Entre la espada y la pared
Capítulo 13. Errores por enmendar
Una vez en el 26 Fed, Isobel se sumergió hasta las cejas en el trabajo, aunque a pesar de sus esfuerzos, aquella mañana se distraía a menudo. Para despedirse, Jubal la había cogido breve y suavemente por los hombros y le había besado la coronilla. Isobel no podía dejar de pensar en la inmensa ternura que parecía haber tras aquel gesto.
Por otro lado, se encontraba claramente mejor. En las ocasiones en que el repulsivo recuerdo de Ferkov irrumpía en su mente, Isobel se refugiaba en lo que Jubal le había hecho sentir aquella madrugada. La verdad era que la mantenía en un estado poco profesional, pero decididamente lograba hacerlo desaparecer.
Empezó a sentirse realmente impaciente por reunirse con él aquella noche. Esperaba ser capaz de comedirse. Porque claro, no debía asumir que Jubal se prestaría de nuevo a algo así. Antes que nada, Isobel tendría que superar su vergüenza y encontrar las palabras para disculparse por su mezquino comportamiento de anoche.
Para colmo, recordó mortificada que aquella mañana lo había dejado marchar sin ni siquiera ofrecerle una taza de café. A Isobel no le sorprendería si Jubal la llamaba a lo largo del día para mandarla al cuerno.
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Construir el caso no estaba siendo difícil pero sí suponía una cantidad ingente de trabajo.
Como últimamente no tenían ningún caso entre manos, Maggie llevaba varios días en el JOC ayudando a los analistas a revisar las grabaciones de las decenas de cámaras de Schastlivaya Vstrecha y de la empresa de transportes. Era una tarea tediosa y desagradable -algunos compañeros ya se habían topado con algunas de las agresiones sexuales-, pero era fundamental para reunir todas las evidencias para la acusación.
Venga, se dijo Maggie, aburrida de ver entrar y salir camiones de la bahía de carga. Un rato más y nos vamos a almorzar.
—Maggie —la llamó Elise en un murmullo—. ¿Puedes acercarte un momento?
El peculiar tono hueco de su voz la alarmó. Se volvió hacia la analista y se la encontró mirando su pantalla fijamente, pálida como un muerto.
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Cuando salió de casa de Isobel, Jubal fue a su apartamento. Se dio una ducha, bastante más fría de lo habitual, para despejarse y para bajar la temperatura de su cuerpo, que se elevaba con facilidad cada vez que le venía a la mente el sabor de la piel de Isobel, cómo ella se había estremecido bajo sus caricias.
Le inquietaba pensar si sabría actuar de un modo cabal aquella noche, cuando fuera a casa de Isobel.
Y también qué se encontraría... ¿Lo recibiría con más silencios incómodos? ¿O lo volvería a sorprender con otra muestra de intimidad? No se atrevió a anhelar aquello. Además, lo agobiaba incluso más sentir lo que estaba sintiendo por ella, que era cada vez más intenso y cada vez menos conveniente.
Daba igual. La cuestión era que debía estar allí para Isobel, pasara lo que pasara.
Se echó en su cama e intentó dormir un par de horas más, rezando por no caer presa de nuevo de las pesadillas.
Pero no hubo suerte.
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Inmovilizado bajo su rodilla, los forcejeos de Ferkov continuaron, pero se fueron debilitando, hasta que por fin se detuvieron completamente. Jubal se retiró y se sentó en el suelo, dándole con el pie a Ferkov para apartarlo de él. No soportaba siquiera tenerlo cerca.
Mientras, Isobel no buscó la llave de las esposas en los bolsillos de Ferkov. Se puso de pie y miró a Jubal fríamente desde arriba.
—¿Isobel? —dijo él, desconcertado.
Isobel era alta. Y ahora más aún que, extrañamente, llevaba puestos los zapatos de tacón. Con ellos y sólo con su ropa interior, que se había vuelto de un provocador encaje negro, era una imagen que quitaba el sentido.
—Te ha gustado mirar, ¿eh? —preguntó Isobel con un tono de claro desprecio.
—¿Qué? —Jubal pensó que había oído mal.
—Te ha gustado mirar mientras este cerdo —pateó ella a Ferkov— me hacía eso, ¿verdad?
—¿¡Qué!? —exclamó él, horrorizado—. ¡No!
—Mientes. Te ha gustado. Lo he visto en tus ojos.
Isobel cogió la picana de Ferkov.
—No, no me ha gustado —protestó Jubal, al borde de las lágrimas—. ¡He odiado cada maldito instante!
Isobel le aplicó la picana en el costado. La electricidad contrajo los músculos de Jubal haciendo rechinar sus costillas rotas. Cuando paró, ella lo observó sin piedad retorcerse y gruñir.
—No, Isobel, por favor —dijo Jubal con los dientes apretados de dolor—. No me ha gustado. Ha sido horrible.
—Mentira.
Y volvió a darle otra descarga. Tras ella, esta vez los jadeos de Jubal se prolongaron más, antes de que pudiera volver a hablar.
—¡No! ¡No podía soportar lo que te estaba haciendo! ¡Te lo juro! —exclamó desesperado.
Isobel se inclinó hacia delante.
—Entonces, ¿por qué mirabas?
El corazón de Jubal se detuvo y él se quedó sin habla. Para su mayor desconcierto, ante su silencio, los ojos de Isobel se volvieron seductores; mientras, se pasó las manos sensualmente por sus curvas.
—¿Te gusta mi cuerpo? —ronroneó.
Jubal tragó saliva, repentinamente acalorado.
—Sí —confesó.
Con movimientos felinos, Isobel de sentó junto a él y le acercó el rostro, mirándolo profundamente a los ojos, para después acariciarle la nuca, poniendo la boca a su alcance. Por un momento, Jubal pensó que iba a besarlo.
—¿Me deseas? —preguntó Isobel con un tono dulce y cálido.
—Sí —suspiró Jubal irremediablemente cautivado y anhelante.
Los ojos de Isobel convirtieron en dura obsidiana. Se puso de nuevo en pie.
—Entonces, ¿mereces que te castiguen? —su voz fría e implacable.
Los afilados colmillos de la culpa y el autodesprecio devoraron salvajemente las entrañas de Jubal.
—Sí, lo merezco —admitió, agachando la cabeza, sumido en la más absoluta vergüenza.
Ella asintió y le dio con la picana en el pecho. Jubal aceptó la inmensa agonía que lo envolvió.
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Estaba escribiendo un informe, y al contrario que esos días atrás, Isobel estaba por fin concentrada y trabajando a pleno rendimiento.
Unos leves toques en el quicio llamaron su atención. Lo primero que le pasó por la cabeza es que se trataba de Jubal. Un entusiasmo efervescente estalló dentro de ella. Por repentino, la desconcertó; por intenso, disparó los latidos de su corazón. Pero una décima de segundo después, supo con decepción que no era él. Los golpecitos habían sonado inseguros. Diferentes.
Se volvió hacia la puerta y encontró a Maggie en el umbral.
—Sí, Maggie. —Isobel la vio pálida e inquieta. — ¿Te ocurre algo?
La agente dio un vacilante paso hacia dentro, para luego cerrar la puerta y cruzar la habitación. Se detuvo frente a ella. Con un movimiento casi furtivo dejó sobre su mesa una llave USB.
Isobel la vio tragar saliva. Tenía los ojos un tanto espantados.
—¿De qué se trata?
—S- sólo lo hemos visto Elise y yo —declaró Maggie en voz baja.
Una sensación de aprensión se manifestó directa y pesadamente sobre el pecho de Isobel. Cogió la llave y la conectó en el frontal de su PC. Contenía un solo archivo de vídeo. Lo abrió. Toda la templanza que había logrado desde ayer estuvo a punto de esfumarse en un solo instante.
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Al despertar lo desgarraba un dolor físico que no existía y uno emocional que lamentablemente era muy real. Y ambos definitivamente incapacitantes. Jubal necesitó un largo rato hasta que recuperó el aliento, pero la calma le costó bastante más.
Miró el reloj. No había pasado ni una hora durmiendo. Aún quedaba la mayor parte del día. De pronto, deseó volver a estar con Isobel. En ese mismo instante. Ya. Sólo quería abrazarse a ella, enterrar la cara en su pelo y poder olvidarse de todo lo demás.
Aquella dependencia no podía ser sana. Necesitaba volver a centrarse pero se sentía abrumado por la amplia gama de matices de culpa que lo vapuleaban. Lo que acababa de soñar sólo había resaltado uno de ellos...
Y la presión que ejercían todas ellas, logró obtener uno más. De repente pensó que, probablemente, tampoco debería haber accedido a lo que Isobel le había pedido aquella noche. Estaba confusa, en una situación muy vulnerable. ¿Se había él aprovechado de su momento de debilidad? Jubal se había concentrado en hacerla gozar lo más posible, pero tal vez por eso Isobel había estado tan tensa esa mañana. Y no podía decir precisamente que él mismo no hubiera disfrutado tocándola. Porque lo había hecho. Demasiado.
Maldita sea. Jubal se hundió aún más en su fangal de culpas.
Le requirió un enorme esfuerzo anímico, pero se obligó a levantarse de la cama y ponerse en marcha. Había sudado tanto con la pesadilla, que tuvo que meterse en la ducha otra vez.
Ya aseado y más sereno, llamó a Sam, y condujo hasta Westchester para ver a sus hijos.
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—Y claro, por eso ahora quieres cambiar tu declaración —dijo el ADIC Reynolds, que había sustituido a Rina.
El cambio no había sido del todo a mejor. Su antiguo superior no interfería tanto, pero la tenía atada muy en corto, e Isobel siempre había sospechado que era un poco misógino.
—¿No te parece un poco tarde? —añadió Reynolds, claramente molesto.
Cuando Maggie, consternada, le había traído la grabación de la agresión que Isobel había sufrido en aquella celda, había sido lo más discreta que había podido, y le entregó la única copia que existía en ese momento.
Isobel agradeció mucho su lealtad y la de Elise, pero había decidido, sin embargo, que tenía que sincerarse y confesar que no había contado toda la verdad. Si intentaba tapar aún más el asunto, no haría otra cosa que cavar su propia tumba profesional, además de poner en riesgo las carreras de Maggie y Elise.
Así que acudió con el archivo al despacho del ADIC.
Tragando el nudo que tenía en la garganta, Isobel levantó la barbilla antes de contestar. Tenía el estómago revuelto por los recuerdos refrescados por la grabación. Su superior la había visionado allí mismo, con ella delante.
—Sí, señor.
—Esto podría ser una ignominia para el Bureau.
—Sí, señor —repitió con rigidez.
Gracias por su empatía, señor. Isobel logró controlar su indignación.
—Esta es la razón por la que estoy en contra de que los SAC hagan trabajo de campo —protestó el ADIC—. Le dije que no debía correr ese riesgo, agente Castille.
—Sí, señor.
—Y supongo que ahora se arrepiente de haberlo hecho a pesar de mis reticencias —dijo con sorna.
—No, señor. Uno de mis agentes estaba en grave peligro. No podíamos arriesgar su vida entrando pegando tiros —replicó llanamente—. Sigo pensando que era la mejor opción, en esas circunstancias.
A Reynolds se le congestionó la cara, furioso.
—Sí, ¿eh?
—Sí, señor.
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Comer con sus hijos había sido una buena idea. Jubal los había llevado a ese restaurante cerca de su casa que les encantaba.
Abi y Tyler le habían preguntado enseguida por lo ocurrido durante su misión encubierta. Jubal les dio la versión más rebajada que pudo, naturalmente. Los dos habían estado muy preocupados por él. Sam apenas les había contado nada. Se quedaron más tranquilos sabiendo que, aunque su padre había recibido algún golpe -los de la cara al fin y al cabo no los podía disimular-, él estaba bien y al final habían cogido a todos los malos.
Fue bastante favorable para el ánimo de Jubal tener que obligarse a ver las cosas desde el punto de vista más positivo posible. Se alegró de haber ido hasta allí y de que sus hijos le hubieran dado una nueva perspectiva.
Además, después estuvieron pasando un rato relajado, con Abi y Ty hablando del colegio, de sus amigos, de sus últimas inquietudes. Su sola compañía resultó reparadora de un modo casi mágico.
Después de dejarlos en su casa, antes de emprender el camino de vuelta, Jubal dudó y decidió mandarle un mensaje a Isobel, preguntándole a qué hora saldría del trabajo y a qué hora quería que se pasara por su casa. Así le daba la oportunidad de echarse atrás si lo prefería, aunque deseaba intensamente que no fuera así. Ese anhelo lo hacía sentirse terriblemente culpable.
Pero Isobel contestó: "Ya estoy aquí. Ven cuando quieras."
Durante el trayecto, Jubal pisó el acelerador, repentinamente preocupado porque Isobel había vuelto a salir pronto del trabajo. Eso no podía significar nada bueno.
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Al llegar a casa, Isobel todavía estaba furiosa. Se obligó a comer y se echó en el sofá a ver la TV intentando distraerse, pero no estaba acostumbrada a apagar el cerebro viendo necedades.
Recibir el mensaje de Jubal le ayudó a distraerse. Estaba impaciente porque llegara. Por hablar con él. Por tenerlo cerca. Iba a contestarle que por favor fuera lo antes posible, pero por temor a parecer demasiado exigente, lo dejó en un abierto "cuando quieras". Para su alivio, él contestó un satisfactorio "estoy en camino" que aplacó un poco sus nervios.
Desgraciadamente, la mente de Isobel siguió derivando al encontronazo que había tenido con su superior, mosqueada porque sólo parecía una cuestión del ego herido del ADIC. Aunque eso daba igual, porque fuera por lo que fuera, podía truncar su carrera para siempre...
Cuando el cansancio acumulado de varios días empezó a vencerla, al principio Isobel recibió con agradecimiento el sopor que desconectaría su mente del tema.
Pero fue caer de la sartén al fuego.
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Estaba ya llegando a casa de Isobel, y Jubal aún no sabía cómo abordaría la situación. ¿Debería disculparse? Temía sacar el tema y que Isobel se sintiera humillada, pero Jubal quería que supiera que podía confiar en él... Y precisamente ése era el problema: lo que "él quería" no era lo importante en ese momento. Se volcaría únicamente en lo que Isobel pudiera necesitar de él. Apartó sus dudas y llamó a la puerta.
El tiempo que Isobel tardó hasta que abrió por fin fue preocupante. Al ver su estado tembloroso y el tono pastoso de su rostro que aún lucía magulladuras a medio curar, Jubal realmente se asustó. Dio un paso hacia ella y le apoyó la mano en el brazo con cuidado.
—¿Estás bien?
Últimamente parecía que no se decían otra cosa.
Al ver cómo Jubal la estudiaba tan preocupado, Isobel maldijo para sus adentros. Acababa de despertarse. Si Jubal hubiera llegado antes de la pesadilla, la habría encontrado bastante más entera. Si hubiera venido un poco más tarde le habría dado tiempo a recomponerse.
Pero no, el maldito propio timbre de la puerta había sido lo que la había sacado del tormento de Ferkov abusando de ella, otra vez delante de Jubal. En esta ocasión, amenazando la vida de Jubal, Ferkov la había obligado a ser complaciente, a hacerle cosas por su propia voluntad, a aceptar las invasiones con "agrado". Todavía tenía el cuerpo completamente revuelto. Parecía que no dejaba de soñar cosas así siempre que Jubal no estaba cerca.
No contestó a su pregunta y le pidió que pasara.
Cuando la puerta estuvo cerrada, Isobel quedó atrapada en la consternación de los ojos de Jubal, tal vez porque inconscientemente podía intuir el inmenso afecto que había detrás.
La tentación de buscar su abrazo fue abrumadora. Pero a Isobel se le revolvía el estómago ante la idea de imponerle otra vez su contacto... Vacilante, los ojos bajos y los brazos laxos a los lados de su cuerpo, se aproximó y se quedó tan cerca como era posible sin llegar a tocarlo.
Jubal, que estaba luchando contra su propio impulso, necesitó unos segundos para lograr interpretarla correctamente. Pero al final, dejando a un lado la muleta, la rodeó despacio y cálidamente con sus brazos. Con inmenso alivio, Isobel se reclinó contra su pecho.
Él le frotó suavemente la espalda, solazándose sin querer en que ahora abrazarla fuera una opción real. Se atrevió un poco más y le acarició el pelo. Ella se relajó en sus brazos.
Cuando al fin se sintió mejor, se separó lentamente y lo invitó a entrar en la cocina.
Le ofreció un café y se sirvió también uno para ella. Los dos se sentaron en la mesa de la cocina para tomárselo.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué hoy has vuelto a casa tan pronto? —indagó Jubal; le inquietaba que Isobel hubiera tenido que cruzarse con Ferkov otra vez.
—Estoy suspendida —declaró llanamente Isobel, mirando fijamente el tablero de la mesa.
Aquello lo dejó de piedra.
—¿Qué? ¿¡Por qué!? —preguntó Jubal desconcertado.
Porque mi jefe tiene un ego como una casa, pensó Isobel, amarga.
Había sido un alivio contar con el apoyo de Maggie. Isobel se había marchado dejándola al cargo. Sabía que la había dejado a ella y a Elise muy preocupadas.
—Han... han encontrado una grabación de lo que... —Isobel tragó saliva para bajar el nudo en su garganta— lo que nos ocurrió allí. No coincidía del todo con mi declaración.
Jubal se quedó muy pálido. Pensar que lo que Ferkov le había hecho a Isobel había quedado registrado para siempre le revolvía las entrañas. Maldijo entre dientes.
—Debí haberlo supuesto. Había imagen de todas las celdas... Lo siento mucho...
Jubal se sintió hundirse aún más. Ahora debía añadir poner en riesgo la carrera de Isobel a todo lo demás.
Isobel le cogió la mano aunque aún sin mirarlo, y sintió un pellizco en el pecho al reparar de reojo en las heridas de las muñecas de Jubal, que todavía no se habían curado del todo. Le habían recordado cómo lo habían hecho sufrir.
—No es culpa tuya —le aseguró—. Yo también debí haberlo pensado.
Él no parecía nada convencido de eso.
—Sí, encima —dijo exasperado—. Como si no tuvieras bastante ya... —Negó con la cabeza—. ¡Esto es tan injusto!
Se dijo a sí mismo que tenía que hacer algo para arreglarlo.
Desgraciadamente, los ojos indignados de Jubal, agravaron el peso de la losa oprimía el pecho de Isobel. Pronto todos lo sabrían en el JOC... Reynolds no había caído siquiera en aplicarle al asunto un nivel especial de confidencialidad. No sabía cómo iba a enfrentarse a aquello. Intentó apartar aquella preocupación extra de su mente. De pronto, echó mucho de menos a Jess, con el que habría podido hablar de ello. Tal vez podría planteárselo a Jubal... Pero había otras cuestiones que le importaban más en ese momento.
—Me- me he enterado —continuó Isobel— de que tu declaración tampoco era completa. Te pedirán que la hagas de nuevo y me temo que la OPR te someterá a interrogatorio por haber omitido... parte de los hechos.
—No te preocupes por eso. Podré manejarlos —le quitó él importancia.
Ella alzó los ojos, intrigada
—¿Por qué lo hiciste?
Jubal apretó las mandíbulas. Por un momento, estuvo tentado de negarlo todo absurdamente. Pero entonces se encogió de hombros.
—Por lo que me dijo Maggie, deduje que no lo habías contado todo. Tenía... Tenía que respaldar tu versión.
El pulso de Isobel se alteró, y su mirada se quedó prendada de los ojos de Jubal. La luz de la tarde entraba oblicua por el ventanal e incidía en ellos volviéndolos verde-dorados. Tuvo que apartar los suyos antes de que se le desbocara el corazón por completo. Por unos largos segundos permaneció en silencio.
—Voy a preparar cena para ti—murmuró al fin—. Si quieres —añadió con timidez.
Se despreciaba por no lograr encontrar el coraje para hablar de la noche anterior, pero tal vez aquello podría enmendarlo un poco. Esperó respuesta ocultando lo que pudo su impaciencia.
A pesar de la pesada carga de culpas que lo atormentaba, Jubal sintió que le brotaba dentro una furtiva alegría. Sonrió levemente, suspirando.
—Eso sería... Me encantaría. Gracias. ¿Me dejas ayudar?
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—... y Abi vuelve a coger teléfono y va y dice muy obediente: "Mamá, me ha dicho Papá que te diga que no puede ponerse al teléfono porque no ha llegado todavía."
Isobel se rio y Jubal se aferró intensamente a aquella sensación de triunfo. Mientras preparaban la cena juntos, él había estado contándole aquellas infames ocasiones en las que sus hijos lo habían avergonzado públicamente, intentando hacerla reír, olvidarse de todo. No había sido una carcajada, pero sí la primera vez que la veía reír desde hacía mucho tiempo. El corazón de Jubal le hizo un bailecito alegre dentro del pecho.
Apoyado en la encimera junto a Isobel, y aprovechando que ella estaba concentrada en lo que estaba preparando al fuego, Jubal la contempló sin reprimirse. ¿Era normal no cansarse de mirarla?
Cogiendo un poco de arroz con una cuchara de palo, Isobel le ofreció a probar.
—Siento no haber podido hacer nada más sofisticado que arroz con pollo y verduras... —se disculpó.
Jubal tomó un poco con los labios.
—Mmm... ¿Bromeas? Sabe delicioso. Dime que está listo ya —pidió ansioso.
—Sólo unos minutos más —respondió ella sin poder reprimir del todo una sonrisa halagada—, para que esté en su punto...
Se sentaron de nuevo en la mesa de la cocina, y cenaron mientras hablaban de los hijos de Jubal y sus familias.
De vez en cuando se hacían silencios, pero eran confortables, no como habían sido aquella mañana. Isobel se quedó ensimismada, pensando en todo lo que habían pasado juntos esos días; y percatándose de que había empezado a, no ya necesitar la compañía de Jubal, sino a disfrutarla muchísimo, más que antes incluso. Le hizo sentir una mezcla entre ansiedad y exaltación.
Al alzar la cara, lo pilló mirándola. Jubal tardó un segundo de más en bajar sus cálidos ojos avellana, provocando un fuerte tirón en el interior de ella. Pero no se atrevió a pensar que él estaría sintiendo lo mismo.
Cuando estaban terminando de cenar, Isobel empezó a pensar en decirle que se quedara, pero después de lo ocurrido la noche anterior, no sabía cómo plantearlo siquiera. Sus dudas trajeron de vuelta las pausas incómodas.
—Ayer... ¿lograste descansar algo? —preguntó quedamente dando un rodeo y concentrándose en interesarse por él.
Jubal bajó la vista, casi azorado, haciendo que Isobel se sonrojara sin querer, avergonzada, e hiciera lo mismo. Él carraspeo. En realidad, Jubal estaba teniendo que hacer un enorme esfuerzo para no regodearse mentalmente en lo que había pasado anoche entre ellos.
—La verdad es que después de —tenerte gimiendo entre mis brazos. Se aclaró la garganta otra vez—...de la pesadilla, dormí maravillosamente.
—Vaciló un momento pero se atrevió a preguntar—: ¿Y tú?
—Yo también. Creo... —Isobel apartó el bochorno que sentía, e intentó ser sincera—. Creo que no puedo dormir si no te tengo cerca.
Ella no se lo esperaba, pero aquello hizo sonreír a Jubal.
—La verdad es que a mí me pasa lo mismo —confesó pasándose la mano por la nuca de un modo que a Isobel le resultó encantador—. ¿Podría...? ¿Podría quedarme otra vez a dormir? —pidió, temiendo que sería rechazado con otro silencio incómodo.
Sin embargo, los ojos de Isobel se iluminaron. Si podía ayudarlo, tal vez podría compensar algo más el abuso de ayer. Sonrió tímidamente.
—Por supuesto.
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Ferkov le había ordenado a Isobel quitarse la blusa y al hacerlo había quedado sólo en su ropa interior.
Esta vez, cuando Isobel vio que los ojos de Jubal -con un brillo ardiente- recorrían involuntariamente su cuerpo, la cosa se puso rara. Porque aquello la llenó por dentro de un fuego venenoso. Isobel no sabía por qué pero no podía dejar de mirar el torso de Jubal, visible por su camisa abierta, la atracción que estaba ejerciendo sobre ella era imposible de resistir.
—¿Isobel? —preguntó Jubal entre preocupado y desconcertado.
Hechizada por el brillo de sus ojos, Isobel se había arrodillado sobre él, a horcajadas.
Misteriosamente, Ferkov había desaparecido por completo.
Despacio, Isobel recorrió el pecho de Jubal con las palmas de sus manos, apartándole la camisa. Pero él estaba tenso. Le había pedido que parara. Estando esposado, y por el misterio de los sueños, no podía hacer nada por evitarlo. Isobel simplemente lo había ignorado.
E hizo con Jubal lo que quiso.
A pesar de sus protestas, lo tocó y se rozó contra él; y luego lo desnudó. Lo estimuló con las manos y con la boca hasta que estuvo preparado, aunque Jubal, humillado, le había suplicado jadeando que no lo hiciera. Pero a la Isobel del sueño no le importaba, sólo quería obtener de él lo que ansiaban las llamas que tenía dentro. Se dispuso a montarlo salvajemente, en contra de su voluntad, incluso.
Se despertó de golpe, el cuerpo de Isobel aún se estremecía de ardiente deseo, mientras un oscuro vacío crecía en su interior de manera incontrolable. Todavía podía oír a Jubal llamarla por su nombre, pidiéndole que se detuviera. Su consciencia había experimentado todo aquello observando impotente y absolutamente horrorizada. ¿Era aquello un eco de lo que había pasado la noche anterior? La culpa consumía el aire de la habitación, asfixiándola.
—¿Isobel...?
Sin embargo, esta vez su profunda voz sonó allí mismo junto a ella.
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