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Ave de mal agüero
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[En un paraje estepario, de algún planeta olvidado... A incalculables años luz de la Tierra].
La anoxia del ambiente pintaba el cielo casi de negro. El suelo estaba casi desnudo salvo por la escarcha formada durante la noche. Una noche que equivalía a ciento sesenta horas terranas. Y la razón por la cual no estaba totalmente cubierto de hielo, era porque la escasa humedad no lo permitía. Aún así había vida; no obstante, esta se confinaba sobre todo al sistema de cavernas.
Bajando por uno de los tantos cañones en todo el planeta estaba la entrada a una gruta que exhalaba su agua en forma de neblina. En frente de esta se posaron dos botas gastadas, rompiendo sonoramente la escarcha debajo de ellas. Su dueño levantó una mano enguantada para revisar la brújula que traía consigo. El aparejo consistía en un pequeño disco de uruvio, una aleación natural de uru y vanadio, sobre el cual levitaban una serie de anillos rojo luminiscente que rotaban de manera concéntrica. Movió la brújula de un extremo a otro varias veces. Los anillos giraban más rápido al alejarlos de la entrada y se estabilizaban cuando apuntaba hacia la misma, se estaba acercando. Del otro lado apareció un hombre envuelto en una capa oscura con capucha que solo dejaba ver su mentón, si es que podía verse algo ahí adentro. Solo podías sentir a las paredes observándote.
Estaba seguro de que ya había recorrido varios kilómetros de túneles, pero la brújula aún no dejaba de bailotear. De pronto frenó, tensó los músculos y agudizó el oído. Con una velocidad inhumana metió la mano entre sus ropas, desenfundó su daga dándose la vuelta y la enterró en medio de la frente de su atacante. Luego escuchó cómo el cuerpo de la alimaña se desmoronaba a medida que perdía la vida. Recuperó su arma y la limpió en la tela de la capa. Un hechizo mudo convirtió la hoja en una poderosa lámpara y descubrió al depredador, un terídido del tamaño de un hipopótamo. Su mordida no lo hubiera matado aunque sí habría sido bastante desagradable, pues ya había tenido suficiente con el veneno de quimera.
Volvió a sacar la brújula para reanudar su marcha cuando el rumbo que le marcaba viró bruscamente, apuntando hacia el cuerpo del terídido. Claro, ahora entendía porque había estado dando vueltas por horas.
―Qué fastidio ―resopló Loki quitándose la capucha.
Guardó la brújula en sus bolsillos y reacomodó la mano en el mango de la daga. Cortó los tejidos como un forense hasta llegar cerca de las glándulas de seda, allí hundió sus manos entre carne y vísceras para sacar un recipiente embadurnado de mucus. Le sacudió los líquidos del difunto y luego lo destapó como a un champán. Se quitó el guante izquierdo, a fin de no manchar, e inclinó el cilindro para dejar caer el pergamino en su palma. Por fin, una pieza menos.
Una alarma se encendió en su interior de repente, la conocía. Había estado tanto tiempo silenciada que ahora le quemaba. Se trataba de una runa de vinculación que había conjurado en su corazón hacía siglos para cada uno de sus hijos.
―Fenrir.
Rápidamente metió el pergamino de vuelta en el estuche y lo guardó bajo su capa. Se puso de pie separando las piernas una distancia más o menos igual a la de sus hombros y extendió su brazo derecho moviendo tanto la mano como los dedos, haciendo figuras ensayadas en el aire que se replicaban con símbolos brillantes en el suelo. Cerró su puño y apareció una ventana pentagonal que mostraba la vista aérea de un bosque nevado. Dio un brinco, metamorfoseando su cuerpo a la vez que traspasaba el umbral. La ventana se fue encogiendo desde los bordes, un plumón que caía bamboleante se posó suavemente en el suelo justo después de que esta se cerrara por completo.
...
Steinwolflandet, Planeta Tierra.
Voló por encima de las copas, lo hacía de manera natural. Los córvidos eran una de sus formas favoritas, prácticos, listos y sigilosos, pero lo que más le divertía de ellos era el miedo irracional que le tenían los humanos; no todos por supuesto. No recordaba bien si era el cuervo encapuchado o el cuervo pío el que habitaba por la zona, pero eligió el segundo.
Tenía cierta preocupación porque se tratara de un señuelo de Odín, aún así iba directo hacia la entrada de Gleipnir. Entonces sintió una vibración en el plumaje. Miró hacia abajo y vio como la ladera oeste del monte Nir comenzaba a desgranarse, el nacimiento de una buena avalancha. Luego divisó más abajo a una muy desafortunada persona.
"¿Tan simples son que no sienten el peligro? Hasta un topo lo vería venir", pensó. Al menos podía avisarle, se sentía especialmente bondadoso.
Aterrizó en la rama de un pino cercano, justo detrás de la persona.
―¡Crow! ―la llamó. Y su sorpresa fue grande cuando vio su rostro―. "Vaya, vaya, vaya".
―¿Y tú qué? ―le dijo luego de apuntarle con su arma.
"Con esa actitud mejor dejo que te entierre."
Se veía fastidiada, cansada sobre todo. Ahora que sabía quien era con más razón debía ayudarla. Pero no podía simplemente hablarle, los cuervos de Midgard no lo hacían.
"Aquí vamos", se dijo al tiempo que se lanzaba hacia ella.
Voló sobre su cara de la forma más molesta que pudo para conducirla por donde él quería. Tuvo el cuidado de no golpearla con los huesos o podría no medir la fuerza y lastimarla; los humanos eran criaturas frágiles.
―¡Oye, ya basta! ¡NO-ME-OBLIGUES-A..!
Justo cuando la llevó hasta una saliente rocosa la avalancha los alcanzó. Después de salir del pasmo ella levantó la vista hacia él.
"De nada, querida".
El aire de satisfacción le duró hasta que se dio cuenta de que lo miraba diferente, como a un sospechoso. Al parecer ella no era tan simple. Debía ser por eso que se la pedía tanto. Supuso entonces que ambos estaban ahí por lo mismo.
En eso sintió algo pesado arrastrándose hacia ellos por detrás. El tiempo que demoró pensando que hacer sin revelar su identidad le cobró la oportunidad. La mujer salió despedida hacia la avalancha. Y ya sea por el peso de la nieve, un golpe de los escombros o la falta de oxígeno, la podía perder. Así que se zambulló olvidándose de las sutilezas.
Si alguien hubiera llegado en ese preciso instante, por la calma no se habría imaginado que habían dos persona enterradas bajo tres metros de nieve. Loki rompió la superficie despejando un camino, sacó a una María Hill medio atontada y la dejó sobre la nieve. Luego salió él, y se sentó.
―¿Estás b...? ―preguntó tocándola en el hombro.
Ella reaccionó apartando su brazo y echándose hacia atrás. Tomó el arma Judas de su tobillo y le apuntó a la cara.
―¿Tengo que explicarte todas las razones por las que eso no te va a funcionar?
―Probemos ―dijo ella y le disparó dos veces en el vientre. Solo dos, no podía darse el lujo de desperdiciar su tercera y última bala.
Loki sintió un aguijonazo con cada disparo que lo hizo retroceder. Hill aprovechó entonces para lanzarse a correr pero cuando intentó ponerse de pie Loki la sujetó por el tobillo, haciéndola caer.
―¡RAZÓN NÚMERO UNO! ―dijo irritado. La arrastró hacia él y ella le apuntó de nuevo―. Razón número dos ―dijo un poco más apaciguado y le quitó el arma de un tirón. Luego le entregó las dos balas Judas desechas. Tan calientes aún que ella las dejó caer―. Y así sucesivamente.
María lo miró con una expresión de odio, no le gustaba estar acorralada. No la habían entrenado para resignarse y esperar su destino con los brazos cruzados.
―Muy válidos son tus motivos para mostrar tal actitud hacia mi humilde persona, y no hay cosa que yo pueda decir que te haga confiar en mí, pero... ¿podríamos dejar la hostilidad a un lado por el momento? Por favor ―dijo mientras le ofrecía su arma de vuelta.
Creo que empiezo a dominar esto de los capítulos cortos.
Aviso:
Tenía los borradores de los próximos 20 capítulos, pero unos meses atrás por un error del servidor los perdí. Así que he tenido que escribir todo de nuevo tratando de recordar al menos lo más importante. Trataré de publicar un capítulo por mes, aunque no es una certeza.
Que tengan suerte y adiosito.
