Entre la espada y la pared
Capítulo 10. Atormentados
Deseaba gritar, con todas sus fuerzas, pero sus pulmones apenas admitían el aire. Se despertó con la boca abierta en una exclamación silenciosa. Jubal notó el cuerpo empapado en sudor. Unas desbocadas palpitaciones le golpeaban dentro del pecho. Se oían unos pitidos frenéticos. Personal médico del hospital irrumpió en la habitación y se movió a su alrededor controlando sus constantes y diciendo cosas como "grave taquicardia". Al reconocer por fin dónde se encontraba, su torturada mente logró comprender que había vuelto a la realidad, y Jubal consiguió volver a respirar aunque fuera en jadeos. Inyectaron algo en la vía de su brazo que hizo efecto con rapidez; sus latidos empezaron a calmarse artificialmente. En su consciencia, sin embargo, el residuo que quedaba aún de la pesadilla permaneció, atormentándolo, mezclándose con los recuerdos de lo que sí había sucedido. La culpa crecía sin control dentro de él.
Cuando lo dejaron solo, se resistió contra la medicación para alcanzar su móvil y, con la vista borrosa y dedos temblorosos, escribir el mensaje que no se había atrevido a mandar antes.
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Ferkov la agarraba por las nalgas para rozarse contra ella, pero no intentó besarla; parecía preferir observar sus reacciones y disfrutar que Isobel no lograba ocultar su desagrado. El modo en el que Ferkov le cogió ambos pechos, le hizo sentirse especialmente sucia. Una sensación de ardiente nausea ascendió a su garganta.
Él enseñó los dientes en una mueca cruel, y la hizo girar bruscamente sobre sí misma, pegándose a ella desde atrás. Retrocediendo, se sentó en la cama, llevándola consigo y sentándola encima de él. De ese modo, Isobel no podía evitar ver que Jubal estaba mirando lo que le iba a hacer Ferkov.
Además, se encontró que enfrente de la cama había un espejo que antes no estaba ahí y que le mostraba exactamente lo que veía Jubal.
Ferkov no perdió el tiempo, y le metió forzadamente la mano entre las piernas. Isobel no pudo reprimir del todo un gruñido de dolor, que Ferkov encontró aparentemente muy satisfactorio, a juzgar por sus jadeos y por el tamaño de la excitación que frotaba contra ella a través de su ropa.
Isobel reaccionó sin querer intentando levantarse, pero descubrió con horror que sus músculos inexplicablemente no respondían, inmovilizándola.
Con dos brutales tirones, Ferkov le arrancó la ropa interior, dejándola desnuda y expuesta, ante Jubal y ante el espejo. Y entonces le abrió las piernas. Los angustiados ojos de Jubal la recorrieron como si fuera incapaz de apartarlos. Lo vio tragar saliva con dificultad, cautivado y a la vez abochornado.
Por su propia y absoluta desnudez, por no poder evitar encontrar estimulante la admiración en su mirada, y porque Ferkov estuviera siendo testigo de todo aquello, Isobel se sintió embargada por una inmensa vergüenza.
Sin previo aviso, Ferkov le pellizcó con rudeza los pezones, provocando que un sonoro quejido se escapara de su boca y que se le saltaran las lágrimas. La expresión de Jubal se tornó horrorizada e impotente. Ferkov encontraba gran placer en la desesperación que veía en los ojos de ambos.
Mientras seguía maltratando uno de sus pezones con una mano, Isobel sintió a aquel cerdo volver a invadirla con la otra, más brutalmente incluso que antes, consiguiendo hacerla quejarse de nuevo, más fuerte aún esta vez. Jubal, sus ojos desorbitados, estaba reaccionando violentamente contra sus esposas, por puro reflejo; sus muñecas empezaron a sangrar. Isobel intentó distraerse, soportar todo aquello sin sufrirlo, lo que una tía dura como Marisol habría hecho. Pero no pudo; simplemente no fue capaz de alcanzar ese estado mental. Completamente expuesta y vulnerable, sólo podía sentir a Ferkov humillándola, asaltándola hasta que logró que no pudiera evitar emitir rítmicos jadeos de dolor.
Estaba a punto de rendirse y suplicar que parara, cuando Ferkov se detuvo un momento... pero para abrirse los pantalones. El pánico hizo presa en Isobel de manera salvaje al sentir su excitación directamente contra ella. Fue como si alguien la agarrara del cuello y apretara.
—¡No! —gritó Isobel, su mente debatiéndose aterrorizada e inútilmente porque el cuerpo no le respondía.
Ferkov se carcajeó.
—Sí, ya lo creo que sí, monada —dijo con la voz ronca de lascivia mientras la agarraba por las caderas.
Isobel notó que se estaba posicionando. Jubal también gritaba, frenético, pero no se le oía. Ferkov inició el movimiento.
—¡NO!
Isobel se despertó gritando a pleno pulmón e incorporándose bruscamente, mientras pateaba con furia las sábanas de su cama. Las sensaciones físicas se prolongaron por unos terribles segundos antes de desaparecer por completo.
La garganta de Isobel emitió angustiados y sonoros jadeos hasta que el velo de la pesadilla se apartó por fin, y su consciencia pudo reconocer que se encontraba en su dormitorio, en su casa. Sola. Temblaba incontrolablemente. Tenía la cara empapada en lágrimas.
La pesadilla se había apoyado en el descarnado e intenso recuerdo sensorial de lo que Ferkov le había hecho a su cuerpo. Aquello a lo que, en el momento, la parte racional de Isobel se había obligado a no echar cuenta, ocupada en pensar cómo salir de aquella situación, pero que otra parte de ella había, evidentemente, vivido de una forma muy distinta, y de la cual al parecer había tomado... cuidadosa nota.
Se tumbó y se quedó mirando al techo con la luz apagada, hundiéndose en el colchón como si fueran arenas movedizas, sin poder respirar. Afuera se oían truenos de tormenta, mientras el viento y la lluvia golpeaban insistentes en los cristales de las ventanas de su casa. Estaba luchando por apartarse del enfermizo balanceo que hacía su mente entre los recuerdos y la pesadilla, cuando recibió un mensaje en el móvil.
Isobel tardó en decidirse a mirarlo, pero finalmente pensó que tal vez cualquier estímulo del exterior podría ser de ayuda.
El mensaje era de Jubal. "¿Estás bien?".
El pulso de Isobel se volvió a desbocar. Quiso contestar, decir: "No, no estoy bien. Te necesito." Y se le saltaron las lágrimas de lo mucho que deseó en ese momento que estuviera allí con ella.
Jubal era el único con el que se atrevería a hablar de lo que le pasaba porque no tendría que contarle lo que había ocurrido, no tendría que darle explicaciones. Sólo que con él tampoco sería capaz de hablarlo. La inmensa humillación que la inundaba se lo impediría.
No, no era eso. Era que sentía que lo necesitaba cerca aunque no supiera por qué. Pero no lograba reunir fuerzas ni para responderle.
Eso le hizo sentirse fatal.
Jubal había sufrido mucho por ponerla a salvo, había de hecho arriesgado su propia vida, pero era él el que se preocupaba por ella. Eso no estaba bien. Debería estar allí en el hospital, cuidando de Jubal, no escondiéndose cobardemente; no permitiendo que la dominaran la vergüenza y el miedo.
Se incorporó de golpe, con el corazón en un puño.
En el hospital, Jubal vigilaba sin pestañear la pantalla de su móvil, esperando una respuesta. El mensaje había sido leído. Sintió llenarse de una especial desolación cuando vio que el tiempo pasaba y que Isobel no le respondía.
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Jubal luchaba denodadamente contra los sedantes para no quedarse dormido otra vez. Ya había podido comprobar que si lo hacía, lo asaltaban más pesadillas.
Por eso, cuando la vio de pie en el umbral de la puerta, se temió haber sucumbido al sopor y que su subconsciente estuviera fraguando alguna pesadilla nueva.
Pero ella sólo se quitó la chaqueta empapada de lluvia, y dejó su paraguas en el baño de la habitación, para luego acercarse y sentarse a su lado. A los ojos de Jubal les costaba un triunfo permanecer abiertos para mirarla, así que llegó a la conclusión de que debía estar despierto.
A pesar de ver su hermoso rostro magullado, Jubal se alegró enormemente de verla. Sabía que estaba sana y salva, se lo habían asegurado los doctores y sus agentes, pero una parte de él había continuado ininterrumpidamente aterrada porque la última vez que había visto a Isobel casi la había alcanzado una bala. Temía tanto haberte perdido... Aún así su mente se sentía tan inconsistente como gachas aguadas, y no fue capaz de hilar ni siquiera una frase. Sólo pudo suspirar profundamente aliviado:
—Isobel...
El modo en el que pronunció su nombre, dejó a Isobel sin aliento. Por otro lado, se daba cuenta de que Jubal estaba demasiado drogado para poder hablar, y le angustió pensar que sus dolores fueran tan fuertes como para requerir tanta medicación. Sosteniéndolo con delicadeza por la nuca, con cuidado de no tocar la herida en la parte de atrás de su cabeza, le acercó el vaso a los labios y le dio de beber.
Jubal reconoció con difusa exaltación las amables manos que habían cuidado de él la noche anterior, y volvió a temer otra vez estar soñando.
—¿Estás bien? —logró farfullar Jubal tras un gran esfuerzo.
Su preocupación por ella hizo que el corazón de Isobel le redoblara dentro del pecho.
—Sssh... No hables. Yo estoy perfectamente. Eres tú el que debe cuidarse —le susurró con dulzura—. Descansa.
Sentada a su lado, Isobel lo cogió de la mano y se la acarició, intentando que se relajara. Jubal se permitió disfrutarlo, pero no quería quedarse dormido. No quería volver a las pesadillas, que lo acosaban sin descanso. En todas no podía hacer nada para evitar lo que ocurría. Y en todas era culpa suya... igual que lo había sido en la realidad.
Con un esfuerzo, se concentró en la sensación táctil de la suave y pequeña mano de Isobel entre sus dedos, en contemplar en la penumbra sus hermosos ojos negros. La forma en que la miraba reconfortó a Isobel de un modo inesperado. Ella estudió su rostro, diciéndose preocupada que Jubal no le debería causar aquel efecto, pero internamente agradecida de que lo hiciera.
Era bien entrada la noche cuando los dos por fin cayeron rendidos, cogidos de la mano. Esta vez, a ninguno de los dos los asaltaron los malos sueños.
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Al día siguiente, cuando Jubal despertó, Isobel se había vuelto a marchar.
Pasaron varios días así. Isobel acudía por la noche y lo cuidaba a costa de su propio descanso. Jubal empezó a ser más activo durante el día y a esperar con culpable impaciencia las noches.
Sin embargo, a pesar de pasar gran parte de esas noches cogidos de la mano, sus conversaciones eran escasas y minadas de silencios incómodos. Una espesa y plomiza niebla de inquietud se había condensado entre ellos y Jubal no sabía cómo disiparla.
Isobel no había hablado sobre lo ocurrido con Ferkov, y él estaba convencido de que no debía, por mucho que lo deseara, por mucho que necesitara su perdón, forzarla a hablar de aquello si aún no estaba preparada.
Mientras, aunque la rutina que había adoptado yendo a verlo cada noche al hospital le estaba devolviendo un cierto equilibrio, Isobel no conseguía reunir la fortaleza interior necesaria para enfrentarse a lo que la atormentaba.
Unos días después, Jubal estaba observando a Isobel reunir sus cosas para ir a trabajar. Parecía estar retrasándose deliberadamente, como si no quisiera irse. Él decidió no desaprovechar la primera vez que estaba despierto cuando ella se marchaba, para al menos hacerle saber algo muy importante.
—Estoy preocupado por ti —murmuró sin querer mirarla directamente—. Estoy sintiendo que estás pasándolo mal. Por favor, quiero que sepas que estoy aquí para lo que sea. Cualquier cosa. Cuando sea —añadió. Lo último que quería era que se sintiera presionada—. No tengas la menor duda de que puedes acudir a mí, de verdad.
El corazón de Isobel aleteó dentro de su pecho, conmovido y angustiado. Por supuesto que sabía que podía contar con él. Eso hacía aún más frustrante no ser capaz de hacerlo.
No pudo contestar. En su lugar, la peculiar intimidad que había surgido entre los dos durante aquellas noches le jugó una mala pasada. En un impulso, Isobel le cogió afectuosamente la cara a Jubal con las dos manos. Iba a besarlo en los labios, cuando en el último segundo logró reaccionar, y lo besó en la frente, con trémula ternura. Curiosamente, lo sintió como si fuera ella la que la recibiera de él en vez de a la inversa.
Se marchó, antes de hacer alguna insensatez.
No vio a Jubal seguirla con la mirada anhelante y abrumada, ni suspirar silenciosamente a sus espaldas.
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Ese mismo día, algo más tarde, Elise y Maggie fueron a hablar seriamente con Isobel. Habían intercambiado notas y habían terminado descubriendo que estaba pasando las noches en el hospital.
—No puedes seguir así, Isobel —le había dicho Maggie—. Necesitas dormir en condiciones. Jubal está ya mucho mejor. Se vale ya perfectamente por sí mismo.
—No tiene sentido que pases todas las noches allí —la apoyó Elise—. Terminarás agotándote.
Isobel se sintió tentada de negarlo todo: que estuviera pasando las noches con Jubal, primero, y que él le pudiera importar tanto, además. Pero se dio cuenta de que, al menos ante ellas dos, era una causa perdida. Supo que no podría engañarlas.
Haciendo a un lado la irracional necesidad que sentía de estar con Jubal todo lo posible, Isobel transigió. Volverse dependiente de él no era por lo que había empezado a cuidarlo.
Aquella noche, Isobel fue a su casa a dormir. Además de echar terriblemente de menos su reconfortante presencia, volvió a tener una vívida pesadilla. Se obligó a no darle más importancia. Tarde o temprano tendrían que desaparecer.
Pero no fue así. Fue a peor. La tercera noche durmiendo en su casa, Isobel se la pasó entera o bien siendo testigo de la tortura de Jubal o bien víctima de la perversión de Ferkov. Una y otra vez.
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Durante el día siguiente, Isobel estaba luchando por ser funcional en el trabajo, tratando ciertos temas burocráticos con Maggie, cuando sonó el teléfono. Era el Subdirector.
—Ha surgido una oportunidad. Necesitamos que uno de los dos, Berzin o Ferkov, delate a sus contactos en Rusia —había dicho el ADIC—. Mejoraría mucho las relaciones de colaboración con las fuerzas del orden rusas si les facilitáramos esa información.
Isobel sujetó con tanta fuerza el auricular del teléfono que los nudillos se le pusieron blancos. El nuevo y ambicioso ADIC enviaba al 26 Fed a Berzin y Ferkov para someterlos a interrogatorio.
Ejerciendo férreo control sobre sí misma, Isobel acató la orden con diligencia y se despidió antes de colgar.
—¿Estás bien? —preguntó Maggie, perceptiva—. Parece que has visto un fantasma.
—Sí, claro que estoy bien. Sólo sigo un poco cansada.
Informó a Maggie de las instrucciones del ADIC, y le encargó que se ocupara de llevar los interrogatorios con OA.
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Había decidido que era más prudente observar el interrogatorio desde la pantalla de su despacho que desde la Sala de Observación, pero allí sentada, Isobel casi no podía manejar lo mucho que echaba en falta tener a Jubal a su lado. Volvió a repasar en su móvil con añoranza los atentos mensajes que había recibido de él a lo largo de aquellos días, intentando controlar las palpitaciones en su pecho.
Cuando se obligó a mirar la imagen de la Sala de Interrogatorios, ya no pudo apartar los ojos de las manos de Ferkov. Ejercía férreo control sobre la sensación de visceral repugnancia que le provocaba la idea de tenerlo sólo a una docena de yardas de distancia, pero una parte de ella sólo quería salir corriendo. Otra, sólo pensaba en coger su arma reglamentaria y vaciarle el cargador en la cara.
Desgraciadamente, el interrogatorio con Berzin no había sido nada productivo así que, dejando aparte la fea cuestión del asesinato a sangre fría de un prisionero bajo custodia del FBI, lo necesitaban para sacarle la información que querían.
Detectando que OA y Maggie querían algo de él, Ferkov estaba adoptando la actitud más despreciativa y odiosa, contestando con chulería a sus preguntas, aún en contra del consejo de su abogado. Incluso llegó a hacerle a Maggie un desagradable comentario sexista y extremadamente grosero, relativo a lo que le haría si OA los dejaba a solas.
Isobel sintió un escalofrío en la espina dorsal. El abogado no sabía dónde meterse.
Y OA no pudo evitar reaccionar. Se inclinó hacia adelante y fulminó a Ferkov con la mirada, intentando intimidarlo sin necesidad de ponerle la mano encima, de tal modo, que el abogado pareció aterrado.
Pero a Ferkov definitivamente le iba ese rollo.
—O si quieres puedes quedarte y mirar —le ofreció a OA, con media sonrisa perversa.
Un puño invisible retorció las entrañas de Isobel, que se sintió asaltada por una fuerte náusea. La garganta se le cerró y de pronto no podía respirar. Los horrorizados ojos de Jubal mientras Ferkov se divertía a su costa flotaron ante ella. Se aferró al borde de la mesa.
Mientras, Maggie, no se dejó arredrar.
Alzando una ceja e imitando la media sonrisa pero de un modo implacable, jugó entonces la carta que astutamente Isobel le había proporcionado: extradición.
Ferkov se puso blanco como el papel.
En realidad era un farol: las autoridades rusas no la habían reclamado, pero el equipo de Scott, y la colaboración con la Europol le habían conseguido a Isobel los antecedentes penales de Ferkov en Rusia, y era tan largos como su brazo. Fue oír aquella palabra y ni siquiera consultó con su abogado para empezar a cantar como un canario.
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Tras felicitar a Maggie y OA por el buen trabajo, Isobel llamó enseguida al Subdirector para informarle.
Cuando colgó el teléfono, creía que se sentía bien. El ADIC estaba complacido con los resultados, y además había sido muy satisfactorio ver a Ferkov quedarse pálido, su frente llenarse de sudor, sus ojos volverse aterrorizados.
Sin embargo, apenas unos segundos después, y sin saber realmente por qué, el pulso de Isobel se volvió a disparar y sus pulmones parecían incapaces de tomar aire.
Cerró por dentro como pudo la puerta de su despacho. Recurrió a los ejercicios de respiración que le había enseñado Elise. Necesitó un largo rato, para conseguir estar sólo un poco mejor. Y para entonces se sintió simplemente exhausta.
Dándose cuenta de que estaba al borde del colapso, dejó a Maggie al cargo y se marchó a casa, aunque ni siquiera había acabado la jornada.
No fueron pocos en el JOC los que consideraron aquello con cierta preocupación.
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Llegó a su casa con la agobiante e irracional sensación de que la estaban persiguiendo.
Hizo un esfuerzo tirando de disciplina e intentó relajarse. Se duchó, se puso ropa cómoda; encendió la televisión y se obligó a cenar algo.
Cuando llevaba cerca de una hora mirando la pantalla sin verla, pensó en la posibilidad de acostarse. No podía con su alma pero a la vez el corazón le seguía palpitando desde hacía horas, y tenía la certeza de que no podría dormir sin tener pesadillas. De pronto, llegó a la conclusión de que todo aquello era sencillamente absurdo. Lo que necesitaba era estar cerca de Jubal. Parecía que era lo único que lograba calmarla. Y si era lo único, ¿por qué demonios no iba a hacerlo?
Sin perder un segundo más, se volvió a poner ropa de calle y cogió su bolso, decidida a ir al hospital. En ese momento le importaba un auténtico pimiento lo que pudieran decir Maggie y Elise al respecto.
Abrió la puerta... Y se encontró a Jubal ante ella levantando el puño para llamar.
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