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El bosque de los encantos
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Después de la visita nocturna a la biblioteca en compañía del mismísimo dios de las travesuras, ocurrió algo inesperado. La hermana Gus, su mejor amigo y con quien compartió tres años de orfanato antes de que ella ganara su custodia, había tramitado su adopción. Su nombre era Kimberly y era muy parecida a Gus, con ese bronceado latino de envidia, el cabello castaño y los ojos avellanas.
No había venido sola, su esposo Leonardo también había firmado los papeles. Él era de Alemania, el destino final de la triada luego de una escala en Paris. Ahí esperaban su vuelo, cuando la voz de una operadora resonó en los pasillos.
―Señores pasajeros, por restricciones del Gobierno de Alemania todos los vuelos al país vecino serán postergados por seis horas, hasta que vuelvan a reestablecer sus servicios. Gracias por su atención.
Bufidos y palabrotas de varios de los presentes indicaron el descontento general.
―¿Qué vamos a hacer durante seis horas? ―protestó Kimberly.
―Podemos ir al patio de comidas ―sugirió su esposo.
Se sentaron en una mesita redonda. Leonardo traía las hamburguesas, papas y bebidas en una bandeja. Se sentó y empezó a repartir; una gaseosa de lima para su esposa, un jugo de naranja para Erick y una pinta para él.
―Gracias ―dijo Erick.
―No hay por que ―dijo logrando un español casi perfecto.
―¿Usted también habla español? ―. Él la miró, y ella le tradujo―. Poquito ―respondió sonriente―, pero aprendiendo.
―El inglés se le da mejor ―dijo escondiendo sus palabras de él con la mano―. Puedes llamarnos Leo y Kim, si te parece.
―Yo... ―se interrumpió al ver las noticias.
Se levantó de la silla y entró al local de comidas con la mirada fija en el televisor. Un noticiero transmitía en vivo desde Stuttgart. Mostraban a un hombre de traje elegante saliendo de un edificio y a varias personas de alta alcurnia corriendo de él. Al caminar hacia la calle por la alfombra roja su ilusión se deshizo, dejando ver su armadura dorada junto con un agresivo casco con cuernos.
Era él. Era Loki. La misma persona con la que había mantenido una conversación agradable hace tan solo dos noches. Solo que ahora no se mostraba nada amistoso.
Cruzó la calle y disparó un rayo de energía con su arma derribando una patrulla. Del otro lado, las personas de la gala se mezclaron con aquellos desdichados que caminaban por ahí. A todos los acorraló, invocando copias de sí mismo.
Alguien le subió el volumen a la televisión.
―¡De rodillas, YA! ―gritó y todos obedecieron.
―Mm ―se deleitó―. ¿No es esto más sencillo? ¿No es este su estado natural? La verdad de la que la humanidad no quiere hablar, es que anhelan ser gobernados. La libertad despoja desdichas sus vidas en su búsqueda interminable por el poder. Al final, siempre se arrodillarán.
De entre todos, un anciano se puso de pie.
―No ante hombres como tú.
―No hay hombres iguales a mí.
―Los tiranos siempre van a existir.
―¡Opa! ―se alarmó Leo.
―Todos observen al anciano ―dijo apuntándole―, que sirva de ejemplo.
De la nada, un escudo se interpuso entre el rayo de energía y su víctima. Detrás de él apareció un hombre en un traje azul, desafiante. Una mascara a juego con su traje ocultaba parte de su rostro.
―La última vez que vine a Alemania un hombre quiso ponerse sobre todos los demás... Y terminamos en total desacuerdo.
―Oh, el soldado. Que viene de otro tiempo.
―Y a ti ya no te queda nada.
En ese momento cortaron la transmisión.
...
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La noche era agradable en los alrededores de una granja. Un niño acostado sobre la hierba jugaba con los binoculares nocturnos que le habían regalado. Apuntó las lentes hacia el granero.
―¿Qué tenemos sargento? ―dijo imitando los sonidos de un walkie talkie―. Las luces de la base siguen encendidas capitán, ahí deben estar los caballos rebeldes. Permiso para avanzar con la cabo Ventisca. Cambio ―se respondió así mismo ―. Muy bien. Procedan con cuidado.
Un hocico equino le lamio la cara, rompiendo el hechizo del juego. El chico se limpió la baba y miró a la yegua blanca. Ella empezó a arrancar el pasto y a masticarlo.
―Ey ―reclamó―. Te saliste de personaje.
Un trueno retumbó en el cielo y ambos alzaron la cabeza. Ni una sola nube. Entonces un rayo cayó dentro del bosque. Utilizó sus binoculares, acercó la mira, y vio a un hombre descender en paracaídas.
―Al fin. Una misión de verdad.
Al trote en su corcel, abandonó el campo y se adentró en el bosque; incluso entre los árboles cabalgaba con gracia. Empezó a escuchar murmullos, y en poco tiempo esos murmullos se convirtieron en golpes metálicos y miles de voltios. De pronto la yegua se encabritó y lo arrojó al piso, luego salió corriendo de nuevo hacia la granja. Él rodó por un desnivel, una trinchera natural. Cuando se paró para sacudirse la tierra y las hojas algo ruidoso pasó por encima de su cabeza. Subió corriendo hacia el otro borde, porque reconoció a Iron Man.
Se quedó tan fascinado al ver pelear a su héroe contra el titán que disparaba rayos, que se olvidó del miedo. Hasta que sintió que lo observaban. Giró la cabeza y se enfocó en un peñasco que había cerca. Allí una figura inquietante le sonrió. Y sintió la urgencia de irse.
Pero la curiosidad por un tercera voz lo retuvo.
―¡YA ES SUFICIENTE!
Asomó su cabeza por el borde, apenas para verlos.
―No se que planees hacer aquí...
―Vine a terminar con los planes de Loki en este mundo ―respondió el sujeto de los rayos.
―Entonces pruébalo. Baja ese martillo ―dijo pacientemente el hombre con el escudo brillante.
―Eh, no lo creo ―dijo Iron Man tras su máscara―, mala idea. Adora su martillo ―. No terminó de hablar cuando el de los rayos lo golpeó con brutalidad, arrojándolo varios metros atrás.
Nadie iba a golpear así a su héroe. Estuvo a punto de pararse a defenderlo cuando escuchó una voz en su cabeza.
―Será mejor que te cubras.
Y fue más por la sorpresa de sentir a alguien hablar dentro de su mente que por la misma advertencia, que obedeció. Justo después de que se agachara detrás del borde, una onda de sonido chocó contra sus tímpanos. La misma se expandió quebrando árboles y haciendo vibrar el suelo.
Cuando los oídos le dejaron de zumbar, los escuchó marcharse. Aún así esperó a que se calmara su ritmo cardíaco para volver a su casa con la historia más loca de toda su vida.
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Caía el mediodía cuando viajaban en autobús hacia el pueblo en donde vivían ellos, la familia Pavić.
Mientras que Leo durmió todo el viaje, Kim le contó la curiosa historia de Steinwolflandet. Al pueblo lo habían fundado un grupo de islandeses perdidos, que creyeron haber llegado a Noruega. Pero en realidad terminaron en los límites de lo que hoy es Altenau y el Parque Nacional Harz, más o menos a doscientos cuarenta kilómetros de Berlín. El nombre se había germanizado, y se lo pusieron porque antes habían grandes manadas de lobos en esas montañas, aunque ya para el siglo XIX los habían cazado a todos.
Ella había venido por una beca de la universidad. Luego le ofrecieron un buen puesto de trabajo, así que se quedó y consiguió hospedaje en el pueblo. Allí se enamoró de la gente, del paisaje y de un guarda parques llamado Leonardo Pavić. Y apenas tuvo la oportunidad regresó a Chicago por su hermano.
El autobús empezó a subir por una pequeña colina, ya en la cima pudo ver una docena de casitas de piedras con techos de todos colores, y al fondo las ruinas de un castillo junto con un bosque montañoso. Un paisaje medieval. El arco de piedra en la entrada les daba la bienvenida: "Willkommen im Steinwolflandet".
Eran pocos habitantes y casi todos los saludaron al pasar. Hacia el final del camino estaba la granja; casa blanca, tejas azules. Una veleta en forma de pegaso giraba en lo más alto del techo del granero. En el campo se veía un grupo de caballos pastando. Allí estaba Gus, hablándole a los caballos. Había improvisado una máscara con un plato de plástico rojo y peleaba contra un manzano al que le había atado un martillo. Sus amigos giraron las orejas cuando vieron al extraño y él se dio la vuelta sacándose la máscara.
―¿Erick?
La pareja se había ido a dormir, pues trabajaban dentro de pocas horas. Erick también estaba agotado por el viaje pero un cálido abrazo de su hermano de la vida le dio una rayita extra de batería, así que se prestó para un recorrido.
―Esta es Ventisca ―señaló una yegua blanca―. Ves que parece blanca pero tiene puntitos negros. Es mi favorita ―. Le abrazó la cabeza―. La que está allá es su hermana menor, Bruma ―. Era de un gris plateado con manchas blancas en forma de copos de nieve por todo el cuerpo― Tu puedes montar en ella, si quieres. ¿Quieres?
―Vas a tener que enseñarme primero.
―Claro ―dijo acariciando la frente del animal―. ¡Oh, cierto! Ven conmigo, Opa ya armó tu cama.
―¿¡Opa!? ―dijo con una inyección de energía repentina.
―Opa es abuelo en alemán, o eso creo. Así le dice Leo a su abuelo.
―Entonces era su abuelo al que le disparó ―dijo más para sí mismo que para Gus.
―¿Le dispararon a Opa? No puede ser, si él volvió esta mañana. Si le hubieran disparado debería estar en un hospital, ¿o no?
―Es que...
Mientras entraban a la casa le contó lo que vio en la televisión y cuando mencionó un escudo redondo con una estrella en medio, Gus saltó con su propio relato de miedo. Subieron por las escaleras hasta su habitación, él se sentó en la cama de la derecha.
―Tu cama ―señaló la de la izquierda. Erick se recostó y fijó la vista en el techo―. Entonces, ¿conociste al señor malévolo?
―Eso creía yo.
Esa tarde se libró la batalla por la Tierra. Loki abrió un hoyo en el cielo y dejó salir a los monstruos. Básicamente dijo: "Hola insignificantes criaturas del cosmos. No están solos".
La gente de Nueva York lo llamó El Incidente. Y en los noticieros el tema pasó rápidamente de moda. Eso podría parecer extraño pero tratándose de extraterrestres la gente tenía miedo y aunque tenían muchas preguntas, tenían más miedo de preguntar. Además cada quien se preocupó más en fortalecer los muros de su propio castillo.
...
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En la copa de Yggdrasil, está la ciudad dorada donde moran los Aesir.
Allí, una fila de guardias dorados caminaba por un largo puente que descendía hacia una desoladora profundidad. Braceros colocados de a par cada veinte metros lograban una pobre iluminación.
Al final otros dos guardias custodiaban unas gigantescas puertas. Uno de ellos se acercó y revisó las bandejas que traían. Asintió con la cabeza y el otro quitó la tranca, entonces ambos sacaron sus llaves y las introdujeron en las cerraduras. De manera sincrónica, giraron las llaves y cada uno empujó una de las puertas, abriendo un estrecho suficiente como para dejarlos pasar.
Los calabozos estaban dispuestos en cinco pisos. Categorizados según el nivel de amenaza. En el primer piso, más cerca del ojo y oído de los guardias, las celdas estaban reforzadas con uru y hechizos. Esas estaban destinadas a los más peligrosos. Y no eran los sirvientes sino soldados diestros quienes les traían la comida a aquellos prisioneros.
En la antepenúltima celda estaba el dios del engaño esperando su juicio. Una cama era todo lo que le había conseguido su madre adoptiva hasta ahora. Se paró frente al guardia con los brazos cruzados detrás de la espalda, y observó la bandeja que le traía pan y vino con desprecio.
―Ya sabes que hacer recluso.
Torció el labio apenas, en un gesto de asco y caminó hacia el lado derecho de la celda sin quitarle la vista al guardia. El campo de fuerza que hacía de barrotes dividió la celda en dos mitades con un zumbido. En una mitad quedó el prisionero encerrado, luego la otra se liberó para que el guardia pudiera pasar a dejar la bandeja. Cuando se retiró la configuración del campo de fuerza se restableció.
―Que lo disfrutes ―dijo con un destello en su sonrisa.
Así como entraron, todos los del servicio de catering salieron. Y tras ellos las puertas se volvieron a cerrar.
Dentro de la prisión se escucharon gritos ahogados. Los dos guardias se miraron entre sí alarmados, uno de ellos decidió entrar para ver que sucedía. Fue revisando las celdas una por una, hasta que llegó casi al final. En la antepenúltima celda encontró a uno de sus compañeros encadenado y amordazado.
―¡Oh Surtur! ―. Tocó el panel y el campo de fuerza se apagó. Se arrodilló junto a su colega para sacarle la mordaza y automáticamente la ilusión se deshizo―. ¿Pero qué...?
―¿Eres nuevo verdad?
El joven guardia alzó la vista y Loki lo sujetó de la mandíbula de forma tal que le impedía gritar. Después de unos segundos de resistencia inútil se desmayó. Lo arrastró hasta la cama y con un movimiento de mano intercambió forma con él.
―Tienes suerte de que el hechizo requiera que estés con vida―. Agarró el vaso de vino y tomó un trago, regalándose un momento para calificarlo mentalmente. Obviamente no se lo había enviado Fridga―. Porquería.
―¿Y? ―preguntó el otro guardia cuando se lo encontró del otro lado de la puerta.
―Nada ―dijo ayudándole a cerrar con llave―. Solo otro escandaloso.
―Genial ―dijo señalando con la cabeza hacia el puente―, ahí viene el cambio de guardia. Me estaba meando.
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...
Eran las vacaciones de fin de año. Cabalgaban por el sendero de siempre, la luz entraba entre las copas como cortinas amarillas en las que flotaban pelusas juguetonas.
―Opa dice que los anillos de hongos lo hacen las hadas cada vez que bailan en la noche. Pero nunca las he visto por más que me esconda.
―Leí que les gusta la música. Tal vez si cantas se queden.
―Pero si canto se irán hasta los pinos.
Pasaron por el claro que había quedado luego de la corta batalla entre tres vengadores. La hierba había aprovechado la luz adicional y algunos arces jóvenes empezaban a tomar altura. En eso, se oyó un aullido, las ramas de los árboles se agitaron con el viento. De las cientos de veces que habían pasado por ese sendero, era la primera vez que ocurría eso.
―¿Lobos?
―El Gran Lobo ―dijo con voz fantasmal. Erick arqueó una ceja―. Solo otro cuento de Opa.
―¿Y qué dice?
―Cuenta que en este bosque hay un lobo tan grande, que cuando aúlla, los arboles se mecen y el suelo tiembla. Pero Opa está loco, no le creas nada, todavía no he visto ningún hada.
Llegaron al río, señal de que debían regresar. Erick echó un vistazo a la otra orilla de casualidad y entonces, algo peludo se movió entre la maleza.
―¿¡Que es eso!? ―señaló al otro lado.
―¿Qué cosa?
―Algo pasó corriendo entre los árboles.
―Un tejón o un zorro tal vez.
―No, era más grande. Un lobo.
―Imposible. Leo dice que aquí no se han visto lobos hace como cien años. Seguro fue un perro.
―Quizás ―. Picó a Bruma para que cruzara el río―. Vamos a ver.
Pasaron entre los arbustos donde vio al cuadrúpedo moverse y desmontó. Habían huellas de can frescas en la tierra, eran grandes y las almohadillas formaban una pica de póker, con las uñas muy marcadas. Encontró algunas hojas manchadas y le pasó la mano.
―Sangre.
Los caballos se removieron inquietos.
―Mejor vuelve a montar Erick ―. Pero su espíritu curioso se hizo presente y siguió las huellas.
Nunca habían cruzado el río, alguna especie de mística se había encargado de quitarles el deseo de manera inconsciente. Ahora esa puerta había quedado abierta.
Las huellas se fueron transformando, hasta volverse... humanas. Las gotitas de sangre intermitentes, se convirtieron en manchones rojos. Los caballos relincharon asustados. Bruma se encabritó y salió huyendo.
―¡Bruma, ven aquí! ―gritó en vano y aunque hizo un gran esfuerzo tampoco pudo controlar a Ventisca, que escapó con todo y jinete.
A unos doce metros más adelante había un risco de granito que le doblaba la altura al pino más alto de la zona. Vio la palma de una mano impresa con sangre sobre roca, aún estaba húmeda. La luz del atardecer se fue y las runas brillaron.
De repente oyó pisadas, junto con el sonido metálico de armaduras y escudos. Escuchó gente hablar en una lengua extraña.
Detrás suyo un ave batió las alas dándole un buen susto. Su grito los alertó y comenzaron a bajar por un lado del risco. Pero antes de que lo vieran apareció un cuervo y voló directo hacia ellos chillando furioso. Aprovechó la oportunidad para correr.
En un latido llegó a la orilla del río cuyo caudal había crecido alarmantemente, pero tenía tanta adrenalina que se lanzó sin pensarlo dos veces. Tuvo que usar toda su fuerza para que el agua no lo arrastrara. Entonces escuchó un alarido y se frenó justo a la mitad del río. Un trueno lo sacó del shock. Miró hacia el cielo e inmediatamente se largó un aguacero. La lluvia se acumuló en una estampida corriente abajo y se lo llevó.
Cuando pudo sacar la cabeza del agua el cuervo pasó graznando y se posó un instante sobre un troco a la deriva, nadó con toda sus fuerzas y se sujetó de él. En los rápidos el tronco se atascó entre dos rocas. El impacto hizo que perdiera el agarre y la corriente lo succionó por debajo. No se solté, pero tampoco podía salir a respirar y de un momento a otro perdió la conciencia. "No cruces el río", dijo un eco.
―¡Cof, cof..! ―tosió para sacar el agua de mis pulmones.
Con el abrigo mojado sentía mucho frío, aunque se alivió al hundir los dedos en la tierra de nuevo. Pero... ¿Cómo había salido del río? Sintió el metal del traje y se asustó aún más. Antes de que pudiera reaccionar lo levantó por la cintura tapándole la boca y apoyó la espalda contra un árbol.
Por ambos lados pasaron los guardias dorados. Un par de lanceros y otro par de arqueros. Al quinto parecía que le habían roto el brazo y de su espada chorreaba sangre fresca. Pronto se alejaron.
―Tranquilo. No pueden verte hasta que salga el sol.
El alivió que sintió en ese momento... Él lo percibió y aflojó su agarre.
―¡Loki! ―dijo girando la cabeza y rápidamente volvió a taparle la boca.
―Shhhh. Ver y oír son dos cosas distintas―. Lo bajó y entonces Erick lo abrazó agradecido―. A mi también me da gusto verte.
Notó que estaba tiritando así que se sacó su capa para abrigarlo, la tela era pesada y calentita. Esta vez no andaba de jeans, sino que traía su armadura. Hasta tenía puesto su casco cuyos cuernos no podía evitar ver de reojo.
―¿Crees que sean muy pretenciosos?
―Pareces un reno.
Soltó una carcajada y luego hizo una mueca de dolor. Se dejó caer lentamente al piso. Fue cuando vio la sangre en su vientre. Todo este tiempo había sido él el del rastro.
―Estoy bien ―dijo al ver su cara de espanto. Intentó levantarse pero las fuerzas le fallaron―. O lo estaré dentro de un momento ―dijo cerrando los ojos.
Se agachó junto a él y levantó las solapas de su chaqueta. La herida iba desde las costillas hacia atrás de la espalda y despedía un olor picante.
―Eso no es estar bien ―lo regañó ―. ¿Y qué es ese olor?
―Veneno de quimera. Impide que sane normalmente ―sonó agitado.
―Buscaré a Gus y juntos te llevaremos a casa.
―¿¡Qué!? Ni pensarlo.
―¡Te estás muriendo! ―. Loki chistó quitándole importancia.
―Tu amigo está lejos, me aseguré de eso. Pero tu tenías que bajarte del caballo, ¿ah?
―Jódete ―. La sangre seguía brotando―. Iré a buscarlo.
―No ―. Buscó aire―. Si los ven conmigo será su fin.
―Vuelvo enseguida.
Apenas cruzó el río empezó a llamar a Gus con cuidado. Lo encontró en la misma orilla donde había visto al supuesto lobo. Estaba parado mirando hacia el otro lado, seguramente esperando a que apareciera. Sostenía a ambos caballos de las riendas.
―Erick ―se alegró al verlo. Luego cambió su cara―. ¡Te voy a matar!
―Escucha, primero necesito que me ayudes. Luego me gritas.
Le dijo que había encontrado un lobo herido y que quería llevarlo a la granja para curarlo. Que el animal no era agresivo y que podrían cargarlo en uno de los caballos. Y le explicó que había que ir en silencio porque unos cazadores estaban buscándolo. Él aceptó con gusto.
―Solo tengo una pregunta, ¿de dónde sacaste esa capa verde? ―dijo justo cuando llegaron.
―No vayas a gritar.
Apuntó con el dedo hacia donde estaba sentado Loki. Al verlo inconsciente se bajó de un salto y corrió hasta él.
―Ese no es un lobo ―dijo haciendo lo posible por mantener la calma―. ¡No vamos a llevarlo a la casa! ―susurró molesto.
―Está muy mal herido.
―Mentiste para traerme hasta aquí porque sabías que te diría que no.
―Claro que sí. En eso eres igual a Kim ―. Gus lo miró con el ceño fruncido―. No te hará daño.
―Estás loco. ¿Dónde lo vamos a esconder?
―En el granero ―respondió, aunque sonó más como a pregunta―. Por favor ―suplicó―, no me iré sin él.
―Bien―refunfuñó, y se bajó del caballo―. ¿Qué hago?
Acostaron a Bruma cerca de Loki y lo amarraron a la silla con fuerza. Gus le tendió la mano y montaron juntos. Cruzaron el río y cabalgaron hacia la granja en silencio. En eso las orejas de ambos caballos se irguieron y se pusieron alertas. Escucharon voces por detrás.
―Apaga la linterna.
Si se quedaban ahí parados, los verían. Sí corrían hacia la casa los seguirían. Así que solo se le ocurrió una cosa.
―Súbete con Loki ―dijo en susurros.
―Pero me da miedo.
―No le temas él. Témeles a ellos.
Cuando cambió de caballo se puso el casco de Loki.
―¿Qué piensas hacer?
―Quédate muy quieto y en silencio. Espera hasta que me sigan y recién ahí vete a casa.
―No ―suplicó aterrado.
―Confía en mi.
Apuró a Ventisca y salió al galope por el bosque. Hizo ruido para llamar su atención, lo siguieron en cuanto vieron el casco y la capa sin siquiera reparar en la altura del jinete. Los alejó de la granja tanto como pudo. Eran rápidos para ir a pie y le costó varios kilómetros perderlos. Volvió por otro camino haciendo un rodeo grande, terminó otra vez en la orilla del río. El caballo cruzó solo sin que se lo pidiera. De repente, Calvin Harris retumbó por todo el lugar. Era de Gus la llamada.
―¡Gus, casi me das un infarto! ¿Qué pasa?
―¿Cómo qué pasa? Ya van dos horas y no te apareces.
―Recién logro perderlos. Voy en camino. ¿Y Loki, cómo sigue?
―Le hice una cama en los establos con frazadas. Pero el olor está cada vez peor ―. Eso si era malo―. Erick, no sé que hacer.
―¿Viste la caja de zapatos en la que guardo mis cosas?
―Sí.
―Adentro hay un pañuelo verde. Búscalo.
De manera accidental, había aprendido que el pañuelo poseía ciertas "propiedades". La más notoria era la serpiente mágica que salía de vez en cuando. Y la otra era que, humedecido con agua, tenía un poder curativo.
―¿Qué hago con él?
―Úsalo para lavarle la herida. Hazlo con cuidado y no toques la sangre, ponte guantes.
―Brilla. ¿¡Por qué brilla!?
―No te asustes. Es es un pañuelo mágico. Luego te cuento.
―Creo que funciona.
―Aguanta ya casi llego.
―¡Ay, mierda!
―¿Qué pasa? ―. La llamada se cortó.
Pensó que los soldados los habían encontrado así que apuró el paso y llegó en pocos minutos a la granja. Todo parecía normal. Entró al granero trayendo al caballo de las riendas. Se quitó el casco y lo puso junto con la capa dentro de un fondo oculto en en piso y lo cubrió con paja.
―¿Gus? ―llamó. Nadie respondió―. Gus ―volvió a llamar.
Tragó un poco de saliva y fue hasta el último establo. Allí encontró a su amigo dormido, tapado y acurrucado junto a Loki.
―Fiu ―suspiró aliviado―. ¿Qué le pasó Gus?
―Me desperté, eso le pasó.
―Oh ―. Erick entrecerró los ojos ―. ¿Y ahora duerme como un bebé al lado tuyo?
―De todos modos estaba exhausto. Como yo lo veo le hice un favor.
―No puedes andar desmayando a la gente.
―En realidad sí puedo. Pero descuida, le di sueños lindos ―. El niño se tapó la cara de vergüenza.
―¿Cómo estás?
―Me recuperaré ―dijo encogiéndose de hombros―. Te dije que no se involucraran. Claramente tienes problemas para tomar decisiones sanas.
―Lo dice el que quiso esclavizar mi planeta ―. Él apartó la vista―. ¿Me vas a explicar esa parte?
―¿Y por qué debería? ―dijo con una sonrisa desabrida.
―Porque me lo debes.
Frunció el seño intentando intimidarlo. Como no le funcionó revoleó los ojos.
―Okey ―resopló―. Siéntate a mi lado.
―¿En serio lo harás?
―Me salvaste la vida después de todo ―dijo enseñando las palmas.
Se sentó junto a Loki listo para escuchar su historia, su versión de los hechos, convencido de que había una explicación razonable para actuar de manera tan bipolar. Y entonces vio la trampa en sus ojos. Pero igual que antes, fue más rápido. Colocó tres dedos sobre su sien, pulgar, índice y dedo medio, formando un triángulo. Intentó quitarse su mano en vano. El sueño empezó a invadirlo rápidamente. Solo pudo dedicarle una mirada llena de resentimiento antes de cerrar los ojos.
Loki les dio una última mirada y se marchó. Tenía cosas que terminar.
Este capítulo estuvo dedicado a la memoria de mi "Opa" que falleció este año. Porque el siempre fue valiente y sonrió hasta el final. Amen y disfruten a sus abuelitos.
