Entre la espada y la pared
Capítulo 7. En el vientre de la bestia


El afilado dolor de un golpe en las costillas fue lo que le devolvió bruscamente la conscienca a Jubal.

Estaba en el suelo de una de aquellas celdas, y Shelgin le acababa de patear el costado para acercarlo al radiador de la calefacción y esposarle las manos a él.

Con la vista borrosa, Jubal alcanzó a ver que cerca de la puerta, otro de los matones sujetaba de un brazo a Isobel. Aunque ella no se resistía; sólo lo observaba todo con una dura mirada analítica. Sus ojos brillaron de alivio al ver que Jubal había despertado.

Ferkov estaba allí, apuntándola con una pistola. La picana eléctrica colgaba de su cinturón. Estudiaba a Isobel, intrigado.

Las pulsaciones de Jubal se dispararon y el corazón casi se le salió por la boca. Su cuerpo se quejaba, agarrotado y dolorido, pero el aturdimiento se le pasó por completo. La desesperación lo envolvió. A partir de ese momento, Jubal sería el único responsable de lo que fuera a pasarle a Isobel.

—Entonces, ¿quién eres tú? ¿De dónde sales? —preguntó Ferkov.

Isobel estaba intentando dar con la estrategia que mejor manejara aquella situación. Decidió arriesgarse con otro alter ego cuya historia pudiera encajar.

—Soy Marisol, su novia —dijo haciendo un gesto hacia Jay, con un marcado acento mejicano que Jubal nunca le había oído y una actitud chulesca que jamás le había visto.

Jubal apenas pudo disimular su desconcierto. Afortunadamente, nadie miraba en su dirección.

—¿Y has decidido que ibas a entrar a por tu novio aquí por las buenas?

Ella se encogió de hombros con displicencia. Isobel se sorprendió de lo fácil que le estaba siendo adoptar la osada personalidad de Marisol, aún después de tantos años de no meterse en su piel.

Mientras, Shelgin le registró el bolso y, después de sacar los zapatos y la botella de agua, encontró rápidamente su navaja, el táser y su pistola. Las bridas.

Los tres hombres la miraron sensiblemente más cautos. Por su parte, y a pesar de su miedo, Jubal estaba absolutamente fascinado ante su transformación. Se esforzó en que Jay siguiera pareciendo aturdido.

—Eres una mujer de armas tomar, ¿eh? —comentó Ferkov, evaluándola.

Marisol se encaró con él y lo estudió detenidamente.

No tuvo que alzar la cabeza: no era mucho más alto que ella. Ferkov no era un hombre agraciado, pero tampoco era horrendo. Contaba con una nariz elegante, ligeramente aguileña, un espeso pelo negro y unos ojos claros y penetrantes... Era solo que sus mejillas hundidas, su mirada sombría y su expresión aviesa lo hacían simplemente malencarado.

—No quiero problemas. Sólo he venido a buscarlo a él —replicó Marisol señalando a Jay, pero sin perderle la cara Ferkov.

Su desparpajo casi hizo sonreír a Jubal a pesar de todo.

Entonces Shelgin sacó la identificación de Bárbara Valenciaga. Naturalmente, Isobel no llevaba consigo su verdadera identificación, ni su placa.

—Es falsa —dijo Marisol de inmediato con aplomo—. De algún modo tenía que entrar. Mira, no sé qué os ha hecho Jay, pero es obvio que ya le habéis dado su merecido. ¿Nos podemos ir ya?

Aunque le aterraba cuál podría ser la reacción de Ferkov, Jubal no pudo evitar encontrar irresistible aquella muestra de osadía.

—Buen intento —replicó Ferkov, irónico—. Pero tu novio nos debe dinero.

—Yo ya te he dicho dónde encontrar lo que tengo —intervino Jay.

La ronquera de su voz inquietó a Isobel, pero también la tranquilizó mucho que estuviera lúcido y coherente. No dejó que se le notara, de todos modos.

Ferkov se volvió hacia él.

—Ya, pero Pavlenko no ha vuelto —le informó.

La comisura de la boca de Isobel se alzó de manera casi imperceptible, excepto para Jubal. Por supuesto, pensó él. Pavlenko ahora mismo debía estar en una celda del 26 Fed. Isobel y Jubal hicieron un esfuerzo por no intercambiar una mirada cómplice.

—¿Y te fías de él? —contraatacó Jay —. ¿Estás seguro de que no se ha largado con mi pasta?

Ferkov pareció no estar seguro del todo, no.

—Mira —intentó Marisol—. Tengo amigos. Puedo conseguir el dinero. ¿De cuánto estamos hablando?

—Cien de los grandes.

Isobel dejó que su desazón se filtrara en forma de sorpresa en el rostro de Marisol. No iba a ser fácil que colara que podía conseguir esa cantidad de pasta. Tragó saliva.

—Está bien. Puedo conseguirlo —aseguró con toda la firmeza de la fue capaz—. Si nos dejas marchar a los dos.

Mientras guardaba su pistola, Ferkov levantó una ceja, incrédulo, pero pareció evaluar la oferta.

—¿Y qué sacaría yo de eso? El dinero es de Berzin.

Jubal se tuvo que morder la lengua. Volver a acusarlo de miserable ladrón probablemente no ayudaría en nada ahora tampoco.

Marisol miró a Ferkov sin comprender. Jubal tampoco sabía de qué iba aquello, pero empezó a sentir que se le erizaba el vello de la nuca.

—¿Qué quieres? ¿Más dinero? —ofreció Isobel.

Las promesas vanas me salen gratis, pensó.

—Veinte para repartir entre nosotros tres no estarían mal... —dejó caer Ferkov, haciendo un gesto para incluir a sus hombres.

—De acuerdo. Conseguiré veinte mil más.

Eso amplió la sonrisa de Ferkov, e Isabel se maldijo porque supo entonces que no debería haber aceptado tan rápido. Sólo había sido una trampa para conocer la medida de su desesperación y de sus mentiras.

—Por otro lado —dijo Ferkov caminando alrededor de Isobel y mirándola de arriba a abajo—, es cierto que ya no eres una niña... pero siempre me han gustado las mujeres más mayores que yo. —A Jubal le ascendió una ardiente furia a la garganta cuando vio los ojos de Ferkov brillar con abierta y sucia lujuria—. Y tú estás muy buena —añadió y acercó la mano tocándole el culo.

—¡No la toques, [hijo de puta]! —exclamó Jay insultándolo en ruso con fluidez.

Mirándolo de reojo, Ferkov sonrió de medio lado como si eso le complaciera; se pegó a ella desde detrás para susurrarle a Isobel en el oído:

—Él se queda como garantía. Te dejaré a ti ir a buscar el dinero... si antes eres "amable" conmigo.

Se hizo un silencio viscoso mientras sus palabras calaban.

Fue Jubal el que lo rompió.

—¡Ni hablar!

Ferkov volvió a sacar el arma y apuntó a Jubal al pecho. Se encogió de hombros.

—Son mis términos. O los tomas o los dejas —le espetó a Marisol.

Ella miró a Jubal, que negaba con la cabeza, los ojos desorbitados. Parecía dispuesto a recibir la bala. Isobel se tragó su repulsión. Ahora estaba segura de que no era la única que había hecho promesas vacías. Ferkov sólo estaba jugando con ellos porque, de hecho, estaban ya a su merced. Pero, en realidad, Jubal e Isobel no necesitaban salir de allí. Sólo necesitaban ganar tiempo, y eso Ferkov no lo sabía.
—Está bien.

—¿¡Qué!? ¡No! —gritó Jubal espantado, las imágenes de Ferkov y Shelgin abusando de aquella pobre chica aún demasiado frescas en su mente— ¡De ninguna manera, Is-!

—¡Calla, Jay! —lo interrumpió Marisol a tiempo de impedir que la llamara por su verdadero nombre.

Que ella utilizara el alias de su tapadera y cómo Isobel lo miró a los ojos le devolvió a Jubal algo de equilibrio. Los de Isobel decían "Sé lo que hago".

—¿Qué es lo que quieres exactamente? —le dijo Marisol a Ferkov.

Él guardó la pistola. Le cogió la cara a Isobel y se la giró forzadamente para que lo mirara.

—Oh, no sé, encanto. Me gusta tomarme mi tiempo.

Jubal apretó puños y dientes, mientras Ferkov se separaba con una sonrisa desagradable en la cara. Les hizo una seña con la cabeza a los otros dos para que se largaran.

—¿Quieres ayuda? —preguntó Shelgin mirando a Marisol con ansiosa lascivia.

—No. A esta quiero quebrarla de otra manera...

Jubal no quería siquiera imaginar qué significaba eso.

Shelgin pareció muy decepcionado, pero obedeció. Cuando él y el otro tipo se acercaron para coger a Jay, Ferkov los detuvo.

—Dejadlo aquí. Quiero que mire —dijo con un tono inconfundiblemente sádico.

—¿¡Qué!? —exclamó Isobel, escandalizada.

—Bastardo enfermo —gruñó Jubal forcejeando con las esposas.

Los dos matones ignoraron sus protestas y salieron de la habitación llevándose el bolso de Bárbara y las armas de Isobel.

Ferkov apartó con el pie los zapatos de tacón, que habían quedado tirados en el suelo.

—Tal vez te pida que te los pongas luego... —dijo con una mirada sugerente.

Volvió a dar una vuelta alrededor de Isobel, esta vez pasando las manos cerca, como manoseándola sin llegar a tocarla. Isobel no logró reprimir un escalofrío de repugnancia. Jubal los miraba visceralmente aberrado e Isobel tuvo que hacer un terrible esfuerzo por ignorarlo completamente y seguir los movimientos de Ferkov.

Éste se detuvo frente a ella y retrocedió un paso. Miró a Isobel de arriba a abajo chupándose los labios. Ella permaneció inmóvil pero tensa bajo su escrutinio, intentando disimular su respiración agitada.

—Quítate la chaqueta —ordenó Ferkov—. Despacio.

Isobel obedeció, la mirada fría.

—Y los pantalones.

Jubal no pudo sino reconocerle el mérito de la gélida dignidad con la que se quitó las prendas.

—Desabotónate la blusa... —la voz de Ferkov se había vuelto ronca—. Ahora quítatela —pidió a continuación.

La cara blusa de seda cayó al suelo. Isobel no hizo ningún ademán para taparse, quedando allí de pie en su ropa interior -un conjunto cómodo y sensato que no pegaba con el resto de su ropa exclusiva-, con la barbilla alta y la expresión altiva.

Los ojos de Jubal recorrieron involuntariamente -y admiraron- su delicada piel, sus deliciosas curvas; su majestuosa figura. Se le escapó un suspiro. Y entonces vio que Isobel apretaba las mandíbulas y no podía evitar ruborizarse. Él apartó la cara, profundamente avergonzado de haber mirado en aquella situación. Ferkov observó intrigado aquel intercambio. Sacó su pistola lentamente.

—¿Quienes sois vosotros dos? Esta tía no es tu novia... —le dijo a Jubal, suspicaz.

Controlando apenas su pánico, Isobel tiró de Marisol para intentar distraerlo.

—¿Vamos a hacer esto o qué? —preguntó con descaro.

Ferkov se giró amenazadoramente.

—No me gusta tu actitud, puta. Tienes que aprender quién manda.

Y le soltó una tremenda bofetada. No por ser con la mano abierta fue en absoluto suave. Isobel se tambaleó del impacto -otras mujeres menos fuertes habrían terminado en el suelo- y la dejó aturdida.

—¡Hijo de puta cobarde! —rugió Jubal súbita y totalmente fuera de sí, luchando contra sus esposas con tanta furia que empezaron a sangrarle las muñecas—. ¡Como vuelvas a ponerle la mano encima te mato!

Empezó a soltar una ristra de insultos que Isobel jamás le había oído pronunciar.

Ferkov se rio con desprecio; se acercó y le arreó una terrible patada a su desprotegido vientre para silenciarlo. Jubal se encogió, sus pulmones bruscamente vaciados de aire, sus ya castigadas costillas apuñalándolo de dolor.

—Eres muy valiente contra mujeres y hombres atados —escupió Jubal—. Cobarde y despreciable gusano.

Ferkov lo miró furioso un momento. Aquello parecía haber acertado en un punto débil. Sacó la picana y le pegó a Jubal una descarga en el torso. Luego otra. Y otra más.

La agonía de las sacudidas envolvía completamente a Jubal. Pero no le importó. Mientras Ferkov estuviera ocupado con él, Isobel estaría a salvo. Su campo de visión se oscureció por los bordes y Jubal se concentró en luchar contra ello.

—¡Basta! ¡Basta, por favor! —gritó Isobel, más aterrada de lo que le habría gustado demostrar, y de lo que se habría atrevido a reconocer.

Ferkov la ignoró y volvió a electrocutar a Jubal.

—¡Por favor! ¡Por favor! —suplicó ella—. No le hagas más daño.

Ferkov observó a Jubal retorcerse en el suelo.

Se inclinó para mirarlo a la cara y le apoyó el cañón de la pistola a Jubal en la parte superior del cráneo. Tenía el dedo sobre el gatillo. Empezó a tensarlo. El corazón de Isobel se detuvo.

—Haré esto muy agradable. Te lo prometo. Por favor... —jadeó Isobel sin saber de dónde había sacado el aire para poder hablar.

Ferkov pareció pensárselo.

—Estate calladito un rato, Valensky —dijo con un susurro ronco y peligroso—. Podrás gritar luego, cuando ya me la esté follando.

Totalmente asqueado y mirándolo con desafiante furia, Jubal abrió la boca para provocarlo de nuevo. Pero Ferkov se le adelantó:

—¿O prefieres que use la picana con ella? —amenazó.

Isobel no pudo evitar sentir un escalofrío. Jubal parecía dispuesto a arrancarle a Ferkov la yugular con los dientes, pero no dijo nada más.

Dejando a un lado la picana, y devolviendo la pistola a la parte posterior de la cinturilla de su pantalón, Ferkov se volvió hacia Isobel. Le sonrió con una lascivia repulsiva.

—A ver cómo de agradable puedes ser, monada. Me encanta que me la chupen.

Todavía jadeando y con el corazón desbocado por el susto, Isobel asintió sumisa y se pegó a Ferkov sensualmente, aunque evitando mirarlo a la cara.

Se le destrozaba el corazón al ver a Jubal por el rabillo del ojo mirarlos con la cara desencajada, forcejear desesperadamente contra sus ligaduras.

Todos los terribles y agudos dolores de su cuerpo dejados en un segundo plano, Jubal pensaba que estaba perdiendo la cabeza en aquella pesadilla. ¿Realmente sabía Isobel lo que estaba haciendo? ¿A lo que se exponía? Ferkov la manoseaba a puñados y se pegaba a ella de un modo grosero y sórdido.

No. No podía mirar mientras pasaba aquello. No podía. Pero ¿cómo iba a cerrar los ojos? ¿Cómo apartar la cara ante su tormento, como si se avergonzara del sacrificio que Isobel estaba haciendo por él? La culpa se hizo asfixiante.

Irremediablemente sumergido en aquel horrendo martirio, se obligó a mirar, los ojos llenos de lágrimas de desgarradora impotencia.

Ferkov la agarraba por las nalgas para rozarse contra ella, pero no intentó besarla; parecía preferir observar sus reacciones y disfrutar que Isobel no lograba ocultar su desagrado. El modo en el que Ferkov le cogió ambos pechos, la hizo sentirse especialmente sucia. Una sensación de ardiente nausea ascendió a su garganta. Intentando con todas sus fuerzas conservar un ápice de calma, tal como habría hecho una tipa dura como Marisol, Isobel le acarició los brazos y los hombros a Ferkov.

Ante aquel inicio de gentileza, él enseñó los dientes en una mueca cruel y le metió forzadamente la mano entre las piernas. Isobel no pudo reprimir del todo un gruñido de dolor, que Ferkov encontró aparentemente muy satisfactorio, a juzgar por sus jadeos y por el tamaño de la excitación que frotaba contra ella.

Isobel estaba empezando a asustarse. Tal vez aquella no había sido tan buena idea. Estaba ganando tiempo para que Maggie se decidiera a entrar con los SWAT. Pero, tal como estaban yendo las cosas, a Ferkov le daría tiempo a violarla antes. De varias maneras distintas.

Dios Santo... Y Jubal estará mirando.

Aquel cerdo la invadió aún más con una mano, mientras le pellizcaba con fuerza uno de sus pezones con la otra, logrando hacerla quejarse de nuevo, más fuerte esta vez. Pero Isobel se obligó a ignorar el dolor y la humillación, tanto como a Jubal, que estaba reaccionando violentamente contra sus esposas por puro reflejo.

Se concentró en subir sus manos lentamente hasta la nuca de Ferkov, como una amante.

—Ponte de rodillas —le exigió entonces Ferkov.

Isobel se quedo paralizada.

—Oh, ¿necesitas un incentivo? —preguntó Ferkov, burlón— ¿Qué tal si pruebo la picana en sus genitales? —sugirió haciendo un gesto hacia Jubal.

—¡No! ¡No, por favor!— exclamó Isobel horrorizada.

—OK. Entonces, ya sabes —dijo ansiosamente Ferkov—. Y recuerda que has prometido hacerlo muy agradable.

Cuando Jubal oyó aquel malnacido pedirle aquello a Isobel, pensó que le estallarían las arterias del cuello. Para su más absoluta aberración, Isobel empezó a agacharse. Habría preferido sufrir la picana.

Y de pronto, con una rapidez de la que no parecía capaz cuando se la veía profesional y serena en la oficina, aprovechando el movimiento que había iniciado y que lo tenía agarrado por la nuca, Isobel le pegó a Ferkov con todas sus fuerzas un tremendo rodillazo entre las piernas.

Ferkov se dobló sobre sí mismo con los ojos desorbitados y un gruñido ahogado. Sin perder ni una décima de segundo, Isobel lo golpeó con precisión en la tráquea con la mano izquierda. Y descargó un impecable derechazo cruzado con el talón de la mano contra la cara de Ferkov.

Jubal estuvo a punto de aullar de fiera exaltación. Pero no tuvo tiempo.

Desgraciadamente, Ferkov era un tipo duro. El ataque de Isobel no había sido suficiente para noquearlo. Aún tosiendo y aferrándose la garganta, Ferkov soltó un tremendo puñetazo de revés a Isobel que literalmente la lanzó por los aires. Y se abalanzó a por ella intentando gritar, aunque sólo salió un sonido gorgoteante y ronco.

Frenético, Jubal tiró de sus esposas y, estirando el cuerpo todo lo que pudo, deslizó con una pierna un poderoso barrido a los pies de Ferkov. Y lo derribó, haciéndolo caer sobre manos y rodillas.

Mientras, Isobel había logrado ponerse en cuclillas. No perdió la oportunidad: cargó contra Ferkov dándole un fuerte empellón que lo tiró al suelo de espaldas que lo puso al alcance de Jubal.

Con el corazón bombeando adrenalina a toda máquina en sus venas, Jubal maniobró con agilidad a pesar de las esposas y sus heridas, y le apresó el cuello Ferkov contra el suelo con la rodilla.

Ferkov intentó alcanzar su pistola. Afortunadamente, su propio peso se lo impedía. Se debatió, manoteando. Jubal aplicó más presión, pero Ferkov logró desestabilizarlo. La parte posterior de la cabeza de Jubal dio con fuerza contra la pared. El dolor en la nuca de Jubal estalló como una nube de confetti luminoso, y su consciencia perdió solidez, convirtiéndose en algo arenoso y difuso, imposible de aprehender.

Isobel vio aterrorizada los ojos de Jubal volverse hacia atrás y a Ferkov empezar a liberarse. Lo golpeó con furia varias veces en el pecho con el calcañar.

—¡Jubal! —lo llamó desesperada.

Fue la voz de Isobel llamándolo por su nombre lo que lo arrancó de las garras del desfallecimiento. Con un desgarrador bramido, Jubal se recuperó y volvió a sujetar a Ferkov, aplicando a pesar de la forzada postura todo su peso y toda la fuerza de la que fue capaz.

Los forcejeos de Ferkov continuaron, pero se fueron debilitando, hasta que por fin se detuvieron completamente.

Sin embargo, Jubal no dejó de apretar. Asustada, Isobel se precipitó al suelo de rodillas junto a él y le tocó el hombro con suavidad.

—Jubal. —Él no reaccionó. Ella le apoyó una afectuosa mano en la cara—. Jubal, déjalo. Vamos. Ya está.

Jubal parpadeó y la miró jadeando, como sacado de un trance de furia asesina. Se retiró y se sentó en el suelo, dándole con el pie a Ferkov para apartarlo de él, como si no soportara siquiera tenerlo cerca.

Todavía intentando recuperar su propio aliento, Isobel buscó la llave de las esposas en los bolsillos de Ferkov.

—¿Está muerto? —preguntó Jubal con voz hueca.

A Isobel le dolió el corazón al ver sus ojos tan atormentados. Cuando logró encontrar la llave, le tomó el pulso a Ferkov. Y soltó un profundo suspiro de alivio.

—Está vivo.

Jubal echó la cabeza hacia atrás. Una cosa era abatir a un criminal peligroso de un tiro y otra muy diferente matar a alguien cuerpo a cuerpo. Nunca había cruzado esa línea, y por el bien de su propia cordura esperaba no tener nunca que hacerlo.

Miró a Isobel mientras ella le quitaba las esposas con manos temblorosas, y se inquietó pensando que, desesperado por salvarla, no se había retenido en lo más mínimo. Si Ferkov estaba vivo aún era por pura suerte.

Cuando Isobel le liberó las muñecas, Jubal bajó los brazos con sendos quejidos. Ella estaba examinando consternada sus lesiones, cuando Jubal no pudo resistirse más y la atrajo hacia sí en un fuerte abrazo. Isobel sintió que se le desbocaba el corazón y se le llenaban los ojos de lágrimas. Achacó esa reacción emocional al bajón de la tensión y la adrenalina, pero se abrazó a él con la misma desesperación.

Permanecieron así por un tiempo que pareció eterno, como si se necesitaran mutuamente para no hundirse, como si no pudieran soltarse nunca.

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