones bajados, moviéndose inequívocamente. Ferkov estaba allí con ellos, sin camisa, y observaba ansiosamente desde la silla en la que estaba sentado. No había audio, pero Jubal pudo ver horrorizado que la chica lloraba y se resistía, forcejeando contra sus ligaduras. Shelgin no estaba siendo gentil, precisamente. Por la repulsiva expresión de lascivia de Ferkov, Jubal supo furioso y repugnado que el muy malnacido estaba disfrutando lo que estaba viendo. Aquella era entonces "la cosa" con la que Jubal le había oído pedirle ayuda a Shelgin el otro día.

En la imagen, Ferkov se levantó impaciente y se abrió los pantalones mientras Shelgin se estremecía con el rostro contorsionado y terminaba, claramente dentro de ella. Apenas se quitó de encima, Ferkov se tumbó sobre la chica y la forzó también, más brutalmente incluso.

Completamente consciente de que estaba arriesgándose a que lo mataran, o peor, a estropear toda la operación, Jubal salió corriendo en auxilio de la pobre joven. No tenía ni idea de dónde estaba aquella habitación, pero fue abriendo metódica y frenéticamente cada una de las puertas, aunque estaba desarmado, y no tenía muy claro qué iba hacer cuando la encontrara.

Pero dio igual, porque no lograba dar con ninguna de aquellas celdas.

Tras una de aquellas puertas, se topó con lo que parecía una pequeña enfermería y en ella había una silla de partos. Algo apartó de un brusco empujó la urgencia en el cerebro de Jubal para hacer click.

Por supuesto. Por eso no habían visto nunca llegar los bebés. ¿Para qué robar niños si podías "fabricarlos"? Reprimiendo apenas unas terribles nauseas, Jubal miró el reloj. Las 13:16. Había pasado casi media hora. Por unos momentos se quedó paralizado de indecisión.

Estaba horrorizado. A lo largo de su carrera como agente del FBI, Jubal se había cruzado con crímenes bastante horribles. Incluso alguna vez había tenido que visionar algunas grabaciones francamente aberrantes. Pero nunca había sido impotente testigo en directo de cómo asaltaban sexualmente a alguien de aquella manera.

Por fin, sintiéndose abyectamente cómplice de lo que estaba sufriendo aquella chica, Jubal se maldijo y salió de nuevo a las oficinas.

Logró racionalizar un poco la situación. Desgraciadamente, cada una de las chicas que estaban en aquellas celdas seguramente habían pasado por lo mismo que Jubal había presenciado y, muy probablemente, más de una vez. Todas necesitaban que las rescataran. Si hubiera seguido buscando a la que había visto en la pantalla, sólo habría podido rescatarla a ella, y eso con mucha suerte. Las demás, una vez que aquellos bastardos hubieran estado sobre aviso, las habrían trasladado de sitio con toda seguridad y, potencialmente, desaparecido para siempre.

Valoró aguantar el tipo hasta su hora de salida y largarse de allí sin levantar sospechas, pero para que llegara Todd a hacerle el relevo quedaba aún 1 hora y 43 minutos. Y medio, para ser exactos. Y eso si Todd no se retrasaba, como había hecho otros días.

No podía esperar tanto.

Afortunadamente, fuera, nadie parecía haberse percatado de su larga ausencia. Aprovechando esto, se dirigió directamente a la puerta principal. Sólo tenía que cruzar la calle para reunirse con el equipo de vigilancia. Con ellos, volvería para irrumpir allí inmediatamente. No pensaba siquiera ni esperar a los SWAT. Ya podía decir Isobel lo que quisiera al respecto. Le daba igual.

Pero entonces, justo entró en la oficina Pavlenko, otro de los matones, armados, de Ferkov.

Jay intentó pasar a su lado pero Pavlenko lo miró a la cara con suspicacia.

—¿A dónde vas? ¿Otra vez fisgando por ahí?

Así que alguien sí había notado sus movimientos. Maldición. Valensky tuvo que disimular.

—Al baño, algo no me ha sentado bien.

No es que fuera mentira. Ciertamente tenía ganas de vomitar.

Cuando Jay regresó a su puesto, Jubal maldijo otra vez en silencio al ver que Pavlenko seguir por allí, haciendo el vago como siempre, pero esta vez Jubal tuvo la sensación de que estaba vigilándolo. Se sentó tras el mostrador de seguridad e intentó fingir que no había visto lo que había visto, que no sabía que seguía sucediendo en esos mismos momentos. Posiblemente, a pocos metros de allí...

Pasó un rato y Jubal intentó distraer su atormentada mente pensando en el caso. Ahora todo cobraba sentido. La agencia de adopción no era la tapadera de actividades ilícitas de la empresa de logística. Era exactamente al revés. Haciendo un cálculo rápido, Berzin presumiblemente se había embolsado ya más de cuatro millones de dólares con aquella atroz "operación", y estaba ampliando negocio para otros cinco millones más. No sería sorprendente descubrir si todo ese dinero lo estaba blanqueando la empresa de transportes, ahora que lo pensaba. Probablemente eran las chicas las que llegaban de Europa del este de contrabando y por eso nadie las estaba buscando.

Estaba pensando que si Pavlenko no se largaba, iba a ser hora y media más larga de toda su vida, con los segundos arrastrándose como babosas criaturas sin huesos, cuando Patricia se le acercó.

—Jay, perdona. El señor Berzin quiere hablar contigo. ¿Puedes ir a su despacho, por favor?

—Por supuesto —respondió Valensky, diligente, pero Jubal captó un brillo temeroso en los ojos de Patricia y se puso alerta de inmediato.

Pavlenko lo siguió al despacho. Jubal controló el escalofrío que le recorrió la espalda. Aquello no le gustaba nada. Nada en absoluto.

En cuanto Valensky entró en el despacho, Jubal supo que estaba en problemas. Dentro estaban Berzin y el hijo de puta violador de Ferkov. Jubal sintió que lo inundaba una asqueada furia al verlos, pero no permitió que se le notara ni el más leve asomo. Pavlenko entró detrás de él y cerró la puerta.

—¿En qué puedo servirle, señor Berzin? —preguntó Jay, solícito y despreocupado.

Siempre adoptaba esa actitud servil con su jefe, porque quería agradarle. Mientras, a Jubal no se le pasó por alto cómo Pavlenko se colocaba detrás de él.

—¿De verdad pensabas que no lo descubriríamos, Valensky? —dijo Berzin con los dientes apretados; era obvio que estaba furioso.

El nudo que se hizo a Jubal en el estómago fue digno de marinero.

—¿Qué ocurre, señor Berzin? ¿He hecho algo mal? —contestó Jay, preocupado y con su mejor cara de inocente.

—Corta el rollo, Valensky. No quiero ni una mentira más.

—No... no sé de qué me habla, señor. ¿Qué es lo que he hecho? —insistió, mirando desconcertado a todos los presentes.

Era todo lo que Jubal podía hacer. Fingir que no sabía nada lo mejor que podía era su única oportunidad. Cualquier signo de flaqueza en su mascarada podría ser lo último que hiciera.

Desgraciadamente, a Berzin aquello lo irritó aún más.

—Cerdo.

—[Alexei, déjame llevarlo atrás. Yo haré que hable] —se ofreció Ferkov en ruso con una sonrisa afilada.

Mirando a Jay con desprecio, Berzin asintió, y con ello selló su sentencia.

Jubal reaccionó de inmediato, se agachó y giró sobre sí mismo, antes de que ambos sicarios lograran agarrarlo. Neutralizó a Pavlenko de una precisa patada a la rodilla. Esquivó a Ferkov y se lanzó hacia la puerta, que ahora quedaba a su alcance. Por un momento, le pareció que podría escapar.

Por un momento. Hasta que al otro lado de la puerta se encontró a Shelgin, que le apuntaba al pecho con una pistola. Tuvo que detenerse en seco, levantando las manos.

—[Haz que hable] —dijo Berzin a su espalda.

Ferkov le pegó duramente a Jubal en la parte posterior de la cabeza con la culata de su pistola, y todo se volvió oscuridad.

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