Entre la espada y la pared
Capítulo 9. Heridas abiertas


Al día siguiente, aunque lo que quería era quedarse en el hospital, Isobel tuvo que acudir al 26 Fed. Tuvo que marcharse incluso antes de que Jubal despertara para darse una ducha rápida en su casa y cambiarse de ropa.

Antes de irse, observó su rostro inconsciente con una sensación incontrolable que, sin querer pensar qué significaba, hizo que le doliera el corazón sólo por separarse de él.

Pero, había sido convocada para reunirse con el Subdirector y con el Ayudante del Fiscal General. Las ramificaciones del caso eran demasiado complejas para dejarlas desatendidas.

En su casa, al desnudarse, Isobel se quedó absorta mirando la ropa que se había quitado frente a Ferkov -frente a Jubal-, y las prendas interiores que Ferkov había apartado de manera ruda para meter sus manos debajo, su mente reproduciendo en bucle lo que había ocurrido en aquella celda. Con un esfuerzo, y una sensación de nausea, logró salir de aquel trance. Su reflejo la sorprendió mirándola con desagrado desde el espejo. Isobel no soportó ver su cuerpo desnudo, y tuvo que apartar la cara antes de meterse en la ducha.

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Cuando empezó a despertarse, lo primero que notó Jubal fue que tenía el cansancio calado en los huesos de una manera que no tenía fuerzas ni para moverse. Tenía un leve dolor sordo en la parte posterior de la cabeza, pero no le dolía nada más.

Había estado soñando que estaba en el hospital, y que unas manos afectuosas habían cuidado de él, tomándole la mano, aliviando su cabeza con paños húmedos sobre su frente, dándole de beber... Intentó abrir los párpados, pero era como si fueran de plomo. Olía a hospital, así que eso no debía ser parte del sueño.

¡Isobel!

Intentó incorporarse frenéticamente pero su cuerpo no le respondía del todo. Las vías y sondas que tenía conectadas retuvieron sus torpes movimientos, y a punto estuvo de caer de la cama. Se dio cuenta entonces de que estaba muy sedado. Con un esfuerzo, localizó el llamador del control de guardia de enfermería; luchando contra sus propios dedos, que parecían hechos de goma, lo pulsó.

Cuando apareció el personal sanitario, le explicaron que Isobel Castille estaba bien, que le habían dado el alta, pero les costó un rato tranquilizar su ansiedad por verla, por cerciorarse por sí mismo. Al final tuvieron que sedarlo más y Jubal volvió a quedarse dormido.

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En cuanto Isobel puso un pie en el 26 Fed, se encontró inundada de trabajo. El FBI y la Oficina del Fiscal debían trabajar para decidir qué cargos se iban a presentar. Isobel quería esforzarse especialmente en ello, porque secuestro, violación y tráfico de personas, a pesar de su gravedad, se quedaban cortos para abarcar lo que había pasado en Schastlivaya Vstrecha.

Además, Isobel quería poner en marcha trámites inmediatos para ofrecer asilo a las jóvenes víctimas, o ponerse en contacto con sus familias allá en Rusia. Se puso en contacto con el consulado ruso en Nueva York, pero acudió también a Scott y a su equipo para eso. Y había que lidiar con los medios de comunicación, que ya se habían hecho eco. Afortunadamente, el subdirector se ocupó de la rueda de prensa. Los golpes en su pómulo y en su mandíbula, el apósito en su frente, su palidez y las ojeras bajo sus ojos, no eran adecuados ante las cámaras. De todos modos, le encargaron redactar la nota de prensa.

Durante aquella desaforada mañana, Isobel sólo hizo una pausa, si se le podía llamar así, para prestar declaración. Al llegar el momento de contar lo ocurrido con Ferkov se le agarrotó la garganta y no pudo continuar. De haberla estado entrevistando Maggie, se habría percatado de que algo no iba bien, pero el agente con el que estaba sólo percibió tal vez un momento de duda. Y aquella parte de los hechos simplemente quedó fuera del registro.

A pesar de estar desbordada de trabajo, cuando Isobel recibió una llamada del hospital informando "el agente Valentine ha recuperado la consciencia", su primer impulso fue dejarlo todo en ese mismo instante y salir corriendo para verlo, para hablar con él, para asegurarse de que estaba bien. Incluso llegó a levantarse de la silla como un resorte. Pero de pronto se quedó paralizada, y permaneció allí de pie como si se hubiera convertido en piedra. Finalmente, envió a Maggie al hospital y le pidió con voz ronca que la mantuviera informada.

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—Hola... —Maggie se asomó a la habitación de Jubal.

Volvía a estar consciente después de otra larga siesta. No le había sentado mal. Seguía bastante atontado, pero se encontraba un poco más fuerte, era capaz incluso de sostener un vaso para beber. Todo un triunfo.

Al ver a Maggie en su puerta y sonrió cansadamente.

—Ey, ¿cómo te encuentras? —preguntó Maggie con suavidad.

Jubal agradeció su delicadeza. Su empatía era un don fuera de lo común.

—Bueno... Necesitaré un tiempo antes de correr la Marathon de Nueva York —bromeó él.

Maggie se animó, al verlo con fuerzas para hacer chascarrillos.

—¿Cómo está Isobel? —Ya no podía aguantarse más—. ¿Está bien? —ni se preocupó por sonar menos consternado de lo que se sentía.

—Sí, no te preocupes. Lo de la cabeza sólo ha sido un rasguño sin mayor trascendencia. Ha vuelto a nacer, desde luego, pero esta mañana ya estaba en el 26 Fed ocupándose de todo.

—Pero... No- No debería de estar trabajando. No después de... —Su voz se apagó.

No era capaz de decir las palabras.

—Ya. Sí, me temo... —Maggie dudó un momento—. Me temo que esta noche ha descansado muy poco.

Maggie sospechaba que Isobel había pasado gran parte de la noche junto a Jubal, si no entera.

Cuando se dio cuenta de que Maggie no sabía de lo que le estaba hablando, a Jubal se le hizo un nudo de plomo en el estómago. Desconcertado, abrió la boca para contárselo. Pero antes de que ninguna palabra acudiera a su garganta, la cerró. No debería ser él quien divulgara aquello. No tenía derecho, si Isobel no había querido hacerlo...

Una sombría inquietud por Isobel creció sin ningún control dentro de él.

—Por favor, asegúrate de que descansa —suplicó con el corazón encogido.

Maggie lo miró un tanto preocupada ante su grave seriedad, y le prometió ocuparse de ello.

Después de que Maggie lo pusiera al corriente de las detenciones que habían hecho, Jubal le pidió que le prestara el móvil para llamar a Sam y a sus hijos. Hacía ya horas que les habían avisado de que había sido herido estando de servicio; estarían muy preocupados. Jubal hizo lo posible por tranquilizarlos y le pidió a Sam que, de momento, no fueran a visitarlo al hospital; temía que los recientes morados y heridas de su rostro pudieran causarles a los niños demasiada impresión.

Al colgar, deseó con todas sus fuerzas llamar a Isobel y hablar con ella, pero no con Maggie delante... Nunca había echado tanto de menos su propio móvil, que permanecía apagado e indiferente en su taquilla del 26 Fed. Le encargó a Maggie que alguien se lo trajera la próxima vez que se pasaran por allí.

De todos modos, las distintas conversaciones lo habían dejado más exhausto de lo que tendría sentido. Maggie se dio cuenta y lo dejó descansar.

Pero Jubal no se durmió, se notaba que ya habían reducido la dosis de calmantes, y además estaba inmensamente preocupado por Isobel y por qué clase de trance estaría pasando.

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Al terminar su jornada, Tiffany, Stuart, OA, Maggie y varios de los analistas del JOC, entre los que estaban Ian, Kelly, Hobs y Elise, se pusieron de acuerdo para ir a ver a Jubal al hospital. Cuando ya iban a irse, Maggie se fijó en que Isobel aún seguía en su despacho. Se acercó para avisarla. Dio unos golpecitos en el quicio de la puerta.

—¿Vamos para el hospital? ¿Vienes?

Elise estaba detrás de ella.

Isobel quería ir. Con todas sus fuerzas. Volverlo a ver, volver oír su voz, tener presencia física de él... pero estaba aterrada de cómo reaccionaría al encontrarse de nuevo con Jubal. Y más aún delante de todos los demás. Maggie ya le había contado que estaba lúcido y coherente, los médicos estaban tranquilos con su evolución. Con eso tendría que bastarle.

Se aclaró la garganta.

—No sé si voy a poder... Id saliendo ya —dijo con naturalidad.

Maggie le echó una de esas miradas suyas escrutadoras. Elise y ella hablaron un momento entre ellas fuera de su despacho, y volvieron a entrar.

—En realidad, lo que deberías es descansar —declaró Maggie—. Jubal me ha encargado que me asegure de que lo haces —aportó como argumento y el corazón de Isobel dio un brinco inesperado.

—Sí, venga —la apoyó Elise con una sonrisa empática—. Vamos a cenar y después te llevamos a tu casa.

Los ojos de ambas la miraron sin asomo de duda. No iban a aceptar un "no" por respuesta.

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Jubal no podía negar que se sentía decepcionado porque Isobel no hubiera venido a verlo con los demás. Estaba seguro de que en otras circunstancias habría acudido, como había hecho siempre con otros agentes que habían resultado heridos. No. Era otra cosa. Empezaba a sospechar que lo ocurrido con Ferkov le hacía no soportar tenerlo cerca. Eso le causaba una terrible desazón.

Pero su decepción y su tristeza palidecían ante su preocupación por ella. Tenía la certeza de que ocurría algo. Que Isobel no hubiera contado lo que realmente había ocurrido, era prueba de ello.

Y Jubal no podía dejar de darle vueltas.

Durante aquella misión como agente encubierto, había ido sintiéndose menos vacío que tras la pérdida de Rina y Jess. Pero sobre todo había empezado a echar mucho de menos la presencia constante de Isobel en su vida

Aquello de por sí fue inquietante, pero ahora se sentía como si sus propios cimientos emocionales se asentaran sobre terreno inestable. Su forma de reaccionar ante lo que aquel canalla le hacía a Isobel había sido muy... Muy intensa. Pero se resistía a reflexionar sobre ello. Le daba miedo pensar qué podía implicar.

Junto con algunos efectos personales de su taquilla, OA le había traído su móvil. Cuando todos se marcharon, deseándole antes que se recuperara pronto, Jubal cogió su móvil de la mesilla y se quedó mirando la pantalla, dudando de si mandarle un mensaje a Isobel...

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Isobel franqueó la puerta de su casa y la cerró tras de sí. La oscuridad se volvió agobiante. Recorrió las habitaciones encendiendo todas las luces.

Durante la cena que había compartido con Elise y Maggie, apenas había hablado. En parte porque se sentía más reservada que nunca, y en parte porque estaba ocupada comiendo. Hasta que no le pusieron la comida por delante no había caído en que no había comido nada sustancioso desde hacía 48 horas. Y aunque no tenía hambre, era como si su estómago se hubiera cerrado, se obligó disciplinadamente a alimentarse. A pesar de su silencio, Maggie y Elise lograron animarla un poco manteniendo una conversación amena sobre temas poco trascendentes que le dio cierta sensación de normalidad. Recibió con agradecimiento aquel alivio momentáneo a su constante desasosiego.

Pero no duró mucho. En cuanto estuvo sola su corazón volvió a latir sin control.

Una sensación de repugnancia le recorría todo el cuerpo, como si estuviera cubierto de insectos. Le hacía desear poder quitárselo, como si de una prenda sudada y mugrienta se tratara. Se dio una ducha muy caliente y se frotó todo el cuerpo, pero cuando se fue a la cama, la sensación permaneció, hasta que logró por fin quedarse dormida.

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Jubal cerró con cuidado la puerta de la habitación y se acercó a estudiar las pantallas. Aparte de las cámaras que mostraban el exterior y el par de ellas de pequeños almacenes, en el resto de las pantallas se veían lo que parecían... dormitorios. No. Eran celdas. Y entonces vio algo que lo cambiaba todo: en una de ellas, Isobel estaba atada a la cama, desnuda, y amordazada. Shelgin estaba echado sobre ella, con los pantalones bajados, moviéndose inequívocamente. El corazón de Jubal latió a toda máquina, alimentado por un fuego de pánico y rabia. Ferkov estaba allí con ellos, sin camisa, y observaba ansiosamente desde la silla en la que estaba sentado. Jubal pudo ver visceralmente horrorizado que Isobel se resistía, forcejeando contra sus ligaduras; unos altavoces le traían el audio de sus gruñidos de dolor. Shelgin no estaba siendo en absoluto gentil. Por la repulsiva expresión de lasciva avidez de Ferkov, Jubal supo furioso y repugnado que el muy malnacido, no sólo estaba disfrutando lo que estaba viendo, sino que se moría porque le tocara el turno.

Presa de la desesperación, Jubal salió corriendo. Tenía que encontrar a Isobel. Tenía que impedir que siguieran haciéndole eso. Pero al intentar salir, se encontró que ahora la puerta estaba cerrada. La tarjeta con la que la había abierto antes para entrar se había desvanecido de su bolsillo. Tiró del picaporte, forcejeando con la puerta. Fuera de sí, la golpeó con puños, pies y codos hasta que le sangraron. Pero nada sirvió. Más parecía parte del muro que una puerta.

Detrás de él, los quejidos de Isobel subieron de volumen. Jubal se volvió para encontrar que ya no había varias pantallas sino una sola que ocupaba toda la pared y que mostraba a Ferkov, que se levantaba impaciente y se abría los pantalones. Mientras, Shelgin, para lacerante desesperación de Jubal, se estremecía con el rostro contorsionado y terminaba, claramente dentro de ella. Apenas se quitó de encima, Ferkov se subió a la cama y se colocó entre las piernas de Isobel.

—Ahora sí que vas a gritar, zorra.

Isobel lo miró jadeando, pero desafiante a pesar del daño que sufría, y Jubal no pudo evitar sentir un brote de desolado orgullo. Ni así la estaban doblegando.

Ferkov se tumbó sobre ella. Isobel apartó la cara con desprecio. Su mueca de dolor le dijo a Jubal cuándo Ferkov se hizo entrar.

Mientras la forzaba más brutalmente incluso que Shelgin, Isobel miró a cámara directamente, como si supiera que Jubal la estaba viendo. Sus ojos llenos de furia y lágrimas, le suplicaban auxilio. La impotencia se abrió paso con saña a través Jubal desgarrándole el pecho de dentro a afuera.

Se despertó, con la boca abierta en un grito silencioso.

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