-Presunción de inocencia-
Capítulo 4. La caída
Al llegar a la base, sintió un aire frío recorriéndole el cuerpo de arriba abajo y calándosele en los huesos. La observó con minuciosidad antes de entrar. Ese edificio era su vida entera. Allí había pasado todos los años de su existencia, se había relacionado con todos los integrantes de los Toros Negros, había visto crecer a sus hermanos y a los hijos de personas que eran fundamentales para su vida; había llorado, reído, aprendido, amado… pero en ese momento le resultó un lugar bastante hostil, aunque no logró comprender bien por qué.
Tal y como le había ordenado su padre, mejor dicho, su capitán, al caer la noche y aprovechando la tranquilidad del sueño de sus habitantes, fue hacia allí. Entró de forma sigilosa para no alertar a nadie —sobre todo, a su madre— y se dirigió al cuarto de su hermano pequeño.
La puerta, al abrirse, chirrió levemente y su rostro compuso una mueca de fastidio. Cuando entró completamente al cuarto y logró cerrarla sin más ruido, suspiró al percatarse de que nadie la había escuchado entrar; tampoco su hermano, que dormía en su cama de forma sosegada.
Se acercó hacia él despacio y lo observó en la penumbra de la noche. Cada día se parecía un poco más a su padre y no solo en su físico, sino también en muchos de sus comportamientos. Le acarició un poco el pelo y lo vio moviéndose para ponerse de lado en la cama, como haciéndole un sitio junto a él.
Sonrió tranquila; no tendría que despertarlo al menos. Se quitó los zapatos prestados y se acostó sin cambiarse siquiera, porque eso significaría tener que ir hacia su habitación y no quería correr más riesgos. Siseó un poco de dolor al acoplarse en el colchón, pues sus heridas no estaban completamente curadas, pero respiró profundo para prestarle la mínima atención posible.
Se tapó e hizo lo mismo con el cuerpo menudo de su hermano, que pronto se movió de nuevo, abriendo los ojos al darse la vuelta por completo.
—¿Tata…?
—Duérmete otra vez, mocoso —susurró la chica mientras volvía a acariciarle el cabello.
—Me había dicho papá que estabas en una misión —dijo el niño, imitando el tono de voz de su hermana mayor mientras se restregaba los ojos de forma somnolienta.
Hikari tragó saliva de forma dificultosa y una punzada de dolor se coló en su sien al recordar cómo se había desarrollado aquella misión que tanta ilusión le hacía en un principio, pero que se acabó convirtiendo en su peor pesadilla.
Cuando fue invitada a realizar una misión larga con otros novatos de distintas órdenes, se puso muy contenta. Se sentía orgullosa de que se hubieran fijado en ella para empezar a realizar tareas más complejas y aliviada por poder escapar durante unos días de la sobreprotección de sus padres.
Los amaba profundamente y los admiraba como nadie, pero sentía que no podría progresar todo lo que quería si siempre la estaban protegiendo, así que esa misión fue como un bálsamo; una vía de escape perfecta para desarrollarse y demostrarle a ambos que era capaz de ser una guerrera excelente y de estar sola.
Sin embargo, falló. Y no solo a sus padres, sino también a sí misma, porque no podía creer que hubiese bajado tanto la guardia y haber salido tan mal parada de la situación. Además, siempre había tenido la presión constante de triunfar, porque nadie podría imaginar que la hija de dos de las personas más fuertes del Reino del Trébol se dejara vencer tan fácilmente, así que se sentía muy avergonzada por no cumplir las expectativas que todo el mundo tenía puestas en ella.
—Es que… las cosas se han complicado y hemos tenido que suspenderla.
—Oh… —musitó el niño—. Pero al menos has usado la katana que te regaló papá, ¿no? —continuó, esta vez subiendo un poco el tono de voz.
—Shhhh, no hables tan alto que es tarde y vas a despertar a alguien. Sí, la he usado.
—¿Y ha sido genial? —preguntó, logrando bajar el tono, lleno de ilusión.
Hikari apartó la mirada por un momento de los ojos emocionados de su hermano. Le dolía ver que estaba lleno de orgullo por sus aptitudes en el campo de batalla y que tenía que mentirle, contándole que todo había salido bien, cuando realmente se había sentido peor que nunca. Suspiró y después fingió una sonrisa.
—Sí, claro. Ha sido genial. He usado todos los movimientos que papá me enseñó.
Una risa inquieta impregnó la habitación y la joven únicamente atinó a despeinar sin cuidado el cabello negro de su hermano. Le sonrió, esta vez de forma genuina, y lo abrazó. No entendía bien por qué, pero sabía que era su referente y quería actuar de la forma en la que él esperaba que lo hiciera.
—Oye, ¿cómo está Hana?
Einar alzó un poco sus ojos azules para observar a Hikari mientras continuaba abrazándola.
—Está mejor. Mamá me ha dicho que tal vez mañana ya pueda salir de su cuarto.
—Qué bien… —dijo en un susurro entrecortado—. Y ahora a dormir, que es tarde, ¿vale?
—Vale, pero tata, ¿por qué has venido a dormir aquí conmigo?
—Porque te he echado mucho de menos… —afirmó, apretando de nuevo el abrazo y cerrando los ojos.
De momento, trataría de descansar y de no pensar más. Al día siguiente, ya resolvería el encuentro con su madre y las explicaciones que sabía que tendría que darle. Pero eso era cosa del futuro, porque en ese instante solo quería apagar su consciencia… y olvidar.
La primera vez que mató a una persona estuvo al menos dos días completos sin dormir. Tenía apenas diecisiete años y los gritos de súplica del hombre al que le quitó la vida lo persiguieron durante meses.
Con el tiempo, simplemente fue acostumbrándose. Su trabajo consistía en proteger a los demás y si para ello tenía que acabar con quienes se interpusieran en su cometido, lo haría sin dudarlo. A cambio, exponía a diario su propia seguridad para que gente que en ocasiones lo repudiaba pudiera seguir con sus pacíficas vidas.
La vida es una espiral de injusticia en muchas ocasiones, pero Yami no solía pensar en eso con asiduidad, porque bastante le había dado como para reprochárselo. Al llegar al Reino del Trébol, jamás imaginó que podría construir tanto, que podría conseguir a tanta gente que valía la pena y que estaba dispuesta a hacerlo todo por él, como ya le había demostrado en muchas ocasiones.
Y le tocaba devolver ese compromiso. No estaba dispuesto a permitir que alguien que le importaba tanto fuera lastimada en esas proporciones y que el responsable no lo pagara. Así que, cuando acabó con ese sujeto de la forma más cruel que había hecho jamás, se fue del lugar, dejando todas las evidencias posibles, porque le daba igual que descubrieran quién había sido el autor del crimen.
No le importaban las consecuencias. Más bien, estaba dispuesto a asumir y a lidiar con todas y cada una de ellas.
Decidió pasar la noche en una posada cercana. No tenía muy buena fama, pero sabía que allí podría pasar desapercibido, sin que nadie le preguntara por su aspecto ni sus condiciones. Pagó a la mujer de la recepción, que lo miró con ojos antipáticos, y subió las escaleras de forma decidida.
Tuvo suerte, ya que en la habitación al menos había un baño minúsculo en el que se bañaría y lavaría la ropa de la forma que pudiera. Ya se encargaría de llegar a la base en un momento de tranquilidad para deshacerse de ella.
Se miró al espejo después de frotarse la cara con energía. Sus ojos no mostraban ni un mínimo de arrepentimiento y le pareció bien, porque sabía que en realidad había hecho lo que quería y que ya no tenía motivo para negárselo. Ya no era un chico de diecisiete años que intentaba ganarse la vida y un hueco en un lugar al que nadie quería que perteneciese.
Se tumbó en la cama, dejando su cuerpo estirado por completo en el colchón. Los muelles rechinaron tanto que pensó que se romperían, pero finalmente no pasó nada. Debían estar completamente oxidados por el tiempo, aunque era más que consciente de que había dormido en sitios mucho peores, así que no tenía queja.
Se durmió en poco rato, porque llevaba demasiadas horas sin hacerlo y el agotamiento le venció.
Yami había pensado que asumiría las consecuencias de sus actos sin rechistar, y eso estaba bien, pero se le escapó un detalle muy importante: su entorno. Yami tenía familia; una familia que también tendría que lidiar con todo lo que conllevaría aquel asesinato.
Se despertó temprano, justo como solía hacer todos los días. Se estiró como pudo, intentando no molestar a su hija, que dormía a su lado. La miró en silencio y después le tocó la frente. Parecía que la temperatura de su cuerpo finalmente se había estabilizado. Con algo de suerte, durante ese día se recuperaría completamente y esa misma noche ella podría volver a dormir en su habitación.
Se sentó en la cama y luego escuchó unos ruidos somnolientos procedentes de Hana, que se revolvió dentro de las sábanas. Se dio la vuelta y la observó. Sus ojos marrones la miraban con su timidez innata. Le sonrió y le acarició el cabello dorado.
Hana era la única de sus hijos que había heredado su color de pelo, pero no solo eso. Sus personalidades eran muy parecidas, sobre todo cuando Charlotte era una niña. Por eso, empatizaba tanto con ella, porque entendía que le costaba relacionarse un poco con los demás. Sabía que aquello iría cambiando con el tiempo, pero le gustaba intentar ayudarla.
Aunque también era cierto que no le importaba mucho cómo los demás la percibieran o si no querían relacionarse con ella, y sabía que en eso era igual que su padre.
—¿Cómo te encuentras?
—Mejor, mamá —aseguró, sentándose inmediatamente después.
—¿Seguro?
—Sí, de verdad.
—¿Quieres bajar a desayunar hoy?
Hana asintió mientras sonreía levemente. Así que Charlotte le preguntó que si podía vestirse sola para que ella fuera mientras a su habitación y le dijo además que volvería después a buscarla. La niña le contestó que sí y no le extrañó. Era muy independiente desde hacía algún tiempo y a veces se preguntaba si de verdad solo tenía diez años.
Salió de la habitación para dirigirse hacia la suya. En el camino escuchó un par de voces, pero al principio no le dio importancia, hasta que reconoció que una de las voces era la de Hikari y que procedía de su cuarto.
Detuvo su recorrido y lo desvió un poco para comprobar qué estaba pasando. Se asomó a través de la puerta, que estaba abierta, y vio a Grey charlando con su hija mayor.
—¿Hikari?
La chica volteó la mirada hacia donde su madre se encontraba. Había sentido su ki desde que se había despertado para prepararse mentalmente para contarle todo tal y como su padre le había indicado. Y estaba nerviosa, porque realmente no recordaba ni una sola ocasión en la que la hubiese engañado, pero debía hacerlo. No era buena idea traicionar la confianza de su capitán y tampoco quería agregarle otra carga más a Charlotte, que se veía especialmente agotada.
—Hola mamá —saludó de la forma más casual que pudo mientras le sonreía de manera enérgica.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con desconcierto.
Grey, que era la persona que la acompañaba, pues la estaba curando, se levantó para dejar que hablaran a solas.
—Bueno, yo me voy ya.
—Vale. Muchas gracias, Grey.
Charlotte le agradeció también por el tratamiento y, cuando Grey se marchó, se colocó enfrente de su hija, que seguía sentada en la cama. Su sonrisa era amplia, pero sus ojos denotaban un brillo asustado y lleno de decepción que la estaba comenzando a preocupar seriamente.
—¿Qué ha pasado con la misión?
—Ha sido suspendida.
—¿Por qué?
—Nos emboscaron y tuvimos que huir. Dijeron que se encargaría otro grupo con más experiencia.
Charlotte frunció el ceño con desconfianza. Era muy extraño que una misión de una categoría tan sencilla se torciera tanto y más teniendo en cuenta que los novatos no iban solos, sino acompañados por dos caballeros mágicos que tenían experiencia aunque fueran jóvenes.
—¿Estabas muy herida?
—No, no. Solo unos rasguños.
Sus palabras seguían contradiciendo a sus ojos, que le susurraban inconscientemente que algo iba muy mal. Así que Charlotte se sentó al lado de su hija y le sujetó las manos entre las suyas. Las apretó con comprensión y sus ojos azules chocaron.
—¿Qué es lo que pasa?
Los ojos de Hikari se humedecieron y el labio inferior le tembló. Abrazó a su madre mientras comenzaba a llorar sobre su clavícula, aunque sabía que no podía decirle la verdad.
—No pude hacer nada, mamá… Me sentí tan inútil.
—No pasa nada, cariño. Estás aprendiendo, es completamente normal.
Hikari asintió y después entrelazó dos dedos en un mechón de cabello dorado de su madre, hábito que adquirió cuando era pequeña y que aún conservaba, porque hacía que se sintiera completamente en paz.
Tras unos minutos en los que logró desahogarse —al menos, un poco—, cortó el abrazo con su madre y se quedó mirándola. Se secó las lágrimas y le sonrió de nuevo.
—¿Cómo sigue Hana?
—¿Cómo sabes eso?
—Ayer por la noche me fui a dormir con el mocoso y me contó que está enferma.
—Ya está mejor. De hecho, va a bajar a desayunar. ¿Por qué no vas a buscar a tu hermano y bajamos a desayunar juntos?
—Claro.
—Papá no está.
—¿Ah, no? —preguntó, fingiendo sorpresa.
—Está en una misión, pero vuelve esta tarde.
—Vale. Pues voy a buscar al mocoso y ahora nos vemos en la cocina.
Charlotte asintió y se marchó. Sabía que su hija mayor le estaba escondiendo algo, pero la dejaría tranquila. Todos tenemos secretos o cosas que nos avergüenzan contar, así que no quería presionarla. Si en algún momento quería hablarle del tema, la escucharía y la apoyaría y si no, también estaba bien. Era una joven muy responsable y confiaba en ella, así que decidió que no se preocuparía demasiado.
Procuró llegar pronto, aunque aun así detectó movimiento dentro de la base. Voló con su escoba hacia la ventana de su habitación, asomándose después con cautela para comprobar que Charlotte no estaba allí. Sintió su ki y el de sus hijos en la cocina, así que entró y cerró la ventana rápidamente.
Se concentró de nuevo en sentir la energía vital de los miembros de su familia. Hana parecía estar bien finalmente y Hikari, curada. Su ki se movía de forma arrepentida y preocupada, pero al menos sabía que su estado físico era bueno.
Su hija mayor tenía un sentido de la lealtad muy fuerte, así que era consciente de que le tenía que haber costado muchísimo mentirle a su madre, pero debía hacer las cosas así por el momento. Las noticias acabarían llegando y lo harían de forma mucho más veloz si sus sospechas se confirmaban y aquel hombre al que había matado pertenecía a la nobleza.
Pero estaba tranquilo. Lo estaba por completo, porque no se arrepentía de cómo había actuado, así que no tenía ningún remordimiento.
Se deshizo de la ropa y se cambió. Justo cuando iba a salir de la habitación, escuchó unos pasos recorriendo el pasillo. Suspiró antes de ver la puerta abriéndose y a su mujer entrando.
—Hola —saludó él de forma casual.
Charlotte compuso un gesto de asombro, pero después se acercó rápidamente.
—Hola. No te he escuchado llegar. Pensaba que tardarías un poco más.
—Ya sabes que puedo ser muy sigiloso —dijo y estiró el brazo para aproximarla a su cuerpo agarrándola de la cintura.
La besó un par de veces y luego la miró a los ojos. Se la veía mucho más tranquila que los días de atrás y, en consecuencia, él se sentía también mucho más aliviado. Charlotte se rio quedamente y Yami la abrazó en silencio.
Hacía muchos años, recordaba que Charlotte no solía sonreír asiduamente y mucho menos reírse. La primera vez que vio su sonrisa pensó que era el gesto más bonito que había tenido la suerte de presenciar. Con el tiempo, aquellas muecas de felicidad se fueron multiplicando y él nunca llegó a entender cómo era posible que aquello sucediera mucho más cuando estaba a su lado.
En cualquier caso, siempre le había gustado verla sonreír y hacer que se riera. La felicidad de la gente a la que amamos se nos contagia con bastante facilidad y Yami realmente no necesitaba nada más que verla bien para sentirse bien.
—¿Cómo está Hana? Su ki parece haber mejorado.
—Está ya bien, con sus hermanos desayunando. De todas formas, espero que Owen encuentre la causa y que esto no se vuelva a repetir. He estado muy asustada estos días.
—Lo sé. Pero la mocosa es fuerte, seguro que estará bien. Se parece mucho a su madre.
Charlotte le sonrió con dulzura, pero pronto se percató de un detalle del que Yami debería haberse sorprendido y que no resaltó.
—¿No te resulta extraño que esté desayunando con sus hermanos?
—¿Eh? ¿Por qué?
—Porque Hikari estaba en una misión, ¿recuerdas?
Yami la miró con algo de seriedad. Se alegraba mucho de nunca haberle enseñado a Charlotte a rastrear el ki. Con un dominio bueno, se podía saber incluso hasta cuando una persona estaba mintiendo y era más que consciente de que ella sería capaz de hacerlo porque era muy inteligente.
—Ah, sí, es verdad. Con lo de Hana y mi misión, se me había olvidado. ¿Qué ha pasado? —preguntó, fingiendo que no sabía nada.
—Dice que tuvieron que suspenderla por una emboscada, pero no sé, parece que me está escondiendo algo.
—¿Hikari? Ella no es así.
—Ya, ya lo sé. Solo ha sido una sensación…
Ante su preocupación latente, Yami la sujetó por los hombros y le dio un ligero apretón lleno de afecto.
—Confía en ella.
—Lo hago —profirió mientras asentía. Se quedó en silencio algunos segundos y después decidió que preguntaría por su misión—. ¿Tu misión ha ido bien?
—Sí, todo bien.
—¿Por qué tanta urgencia?
—No lo sé, pero aún no puedo contar nada. Ya sabes, no es algo que esté en mi mano.
Charlotte suspiró resignada. Supuso que, cuando pudiera, le contaría los detalles. Se puso la armadura, que era realmente su propósito para volver a la habitación, le dijo a Yami que bajaran a la cocina y así lo hicieron.
Hana, Hikari y Einar estaban sentados alrededor de la mesa mientras Charmy no paraba de prepararles platos.
—¿Cómo estáis, mocosos?
—¡Papi! —saludó Einar con alegría mientras le sonreía.
Yami, como respuesta, lo despeinó brevemente.
—Hana, me ha dicho mamá que estás mejor.
—Sí, papá. Ya estoy bien.
—Me alegro mucho. Hikari —dijo, dirigiéndose a su hija mayor, que apenas había tocado su plato—, ¿qué ha pasado con tu misión?
La joven le clavó los ojos azules en el rostro con firmeza. Ambos sabían que estaban mintiendo, así que se le hacía muchísimo más difícil seguir ocultando la verdad, pero no le quedaba de otra.
—Nos emboscaron y se suspendió la misión. Si me disculpáis, me voy a ir a entrenar un rato.
Yami asintió mientras Charlotte la miraba con algo de desasosiego. Pensó en detenerla para hablar con ella, pero Yami se lo impidió sujetándola por el hombro izquierdo y negando con su cabeza.
—Deja que se calme. Estará frustrada por lo de la misión.
Charlotte asintió débilmente, sin estar completamente convencida de que su hija mayor se fuera sin hablar con ella, pero llegó a la conclusión de que Yami la entendía mejor por tener un carácter similar y lo dejó estar. Se sentó al lado de sus otros dos hijos y Yami la acompañó finalmente.
Tenía un sinsabor muy profundo debido a la mentira que estaba tejiendo sobre su familia y también por implicar a Hikari en ella, pero sabía que muy pronto, esa farsa se acabaría.
Cuando pasara la semana de la misión y aquel noble no volviera a casa, saltarían todas las alarmas, buscarían en la fosa común de cadáveres sin identificar y aunarían todas las pruebas necesarias contra él.
Así que, por el momento, se centraría en seguir su vida como siempre, para aprovechar aquel breve remanso de tranquilidad y normalidad que le quedaba y que estaba a punto de esfumarse.
Tal y como Yami predijo, pasó poco más de una semana hasta que la familia de aquel chico denunció su desaparición. En tres días más, encontraron su cadáver, que fue difícil de reconocer por su estado, y se puso en marcha una investigación para encontrar al culpable de su muerte.
Siguieron sus pasos previos hasta que murió y varios testigos lo situaron en la última taberna que visitó. Su cuerpo sin vida se encontró en un callejón paralelo y, al estar destrozado, se llevó sin identificar a una fosa común en la que se solían amontonar los cadáveres de los borrachos que resultaban muertos en reyertas de bar.
Algunos caballeros mágicos de las Orcas Moradas, orden a la que pertenecía aquel joven de familia noble, fueron los encargados, bajo la supervisión del Rey Mago, que fue quien recibió la denuncia de sus padres, de llevar a cabo la investigación.
Pronto encontraron al culpable. Lo identificaron por una colilla que todavía estaba en el suelo del callejón y por un trozo de tela negra de su manto que encontraron a unos cuantos metros, debajo de una piedra ensangrentada.
Sin comunicar el hallazgo al Rey Mago, fueron directamente hacia la base de los Toros Negros para detener a su capitán.
Seis caballeros mágicos se presentaron en el exterior del edificio, donde Yami entrenaba con Hikari. Al verlos, ambos se detuvieron. Ella compuso una cara de extrañeza, pero el hombre simplemente los miró con fijeza, porque sabía bien por qué estaban allí.
—Yami Sukehiro —comenzó a decir una joven de no más de veinticinco años mientras se aproximaba a él—, quedas detenido por el asesinato de Axel Dahl.
Comenzó a ponerle unas esposas ante la impasividad del Capitán de los Toros Negros y pronto, Hikari se acercó a ellos.
—¿Qué clase de broma es esta?
—Tu padre ha matado a un hombre.
—¿Qué? —dijo ella, completamente aturdida—. Ese es nuestro trabajo, no os lo podéis llevar por eso.
—No ha sido en una misión ni por el reino. Ha matado a alguien de nuestra orden y que pertenece a una casa noble muy importante.
La chica ató cabos muy rápidamente. El interés por la descripción del hombre que la atacó, la repentina misión que hizo ese mismo día, las excusas y mentiras que ambos le habían contado a su madre… Todo encajaba perfectamente.
—Papá… ¿tú…?
—Lo siento mucho, mocosa.
Yami la miró mientras le sonreía y ella no pudo evitar que las lágrimas empezaran a salir de sus ojos. No quería eso. No podía soportar la idea de que su padre fuera a ser encarcelado por su debilidad.
Justo cuando iba a sacar la katana para hacerles frente a esos caballeros mágicos que habían ido a detener a Yami a su propia base, vio unas zarzas gruesas que se colaban por su costado para derribar a dos de ellos.
—¿Qué es lo que está pasando? —preguntó Charlotte con determinación al llegar.
—Tenemos una orden de arresto contra el Capitán de los Toros Negros.
—Enséñame eso —dijo mientras le quitaba bruscamente el papel que le ofrecía.
Charlotte leyó las líneas con incredulidad. Era una orden de arresto, pero no era contra Yami. En ella, se decía que había orden por parte del Rey Mago de detener al autor del asesinato de Axel, heredero de la casa noble de los Dahl.
—En ningún lado pone aquí que la orden de arresto sea contra Yami. Así que os exijo que lo soltéis o tendré que obligaros a que lo hagáis.
Charlotte preparó sus zarzas para atacar, pero cuando miró a Yami, se dio cuenta de que sus ojos oscuros estaban completamente en calma. Le sonreía levemente, como suplicándole que no hiciera nada más. Automáticamente, bajó los brazos. Lo conocía demasiado bien y esos gestos solo significaban que aquello que contaban esos caballeros mágicos era verdad.
Uno de ellos abrió un portal espacial con dirección a la prisión y todos comenzaron a cruzarlo.
—No… —susurró Hikari mientras las lágrimas furiosas recorrían su rostro—. ¡No os lo podéis llevar! ¡Esto solo lo hacéis porque es extranjero! —gritó mientras se acercaba—. ¡Si es así, arrestadme a mí también, yo también soy extranjera!
Se echó la mano a la katana sin dudarlo para intentar detener la situación, pero Charlotte la detuvo. La miró y simplemente negó con la cabeza. Hikari volvió a mirar a su padre que, justo antes de cruzar el portal, le volvió a hablar.
—Cuéntale la verdad a tu madre.
Después, desapareció. Hikari perdió las fuerzas y cayó en el suelo de rodillas. No podía parar de sollozar. Su vista estaba completamente nublada, no podía lograr secarse las lágrimas completamente y comenzó a golpear entonces la tierra con fuerza.
Miró hacia su lado, donde Charlotte miraba al horizonte casi sin pestañear. Su puño estaba apretado y su mirada azul era más gélida que nunca, así que Hikari se empezó a calmar levemente, porque sabía que su madre haría lo que fuera para revertir aquella situación.
No llevaba ni tres horas en la celda cuando sintió el ki de Charlotte cerca. En principio, no la dejaban pasar, hasta que ella los obligó a que la dejaran pasar.
Yami, desde detrás de los barrotes, sonrió con orgullo. No era de extrañar que se hubiese enamorado de ella, porque siempre le habían gustado las mujeres fuertes y no podía imaginar a otra que irrumpiera en una prisión de máxima seguridad solo para verlo.
Al observarla apareciendo en la lejanía, se acercó a los barrotes. Ella, cuando llegó, se aproximó también para besarlo a través de las rejas mientras las sujetaba con fuerza.
—Yami…
—¿Cómo están los niños?
—Bien, estamos todos bien. Hikari me lo ha contado todo.
—Siento haberte engañado y hacer que ella te mintiera también —dijo con culpa.
Charlotte se alejó un poco y lo miró. Sería normal que estuviera enfadada, pero en esa ocasión no lo estaba, porque realmente lo entendía.
—¿Por qué no me lo contaste? Podrías haberme avisado cuando la encontraste herida.
—Porque estabas con Hana y además… sé que tú habrías hecho exactamente lo mismo que yo. Y no podría soportar verte aquí, Charlotte.
La mujer le acarició el mentón despacio y sus ojos se emocionaron. Escuchó pasos lejanos y se alertó; probablemente se trataba de refuerzos para echarla de allí, así que decidió marcharse.
—Ten por seguro que te voy a sacar de aquí, aunque sea lo último que haga en mi vida. Volveré pronto —dijo con decisión, lo besó de nuevo y luego se logró ir sin ser interceptada por los demás guardias.
Yami volvió a sonreír. Charlotte no decía nada en vano, así que sabía que, a pesar de su encierro, la volvería a ver muy pronto.
Continuará...
Respuesta a los reviews anónimos:
Alice: seguramente para el final del manga queden años y también tenemos el anime pendiente y la película, así que tendremos más contenido un tiempo. Con respecto al comentario, ¡muchas gracias! Me alegra que te haya gustado esa parte, que fue bastante complicada de escribir además. Y bueno, los flashbacks es que son necesarios, porque no puedo escribir tanto drama seguido jaja. Mil gracias de nuevo.
Nota de la autora:
Este capítulo no tiene flashbacks, pero consideré que era así mejor. En el siguiente vuelven.
Bueno, se han llevado a Yami y, a partir de este momento, veremos a varias personas intentando sacarlo de la cárcel. ¿Quién lo conseguirá? Habrá que seguir leyendo para saberlo. ;D
Además, hay que empezar a manejar un poco la huella psicológica que esto le va a provocar a varios personajes y comenzaré a introducir ciertas tramas de las demás parejas.
¡Nos vemos en la próxima!
