Entre la espada y la pared
Capítulo 8. Acorralados


Cuando al fin se separaron, se miraron a la cara todavía el uno en brazos del otro. Todavía luchando por no dejar caer las lágrimas, Isobel vio a Jubal tragar saliva; parecía perdido, sus ojos aún recorriéndole a ella el rostro buscando algún asidero que le impidiera desmoronarse. Él alzó la mano y le acarició la mejilla, afligido por las magulladuras que ya empezaban a asomar. Isobel sintió un impulso tan fuerte de besarlo en aquel momento que no supo qué hacer consigo misma. Se mordió los labios con fuerza. Tanta que se hizo daño.

—Tengo que inmovilizar a Ferkov —murmuró con la voz temblorosa—. Podría recuperar el conocimiento...

Jubal bajó la cara.

—Sí, por supuesto —contestó, y se apartó.

Isobel echó de menos sus cálidos brazos en el mismo instante que dejaron de rodearla. Jubal parecía abochornado. Seguramente pensaba que la había incomodado. Isobel se sintió fatal. La culpa no había sido de él. Más bien al contrario... Quitándose con frustración las lágrimas de los ojos, maldijo mentalmente su propia torpeza, pero no supo ya cómo arreglarlo.

Volviendo a Ferkov boca abajo, Isobel le quitó la pistola, y se la pasó a Jubal, para entonces ponerle las esposas, con las manos a la espalda.

—Deberíamos amordazarlo —dijo Isobel.

Todavía le temblaba la voz. En realidad, le temblaba todo el cuerpo. Miró a su alrededor buscando algo con qué hacerlo.

Algo aturdido, Jubal se miró. Y se quitó la camisa.

—Usemos esto —propuso.

Había estado todo el rato con la camisa abierta, pero ver ahora a Jubal desnudo de cintura para arriba le produjo a Isobel desconcertantes sensaciones contradictorias difíciles de manejar. Se dolió de ver el alcance real de sus morados y quemaduras, pero a la vez sintió dentro de ella una intensa reacción sensual. Y además, de pronto fue vergonzosamente consciente de su propia desnudez.

—Yo... am... Creo que debería vestirme —murmuró.

Jubal la miró un instante antes de retirar bruscamente la mirada, parpadeando, como si él también hubiera llegado a olvidar que en ese momento Isobel sólo llevaba puesta su ropa interior.

—Sí... —se aclaró la garganta—, probablemente.

Recordando con tremenda vergüenza que antes no había podido evitar mirar, Jubal le dio la espalda a Isobel, dándole intimidad para vestirse de nuevo. Aunque, ahora, no podía sacarse de la cabeza la imagen de Isobel de pie, digna y casi desnuda ante él, como una diosa. Le iba a costar olvidar aquella visión, si es que lograba hacerlo algún día. No le cabía duda de que ella se había sentido invadida por su mirada. Jubal volvió a sentirse muy culpable. Pensó que debería disculparse, pero decidió que en esas circunstancias sólo conseguiría hacer la situación aún más embarazosa para ambos.

Rompió la camisa y con los trozos amordazó a Ferkov; también le ató los tobillos. E intentó ignorar que el dolor de cabeza le estaba regresando con todas sus ganas.

Mientras se vestía, Isobel procuraba no hacer caso del torso desnudo de Jubal, pero entonces, su memoria trajo a primer plano cómo la había mirado él antes, cuando se Ferkov le había pedido que se quitara la ropa. En fuerte contraste con la grosera lascivia en los ojos de Ferkov, los de Jubal habían estado llenos como de... ¿fascinación? Isobel notó que se sonrojaba ante el recuerdo y, sobre todo, su posible interpretación. Hizo lo posible por distraerse.

Su mirada se topó entonces con sus zapatos de tacón alto. Eran unos tacones muy sólidos. Se sintió un poco tonta porque podía haber usado uno de los dos como arma, pero no se le había ocurrido hasta entonces. Dándose cuenta de que ahora seguirían siendo un estorbo, permaneció descalza. Vestida de nuevo, Isobel se arrodilló de nuevo junto a Ferkov y le vació metódicamente los bolsillos.

A su lado, Jubal se sintió un poco más tranquilo al ver que Isobel había recuperado gran parte de su serenidad. Sus ojos aún estaban orlados de tensión, pero ya no temblaba.

Entre las posesiones de Ferkov, Isobel descubrió con excitación una tarjeta de acceso como la de Berzin y un móvil. Éste era de un modelo muy compacto y sencillo, sin pantalla táctil. Activó la pantalla. No fue necesario desbloquearlo.

—La interfaz está en ruso —observó Jubal que miraba el móvil junto a ella—, pero deberíamos poder llamar. Inténtalo —sonaba terriblemente cansado.

—Aquí dentro no funcionan los móviles, pero si logramos salir usando la tarjeta a la zona de carga, tal vez...

En ese momento el móvil empezó a sonar. Un tono midi de cinco o seis notas muy chillonas. Isobel atinó a silenciarlo en dos intentos. En la pantalla aparecía: Большой Босс. Jubal resopló levemente por la nariz, casi divertido.

—Creo que es Berzin.

Isobel descolgó. Efectivamente, al otro lado se oyó la voz del gerente de Schalisvaya.

—[Ferkov. ¿Dónde te has metido?]

Isobel y Jubal, evidentemente, no contestaron.

—[¿Ferkov? ¡Ferkov! ¿Me oyes? ¿Hola? Maldita sea...]

Y colgó.

—¿Cómo es posible que funcione? —se preguntó Isobel, mientras se esforzaba por recordar el número de Maggie y lo marcaba—. Yo no logré contactar antes con el mío.

—Es un modelo antiguo. Debe emitir en otra frecuencia —reflexionó Jubal—. Seguramente, así eluden el jammer.

El móvil dio tono, pero nadie cogía la llamada. Isobel se temía no haber recordado bien el número.

—¿Sí? —respondió una cauta voz femenina por fin.

—¿Maggie? Soy Isobel.

—¡Isobel! —respondió Maggie entusiasmada—. ¡Gracias al cielo! ¿Dónde estás?

Suspirando, Isobel se cogió a la mano izquierda de Jubal de puro alivio. Él vio las estrellas, pero se la apretó, devolviendo el gesto. Isobel le dio instrucción a Maggie de irrumpir con los SWAT en el edificio. Sería inmediato. El equipo estaba ya allí preparado y esperando desde antes incluso de que llegara Bárbara Valenciaga. Les advirtió sobre las chicas prisioneras. Ordenó que antes que nada tomaran la sala de control y que no dejaran escapar a absolutamente a nadie, en especial a Berzin. Por último, le dio a Maggie indicaciones precisas de cómo localizar la celda donde se encontraban ellos dos encerrados. Mientras tanto, Jubal la miraba con enorme admiración. Era asombroso verla así, firme y resolutiva incluso después de lo que Ferkov le acababa de hacer pasar.

—Ahora sólo hay que esperar... —suspiró Isobel después de colgar.

Empezaba a sentir que la tensión se iba convirtiendo en cansancio.

—Eres- Eso ha sido... impresionante —declaró Jubal.

Se había corregido a tiempo, pero no pudo evitar del todo que su voz sonara rendida.

El corazón de Isobel se estremeció. Se volvió y lo miró a los ojos... ¿Él le decía que ella había estado impresionante? ¿Después de haberlos salvado a los dos aun habiendo sido torturado, estando esposado y sufriendo una conmoción? Se dio cuenta de que su mano todavía estaba cogida a la de Jubal. Debería soltársela.

Sin embargo, en vez de eso, Isobel le acarició suavemente los dedos.

Aquel cálido y misterioso brillo en los ojos negros de Isobel hechizó a Jubal sin remedio. Notó el roce en su mano y su respiración se volvió más pesada...

Unos golpes llamando a la puerta los sobresaltaron. Se quedaron muy quietos y callados. Los golpes se repitieron.

—[¿Ferkov? Perdona, tío] —se oyó a Shelgin al otro lado—. [Sé que no te gusta que te molesten cuando estás con estas cosas, pero el jefe te está buscando.] —Aparentemente esperó respuesta—. [¿Hola? ¿Me has oído?]

—[Sí, largo] —contestó Jubal con el tono más neutro que pudo.

—[¿Qué?]

—[¡Que sí! ¡Que te largues!]

—[¿Cómo? No te entiendo...]

—[¡Que te largues!] —repitió Jubal ya a gritos.

—[Oye, mira, abre un momento, que no te entiendo.]

Jubal sospechó que Shelgin se estaba haciendo el tonto porque quería entrar a "participar" en lo que estuviera haciendo Ferkov. La furia y el miedo que brotaron en su pecho lo despabilaron aún más. Miró a su alrededor. Isobel lo observaba sin comprender.

—Quiere entrar. Tenemos que atrancar la puerta —susurró Jubal con urgencia.

—No se puede —replicó alarmada Isobel también en susurros—. Esto es una celda. ¡La puerta se abre hacia afuera!

Simplemente no tenían escapatoria.

—[Venga, va, abre] —insistió Shelgin—. [Déjame mirar un rato...]

Jubal sintió que el pánico volvía a hacer presa en él. Si Shelgin rescataba a Ferkov, Isobel volvería a estar a su merced y, aunque Maggie y el equipo estuvieran ya en marcha, no sabía cuánto tiempo tardarían en encontrarlos. Esta vez Ferkov se aseguraría de que ni Isobel ni él pudieran hacer nada al respecto. Y la castigarían cruelmente, estaba seguro, con la picana y de otras maneras peores. No podía permitir que pasara eso.

Isobel lo miraba angustiada. Jubal cerró los ojos y tomó aire; lo contuvo un momento y exhaló, despacio. Y un pensamiento empezó a tomar forma en su mente.

—Tengo una idea —dijo en voz baja.

Entre los dos, quitaron el colchón de la cama, cubriendo a Ferkov con él para ocultarlo, pusieron de pie el somier de hierro y lo colocaron frente al hueco de la puerta. Isobel sufrió viendo que el esfuerzo estaba siendo agónico para Jubal, que jadeaba de dolor y le caía el sudor por la frente.

Mientras, Shelgin seguía insistiendo. Con una sonrisa cansada y una mueca de disculpa, Jubal le entregó la pistola a Isobel.

—Yo no creo que pueda acertarle a nada ahora mismo... —se explicó. Luego alzó la voz para decirle a Shelgin—: [Está bien, pasa. Pero abre tú. Yo no puedo ahora].

Mientras los dos se cubrían a ambos lados de la puerta, Isobel miró a Jubal, mortalmente preocupada. No sabía cómo se sostenía aún en pie. Ni cuánto resistiría...

—[Claro tío. Abro yo. Ningún problema] —contestó Shelgin.

Sonaba asquerosamente entusiasta. La puerta se abrió revelando a Shelgin y al otro tipo de antes.

—¿Pero qué cojones...? —se le oyó decir al encontrarse el somier obstaculizando la puerta—. Ferkov, ¿qué pasa aquí? [Krezniev, ayúdame a quitar esto de en medio].

Entre los dos agarraron el somier y tiraron de él para apartarlo.

Y Jubal aplicó la picana a la estructura de hierro.

Krezniev se quedó pegado, agitándose con violentas sacudidas. Desgraciadamente, Shelgin sólo salió despedido, golpeándose la espalda con la pared del pasillo que tenía detrás. Sacó una pistola y abrió fuego sobre Jubal, moviéndose a su derecha buscando ángulo de tiro. Intentando cubrirlo, Isobel se asomó para devolver los disparos. A lo lejos, Jubal oyó con exaltación más detonaciones y gritos de "¡Alto! ¡FBI!". ¡La caballería! ¡Al fin!

Shelgin rodó por el suelo, esquivando, pero Isobel corrigió su puntería acertándole en un hombro. Cegado por el dolor, Shelgin disparó a lo loco. Y de pronto, una de sus balas le alcanzó a Isobel en la cabeza.

Súbitamente aterrorizado, Jubal la vio caer, el tiempo ralentizado en unos pocos segundos agónicos.

—¡NO!

Sin importarle lo más mínimo que perdería su cobertura, se lanzó a por ella en un salto desesperado por quitarla de la línea de fuego. Shelgin seguía disparando. Las balas rebotaron en el somier y volaron alrededor de Jubal, que cubría a Isobel con su cuerpo.

A Shelgin se le acabó la munición justo cuando se oyó que le daban el alto; miró hacia el final del pasillo, soltó una maldición, y echó a correr. Otros disparos lo persiguieron desde aquella dirección.

Jubal se irguió.

—¡SOCORRO! ¡AYUDA! ¡AYUDA! —gritó con todas sus fuerzas, destrozándose la garganta.

Le dio la vuelta a Isobel con sumo cuidado, con desgarradoras imágenes de Rina herida superpuestas ante sus ojos. ¡No, por favor¡ ¡No! ¡Tú también no!. Sobre la ceja derecha de Isobel, el agujero de bala que Jubal se había temido y que lo había puesto al borde de la más honda desesperación, no estaba; su frente sólo estaba marcada por un alargado y ennegrecido rasponazo. Isobel parpadeó.

—¿Jubal? —murmuró confusa.

Él la estrechó entre sus brazos emitiendo rasgados jadeos. El lacerante dolor que sentía en el pecho no desaparecía y le estaba impidiendo respirar.

Dan y otro SWAT aparecieron apresuradamente en el marco de la puerta, seguidos de Tiffany y Scola.

Al verlos, Jubal soltó despacio a Isobel mientras ella se incorporaba, todavía aturdida.

En cuanto Isobel ya pudo sostenerse por sí misma, a Jubal fue como si le hubieran tirado del enchufe. Su cuerpo se quedó laxo y se cayó de lado, sin sentido.

·~·~·

Era ya entrada la noche cuando Maggie entró en la habitación de hospital. Isobel soltó la mano de Jubal con disimulo.

—Isobel... —dijo Maggie— ¿Qué haces todavía aquí? ¿Los médicos no te habían dicho que te vayas a casa?

Después de haberle hecho un TAC, habían determinado que el roce de la bala no había afectado al cráneo de Isobel. Le habían tapado el rasguño con un apósito y le habían mandado reposo, pero no habían considerado necesario dejarla ingresada.

Jubal no había sido tan afortunado. Aparte de múltiples hematomas, tenía fisuras en varias costillas, una grave contusión en un pie y un dedo roto en una mano, además de las quemaduras por electricidad y un agotamiento extremo. Y por supuesto, una fuerte conmoción cerebral. Los doctores no se explicaban cómo podía haber aguantado consciente tanto tiempo.

—Sí, sí. Sólo me he pasado para asegurarme de que está bien —murmuró Isobel, estudiando afligida el rostro magullado de Jubal.

—Han dicho que está fuera de peligro —le recordó Maggie.

Afortunadamente, el escáner había descartado que tuviera heridas internas más graves o coágulos debidos al golpe de la cabeza.

—Lo sé, lo sé... —contestó Isobel con voz débil.

—Isobel, salta a la vista que necesitas descansar —le dijo Maggie, preocupada—. Vamos, déjame que te lleve a casa.

—No, voy a quedarme un rato más, por si despierta...

Maggie, la miró consternada. Aunque las heridas de ambos hablaban por sí solas, nadie sabía todavía con seguridad lo que Isobel y Jubal habían pasado dentro de aquel edificio de almacenes.

—Está bien. Pero luego descansa, por favor —pidió Maggie.

—Por supuesto. Descuida —le aseguró Isobel.

Maggie no la creía del todo, pero no insistió más y se marchó.

Al final, Isobel no dejó el lado de la cama de Jubal en toda la noche.

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