Entre la espada y la pared
Capítulo 11. Por entre las grietas
Allí estaba Jubal, delante mismo de su puerta. Isobel tuvo que reprimir su primer impulso, que fue abrazarse a él.
—Jubal, ¿qué estás haciendo aquí? —preguntó sorprendida, porque había asumido que seguía ingresado.
Lo estudió, preocupada. Vestía unos sencillos vaqueros y una sudadera oscura, como habría llevado Jay en sus encuentros secretos. Traía incluso la capucha subida, aunque tal vez sólo porque estaba chispeando. Todo ello le produjo a Isobel una rara sensación de déjà vu. Jubal se apoyaba en una muleta. Marcas sombrías subrayaban sus ojos, haciendo juego con las que también lucía Isobel, y estuvo segura de que él no había podido descansar tampoco. Le causó una añadida consternación.
—Yo sólo... —titubeó Jubal—. Sólo quería asegurarme de que estabas bien.
Desde que Isobel no las pasaba con él en el hospital, las noches se habían convertido en interminables infiernos para Jubal, en una cruel tortura por intentar no caer dormido.
Porque cuando se dormía, cuando el cansancio lo rendía, cuando su cerebro se desconectaba simplemente exhausto, entonces... irrumpían las pesadillas.
A cada cual más terrible. Shelgin y Ferkov haciéndole otra vez a Isobel lo que le habían hecho a aquella pobre chica; Ferkov logrando obligar a Isobel a hacerle la felación; Shelgin rescatando a Ferkov en el momento justo y ambos humillando y castigando a Isobel por su osadía a golpes, con la picana, con sus cuerpos... O combinaciones aberrantes de todas ellas. Mientras, él siempre se veía obligado a mirar sin poder hacer nada.
Por si fuera poco, Isobel no había contestado a ninguno de los mensajes que le había mandado durante aquellos días. Estaba inmensamente preocupado por ella. Si él estaba sumergido en aquella asfixiante angustia, no podía ni imaginar en cómo estaría Isobel. Y obligada a mantener la compostura en el trabajo, además.
Finalmente, Jubal se había decidido a llamar a la oficina para intentar obtener disimuladamente noticias suyas... Y le habían dicho que se había ido a casa pronto. Eso ya de por sí fue inquietante, porque Isobel nunca se iba pronto. Pero cuando Maggie mencionó de pasada que hoy habían estado interrogando a Ferkov, a Jubal se le pusieron los pelos como escarpias. Pidió inmediatamente el alta voluntaria en el hospital y acudió a casa de Isobel en cuanto pudo.
—Pero ya veo que... Ibas a salir. Perdona —se disculpó y se volvió para irse.
Se sintió muy fuera de lugar.
—¡No! —exclamó Isobel. La sola idea de verlo irse casi le hizo entrar en pánico. Hizo un esfuerzo y logró controlarse—. No, por favor, pasa —lo invitó a entrar con un tono más comedido—. De hecho, ahora iba... Iba hacia el hospital —Para verte...
Jubal se detuvo y, con una débil sonrisa, aceptó la invitación y entró en su casa.
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Una vez dentro, Jubal no supo qué hacer. Se quedó en la entrada, esperando. Isobel cerró la puerta. Tardó más de la cuenta en sugerirle quitarse la húmeda sudadera.
Él se la entregó, agradecido, quedando en una vieja camiseta oscura de manga larga, que enseguida se arremangó hasta por debajo de los codos sin darse aparentemente cuenta. Isobel no pudo evitar encontrar entrañable aquel gesto tan suyo. Pero entonces vio los vendajes en sus muñecas, la férula de su dedo roto, y se encogió internamente, pensando además en los golpes y quemaduras en su torso, que sabía todavía no se habrían curado.
Lo condujo al salón de la casa. Le resultó tranquilizador observar que sólo cojeaba ligeramente y que no necesitaba apoyarse completamente en la muleta. Le ofreció asiento. Jubal dejó la muleta a un lado y se sentó en el sofá, en el borde del asiento e inclinado hacia adelante; ella, en una butaca cercana en una postura algo rígida.
En cuanto estuvieron sentados el silencio se manifestó como una densa nube de gas asfixiante.
—¿Cóm-? —intentó Jubal, pero de primeras no le salió la voz. Tuvo que aclararse la garganta—. ¿Cómo estás?
Isobel lo miró detenidamente, maravillándose en el hecho de que sólo por tenerlo allí, ya se encontraba mejor.
—Yo... —Pero no lo suficiente como para poder hablar. Se cruzó de brazos, inconscientemente a la defensiva—. Estoy bien. ¿Ya te han dado el alta? ¿No es un poco demasiado pronto?
Jubal no pudo controlar su decepción, por su respuesta falsa y por el cambio abrupto de tema, pero se avino a contestar.
—La pedí yo. A los médicos no les ha hecho mucha gracia, pero ya no soportaba estar allí encerrado —fue totalmente honesto—. Además, necesitaba verte —añadió con voz algo tímida.
Para dolorosa frustración de Jubal, Isobel ignoró esto último completamente.
—¿Y no te parece un poco imprudente? —preguntó un tanto exasperada—. Tienes una herida grave en la cabeza.
Manteniéndole la mirada, Jubal la desafió a que ella precisamente lo reprendiera porque no reconociera sus... heridas. Isobel se sonrojó y adoptó una expresión testaruda.
El silencio se espesó aún más.
Procurando darle más espacio, Jubal bajó la cara y se miró las manos.
—¿Cómo has estado estos días? ¿Has podido descansar por lo menos? —intentó un tema colateral.
Desgraciadamente, que le recordaran a Isobel sus noches llenas de terrores no ayudó en nada.
—Bueno... Ya sabes. Tirando. —Se puso de pie—. ¿quieres un café?
Jubal suspiró, desolado, mientras ella se dirigía a la cocina.
—Isobel...
El tono de Jubal al pronunciar su nombre fue tan cálido que sus pies se negaron a dar un paso más; pero se quedó allí, inmóvil, dándole la espalda.
—Maggie me ha dicho que hoy Ferkov ha estado en el 26 Fed —declaró Jubal.
Aquella mera noción le ponía el estómago de pie. De haber estado allí, no sabía si podría haberse controlado y no haber intentado destrozarle la cara a aquel hijo de puta. O algo peor.
Mientras, el corazón de Isobel le volvió a palpitar con violencia dentro del pecho. El aire no le entraba en los pulmones.
Viéndola encogerse y temblar, Jubal, angustiado, se puso en pie y se acercó cojeando. Despacio, como lo habría hecho con un animal asustado, y le cogió la mano con delicadeza. Tras unos segundos que a Jubal se le hicieron eternos, Isobel devolvió al fin el gesto. Y de repente, se aferró a su mano como si fuera lo único que le impedía caer al suelo. Jubal dio un paso hacia ella, inquieto, deseando abrazarla. Pero se reprimió severamente de hacerlo.
Isobel se giró y lo miró con los ojos llenos de lágrimas, aferrada a sus últimas hebras de fortaleza.
—No- no puedo...
Jubal sacudió la cabeza.
—No tienes que hacerlo —se apresuró a decir, mirándola ansioso.
Isobel exhaló, temblorosa, entendiendo al fin que Jubal no estaba intentando que hablara de ello, sólo que supiera que al menos a él le podía reconocer que no estaba bien. Notó que sus latidos se hacían aún más fuertes, pero de un modo completamente distinto. Asintió, y sólo eso ya le causó cierto alivio. Las lágrimas rodaron por sus mejillas.
El pecho de Jubal se contrajo dolorosamente. Alzó la mano para limpiárselas, solícito, pero ella se le adelantó.
—No, definitivamente, no he dormido bien —confesó Isobel, pasándose las manos por la cara.
—¿Pesadillas...? —preguntó él con extrema suavidad.
Con un nudo en la garganta, Isobel no pudo contestar. Cerró los ojos y volvió a asentir.
Jubal suspiró.
—Sí... Yo también.
Isobel enfocó de inmediato en él su atención, consternada, y Jubal se sintió culpable sólo por haberlo mencionado. Él no era importante en ese momento.
—Desde que nos rescataron, ¿verdad? —intento reconducir Jubal la conversación.
—Sí... Bueno, excepto las noches que pasé en el hospital —contigo.
—Supongo que no pudiste dormir mucho esas noches —reflexionó Jubal.
El desconcierto apareció de repente dentro de Isobel al intentar contestar. No. De hecho, esas noches fueron las únicas en las que había podido descansar. Deseó entonces que Jubal se quedara a pasar la noche, pero no se atrevió a pedirlo.
—Ven —pidió Jubal con voz queda.
Volvieron al sofá, y se sentaron uno junto al otro. Él deseó de nuevo abrazarla, pero seguía sin parecerle buena idea. Permanecieron en silencio, pero era un silencio confortable esta vez. En ningún momento Isobel soltó la mano la mano de Jubal. Mientras él se la acariciaba como había hecho ella en el hospital, de un modo que resultaba de lo más reconfortante, Isobel logró empezar a relajarse y apoyó la cabeza en su hombro.
Al cabo del rato, fue saliendo de su estupor y giró la cabeza para mirarlo, fijándose en su rostro cansado y ceniciento.
—¿Has cenado acaso? —preguntó.
—¿Mmm? —Jubal, que se estaba quedando traspuesto, parpadeó intentando despejarse—. No, la verdad es que no —respondió somnoliento.
—Eso hay que remediarlo —dijo Isobel con afecto—. Deja que vaya a mirar qué puedo ofrecerte —propuso, haciendo un esfuerzo por esbozar una sonrisa hacia él.
Si se hubiera vuelto mientras se dirigía a la cocina, Isobel lo habría pillado contemplándola abiertamente cautivado.
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Sin embargo, cuando Isobel regresó con la lista mental de opciones, se encontró que Jubal seguía sentado en su sofá, pero había caído profundamente dormido.
Por un momento, pensó en despertarlo, pero enseguida lo descartó. Era obvio que necesitaba el descanso. Con mucho cuidado, lo descalzó y lo movió hasta dejarlo tumbado; también buscó una manta y lo tapó para que no se quedara frío.
Iba a apagar la luz, cuando se quedó contemplando su agraciado pero maltratado rostro, que ahora sin embargo mostraba una serena placidez. Notó que su corazón pegaba un fuerte tirón que la impulsaba a echarse a su lado y achucharse contra él.
El recuerdo del abrazo que compartieron en aquella celda, de sus brazos, su calor, la dejaron abrumada y temblorosa.
Tragando saliva con dificultad, Isobel apagó la luz y se fue a dormir.
En cualquier caso, tener a Jubal allí decididamente calmaba mucho su absurda ansiedad.
Después de ponerse sólo la parte de arriba de un pijama, lo pensó un momento y dejó la puerta de su dormitorio abierta. La tranquilizaba mucho tenerlo cerca. Esta vez no tardó nada en quedarse dormida.
Sólo un poco después, se despertó, terriblemente... acalorada.
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