Entre la espada y la pared
Capítulo 6. En grave peligro


Cuando Ferkov regresó, lo despertaron arrojándole agua a la cara.

Resoplando, Jubal sacudió la cabeza para quitarse el agua de los ojos. Y se preocupó de verdad al ver que esta vez Ferkov traía consigo una picana eléctrica para ganado y una sonrisa malévola.

Jubal ya tenía planeado lo que le iba a decir, pero Jay no se habría fiado de Ferkov. Con un nudo en el estómago se dio cuenta de que tendría que seguir en su papel y soportar algunas descargas antes de ceder.

Le abrieron la mojada camisa de un tirón, saltando todos los botones, y le descubrieron el pecho.

Sin previo aviso, Ferkov le aplicó un primer y largo calambrazo en el costado, sin preguntarle nada, solo para que se fuera enterando.

Decir que fue doloroso sería quedarse corto, pero eso ya se lo esperaba. Jubal boqueó por falta de aire cuando Ferkov paró. Lo que no había previsto era que después sus maltratadas costillas se quejarían el triple por la tensión que habían soportado sus músculos. Mientras, el dolor en su nuca parecía que le iba abrir el cráneo.

—Qué, Valensky, ¿se te refresca la memoria? —preguntó Shelgin, divertido.

—Que te follen —escupió Jubal entre dientes apretados; no pudo dar con una respuesta mejor en ese momento.

—Ah, ¿no? Yo tengo toda la tarde —dijo Ferkov con ligereza.

Y le aplicó la picana de nuevo.

Todo se volvió agonía una vez más, sólo que en esta ocasión su cerebro dejó de registrar el tiempo. Simplemente se hizo eterno.

Jubal se rindió a la evidencia. Si lo sometían mucho a aquello terminaría confesando lo que no debía.

—¡Basta! Por favor, basta —jadeó—. Tengo dinero escondido. Por favor, cogedlo y dejad que me vaya —suplicó Jay sólo un poco más desesperado de lo que realmente se sentía Jubal.

—Buen chico —aprobó Ferkov dándole unas humillantes palmadas en la cabeza que le hicieron ver las estrellas—. Dime dónde está.

Y Jubal le dijo exactamente la dirección del equipo de vigilancia. Rezó todo lo que supo por que, cuando aparecieran por allí, no cogieran desprevenidos a Maggie y a los demás. Y por que Isobel entendiera el "mensaje" y enviara al SWAT antes de que Ferkov se pusiera "creativo" con la picana. Parecía de la clase de tipo capaz de hacerlo.

Además, era su última oportunidad, porque ya tenía claro que Ferkov no tenía intención de dejarlo con vida después...

Ferkov mandó a Pavlenko a buscar el dinero. Desgraciadamente para Jubal, antes de dejarlo solo, Shelgin y él se entretuvieron un rato más viendo agitarse a Jay bajo las descargas.

Cuando por fin se marcharon, el cuerpo de Jubal, agotado, perdió las fuerzas y se rindió a la inconsciencia.

·~·~·

Unas suaves y húmedas palmaditas en la cara, obligaban a Jubal a espabilarse. Se resistió. No quería volver totalmente a la consciencia porque el dolor se hacía progresivamente presente. Le parecía que la cabeza iba a estallarle y las costillas le dolían solo con respirar.

Pero aquellas amables manos insistieron y Jubal parpadeó, intentando enfocar la vista. Ante sus ojos flotó borroso el rostro de Isobel. Perfecto. Encima ahora estoy alucinando, pensó descorazonado.

Y entonces la imagen se hizo más nítida. Isobel estudiaba su rostro con expresión angustiada.

El agudo pánico que Jubal sintió entonces lo despejó brusca y repentinamente.

—¡Isobel! ¿¡Qué haces aquí!? — exclamó, absolutamente aterrado de que estuviera atrapada allí con él en aquel nido de execrables bellacos.

·~·~·

—Buenas tardes, Sra. Valenciaga. Por favor, pase y siéntese —la recibió Berzin con tono obsequioso—. ¿Quiere un café?

Isobel entró al despacho de Berzin con paso orgulloso y ademanes altivos. Su alias, Bárbara Valenciaga, era una mujer que poseía muchísimo dinero y más aún soberbia. Esperó a que Berzin le acercara la silla, como si la gente hiciera eso siempre por ella, y se sentó.

—No, gracias. No me apetece —replicó displicente.

Berzin se sentó al otro lado de su mesa.

—Cuánto me alegro de que haya decidido a acudir a nosotros —dijo Berzin servil, su mirada llena de avaricia.

Cuando Isobel se había presentado allí sin avisar aquella tarde, pero en un lujoso coche con chófer uniformado, Berzin debía haber hecho una búsqueda rápida en Internet. Elise y Kelly, con ayuda del equipo de trasfondos de operaciones encubiertas, habían hecho el trabajo en tiempo récord. Sin duda Berzin había encontrado la multimillonaria empresa de hostelería, hoteles y resorts en las Antillas que Bárbara había heredado de su padre.

Ahora ya tenían confirmación de que Jubal estaba prisionero dentro del edificio y de que estaba en graves problemas. Cuando aquel tipo, Pavlenko, había aparecido por el puesto de vigilancia lo detuvieron inmediatamente. Por supuesto, éste se había cerrado en banda pero en un hábil interrogatorio, Tiffany le logró sonsacar que Valensky lo había mandado allí a buscar un dinero que le debía. No estaban seguros de lo que había detrás de eso, pero Isobel en aquel preciso instante sí estuvo segura de dos cosas: que no habían descubierto que Jay era una identidad falsa, y que aquello era una desesperada petición de ayuda. De lo contrario, Jubal jamás habría desvelado la ubicación de su propio equipo.

Isobel valoró seriamente enviar a los SWAT de inmediato pero, sin saber dónde estaba Jubal dentro de aquel laberinto ni lo que estaba pasando allí dentro, no quiso arriesgarse a que sus captores simplemente lo eliminaran al ser atacados. Así que ingeniaron otra estrategia.

—Selina habló bien de ustedes —mencionó Isobel el nombre de pila de una de las clientas de Schastlivaya del año pasado, sin dignarse siquiera a mirar a Berzin—. Veamos qué pueden ofrecer realmente.

Bárbara dejó que Berzin hablara largo y tendido, e insinuó siempre que pudo que no le importaba tener que pagar lo que fuera para agilizar los trámites o saltarse los requisitos, como por ejemplo que hubiera un padre adoptivo para la criatura. Quería un hijo y lo quería cuanto antes. Mientras tanto, Berzin se entusiasmaba cada vez más. Isobel casi le podía ver en los ojos los signos de dólar.

Simultáneamente, OA esperaba la oportunidad para colarse en la bahía de carga. Aprovechó la llegada de un convoy de tres camiones y entró sigiloso, pegado a la pared; encontró un escondite y esperó.

Isobel miró disimuladamente su reloj de pulsera.

—¿Sabe? Sí tomaría ese café después de todo —dijo Bárbara interrumpiendo a Berzin a mitad de frase.

El hombre prácticamente saltó de su asiento.

—¡Por supuesto, Sra. Valenciaga! Será un placer para mí.

Y salió del despacho.

Mientras estaba fuera, y justo a la hora acordada, OA activó la alarma antiincendios del edificio.

Durante el desconcierto de la evacuación, Berzin perdió la pista de la Sra. Valenciaga. Cuando vio el coche que la había traído separarse de la acera y alejarse calle abajo, pensó desilusionado que su potencial clienta se había impacientado con el alboroto y había decidido marcharse. Al entrar de nuevo en la oficina, ordenó inmediatamente a su secretaria que buscara el modo de contactar con ella, determinado a conseguir aquella oportunidad de dinero fácil.

·~·~·

La alarma seguía sonando cuando Isobel, utilizando una nueva copia de la tarjeta de acceso que Ian le había hecho, cruzó la puerta trasera. Dejó de oírse, sin embargo, en cuanto que accedió a la parte del laberinto de pasillos, demostrando que aquella zona estaba totalmente aislada del resto.

Se quitó los caros zapatos de Bárbara y los guardó en el bolso. Era preferible andar descalza que caminar haciendo resonar aquellos tacones altos en esos pasillos.

Yendo a tiro hecho gracias a las claras anotaciones de Jubal y que Isobel había memorizado, se dirigió directamente la sala de control.

Al entrar, el tipo que vigilaba las pantallas se volvió. Isobel no desperdició el medio segundo de ventaja que supuso la sorpresa de que no la conocía de nada. Se abalanzó contra él y le aplicó los bornes del táser en el cuello. No podía arriesgarse a disparar su arma y que la descubrieran. El olor a ozono llenó la estancia, mientras el hombre se quedaba primero tieso y luego caía como un saco de patatas. Con movimientos urgentes pero hábiles, Isobel lo ató con bridas en muñecas y tobillos, lo amordazó con su pañuelo del cuello, y lo embutió como pudo en un armario de material que había allí.

No tenía mucho tiempo. Podían pillarla en cualquier momento. Estudió las pantallas. Sus ojos descubrieron con inquietud a las chicas prisioneras, pero aparcó aquella circunstancia al localizar a Jubal en otra de las imágenes.

Estaba atado a una silla, laxo e inmóvil. Isobel sintió que se le contraía dolorosamente el pecho cuando vio los claros signos de que había sido golpeado brutalmente. Lo observó detenidamente conteniendo la respiración hasta que al fin pudo discernir que él sí respiraba.

Llamó a Maggie y a OA por radio para que irrumpieran de inmediato en el edificio. Pero, tras varios intentos, fue evidente que era imposible establecer contacto. Allí dentro también debían estar interfiriendo la señal. Tendría que arreglárselas sola.

Primero tenía que localizar a Jubal pero, ¿dónde podría estar aquel almacén que se veía en la imagen? Al menos en ese momento estaba solo.

Examinando lo que veía, algo le llamó la atención en la esquina superior de la pantalla: una combinación de número y letra. Las demás también tenían, pero todas eran distintas. Estuvo segura de que eso era alguna clase de referencia. Miró a la mesa que había bajo las pantallas. Salvo una taza de café a medio beber y una revista de crucigramas, estaba vacía. Buscó a su alrededor, frustrada.

Y entonces lo encontró: un plano, sujeto con chinchetas a la pared de la izquierda. Lo estudió y enseguida vio que las estancias del plano estaban identificadas con los mismos códigos. Le hizo una foto con el móvil al plano y a las pantallas. Con una inquieta sensación de triunfo, Isobel memorizó el camino hasta el almacén en el que se encontraba Jubal y se fue en su busca.

·~·~·

Afortunadamente, el plano resultó ser preciso.

Una ola de alivio bañó a Isobel al abrir la puerta que se suponía era la correcta y encontrar dentro a Jubal. Cerró la puerta con cuidado detrás de sí. Él seguía inconsciente. Isobel se acercó ansiosa y no pudo evitar hacer muecas de dolorida empatía ante las magulladuras en su atractivo rostro, ante su mano y su pie lesionados, ante la sangre que había manado de su ceja y su nuca. Tenía una herida muy fea ahí detrás. Además, su camisa estaba abierta y tenía varias quemaduras en el torso.

Isobel tuvo que hacer un esfuerzo inmenso para controlar la furia que sintió en aquel momento contra el que fuera que lo había sometido a tormento.

Con lágrimas de rabia en los ojos, cortó las bridas que lo sujetaban a la silla. Arrodillándose a su lado, se humedeció un poco las manos con el agua de una pequeña botella que llevaba en el bolso e intentó despertarlo, palmeándole la cara con delicadeza.

—Jubal... Jubal... —lo llamó suavemente.

Al principio, se aterró al costarle conseguir alguna reacción, pero entonces Jubal parpadeó.

Y al reconocerla prácticamente perdió la cabeza:

—¡Isobel! ¿¡Qué haces aquí!? —exclamó, aterrorizado.

—¡Ssssh! Baja la voz —le pidió con urgencia—. Podría oírte alguien.

Jubal la agarró por los hombros, casi frenético.

—Santo Cielo, Isobel, aquí estás en grave peligro —añadió, ya en un volumen controlado, pero aún lleno de angustia.

Isobel casi se le escapó una risa histérica a la vez que sentía un fuerte estremecimiento en el corazón. Sin darse cuenta de que lo hacía, le acarició la cara a Jubal con inédita dulzura.

—Ya, que tú estabas completamente a salvo...

Al percatarse de lo que había hecho, Isobel disimuló el gesto limpiándole a Jubal la sangre del párpado, pero no pudo evitar que le ardieran las mejillas.

Jubal se la quedó mirando sin aliento, más aturdido aún que antes por el vibrante tañido de ternura y anhelo que había resonado dentro de él.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Isobel preocupada sobre todo por sus ojos mal enfocados y el golpe que tenía en la cabeza.

—¿Eh? —soltó Jubal, confuso.

Tal vez las descargas había alterado su química cerebral porque no sabía que nadie pudiera sentirse de tantas maneras a la vez: aliviado y dolorido y esperanzado y mareado y exaltado y espantado y-

Isobel lo interpretó como que estaba demasiado aturdido para contestar y lo miró con consternación. Le hizo beber dos breves tragos de agua.

—Vamos. Te sacaré de aquí —dijo con decisión.

Se puso en pie y tiró de él. El torso de Jubal protestó dolorosamente al levantarse. La cabeza le dio vueltas y se tambaleó. Isobel se apresuró a pasarse uno de los brazos de él por sus propios hombros para ayudarlo a caminar.

—Tienen retenidas a varias chicas —murmuró Jubal, cojeando sobre piernas inseguras; tenía el pie hinchado y los músculos no le respondían del todo.

—Lo sé —contestó Isobel con el corazón encogido—. Las rescataremos. No te preocupes por eso ahora.

—Isobel... —Jubal se detuvo y se volvió hacia ella—. Las han estado violando...

La atormentada certeza que vio en sus ojos horrorizó a Isobel. Tuvo que hacer un esfuerzo por concentrase en el aquí y ahora en lugar de que aquello implicaba que había sido testigo de aquella atrocidad.

Salieron al pasillo. A Jubal le costaba avanzar. Tenía que apoyarse mucho en ella. Alcanzaron la primera esquina e Isobel se asomó con prudencia antes de doblarla. Recorrieron otro tramo de pasillo más. Ella lo conminaba a apresurarse. Iban contrarreloj. Si el tipo de la sala de control se despertaba o descubrían que Valensky había desaparecido, se les agotaría el tiempo de golpe.

Pero cuanto más se esforzaba Jubal, más se debilitaba. El dolor en su cabeza se estaba haciendo insoportable, y la sentía como si tuviera el doble de su tamaño. Sus piernas temblaban, resistiéndose cada vez más a sostenerlo. Isobel prácticamente ya iba cargando con todo su peso.

La respiración de Jubal se hacía a cada momento más trabajosa.

—No... no creo que pueda seguir, Isobel —jadeó—. Sal de aquí y vuelve con los SWAT.

Jubal sabía que Isobel era capaz de defenderse si era necesario pero la sola idea de que cayera en manos de aquellos malnacidos lo aterrorizaba.

—¿Y mientras te dejo aquí para que te maten? Ni hablar —replicó ella, tajante.

Además, estaba la otra cuestión que lo atormentaba. Al menos uno de los dos tenía que lograr salir de allí.

—Isobel... Esas chicas dependen de ti ahora —declaró Jubal angustiado.

Aquello sí logró que Isobel se detuviera. Ella tragó con dificultad.

—Lo sé, pero no... No puedo... —perderte. No encontró el valor para decirlo en voz alta— ...dejarte aquí. Vamos, Agente Especial Valentine, camine —le ordenó con firmeza y volvió a tirar de él.

Jubal obedeció y luchó denodadamente por mantenerse en pie, aunque manchas oscuras empezaron a nublar su visión.

Desgraciadamente, no pudieron dar más de cuatro pasos más antes de que las rodillas de Jubal le fallaran, y se convirtiera en un peso muerto.

—Por lo que más quieras, Isobel, vete, por favor... —suplicó en un débil murmullo.

Pero, para su desesperación, mientras volvía a perder la consciencia, pudo sentir que Isobel seguía intentando tirar de él aun estando tirado en el suelo.

Sin poder evitar caer de rodillas junto con Jubal, Isobel lo llamó, lo sacudió angustiada, intentando sin éxito que reaccionara.

De pronto, se oyeron pasos que venían por el pasillo.

Apartando su profunda preocupación por el estado físico de Jubal, Isobel desistió de espabilarlo. No podían quedarse allí en medio. Necesitaban un escondite, ya. Frenética, localizó la puerta más cercana y lo arrastró de las axilas hasta allí.

Los apresurados pasos eran de más de una persona y se oían cada vez más cerca.

Abrió la puerta a la desesperada porque no sabía que encontraría al otro lado. Afortunadamente, se trataba de una de las celdas vacías. Isobel exhaló aliviada, mientras tiraba de Jubal, metiéndolo dentro todo lo rápido que pudo.

Los pasos estaba ya allí mismo, a la vuelta de la esquina más próxima.

Isobel saltó por encima del cuerpo inánime de Jubal para alcanzar la puerta y cerrarla. Tiró de la hoja a toda velocidad pero la frenó en el último segundo para evitar un portazo que los delatara.

La puerta estaba a punto de encajarse en el marco cuando, para horror de Isobel, algo la retuvo desde el otro lado.

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