Entre la espada y la pared
Capítulo 5. Factor imponderable


En ausencia de Jubal, Isobel realizaba sus funciones en el JOC cubriendo su puesto lo mejor que podía, aunque no fuera fácil emular su talento para motivar. Estaba hablando con Scott por videoconferencia de cómo reorientar la vertiente rusa de la investigación porque, salvo algunas sospechas de personas desaparecidas que no estaban seguros de que estuvieran relacionadas, no estaban obteniendo ningún resultado. Entonces, le llegó una llamada de Scola.

—Dime, Stuart —dijo Isobel al activar su auricular Bluetooth; ahora entendía por qué Jubal lo encontraba tan cómodo.

—Isobel... —empezó Scola; sonaba preocupado—. Valensky... no ha salido hoy de trabajar. Ha pasado una hora desde su hora de salida... Pero no lo hemos visto salir.

Las pulsaciones de Isobel se dispararon, pero ella controló su inquietud con firmeza. Tal vez Jubal había salido inadvertidamente por otro lugar como la otra vez. Le dijo a Scott que lo llamaría luego y cerró la vídeo para dedicarle toda su atención a Stuart

—Pero lo habéis visto en su almuerzo.

—No, esta vez no ha salido como suele hacer.

La ansiedad creció dentro de Isobel.

—¿No lo habéis visto desde esta mañana?

—Ese es el problema. Que tampoco lo hemos visto entrar. Al parecer hubo un poco de caos esta mañana, y su entrada no se registró. No estamos seguros de que haya ido hoy a trabajar.

El aire se atascó en la garganta de Isobel. Tragó saliva.

Que no cunda el pánico, se dijo con severidad. Le pidió a Scola que enviara a Maggie en el papel de Carla, la ex-mujer de Jay, a buscarlo a su cuarto de alquiler.

Isobel esperó noticias suyas recorriendo el JOC con un paso artificialmente calmado, mientras el corazón le golpeaba con fuerza dentro del pecho.

Kelly, Elise, Ian, Hobbs y el resto de los analistas y enlaces se miraban aprensivos entre sí...

Mientras tanto, para distraer sus temores, Isobel intentaba convencerse de que debía irritarse con Jubal por no haber informado del desvío en su rutina. En la otra ocasión, lo hizo en veinte minutos. La distracción no estaba funcionando...

Al cabo de un rato que a Isobel se le hizo eterno, el auricular zumbó. Lo activó en cuestión de décimas de segundo.

—Maggie —su voz engañosamente serena—. Dime.

—No está aquí —dijo Maggie con tono profesional pero obviamente lleno de ansiedad.

Aquello confirmaba que Jubal llevaba potencialmente desaparecido desde ayer por la noche, cuando se encontró con Isobel. Eso eran más de veinte horas, Dios Santo... Esta vez cuando Isobel intentó tragar no lo consiguió.

—La habitación está revuelta —añadió Maggie—, como si la hubieran registrado...

Al menos, el que fuera sólo habría podido encontrar un block de notas en blanco.

—Está bien, Maggie —dijo Isobel con la voz hueca, ocultando que le faltaba el aire—. Regresa al puesto de vigilancia. —Después de colgar, informó a los presentes, que recibieron la noticia con expresiones alarmadas. Isobel notaba que estaba a punto de perder la compostura delante de todos ellos—. Ian, quédate al mando —pidió con la garganta tensa—. Vuelvo enseguida.

Y salió con paso firme del JOC. Pero al doblar la esquina del pasillo empezó jadear gravemente. La opresión que tenía en el pecho se hacía a cada segundo más aplastante.

Hasta que ya no pudo respirar. No tuvo más remedio que detenerse y apoyarse contra la pared. Se llevó al pecho una temblorosa mano mientras se doblaba sobre sí misma. Se asfixiaba. Su campo de visión empezó a reducirse. En su mente sólo podía ver a Jubal alejándose y desapareciendo en la oscuridad para siempre.

Entonces, notó una amable palma apoyada en su espalda.

—Sssh... Sssh... Respira, respira —oyó murmurar con cuidado a Elise—. Vamos. Inspira... Espira... Inspira... Espira.

Le hizo gesto de inspirar e Isobel simplemente la imitó. También al espirar. Las dos lo repitieron varias veces.

Poco a poco, los pulmones de Isobel volvieron a admitir el aire de nuevo.

Y de pronto, se sintió terriblemente en evidencia. Se incorporó bruscamente.

—Es- estoy bien —intentó contestar y recomponerse, pero para su vergüenza apenas le salió la voz.

Elise pudo entenderla a pesar de ello.

—No, no lo estás —dijo con suavidad, aún acariciándole la espalda—. Tienes un ataque de pánico. He tenido los suficientes como para reconocerlos...

Aquello hizo a Isobel volver la cabeza y mirarla. Se encontró con una expresión cálida y empática de Elise. Desgraciadamente, no fue suficiente para mitigar la indignidad que sentía Isobel.

—No, estoy bien, de verdad —murmuró Isobel colocándose bien la ropa y sin atreverse a volver a mirarla.

Elise negó con la cabeza.

—Todos tenemos nuestros puntos débiles. Y todos deberíamos tener también en quien apoyarnos.

Isobel sintió un dolor sordo y familiar en el corazón, al pensar que Jubal parecía ser ese alguien para ella, hasta que unas cosas y otras los distanciaron irremediablemente. La sensación de pérdida por la muerte de Jess, su único amigo, casi la ahogó. El dolor se volvió agudo al medrar en su interior otra vez la angustia por la desaparición de Jubal.

Luchó por controlar las lágrimas que le inundaron los ojos, y dejó escapar un tembloroso suspiro.

—Ya veo. Yo también estoy preocupada por él—añadió Elise, observadora—. Es normal estar preocupada por las personas que te importan tanto...

Isobel notó que el rostro se le ruborizaba intensamente. Jubal no debería importarle más que cualquiera de sus agentes. Era poco profesional y profundamente vergonzante. Y más aún porque Elise se hubiese dado cuenta.

Parpadeando para evitar que cayeran sus lágrimas, Isobel se las arregló para recuperar su templanza.

—No sé a qué te refieres —dijo con cortante frialdad—. Volvamos al trabajo. Jubal tiene que haber dejado alguna pista.

La consternación en los ojos de Elise pusieron de manifiesto que no se había dejado convencer por su pose, pero Isobel no le dio la oportunidad de decir nada más. Se dio la vuelta y regresó al JOC.

Elise la siguió negando con la cabeza, segura de que Isobel tenía verdaderos problemas para lidiar con lo que estaba sintiendo.

·~·~·

El brutal golpe le acertó en la boca y Jubal volvió a saborear su propia sangre.

Cuando había salido de la inconsciencia producida por el golpe en la nuca de antes, rápidamente descubrió que: uno, le dolía terriblemente la cabeza; dos, estaba atado a una silla en uno de los almacenes de atrás; y tres, le habían quitado la chaqueta, el cinturón y el reloj, también los zapatos.

Era curioso que eso último fuera lo que le hacía sentirse más vulnerable, y le daba la pista de que la intención de sus captores no era castigarlo, sino sacarle información. Si el prisionero se siente desvalido, es más fácil hacerlo hablar.

La pechera de su camisa barata estaba manchada de sangre por la ceja partida. Habían sido ya varios golpes en la cara y las costillas, pero aún no le habían preguntado nada. Parecía que sólo lo estaban ablandando un poco. Se le estaba hinchando un ojo, pero lo que más le dolía, sin embargo, era el golpe en la cabeza. Estaba aturdido y le costaba enfocar la vista. Mucho se temía que sufría una conmoción.

En cualquier caso, después de lo que había averiguado ese mismo día, si de algo estaba seguro Jubal era que, si descubrían que era un agente federal, podía darse por muerto. Así que ya podía mantener la boca cerrada, le hicieran lo que le hicieran.

Jay había intentado varias veces protestar, preguntando por qué se le retenía y golpeaba; pero cada vez que lo había hecho, los golpes de Shelgin y Pavlenko se habían vuelto más violentos. Así que dejó de insistir.

Al cabo de un rato, Ferkov y Berzin entraron en el almacén donde retenían a Jay.

Acercándose con expresión de desdeñosa, Berzin negó con la cabeza, mientras Jubal no podía deshacerse de la sensación aterradora de que había sido descubierto.

—"La verdadera medida de la vida no es su duración, sino la honestidad." —proclamó Berzin

A Jubal la cita le resultó familiar. No pudo recordar de quién era, pero le sonó claramente a amenaza. Se inquietó aún más. ¿A dónde quería llegar con esto?

Siempre he valorado la honestidad —continuó Berzin—. Es la cualidad que más valoro en mis colaboradores, Sr. Valensky.

A Jubal tuvo que controlar su nivel de pánico cuando le pareció percibir cierto retintín al decir su nombre falso.

Berzin le tiró del pelo para levantarle forzosamente la cara. Su nuca le dio un latigazo y Jubal perdió durante un momento parte de su visión.

—Te voy a dar la oportunidad de explicarte porque me caes bien, pero será mejor que sea una explicación muy buena.

Eso le resultó confuso, pero el embotado cerebro de Jubal no logró entender que era una buena señal.

—¿Y bien? —insistió Berzin ante su silencio, soltándolo.

—Señor Berz- —Valensky intentó hablar, pero tuvo que escupir sangre antes—. No sé de qué me habla, señor —se quejó entre jadeos.

El dolor en las costillas le impedía respirar con normalidad.

—Por supuesto... —dijo Ferkov displicente—. Entonces, ¿por qué intentaste huir antes?

—¡Me asusté, joder! —replicó Jay de inmediato. Jubal se había obligado antes a ignorar la paliza para preparar la respuesta a esa pregunta en particular—. En la cárcel aprendes a no dejarte atrapar así entre varios.

—¡Deja de mentir, ladrón! ¿Dónde está el dinero? —le increpó Ferkov.

¿Dinero?

—¿Dinero? ¡No! —exclamó Valensky, alarmado.

¡Sí! Gracias al Cielo, pensó Jubal, con una enorme sensación de alivio que tuvo que reprimir para no delatarse. No sabían quién era en realidad. No se trataba de que era un agente infiltrado, sino sólo de dinero desaparecido.

Se esforzó en seguir en su papel y, sobre todo, en insistir en su inocencia porque también podían matarlo por dinero, desgraciadamente. Y si lo mataban, no podría informar de lo que estaba pasando allí. Eso era algo que en absoluto podía permitirse.

—Hemos registrado tu cuartucho y allí no está —declaró Ferkov—. ¿Dónde lo has escondido?

—Espero por tu bien que no te lo hayas gastado —lo amenazó Berzin retrocediendo un par de pasos.

—¡Yo no he robado nada, señor Berzin! ¡Lo juro! —se defendió Valensky con vehemencia y con todo el peso de la verdad.

Sin previo aviso, Ferkov se adelantó y le clavó el talón de su bota a Jubal en su descalzo pie derecho.

Gruñendo con los dientes apretados, Jubal resistió lo mejor que pudo para no darles la satisfacción de gritar.

—Faltan cien de los grandes de la caja de la oficina del Sr. Berzin —le informó Ferkov con desprecio.

Jubal necesitó varios segundos para superar el afilado dolor y poder contestar.

—Yo jamás he entrado en el despacho del señor Berzin —mintió resoplando, con todo el aplomo del que fue capaz.

—Ah, ¿sí? Yo te vi saliendo de él —declaró Ferkov y su sonrisa se volvió más afilada.

—Y no es el único —añadió Berzin sombrío—. Pavlenko te ha visto también curioseando por ahí.

Ante aquello, Ferkov pareció muy complacido consigo mismo, como si todo estuviera saliendo según sus planes.

Oh.

Para Jubal de repente fue claro y cristalino:

—Ah, entiendo... has robado el dinero —se le escapó mirándolo directamente.

La cara de Ferkov se congestionó. Jubal se maldijo un segundo después. Estaba demasiado aturdido. Como se temía, había dado en el clavo, pero fue un paso en falso haberlo dicho en voz alta. Era una información que habría sido mejor guardarse.

—¡Calla, sucio mentiroso! —gritó Ferkov y abofeteó a Jay con fuerza primero. A continuación, lo golpeó con el puño en la boca del estómago para impedirle seguir hablando—. ¿Lo ves, Alexei? Esta [basura] no es de fiar. ¿¡Se atreve a acusarme a mí!? —dijo exageradamente indignado.

Pero a Berzin su mala actuación le pasó a un palmo por encima de la cabeza. Éste se inclinó sobre Valensky, quien jadeaba luchando por volver a llenar sus pulmones de aire, y lo miró como si lo hubiera encontrado pegado en la suela de su zapato.

—Imbécil. ¿De verdad pensabas que te creería a ti antes que a mi hombre de confianza? —preguntó Berzin, retórico.

Jubal renegó mil veces para sus adentros. No lo habían descubierto. Había hecho su trabajo de manera impecable, a costa de su propia alma seguramente; todavía lo atormentaba no haber impedido lo que había visto hacía un rato.

Y, aún así, a pesar de todo, había fracasado. Había fracasado por el factor imponderable de un canalla traidor de los más grandes que se habían cruzado jamás en su camino. Había fracasado porque el canalla había decidido que el recién llegado era el chivo expiatorio ideal. Y por supuesto, había tenido razón.

Berzin se irguió y se dirigió a Ferkov. —Recupera mi dinero. O lo pones de tu bolsillo —ordenó llanamente, y se marchó de allí.

Ferkov hizo una mueca desagradable. Se acercó y le murmuró furioso a Valensky:

—Te crees muy listo, ¿verdad?

Parecía profundamente irritado. Ahora resultaba que tenía encomendada la tarea de recuperar, de un hombre que no lo tenía, un dinero que de hecho ya estaba en su poder. Si algo, Jubal tuvo que apreciar la ironía. Aparentemente, Ferkov no era capaz de hacerlo. Le asestó a Valensky con furia otro puñetazo en el estómago.

Claro que Jubal no tenía motivos tampoco para ver el vaso medio lleno. Ahora lo convertirían en pulpa para sacarle una información que no podía dar, porque no la tenía. El vaso estaba vacío. No le quedaba ni una gota.

Acorralado, Jubal intentó encontrar una mentira convincente que lo sacara del lío.

Antes de que pudiera decir nada, sin embargo, Ferkov le cogió el dedo anular de la mano izquierda y se lo dobló hacia atrás sin una palabra de aviso. La articulación dio el crujido característico de algo roto. Esta vez Jubal no pudo retener el alarido de salió de su garganta.

—Esto para que te pienses mucho lo que dices, la próxima vez —le susurró Ferkov al oído—. Tienes nueve más —dijo en voz alta—. Vamos, no me hagas perder el tiempo. ¿Qué has hecho con el dinero?

Jubal no podía contestar en ese momento. Gruñía apretando las mandíbulas, intentando controlar la agonía que irradiaba desde su mano.

Ferkov le dirigió una sonrisa sádica.

—Si lo devuelves, te dejaremos ir con vida. Todavía estás a tiempo —declaró cínicamente.

Hijo de puta. Valensky lo miró con los ojos inyectados en sangre, mientras Jubal buscaba frenéticamente una salida.

—Está bien —dijo Jay, fingiendo derrota—. Está bien... Me rindo. Lo devolveré. Dejadme ir a buscarlo.

Era un brindis al sol, pero tenía que intentarlo. Era la única oportunidad que se le ocurría para salir vivo de ésta. Y poder salvar aquellas chicas prisioneras.

Ferkov lo miró intrigado porque, obviamente, sabía que mentía. Se echó a reír.

—Claro, Valensky, y te pagaremos el taxi. Muy gracioso. Pero... Si tienes el dinero, dime dónde —se le escapó cierto tono irónico—. Mandaremos alguien a buscarlo...

Parecía dudar de que un matao como Valensky pudiera juntar siquiera cincuenta pavos y, al mismo tiempo, preguntarse si podía sacar aún más beneficio de aquello.

—No. Iré yo a buscarlo y se lo entregaré al Sr. Berzin —replicó Jay mirándolo a los ojos—. No me fio de ti.

Ferkov resopló por la nariz, como si eso le hubiera hecho gracia.

—No sé si los tienes muy bien puestos o es que eres idiota, Valensky. No estás en posición de negociar.

Hizo un gesto. Shelgin y Pavlenko se acercaron. El primero lo golpeó en la mandíbula; el segundo una vez más en las costillas.

Alguien llamó a la puerta. Ferkov abrió una rendija y el que fuera le dio un recado que Jubal no pudo oír, antes de cerrar de nuevo.

—Tengo que irme —anunció—. Vuelvo enseguida.

Pero se quedó un momento mirando a su prisionero, como pensando. Jubal casi pudo leerle la mente. Ferkov no quería darle la oportunidad de que hablara con sus hombres. No le interesaba, claro, que algo de lo que Valensky pudiera decir sembrara dudas en los demás. Antes de irse, Ferkov se las arregló para volver a dejarlo inconsciente. No le fue muy difícil. Un golpe en el pómulo le giró la cabeza a Jubal violentamente y algo hizo corto en sus cervicales. Otra vez. No sabía cuántos golpes como ése iba a poder resistir. Su último pensamiento consciente fue que le había fallado a Isobel. Y, sobre todo, a aquellas pobres chicas.

·~·~·

Equipada con un micro y una cámara oculta en un botón de su camisa, Maggie fue a Schastlivaya Vstrecha en busca de Jubal.

Con una actitud impaciente, entró en la oficina y se dirigió al mostrador de seguridad, donde se sentaba Todd.

—Buenas tardes. Estoy buscando a Jay Valensky. ¿Está aquí?

La voz de Maggie se oyó con claridad en el JOC mientras en las pantallas, se veía a Todd tras el mostrador. Afortunadamente, parecía que el jammer no afectaba a aquella zona de la oficina.

—Buenas tardes —contestó Todd—. Cuando he llegado hoy, él ya no estaba. ¿Puedo preguntar su nombre?

—Carla Valensky. Soy su ex mujer —dijo—. Este imbécil ha vuelto a dejarme plantada —añadió con desparpajo.

Isobel reconoció una vez más las dotes de agente encubierto de Maggie. Sonaba genuinamente irritada.

—Si me permite un momento, iré a preguntar —ofreció Todd.

Todd se marchó y Maggie esperó muy en su papel de ex-mujer enojada.

Tras un tiempo desesperadamente largo, Todd regresó acompañado de un hombre que, por lo que Jubal le había contado, Isobel estuvo segura de que era Ferkov, la mano derecha de Berzin. Le echó a Maggie una mirada de arriba a abajo algo repulsiva.

—Buenos días, Sra. Valensky. Lo siento, pero su ex marido ya no trabaja aquí —dijo con sequedad—. Fue despedido esta mañana porque hoy llegó borracho a trabajar.

—¡¿Qué?! —su extrañada exclamación sonó espontánea—. Pero- ¡¿será desgraciado?! —reaccionó Maggie, demostrando buenos reflejos—. Se acabó. ¡Esta vez ya se puede ir despidiendo de las visitas a los niños!

Ferkov se encogió de hombros, poniendo de manifiesto que eso no le importaba lo más mínimo. Maggie se giró para salir de allí, haciendo como que estaba furiosa. Pero, antes de llegar a la puerta, se detuvo.

—Perdón, si no les importa, ¿podría usar el aseo? —preguntó fingiendo estar aún reprimiendo su furia.

Todd miró hacia Ferkov, para pedir confirmación, pero éste ya se estaba yendo. Todd le dio indicaciones y Maggie se dirigió hacia allí.

—Maggie, ¿qué haces? — le dijo Isobel por el comunicador.

Maggie esperó a estar en el baño y a asegurarse de que no había nadie en los cubículos para contestar.

—Ese tipo miente —protestó indignada en voz baja.

Parecía molesta de que hubieran acusado a Jubal de borracho, precisamente. Isobel podía entenderlo porque se sentía igual.

—Por supuesto —contestó, tensa—. De eso descuida que no me cabe ninguna duda. Pero he preguntado: "¿qué haces?".

—Voy a husmear un poco por aquí.

—Negativo. Ni tu tapadera ni la situación te permiten adentrarte ahí. Regresa. Pensaremos otra cosa para averiguar más.

Maggie protestó:

—¡Pero Isob-!

—Maggie, es una orden —la interrumpió Isobel, cortante.

Maggie miró al espejo con cara de tener ganas de romper algo.

Isobel la vio abrir la boca para replicar pero, en ese momento, alguien entró en el baño: una treintañera bastante atractiva con una espesa melena oscura. Por la descripción de Jubal, Isobel supo que era Patricia, la secretaria. Maggie disimuló con soltura bajando la cabeza y lavándose las manos. Patricia se puso a su lado, mirándose al espejo y arreglándose innecesariamente el pelo.

—Ey, escucha... —murmuró sin mirar a Maggie—. Jay... Jay me cae bien. Parece un buen hombre. Esta mañana... no llegó borracho. Tuvo una... una discusión con nuestro jefe y luego se- se lo llevaron al almacén de atrás... ¡Pero yo no te he dicho nada! —exclamó en susurros.

Y salió corriendo de allí.

Sin perder los nervios, Maggie terminó de lavarse las manos, salió del baño y luego a la calle.

—¿Has oído, Isobel? —preguntó Maggie—. ¡Está aquí! —exclamó alterada en voz baja.

Lo han capturado..., pensó Isobel inundada en desesperación. El peso invisible e inmenso de antes le había vaciado los pulmones. Una bruma oscura y espesa nubló sus ojos. Sus piernas le fallaron. Tuvo que apoyarse con una mano en la mesa de Jubal para no caer. A su alrededor varios pares de ojos la miraban espantados.

Y entonces la chispa de una certeza saltó crepitando, despejando su mente con la violencia de una descarga: la vida de Jubal podía depender de lo que ella hiciera a continuación. Tomo una profunda bocanada de aire. No podía permitirse el lujo de dejarse llevar por el pánico. No podía perderlo a él también. No podía. Expulsó el aire, despacio. Tenía un trabajo que hacer.

Su visión empezó a aclararse. Y recuperó su entereza.

Elise la miró con una sorprendida y abierta admiración.

—Entonces, tendremos que entrar a buscarlo —dijo Isobel, el fuego de la determinación ardiendo en sus ojos; la firmeza de su voz habría enviado jinetes a la carga.

Los demás en el JOC asintieron, irresistiblemente impulsados por la fuerza su resolución.

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