Entre la espada y la pared
Capítulo 14. Enredados

Nota del autor: Un nuevo capítulo por si ayuda con los exámenes. Aviso, éste es un capítulo bastante subido de tono. No sé si es demasiado explícito. Por favor, si pensáis que no encaja en el rating de la historia decídmelo.


La culpa consumía el aire de la habitación, asfixiándola.

—¿Isobel?

En la penumbra, Jubal se asomaba por la puerta de su habitación.

Cuando se habían ido a dormir, Isobel lo había acomodado de nuevo en el sofá, proporcionándole esta vez ropa cómoda, un edredón grande y una almohada. Se habían dado las buenas noches con una relajada sonrisa. Y ella había vuelto a dejar la puerta de su dormitorio abierta.

Pero ahora, la profunda voz de Jubal, su sola presencia, hizo que Isobel se sintiera invadida por una inmanejable vergüenza, dejándola sin respiración. Y más cuando él se acercó y se sentó en el borde de su cama. Ella se incorporó, quedando sentada y trató sin éxito de encontrar las fuerzas para decir que estaba bien.

Preocupado, Jubal le acarició despacio un brazo por encima del codo, intentando tranquilizarla. No ayudó precisamente en eliminar el rastro de la bochornosa lujuria de Isobel, pero curiosamente consiguió calmar su inquietud y su aflicción. Al menos un poco.

—¿Otra pesadilla? —preguntó Jubal en un susurro. Ella asintió sin decir nada. Él dio gracias a su intuición y la atrajo con delicadeza a sus brazos. Isobel tardó unos segundos, pero se echó finalmente contra su pecho. Jubal le acarició la cabeza—. ¿Quieres hablar de ello? —ofreció suavemente.

Isobel lo valoró. Debería. Tenía que enfrentarse a ello, disculparse por lo de anoche. Pero en ese momento...

—Tal vez más tarde —murmuró, sintiéndose abyectamente cobarde.

—Cuando quieras. No importa el momento... —declaró Jubal—. Aquí estaré.

El sentido definitivo y absoluto de su tono y sus palabras alcanzó de lleno el corazón de Isobel. Profundamente conmovida, alzó la cara y lo miró, abrumada.

Aquel inefable brillo en sus ojos rindió a Jubal absolutamente. Habría cruzado océanos de tormento porque Isobel volviera a mirarlo así. Hizo lo que pudo por retenerse firmemente, porque estaba convencido de que se estaba lanzando a donde no debía.

Isobel pensó que tenía que estar equivocada. Jubal no podía haberse referido a algo tan profundo como le había parecido. Siquiera pensarlo era desconsiderado hacia su relación con Rina y su reciente pérdida. Él sólo intentaba ayudarla. Y se merecía algo mejor de ella. Empujada por una nueva ola de determinación, se separó y buscó las palabras que debía decir.

—Quiero disculparme —comenzó.

—¿Disculparte? —dijo Jubal extrañado. Entonces se angustió porque ella pudiera sentirse responsable de algo de lo que le había ocurrido—. Isobel, tú no has hecho nada malo —afirmó con vehemencia, intentando mirarla a los ojos para convencerla. Y de pronto la culpa lo abatió. Tragó saliva—. Fui... Fui yo el que por mi incompetencia, al dejarme atrapar, te puse en peligro...

—¿Qué estás diciendo? No hay nada que hubieras podido hacer de manera diferente —se apresuró a replicar Isobel de inmediato—. Y tú me salvaste. Nos salvaste a los dos...

Cogiéndole ansiosamente las manos, Jubal negó con la cabeza.

—Por mi culpa has pasado por lo que has tenido que pasar...

Y además no pude dejar de mirar.

Al ver que los ojos de Jubal estaban realmente atormentados, la tentación de Isobel de abrazarlo se volvía cada vez más acuciante.

—Eso está en la cuenta de Ferkov, no en la tuya —rebatió—. Además, mi comportamiento de ayer sí que no tuvo excusa. —Él la miró sin comprender—. No debí pedirte eso. Fui muy egoísta —explicó llena de vergüenza. Se dio cuenta de que, si no se había disculpado antes, era en parte porque deseaba repetirlo pero asumía que él no estaría por la labor. Su relación con Rina le había dejado claro que Jubal no tenía interés por ella en ese sentido. Ni en ningún otro—. Y más teniendo en cuenta que tú... no me deseas.

Perplejo, Jubal alzó las cejas.

—¿Qué? ¿Que no te deseo? ¿Qué... te hace pensar eso...? —se preguntó repasando sus acciones mentalmente, buscando frustrado consigo mismo algo que ella pudiera haber interpretado como rechazo.

Isobel lo miró desconcertada.

—¿Me- me deseas? —preguntó con la voz ahogada.

Él carraspeó, alterado por el eco de la pregunta que ella le había hecho en su sueño, y se le escapó una media sonrisa avergonzada. El gesto le resultó a Isobel casi irresistible.

—Ayer... No sabes lo mucho que... disfruté —admitió él.

Había fuego en sus ojos. El pulso de Isobel se desbocó por completo. Pero entonces, Jubal bajó la cara y le soltó las manos.

—Demasiado... —añadió con voz ronca, ajeno al torbellino interno de Isobel—. No debí hacerlo... Me aproveché de tu vulnerabilidad. Lo siento —se disculpó, asqueado consigo mismo.

No. ¡No! Isobel se sintió consternada por él y disgustada en general. Los dos estaban tan confusos... Y su cerebro no lograba encontrar las palabras para deshacer aquel doloroso enredo. Mientras, la confesión de Jubal había hecho crecer sin medida la necesidad que había dentro de ella.

Además, había traído de pronto a su memoria la intensa admiración que había visto en la mirada de Jubal cuando Ferkov le había ordenado desnudarse. Aquello no era algo que el sueño se hubiera inventado, así como tampoco la reacción sensual que había provocado en ella en el momento, y que al parecer no había sido tan injustificada como se había temido...

No pudo resistirse más. Se abrazó a Jubal y se pegó a él, intentando que sus actos hablaran por sí solos. Pero Jubal, reconcomido por sus propias culpas, no devolvió el abrazo esta vez. Se quedó muy quieto, con los ojos cerrados, haciendo todo lo que podía por no dejarse llevar.

Se hizo un silencio denso, sólo interrumpido por las pesadas respiraciones de ambos.

—Ayer me ayudaste tanto... — murmuró ella contra el cuello de Jubal—. ¿Me ayudarías otra vez? ¿Por favor...?

Jubal soltó una exhalación temblorosa. Ayudar sí era algo que debería poder permitirse a sí mismo. Por toda respuesta, la atrajo hacia sí.

·~·~·

Isobel suspiró con alivio. Permaneció en su abrazo unos momentos, mientras reunía el valor que le hacía falta. Entonces, encendió la luz de su dormitorio y se levantó de la cama. Antes de que Jubal pudiera pensar que había cambiado de opinión, Isobel se sentó sobre su regazo, de espaldas, apoyándole espalda en el pecho, vacilante y tensa.

Creyendo comprender, Jubal la envolvió con cuidado entre sus brazos y la sostuvo.

Mientras Isobel se relajaba poco a poco, podía sentir que Jubal tenía la respiración agitada. Miró al frente y vio el reflejo de los dos en el espejo de las puertas de su armario. Rezó porque aquello funcionara tan bien como lo de la noche anterior, y guio las manos de Jubal por sus piernas y sus caderas. Esta vez tampoco llevaba la parte inferior del pijama. Jubal la acarició con cuidado de no molestarla con la férula del dedo de su mano izquierda. Isobel echó la cabeza hacia atrás y la apoyó en el hombro de Jubal, dejándose llevar por la sensación de sus cálidas palmas recorriéndola. Mientras, vio que él la miraba cautivado, pero que enseguida bajaba los ojos.

Un rato después, cuando la ansiedad se acumuló lo suficiente, le llevó las manos hasta sus pechos. Por encima de la prenda, él pudo notar, con demasiado deleite, que no llevaba nada debajo.

Mientras Jubal empezaba a acariciarle suavemente ambos pechos, Isobel miró su reflejo, buscando sus ojos. Los encontró llenos de fuego pero, una vez más, él volvió a romper el contacto visual, esta vez para besarla en el cuello. Isobel se sintió decepcionada. Se moría por ver a Jubal mirarla fascinado como lo hizo la primera vez que estuvo casi desnuda ante él, como lo había hecho en su sueño. Sin embargo, no pudo quejarse, porque sus labios contra la piel era algo que llevaba todo el día deseando volver a sentir. Su boca y sus manos la hicieron gemir, la hicieron desear más.

A Jubal le costaba mirarla en el espejo. Cada vez que lo hacía, se sentía asaltado por la combinación confusa de su deseo y su culpa. Ver a Isobel -aquella extraordinaria mujer con la que pasaba casi todos los días, con la que trabajaba codo con codo, que le había salvado la vida, a la que necesitaba más de lo que debería permitirse- entre sus brazos, anhelante de sus caricias, lo inflamaba por dentro de un modo que parecía que podría salir ardiendo. Pero, desgraciadamente, aquella situación le traía a la memoria recuerdos desagradables.

Aunque las fauces del remordimiento que sentía, lo empujaban a cumplir su propósito de ayudar, a la vez no le permitían mantener la mirada a Isobel por mucho tiempo, ni tampoco disfrutar de aquella gloriosa visión ante él.

Las llamas en los ojos de Jubal habían desaparecido, sustituidas por férrea determinación. Isobel las echó de menos, pero encontró aquella intensidad también terriblemente atrayente.

—Desvísteme, por favor —pidió ella con tono inseguro.

Jubal la vio sonrojarse del modo más encantador y su corazón le aleteó en el pecho de ansia e inquietud a partes iguales... pero no la obligó a repetírselo. Empezó enseguida, y a la vez despacio, a abrir los botones de la blusa de su pijama, de arriba a abajo. Descubrió su torso y deslizó la prenda por sus pálidos hombros, se los besó con más ternura de la que debería, antes de poder controlarse. La sintió estremecerse contra él y su deseo creció casi incontrolable.

Se concentró en retirar completamente la prenda.

Una escueta pieza de ropa interior fue lo único que cubría a Isobel en ese momento. Jubal intentó no fijarse en esos detalles, pero era de una suave tela azul oscuro. Elegante, aunque no llamativa. Y, Dios santo, si no estaba espléndida. Admiró la tersura de su piel, que casi resplandecía; el volumen y la firmeza de sus senos, que destacaban ante la estrechez de su cintura y en maravillosa proporción con sus caderas.

Lentamente, Isobel le cogió a Jubal una mano para deslizársela entre sus piernas, y otra sobre uno de sus pechos. Él no pudo evitar observarlo todo en el espejo. Dudaba que hubiera visto nunca nada tan provocador; empezó a tocarla de inmediato, más ansioso tal vez de lo que debería. Apartó los ojos, avergonzado otra vez, forzándose a no mirar.

Los largos y hábiles dedos de Jubal bajo su ropa interior, y mientras su otra mano alternaba entre sus pezones, no tardaron en hacer que Isobel temblara de pies a cabeza. El fuego que prendía dentro de ella, abrasó implacablemente su cuerpo.

Pero que los ojos de Jubal no se encontraran con los suyos, que ya ni siquiera la recorrieran con deseo, aumentaba en Isobel su desazón a cada segundo que pasaba. Era como si su vergüenza la tuviera agarrada del cuello impidiéndole respirar.

De pronto, no pudo soportarlo más. Le apartó a Jubal las manos, no bruscamente, pero con firmeza.

Él las retiró de inmediato y se quedó muy quieto, aterrado. ¿Se había extralimitado de alguna manera? Se maldijo internamente, furioso consigo mismo.

—¿Por qué no me miras? —murmuró Isobel, sin ocultar la angustia de su voz.

Se envolvió protectoramente el torso con los brazos. Necesitaba que la mirara, que limpiara la inmundicia de otros ojos sucios que la habían manchado. Y saber que él también deseaba aquello.

Jubal insistía en apartar los ojos. Isobel estaba a punto de gritarle.

—Porque no debería haber mirado entonces...

No fue necesario que aclarara cuándo. Isobel cerró los ojos, mortificada.

—¿Por qué? —logró atreverse a preguntar— ¿Te avergonzaste de mí? ¿Porque-? ¿Porque accedí a todo aquello?

—¿Qué? ¡No, en absoluto! —se apresuró a negar Jubal— Tú... Tú fuiste increíblemente fuerte y valiente.

El recuerdo del coraje que había mostrado Isobel todavía inflamaba su corazón. El alivio que barrió a Isobel la dejó levemente mareada. Pero seguía sin comprender.

—No. Es que yo... —continuó él y luego tragó para bajar el nudo de su garganta—. No debí mirar. Al hacerlo me aproveché de aquella horrible situación. Invadí tu intimidad —se lamentó—. No tenía ningún derecho...

Mientras, Isobel se vio inundada otra vez por la frustración. No podía dejar las cosas así. Se giró en el regazo de él para poder estar prácticamente de frente.

—Jubal.

Él suspiró... A pesar de lo mal que se sentía, no pudo evitar disfrutar oír su nombre en los labios de Isobel. Ella le cogió la cara entre las manos con ternura y se la alzó, obligándolo a mirarla por fin a los ojos.

—Si hay alguien que tiene derecho... —Atrapó su mirada, desesperada por alcanzarlo— eres tú.

No podía creer que acabara de decir eso en voz alta. Le aterraba pensar cómo lo entendería Jubal, sobre todo porque ella misma no quería reconocer del todo lo que realmente significaba.

Mientras, sus palabras tardaron unos segundos en calar. Incluso cuando lo hicieron, Jubal simplemente no se atrevió a interpretarlas del modo más optimista.

Pero no pudo retenerse más, y la besó. Al principio, con una dulce vacilación.

Ante aquella tímida muestra de afecto, Isobel se quedó paralizada un momento por la intensidad de las sensaciones que le provocaba. Pero entonces, para enorme regocijo de Jubal, ella le devolvió el beso, sobrecogida.

Él no tardó en no poder evitar poner la mano en su mejilla y empezar a saborear sus suaves labios. Le sorprendió no haber sido totalmente consciente de lo mucho que deseaba hacer eso. Lo hizo despacio, casi con reverencia, y de la manera más deliciosa. Isobel se dejó llevar por Jubal con abandono, mientras tensión dentro de ella se convertía en una trepidante agitación.

Poco a poco, casi sin que se dieran cuenta, el beso se fue haciendo más y más apremiante.

·~·~·

Había perdido la cuenta de las veces que las inquisitivas manos de Jubal la habían entregado al éxtasis mientras que, ahora sí, sus ojos contemplaban abrasadores en el espejo como Isobel se estremecía y se agitaba entre desconsolados gemidos una vez tras otra.

También buscaba su boca ocasionalmente, y cuando Isobel se rendía a sus ardientes besos, no fue rara la ocasión en que logró derretirla entre sus brazos.

Desde ayer, Jubal había difuminado de manera efectiva cualquier recuerdo de los abusos de Ferkov. Ahora, ya había conseguido que se desvanecieran por completo. Para Isobel había llegado un momento en que, al fin, allí con ella sólo estaba Jubal. Sólo él.

Estaba siendo definitivamente memorable, y sin embargo, Isobel no estaba sintiendo quedarse del todo satisfecha. Le faltaba algo. Era plenamente consciente de que no debía desear más, pero sentía que pronto ya no podría contenerse.

Jubal se mordía el labio, encantado porque ella acaba de coronar un nuevo pico y jadeaba en busca de aliento. Otra vez. Lo invadía una enorme exaltación por la confianza que ella le había concedido. Se estaba esforzando por cumplir al máximo sus expectativas. Y estaba tan arrebatadora que ahora no podía dejar de mirarla.

Y de pronto, Isobel lo sorprendió. Levantándose un momento, se dio la vuelta y se sentó a horcajadas sobre él, buscando ansiosa mayor contacto entre ellos, aunque fuera a través de la ropa. Jubal la estrechó contra él casi involuntariamente.

Aquel contacto le confirmó a Isobel lo que necesitaba saber. Entonces le cogió la cara a Jubal y lo besó con una abrumadora mezcla de dulzura y ardor.

—Te necesito dentro de mí —murmuró en sus labios.

El efecto de aquellas palabras, precisamente porque brotaban de la boca de Isobel, tuvieron el efecto más brusco y abrasador posible sobre Jubal. La tentación de obedecer su petición de inmediato casi lo arrastró.

Pero una parte de su mente advirtió con alarma que aquello ya había sido suficiente locura. Logró reunir sensatez suficiente para dominarse.

—Isobel... —suspiró—. No sé si eso es buena idea...

Esta vez fue ella la que evitó su mirada, con una timidez que resultó extrañamente provocadora. Para mayor inquietud de Jubal, Isobel exploró su cuello con los labios, aspirando su aroma personal, mientras deslizaba despacio una mano por su pecho, su vientre, hasta su miembro. Evaluó su estado con caricias sensuales por encima del pantalón.

—Tu cuerpo opina otra cosa —le susurró ardiente en su oído.

Jadeando, Jubal fue absolutamente incapaz de encontrar argumentos para discutir eso. Estaba luchando por mantenerse bajo control después de aquello, cuando Isobel le entrelazó los dedos en el pelo y empezó a besarlo otra vez. Primero en la boca, a lo que él respondió con un abrumado entusiasmo, sin poder evitar disfrutar del dulce fuego de sus labios; después, en el cuello, mientras le metía las manos bajo la camiseta, dejando en su piel regueros ardientes y de ocasional dolor cuando rozaba alguna de sus quemaduras. Fue tan extrañamente estimulante que Jubal ni se le ocurrió quejarse.

Cuando Isobel le subió la prenda, despacio, para luego quitársela, su corazón se encogió al encontrar en el desnudo torso de Jubal las heridas que aún sufría. Se aterró de estar imponiendo de nuevo sus deseos sobre él, a pesar de él.

Esa angustia en su mirada, fue algo que Jubal no pudo soportar. Le puso la palma en la mejilla con delicadeza, y buscó tranquilizarla con sus labios, intentando desesperado que Isobel entendiera que no importaba, que se olvidara de todo aquello. A pesar del severo desasosiego que la invadía, aquel gesto la afectó de tal modo que Isobel no pudo evitar corresponder a su ansiosa boca, convirtiéndolo con creciente pasión en algo aún más ardiente. Las reticencias de ambos terminaron incineradas en aquel beso.

Sin dejar de besarse, los dos se retreparon hasta el centro de la cama.

Levantando las caderas, Isobel se bajó su ropa interior y maniobró para quitársela. Sin aliento, Jubal la observó quedar totalmente desnuda ante él. No es que estuviera mucho más expuesta que hacía un momento, pero marcaba un nivel aún mayor de intimidad.

¿Esto está pasando de verdad...? pensó Jubal, inquieto, empezando a temer haber estado soñando todo el tiempo y despertar de un momento a otro. O peor, que comenzaran a ocurrir terribles como en sus pesadillas.

Isobel lo empujó con gentileza y lo tumbó en la cama. Mirándolo desde arriba, se sentó arrodillada sobre él, a horcajadas, y acarició su torso con ambas manos, procurando no tocarlo donde podría hacerle daño. Jubal reaccionó cogiéndole los pechos con codicia y, con cuidado de no forzar sus magulladas costillas, movió las caderas para rozarse contra ella, logrando hacerla gemir.

Sintiéndose desafiada, Isobel se inclinó sobre él, le pasó la lengua por un pezón para devolver el favor, y consiguió estremecerlo. Mientras, le abrió los pantalones con impaciencia. Aunque vaciló un momento, preocupada por estar siendo demasiado agresiva como en su sueño, no pudo evitarlo y metió la mano bajo su ropa interior para sentirlo directamente. El grave gruñido que entonces dejó escapar Jubal tuvo una cadencia definitivamente aprobadora. Y casi hizo a Isobel perder la cabeza. Había dejado de reflexionar. Necesitaba aquello demasiado y, aunque no lo habría reconocido, lo deseaba desde hacía mucho tiempo. Tal vez desde aquella ocasión en la que, lleno de euforia, Jubal la abrazó en el JOC. No tardó en despojarlo de todas sus prendas.

Entonces, él los retuvo un instante, buscando los ojos de Isobel, tratando de asegurarse de que ella sabía lo que estaba haciendo.

Obligada a detenerse, Isobel recorrió los rasgos de Jubal con la mirada. No era sólo su colega, su compañero, su amigo. Su salvador. Su propio corazón le gritó que, aunque no fuera correspondido, para ella era mucho más.

Simplemente arrollada por la enorme intensidad de lo que estaba sintiendo, en un solo y fluido movimiento, Isobel se tumbó sobre Jubal... y lo hizo entrar. Él soltó un sorprendido jadeo, que Isobel encontró tan delicioso como la propia sensación en sí. Recordando lo que Jubal había dicho antes, no sabía si aquello era o no buena idea, pero al tenerlo dentro estuvo entonces segura de qué era exactamente lo que quería. Enterrando la cara en el cuello de Jubal, de inmediato empezó a moverse sobre él.

Quería hacerlo gozar. Tanto como le fuera posible.

Realmente, aquello no parecía un sueño. Jubal rogó por todo lo sagrado que no lo fuera. Rodeándola con los brazos, acariciándole sensualmente la espalda, gruñó al sentir aquellos llenos pechos rozándose sobre su torso mientras Isobel lo hundía dentro de ella a un ritmo pausado. Dolor y deleite se mezclaron en una sola cosa, como cuando se cura una herida. Una sensación exquisita que lavaba la culpa y la congoja de Jubal como una ola de agua salada. Incluso empezó a olvidarse de que se había prometido a sí mismo que sólo estaba ahí para ayudar a Isobel.

Y eso era precisamente lo que ella pretendía. Lo oyó gruñir, complacida, y aumentó el ritmo de su cuerpo sobre él. Buscó la boca de Jubal y derramó en ella sus incontrolables gemidos, porque, a pesar de su propósito principal, también estaba disfrutando tremendamente.

Doblando un poco las rodillas, Jubal se apoyó casi por reflejo en sus talones, pese al dolor en su pie derecho. Aquello mejoró el ángulo sensiblemente.

Al sentirlo de aquel modo, Isobel tuvo que luchar por mantener a raya sus propias sensaciones. Se dio cuenta de qué estaba intentando hacer Jubal. Captó la idea y, estirando los brazos, empezó a moverse sobre él con intensidad creciente, mientras se mordía el labio, mirándolo desde arriba.

Envolvió a Jubal en una nueva llamarada. A pesar de sus costillas, comenzó a moverse con ímpetu, al unísono con ella. Se sentía como un volcán a punto de entrar en erupción. Intentó retenerse centrándose en la belleza del cuerpo de Isobel, deslizando las manos por su cintura, hacia arriba. Pero ella le cogió las manos, poniéndoselas sobre sus pechos. Cuando él acarició y pellizcó, Isobel echó la cabeza hacia atrás, gimiendo sobrepasada.

Aquella visión venció por completo a Jubal, que no pudo resistirlo más. Comenzó a gemir a su vez. Sus caderas se movieron por voluntad propia, mientras abrasadoras lenguas de fuego lo desgarraban. Isobel se esforzó en aumentar el placer de Jubal mientras disfrutaba inmensamente de sus genuinos gemidos, de ver en su rostro esa expresión arrebatada que él había conseguido de ella incontables veces frente al espejo.

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Cuando Jubal empezó a calmarse y recuperó parte de su pensamiento racional, Isobel todavía se movía sobre él, despacio, casi gentilmente, logrando aún esporádicas erupciones de placer. Y lo miraba con unos ojos definitivamente complacidos,

Jubal atrajo Isobel hacia sí, tumbándola sobre él, porque en ese momento necesitaba tenerla lo más cerca posible. Acarició su mejilla mientras, entre suaves gruñidos, le daba besos cautivados, con el cuerpo aún envuelto en el suave zumbido posterior a un clímax tan intenso como aquél.

Lo que Isobel le había hecho sentir había irrumpido de golpe en su top ten particular. Jubal sabía que había sido completamente intencionado, y eso le añadía una cualidad aún más especial. Porque Isobel no lo consideraba en absoluto un mero instrumento de ayuda y se lo había demostrado plenamente, de la mejor manera posible.

Entonces fue cuando notó que, aunque ella no exigía nada, sus labios aún estaban llenos de ansia.

Antes de perder la tensión de su cuerpo, Jubal comenzó a moverse de nuevo, con cuidado. Isobel no pudo evitar un gemido sorprendido ante la sensación; su cuerpo no pudo resistirse y se movió con él. A Jubal no le hizo falta más confirmación. No quiso resignarse a dejarla así, con ganas de más. Abrazado a ella, entrelazando los dedos en su pelo, poco a poco convirtió con decisión el beso en uno húmedo y provocativo; aumentó la cadencia de sus movimientos.

Abrumada, Isobel se dejó guiar, siguiéndolo en consonancia. Sentía que la estaba llevando rápidamente a la cresta de la ola.

Sujetando a pulso las caderas de Isobel, e ignorando las protestas de sus costillas, Jubal se hizo cargo completamente del movimiento. Un movimiento, deliberado y enérgico que provocó la más exquisita de las fricciones. La onda, acelerada, se estrelló contra Isobel. Empezó a temblar violentamente sobre él, entre desesperados gemidos, mientras Jubal la arrojaba una y otra vez contra la rompiente de su éxtasis.

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