Entre la espada y la pared
Capítulo 12. Necesidad
Nota del autor: He vuelto a subir este capítulo porque por error había subido una versión que no era la definitiva.
Sólo un poco después, Isobel se despertó, terriblemente... acalorada. Había tenido un sueño, pero había sido muy distinto a las pesadillas de aquellos días atrás.
Estaban en la celda, acababan de dejar fuera de combate a Ferkov; y Jubal la estaba abrazando, estrechándola contra él como si le fuera la vida en ello. Isobel sentía que le faltaba el aire, pero se aferraba a Jubal con igual desesperación.
Pero a diferencia de lo que había ocurrido de verdad, poco a poco, las palmas de las manos de Jubal en su espalda lo convirtieron en un abrazo mucho más afectuoso y cálido. Isobel se relajó en sus brazos, suspirando, y Jubal enterró la cara en su cuello. Sentía que la llenaba una excitante sensación de orgullo, por sí misma y por él, por cómo habían logrado derrotar a su enemigo, juntos, a pesar de estar en clara situación de desventaja. Estaba envuelta en aquellas agradables sensaciones, cuando la del tacto del amplio torso de Jubal, descubierto contra ella, la de aquel cálido aliento rozando su cuello, se fueron haciendo imposibles de ignorar. Isobel pudo notar cómo en su interior surgía una inesperada pero imparable e inequívoca ardiente efervescencia. Se separó un poco, sonrojada. Y le sorprendió encontrar que los ojos de Jubal la miraban cargados de un anhelo irresistible. La Isobel del sueño no fue capaz de reprimir su impulso: lo había besado, impetuosa. Jubal había respondido apasionadamente.
Sola en su cama, Isobel se sentó y se rodeó el cuerpo con los brazos, dejando escapar un suspiro tembloroso. Intentó controlar el vergonzoso estado en el que la había dejado el sueño, y procuró por todos los medios no pensar en que Jubal estaba durmiendo en su sofá, sólo a una habitación de distancia.
Sacudió la cabeza. No podía caer en la tentación de acercarse a él, ahora que el sueño le había traído el recuerdo de lo que era estar entre sus brazos, cuando tenía la camisa abierta. Todavía podía sentir la ardiente boca de Jubal contra la suya. Se preguntó desconcertada cómo podía su subconsciente arrojarle aquello, si no había pasado nunca.
Pero entonces oyó algo raro. Jubal estaba emitiendo unos sonidos extraños. No eran palabras. Isobel se levantó, intrigada, y se acercó a la puerta de su habitación. Las ahogadas exclamaciones de Jubal eran ininteligibles, pero claramente desasosegadas.
Preocupada, Isobel salió descalza de su dormitorio y acudió al salón de inmediato. Lo encontró agitándose en sueños, el rostro contorsionado por la angustia, sufriendo de manera evidente una pesadilla.
Agobiada, Isobel lo llamó suavemente por su nombre. Pero no sirvió.
Él murmuró el suyo y a ella le ardió involuntariamente la cara. Isobel insistió; no tuvo efecto tampoco. Y no quería alzar la voz y sobresaltarlo.
Lo último que debía hacer Isobel ahora mismo era tener a Jubal a su alcance. Sin embargo, no podía dejarlo pasándolo así de mal. Caminó hasta el sofá y se sentó de lado al filo del asiento. Le posó una mano afectuosa en el hombro izquierdo; se lo apretó con cuidado. Él seguía revolviéndose. Con el corazón encogido, Isobel le acarició la frente, luego la cara.
—Jubal —volvió a llamarlo, con dulzura.
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El corazón de Jubal bramaba destrozado porque la bala había alcanzado a Isobel en la cabeza y ella había muerto en sus brazos. No había podido hacer nada. Nada. Ahora estrechaba contra él el cuerpo sin vida de Isobel. Detrás, gente de su equipo irrumpió en la celda, pero ya era inútil. Jubal los ignoró.
Se separó un poco para mirarla, los ojos llenos de lágrimas. Su amado rostro, sus atrayentes labios, estaban pálidos como la cera. Jubal sentía como si le hubieran arrancado el corazón de cuajo; habría vendido su alma por traerla de vuelta.
—Jubal —la oyó dentro de su cabeza aunque sus labios permanecían quietos, muertos.
Y de pronto, sus ojos aún cerrados, Isobel alzó la mano y le cogió la cara con ternura.
Jubal se despertó de golpe, con un jadeo y se encontró en la penumbra, todavía mirando el rostro de Isobel. Pero ahora estaba viva y sus maravillosos ojos azabache lo miraban con clara consternación.
Jubal boqueó desconcertado.
Ni siquiera sabía dónde se encontraba. Obligó a su mente a tomar consciencia de lo que lo rodeaba. A pesar de la poca luz, logró reconocer el salón de la casa de Isobel. ¿Se había quedado dormido en su sofá? Parecía noche cerrada...
—¿Estás bien? —preguntó Isobel.
Y de repente Jubal se percató de que todo sólo había sido un sueño. Sin poder controlarse, se incorporó de improviso y la abrazó, desesperado por sentir realmente que estaba allí, sana y salva.
—La bala te había dado en la cabeza —gimió él—. Creía que habías muerto...
Isobel se quedó paralizada de la sorpresa y porque el ardor regresó rugiente e incontrolado. El tono desconsolado de su voz la sacudió intensamente por dentro. Jubal temblaba como una hoja, e Isobel deseaba con todas sus fuerzas abrazarlo, por darle consuelo... pero también por otras cosas... Y precisamente por eso permaneció inmóvil, mordiéndose los labios.
Histérico alivio se mezclaba dentro de Jubal con la dolorosa angustia, que persistía aún como efecto postrero de la pesadilla, el dolor dentro del pecho todavía cortándole la respiración. Tal vez por eso no se dio cuenta al principio de la rígida tensión del cuerpo de Isobel. Cuando por fin se percató, el corazón le dio un vuelco y se apartó de un respingo.
—Lo- lo siento... —murmuró, profundamente avergonzado y asfixiado por la culpa—. Lo último que querrás ahora es que... que nadie te toque.
Sin pretenderlo, pero sus palabras trajeron de pronto a la mente de Isobel los recuerdos y sensaciones más desagradables. Y se enredaron con sus encendidas ansias del modo menos deseable posible. No pudo evitar mirarlo con ojos atormentados. Jubal bajó la cara, maldiciendo entre dientes, furioso consigo mismo.
Entonces Isobel lo sorprendió echándole despacio los brazos al cuello y abrazándose a él con vacilante timidez.
—No, yo... Quiero... Abrázame, por favor... —le pidió en un suspiro.
Desgarrado por el leve temblor que pudo detectar en su voz, Jubal la estrechó cálidamente entre sus brazos; cuando la sintió arrebujarse contra él, no pudo reprimirse y le posó los labios en la cabeza.
Isobel intentaba sin éxito controlar su agitada respiración, aquella trepidación que estaba creciendo dentro de ella debido a su ternura, al contacto de sus cuerpos. Mientras, Jubal intentaba ignorar la intensa reacción sensual que los suspiros de Isobel en su oído le estaban provocando.
El, en esos momentos, vívido e indeseado recuerdo del cuerpo y las manos de Ferkov fue lo que hizo que Isobel no pudiera resistirlo más.
—Por favor, tócame —pidió con un hilo de voz.
Jubal se quedó muy quieto un momento, y luego se apartó un poco para intentar mirarla a la cara.
—¿Qué?
Tenía que haber oído mal.
Isobel evitó deliberadamente su mirada y volvió a abrazarse a él. Sin separarse, alcanzó su mano derecha y, despacio, la llevó hasta la cara interna de su muslo, desnudo porque no llevaba la parte de abajo del pijama.
—Tócame —repitió, está vez quizás un poco más firme—. Por favor...
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Cuando despertó a la mañana siguiente, el cuerpo de Isobel se quejaba levemente por haber pasado la noche apretujada con Jubal en el sofá. Sólo llevaba la parte de arriba de su pijama, pero no tenía frío; en algún momento de la noche, Jubal le había echado la manta por encima. De hecho, ahora, su cálido cuerpo contra ella, sus brazos rodeándola y su plácida respiración, le proporcionaban una fascinante sensación de bienestar.
Había dormido prodigiosamente bien. No ya mejor que antes de que empezara la misión encubierta, sino desde hacía muchos meses, antes de las muertes de Jess y de Rina, antes de cortar con Ethan, incluso antes de que su camino se cruzara con Antonio Vargas por primera vez. Santo cielo, hacía ya más de un año de aquello.
Isobel deseaba que él hubiera descansado al menos igual de bien que ella, aunque había dormido vestido y con Isobel arrebujada contra su costado. Bajo su palma, apoyada sobre el pecho, los serenos latidos del corazón de Jubal le transmitían maravillosa placidez. Extendió los dedos, acariciándolo lánguidamente por encima de la camiseta.
La respiración de Jubal se alteró con una inspiración y una espiración más largas; alzó la mano hasta su cabeza y le acarició el pelo con suavidad, realmente complacido de haber despertado con Isobel todavía en sus brazos. Al notarlo moverse, ella se quedó muy quieta. Lo ocurrido la noche anterior se filtró por su amodorrada consciencia.
—Tócame.
El pulso de Isobel se aceleró sin previo aviso. A la vez que un inoportuno calor brotaba dentro de ella, también lo hizo una intensa vergüenza.
Para profunda frustración de Jubal, Isobel se incorporó de golpe.
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—Tócame —repitió Isobel, esta vez quizás un poco más firme—. Por favor...
Jubal no logró controlar más su desconcierto que la ola de ardiente deseo que lo barrió de arriba a abajo. Jamás habría pensado que oiría a Isobel pedirle eso. Aunque el abrasador efecto que tuvo sobre él no fue del todo inesperado.
Pero, casi un segundo después, fue consciente de otra cosa. Aquello no era lo que él estaba pensando, lo que habría *deseado*. No. Aquello tenía que ver con la traumática experiencia que Isobel había tenido que pasar. Por su culpa. Con un punzante dolor en el corazón no sólo provocado por la culpabilidad, Jubal decidió que ayudaría abnegadamente a Isobel en lo que pudiera, fuese lo que fuese.
Respiró despacio, para dominar sus propios impulsos, y empezó a acariciar con delicadeza la suave piel de la pierna de Isobel. Ella estaba tensa, pero suspiró con cierto alivio. Jubal recorrió la cara interna del muslo con toda la mano. El tacto era en sí una experiencia intoxicante. Notó que Isobel se relajaba bajo su contacto. Lentamente, le pasó la mano por ambos muslos, descendió a la rodilla izquierda hasta casi el tobillo, pasando por la pantorrilla, y subió lentamente hasta la cadera, para volver de nuevo al interior de su muslo derecho. Y se entretuvo allí unos momentos antes de repetir el recorrido de nuevo, siempre con extremo cuidado, haciéndola suspirar, y tratando de ignorar las reacciones de su propio cuerpo.
·~·~·
Isobel miró a Jubal a la cara. Aun tumbado, él admiró embelesado cómo la luz del amanecer, que se filtraba por las cortinas, perfilaba sus rasgos en tonos pastel. Se inquietó porque probablemente no tenía derecho a sentirse así.
Ella parecía querer hablar, pero no saber qué decir. Jubal intentó esbozar una sonrisa tranquilizadora. Desafortunadamente, el efecto fue totalmente el contrario.
La dulzura en el rostro de Jubal estuvo a punto de desarmar a Isobel, si no fuera porque la culpabilidad le ganó la partida por tanteo abrumador. Lo que le había hecho a Jubal la noche anterior había sido increíblemente mezquino y egoísta. No creía que pudiera encontrar el modo de pedirle disculpas. Que él no pareciera siquiera ofendido no hacía más que empeorarlo.
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Las caricias de Jubal la estaban haciendo estremecerse, y a la vez eliminaban poco a poco el recuerdo de las odiosas manos de Ferkov. Pero además, avivaban las llamas en su interior de una forma que Isobel había temido no volver ser capaz de sentir. Era delicioso y adictivo.
Enterrando la cara en el cuello de Isobel, Jubal decidió atreverse; haciendo un esfuerzo por ignorar lo bien que olía, empezó a posar allí los más delicados besos.
Cuando sintió los labios de Jubal ascender desde su clavícula hasta su oreja, Isobel se aferró a los hombros de él, abrumada por cómo la hacían vibrar más y más todas aquellas sutiles sensaciones.
Pero al cabo del rato sus ansias crecieron tanto, que Isobel se dio cuenta de que aquello no era suficiente. Necesitaba más.
Apartando impaciente su vergüenza -y su sensatez-, le acarició la mano a Jubal y empezó a subirla, despacio. Al principio notó que él vacilaba, pero enseguida Jubal le permitió que lo guiara, aunque se le agitó la respiración de manera evidente.
Al comprender lo que Isobel quería, a Jubal se le dispararon las pulsaciones, pero tragó saliva y se controló a pesar de todo. Lentamente, ella le subió la mano hasta que estuvo entre sus piernas. Y entonces, retiró la suya. Jubal se quedó inmóvil, esperando instrucciones.
Pero Isobel permaneció en silencio, temblorosa.
Él dudó. Tal vez la había malinterpretado... Tardó unos segundos en entender que Isobel no le diría nada más. La situación era demasiado embarazosa.
La estrechó contra él suavemente por la cintura con el brazo mientras que, con mucho, mucho cuidado, Jubal empezó a acariciarla por encima de su ropa interior.
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Apartando la cara, Isobel luchó por encontrar algo que decir. Pero, ¿qué palabras podrían excusar su intolerable comportamiento? Lo que Ferkov le había hecho la había dejado vulnerable y dañada, pero no justificaba cómo se había dejado arrastrar por aquella repentina y apremiante necesidad sin pensar ni por un momento en cómo se podría sentir Jubal. Sencillamente, era una vergüenza cómo se había aprovechado de él.
De alguna manera, lo que había pasado había sido de cierta ayuda. La sensación de constante repugnancia se había reducido. De hecho, en sí había sido exquisito. Ni siquiera se habían besado, pero mientras a oscuras la sostenía en su abrazo, el ardor de los labios de Jubal en su cuello, la delicadeza de las yemas de sus dedos, la habían derretido una y otra vez, sin descanso. Hasta que la extenuación la venció... e Isobel cayó profundamente dormida. Para mayor bochorno, sólo recordarlo resultaba altamente estimulante y le provocaba una ardiente ansia por repetir la experiencia. Además, ni siquiera sabía cómo mostrarse agradecida.
Todo aquello era un desastre.
Jubal pudo percibir que Isobel se sentía muy incómoda, pero no lograba aprehender qué era lo que la angustiaba. Se preguntó si lo que le preocupaba sería cómo comportarse después de haber cruzado con él durante aquella noche esa línea de intimidad. O si tal vez él no iba a saber guardar el secreto. O quizás temía que él le exigiría algo a cambio... Jubal luchó por encontrar las palabras que pudieran convencer a Isobel de que podía confiar en él incondicionalmente.
Pero ella no le dio tiempo. Se puso en pie.
—Tengo... Tengo que ir a trabajar —dijo atropelladamente.
La decepción resulto hasta dolorosa en el corazón de Jubal.
—Cla-claro... Disculpa.
Tras una breve visita al cuarto de baño, Jubal recogió sus cosas y se dispuso a marcharse. Estaba ya en la puerta cuando Isobel tuvo que llamarlo. ¿Por qué separarse de él le producía una opresión por dentro que le hacía difícil hasta respirar? Jubal pensó, con un poco de alivio en su constreñido pecho, que al menos quería despedirse. Pero en lugar de decir nada, ella se acercó, los ojos fijos en el suelo, y cogiendo sendos puñados de su sudadera, apoyó la frente en su hombro.
—¿Puedes...? —susurró en voz baja— ¿Puedes volver esta noche? ¿Por favor...?
El interior de Jubal se estremeció entre insensatamente esperanzado y terriblemente preocupado por ella.
—Por supuesto que sí.
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