Este capítulo al igual que el siguiente son un un poco largos para lo quizás guste en el fandom, yo los llamo capítulos suculentos, personalmente me entretienen más. Pero al ser introductorios fraccionarlos en capítulos más chicos dispersaba mucho las ideas. Espero sean igualmente agradables de leer.
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Todos los caminos conducen a Roma
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Justo cuando el profesor estaba por comenzar con otro tema sonó el dulce sonido de la libertad. Era cuando aprovechaba para ir a la biblioteca de la escuela. Al doblar por el pasillo, un pie ajeno entorpeció su camino. Niño y libro terminaron en el suelo, entonces él la miró furioso.
―¿¡Qué te pasa!?
―¿Y yo que culpa tengo de que no mires por donde caminas? ―respondió cruzándose de brazos, luego volvió su atención al libro. Él se apresuró a tomarlo―. Cuando vaya a misa con mi mamá le diré a las monjas que otra vez estuviste robando.
―¡No es robado! ―dijo recordando el cinturón de la madre Hortensia.
―Y ―, dijo acercándose―, que volviste a leer cosas prohibidas.
―¿Qué pasa aquí? ―lo salvó una voz amiga. Era la señorita Anderson.
―Le preguntaba si necesitaba ayuda con su tarea ―. "Sí", pensó, "la tarea de deshacerme de ti".
―Ah Erick, veo que traes el libro ¿Lo terminaste de leer? ―. Asintió.
―Iba camino a devolverlo ―dijo dedicándole una mirada fría a Lucía.
―Vamos juntos ―dijo y él la siguió por los pasillos―. ¿Te gustó el libro? ―preguntó una vez que llegaron a la biblioteca.
―Estuvo interesante ―dijo colocándolo devuelta en el librero―. Me gustan las historias de criaturas mágicas.
―¿Ah si?
―Sí, eso creo.
―Tenemos el primero de Harry Potter. A muchos niños les encanta ―dijo ofreciéndole un libro un poco maltratado, una donación sin dudas.
Erick leyó la contraportada. Un joven mago.
―¿Qué significa ambiguo? ―se le vino a la mente sin ninguna razón.
La pregunta la tomó por sorpresa. Así que tardó en buscar una respuesta.
―Ambiguo es algo que tiene doble significado.
―¿Y una persona ambigua?
―En ese caso, cuando usamos ambiguo para referirnos a alguien, estamos diciendo que esa persona no nos deja claro sus intenciones.
―Entonces es una mala persona.
―A veces sus acciones nos hace pensar que es mala y otras veces, que no ―. Ella advirtió su inquietud―. ¿En dónde lo escuchaste?
―En el otro libro había un personaje... Lo llamaban así. Ambiguo.
―¿Quién? ―quiso saber.
―Loki.
―Ah, ya se a qué te refieres.
―¿No hay más libros que hablen sobre él?
―Mm... ―trató de hacer memoria―. No que yo sepa. Me temo que esa clase de cuentos se pierden en el tiempo. ¿Por qué ese interés?
―No lo sé ―dijo encogiéndose de hombros―. Supongo que es por todo el misterio.
Tocó el timbre para volver a los salones.
―Bueno, vete a clases.
...
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La noche cayó en el hemisferio norte. Y mientras todos dormían en el orfanato, a cientos de kilómetros de allí, en un pueblito de Nuevo México, un grupo de locos perseguía una tormenta en una camioneta a toda marcha. Nubes negras se arremolinaban sobre ellos, borboteando como si estuvieran a punto de expulsar todo el cielo.
¡Kraka-Boom! Un haz de luz de mil colores atravesó el cielo y golpeó la suelo en un abrir y cerrar de ojos.
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...
El eco de los truenos lo trajo de sus sueños. Entreabrió los ojos adormilado, y en cuanto distinguió el murmullo de la lluvia volvió a quedarse dormido.
―Erick... Erick, despierta ―susurró una voz.
Despertó en medio de un pastizal, cuya hierba bailaba al ritmo que marcaba la dulce brisa. Pero lejos de relajarse, se puso de pie con los nervios de punta. Buscó con la mirada alguna señal a su alrededor, lo que sea.
―No entres en pánico, por favor ―. Volvió a escuchar la voz, muy de cerca.
Miró sobre su hombro pero no vio a nadie.
―¿Ho-hola?
―No podrás verme, porque te hablo desde tu mente ―. Extrañamente, eso lo tranquilizó un poco.
―Okey, pero... ¿qué está pasando? ―dijo Erick señalando a su alrededor.
―Necesito ayuda. Y desde mi... digamos que... limitada posición, te he convocado aquí.
―¿Y por qué yo?
―Abrí un canal de comunicación y tu contestaste. Así es como tu forma astral llegó a este limbo, un atajo entre mundos.
―Suena a espiritismo. No vas a poseerme, ¿o sí?
―No, aunque podría ―dijo divertido. Erick abrió sus ojos aún más grandes―. Solo bromeo. Entonces, ¿te apuntas?
Y antes de que pudiera reaccionar la brisa se convirtió en un vendaval que lo empujó a través de la hierba, obligándolo a cruzar sus brazos hacia el frente para proteger su rostro. Estuvo a punto de gritar que se detuviera, cuando el viento paró en seco por sí solo. Erick cayó al suelo por la propia inercia. Pero su enojo se esfumó en cuanto levantó la vista.
Un hermoso bosque se alzaba al frente, con delicados rayos de luz atravesando su dosel. Habían hongos creciendo alrededor de los árboles, como niñas jugando a la ronda en sus vestidos blancos. Y casi se podía escuchar una música. Un canto salvaje. Luego estaba su perfume a tierra mojada.
Se oyó un aullido, demasiado lejano para preocuparse por él, solo sentía el deseo de avanzar. Deseo que le nacía desde un lugar desconocido.
Conforme avanzaba el aire se tornaba cada vez más frío, hasta que pudo ver su aliento en él. Entonces comenzó a nevar. Y el bosque cambió rápidamente su terciopelo verde por una seda blanca, fundiendo cielo y tierra en un mismo telón gris. La única guía que encontró fue el sendero de un río congelado.
En cada orilla a lo lejos vio unas figuras de hielo. Alguna que otra alma menos afortunada que la suya.
―Si te quedas en el río no te congelarás, ¿ok? ―asintió y siguió caminando.
De repente, un destello verde atravesó el hielo. Y otro segundo más tarde fue amarillo, luego anaranjado, violeta... Todo el arco iris danzando. El extraño puente lo condujo por el espacio hasta una especie de observatorio. Dentro un enorme guardián con una enorme espada hacían juego con el salón. "Heimdall", supo instintivamente.
―No te preocupes, no puede verte ni oírte ―dijo adivinando sus pensamientos.
―¡Esto es Asgard!
―El lobby al menos.
Toda la ciudad parecía salida de un cuento; en el cielo corrían caballos con alas y el aire estaba impregnado de especias que jamás había olido una nariz humana. Erick detenía su paso con cada cosa que llamaba su atención. Como en aquella plaza donde se disputaba un duelo de espadas. Tan pronto como terminó el show la gente se dispersó. Alguien se había olvidado un pañuelo verde sobre el borde de la fuente y no pudo resistirse a tomarlo. Era suave y de un brillo satinado, con una bella serpiente bordada en hilo de oro.
De repente una sensación de peligro se apoderó de él.
―¡Corre hasta el palacio!
Un ejército dorado flanqueaba la escalinata. Subió tan rápido como se lo permitieron sus piernas. Al llegar, las inmensas puertas se abrieron para él dejando salir el resplandor de las trompetas y un grito multitudinario.
Cuando recuperó la vista se encontró en el salón principal, tan amplio como un puerto de carga. El techo, sostenido por gruesas columnas labradas, mostraba gloriosas batallas y seres benévolos, que incluso parecían moverse. Y el piso reflejaba todo como un espejo de oro pulido. Pero al final solo había un trono vacío.
Un fuerte restallido metálico sonó detrás suyo, y en el instante en que volteaba fue transportado a un lugar muy diferente. De pronto sentía las penumbrosas entrañas de Asgard, y sentía el frío hierro de los calabozos y a sus enojados huéspedes adentro. Un brillo tenue iluminaba una pesada puerta negra al final del pasillo. Se acercó atraído, pero cauteloso, e inspeccionó los remaches del tamaño de su mano.
―Por fin nos veremos.
Dio un respingo al escuchar su voz, sobre todo al darse cuenta de que venía del otro lado de la puerta, junto con una abrumadora presencia. Cuando se dio la media vuelta para irse, otra vez quedó frente la puerta.
―¿Te vas sin intentarlo? ―dijo provocativamente.
―¿Qué quieres?
―Oh, sabes bien que quiero.
―No abriré esa puerta.
―¿Y qué tal esta otra? ―dijo, invocando la puerta de la biblioteca de su escuela.
―Déjame ir.
―Sácame de aquí y yo mismo te devolveré a tu linda cama. Lo prometo.
Cerró los ojos y llenó los pulmones con todo el coraje que pudo. Impaciente, por miedo al arrepentimiento, se abalanzó a abrir la puerta y terminó en el suelo del otro lado. En ese momento, la sombra de un par de cuernos se posó sobre él y la sangre se agolpó en sus oídos. Contradiciendo a su fatídica imaginación, una mano gentil se extendió para ayudarle.
―Vamos, no muerdo.
En cuanto estrechó su mano, despertó.
Le tomó unos minutos reconocer su cama, la habitación y a sus compañeros, solo entonces suspiró de alivio. Había sido un sueño.
―Me pasa por leer cosas prohibidas ―se dijo, y le causó risa.
Ya había amanecido y los demás estaban vistiéndose para bajar a desayunar, así que empezó a hacer lo mismo. Terminó de atarse los cordones y se paró a estirar la cama. Y metido entre las sábanas lo vio... Un pañuelo verde con una serpiente dorada.
...
A casi un año de aquellos extraños sucesos, los chicos de cuarto grado visitaban la Biblioteca Harold Washington en Chicago. Uno de los empleados del lugar, llamémoslo Jonathan, les dio un tour por cada uno de los diez pisos incluyendo el jardín de la terraza, y terminaron en la Librería para Niños disfrutando de los títeres. Pero no todos, Erick se las arregló para escabullirse.
La Sala de Literatura estaba subdividida en temas, él se concentró en la destinada al folclore popular y para su sorpresa había libros de a montones. Aunque nada que fuera muy útil, excepto la idea de que solían representarlo con dos serpientes entrelazadas de manera opuesta. "Ambiguo", pensó Erick y resopló dando unos pasos hacia atrás sin apartar la vista de los estantes. Cuando fue atropellado por un corpulento señor que caminaba con prisa.
―¿Estás bien? ―dijo ayudándolo a levantarse.
El hombre era alto, algo canoso y de ojos azules.
―Sí ―respondió en cuanto dejó de ver las estrellas.
Juntos empezaron a levantar los papeles que habían salido volando. Notó que el hombre se movía nervioso, y puso especial atención en algunos de sus documentos, aquellos con fotografías de unos símbolos tallados en piedra. Con una agilidad más propia de un carterista, dobló una de las hojas y se la guardó en el bolsillo. Luego entregó el resto a su dueño.
―¿Puedo hacerle una pregunta? ―dijo Erick.
―Adelante.
―¿Por qué un profesor de Culver lee tantos cuentos de hadas?
El hombre se congeló por unos segundos.
―¿Cómo sabes en que universidad..? No serás un mini espía, ¿o sí?
―¿¡Qué!? No. Lo digo por el escudo ―dijo señalando la pluma en el bolsillo de su saco―. Dudo que siga siendo alumno.
―Oh, es verdad ―dijo con un notorio alivio en su rostro―. ¿Esto? Es solo un hobby.
―Creí que diría que enseñaba arqueología o algo así.
―No ―dijo risueño―. De hecho doy astrofísica.
―También suena súper.
―Lo es. Bueno jovencito, me temo que tengo que seguir mi camino.
―Claro. Fue un gusto chocar con usted profesor.
―Puedes llamarme Selvig ―dijo extendiendo su mano.
―Yo soy Erick ―respondió cerrando el saludo.
Oculto a la vista examinó con más detalle la hoja que había robado, e intrigado por el profesor Selvig lo siguió a escondidas a través del edificio hasta que lo perdió por otro pasillo más pequeño, uno que no estuvo dentro del recorrido. Se asomó justo cuando el profesor entraba a una sala, en la que alcanzó a ver algunos estantes vidriados y libros bajo llave. En eso, una voz detrás suyo lo sobresaltó.
―No puedes estar aquí ―. Era el bibliotecario Jonathan―. El laboratorio de preservación no es para el público.
―Pero vi a un hombre entrar ahí.
―Debe ser del equipo de reparación. Muchos libros se dañaron con la tormenta del año pasado.
―¿La tormenta de abril?
―Si esa.
―¿Qué pasó?
―Algunas ventanas se rompieron por la caída del rayo, y la lluvia y el viento hicieron un desastre.
―¿¡Un rayo!?
―Eso dijeron. Aunque nadie pudo explicar como es que los libros terminaron cubiertos de hielo, excepto mi jefa que dice que fue un hechizo, pero ella tiene como noventa años y le gusta inventar...
―¡Erick! ―lo llamó de pronto la señorita Anderson―. ¿¡En dónde te habías metido!?
―Ups.
―Tenemos que irnos.
―Adiós ―saludó al bibliotecario.
Maestra y alumno esperaban para tomar el próximo ascensor. Al subir la señorita Anderson presionó el uno.
―Te estuvimos buscando por todos lados, ¿qué estuviste haciendo?
―Fui a la sala de literatura a ver si encontraba más información.
―Me hubieras avisado y te acompañaba ―dijo intentando parecer enojada.
―Perdón.
―Ese Loki si que te trae loco, ¿eh? ―bromeó ―. ¿Y... encontraste algo?
―Solo más preguntas.
De vuelta en el orfanato, mientras los demás dormían, Erick estaba sentado en la ventana que daba al patio. Comparaba el dibujo del pañuelo con el de la fotografía del profesor. Se parecían mucho, aunque el pañuelo tenía una sola serpiente.
―¿Me estoy obsesionando? ―le preguntó a la Luna―. No, solo estás loco ―se respondió con otra voz.
Casi como en respuesta, unas runas se dibujaron con luz sobre el pañuelo y tuvo la impresión de ver como la serpiente se desenroscaba. Quedó tan hipnotizado, que para cuando volvió a pestañar ya tenía al reptil frente a él.
―¡Mierda! ―dijo tirándose al suelo.
La serpiente reptó hacia él lentamente y la luz de la luna onduló por sus escamas jade, mientras su legua negra saboreaba el aire meticulosamente. Finalmente lo acorraló contra una esquina. Se irguió sobre sí misma mostrando su rostro de cascabel y una corona de plumas erizada, y clavó los ojos en el chico.
―No me muerdas por favor ―dijo con voz temblorosa. Y para su sorpresa... el animal negó con la cabeza.
La serpiente se dirigió a la puerta, se estiró hasta alcanzar el picaporte y con una técnica vivoresca consiguió abrir un tramo de la puerta por donde salió.
―Oye no. Vas a darle un infarto a las monjas.
Corrió tras ella y al atravesar el marco de la puerta apareció en el lobby de la Biblioteca Harold Washington. Tuvo un mareo repentino que estuvo muy cerca del desmayo. Pero con un fuerte y doloroso pellizco confirmó sus inquietudes. Sí, estaba pasando.
En eso escuchó pasos acompañados del tintineo de llaves, y se escondió detrás de un basurero. Después de que el guardia se fuera vio a la serpiente salir de adentro de una maseta. El animal pareció sonreírle, luego dio la vuelta y empezó a subir las escaleras por la barandilla. Ni siquiera se detuvo a pensar cómo o por qué seguía a una serpiente rara por una biblioteca en medio de la noche.
―¿Para que queremos ascensores? ―dijo cuando llegaron al noveno piso.
La serpiente se acercó hasta el laboratorio, metió su cola en la cerradura y abrió la puerta. Erick, perplejo por las habilidades delictivas del reptil, demoró unos segundos en entrar con ella.
Dentro se encontró con varias mesadas de trabajo sobre las que habían latas de pegamento y montones de herramientas, así como libros envueltos en lienzo o dentro de cristaleros, algunos incluso bajo llave. En una mesa apartada del resto habían unas cajas rotuladas como: Propiedad del Dr. Selvig. Se trataba de registros meteorológicos con fecha de abril del 2011, estudios de electromagnetismo y muchos libros sobre deidades nórdicas. También vio una foto de un mural antiguo, en el cual dos hombres extendían sus manos hacia lo que parecía un cubo radiante en el centro.
Desde la otra punta de la mesa, la serpiente empujó con su hocico una libreta hacia Erick. Todavía desconfiado, agarró el cuaderno con cautela y se puso a estudiar su contenido. Reconoció los símbolos del pañuelo entre las anotaciones y miró con grata sorpresa a su nueva amiga, quien ya estaba otra vez en marcha. Esta vez lo condujo a la sala de Historia y Filosofía.
―Te agradezco el paseo, pero ya tengo que...
Uno de los libros llamó su atención. Pequeño y de cuero viejo, sin título en el dorso. Se valió de los mismos estantes como escalera para alcanzarlo. De pronto, la serpiente se metió rápidamente a su bolsillo produciendo un leve destello. De vuelta a su lámpara, se llevó consigo la magia para volver al orfanato.
―Genial, ¿y ahora?
Cuando volvió la vista al frente se petrificó... Dos ojos brillantes lo miraban fijamente desde el otro lado del librero. Enserio brillaban. No eran humanos. Por eso supo a quién tenía en frente.
El murmullo de los guardias lo sacó del shock, entró en pánico y resbaló. En un intento de sujetarse del estante cayó al suelo con un montón de libros, alertando a los guardias. Erick se alejó de la entrada caminando de espaldas, hasta que se topó algo vivo. Miró nervioso sobre su hombro y antes de que pudiera correr, él lo levantó por la cintura y le tapó la boca. Justo entonces los guardias doblaron por ese pasillo.
―Otra vez se cayó un estante ―dijo uno de ellos.
―Si son más viejos que mi abuelita ―contestó el otro―. Bah, déjalo así ―dijo dando un manotazo al aire―. Ya va a empezar el segundo tiempo.
En cuanto se fueron Erick empezó a retorcerse. Él aflojó su agarre y entonces aprovechó para morderle la mano. Lo soltó de la pura sorpresa, dejándolo caer como una bolsa de papa. Nuestro niño se alejó de él tanto como se lo permitió la curiosidad.
―Tranquilo. No quiero hacerte daño ―dijo enseñando las palmas―. Aunque, no puedo decir lo mismo de ti.
―¡Eso fue por asustarme! ―dijo justificando la mordida y él soltó una risita―. ¿Qué es tan gracioso?
―Fue como un piquete de mosquito. Más molesto que doloroso.
Erick frunció ceño, le dio la espalda y se dedicó a levantar los libros.
―¿No vas a ayudarme?
―Fue tu torpeza, no la mía ―dijo despectivo y Erick revoleó los ojos.
Colocó todos los libros de vuelta, excepto el de cuero viejo.
―Pequeño ladronzuelo.
―¡No soy un ladrón! ―se quejó ofendido.
―Yo creí que escabullirse en la noche y tomar cosas ajenas era cosa de ladrones.
―Pienso devolverlo.
―Lo que tu digas.
―Tampoco es que tu trabajes aquí, ¿o sí?
―Si tu no dices nada yo no digo nada ―dijo sonriendo con picardía. Luego lo miró de arriba a bajo―. ¿Por qué traes pijama? ―dijo tirando juguetonamente de su remera con pingüinos.
―Yo tengo una mejor pregunta ―, dijo dando unos pasos atrás―, ¿por qué no nos vieron los guardias?
―Se algunos trucos ―presumió con una sonrisa―. ¿Por qué tan nervioso?
―Es que ya tengo que irme.
―¿Te molesta si te acompaño?
Pasaron por la entrada principal frente a los guardias como si nada. Y caminaron por las calles en una noche agradable. Para ser toda una leyenda, vestía de jeans y remera como cualquier mortal. Aunque era más alto de lo que había imaginado.
―Solo por curiosidad ―, rompió el silencio―, no voy a quedarme invisible para siempre, ¿verdad? ―. Él negó con la cabeza risueño.
―El hechizo se deshace al salir el sol ―. Entrecerró los ojos y lo miró otra vez curioso―. Lo tomas con mucha naturalidad, me sorprende. ¿Cómo te llamas?
―Erick.
―¿No es muy tarde para andar de travieso Erick? ―dijo arqueando una ceja.
―Digamos que hoy fue una excepción.
Finalmente llegaron al orfanato. Erick miró hacia la ventana que daba a su habitación, y se preguntó como carajos subiría hasta allá. Rodeó el edificio y probó suerte con la puerta principal. Cerrada. Apoyó la frente en la puerta con un suspiro.
―¿Te saliste por la ventana cierto?
"Algo así", pensó, y asintió sin despegar la cabeza de la puerta.
―¿Y te vas a quedar ahí toda la noche?
―Abrirán en algún momento. Pero tu ya te puedes ir.
―Eres muy insolente ¿Lo sabías?
―Sí. Por eso sigo en este lugar ―dijo sentándose en los escalones.
―Que pena ―. Se sentó junto a Erick―. ¿Puedo preguntar qué les pasó a tus padres? ―. Él niño lo miró a los ojos sorprendido―. Pésima pregunta, lo se. Perdón.
―No importa. Aquí lo tenemos ensayado ―. Se refregó los ojos del cansancio―. Mi madre y mi hermana murieron en un accidente de tráfico, y a mi padre no lo recuerdo.
―Los padres apestan. Te lo digo yo ―. Erick recostó la cabeza en las piernas―. ¿Quieres quedarte a dormir aquí afuera o quieres que te ayude a subir por la ventana?
En una de las esquinas del patio que daba a la calle, el alambrado estaba suelto, así que pasaron por debajo. Él se apoyó en la pared ofreciendo sus manos como escalón, y con un empujón lo ayudó a llegar hasta la ventana del segundo piso. Ya arriba, Erick se sentó con una pierna a cada lado.
―Gracias. Por todo.
―Adiós Erick.
―Adiós... Loki ―dijo susurrando su nombre. Pero aún así lo escuchó.
―¿¡Qué acabas de decir!? ―dijo dándose la vuelta.
Erick agrandó los ojos y se escondió rápidamente bajo el marco de la ventana. "Ups," pensó.
―Sal cobarde ―ordenó, y Erick asomó apenas los ojos―. ¿Cómo lo supiste? ―. Su tono mostraba más diversión que enojo.
―Se alguno trucos ―dijo solo para molestarlo.
Loki frunció el ceño y ladeo la cabeza cruzando los brazos.
―¿Y qué... temías que al llamarme por mi nombre aparecería el monstruo? ―dijo con tono sombrío. Erick negó con la cabeza.
―Eres un monstruo divertido. Pero...
―¿Pero qué? ―apuró.
―... me daba un poco de vergüenza ―dijo sonrojándose―. ¿Volverás a la biblioteca?
―No lo creo. ¿Me extrañarás? ―se burló.
―Tal vez.
―En serio eres raro. Bueno, ya que nos quitamos las máscaras...
Rotó la muñeca derecha haciendo un gesto con los dedos y una luz verde envolvió el alambrado, elevándolo por encima de su cabeza. Después de caminar cómodamente por debajo, hizo otro ademán para bajarlo.
―Presumido ―dijo en español.
―Que sueñes bonito Erick ―contestó sin problemas.
―Suerte.
―¡Gracias. La voy a necesitar! ―dijo ya casi doblando la esquina.
