-Presunción de inocencia-
Capítulo 3. Desgarro
—Yami, te estaba buscando por todos lados —dijo Charlotte, arrastrando las palabras y casi sin aliento. Se la veía agitada y eso era bastante raro en ella.
Yami detuvo sus pasos y se dio la vuelta para dirigirse hacia donde estaba. Sus ojos centelleaban, preocupados y tristes, y su semblante en general tampoco era el mejor. Hacía mucho tiempo que no recordaba haberla visto así.
—¿Qué pasa?
—Hana está enferma. Tiene mucha fiebre y no puedo despertarla. Parece que le duele algo, porque se le nota en la cara.
—¿Desde cuándo?
—No sé. Cuando he ido a despertarla, estaba ya así. No sé qué hacer. Estoy muy nerviosa y…
—Charlotte —pronunció su nombre, interrumpiéndola, para hablarle y tratar de calmarla. Posó sus manos sobre sus brazos y le dio un ligero apretón comprensivo—, tranquilízate.
—No puedo. ¿Y si esto tiene que ver con mi maldición? Hana nunca se enferma.
Yami frunció el ceño. En las dos ocasiones que supieron que tendrían descendencia femenina, Charlotte le transmitió un miedo intrínseco, que le nacía desde lo más profundo de su alma, y que sabía que la había tenido muchas noches sin dormir: que su maldición afectara a Hikari o Hana de forma directa. Pero nunca había pasado nada malo con ellas. En general, sus hijos no solían enfermarse con frecuencia, así que era cierto que era un poco sospechoso, pero no podían sacar conclusiones precipitadas.
—Escúchame, voy a entrar a verla y voy a ir a ver a Owen inmediatamente, ¿vale?
—Pero ella no está en condiciones de que la llevemos a la capital. No se despierta, Yami, ¿es que no me atiendes cuando te hablo?
La soltó. Entendía que le hablara de esa forma porque debía estar aterrorizada y sinceramente no sabía bien cómo tranquilizarla, así que decidió tratarla con normalidad. Tal vez así lograría ayudarla.
—Lo traeré aquí para que la vea. Vamos.
Se dirigió hacia el cuarto de Hana y Charlotte fue tras él. Al entrar, observó el rostro dolorido de la niña. Su flequillo rubio estaba mojado por el sudor y realmente parecía que no estaba pasando un buen momento.
Se acercó a la cama y se sentó en un pequeño hueco que había en el colchón. Agarró su mano y la llamó suavemente, pero Hana no contestaba. Solo fruncía el ceño cada vez que oía una voz en la distancia, como si aquello se tratara de una llamada de auxilio para que alguien fuera capaz de paliarle el dolor.
Le acarició la mejilla despacio y su gesto se suavizó un poco, pero se notaba que no estaba bien, así que decidió marcharse a por Owen lo más rápido posible.
—Voy a decirle a Finral que me lleve y así estaremos aquí antes. No te preocupes. Todo va a salir bien.
Charlotte abrazó a Yami y después se sentó al lado de Hana mientras le sujetaba la mano. Si la maldición le afectase directamente a ella, jamás se lo perdonaría, aunque no era su responsabilidad. Pero la Capitana de las Rosas Azules era así; siempre tendía a pensarlo todo de más y a culparse por sucesos que estaban fuera de su alcance.
Por su parte, Yami buscó a Finral, le explicó el problema y el mago espacial lo llevó enseguida al Hospital de Caballeros Mágicos. Una vez allí, le contó a Owen sobre la condición de su hija y los antecedentes de Charlotte y de los cuales sospechaba que podrían estar interfiriendo en su salud.
Más rápido de lo que la mujer esperaba, el doctor se encontró en la habitación de la niña, así que se levantó de la cama y se apartó un poco, para dejar así que la examinara con comodidad.
Le aplicó un remedio que hizo que la fiebre le bajara, pero siguió sin despertarse.
—Al menos la fiebre ha disminuido…
—Owen, ¿esto puede estar relacionado con mi maldición?
—No puedo estar seguro de ello, Charlotte, pero no creo que podamos descartarlo tampoco. Será cuestión de esperar. Le voy a sacar sangre para llevármela y analizarla, a ver si puedo obtener un remedio mejor o averiguar la causa. De todas formas, tenla vigilada y si su condición cambia, me avisáis. Da igual la hora que sea, ¿vale?
—Muchas gracias —dijo la mujer con sinceridad.
El médico se marchó y Yami fue a ver a Einar, que estaba en el comedor, probablemente preguntándose por qué había tanto revuelo, pero sin querer ir a molestar. Simplemente, esperaba a que alguno de sus padres o sus hermanas fuera hacia allí.
—Mocoso, ven, que tengo que contarte algo.
Einar se acercó adonde estaba su padre después de escucharlo. Alzó ligeramente la cabeza, esperando que lo despeinara un poco con su típica ruda caricia y él lo hizo mientras le sonreía.
—¿Qué pasa, papá?
—Einar, Hana está enferma.
La cara del niño cambió por completo. Sus hermanas eran para él dos chicas fuertes, admirables e inquebrantables, así que no le cabía en la cabeza que algo así pudiera suceder.
—Pero, pero…
—No te preocupes. Mamá la está cuidando y el médico ha estado viéndola. —Yami se agachó para ponerse a su altura y continuar hablándole—. Ya está mejor de hecho. Así que te tengo que pedir un favor, ¿vale?
—¡Sí, papá! —aceptó él, asintiendo enérgicamente con la cabeza.
—Hikari está en una misión que va a durar al menos una semana, mamá está cuidando a Hana y yo tengo muchas cosas que hacer hoy. Ayla y Aren vienen en un rato de visita. ¿Te portarás bien y te quedarás con ellos?
—¿Con Ayla también? Grita mucho… —se quejó Einar con voz de cansancio.
—Es que se parece a alguien… Pero tú eres ya mayor, así que me tienes que prometer que vas a hacerme caso.
—Vale, papá. Al menos, Aren y yo jugaremos a ser Caballeros Mágicos, así que será divertido.
—Claro que sí —dijo Yami mientras se levantaba.
—Papá… —susurró antes de que el hombre se marchara— ¿puedo ir a ver a Hana después?
—Cuando venga mamá a darte permiso, ¿vale?
Einar asintió y Yami se marchó para resolver cuanto antes sus asuntos en la capital y volver rápidamente. La sombra de que la maldición de Charlotte hubiese afectado a Hana era muy alargada y oscura, así que también lo tenía inquieto y asustado, pero debía mantener la compostura para que no cundiera el pánico entre la familia.
Finalmente, las reuniones aburridas y llenas de incordio lo mantuvieron fuera de la base hasta que anocheció, pero supuso que Hana no se habría puesto peor porque le había dado una herramienta de comunicación mágica a Charlotte por si eso sucedía y no había recibido noticias. Por esa parte, se sentía ligeramente aliviado.
Al llegar, lo primero que hizo fue ir hacia el cuarto de su hija. Abrió la puerta y se dio cuenta de que Charlotte seguía allí, esta vez, acostada a su lado.
—Me voy a quedar a dormir esta noche con ella —explicó antes de que Yami pudiera decir nada.
—Claro. ¿Cómo sigue?
—Creo que mejor. Tiene todavía fiebre, pero al menos se ha despertado esta tarde, ha bebido un poco de agua y ha hablado. Einar ha venido a verla.
—¿Aviso a Hikari para que vuelva?
—No. Es su primera misión larga y le hacía mucha ilusión. Si la cosa empeora, ya la llamaremos.
—Está bien. ¿Y el mocoso?
—Está ya durmiendo, así que no te preocupes.
Yami se acercó a la cama, se agachó levemente y le dio un beso en la frente a Charlotte y otro a Hana.
—Que descanséis. Mañana cuando me despierte vengo a ver qué tal está.
Charlotte asintió y Yami se marchó a su cuarto, pero no logró dormirse, así que se puso a fumar para intentar calmar su inquietud, que ya había disminuido considerablemente, pero aún tenía un nudo que le seguía presionando la garganta.
Empezó a llover repentinamente y pronto la madrugada llegó, haciendo que la lluvia se convirtiera en una fuerte tormenta. Yami seguía sin poder dormir, así que salió al pasillo. Vio una ventana entreabierta, la que daba a la puerta principal y por la que estaba colándose bastante agua, y fue a cerrarla.
Sin embargo, cuando estaba a punto de hacerlo, vio una sombra en el bosque acercándose sigilosamente. La sombra salió del bosque y, a paso lento y casi arrastrado, se quedó quieta en la puerta del edificio, sin ser capaz siquiera de llamar.
Se concentró en su ki y se dio cuenta enseguida de quién era, pues lo tenía grabado a fuego en la memoria desde hacía dieciséis años. Temblaba, era débil, estaba atemorizado y casi apagado, así que bajó corriendo hacia la puerta de la base, la abrió y allí, bajo la intensa lluvia, vio a su hija mayor mirándolo con verdadero terror impregnado en sus ojos azules y casi sin poder mantenerse en pie.
Jadeaba con insistencia y estaba completamente cubierta de sangre. Su pelo estaba alborotado, su pierna izquierda hecha trizas, su ropa rasgada y ni siquiera llevaba sus zapatos puestos. Intentó hablar, pero lo primero que salió de su boca fue una gran cantidad de sangre, que manchó aún más su manto de los Toros Negros y el suelo. Era más que probable que tuviera varias hemorragias internas.
—Papá… —logró decir, como pudo, mientras escupía sangre y sus piernas temblaban— a-ayúdame…
—Vale, vamos allá.
—¿Estás seguro? ¿No crees que aún es muy pequeña?
Yami, que estaba sujetando a su hija de apenas un año para que no se cayera, alzó la vista para mirar a Charlotte. Jamás habría imaginado que fuera tan asustadiza con los bebés, pero suponía que realmente lo era porque Hikari era su hija.
Sonrió y le guiñó un ojo con complicidad. Hikari ya era capaz de sostenerse sola de pie, así que era hora de que diera sus primeros pasos sin ayuda, aunque con supervisión. Se agachó y la sujetó por la espalda, y le dijo a Charlotte que se pusiera justo enfrente, pero a unos cuantos pasos. Aunque algo indecisa, cedió y lo hizo.
—Vamos, mocosa, ve con mamá.
Yami soltó a la niña y se tambaleó un poco, pero después fue capaz de mantenerse en pie sin caerse. Dio algunos pasos inseguros, inestables, pero finalmente logró llegar hasta donde estaba Charlotte casi sin problema.
Ella la alzó en sus brazos y le besó sonoramente la mejilla mientras veía a Yami acercándose.
—¿Ves? Tenemos que dejarla que aprenda. Es muy valiente, así que estoy seguro de que hará grandes cosas en el futuro.
—Sí —dijo sonriendo y miró a la pequeña—. Lo has hecho muy bien, Hikari.
La niña se rio con energía y después se echó sobre la clavícula de su madre mientras le acariciaba el cabello, gesto que tenía desde hacía meses y que ya no abandonaría jamás.
—o—o—o—
No supo por qué, pero mientras volaba encima de su escoba a toda velocidad hacia la capital y llevaba en su espalda a Hikari, aquel momento del pasado se le cruzó por la mente.
Nunca había querido ser el tipo de padre que se opone a todo, así que, en cuanto cumplió los quince años, recibió su grimorio y según las normas del Reino del Trébol, la aceptó en los Toros Negros.
Esa iba a ser su primera misión larga, pero no entendía por qué había vuelto en esas condiciones. Era una misión con novatos de otras órdenes y con dos líderes de grupo mayores para supervisarlos y, en principio, bastante sencilla. Además, había vuelto sola, así que la primera hipótesis que manejó fue que se había perdido y la habían atacado.
Sin embargo, aquello no tenía sentido. Hikari no era asustadiza en absoluto y él mismo le había enseñado a rastrear el ki para siempre estar alerta. Si se hubiera quedado sola, habría podido defenderse al menos y no habría acabado tan herida. Solo había dos opciones posibles: o su atacante era infinitamente superior en fuerza de combate y cantidad de magia o uno de sus compañeros la había traicionado y atacado por la espalda.
Sin duda alguna, lo averiguaría tarde o temprano. Se concentró en acelerar la velocidad y se maldijo internamente por no haber despertado a Finral a patadas aunque fuera para llegar más rápido. Pero, cuando vio a su hija en esas condiciones y suplicando que la ayudara, no razonó; simplemente actuó. Sus músculos se movieron prácticamente solos, ansiosos por llegar lo antes posible al hospital para que Owen la curase, sin sopesar mejor las demás opciones que tenía.
Incluso podría haberla sanado Grey, pero algo le decía que ese ataque tenía un trasfondo que debía descubrir sin que nadie se interpusiera. Informar del estado de Hikari a Grey o Finral supondría que Charlotte se enterara y se preocupara aún más, así que llegó a la conclusión de que no había sido tan mala idea. Bastante tenía ya con Hana y su enfermedad repentina, así que él solo se encargaría de ese asunto.
Por fin, llegó a la puerta del hospital. Se bajó de la escoba y sujetó a Hikari entre los brazos como pudo, sin importar que su ropa se manchara más de sangre. Estaba inconsciente, pero su ki, aunque débil, todavía podía sentirse. Estaba viva aún y eso era lo único que verdaderamente importaba. Tenía que salvarla. No había otro camino; o la salvaba o no podría seguir viviendo, su mente no lo dejaría tranquilo y jamás podría volver a dirigirse con normalidad ni a Charlotte ni a sus hijos.
—¡Owen! —gritó en medio del pasillo tras derrumbar la puerta de una patada.
Por suerte, el médico estaba de guardia esa noche y salió enseguida, creyendo que la situación de Hana había empeorado al escuchar el gran estruendo procedente de la entrada y la voz de Yami quebrando el silencio de la noche.
Lo que nunca imaginó era que lo vería allí, en el pasillo, completamente empapado y con su hija mayor en sus brazos y visiblemente herida y ensangrentada. Se dirigió corriendo hacia donde ambos se encontraban.
—¿Qué ha pasado? —preguntó alarmado.
—No lo sé, pero no creo que sea momento de preguntas. ¿Dónde la llevo?
—Claro, claro —admitió, poniéndose en marcha y siendo seguido rápidamente por Yami—. Déjala en esa camilla y la curaré enseguida —dijo cuando llegaron a la primera sala de curación que se encontraron.
Yami vio al doctor cerrando la puerta y se quedó en el pasillo a esperar. Se enfocó en sentir el ki de Hikari de nuevo. Seguía estando viva. Se apoyó contra la pared, sintiendo una mezcla horrible y extraña de alivio e inquietud en su interior. Se restregó el rostro con fuerza y después, decidió que se fumaría un cigarro incluso estando allí.
Durante las horas que tuvo que esperar a que Owen saliera, estuvo analizando concienzudamente de nuevo las posibles causas del ataque de Hikari. No llegó a ninguna conclusión, por supuesto, pero se juró a sí mismo que averiguaría la verdad y que se encargaría personalmente de destrozar a la persona que se había atrevido a herir de esa forma a su hija.
El reloj del pasillo le indicó que eran las cuatro y media de la mañana. Si no se equivocaba, habrían llegado al hospital sobre la una y aún seguía esperando. Se le estaba haciendo una tortura el paso tan lento del tiempo. Era como si las manecillas del reloj no consiguieran moverse con su curso normal. Al menos, el ki de Hikari estaba más estabilizado, aunque aún seguía algo débil.
Tras quince minutos más, Owen salió de la sala para informar del estado de Hikari a su padre. Lo miró serio, porque sabía que le iba a costar mucho describir todas las lesiones que la chica tenía en su cuerpo, pero hacerlo era su obligación como profesional y como amigo de Yami.
—¿Qué tal está?
—La he conseguido estabilizar y está fuera de peligro. Ahora mismo está dormida, pero todo indica que mañana se despertará. ¿Quieres… que te explique las lesiones que tenía?
—Sí —pronunció Yami sin siquiera titubear.
Owen suspiró, intentando ordenar sus pensamientos para hilar adecuadamente su discurso, y empezó a hablar.
—No sé quién o quiénes le habrán hecho esto, pero la cantidad de lesiones y su gravedad me han sorprendido mucho. Se ensañaron claramente con ella. Tenía hematomas en el rostro, el abdomen y la espalda. Su pierna izquierda tenía los huesos destrozados y los músculos desgarrados. Su labio estaba partido, algunas uñas de sus manos habían sido arrancadas e incluso le rompieron la ropa y le quitaron los zapatos. Ha debido de andar mucho tiempo descalza, porque tenía ampollas graves en las plantas de los pies. Seguramente, se las hizo caminando hacia tu base. Y ya no hablemos de las hemorragias internas. Tenía dos órganos dañados. Si hubieses tardado diez minutos más en llegar, no habría sobrevivido.
—¿Algo más?
Owen miró sus ojos oscuros. Parecían vacíos y muy alejados de la reacción que esperaba por su parte. Sabía a lo que se refería, así que le contestó rápidamente.
—No presentaba lesiones por agresión sexual ni indicios de oposición ante un ataque de estas características. Es la única buena noticia que te puedo dar.
—No le cuentes nada de esto a nadie.
—Pero, Yami…
—A nadie —dijo con voz sombría.
Lo observó mientras se alejaba por el pasillo para salir a la calle, donde ya había dejado de diluviar. Su cuerpo parecía tenso y, cuando vio su puño apretado, se dio cuenta de que le salía sangre de la mano por la fuerza que estaba ejerciendo.
A los pocos minutos, escuchó un gran ruido proveniente de fuera; probablemente, Yami estaba destrozando todo lo que se encontrara a su paso y no pensaba ir a detenerlo. Era mejor que se desquitara de esa forma antes de que intentara ajustar cuentas con el culpable de esa situación.
Sin embargo, lo que Owen no sabía era que el Capitán de los Toros Negros, mientras destrozaba árboles, pozos y vallas, también se fijó un objetivo claro que se convertiría en su obsesión durante las horas siguientes: mataría al responsable del sufrimiento de su hija y lo haría de una forma mucho más cruel, sanguinaria y dolorosa que la que ese sujeto había usado para torturarla.
Llegó a la base por la mañana muy temprano, cuando sabía que aún nadie habría despertado. Se coló en el baño rápido, se deshizo de la ropa manchada de sangre que llevaba y se bañó para quitarse la que tenía reseca en el rostro y en los brazos.
Pensó mil maneras de actuar de forma normal con Charlotte y sus hijos, pero no se le ocurría ninguna, así que decidió que se inventaría que Asta le había encargado una misión confidencial y urgente y que se tenía que marchar ese mismo día, a pesar de que podría ser descubierto con relativa facilidad.
Le preguntaría a Hikari directamente quién la había herido cuando despertara y se encargaría personalmente de ir a buscarlo. Lo haría solo y sin que nadie lo supiera, ni siquiera ella. Ya se le ocurriría algo para que todo le saliera según sus planes.
Salió del baño con una toalla alrededor de la cintura y se miró en el espejo que había en su habitación. Tenía el pelo hacia abajo y las gotas de agua se escurrían por las hebras oscuras, cayendo al suelo. Su rostro era sombrío. Hacía mucho tiempo que no sentía tanta rabia, que no sentía que le había fallado a alguien y que le debía una compensación.
La solución más racional habría sido denunciar los hechos ante las autoridades, pero Yami nunca había sido racional y no iba a cambiar a esas alturas de su vida.
Posó la mano en el cristal. Estaba demasiado tentado a hacerlo trizas con las manos, pero eso significaría armar un escándalo y no quería. Ya había destrozado bastante en la capital, pero la furia que le nacía del pecho y se esparcía por todo su cuerpo no paraba de crecer y no sabía cómo controlarla.
Escuchó la puerta abriéndose y miró instintivamente hacia el lugar de donde procedía el ruido. Era Charlotte. Parecía estar agotada, pero era normal. Al menos, esperaba que no se hubiera dado cuenta de su ausencia durante la noche anterior.
—No te esperaba despierto tan temprano.
—No he podido dormir mucho. ¿Cómo está Hana?
—Un poco mejor. Owen me dijo que vendría más tarde a verla. Esperemos que nos dé una solución definitiva, porque Grey también ha estado con ella y dice que no puede hacer nada.
—Sí… Charlotte —pronunció con seguridad, intentando sonar como siempre—, tengo que ir a una misión.
—¿Ahora? Yami, Hana no está bien. ¿Y si se pone peor?
—Es urgente. No puedo negarme.
—¿Es que no hay otro que pueda hacerlo?
Yami se aproximó a la mujer, le apartó un mechón de cabello dorado del rostro y le acarició la mejilla con el pulgar, mientras dejaba la mano posada en su cuello. La necesitaba. Su corazón sabía que lo que genuinamente quería era quebrarse, contarle todo y que lo consolara, pero tenía motivos de peso para resistirse y no hacerlo.
—Si le sube una sola décima la fiebre, avísame con la herramienta de comunicación y estaré aquí en un minuto.
Charlotte suspiró, le acarició el costado, que aún seguía húmedo, y le sonrió tenuemente, haciendo que se alegrara mucho, porque se había pasado algunos días sin mostrar ese gesto en su rostro.
—Está bien. ¿Tardarás mucho en volver?
—No. Con suerte volveré mañana, pero me tengo que ir ya.
—Vale.
—Ya sabes, si pasa algo me llamas, ¿vale?
La mujer asintió, se besaron en los labios y se marchó para volver a la habitación de su hija.
Yami, por su parte, volvió a mirarse en el espejo al encontrarse solo. No le gustaban las mentiras, pero sabía que esa era necesaria. Porque él podía ser sobreprotector con sus hijos, pero Charlotte estaba en otro nivel y no quería que le ocurriera a ella nada malo.
Se fue de la base volando en su escoba. Recorrió la capital, intentando buscar información sobre la misión en la que iba a participar su hija mayor. Averiguó algunos nombres de los integrantes de la misión por si Hikari no recordaba bien o simplemente no quería contarle la verdad.
Al atardecer, fue al Hospital de Caballeros Mágicos con la esperanza de que Hikari se hubiese despertado. Entró en la habitación en la que suponía que seguiría. Al observar la cama, que estaba en el centro del cuarto, se dio cuenta de que estaba dormida, pero su ki parecía mucho más activo. Tenía algunas vendas en el rostro y en los brazos, pero incluso el color de su piel había mejorado.
Decidió sentarse en una silla a su lado y esperar a que despertara. No tuvo que hacerlo por mucho rato, porque, en cuanto sintió el ruido de la silla, lo hizo.
Sus ojos se movieron con algo de desesperación, pero se calmaron inmediatamente, en cuanto vieron que su padre estaba allí, a su lado. Lucía serio. Y no como cuando era pequeña, hacía una trastada y se enfadaba, sino de un modo que no le había visto nunca. Sus ojos gritaban, furiosos.
Su padre nunca había sido un hombre a quien le gustara hablar demasiado, así que ella había encontrado dos formas de descifrarlo. La primera eran sus ojos, que solían hablar, contándole sus sentimientos, con su brillo. La segunda era la lectura de su ki, una herramienta que él mismo le enseñó para el combate, y que a veces pensaba que no solo se la había transmitido para que le fuera útil en las batallas, sino también para que pudiera entenderlo mejor. En ese momento, su ki se contraía con una ira que jamás había sentido, pero supo enseguida que no era contra ella.
—Ey, ¿cómo estás?
La voz le salió mucho más suave de lo que Hikari esperaba. Su ki seguía fluctuando con violencia, pero se estaba esforzando por que no lo pareciera, a pesar de que sabía perfectamente que ella podía sentirlo.
Intentó hablar, pero las palabras no le salieron en un principio, así que Yami le acercó un vaso de agua que estaba sobre la mesita de noche y se lo bebió con algo de dificultad.
—B-bien… —susurró despacio.
Yami frunció el ceño y entrelazó los dedos mientras apoyaba sus codos sobre sus muslos durante unos segundos. Después, se irguió de nuevo en la silla y se masajeó ligeramente el puente de la nariz. Intentaba a la desesperada articular un discurso medio sosegado, pero no sabía si sería capaz de hacerlo.
—¿Quién te ha hecho esto? —preguntó de forma seca.
La chica, en consecuencia, se estremeció.
—Papá, yo… no es necesario que…
—Dime quién te ha hecho esto, Hikari. No te lo voy a repetir de nuevo.
Tragó saliva con algo de dificultad. Yami solo la llamaba, tanto a ella como a sus hermanos, por su nombre cuando iba en serio. Le tembló la barbilla y las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos. Estaba sobrepasada. No quería que su padre hiciera nada que pudiera perjudicarlo, pero necesitaba desahogarse con alguien y él siempre había sido su principal apoyo.
—F-fue uno de los líderes de la misión.
—¿Cuál de ellos?
—El hombre. No me acuerdo bien de su nombre, yo…
—Descríbelo.
Hikari empezó entonces a llorar. No pudo contener más las lágrimas, que llevaban algunos segundos pendiendo de sus ojos. Su garganta estaba como retorcida, porque casi no podía tragar su propia saliva, y su corazón le palpitaba tan rápido que podía sentirse el pulso en el cuello.
—Tiene el pelo la-largo, castaño… los ojos rasgados, azules. Es alto y pertenece a las Orcas Moradas.
—¿Por qué?
—Papá, por favor…
—Cuéntamelo.
—Me dijo… Me dijo que lo acompañara un momento, porque quería enseñarme algunos movimientos que creía que no sabía hacer bien con la katana. Nos alejamos mucho del grupo, pero confiaba en él. Era mi superior, así que… confié en él…
No podía más. Se sentía tan inútil y estúpida que no pudo seguir hablando. Se cubrió la cara con las manos mientras seguía sollozando hasta que sintió una mano grande, ruda, posándose en su espalda. Se quedó allí, quieta, sin moverse ni un centímetro y sin exigirle que dejara de llorar, se calmara o siguiera contándole.
—Eso solo demuestra que eres una persona leal y que querías aprender y hacer tu trabajo bien. No es tu culpa, mocosa.
Al escuchar aquella palabra, se destapó la cara y pudo mirar los ojos de su padre con paz por fin. Podía ver un tinte de comprensión en su reflejo y eso logró calmarla considerablemente. Se secó las lágrimas y decidió continuar hablando.
—Me atacó de una manera muy ruin, por la espalda. Casi no pude reaccionar. Me dijo que los extranjeros como yo tendríamos que estar fuera de las órdenes y del reino, que sabía quién eras tú y que no entendía cómo me habían puesto a su cargo. Y después empezó a golpearme. Una vez y otra sin parar. Me rajó la ropa, sobre todo el manto, me quitó los zapatos y perdí la consciencia por el dolor durante un rato. Cuando me desperté, llovía, tenía mucho frío y solo quería ir a casa… así que… empecé a caminar. Solo quería… ir a casa…
Yami la abrazó y en ese momento recordó cuando era una niña pequeña y se caía por ser tan nerviosa y querer ir corriendo a todos lados. Lloraba desconsolada hasta que él la abrazaba y le decía que todo iba a estar bien y por fin paraba.
—Todo va a estar bien.
Hikari asintió y, cuando dejó de llorar, se separó de Yami, que la despeinó ligeramente con una caricia en la cabeza. Ella solo sonrió, pero pronto, el semblante del hombre cambió. Se levantó y comenzó a hablar.
—Vas a ir a la base esta noche y te vas a ir a dormir al cuarto de Einar. Hana está enferma, pero tu madre está con ella.
—¿Hana está enferma? —preguntó con preocupación.
—Sí, pero ya está mejor y mamá me avisará si algo se complica. No le puedes contar nada a nadie sobre esto. A nadie. Mañana cuando veas a Grey, le dices que te cure completamente. La versión que vas a dar es que sufristeis una emboscada, se canceló la misión, llegaste de noche algo malherida y no quisiste molestar a nadie.
—No quiero mentir a mamá.
—Hikari, esto no te lo estoy diciendo como tu padre; esto es una orden que te está dando tu capitán y que debes acatar.
La joven desvió la mirada y asintió tímida y débilmente. Nunca había engañado a su madre, pero no podía desobedecer a Yami si actuaba como capitán. Sus principios y su juramento simplemente no la dejaban hacerlo.
—¿Tú por qué no vuelves a la base conmigo?
—Asta me ha encargado una misión urgente. Se lo he dicho a tu madre. Volveré mañana.
Hikari asintió sin poder obviar el nudo en su garganta ni el sudor provocado por el nerviosismo que le escurría por la nuca. Observó a su padre abandonando la habitación. Tenía un mal presentimiento que no se le iba del cuerpo y no era en vano, pues su vida iba a cambiar pronto de forma radical y para siempre.
Llovía. No recordaba un aguacero igual. La calzada estaba resbaladiza y sus botas estaban empapadas, pero no podía marcharse aún.
Buscaba al hombre que su hija mayor le había descrito sin cesar. Lo hacía en los lugares más oscuros y sombríos, porque sabía que los Caballeros Mágicos de ese tipo se escondían por ahí, especialmente los nobles. Intentaban crear una imagen ideal y perfecta, pero estaban podridos casi todos y eso Yami lo supo en cuanto llegó al Reino del Trébol.
Cuando Hikari relató las palabras que le había dedicado, supo que se trataba de un noble. Nadie trataba a los extranjeros peor que los nobles. Se creían seres superiores, pero realmente eran rastreros; eran ratas que solo se preocupaban por su nombre y sus riquezas, y que apartaban a los demás y los destruían si se les presentaba la ocasión.
Esperaba en la entrada de una taberna mientras fumaba y se resguardaba de la lluvia cuando vio salir a un hombre que coincidía exactamente con la descripción que Hikari le había dado. Incluso llevaba el manto de las Orcas Moradas, así que supo que al fin lo tenía.
Lo siguió de forma sigilosa y, cuando estaban pasando por un callejón oscuro y silencioso, llamó su atención.
—¡Eh, tú! —El joven se dio la vuelta y lo miró de mala gana. No tendría más de veinte años, pero la soberbia impregnaba todo su rostro y se notaba que miraba por encima del hombro a quien consideraba inferior—. Estabas a cargo de una misión, ¿no? ¿Qué haces aquí emborrachándote?
—¿Qué coño te importa, viejo? —espetó con burla.
Yami se acercó solo dos pasos. Tan solo dos. No quería equivocarse de persona, así que se cercioraría de que aquel sujeto era quien había atacado a su hija.
—Hikari Sukehiro estaba contigo, ¿no es así?
—¿Quién? —preguntó son sorna y después sonrió.
—La novata de los Toros Negros.
—Ah, esa. La eché por incompetente.
Yami se movió finalmente hacia él, lo agarró por la tela del manto con fuerza y lo estrelló contra un muro cercano. Había tanto ruido de borrachos y trifulcas en los alrededores que sabía que nadie lo escucharía. Todo se perdería entre los otros sonidos de la noche y él podría finalmente actuar acorde a su plan.
—Eres un hijo de puta que es capaz de maltratar a una niña aprovechando ser su superior.
—¿Niña? Está bastante crecidita. —Yami apretó el agarre, comenzando a cortarle la respiración levemente—. Le dije la verdad, que en este reino no queremos putas extranjeras. No la entrenan muy bien, eh, porque era bastante débil. Gritaba como una zorra mientras la golpeaba. No me la follé porque me daba asco tocar a una sucia plebeya extranjera.
Yami dio entonces el primer puñetazo, desgarrándole instantáneamente la mandíbula con solo su fuerza. La sangre salió a borbotones, escurriéndose también por su brazo, y vio al menos tres dientes saliendo disparados de su boca. Escuchó los gritos desconsolados y que le desgarraron la garganta y vio lágrimas de puro dolor surcándole el rostro, pero le daba igual. Él no había tenido piedad con su hija, así que actuaría del mismo modo.
—¿Quién es ahora la zorra incompetente que grita? —le susurró al oído con malicia.
Después, lo soltó bruscamente, provocando que su espalda golpeara contra el suelo.
El viento sopló, haciendo que su manto de los Toros Negros ondeara, y un rayo que cayó cerca iluminó el oscuro callejón.
En el momento en el que Yami sacó la katana, los ojos azules del joven vibraron con el mayor terror que jamás había visto en una mirada. Pero lo disfrutó. Lo disfrutó con intensidad porque sabía que ese tipo se había dado cuenta al fin de quién era y de que, en consecuencia, sus días estaban contados.
Continuará...
Nota de la autora:
Pues aquí está la idea principal del fic. A partir de aquí todo drama con lo que os comenté, algunos flashbacks para no morirnos de pena xd.
Yami es bastante sobreprotector y no me quiero imaginar lo que pasaría si alguien le hace algo a uno de sus hijos cuando los tenga. Bueno, probablemente haría justo esto que ha pasado aquí. Que no es justificable en absoluto, pero bueno, esto es un fanfic ambientado en una época ficticia, como ya sabéis.
Por cierto, el lunes empieza la yamichar week, en la que por supuesto participaré todos los días, así que por allí os espero.
Espero que os haya gustado.
¡Nos vemos pronto!
