-Presunción de inocencia-
Capítulo 1. El nuevo Rey Mago
El suave tintineo de las yemas de unos dedos contra la superficie de una barandilla era lo único que se escuchaba entre la penumbra de la noche, además de unos animales desubicados que probablemente estaban emigrando por el cambio de estación.
El sol iba a salir pronto, aunque aún el cielo estaba oscuro, y la luna llena lo coronaba, como si quisiera protegerlo con su luz. Las estrellas brillaban con fulgor, como siempre hacían, alejadas de la muchedumbre y la luz artificial de la gran ciudad.
La brisa soplaba con lentitud, moviendo con cautela las copas de los árboles y sus hojas, y haciendo que algunas se desprendieran hasta caer al suelo sin remedio.
Asta miró hacia el cielo estrellado de la noche. Probablemente, esa sería la última ocasión que pudiera observarlo de forma tan directa y brillante durante mucho tiempo y, aunque llevaba soñando años completos con ese momento, el sentimiento que más pesaba en su corazón era el de nostalgia.
Por fin, tras más de una década intentando escalar hasta el puesto de Rey Mago del Reino del Trébol, lo había conseguido. En unas pocas horas, se llevaría a cabo su coronación y su vida cambiaría por completo; mucho más que cuando recibió su extraño grimorio y se unió a los Toros Negros con apenas quince años.
Pensaba que, cuando recibiera la noticia de que al fin lo había logrado, se sentiría mucho más feliz. Y en realidad sí que lo estaba, pero le producía un sentimiento de tristeza enorme el pensar que debía abandonar el hogar que lo había visto crecer durante tanto tiempo para siempre.
Al menos, sabía que sus compañeros de orden —su familia, en definitiva— siempre lo seguirían apoyando y que Noelle y sus hijos estarían con él. Su propósito era cambiar la sociedad del reino, que prosperara aceptando a todos y cada uno de sus habitantes, pero no pensaba desatender ni a su esposa ni a Aren y Ayla, que además por ese entonces aún eran muy pequeños.
La sede de los Toros Negros había cambiado mucho con el transcurso de los años, pues habían nacido varios niños y necesitaban tener más espacio. No fue un verdadero problema en realidad, porque la fueron ampliando y remodelando cuando era necesario.
El pasado se veía como un lugar cobijado y reconfortante, porque la juventud da una especie de arrojo, seguridad y confianza que se va perdiendo con el paso de los años. Y Asta apenas tenía treinta años y seguía siendo un enano ruidoso según su capitán, pero su carácter era algo más sosegado, aunque su esencia seguía intacta en cierto modo.
Ahora que conseguía tener una vista panorámica del pasado, se daba cuenta de que jamás habría logrado ninguno de sus objetivos sin dos personas que fueron fundamentales en su vida: Yami Sukehiro, que fue el único capitán que decidió aceptarlo en su orden, y Noelle Silva, quien siempre lo había alentado, de manera directa o indirecta, a que fuera superándose y creciendo constantemente, como Caballero Mágico y también como persona.
Todavía podía vislumbrar con una claridad diáfana el recuerdo de sus labios temblorosos confesándole lo enamorada que estaba de él. En esa época, ambos tenían veinte años, pero se sintió como una declaración adolescente, debido a su nerviosismo y su inquietud.
Asta, al oír aquellas palabras, se quedó totalmente desconcertado. No entendía cómo era posible que Noelle, su compañera, su mejor amiga, la novata que se unió a la orden el mismo año que él, la persona en la que más confiaba, lo amara. Su actitud nunca se lo había revelado, según su escasa percepción, por supuesto, así que su sorpresa fue enorme al principio.
Le pidió un tiempo para pensar ante su mirada desilusionada. Y verla así, con sus ojos rosáceos brillando con desamparo, fue un instante muy duro de procesar. Pero Noelle supo disimular bien, así que simplemente sonrió y asintió para marcharse después, dejándole en la garganta una sensación pesada, asfixiante y que no le gustó en absoluto.
Los dos siguientes meses estuvieron repletos de dudas, porque Asta seguía intentando encontrarle la lógica a que alguien como Noelle Silva, tan sofisticada, bella e inteligente, se hubiese fijado en él, que era una persona bastante simple.
Se centró mucho en sus sentimientos, porque quería respetarlos y apreciarlos. Además, hacía un par de años desde que la Hermana Lily lo había rechazado. Había pasado una época bastante mala y se refugió mucho en sus compañeros, especialmente en Noelle, con quien pasaba más tiempo y compartía más momentos, afianzando así un fuerte vínculo que no lograba entender al principio. Fue escudriñando cada vez más en sus emociones hasta que dio con la clave por fin. Él se sentía genuinamente igual que Noelle, pero no había sabido interpretarlo correctamente hasta mucho tiempo después.
Sin embargo, la noche en la que decidió corresponderla formalmente, ella lo abordó, diciéndole que no comprendía que no le hubiese dado su respuesta si sabía perfectamente que era negativa.
La espera la tenía sobrepasada, así que sabía bien que el dolor y la incertidumbre habían hablado por ella. Asta no contestó con palabras en un principio, sino con hechos, así que la besó con torpeza sin previo aviso, porque su sentir era de tal magnitud que no podía ser encerrado ni articulado en un mediocre e insulso discurso.
Desde entonces, habían estado juntos. Se habían casado hacía cinco años y habían tenido dos hijos mellizos: Aren y Ayla.
En todos esos años, Noelle había estado a su lado, siendo su soporte, aguantando sus días más oscuros y convirtiéndose en la mejor madre y esposa que había existido jamás. Nunca tendría suficiente con qué agradecerle, así que sencillamente se resignaría a entregarle todo lo que era hasta el fin de sus días.
El sol empezó a salir finalmente, dando paso al nuevo día. Asta escuchó unos pasos tras su espalda y dejó de mover los dedos contra la barandilla del balcón de su habitación. Sintió un abrazo y un beso suave posándose en su hombro, pero no se volteó.
—¿Debería darte los buenos días?
—¿Por qué dices eso? —preguntó con algo de confusión fingida.
—Porque sé perfectamente que no has dormido en toda la noche.
Asta suspiró. No pretendía engañarla, pero tampoco quería preocuparla. Sabía bien que Noelle descifraría todo lo que le ocurriera, así que no tenía sentido inventar excusas absurdas, si además ella era quien mejor lo comprendía y quien siempre estaba ahí para calmarlo con las palabras o gestos adecuados.
—¿Estás nervioso? —dijo antes de que le contestara.
—No es exactamente eso. Es que… voy a echar mucho de menos vivir aquí con todos y esta tranquilidad. Quería que los niños se criaran en este ambiente, con los demás, que fueran felices. No sé si estoy haciendo bien al obligaros a que nos mudemos a la capital.
Noelle frunció el ceño, sujetó el mentón de su esposo y le giró el rostro para que la mirara.
—¿Tú crees que me puedes obligar a mí a hacer algo? Esto lo estoy haciendo porque quiero, Asta. Y sé que es difícil abandonar un sitio en el que llevamos mucho tiempo viviendo, pero no es como si nunca más fuéramos a volver. Aren y Ayla vendrán muy seguido por aquí y nosotros también, porque le debemos todo lo que somos a esta orden. Vamos a ser felices porque vamos a estar los cuatro juntos, ¿no lo crees?
Asta asintió con emoción y después besó a Noelle, sorprendiéndola un poco por el gesto tan repentino.
—Muchas gracias, Noelle —le susurró al oído mientras la abrazaba.
—No tienes nada que agradecerme. Deberíamos empezar a prepararnos antes de que se nos haga tarde. No estaría bien que el Rey Mago fuera impuntual el día de su propia coronación, ¿no?
Ante las palabras de Noelle, asintió de nuevo, le dio un breve beso en los labios y se adentró a la habitación.
Ese día iba a ser un tanto complejo, pero estaba seguro de que también sería uno de los mejores de su vida. Y no solo porque veía por fin su sueño cumplido, sino porque Noelle, sus hijos y todos los Toros Negros iban a estar allí para verlo y apoyarlo.
A fin de cuentas, eso era lo que verdaderamente le importaba.
Charlotte subió los escalones con cautela hasta llegar al tejado de la base. Nunca le había gustado ese lugar, pero estaba buscando a alguien y sabía que se encontraba allí, probablemente practicando una actividad bastante insalubre y que ella además detestaba, pero lo dejaría pasar por ese día.
Cuando llegó al tejado, lo vio sentado, mirando hacia el amanecer y fumando tranquilamente. Se acercó en silencio y se sentó a su lado. Apoyó la mano en su pierna y la acarició de forma tenue.
Yami entonces la miró mientras sujetaba el cigarro entre sus labios. Se dio cuenta de que lo tenía ahí cuando pudo observar una mueca de desagrado formándose en el rostro de Charlotte. Expulsó el humo hacia otro lado para no molestarla, apagó el cigarro posándolo sobre la superficie del tejado y después lo tiró junto con las cenizas, recordándose internamente que se lo tenía que llevar de allí cuando se marchara.
Se acercó un poco y la besó brevemente, mientras sentía su mano acariciándole la mejilla y el mentón.
—Sabes mucho a tabaco —replicó ella cuando se separaron, pero no parecía enfadada. Le sonrió con verdad, haciendo que pudiera arrancarse de la mente los miles de pensamientos que tenía por un breve instante.
—Lo siento. Lo necesitaba.
—Lo sé —susurró y apoyó después su frente contra su mejilla. Yami la abrazó por los hombros y compartieron un corto, pero necesario silencio.
Se irguió ligeramente y lo miró. Yami había cambiado un poco con los años. Su cabello era algo más corto, pero no había rastro alguno aún de canas. Su rostro era ahora más sereno, sus actitudes más pausadas y su faceta de padre sobreprotector, realmente impresionante.
Como compañero de vida, no podía pedir a alguien mejor. Era consciente de sus defectos, pero los aceptaba, los consideraba y los amaba, porque sabía que ella también tenía y que él solía ceder con mucha más frecuencia. Eso es al fin y al cabo una relación de pareja; aceptar, entender al otro sin intentar cambiar su trasfondo. Porque sí, los seres humanos cambiamos, aprendemos de los errores, mejoramos algunas capas de nuestra personalidad que no nos gustan… pero hay una parte inamovible que no se puede transformar ni aunque se quiera.
Yami no era un hombre de palabras. Al inicio de su relación, Charlotte detestaba esa faceta suya, porque siempre que se enfadaban, él se colapsaba y no sabía qué contestar, así que simplemente se iba. Le hacía pensar que estaba ignorándola, pero con el tiempo y la convivencia, entendió que simplemente no podía actuar de otra forma, así que se inclinó por darle su espacio cuando eso sucediera. De esa forma, consiguieron entenderse mejor.
Además, había llegado a un punto en el que sabía interpretar sus silencios y era ella la que los manejaba para que las situaciones mejorasen.
—Va a ser muy raro, ¿verdad?
—¿El qué?
—No ver a Asta y Noelle por aquí cada día —apuntó Charlotte con firmeza.
Yami solo asintió y apretó un poco el abrazo. A Charlotte no le hacía falta que le dijera lo que le ocurría, porque lo conocía tan bien que lo sabía perfectamente.
—Si Asta va a ser coronado como Rey Mago dentro de unas horas es gracias a ti. Lo sabes, ¿verdad?
—Claro que no. No soy tan importante. Además, se lo ha ganado él con su esfuerzo y su absurdo empeño —razonó tras mirarla y fruncir un poco el ceño.
—Sí, él tiene su propio mérito, eso no podemos negarlo. Pero tú fuiste la persona que lo aceptó en una orden. Ni yo ni nadie más lo hizo. Deberías sentirte orgulloso… y no solo de él. No todo el mundo forja a un Rey Mago del Reino del Trébol.
Yami sonrió quedamente, pero no contestó ante la inmensidad de esas palabras, porque no las creía ciertas. Llevaba unos meses, desde que se anunció que Asta sería el próximo mandatario del reino, pensando en que la base sin él —y, por consecuencia, sin Noelle también— no iba a ser jamás la misma. Y no lo diría nunca en voz alta, pero se iba a sentir un poco más solo sin verlo todos los días o sin escuchar sus gritos, que tantas veces le dieron dolor de cabeza en el pasado.
Sin embargo, ese era su sueño. Y realmente se sentía increíblemente orgulloso de que un plebeyo sin magia se hubiese convertido, nada más y nada menos, que en el Rey Mago. Era una paradoja preciosa que derribaba cualquier barrera, porque si en un mundo en el que la magia lo era absolutamente todo, ese chico había conseguido ser el más poderoso, cualquier cosa era posible.
—Finral te ha traído un traje.
—Sabes bien que no me pienso poner esa mierda —espetó de mala gana.
Charlotte se rio. Sabía perfectamente que esa sería su reacción y su respuesta en cuanto vio al mago espacial con el atuendo en la mano.
—Hikari tampoco quiere ponerse un vestido. No me lo ha dicho con esas palabras porque soy su madre, pero estoy segura de que lo ha pensado justo así. Cada día se parece más a ti.
—Pero si es igualita que tú.
—Por fuera, pero no por dentro.
Yami sonrió. Era cierto. Hikari no solo se parecía a él en su carácter, sino que además era con quien se llevaba mejor de sus tres hijos. Hana era muy apegada a su madre por sus personalidades similares y Einar, más de lo mismo, pero por motivos distintos. Y no tenía preferencias ni mucho menos —al final, los tres eran sus hijos y los quería por igual—; simplemente, ellos dos congeniaban mejor. Lo bueno de la chica era que todos los defectos más graves que él tenía, no los había heredado… o casi todos.
—Oye, ¿cómo has visto a Finral?
—Mejor, aunque sigue sin estar como antes.
—Ya se le pasará.
—¿No has pensado en hablar con él?
—No. A mí mi mujer no me ha dejado, así que no tengo nada que aportar. Además, sabes que no se me dan bien las conversaciones intensas.
—No hables muy alto…
—¿Me estás amenazando? —preguntó Yami mientras sonreía de lado, siguiéndole el juego.
—Tómatelo como quieras.
Charlotte se levantó con cuidado, se sacudió la ropa y se marchó, no sin antes decirle a Yami que bajara pronto porque tenían que prepararse y no quería que llegaran tarde.
Se fumó otro cigarro mientras sentía el sol en su rostro. A pesar del sentimiento tan raro que estaba instalado en su corazón por el suceso que acontecería en ese día histórico, estaba también feliz.
No sabía si, como Charlotte le había dicho, había forjado a un Rey Mago, pero lo que sí era cierto era que uno de sus idiotas —de sus hijos al fin y al cabo— había escalado hasta lo más alto, y eso lo hizo sentirse completamente en paz.
Miró a su derecha por un breve instante y vio a su hermano con Ayla en brazos. La niña se movía con insistencia, llamando a su padre, aunque ni siquiera lo estaba viendo directamente aún. Ella sostenía a Aren, que, mucho más calmado, observaba al frente, esperando que Asta saliera.
Estaba algo nerviosa, pero no se lo había dicho a nadie. Su papel era el de mantener la calma, pero no podía evitar que de vez en cuando, su pierna se moviera de forma inconsciente durante pocos segundos, pues, en cuanto se daba cuenta, se detenía.
Nozel la miró de reojo. No sabía si decirle algo para tranquilizarla, porque tal vez sus palabras solo la pondrían más inquieta.
—Quiero ver a papi —reprochó la pequeña a su tío mientras hacía un puchero impaciente.
—Ayla, tu padre va a salir enseguida. Ten un poco de paciencia.
Noelle observó la escena y sonrió, tranquilizándose un poco. Ese día, había decidido cambiar de peinado. Se había hecho una sola coleta, justo como lo solía hacer su madre. De ahí dedujo la mueca de sorpresa que el gesto de su hermano mayor formó al verla. Probablemente, le habría parecido estar viendo a su madre y ella no lo sabía, pero ese hecho le hizo sentirse muy orgulloso.
Hacía tiempo que su relación se había restablecido. Y Nozel era completamente consciente de que jamás podría borrar las huellas profundas que el alma de Noelle tenía debido a su trato, pero se juró que empezaría a hacer las cosas bien; no solo con ella, sino también con su marido y con sus hijos.
Por eso, cuando se enteró de que su hermana pequeña estaba embarazada, juró que los cuidaría y los protegería para siempre, incluso con su vida si era necesario.
Extrañamente, la niña, que era la más parecida a Asta, tenía una fijación con él que le sorprendió mucho, pues el carácter de los Silva realmente lo había heredado Aren. Se llevaba bastante bien con ambos, pero el pequeño pasaba gran parte del tiempo con su madre, debido a su timidez innata.
Tras esperar algunos minutos más, Asta salió al altar del salón del trono. Lo miró con algo de desconcierto, paseando su vista por los alrededores y, cuando pudo ver a su familia, suspiró aliviado. Los saludó con un sencillo gesto de la mano mientras escuchaba a Ayla diciéndole a su tío que al fin podía ver a su papá.
La ceremonia dio inicio. Fuegoleon, que por ese entonces era Rey, dio un discurso sobre la grandeza del Reino del Trébol y su historia, y sobre la importancia que tenía proteger a las generaciones venideras para consolidar un hogar más próspero y fuerte.
Cuando finalizó, se dirigió hacia Asta, que se puso inmediatamente enfrente de él. El ritual de la coronación se llevó a cabo y, una vez que fue proclamado Rey Mago de forma definitiva, la primera persona a la que miró fue a Noelle, que le sonreía con los ojos brillantes, emocionados por poder ser testigo de ese momento tan importante y grandioso.
—El nuevo Rey Mago dirá ahora unas palabras.
Asta carraspeó levemente. Al no encontrarse cómodo mirando a la gente desde la altura, bajó del altar ante los murmullos incesantes de los nobles, que no paraban de preguntarse qué estaba haciendo.
—Es… un poco difícil resumir todo lo que significa este día para mí, pero voy a intentarlo. Hace quince años, cuando ingresé en la orden de los Toros Negros, ya tenía en mente que quería llegar a este puesto. Nunca he sido una persona realmente ambiciosa en cuanto a dinero o estatus, pero llegar a ser Rey Mago era mi meta única en la vida. Con el tiempo, fueron apareciendo muchas más en mi camino, pero siempre he tenido presente que quería que este día llegara. El único impedimento que siempre he tenido es que no tengo magia. Ni una pizca. Y ser Rey Mago sin magia… pues es algo un tanto contradictorio, ¿no? —Asta escuchó unas risas desperdigadas por la sala, sonrió y prosiguió—. Quiero agradecer especialmente a Yami Sukehiro por darme la oportunidad que todo el mundo me negó, a mis compañeros de los Toros Negros, sin los que no habría crecido jamás, a mi esposa, Noelle Silva, y a mis hijos, sin los que, en definitiva, no soy nada. Que yo hoy esté aquí solo significa que todos, con esfuerzo y perseverancia, podemos lograr lo que nos propongamos. No hay imposibles y este día es el claro ejemplo de ello. Quiero que construyamos una sociedad en la que todos quepamos, en la que nadie se sienta excluido por su condición, tal y como a mí me pasó en muchas ocasiones; en tantas, que ya casi no puedo contarlas o recordarlas todas con claridad. Así que me encomiendo a todos vosotros. Juntos, lograremos grandes cosas para el Reino del Trébol; de eso no me cabe duda alguna.
El aplauso que se escuchó en la sala cuando el discurso finalizó fue atronador. Los nobles no estuvieron tan entusiasmados ante las palabras del nuevo Rey Mago, pero entre los invitados había muchos plebeyos, que por fin se veían parte de un todo y no solo una ramificación pequeña y desprotegida que no le importaba a nadie.
Asta fue hacia donde estaba Noelle. Le dio un beso en la frente a sus hijos y otro breve a ella en los labios.
—Enhorabuena, papá —susurró Aren despacio.
—¡Mi papi es el más fuerte del mundo! —exclamó Ayla, con mucha más intensidad que su hermano.
—Gracias. Y gracias a ti también, Noelle. Sin ti, no lo habría logrado.
Noelle sonrió y, justo después escuchó a su hermano aclarándose la garganta, en un gesto de disconformidad porque parecía que se habían olvidado de que seguía ahí.
—Enhorabuena, Asta.
—¡Gracias, cuñado!
El hombre rodó los ojos con hastío y Ayla casi saltó hacia los brazos de su padre, que la recibió feliz y la abrazó al instante.
—¿Crees que podríamos ir un momento a la base? He olvidado algo.
—Claro, claro. ¿Dejamos a los niños con tu hermano?
—No, pueden venir con nosotros. Hasta luego, hermano —dijo, dirigiéndose esta vez a Nozel, que simplemente los despidió asintiendo con la cabeza.
Se fueron junto a los demás integrantes de los Toros Negros hacia la base a través de un portal que Finral creó. Asta se extrañó un poco al comprobar que estaban en la puerta y no en el interior del edificio, pero comprendió la situación enseguida en cuanto Yami la abrió y vio la sala decorada y con una pancarta enorme que decía «¡Por fin lo has conseguido, Asta! ¡Felicidades!».
Él, emocionado, agradeció a todos sus compañeros. Lo que quedaba de ese día, al menos, seguiría siendo uno de los suyos, de aquellas personas por las que nadie apostaba nada en otros tiempos, y que actualmente eran el pilar de la protección del Reino del Trébol.
La reunión tuvo en todo momento un ambiente familiar, relajado y ameno, pero también nostálgico. Ninguno de los allí presentes se había decidido a mencionar el hecho de que pronto no estarían juntos; simplemente habían decidido ser quienes eran por ese día y ya después se encargarían de todas sus obligaciones.
—Hikari, en menos de tres años recibes el grimorio, ¿no? —le preguntó Asta a la chica, que por ese entonces tenía doce años.
—¡Sí! —le contestó con emoción.
Hikari había sido la primera en nacer de todos. Era prácticamente como una hermana mayor para los demás que habían ido naciendo con el transcurso de los años, y sumamente especial también para Asta, que era su padrino.
Cuando se enteró de que su capitán iba a tener un bebé, casi no se lo creía. No le pegaba demasiado, pero después cayó en la cuenta de la importancia que había tenido en su vida, como su figura paterna principal, y se convenció enseguida de que lo haría bien.
Era la que tenía un carácter más parecido a su padre, aunque sin ser tan tosca, ya que también había heredado algunas características de la personalidad de su madre; como una mezcla perfecta entre los dos.
—¿Tienes ganas?
—Muchas. Me voy a unir a los Toros Negros.
—Eso será si yo te acepto, ¿no? —añadió Yami con algo de sorna para hacerla enfadar.
—¡Papá…!
Yami se rio a carcajadas y despeinó a su hija con una caricia mientras ella seguía quejándose, pero también sonriendo. Se quedó mirándola un instante. Estaba creciendo muy rápido. La sola idea de pensar que pronto podría encargarse de misiones peligrosas lo asustaba mucho, pero no le quedaba más remedio que aceptar. No sería él quien cortara sus alas ni intentara imponer una filosofía de prohibición en la que nunca había creído.
Mientras siguieron hablando, Grey y Gauche, junto con Gael, llamaron su atención. Les dijeron que tenían una noticia que darles y todos en la base guardaron silencio, a excepción de Ayla, a quien se la oía de vez en cuando riéndose y cuchicheando con los demás niños.
—Gauche-kun y yo... vamos a tener otro hijo. Estoy embarazada —anunció Grey con una sonrisa tímida adornando sus labios y rápidamente todos fueron a felicitar a la familia.
Hana se acercó a Gael. Al llevarse muy poco y ser bastante afines en cuanto a gustos e incluso algunas partes de sus personalidades, pasaban mucho tiempo juntos. Lo vio sonriendo, algo que era bastante inusual en él, pues tenía un carácter por lo general serio, a pesar de su corta edad.
—¿Estás contento? —preguntó la niña.
—Sí —susurró él con algo de vergüenza.
—Tener un hermano pequeño es genial. Podréis jugar un montón juntos, igual que yo con Einar.
Yami, en la distancia, observó a su hija hablando con el chico de Gauche. Se alegraba de verlo feliz. Quien no parecía estar demasiado contento era su padre, que había tenido un gesto serio desde que habían llegado a la base. Se encargaría de hablar con él al día siguiente.
Era cierto que Grey rozaba la cuarentena y esa edad podía conllevar un poco más de riesgo para las madres, pero Charlotte tuvo a Einar con esa edad y todo había ido bien. Conocía las circunstancias de su primer parto, pero igualmente no creía que tuviera justificación aquella actitud tan antipática ante una noticia que debería proporcionarle alegría.
Dejando el asunto de lado, se centró en disfrutar de la reunión, que duró hasta la noche.
Cuando se fueron Noelle y Asta, se encargó de darle un reconfortante apretón de manos a su discípulo y no hicieron falta más palabras. Sabía bien que él lo conocía y comprendía que no eran necesarios discursos grandilocuentes e interminables para transmitirle lo que siempre había pensado sobre él: que merecía completamente aquella vida, aquella familia y haber alcanzado todos sus logros.
Una vez que los demás se acostaron, fue a las habitaciones de Hikari, Hana y Einar para darles las buenas noches y finalmente se fue a su cuarto, aquel que compartía desde hacía tantos años con Charlotte.
Al entrar, la vio cerca del tocador, ya cambiada y quitándose unos pequeños pendientes con forma de flor que le había regalado para su último cumpleaños.
Se cambió rápidamente y se echó sobre la cama. Estaba realmente cansado. El día había estado lleno de emociones muy fuertes y había empezado pronto, así que solo quería desconectar por un rato.
Charlotte se giró para mirarlo y le sonrió.
—¿Se han dormido?
—Sí. Estaban agotados.
—Bien. Ha sido un día bastante intenso, así que es normal.
Yami simplemente asintió y se quedó observándola de nuevo. Llevaba un camisón corto de color celeste y de tirantes esa noche. El tiempo casi no había pasado por ella, pues la veía tan preciosa como al conocerla, cuando eran apenas unos críos que acababan de unirse a sus respectivas órdenes.
Hacía mucho tiempo que había llegado a la conclusión de que era muy afortunado. No entendía cómo, pero Charlotte se había enamorado de él por un capricho excéntrico del destino y se recordaba a sí mismo a diario que no podía perderla, porque jamás podría encontrar a alguien que la mejorara o pudiera igualarla siquiera.
Le hizo un gesto con el dedo índice de la mano derecha para que se acercara y ella lo hizo sin titubear tras sonreírle de forma juguetona. Se sentó sobre sus piernas y le acarició los brazos despacio, mientras sentía sus manos colándose por debajo de la tela del camisón para tocar sus muslos.
—¿Te acuerdas de la primera vez que lo hicimos? Estabas tan nervioso que incluso te temblaban las manos —susurró, acariciándole después el labio inferior con el pulgar.
Yami asintió mientras afianzaba el agarre en su piel y le sonreía.
Era cierto; esa noche, su primera juntos, estaba tan nervioso y desubicado que no comprendía aún cómo había logrado que saliera medianamente bien. Aunque ella no se quedaba atrás, pero no se lo mencionaría en ese momento.
Recordaba perfectamente aquel momento; sus manos trémulas repartiendo caricias por toda la superficie de su cuerpo, sus labios entreabiertos mientras gemían quedamente y, sobre todo, sus ojos azules e intensos, estancados en su mirada oscura de forma incesante, como si quisiera grabarse en la retina para siempre aquel instante.
Charlotte lo besó en los labios tras posar las manos en su cuello mientras seguía sintiendo sus caricias, que cada vez se movían más para desplazarse por todos los rincones de su cuerpo.
Aquel día había sido realmente caótico y agotador, pero a Yami no se le ocurría una manera mejor de acabarlo.
Continuará...
Respuesta a los reviews anónimos:
Alice: muchísimas gracias por comentar, me hizo mucha ilusión leerte. Me pasa igual, no sé qué va a ser de mi vida cuando acabe Black Clover T.T, pero bueno, no pensemos demasiado en eso que nos deprimimos. Espero que este capítulo te guste. ¡Mil gracias de nuevo!
Nota de la autora:
Pues aquí os traigo el primer capítulo de la historia. Quería mostrar un poco cómo están los personajes en este punto, qué está pasando con sus vidas y cómo se sienten, porque será importante para el desarrollo de los futuros acontecimientos cuando hagamos el salto temporal de los tres años.
De momento todo muy calmadito, pero ya veremos que esto empieza a caldearse pronto. Es que necesitaba escribir a mi bebé Asta llegando a ser Rey Mago porque cuando se cumpla va a ser un momento precioso y, bueno, quería dar mi versión.
Muchas gracias por leer.
